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martes, 28 de agosto de 2012

JACOBA, LA LEÑADORA


Cuando la vi en la distancia, desde el taller de Julio, pensé que era un chavalo. Llevaba puesta una camisa, pantalón azulón, botas de hule y una gorra. Su figura finita, delgadita, como las astillas que desprende de los troncos al dejar el hacha, ¡tac!, ¡tac!, con todas sus fuerzas, las musculares y las que se le desgarran del corazón, cambió cuando me acerque a hablarle. “Hola, cómo se llama”, pregunté. Se detuvo, posó sus manos sobre el mango del hacha, un ligero descanso, aire para sus cansados pulmones y respondió con una voz fuerte, ronca y profunda como la labor que realiza: ¡Jacoba!

Es leñadora, así se gana la vida, rajando troncos con un hacha. La tarea que saca al día son cuatrocientas rajas, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde sin importarle la lluvia ni el sol. La paga que recibe son cien córdobas, “para el arroz y los frijoles”, dijo con orgullo sin parpadear, “pero cuando son troncos de guayaba o de acacia amarilla, como estos, me va mal, sólo saco media tarea”, expresó con cierto desconsuelo y siguió en su labor.

“Es Jacoba, la leñadora”, dijo Julio cuando se lo comenté. “Se la gana a cualquiera de esos que se las dan de huevones, que no les gusta trabajar, que prefieren andar de sapos y viviendo como parásitos de los partidos políticos”, agregó.

Nueva Guinea, 28/08/2012.

viernes, 24 de agosto de 2012

DE ESPALDA AL MAR

A través del mar llegaron tras la búsqueda de sueños por alcanzar una vida mejor; construyeron fortalezas, dispararon cañones contra enemigos y concentraron sus casas frente a un largo andén, dándole la espalda, como avergonzados de su brisa y oleaje. Solamente el viento, un faro y las costas lo vieron de frente sin abandonarlo. El mar los llenó de riquezas, vinculándolos con otros países y culturas, sustentándolos con su vida abundante.
        
Miraron más allá del mar, hacia tierra firme, hacia las montañas azules y las grandes ciudades. Poco a poco, solamente quedaron los viejos porque sus hijos abandonaron, tras un viaje sin retorno, la tierra que los unía al mar, buscando los mismos sueños de sus antepasados. Ni a sus muertos le permitieron que le dieran la cara, los enterraban sin permitir que sus rostros disfrutaran su brisa. Otros los reemplazaron, sin raíces profundas continuaron dándole la espalda. La luz del faro sobre sus olas se apagaba y sus costas, antes alegres, se oscurecieron con opacas nubes de fuego. Las gaviotas, los pelícanos y las tijeretas también lo abandonaron, las tortugas emigraron, desparecieron los icacos, las uvas de mar y los cocoteros. El mar se sintió solitario y triste, pero el viento nunca lo abandonó: susurró en círculos sobre sus olas aumentando su fuerza, reventando oleaje furioso sobre piedras y costas, cortó el paso de sedimentos en la barra y la entrada al puerto se secó. Sin descubrir la angustia del mar, dragaron la entrada vital para mantener su ritmo de vida.
        
Lleno de dolor, el mar convocó la furia del viento en un mes de octubre. “Es hora que despierten”, dijo y el viento acumuló fuerzas desde el este hasta formar un meteoro que cambio sus vidas: destruyó casas, hundió barcos, desapareció la costa, invadió la bahía secándola sin permitir por muchos años la navegación y les cortó la abundancia de vida marina que sus manglares reproducía. Por su propia naturaleza volvieron a reconstruir sus vidas, ahora marcadas por las cicatrices del mar, abandonándolo nuevamente; soñaron con la libertad de sus ancestros, lucharon por alcanzar su autonomía y defender sus territorios, olvidándose del mar.
        
Sobre sus olas azules navegan barcazas rápidas, en su tránsito siembran ilusiones de reyes que construyen palacios sobre cimientos de arena blanca y, como guerreros, defienden botines que contaminan, aniquilándose con fuego de metralla con la mirada atenta al mar. No hay riqueza del mar que aprovechen, la navegación se pierde con el alba y siguen soñando de espalda al mar, el que un día los acogió como náufragos en sus costas.

Ronald Hill A.
Sábado, 18 de agosto de 2012

lunes, 20 de agosto de 2012

UN BESO PLURICULTURAL

Al atardecer estaban sentados alrededor de una mesa de plástico frente a la playa. Provenientes de varios lugares se encontraron para festejar, con gastos pagados, el veinticinco aniversario de la organización en que laboraban. Era un día de semana, de esos en que los hoteles tienen bajo nivel de ocupación y brindan precios rebajados. Estaban eufóricos por el agasajo, una muestra de reconocimiento por su dedicación al trabajo y el crecimiento acelerado de la presencia institucional en diversos rincones del país. En diversas oportunidades se habían encontrado, pero esta ocasión era única: comida hasta la gula, ron y cervezas nacionales a cántaros, habitaciones de cuatro estrellas, playa desolada, piscina vacía  y tres días para festejarlo. 

En la mesa que compartían todos eran varones, probados en el trabajo sin ponerle peros a los obstáculos porque se movilizaban en moto por trochas lodosas, en panga bajo tempestades, en mula o a caballo, con el fin de atender a las comunidades con las que trabajaban. Salí a la playa, escuché sus risas y me llamaron. Eran ellos, los que siempre sobresalían en los encuentros.

    Tómate un trago — dijo Wilfredo ofreciéndome un vaso. Su largo brazo atravesó la mesa de extremo a extremo y José, sin que lo tuviera en mis manos, sirvió un trago de ron. Hilario agregó hielo y Juan me pasó el jugo de naranja.
    Siéntate, agarra aquella silla — dijo Gustavo abriendo espacio para que me acomodara.
    ¿Y Cañal? — pregunté.
    Allá está, tiene rato de estar en el mar —respondió Juan señalando la figura de Cañal que se sumergía entre las olas.

Brindamos, conversamos, reímos acompañados por el sol desvaneciéndose en el horizonte y Cañal salió del mar, escurriendo agua salada de su piel negra garífuna. Se acercó a la mesa y Wilfredo le sirvió un trago al strike. “Para que se te quite el frío”, le dijo. “Ahhh”, expresó al tomárselo. Nos estrechamos las manos y se sentó satisfecho.

    Estábamos hablando de vos —expresó José volviendo a ver a Cañal.
    Humm, nada bueno debe ser —respondió—. Dame otro fuckin trago. Con generosidad, Wilfredo le llenó el vaso que sin respirar vació Cañal.
    Hilario está celoso —le dijo Juan.
    No acepta ser tu compadre —agregó Gustavo.

Hilario se mostró incómodo, pasándose las manos sobre el cabello negro chirizo, pero Cañal, con su espíritu caribeño, se le acercó, lo abrazó sacudiéndolo en la silla, dijo “no seas fijado” y comenzó a relatar. Ella nos visitó en Kukra Hill y, desde que me vio manejando la panga, el brillo de sus ojos azules cambió. Nunca antes había visto a un negro como yo, aunque se rían. “Es cierto”, dijo Juan, ella se entusiasmó desde que lo vio. “Joder tío, necesito que me prestes tu cuarto, un espécimen exótico como éste no se encuentra en otros lados y pronto me voy”, me dijo con urgencia después de cenar, casi rogándome. Cuando amaneció, estaba sola, desnuda en la habitación y Cañal había desaparecido”, concluyó Juan ante la expectativa de todos.

    Déjate de pendejadas y contá de una vez lo que pasó —reclamó Hilario.
    Buay, si lo cuento, te vas a enojar conmigo —respondió Cañal.
    Aquí nadie vota la gorra —aseguró Wilfredo. Cañal regresó a su silla y continuó su relato.

Ustedes saben que nosotros los garífunas somos tímidos y por eso esperé que todos estuvieran dormidos, hasta el vigilante. Al entrar en el cuarto la encontré desnudita, recién bañada, iluminada por la luz de una candela. Me quitó la ropa apresurada y de un empujón me tiró en la cama. Caí boca abajo, se me echó encima, abrió mis piernas y de pronto sentí una cosa que nunca antes en mi fuckin vida había sentido: con su lengua me chupó, me taladró, el cuerpo se me puso como erizo de mar, la mente en blanco, me flaquearon las piernas y me desmayé.

    ¡Te hizo el beso negro! —exclamó José.
    El anilingus, para ser exactos —refirió Gustavo con tono científico y todos, menos Hilario, rieron a carcajadas.
    No jodas Hilario, la cagaste todita —dijo Wilfredo. — La besabas con desesperación, como chavalo quinceañero —agregó.

Hilario no dijo nada, se levantó de la mesa y se aproximó a Cañal, quien, en alerta, se levantó rápidamente de la silla y se quedaron viendo, como reconociéndose ante la expectativa de todos. “Somos hermanos, un besito no mata a nadie”, le dijo Cañal y se abrazaron mientras reíamos al verlos indiferentes ante lo que les había sucedido. No se volvieron a separar, pasaron los dos días restantes juntos en el desayuno, en la playa, almuerzo y cena. Cuando salimos del hotel seguían sin separarse y, al despedirnos, Juan dijo “mira lo que es capaz de hacer un beso negro, unir a un indio de Masaya con un negro garífuna de Laguna de Perlas”. “Un beso pluricultural”, agregó Gustavo.

Ronald Hill A.
Miércoles, 15 de agosto de 2012

martes, 14 de agosto de 2012

RECUERDOS ENTRE PARENTESIS, DE CUMPLEAÑOS

Hoy cumplo cincuenta y cinco años. ¡Cómo pasa el tiempo! Volviendo la mirada al pasado, compactando las etapas vividas, sin lugar a dudas, la infancia y adolescencia en mi puerto querido, y la actual son las mejores. ¿Y las otras?, se preguntarán. Las encierro en un paréntesis de gratos momentos aún cuando se desarrollaron entre las convulsiones eufóricas de este país ardiente, que como sus volcanes despierta cada cierto tiempo en erupciones catastróficas para comenzar de nuevo.

Me acompañan por siempre la brisa del mar, su arena y sus azules olas. En las noches de insomnio despejo mi mente y duermo hasta materializar la imagen de la bahía de Bluefields, observando en el horizonte, desde el corredor de la casa de mis padres, el apacible oleaje frente a la isla de Miss Lilian y su inseparable isla chiquita. En este día siempre están vivos mis abuelos Felipe y Manuela; tanto a mis hermanos como a mí, nos despertaban en el día de cumpleaños reventando pólvora, tirando cohetes chinos y, luego de celebrarlo con mis padres, cruzaba el patio, una división imaginaria, para acudir donde ellos.

Trabajaba más allá del horario establecido, con la firme convicción que el esfuerzo y esmero son ingredientes necesarios para transformar la realidad. Mis compañeros y compañeras de entonces me sorprendieron: al salir de la oficina me llamaron a un auditorio y los encontré alrededor de una mesa con la cena servida, el pastel con una candela encendida y botellas de ron para celebrar mis cuarenta años. Me encontraba lejos de la familia, mi mujer y mis hijos y, sin poder evitarlo, lloré de alegría. Conservo la foto y nunca olvidare ese detalle por parte de ellos.

Al cumplir los ansiados cincuenta la celebración duró varios días hasta culminar rodeado con mis amigos de siempre y sus familiares. Con ese entusiasmo, con ese espíritu de celebrar la vida, hoy aplaudo la barba blanca y las primeras canas en mi cabello negro que “parecen rayos plateados”, dice Emilce, herencias de mi padre y madre. Los celebraré en la tranquilidad de mi casa, bajo la sombra de los árboles de Caoba que un día planté, rodeado de mis seres queridos, los recuerdos de aquellos que en este largo camino estuvieron a mi lado y se han ido, y los que vuelan sin cesar buscando una rama que los proteja.

Poco a poco, palabras acomodando palabras, párrafo a párrafo, sin prisa porque la vida se acaba, compartiré con ustedes los recuerdos guardados entre paréntesis. ¡Salud!

Ronald Hill A.
La Colina
Día de cumpleaños.

viernes, 10 de agosto de 2012

MI TIA MERCHÚ


Probablemente muchos de ustedes se la toparon por el andén, en la iglesia, en labores comunitarias o, simplemente, la vieron al pasar por su casa  en donde todas las tardes sacaba una mecedora de la sala y se acomodaba en el corredor frontal a admirar el paisaje de la bahía, disfrutar la brisa marina que fluía sin atascos desde la playa del Tortuguero, sosteniendo amenas pláticas con los visitantes que al verla se desviaban del andén principal. Acompañaban sus atardeceres el resplandor de los rayos de sol sobre el inmenso techo rojo de la aduana, el verdor de la bahía, la estela de espuma esparcida por el constante cruce de las pangas hacia Bluefields con su cerro azul dominado en la cúspide por bandadas de nubes blancas, y el verdor de las islas de El Venado y Half Way Cay. Satisfecha encendía un cigarrillo cubierto del filtro por una boquilla para eliminar las impurezas que quebrantan la vida y escuchaba con suma atención los problemas que le exponían sus visitantes enumerando múltiples motivos de queja; mi tía Merchú, al escucharlos atentamente, se entristecía, los sufría, pero siempre tenía motivos de esperanza y ayuda para ellos.

La comida que preparaba mi tía Merchú era exquisita, agasajaba a su familia con manjares de mar y tierra. Para los días festivos, mi sitio preferido era su cocina y, en los comunes, su presencia en la mesa enriquecía con su ánimo los platos que preparaba: panes, dulces, lomos rellenos, mariscos, jamones, nacatamales, todos una delicia. Cuando pasaba por el andén a la hora del almuerzo o la cena, escuchaba el festín de tenedores, cuchillos y cucharas sobre los platos de china y, al verme bajo el umbral de la puerta del comedor, sonriente me ofrecía una silla. “Este chavalo no come en la casa porque dice que tu comida es más rica, aunque sólo sean frijoles”, le decía mi mamá y sonreía.

Por las noches, nos esparcíamos en la sala de su casa alrededor del televisor para ver la telenovela del momento y, en eventos especiales como el alunizaje del Apolo XI o las peleas del Alexis Arguello y Mohammed Alí, a todos los chavalos nos acogía manteniendo con sutileza la armonía. Siempre estaba al tanto de las noticias, de la entrada y salida de los barcos mercantes y de los adelantos de la ciencia y la tecnología. Pero mayor atención prestaba a las festividades religiosas que se desarrollaban en la pequeña capilla promoviendo su organización: la procesión del viacrucis; la peregrinación de la virgen del Carmen, patrona del puerto, desde Bluefields; las kermeses para recaudar fondos, los novenarios, las primeras comuniones, las misas navideñas, los rezos para los difuntos y los bautizos con los que ganó el record de tener el mayor numero de ahijados en el puerto.

Cuando triunfó la revolución, se involucró en tareas por el bien de los habitantes del puerto: promovió las jornadas de salud; también la distribución equitativa y oportuna de alimentos, sin permitir el insolente acaparamiento; la luz del saber en los analfabetas, sin darse cuenta por su esmero que el mundo a su alrededor se desmoronaba poco a poco hasta que el huracán Juana destruyó sus cimientos. Con el mismo espíritu y compromiso, asumió la tarea de reconstruir la vida de otros para que pudieran levantar su techo organizando brigadas de autoayuda y pegando bloques tras bloques.

La fuerza de su espíritu, su alma generosa y sus sueños de vida mejor para otros se truncaron cuando Felipe  Alvarez, mi tío, falleció en el año 1998; quedó solitaria, sus hijos, como aves, habían levantado vuelo, sin percatarse que en su cabello fino florecían canas sufriendo en soledad. Emigró a su natal Ostional para aligerar sus penas al lado de su familia, viajó a Corinto y finalmente se asentó en la casa de Rafael, su hijo, el amante de la mar y el rio.

El mal de Parkinson la atacó, pero no logró doblegarla: mañana y tarde, bajo el corredor izquierdo de la casa, elevaba plegarias al cielo con el rosario en mano. “Cómo están los muchachos, cómo está Indiana, cómo está Tony, ¿y los nietos?”, siempre preguntaba en mis frecuentes visitas. La mirada se le nubló y frente al féretro de Rafael, en la silla de ruedas y con su inseparable rosario, el corazón desintegrado y lágrimas de dolor rodando en sus mejillas, rogándole al Señor decía: “por qué te llevaste a mi hijo, mejor me hubieras llevado a mí”. El 31 de Julio, a las 8:50 de la noche y a la edad de 87 años, sus ruegos se hicieron realidad: un ejército de ángeles acudió a su lecho y sobre una luz cegadora la elevaron a los cielos.

Muchos pensarán que tu vida, tía Merchú, fue efímera, un esbozo desdibujado que casi no llegaste a vivirla en plenitud y sentirán, como de muchos otros, lástima de ti; lástima como la que han sentido las madres por sus hijos que transitan en senderos equivocados, los hombres perdidos, los viejos abandonados que mendigan, los pobres llenos de rencores y los ricos egoístas. En la justa balanza, ¿quién pesará más que mi tía Merchú?, ¿quién más méritos que tú? Seguro estoy, tía Merchú, que en el cielo los ángeles pedirán tu ayuda y, como en vida, les ayudarás eternamente satisfecha.

Ronald Hill A.
La Colina.
Miércoles, 08 de agosto de 2012

miércoles, 8 de agosto de 2012

DIOSA CUBIERTA DE ESPUMA


El reflejo en el piso de baldosa de la media luz emitida por la lámpara ubicada en la mesa, el ritmo de la música instrumental fluyendo a través de los parlantes adaptados a la microcomputadora y la cama king size volvían la habitación pintada de color nácar en un espacio que invitaba a los excesos, aunque nunca se había percatado de ello, hasta esa noche. Sus días y horas en soledad transcurrían motivados por lograr lo imposible para otros: empecinada en el cálculo económico, revisando fórmulas inventadas por su ingenio, el presupuesto del año venidero, indicadores y resultados, costo y beneficio, fichas de proyectos y borrando errores en las hojas impresas.

La percibí relajada cuando abrió la puerta. “No te esperaba tan temprano”, dijo volviendo a ver su reloj de plata satinada que hacía un llamativo contraste en su piel morena. “No importa, ya estoy terminando, puedes pasar”, agregó. Calzaba chinelas de playa, un pantalón deportivo azul de lana y una blusa blanca sin mangas que destacaba la cadena del mismo metal sobre la semicuenca de sus pechos. El cabello largo lo llevaba recogido por un moño. Al dar la vuelta para ofrecerme una mecedora ubicada frente al closet, observé su largo y frágil cuello, sus movimientos de gacela nerviosa.

“Siéntate, déjame arreglar estos papeles”, expresó luego de cerrar la puerta y abrió en mi destellos continuos de pensamientos tras cada uno de sus gestos. “Si estás incomoda te espero en la recepción”, le dije deseando que lo negara. Regresando la mirada, inclinada sobre la mesa con su rodilla derecha sobre la silla, mostrando su esplendida cadera, con una sonrisa, lo hizo: “No, tranquilo. Voy a ducharme, dame unos minutos. Puedes encender la tele”. Recorrí todos los canales; mis sentidos se filtraron en su intimidad hasta ver su imagen reflejada en la pantalla mientras caía un vendaval en la ciudad que siempre se inunda.

El agua tibia estremeció su cuerpo y se aproximó al intenso torrente introduciendo en alerta su pie derecho. Con determinación expuso los pechos sobre el caudal, sus pezones morenos se irguieron como flor ante rayos de sol mañanero, se estrujó con ambos brazos y movió lateralmente la cabeza evitando empapar su cabello. Giró en torno a la ducha hasta quedar frente al sudado espejo. Tomó el jabón de avena, lo frotó entre sus manos y acarició su cara en círculos con la yema de los dedos. Volvió a la ducha introduciendo la cara, restregó con delicadeza su abdomen, cadera y piernas; su piel brotó como espiga de diosa cubierta de espuma. Se secó con la toalla, desempañó el espejo y al verse mostró una sonrisa de gozo. “Qué elegancia, qué goce”, pensé con envidia pendiente de la puerta y sus imágenes desaparecieron cuando salió con la toalla cubriendo su cuerpo.

“Viste, no demoré demasiado”, dijo al dirigirse al closet y sentí la fragancia de su cuerpo. “Está lloviendo”, dije sin volver la mirada. Tras unos segundos de silencio contestó: “no es buena idea salir, podemos pedir la cena y me ayudas a revisar lo que me hace falta”. Se dirigió al espejo de la habitación con el mismo atuendo, se quitó el moño y peinó su cabello. “Lista”, expresó y nos quedamos viendo sin decir palabras.

Ronald Hill A.
La Colina
Domingo, 29 de julio de 2012