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martes, 21 de diciembre de 2010

¡ADIOS RAMON, ADIOS PILON!

Como casi todos los viajes, fue sin programarse. Celebraba con mi hijo Aster y un amigo el retorno de los pájaros a cantar. Como a las seis de la tarde sonó el teléfono, una llamada desde Miami dando la noticia de la muerte de Ramón Benavides. Sin dudarlo llamé a Javier Benavides, “el Bena” y lo confirmó: “aun está calientito, mañana lo enterramos”, dijo. “Salgo en la madrugada”, le contesté.

Asistí a su sepelio, compartí esos momentos de dolor por la perdida de un ser querido. Don Chon estaba destrozado por la muerte de su hijo; natural es lo contrario, nosotros debemos enterrar a nuestros padres.

Cuatro meses mayor. Nació el 8 de abril de 1957. Estudió en el colegio San José y en el Instituto Nacional Cristóbal Colón hasta tercer año para luego ingresar al INTECNA a especializarse como tornero y mecánico automotriz. Fue baterista del grupo musical “Don Memo y su Combo” donde se inició incitado por Sergio Watson. En 1985 partió hacia México junto a su hermano Norberto por avión. Estuvo un tiempo en ciudad El Carmen junto a otros conocidos, entre ellos Glen Hunter. De allí salió mojado en un remolcador hacia Austin, Texas. Su hermano Norberto se separó de él y se trasladó a Los Ángeles. Cinco años después se fue a Miami donde trabajó en mecánica automotriz y la “migra” lo detuvo. Procreo dos hijos con Julia Pacheco, Dan y José Ramón. Hace más o menos diez años se separaron por causa de su insaciable consumo de alcohol.

En junio del presente año, mientras se celebraba la Copa Mundial de Futbol, regresó a El Bluff. Lo volví a ver después de muchos años: parecía un anciano por su mirada, su voz quebrada y caminar lento. Fue hospitalizado en Bluefields producto de una de esas crisis que no intento describir. Nunca siguió las indicaciones del medico. “Un trago más y te mueres”, le dijo. Le brindaron tratamiento y las instrucciones para seguir una dieta estricta. Nada de lo recomendado cumplió.

Su sepelio fue temprano. Uno de los hombres de “ojos amarillos” lloraba al paso de féretro cargado por su gran peso por varios hombres fuertes. Al escuchar los lamentos observe que era “Pelé”. “Ramón, Pilón, mi hermano, mi amigo, porque te fuiste”, decía con lagrimas que corrían por sus mejillas, con voz de dolor. Trate de consolarlo pero su pena era mayor que el sentido de mis palabras. Su amigo y compañero se había marchado para siempre. Le toqué la espalda y seguí caminando detrás del féretro hasta la iglesia.

La ceremonia no duró mucho. Al momento de su sepultura, otros amigos, entre ellos “el Sapo”, también lo lloraban. La familia, sus hermanas, hermanos y sobrinas también lloraban por él. Don Chon, frente a la bóveda, lloraba con el corazón en la mano mientras Javier, “el Bena”, lo abrazaba con lágrimas y fuerza de dolor. Se fue para siempre el 13 de diciembre.

¡Adiós Ramón, Adiós Pilón!