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sábado, 30 de octubre de 2010

HIMNO A LA AUTONOMIA

Entonemos hermanos costeños
El canto de amor y de paz
Que vibra y llena mi tierra
Con sueño, trabajo, lealtad y dignidad
Los signos de nuestra hermandad

Nuestro grito de jubilo se alce
Por encima de todo dolor
Sudor cual roce se asiente
Y llene hogares de fruto y de pan
De la vida el retoño vendrá

Tierra hermosa de ríos y mares
OH cuna de sabios ancianos
Corazón de pueblo costeño
El alma, el nervio de un pueblo inmortal
Tierra virgen, codicia mundial

Salve hoy, OH raza gloriosa
Te saluda el sol de unidad
Ondean palmas te aclama
Salve OH! Costa sagrada y bendita
Tierra virgen, tesoro ancestral

jueves, 28 de octubre de 2010

LA AUTONOMIA: AVANCES Y DESAFIOS

Foto Kenny Siu
Este 30 de octubre se celebran veintitrés años de haberse aprobado el Estatuto de la Autonomía, así se institucionalizó dicha fecha como el día de la Autonomía. En la Regiones Autónomas se desarrollan diversos eventos para conmemorar ese hecho que reivindica los sueños y aspiraciones de los diferentes grupos étnicos que las conforman y que viste a Nicaragua de diversas tonalidades al reconocerse como un Estado multiétnico y pluricultural, elevando en el escenario internacional su nivel de prestigio.

Con la Autonomía ganamos todos. La Autonomía debería llenar de orgullo a todos los nicaragüenses. Los derechos, sueños y aspiraciones de los pueblos indígenas del Pacifico, Centro y Norte del país se han visto fortalecidos y, en muchas ocasiones, materializados con la aprobación de la Autonomía para los pueblos indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe; similar triunfo al de un hermano desaparecido que ha regresado a casa y todos lo festejan con alegría. El resto de los Nicaragüenses también deberían llenarse de orgullo: muchas voces, diferentes razas, diferentes culturas, diferentes formas de ver el mundo es una riqueza que hemos recuperado cuando vemos en otras partes del planeta el exterminio de ellas por la intolerancia, la codicia, la avaricia y el etnocidio.

Nicaragua cambió para siempre después de haber aprobado el Estatuto de la Autonomía; le reconoció a la Costa Caribe, después de noventa y tres años de la reincorporación violenta y avasalladora por el régimen de Zelaya, el derecho de practicar sus formas tradicionales de tenencia y uso del territorio, sus recursos naturales, sus formas de organización y la libertad de elegir a sus propias autoridades. Eso es lo que festejamos.

Al hacer un balance de estos años, en Autonomía el saldo es negativo a pesar de los grandes avances que se han dado. Nicaragua es un estado moderno, ejemplo para muchos otros que hoy debaten lo que nosotros hemos realizado. Tenemos todo el andamiaje jurídico y legal para que las cifras rojas del proceso autonómico vivido hasta hoy se conviertan en números halagadores que muestren con mayor claridad el porvenir, que iluminen el futuro de las nuevas generaciones que lo demandan.

Con la Autonomía los pueblos de la Costa Caribe han creado sus propias instituciones. Una de ellas son los Consejos Regionales, eligiendo a sus propias autoridades, para bien o para mal, pero propias, dejando a un lado la práctica de la imposición desde Managua, por el partido de turno en el poder, la figura del gobernador o del jefe político. Ahora son los pueblos garifunas, misquitos, creoles, ramas, sumos, mayangnas y mestizos, los que aseguran su representación en la máxima instancia política regional para gobernar su territorio, algo nunca antes visto y negado por siglos. La universidades de la Costa Caribe, URACCAN y BICU, son instituciones que tienen claridad en su visión y misión para contribuir a fortalecer el proceso autonómico, formando a las nuevas generaciones que ya no deben viajar a las universidades del resto del país para incidir en el desarrollo de su territorio acorde con sus potencialidades. Hay otras instituciones, pero estas dos son ejemplo de avances.

Lo negativo, lo perverso, lo indeseable, lo que resalta las cifras rojas, continua siendo, aun con Autonomía, el grado de miseria y abandono; los altos niveles de corrupción; la impunidad de los funcionarios autonómicos corruptos; la alta inestabilidad jurídica y legal de las tierras indígenas, incluso cuando se les ha reconocido su derecho histórico mediante la demarcación y titulación; el narcotráfico y narcomenudeo que invade las aulas de clases; los altos niveles de desempleo que motivan actos delincuenciales y la inseguridad ciudadana; la falta de sensibilidad de todos los gobiernos centrales que todavía consideran que con discursos y proclamas la realidad puede cambiarse; la complicidad de los grandes partidos nacionales que corroen y motivan con sus ambiciones de poder los actos corruptos de sus símiles en las esferas de las Regiones Autónomas.

La Autonomía tiene un gran desafío. Los mestizos de la llamada Zelaya Central, conformada por los municipios de El Rama, Muelle de los Bueyes, El Ayote y Nueva Guinea, ven con recelos el proceso vivido hasta hoy por los hechos y porque han sido marginados de la misma. Sus voces y propuestas no han sido escuchadas por el articulo 42 del Estatuto de la Autonomía que literalmente señala “las zonas que se encuentran actualmente bajo otra jurisdicción se incorporarán a su respectiva Región Autónoma a medida que las circunstancias lo permitan y que éstas sean definidas y determinadas por la Región Autónoma respectiva en coordinación con el Gobierno Central”.

¿Hasta cuándo lo permitirán las circunstancias? Con el balance logrado hasta hoy pareciera que nunca. Es más probable, más seguro, que con el correr de los años, tome fuerza y forma el parto doloroso y no esperado por muchos de una Tercer Región Autónoma si la situación actual que se vive con la Autonomía no se revierte para que dé los frutos deseados.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 26 de octubre de 2010

domingo, 24 de octubre de 2010

EL CONJURO


Llueve a cántaros. El trayecto es corto pero se torna cada vez más intenso. Va sentado en la parte delantera. Asoma la cabeza fuera del plástico y observa la oscuridad de la noche. Minutos después, mar y cielo se estremecen con la furia de los truenos. La luz de las descargas eléctricas muestran caras desconocidas a su lado, nunca antes vistas, caras de muertos en vida. Se acurruca sobre sus rodillas y le pide a Dios que lo proteja. Sus manos tiemblan, las quijadas desesperadas hacen contacto veloz de manera involuntaria. Sólo escucha el rugido de los truenos, el ruido del motor y el contacto de las furiosas olas con la panga. De pronto la velocidad disminuye, signo de cercanía al muelle, agradece al Señor.

En la maniobra para acercarse al muelle la panga cruza entre varios barcos, el rumbo estaba equivocado por la tormenta. Se desliza en las aguas sorteando las gruesas amarras de los barcos; al tratar de observar lo que ocurre sacando la cabeza por encima del plástico, impacta en su pecho una de ellas y cae al agua. Abatido, logra salir a la superficie y su cuerpo hace contacto con uno de los barcos por el arrastre de la corriente. Escucha gritos, observa el destello de luces a su alrededor. Una soga cae a su derecha y se aferra a ella. Lo han rescatado.

Camina en la oscuridad de la noche por el andén. Su cuerpo tirita de frío. En el recorrido no encuentra una sola alma. Un perro negro sale violentamente a su paso y trata de clavar en su pierna izquierda las mandíbulas filosas y chorreantes de saliva espesa. Corre desesperado, a su encuentro sale un perro blanco que se trenza en lucha a muerte con el negro hasta ahuyentarlo, se queja moribundo de dolor, temblando con el rabo entre las piernas. El perro blanco lo acompaña el resto del camino.

Observa su casa a la distancia. Al acercarse, el perro blanco le ladra tres veces como despidiéndose y lo abandona. Una luz tenue ilumina la entrada. Un gentío está en el porche pero ninguna persona le es conocida. Escucha muchas voces, en varios idiomas, ninguna le es familiar. Entra a la sala. La busca entre la gente y, al observar hacia el fondo, nota que sube las gradas hacia el segundo piso. No le ve la cara, sólo su figura. Es ella, piensa. Vuelve la mirada hacia un lado y observa a una mujer acostada en una tijera. Es joven, lo invita a acostarse a su lado. Cansado se acuesta, siente la tibieza de su cuerpo y las manos que acarician su rostro. Las manos se tornan gélidas y se levanta asustado. Busca a la otra, no la encuentra. Vuelve la mirada a la tijera y allí está, dormida con una bata blanca. La otra ha desaparecido. Qué raro, piensa.

De pronto todos comienza a gritar. Corren enloquecidos de un lado a otro en la casa sin saber qué hacer. Observa y se da cuenta que el agua inunda la casa, fluye por los lados y se derrama desde el segundo piso. ¿Qué pasa?, pregunta. ¡Es un conjuro, un conjuro!, le gritan. No halla qué hacer. Vuelve la mirada en busca de ella y la tijera está vacía, pero llena de sangre, sangre que también se derrama. Ha desparecido. No comprende lo que pasa. La gente barre el agua sin descanso y a su lado se torna roja. ¿Qué se hicieron?, pregunta. ¡Se fueron, se fueron a la otra casa!, le responde una voz de niño. ¿Hacia dónde?, pregunta. ¡Allá, allá, a la casa de verde con blanco, la que está al final del andén!, le responde la misma voz.

Sale de prisa, asustado. No comprende lo que ha visto. Se llena de valor y sigue caminando en busca de la casa verde con blanco. En el trayecto, al dar la vuelta en una esquina, la esquina desde donde se observa el mar, se le cruzan en el camino siete hombres armados. Primero pasan a su lado cuatro, los otros tres se detienen. De pronto, uno de los que están frente a él carga el fusil y corre a su encuentro tirándolo a sus pies. Al darse cuenta de la intención corre a un lado y se refugia en el tambo de una casa. Se dispara el fusil en automático y se entabla un combate entre todos ellos. Los disparos lo ensordecen, en la última ráfaga se vuelven a juntar como si nada hubiera pasado y siguen su camino. ¡Dios mío!, ¿qué es esto?, se pregunta y sigue en busca de la casa.

Al llegar, la encuentra vacía. Entra a la sala. No hay muebles, no hay espejos, solamente un silencio ensordecedor. Con temor camina hacia el fondo. Al salir a un corredor en la parte posterior observa impresionado. Están reunidos en un círculo, son siete. En el centro está ella. Lleva la misma bata blanca pero cubre su rostro con un pañuelo rosado y el cabello con un turbante rojo. En su mano izquierda sostiene una flor roja. Se esconde a un lado de la puerta y la escucha decir:

"Santa Elena, reina fuiste y al calvario llegaste, tres clavos trajiste: uno lo tiraste al mar para que los navegantes se salvasen; el otro se lo diste a tu hijo; el tercero que te queda no te lo pido dado sino prestado para clavarlo en el corazón de Marvin, para que venga a mí amante y cariñoso, fiel como un perro manso, como un cordero caliente, como un chivato; que venga, que venga, que nadie lo detenga; que corra, que corra, que nadie lo socorra; si hay una silla que no se siente; si hay una cama que no se acueste; que venga por el camino de Santa Elena; que los pasos se le alarguen y el camino se le acorte. Amén".


    ¿Y dio resultado el conjuro? —le pregunta Raúl a Marvin veinticinco años después.
  No jodas, salí corriendo como un demonio. Al inicio no creía en esas pendejadas, dice con el rostro aún asustado. Pero me hizo pasar una época en la que me volvía loco por regresar a ella y me desbocaba así como le pidió a la Santa.
  ¡Un clavo saca otro clavo! ¡Ese clavo de Santa Elena me lo sacaron en Diriomo, me llevaron donde un brujo! —dice Marvin con una sonrisa nerviosa.
    No te creo, solo cuentos sos —le dice Raúl.
  ¡No jodas, cuídate! ¡Atenerse al santo y no rezarle es jodido! —contesta Marvin con las manos temblorosas.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 24 de octubre de 2010

miércoles, 20 de octubre de 2010

EN BLUEFIELDS CON EL POETA

I. EL ENCUENTRO Y NUESTRO REINO

Foto El Nuevo Diario
Tenía muchos años de no verlo. Salí a la recepción del hotel en busca de la guía telefónica y noté que al lado alguien me observaba. Nos vimos, nos reconocimos, nos dimos la mano y un abrazo de hermanos. Fue mi maestro, lo seguirá siendo. Es Guillermo Villanueva, llamado con cariño “Memo” por los chontaleños y sus amigos. Quedamos de vernos por la noche. No lo logramos hasta el día siguiente. Conversamos en su habitación. Me habló de sus libros, de sus escritos y poemas; uno de sus textos es especial, es un poema a Bluefields, en él recupera recuerdos de días lejanos y felices. Me lo pasó para leerlo. No, le dije, vos sos el poeta y quiero que lo leas con la inspiración que te motivó a escribirlo. Lo leyó inspirado. Evocó la bahía por un amor que debió haber sido suyo toda la vida.

Salimos a recorrer las calles de Bluefields de tarde. Caminamos hasta el parque donde se celebraba la elección de Miss Bluefields. Al inicio evitamos la música estridente. Subimos al kiosco, luego me dijo que quería ver de cerca el nuevo edificio, antes el Cristóbal Colón, del consejo regional. Más tarde lo invité a que descubriera los centenarios caobas y se quedó admirado. Trepamos al pie del monumento de la autonomía y desde allí observamos a las bellas disputándose el título de ganadora. En un entremés vimos una competencia de baile, desde el inicio dijo: “la gorda, la gorda va a ganar”. Así fue. Es sensual, tiene cadencia, dijo.

Caminamos a un costado del parque, el que lleva al estadio de béisbol. Allí nos sentamos a platicar y preguntó sobre mi vida; se la mostré en varias tomas. Estás bien, seguí así, dijo.

II. LA CUCARACHITA CHONTALEÑA

No bebe ni fuma. Desde que lo conozco sus placeres han sido la lectura, la escritura, la buena comida y las musas que lo inspiran. Subimos a la azotea de un restaurante y las pláticas cesaron hasta muy tarde.

Tiene buen apetito. En una de sus salidas gastronómicas visitó los Pollos Tip Top y descubrió que hay cucarachas. No puede ser, son irresponsables. No se los perdono, dijo. Al pasar por el lugar, con entusiasmo, me lleva a verlas desde afuera, a través de las ventanas de vidrio. ¡Mira, mira, allá están! ¿Las ves? Sí, sí, le digo. Son pequeñas, son raras.

Al día siguiente por la tarde había acordado con Carlos Eddie Monterrey en vernos para identificar a dos de los nueve jóvenes guerrilleros que aparecen en una foto junto con él. ¿A dónde vamos?, pregunta. Sí, vamos, me dice, yo lo conozco. Llegamos al rancho. El lleva uno de sus libros para regalárselo. Yo cargo la cámara fotográfica y en ella va la foto. Al llegar, llamo por teléfono a Carlos y responde que no tarda. Qué vas a comer, pregunta. Camarones al ajillo, le digo. Pedí pues, yo voy a ver cómo están, a ver si me decido, contesta. Al llegar Carlos Eddie, después de los saludos, toma el libro, lo firma frente a él y se lo entrega. Sirven mis camarones y decide pedir lo mismo. Hoy tengo ganas comer bien, así que tráeme, además de los camarones, una tajaditas de plátano con chanchito, le dice al mesero. Le muestro la foto a Carlos Eddie y no recuerda el nombre de los dos que me interesan, son los que nadie recuerda. Míralo, le dice, cómo come, está calladito. Le sirven sus platos y Carlos Eddie ordena que sirvan un plato de rondón. Me quedo extrañado, estoy lleno. Lo comemos también, dice.

Entusiasmado, Carlos Eddie lleva la cámara a su esposa para mostrarle la fotografía. Cómo ves a Carlos Eddie, me pregunta. Lo veo tranquilo, sereno, sin prisa, no tiene ningún estrés. Lo veo inmerso en su negocio, en sus planes de mejora, en rescatar la cultura local, está sin preocupaciones. Así lo veo yo también, dice. Al regresar Carlos Eddie se lo comenta. Le pregunta sobre las mejoras del Rancho. Tengo que estar pendiente del mantenimiento, hay que fumigando con comenejol, dice Carlos Eddie. Inmediatamente le cuenta lo de las cucarachas y Carlos Eddie se sorprende y dice: fíjate, aquí antes no había de esas, son chiquitas, son raras. Se vienen por los árboles, ya inundaron Nueva Guinea y ahora están en Bluefields, son cucarachitas Chontaleñas, digo. Para de comer y ríe a carcajadas. La palma de su mano derecha busca la de mi mano izquierda y las chocamos entre carcajadas. Sos bandido, dice. ¿Quieres una tortillita tostada, con queso y cuajada?, le pregunto. Aquí no hay, sólo que las hagan de leche de coco, contesta y reímos a carcajadas.

III. LA DE BLANCO O LA DE NEGRO

No han servido la comida. Pide vaso de jugo de naranja tipo frost. El mesero le dice que la licuadora se ha dañado y él se ríe a carcajadas. El mesero le ofrece uno preparado con hielo bien picado y lo acepta. Ve que frescura, dice.

Mira, mira, dice en voz baja y con malicia. Dos damas le hacen compañía a un hombre de unos sesenta años en una mesa cercana. Una de ellas lleva puesta una blusa blanca, es la más joven. La otra viste una blusa negra. El hombre está sentado en el centro, ellas a los lados. Quiero ver si sos fiera, me dice. A cuál de las dos crees que enamora, me pregunta. Creo que a la de negro, pero estoy seguro que para vos es a la de blanco, le digo. Pues sí, dice. Mira, mira, como la atiende, dice. Cuando terminan de comer y se retiran de la mesa las queda viendo. Fíjate bien, le digo. Es más bella la de negro, dice. Sos fiera.

IV. EL POETA Y EL PARAGUAS

Salgo a la recepción del hotel y llevo un paraguas en la mano derecha. Por si llueve, le digo. No va a llover, me dice y regreso a dejarlo a la habitación. Vámonos, caminemos, me dice. Recorremos las calles, las esquinas y recuerdos comunes. Quedamos en volver a vernos el día siguiente. Salgo de la habitación y lo espero en el porche. Lleva un paraguas y me da la impresión que lo necesita de apoyo. ¿Y ese paraguas?, pregunto. No va a llover, le digo. Es mi entrada al paraíso, dice golpeando el piso con la punta. La recepcionista ríe a carcajadas, yo divago y luego, al comprenderlo, también sonrío.

V. SUS RECUERDOS DE BLUEFIELDS

Bluefields le da nuevos brillos. Así lo percibí. Se siente en un mundo encantado y encantador. A varios amigos nos acompaño en 1977, durante el periodo de vacaciones. Conoció mi casa, mis padres y hermanos. Mi padre le mostró las artes de pesca. Pero de todos sus recuerdos sobresale su diosa, así la llama, Johanna. Todavía hoy, después de tantos años, siente el aroma de ella al pasar por la que fue su casa. Al escucharlo leer el poema a Bluefields, comprendí por qué sobrevive en sus recuerdos aquel llamado ardiente y puro, tierno y volcánico de su diosa; con el paso de los años, tal como su padre se lo dijo, la tibieza de su ombligo sigue tentando sus noches en celo.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Martes, 19 de octubre de 2010

jueves, 14 de octubre de 2010

EL 11 DE OCTUBRE NO ES EL CUMPLEAÑO DE BLUEFIELDS

Hay un pequeño error manifestado anualmente por algunas personas en referencia a la celebración del 11 de Octubre. Aseveran que es el cumpleaño de Bluefields, lo cual no es verdad por la sencilla razón bien documentada de que Bluefields tuvo su nacimiento siglos anteriores al 11 de octubre de 1903.

Por ejemplo, en la excelente y bien documentada obra de Eduardo Perez - Valle titulada "El Expediente de Campos Azules", leemos entre otros datos, los siguientes hitos históricos de Bluefields:

  1. Piratas y comerciantes ingleses desde principios del Siglo XVII tuvieron con entera tranquilidad sus casas y depósitos de tesoros en Bluefields, principal pueblo o ciudad en la Costa desde entonces.
  2. En 1705, los establecimientos ingleses en la Mosquitia conforman una nueva sociedad con autoridades inglesas que residían en la recién fundada ciudad de Bluefields.
Las citas históricas arriba apuntadas dan una idea de la antiguedad de Bluefields, por lo tanto, para los que todavía no lo saben, la fecha que celebramos, categóricamente no es el cumpleaño de Bluefields.

La historia de este día que celebramos es que después de la violenta anexión de la Costa de Nicaragua, las autoridades nicaraguenses decidieron otorgar a Bluefields el status jurídico legal de ciudad. Por eso la Cámara de Diputados de Nicaragua aprobó el decreto el 24 de Septiembre de 1903, y el Presidente Zelaya lo firmó el 5 de Octubre. Pero no fue hasta el 11 de Octubre que salio publicado en la Gaceta, convirtiéndose en ley de la República de Nicaragua.

Esa es la fecha que celebramos el 11 de Octubre, pero no es el cumpleaño de Bluefields.

Hugo Sujo Wilson.
10/10/2010

lunes, 11 de octubre de 2010

A BLUEFIELDS EN SU ANIVERSARIO

Cortesia de Nydia Taylor










Azules fueron tus campos
Tú amada dejó de ser espejito del mar
Aún tienes tus encantos
Siempre te volvemos a amar.

Como un viejo centenario
Apacible y sabio descansas en tu corredor
Esperas, observas y meditas
¿Porque celebrar un nuevo aniversario?

Tus nietos han roto tú corazón
Tus hijos, los mejores, se han ido
Otros han encontrado refugio en tú casa
Los has acogido sin preguntarles la razón.

Tu alma recorre en silencio los barrios
Te das cuenta como has crecido
Lloras al ver los frutos no deseados
Te meces en el swing enardecido.

Pocos te visitan en busca de consejo
No se percatan de tu sabiduría
La prisa, la vida dura, la búsqueda del dinero fácil, los nubla
Te levantas y te miras en el espejo.

No llores Bluefields!
Ellos al final lo sabrán
Llegará el día, después de la fiesta
Que te buscarán.


Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Lunes, 11 de octubre de 2010

domingo, 10 de octubre de 2010

LA MINA DE LOS POBRES

Recorro el tramo que fue la pista y en el camino aparecen las primeras champas; unas tienen techo de paja, otras de plástico negro, están vacías, sólo muestran piedras.  A la distancia se escucha: «pic, pac, pic, pac», es el golpe de los mazos sobre las piedras. Al acercarme el sonido es mayor y frecuente. Observo mas champas a la izquierda, camino hacia ellas. Subo un pequeño promontorio y descubro la mina.
 
En el centro hay una laguna sin vida; la lluvia ha inundado su corazón. Al fondo, la piedra está descubierta en una pendiente: huellas de la explotación que ha tenido desde los tiempos del Proyecto de Aguas Profundas, la construcción de casas en Bluefields por la brigada cubana después del huracán Juana y del cierre de la playa de El Bluff. En la parte baja, cerca de la laguna hay dos champas. Arriba, en la parte alta, están la mayor parte de ellas. Me dirijo a las champas que están en el promontorio desde donde observó.
 
  ¡Hola!, ¿cómo están? —saludo. Me miran con desconfianza y sin dejar de picar piedra. El sol ha quemado las pieles. Llevan puestas botas de hule y camisas sin mangas.
  Hola, ¿qué anda haciendo por estos lados? —pregunta una de ellas mientras la otra pasa al lado y se dirige a la punta del promontorio.
   Aquí, visitándolas. ¿Me pude dedicar un minuto de su tiempo? —digo y me siento frente a ella en una de las piedras que no ha quebrado. Me observa con recelo, como a un intruso que invade su casa. No contesta. No deja su labor.

Observo a la otra, está en la punta del promontorio sacando piedras. Siento su mirada, en un descuido me ha observado de pies a cabeza. Evita la mía. Me identifico.

  Yo pensé que era otro de los de la televisión —dice y disminuye el ritmo del golpe del mazo sobre la piedra.
  Nooo, soy de aquí. Tenía como treinta años de no venir por estos lados. Antes aquí pastoreaban los cabros del Diablo. Esto está cambiado. ¿Cómo se llama usted? —pregunto.
  Yelba —contesta en seco y sin agregar nada más.
  ¿Desde cuando hace este trabajo? —pregunto. Ella inclina su torso. Observo la fuerza de su muñeca y brazo.
  ¡Uuuhh, desde hace mas de diez años! —contesta y su rostro expresa cansancio.
  Es bastante tiempo. Este es un trabajo pesado. ¿Y su marido? —le pregunto. Su rostro cambia. Aprieta el mazo y golpea la piedra con mayor fuerza, explota en pedazos y siento que uno impacta en mi rodilla.
  ¿Pero qué le hizo? —pregunto. Me da la impresión que quisiera darle así, duro con el mazo, como le dio a la piedra —le digo.
  ¡Ja, ja, ja, ja! —ríe a carcajadas. Llama a la otra y dice.
  ¡Oí Mariluz, este ya me hizo reír! Observo a Mariluz y también sonríe.

Me levanto y camino hacia donde Mariluz. El sol quema. Está recogiendo piedras en la punta del promontorio. Explica el proceso desde que sacan la piedra grande hasta que la quiebran en pequeños trozos para al final sacar el piedrín. Regresamos a la champa de Yelba. La veo más amena.

   Entonces usted es de aquí? —pregunta Yelba con inquietud. Deja de picar piedras.
  Sí. Le explico la historia de mi niñez y juventud en el puerto. Le hablo de mis abuelos y mis padres. Están atentas.
  Yo los conocí —dice Mariluz y se sienta.
  Por qué hacen esto —pregunto.
  Aquí no hay nada que hacer, no hay trabajo. La empresa está cerrada. Para comer tenemos que buscar cómo ganarnos la vida —dice Yelba mientras Mariluz medita.
Y son solas —pregunto. Se buscan la mirada.
Desde que el hombre me dejó hago esto —dice Yelba. Se quedó sin trabajo. Usted sabe que el hombre es cómo el gallo, no sabe cuidar los pollos, sólo sabe alimentarse él mismo.
  Ja, ja, ja —eso está bueno, le digo. No lo había escuchado. Cuénteme lo que pasó.
Ya le dije, perdió el trabajo. Como no podía ayudar a sostener la familia se sentía como derrotado, sin huevos y se convirtió en vago, comenzó a beber guaro, se hizo alcohólico.
Eso es cierto, le pasa a muchos cuando no tenemos trabajo. La situación es dura.
Pero míreme a mí. Le hago capricho. Con esto sostengo la familia —concluye y se le nota el orgullo en la mirada.
  Y qué se hizo —pregunto.
  Nos abandonó. No lo pude aguantar. Se convirtió en un hombre violento, maltrataba a los niños y a mí. Nunca pudo entender que yo mantuviera con este trabajo la casa. Se fue para Puerto Cabezas.
    Los hombres son débiles —dice Mariluz. No aceptan la derrota y se desquitan con uno. Nosotras nos tragamos el orgullo. Al inicio estábamos desesperadas. Ahora vivimos de esto. Él miraba este trabajo como basura, como que haciéndolo iban a valer menos.
  No todos somos así —contesto. Dígame cuánto ganan con las piedras; mas o menos un promedio por mes. Ya saben que no le trabajo a la alcaldía, mucho menos al gobierno. Sonríen.
  En cuatro días produzco un metro cúbico de piedrín —dice Yelba.
Al mes son más o menos siete metros —calculo. ¿A cómo venden el metro?
A setecientos —dice Mariluz. Las veo un poco inquietas, como que la conversación ya no las anima.
¿Y cómo es la cosa, vienen a encargarles el piedrín?
  Sí. Pero tenemos que llevarlo hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —dice Yelba indicando donde.
Cómo lo trasladan —pregunto.
Lo medimos en cubetas. Cincuenta cubetas son un metro cúbico. Luego se traslada en carreta para cargarlo en el bote —dice Mariluz.
Mire aquella champa que está en el centro, allá al otro lado, en la parte de abajo, la del color celeste —indica Yelba. Allí esta la presidenta. Vaya a platicar con ella.

Me despido de Yelba y Mariluz, son hermanas. Camino hacia donde está la presidenta. Recibo una llamada. Es el Best que me espera en la playa. No tardo, le digo. Una hora más o menos. Cómo están las bichas, le pregunto. Como te gustan, dice. Pienso en el esfuerzo de ellas. Me han hecho recapacitar sobre la situación de miles de familias que caen en la pobreza extrema cuando los hombres pierden su trabajo

Con la crisis y la presión económica en muchas partes del mundo los hombres han perdido sus medios tradicionales de subsistencia, las mujeres se han visto obligadas a realizar tareas adicionales que les reporten un ingreso, al mismo tiempo que continúan con sus labores domésticas. Cuando los hombres están desempleados, las mujeres aceptan trabajos mal remunerados, de poco prestigio, a menudo con un riesgo considerable, todo con el fin de alimentar a sus familias. Como consecuencia de su imposibilidad de contribuir adecuadamente al ingreso familiar, los hombres empiezan a sentirse de sobra y como un peso para sus familias; ven desafiada su percepción de sí mismos como sostén y jefes de familia, lo cual a menudo se traduce en ira y frustración. Por otra parte, las mujeres continúan ocupándose de sus familias, adquieren una nueva y endeble confianza en sí mismas, aunque sus oportunidades de obtener trabajo remunerado siguen siendo pocas. Se la juegan, pienso.

Salgo a la pista y me dirijo a la parte baja de la mina en busca de la presidenta. Desde arriba observo su champa, es la única allí abajo. Las piedras también se muestran y da la impresión que han sido cortadas con maquinaria, quizás con un taladro gigante, un barreno u otro tipo de herramienta. El color predominante en esa parte es el gris. Es buena piedra, es de la azul, pienso. Bajo hacia ella.

  ¡Hola!, ¿es usted la presidenta? —la acompaña un chavalo de unos dieciocho años. Me ha observado en el recorrido y no muestra desconfianza. Ha dejado de picar piedras.
  Sí, soy yo —contesta y me invita a sentarme en una silla de plástico. ¿Qué lo trae por aquí?
Le doy las razones y me identifico.
Yo le trabaje a tu mamá —dice sonriente. Llegaba a lavar la ropa de ustedes. Vos estabas chiquito. ¿Y tus hermanos? ¿Qué se hicieron?
Son gringos, viven en los Estados Unidos.
¿Y usted, dónde vive?
Soy montañero, vivo en Nueva Guinea —le digo, sonríe como quien dice este maje me quiere matizar. Antes de que me siga preguntando voy al grano.
¿De qué cosa es usted la presidenta?
Del grupo de mujeres que trabajamos aquí picando piedras. Somos como ciento veinte, pero las que estamos casi siempre son como unas sesenta —concluye con cierto aire de orgullo. Observo a su alrededor. Hay poca piedra picada. Yelba y Mariluz tienen casi dos pirámides completas de piedrín picado.
  Cuál es el trabajo que hace usted como presidenta del grupo, además de picar piedras —pregunto.
  Es una larga historia. Es una historia de lucha por tratar de sobrevivir. Hasta presa he caído. Aquí vino el Zorro a tratar de sacarnos.
  Ya me sé esa historia —le digo. La leí en los periódicos y hasta por la televisión. Cómo es que organizan el trabajo con el grupo —pregunto y me observa con duda. 
Peleamos por la piedra. Trataron de sacarnos, hasta hicieron un cerco alrededor de guarumo, de aquellos palos que están allá, antes habían más pero los cortaron casi todos para hacer el cerco y evitar que entráramos.
  Pero el Zorro dice que la mina es de su familia —le digo. Se ríe a carcajadas.
  Me extraña que creas eso —dice. Vos sabes que el coronel sólo era dueño de aquella parte —agrega y señala. Eso es lo que le compró a Teodoro. Ahora salen con el cuento que esta parte donde vivían los cabros del Diablo también es de ellos.
  Bueno esos enredos no me interesan —le digo. ¿Cuénteme cómo es que se organizan con el trabajo?
La gente que necesita la piedra para construir viene aquí a encargarla, cuando son bastantes metros, como los de los proyectos. Los que necesitan poco, vienen y la compra. Llenamos sacos y la acarreamos con carretones hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —indica.
Esto es bien pesado. ¿Por qué no han conseguido una trituradora de piedras? Así podrían sacar más piedras y trabajar menos.
  Eso es lo que queremos. Nadie nos ayuda a conseguirla.
  ¿Usted es la que hace los contratos? —pregunto.
  Sí, a mí me buscan, soy la presidenta —concluye.
  ¿Cuánto le pagan por el metro cúbico?
  Setecientos córdobas —dice.
  ¿Pagan impuestos por aprovechar la mina? —pregunto. Ríe.
  ¡No hijo, eso eran antes! —concluye y regresa a picar piedra.
  ¿Y ahora por qué no? —se detiene pensativa.
  No pagamos directamente impuestos, hacemos aportes por aprovechar la mina. Usted me entiende, ¿verdad?
  ¡Sí, claro que sí! Al entendido con señas —digo y capta inmediatamente que comprendo la situación.
  Y el dinero de la venta, ¿cómo se lo distribuyen? —hace una pausa.
Cada quien recibe su parte, según los metros que aporta.

Observo a varias personas, en la parte de arriba están pendientes de mi visita a la presidenta. Voy a subir a aquella parte, le digo. Ya regreso, voy a tomar fotos. Sí, está bien, vaya. Subo la pendiente y arriba hay mas champas. Las recorro hasta el final. Llego a una donde escuchan un programa de radio en miskito.

    ¡Tutni yamni manani sut ra! —saludo.
  ¡Naksa! (¡Hola!) —contesta sorprendido un hombre de unos cuarenta años. Se levanta y le baja el volumen a la radio. Los otros sonríen.
  ¡Muhtara uba bitni, nara lika kauhla! (¡Hace mucho calor allá abajo, aquí es más fresco!) —digo. Todos callan. Los de la champa de al lado se acercan.
  ¿Bisnis kam nahki auya? (¿Cómo les va con el negocio?). Se quedan viendo.
  ¿Ta upla mairin dia mai win? (¿Qué te dijo la presidenta?) —pregunta siempre el mayor de ellos.
Diara sut pain sa wisa, diara manis atkisa bara prais ka sin sipar. (Dice que todo está bien, que venden bastante y a un buen precio).
¿Mairka bila dia prais sapa walesa? (¿A qué precio dice ella?) —pregunta inquieto.
  Sem andat córdoba mita kum. (Setecientos córdobas el metro). Se miran entre ellos.
¡Kuna baha nahki ki, witin yang nani ra lika paip andat baman ai aibapisa! (¡No puede ser, a nosotros ella nos paga a quinientos el metro!) —dice sorprendido y manifiesta ira.
  Lilka alkaya auna. Auhya ra bili kaiki banhgwisa. Yang wal miskitu ra aisisma ba mihta tinki mai wisna. (Voy a tomar fotos. Me esperan en la playa. Gracias por platicar en miskito conmigo).
   ¡Were, wapara! (¡Espera, no te vayas!) —dice mientras camino hacia la salida de la pista.
  Diara kum ai wis. Kapu, mai walisna. (Dígame. A ver, pues, lo escucho) —le digo mientras camina a mi lado.
    ¿Man televisan ra wark takisma? (¿Usted trabaja para la televisión?)
    Apia, yang kirhbi tauksna. Yang naha ra ai baikan. Aisabe. (No, ando de visita. Nací aquí. Adiós.) —deja de caminar a mi lado y se detiene en una de las champas.

El calor está sofocante. Veo el reloj y me doy cuenta que han pasado casi dos horas. Pienso en las bichas del Best, deben estar bien heladas. Antes de salir hacia la pista le digo adiós de lejos a la presidenta. Unos que están picando piedras cerca de la salida me llaman.

  ¡Señor, regáleme diez pesos!
  ¿Cómo? —grito y sigo caminando.
  ¡Que me regale diez pesos! —grita. ¡Somos pobres y nadie nos ayuda! ¡El gobierno no nos regala nada, nadie viene a vernos para ayudarnos! —siempre grita y sigo caminando, lo evito.
  ¡No esperes que te vengan a ayudar! ¡Mucho menos los políticos!

Camino hacia la playa. Pienso en la plática que sostuve con los miskitos y la presidenta. Ahora comprendo por qué Yelba y Maricruz trabajan aparte y por qué la presidenta está sola en el centro de la mina. Ellas no se dejan coimear por la presidenta, son originarias del lugar y tienen iguales derechos. La presidenta se queda con doscientos córdobas por metro cúbico de los miskitos. Hay una cadena lineal de explotación, pienso. Pero también ella es la de los contactos, la facilitadora, la que paga el traslado de ese piedrín hasta su embarque, asume costos mientras que ellos le proveen el material. Hacen aportes para aprovechar la mina mediante relaciones informales. No poseen derechos jurídicos ni legales para explotarla. En Bluefields, el costo del metro cúbico de piedrin es de setenta dólares equivalentes a mil quinientos córdobas. Entre el usuario final, ya sea proyectos sociales impulsados por ONG's, el FISE, la misma alcaldía o por cualquier ciudadano que necesita el piedrin para construir, existe una cadena de intermediación. A esa cadena hay que agregar a los políticos locales del Puerto, de ambos bandos, que se aprovechan de la situación y cuando interactúan con ellos se sienten impotentes, presionadas, silenciadas y frente a oídos sordos. Es allí donde aparece la cadena de explotación externa, la explotación de la miseria por los políticos. La corrupción también afecta a los más pobres. 

Pienso en el alto grado de explotación que ha tenido la mina. Ha pasado de ser explotada para grandes proyectos estratégicos, como el del puerto de aguas profundas y el cierre del mar para recuperar la playa, a proyectos de carácter social como la construcción de casas en Bluefields después del huracán Juana. Al Zorro no lo dejaron. Ahora la explotan ellas y sobreviven a la miseria. Los políticos se aprovechan de la situación mediante impuestos informales e ilegales.

¿Cuánto tiempo durará la mina? No lo sé. Hay mucha piedra que picar todavía. Hay muchos que podrían ganarse la vida en ella. Mientras no existan alternativas de trabajo y empleo en el puerto, muchos van a continuar recurriendo a ella. La chancha, la trituradora, les facilitaría el trabajo pero acortaría el tiempo de vida. No sólo de la mina sino de todo el puerto. La mina es un promontorio convertido hoy en un enorme hueco. Ha protegido desde siempre al puerto del embate de las olas del mar. La naturaleza es sabia y vengativa. El día que se termine la piedra será el inicio del fin.

Vuelve a sonar el teléfono. Es el Best. Ya voy, estoy cerca, le digo. Está ansioso por leer la “conversación en la arena bajo un cielo estrellado”.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
10 de Octubre de 2010.