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jueves, 29 de septiembre de 2011

DEL CAMPO NO ME VOY

Un hombre con sombrero, camisa a cuadros y gafas para el sol entró por el portón. Lo reconocí hasta escuchar su saludo. Era don Víctor Ríos Obando. Hace meses habíamos quedado en platicar sobre los viejos tiempos, cuando vino a fundar la “luz en la selva” que, junto con otros dieciséis, soñó. Entre pláticas, mostró un poema. “Lo estoy puliendo, acompañado de guitarras para cantarlo en el 47 aniversario”, dijo entusiasmado. En ese poema habla de don José Miguel Torres, el pastor que los trajo en 1965 a estas montañas. “Siempre nos aconsejaba: hermanos, no vendan sus tierras. Las palabras de don Miguel fueron como de un profeta, muchos campesinos hoy estamos sin tierra”, dice en una de las estrofas.

Los medios materiales de producción se constituyen con base en los recursos generados por la naturaleza, en su infinita variedad de elementos y energías de los reinos vegetal, animal y mineral. La conversión de ellos en factores económicos se verifica mediante el conocimiento de la actividad humana a través de variados procesos culturales, sociales, científicos y económicos. Con la información que brindan las ciencias físicas, químicas y biológicas sobre la materia y la vida, la cantidad y variedad de energías que han sido puestas al servicio de los procesos de producción es inmensa. La computadora y la red que permite comunicarme con miles de aparatos similares son ejemplo del nivel de sofisticación al que ha llegado la elaboración de la materia mediante la tecnología y el trabajo humano.

Pero no se trata únicamente de conocimiento. La tierra, como factor económico utilizado en la producción agrícola es sin duda un medio material, pero tiene connotaciones humanas especiales, subjetivas, que inciden en la mejora y expansión de sus potencialidades productivas. Para el hombre que trabaja, que vive de la tierra, ella es también el lugar que habita y en el cual despliega todas sus actividades. Algunas comunidades indígenas de la costa Caribe viven en armonía con la naturaleza, cuya relación comunitaria con la tierra, a la que consideran su madre, la madre tierra, les permite obtener alimentos mediante cultivos, recolección de frutos, crianza y caza de animales.

El avance del conocimiento biológico y agronómico ha permitido un considerable incremento de la productividad de la tierra cultivada pero, a pesar de ello, se da un hecho que los economistas clásicos llaman “rendimientos marginales decrecientes de la tierra agrícola”, fenómeno que, junto a la deuda social con el campo, incide en el constante desplazamiento de la población de los territorios rurales hacia la ciudad.

La concentración de la población en las ciudades ha sido considerada como uno de los efectos y causas del desarrollo económico. También es la causa y el efecto del tipo de desarrollo que ha seguido la sociedad actual: un desarrollo parcial, unilateral, centrado en la producción y acumulación de capitales y cosas. Para una parte de la población, el urbanismo y la industrialización, han significado un mejoramiento en la calidad de vida que ha llevado a alargar las expectativas de vida de la gente. A pesar de ello, existen indicios y hechos que señalan que ese camino parece estar llegando a ciertos límites y, si continúan estas tendencias, se darán condiciones para un deterioro progresivo del bienestar, calidad y duración de la vida.

La congestión vehicular, la contaminación ambiental, la pérdida de tiempo en el transporte urbano, la dificultad para recolectar y tratar los desechos que genera la producción y el consumo urbano, el consumismo que nos lleva a acumular cosas muchas veces inútiles y a desecharlas y cambiarlas por otras nuevas antes de obtener de ellas su utilidad, la drogadicción, la masificación y despersonalización de los ciudadanos, la pérdida de los valores familiares y comunitarios, el incremento explosivo de la delincuencia y su secuela de inseguridad para todos, así como otros fenómenos que se experimentan a diario en la vida urbana, son evidencia de que es necesaria una dinámica de desarrollo distinta si queremos realmente expandir nuestras potencialidades, mejorar nuestro bienestar y calidad de vida. Todo esto sin considerar que en las grandes ciudades se concentran en la periferia masas de población empobrecida y sufriente, cuyas expectativas y aspiraciones han llegado a ser estrechas.

La toma de conciencia de estos problemas está llevando a muchos a considerar con nostalgia una relación más sana con la naturaleza y a buscar nuevos modos de interactuar con ella. Para quienes tienen recursos suficientes se manifiesta en la posesión de una segunda casa en el campo, en la playa o pequeños pueblos cercanos a la ciudad, lo que les brinda satisfacción a tal grado que muchos llegan a experimentan felicidad y bienestar sólo en las horas y días de descanso fuera de la ciudad, alejados de su vida ordinaria.

¿Seremos testigos de un movimiento migratorio inverso al que hasta hoy predomina, a través del cual proporciones crecientes de población urbana se desplace hacia zonas rurales propiciando una distribución más equitativa de la población? Hay motivos para ser optimistas. En primer lugar, por la aspiración de muchos en lograrlo, debido a la inconformidad con la vida urbana y la creciente conciencia ecológica. En segundo lugar, por el avance en las comunicaciones e informática y otros adelantos tecnológicos que se desarrollan gradualmente en el campo, facilitando la opción y creando condiciones para no perder, en un contexto agrario, los beneficios que hasta ahora proporcionan las grandes ciudades, como el acceso a la información y la cultura. En tercer lugar, por procesos de descentralización política y administrativa que buscan cómo generar participación ciudadana y desarrollo cultural.

Para lograrlo es preciso, entre otras cosas, frenar la degradación ambiental, fortalecer el aparato estatal, elevar los niveles de inversión, articular a los diferentes sectores económicos y crear sinergia con los gobiernos locales sin importar sus colores partidarios.

“Yo amo la tierra, la naturaleza, ella es la fuente de todo lo que nos rodea, del campo no me voy”, dijo don Víctor al despedirse.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 25 de septiembre de 2011