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lunes, 29 de octubre de 2012

LA ECONOMÍA DOMÉSTICA O FAMILIAR


La economía doméstica tiene un peso significativo en la economía global del país por la magnitud de la fuerza de trabajo que ocupa y las necesidades básicas de la población que satisface. En ella se realiza habitualmente una importante cantidad de trabajo productivo y se efectúa una insustituible contribución al desarrollo. De ella se han ocupado muy poco los economistas debido a que las familias suelen ser consideradas como unidades de consumo, y no de producción de bienes y servicios y de reproducción de factores económicos.

La economía doméstica no es tan pequeña como aparece en las estadísticas y cuentas nacionales, pues una parte relevante de su producción está orientada al autoconsumo o se distribuye por los canales de la llamada “economía informal” que no deja registros susceptibles de su apropiada cuantificación. Es por esa falta de reconocimiento que podemos hablar de la “invisibilidad” del trabajo doméstico autónomo, lo que se explica básicamente porque su producción no tiene expresión monetaria y, por ello, la dificultad para cuantificarlo y apreciar su magnitud.

El reconocimiento del trabajo doméstico como verdadero trabajo ha tenido lugar a partir de los intentos por valorizar el trabajo de la mujer en el hogar y en función de reivindicar ciertos derechos asociados a dicho trabajo. Determinada la actividad del trabajo familiar, se procede a valorarla con base en los precios que tienen en el mercado bienes y servicios similares (cocinar, limpiar, lavar ropa, hacer compras, atender a los menores y a los ancianos, etcétera).

En la valoración del aporte de la economía doméstica al desarrollo del proceso de producción hay que considerar, además del implicado en la producción de bienes y servicios, el que corresponde a la producción y reproducción de factores económicos. Gran parte de los ingresos de las familias es destinado, a través de los gastos de alimentación, salud, educación, cultura y recreación,  al mantenimiento y expansión de las capacidades laborales, de los conocimientos técnicos y de los valores de integración social y comunitaria. Aunque la parte de los ingresos familiares destinada a estos fines sea considerada habitualmente como “gastos de consumo”, si se analiza bien se trata en muchos casos de verdadera inversión productiva.

La magnitud y diversidad de la economía doméstica difiere según los contextos y niveles socio-económicos. La contribución que hacen en la satisfacción de las necesidades es mucho mayor en familias pobres que en aquellas de nivel medio y alto donde muchas actividades que tradicionalmente eran efectuadas por los integrantes de la familia suelen ser realizadas por trabajo externo contratado: empleadas domésticas, jardineros, vigilantes, choferes, etcétera.

En décadas y años recientes es notoria la realización de actividades que antes se desplegaban en términos mercantiles. En ese sentido, algunos fenómenos inciden en una ampliación de los espacios de la economía familiar: los altos niveles de desempleo,  empleos de medio tiempo, el desarrollo tecnológico que ha llevado al seno del hogar un conjunto de máquinas electrodomésticas y electrónicas que prestan servicios eficientes y facilitan el trabajo, el desarrollo de los medios de comunicación, la computación y la informática que abren formas de trabajo que pueden ejecutarse sin necesidad de salir de casa, la difusión del bricolaje o “hágalo usted mismo”. Además, están en curso ciertos cambios culturales que alteran los roles de los sexos y las generaciones que en alguna medida amplían las actividades productivas domésticas.

¿Existen posibilidades de expansión y perfeccionamiento de la economía doméstica que eleven sus niveles de productividad? La fuerza de trabajo está constituida por personas que no tienen empleos formales y por el uso de tiempos excedentes respecto a los requerimientos del trabajo asalariado. Los medios materiales que se utilizan –la casa, los artefactos, las herramientas y otros implementos– tampoco pueden ser utilizados industrialmente. Los conocimientos tecnológicos, las capacidades organizativas y el financiamiento constituyen un aporte adicional que las familias hacen a la producción. Existe reducción de costos (transporte, transferencia, distribución, publicidad) que no son necesarios y que determinan que la economía doméstica sea económicamente conveniente en ámbitos crecientes. El desarrollo tecnológico reduce el tamaño, el costo de equipos y aparatos para uso productivo con grandes posibilidades de aumentar su productividad.

Otra posibilidad es el desarrollo de una educación que vuelva a preocuparse por las necesidades de conocimiento y formación requerida por la economía y producción doméstica. Pero lo más importante es la necesidad de un cambio cultural que permita descubrir las potencialidades de realización humana implicados en la recuperación de las familias como comunidades de trabajo y vida, integradas en barrios y comunidades dinámicas y en desarrollo.

22/10/2012

MERCADITO CAMPESINO EN BLUEFIELDS


Desde las siete de la noche del día domingo salen con dos botes cargados de productos. Atracan en el muelle a las dos de la mañana y a las cuatro comienzan a atender a los pobladores de los diferentes barrios de Bluefields. Son los productores y productoras del Río Escondido, unos setenta, provenientes de seis comunidades: Paraíso, Se Se, Magnolia, Honk Creek, Belén y Kisimbila. Se rotan cada quince días y, los lunes, “bajan” unos 35 para vender sus productos a precios favorables.

Tienen más de un año de hacerlo con el apoyo de FADCANIC y la Universidad BICU. “Nuestros precios son más bajos, un 20 a 25% más bajo que el de las pulperías”, dijo Salvador Ríos Quiroz, coordinador del grupo.

Venden diferentes productos: carne (de cerdo, res, pelibuey  y de monte: guilla y cusuco), musáceas (plátano, banano, cuadrado), verduras, yuca, quequisque, chile de cabro, carbón, ayote, tamales, etcétera. “El queso es el más apetecido, cada quince días vendemos entre 500 y 600 libras, vuela, no damos abasto”, agregó Salvador.

Si estás en Bluefields, te recomiendo que los visites y degustes su carne asada, su sopa de gallina de patio y sus tamales, vale la pena apoyarlos y participar en ese intercambio, no sólo de productos sino también cultural, entre la cultura campesina y la kreole.



Lunes, 29 de octubre de 2012

viernes, 26 de octubre de 2012

¡DESAHÓGATE, ESCRÍBELO!


Natalie abrió la puerta y entró cautelosa a la sala. Se quitó los zapatos de tacón y descolgó la cámara fotográfica de su hombro. Vio el reloj de pared, contrastó la hora con el de su pulsera y se dio cuenta que llegaba con dos horas de retraso. “Estará en casa”, pensó mientras caminaba hacia el comedor. En el respaldar de una silla colgó la cartera y la cámara. Observó dos candelas rojas consumidas, una copa de vino hasta la mitad y otra vacía. En el centro de la mesa sobresalía un jarrón blanco con rosas rojas y una nota reclinada en su base. “Perdóname. Te amo. Robert”. Se inclinó sobre las flores, recogió su cabello liso e inhaló el fresco aroma. Su cutis blanco enrojeció, apagó las luces, caminó hacia la habitación y, al abrir la puerta, la tiró con todas sus fuerzas.

Robert despertó. Dormía boca abajo con las piernas abiertas. Encendió las luces, abrió el closet, tiró bruscamente los zapatos en la zapatera y se sentó en la cama. Percibió a Robert volteándose y al sentir que la acariciaba con los pies se levantó repulsivamente. Se desvistió gradualmente, una ceremonia exquisita que Robert disfrutaba viéndola quitarse la pulsera, la cadena, los pendientes, la blusa, la falda, el sostén y las medias hasta quedar su delgado cuerpo cubierto únicamente por las finas bragas. Recogió el vestuario y lo depositó en un canasto. Apagó las luces, sacudió con la colcha de algodón el lado derecho de la cama y se acostó en el borde dándole la espalda. Robert estiró su brazo y con su mano izquierda acarició su espalda. Una leve sonrisa brotó de su rostro y se cubrió con la sábana sin volver la mirada. Robert insistió y ella, estirando sus largas piernas, lo golpeó en la rodilla. “Me perdonará”, pensó y se acercó a ella hasta rozar su cuerpo. Lo apartó de un codazo, un golpe veloz en su pecho y comprendió que no lo perdonaría, al menos esta noche no lo haría; “es un descontento efímero, similar a los momentos que consume en cualquier bar de Managua”, pensó y se acomodó en su lado.

El timbre del despertador sonó a las seis de la mañana y Robert despertó. La figura de Natalie y su calor estaban adheridos en su costado. Cuando salió de la habitación escuchó la melodía que tatareaba en la ducha, sonrió con la seguridad que lo perdonaría y se dirigió a la cocina. Regresó con el desayuno servido en una bandeja: huevos fritos, pan tostado con mantequilla, mermelada y jugo de naranja. Natalie se cubría con una toalla y frente al espejo del tocador peinaba su cabello fino. Robert colocó la bandeja en el tocador, atrapó su cintura estrechándola contra su cuerpo y acarició su cuello con la mejilla. Suspiró profundamente y la toalla rodó por su cuerpo hasta caer en el piso. Robert buscó sus grandes ojos negros y notó escrito con lápiz labial en el espejo: “Te abandono”. Giró hacia él y se apartó de su lado. Robert siguió con la mirada su frágil figura, la vio vestirse y salir de prisa hacia la calle sin despedirse con la cámara colgada en su hombro.

“No lo sabía, se lo hubieras dicho”, dije. “Me equivoqué, quise su perdón sin palabras”, contestó. Desde ese día no es el mismo; su voz, su mirada y hasta su sonrisa ha cambiado. “No puedo vivir sin ella”, dijo. “Desahógate, escríbelo”, respondí. “No puedo, sin ella no puedo”, agregó. Sigue llamándola por teléfono pero no contesta sus llamadas.

Viernes, 26 de octubre de 2012

miércoles, 24 de octubre de 2012

CARNICERÍA DE MUJERES


Siempre acudía a su carnicería, una de las cuatro que existen en el pueblo, pero repentinamente la cerró y despareció por varios años. Era insistente, al pasar arriando las vacas que iba a destazar, me ofrecía los lomos, el mondongo, el hígado, los riñones y la lengua. 

Por eso acudía a su carnicería, era un buen vendedor, sabía su negocio. Y allí, en su carnicería, la que abrió después que entró nuevamente en el negocio, hace unos dos años, admiraba su destreza con el cuchillo, un cuchillo que brillaba por el filo que tenía, rebanando los distintos cortes que pedía. Nunca lo vi hacer medios cortes, nunca se equivocaba en la cantidad, la pesa lo confirmaba con exactitud. Sabía su negocio y, en el de carnicero, la experiencia en los cortes apoyada con un buen cuchillo, no dejaba dudas de ello.

Desde la última vez que estuve en su carnicería lo noté cansado, medio triste, ya no era el mismo hablador y chilero. Pensé que las cosas no le iban tan bien en su negocio porque meses atrás la policía se lo cerró por andar comprando carne de vacas robadas y perdió la clientela.

Hasta ayer tuve noticias de él. Por la radio me di cuenta y luego lo vi por la televisión local. Se cansó de destazar vacas y chanchos, con el cuchillo que yo lo admiraba haciendo los cortes, destazó a su mujer. Lo vi casi todo, lo que resultó después, por la televisión. La mujer quedó viva pero con las vísceras expuestas, colgadas. Debió usar el mismo cuchillo, pensé. La destazó por celos. “Yo se lo dije”, declaró a los periodistas, “Sí seguís, ese va a ser el último”. “Ni siquiera quería untarme zepol en las rodillas”. 

Clemente se pasó del límite. Se convirtió en destazador de mujeres. “Sí, porque no voy a decirte que sí, estoy arrepentido”, “que me lleve el diablo”, dijo a los periodistas camino a la celda, con las manos esposadas. Como la gente es habladora, ya sabes como es, pueblo chiquito infierno grande, andan comentando que él fue el que envenenó a su exmujer y que deberían de procesarlo también por eso.

Por la noche me puse a ver las noticias en los noticieros televisivos nacionales. Mejor no te sigo contando, de diez noticias que pasaron, sin considerar la del temblor en Costa Rica, ocho de ellas fueron sobre maltrato y asesinato de mujeres. Una cosa es que lo diga, pero verlo es otra, te da rabia, al menos a mí, me hierve la sangre de ver a tantos cobardes que se ensañan con las mujeres, lo mismo que esos noticieros champú que pagan para que los llamen y tomar esas escenas “en primicia” que después motivan a otros a seguir haciéndolo. Debería de cerrarlos de por vida al igual que a los cobardes que cachimbean a las mujeres.

Miércoles, 24 de octubre de 2012

martes, 23 de octubre de 2012

A PRAUD BLACK MAN FROM OLD BANK


That afternoon I walked to the point of Old Bank. I remember the anxiety I felt at finding myself there again breathing the cool breeze from the bay, admiring the landscape with ships crossing the channel from Schooner Kay, the coconuts palms flirting with the rhythm of the wind and in the distance my longed port. Walking back down the street, now built with reinforced concrete, I stopped to greet two older gentlemen were sitting on the porch of the house. “Hello, I said, my name is Ron Hill, Im from El Bluff”.

They looked at me suspiciously and I began to speak in English. I asked about his family, if they were natives of the place, if they were born there and stared at me strangely. "Hey Jim, he wants to know about our family” said the one that appeared to be greater, the more lightly built, about 65 years old. “Tell him Charles, we have nothing to hide”, replied Jim, who had white hair. Charles looked thoughtful for a moment and began doubtfully talking. Were born and raised in this neighborhood, one of the oldest neighborhoods in Bluefields. “Thanks to the Lord”, added Jim. “Your mom too”, I ask. “Listen, he wants to know of our mother”, said Charles.

At that time seen again and their eyes fixed on me, deep eyes, of those who seek to discover the claims, the thoughts of others. Okay, I said, let's talk about the neighborhood but Charles interrupted me. My mother was tall, stocky and was always well aware of us, gave us many tips when performing the household chores. When she was cooking, boy, the food was special, I can still smell flavorings of the dishes, rice and beans made ​​with coconut milk, the turtle stew, chops fried breadfruit that we cut from the trees in the neighborhood, uploading them to the highest point, the Caribbean-style breaded shrimp, fish soup, bone-in meat stew. All the prepared meals with firewood, in those days there was no stove, we collected trunks on the beach that we put out to dry on the stones and when Dad returned from fishing in his boat paddles we descended the slope running to help load the fish and shrimp. Your dad was a fisherman, I asked. He asked for our mother and now wants to know about Dad, said Charles. Tell us frankly what you want to know, said Jim.

Honestly I've always wondered about the rain of stones that fell to one when he visited the neighborhood in the evenings. Saw each other again, but this time they laughed out loud. To protect us from strangers, protect our neighborhood, our private homes, our way of life, our children, our girls, our roots, just for that, explained Jim. But that did not do so in Beholdeen or Pointeen, I expressed. Boy, do not compare us with those people, we are different, and we are black, but different black people. We protect our community, we are proud of it. Im a proud black man from Old Bank, cannot see it, said Jim.

It was getting late, would be six in the afternoon, and now I understand why they threw stones at strangers in Old Bank. I said goodbye to them shaking hands thick and wrinkled. You can walk calmy, said Charles, nobody will throw stones at you and they continued laughing.

Tuesday, October 23, 2012

miércoles, 17 de octubre de 2012

LA LOCA LLORA POR SU NIÑA

¿Y mi niña?, ¡mi niña!, fueron las expresiones que recordaron de Lucrecia en la sala de maternidad y se dieron cuenta que no estaba del todo loca. Es normal que una mujer, después del parto, desee tener a su bebé en brazos, acurrucarlo, amamantarlo, bañarlo, vestirlo y vivir ese intercambio químico - biológico que los une para siempre. Lucrecia lloraba sentada en la camilla, un llanto desgarrador cuando despertó y no encontró a la niña. Es el cuarto bebé que le quitan porque padece de trastornos psicológicos, la consideran loca. Su dolor se ha incrementado desde la primera vez, nunca antes ha llorado tanto ni ha dado declaraciones a los medios de comunicación. “Cuando desperté ya no estaba”, “no debí quedarme dormida”, dijo a los periodistas. Las autoridades de salud avalaron que funcionaros de MIFAMILIA irrumpieran en la sala de maternidad y se la quitaran. Lucrecia sigue llorando por su niña pero dicen que está loca. ¿Por qué no la esterilizaron después del primer parto? La locura invade muchas mentes, todos tenemos momentos de locura, la creatividad más resplandeciente casi siempre proviene de ellos. La loca llora por su niña, los médicos son culpables de negligencias pero en muchos casos no reciben castigo, practican el poder y dominio sobre los seres humanos.

17/10/2012

martes, 16 de octubre de 2012

LAS GABACHERAS


Las encontré sentadas en sillas de plástico, cerquita una a la otra y a la pared del corredor de la glorieta de la iglesia. Estaban calladitas, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la cúspide ondeante de la cordillera, pero cuando la mujer pasó por la calle rompieron el silencio.

    Todos los días pasa a esta hora —dijo la mayor sin quitarle la mirada y estiró las piernas —. No se despega a las chavalitas —agregó.
    Le lleva la comida —añadió la menor, la más delgada de ellas, señalando la bolsa que cargaba.
    Es gabachera —expresó la de edad mediana, una treintañera de sonrisa maliciosa.
    ¡Gabachera!, ¿qué es eso? —preguntó la mayor, mirando a las dos con desconcierto.
    Gabachera, de gavach, que habla mal. A la bolsa del plástico le llaman gabacha o se refiere a la bata que usan en los hospitales—dije, pero no me prestaron atención.

“Hace tres años se vino con el marido de Costa Rica”, comenzó a relatar la de mediana edad, acomodada en el centro de las otras dos. “Tenían tres años de estar allá, les iba bien, los dos trabajaban, ella en un restaurante y el de albañil, pero en una borrachera el hombre la penquió por celos, sólo porque llegó dos horas después de la acostumbrada. Desde entonces ella se quería venir con las dos chavalitas pero él no la dejó, lo perdonó porque le prometió que le haría casa a su nombre, esa que queda allá dando la vuelta”.

    ¿Para adonde va? —preguntó la mayor levantando los hombros, dibujando un semicírculo con las dos manos.
    Para la estación de Policía —explicó la menor, la flaca.
    ¿Por qué? —volvió a preguntar la más vieja.

“Iba a construir casas a las Colonias”, continuó explicando la treintañera, “allá se estaba la semana para no gastar en el pasaje y ella se quedaba solita en la casa. Después de mediodía iba a dejar a las chavalitas donde su mamá, cuando salían del colegio, en la zona tres. Otro la visitaba por las tardes, volviéndose socio del albañil en la cama, en la cocina y en la sala, sin poner nada, sin obligaciones despilfarraba la ganancia que el pobre trataba de ahorrar con el pasaje. Una tarde regresó sin avisarle y los encontró disfrutando. Casi la mata, la arrastró por toda la casa mientras el socio se tiró por la ventana, atravesando las cercas de los vecinos”.

    Esa misma tarde puso la denuncia y amaneció preso —concluyó la treintañera.
    ¿El socio? —preguntó la mayor.
    ¡No!, ¡el albañil! —aclaró la treintañera.
    ¡Ve qué lindo! —agregó la flaca palmeando sus manos.

“Dice que está arrepentida, mírenla, camina con los ojitos tristes, sin dar la mirada, la mamá no quiere cuidarle más a las chavalitas y para remate la corrieron del trabajo. Cuando llega a dejarle la comida, los policías se burlan de ella, de toditas las que han echado presos a los hombres por esa nueva ley contra la violencia que aprobaron. Les dicen “las gabacheras”, un día de estos tiene audiencia y la pobre le va a pedir al juez que lo perdone porque no halla qué hacer”, concluyó la treintañera.

    Ve qué pendejas que son. Gracias diosito lindo que el mío hace rato lo enterré porque el desgraciado se hubiera muerto de hambre en la cárcel —dijo la mayor levantando la mirada hacia el techo con el rostro enrojecido.
    Pobrecito —expreso la flaca cruzando los brazos —. Mínimo le caen ocho años.
    Vos no hables. También fuiste “gabachera”. Andabas llorando y dale gracias a Dios que hasta después aprobaron esa ley —intimó a la flaca la treintañera.
    Nada tenés que decirme vos —respondió la flaca, levantándose de la silla. Le aguantas de todo a ese querido que te has echado —agregó.
    Le aguanto todo, todo lo que me da, hasta los sopapos, pero soy incapaz de andar lloriqueando en el barrio por un desgraciado, mucho menos de arrepentirme de lo que hago —explicó la treintañera.
    Debería de vender la casa, con esos realitos puede poner un negocio o regresar a Costa Rica —agregó la cincuentona y se quedó pensativa.
    Cálmate ya, allá viene tu marido —dijo la treintañera volviendo a ver a la flaca, señalándolo con los labios.

La flaca se sentó y se quedaron calladitas, mirando a la mujer con las chavalitas que se perdía en la bajada  de la comisaría y al hombre de la flaca que se acercaba. Al doblar la esquina escuché las carcajadas de los cuatro.   

Jueves, 11 de octubre de 2012

martes, 9 de octubre de 2012

LOS ALLEN DE EL BLUFF


Siempre que camino por el andén veo los cimientos de concreto que sostuvieron la casa de madera donde vivían. Los recuerdo sentados en el corredor, en la banca o en el piso, colgando sus pies sobre el alto tambo, observando en los atardeceres el movimiento de barcos en la bahía. Eran tres hermanos: Alonzo, el mayor, Richard y Guillermo, el menor. Crecimos juntos en esa parte del puerto, cerca del muelle de la aduana, a cuatro casas de distancia. Éramos amigos de infancia. Todos los chavalos les llamábamos “los negritos”. “Voy a jugar con los negritos”, decía al pedir permiso y nunca me era negado.

Jugábamos diferentes juegos, principalmente base ball de dos bases en un predio baldío al lado de su casa, cerca de la bajada al entonces muelle de las pangas. Detrás del patio de la casa había un inmenso árbol de hule, le hacían cortes con machete y recolectaban la leche que brotaba en pedazos de cartón, y cuando estaba seca cubrían una semilla de coyol hasta obtener la pelota con la que jugaríamos. No teníamos guantes, pero ellos los hacían de lona de tijeras viejas, cociéndolos con enormes agujas; también tallaban con navajas troncos de guayaba o limón para hacer los bates.

En la temporada de los barriletes, ellos hacían los mejores y más grandes, los que se perdían en las alturas y recibían telegramas dirigidos al cielo con nuestros deseos. Fabricaban barquitos de vela, réplicas exactas de veleros con madera de balsa que hacían competir en regatas de fantasía al lado de la ensenada.

Juntos íbamos a pescar, atrapábamos chacalines para usarlos como carnada entre los restos de un bote salvavidas abandonado al lado de la carretera y nos dirigíamos al muelle de los pescadores, bajando por la esquina imaginaria de Miss Lilian; al regresar, siempre cargaban un racimo de roncadores, palometas y jureles.

Construían rifles de madera con hules gruesos que estiraban sobre el cañón y, con ellos, debajo el frondoso árbol de Guanacaste, esperábamos que aparecieran las palomas y loras para cazarlas. Allí mismo, un poco más arriba, detrás del patio de la casa de mi abuela, subiendo al lado del parque, cortábamos marañones y hacíamos una fogata para asar cashew seed y comerlas.

Cuando los buscaba, siempre fui bienvenido, aunque en pocas ocasiones entré a la casa porque estaban en el corredor. Sentado en la banca, el aroma de la cocina creole de Miss Sara, la mamá de ellos, inundaba el corredor: tajadas de plátano fritas en aceite de coco, Johnny cake, rondón, guabul y ginger beer; degusté con ellos toda una exquisitez. Mister Allen, su papá, trabajaba como vigilante en el muelle de la aduana. Tenían tres hermanas, Anita, Juanita y Margarita, la menor con síndrome de Down.

En las fiestas que se organizaban entre los amigos de ese sector del puerto ellos siempre eran invitados. Después de practicar los primeros pasos de bolero en la sala de la casa de mis abuelos con Melba o Zenaida, mis primas, la primera pieza formal de baile que tuve fue con Anita; llegó a mi lado y me tomó de la mano. “Vení, bailemos, tenés rato de estar viéndome”, dijo y me movió alrededor de la sala como pluma al viento. Era mayor, delgada y alta, mi mejilla descansaba en su pecho y al ritmo de la música escuché los alegres latidos de su orgulloso corazón. De Juanita tengo pocos recuerdos, era la más seria de ellas, pero Margarita era la niña más feliz del puerto, en la loma del parque todos los días de navidad el coronel alma de niño le celebraba su cumpleaños y los chavalos, jóvenes y mayores, acudíamos invitados a su fiesta. “Margarita, está linda la mar”, le decía y sonreía moviendo su cabeza.

Viajábamos a Bluefields todos los días de semana en el mismo barco para acudir a clases, primero en el colegio San José y después en el Colón. Alonzo era un alumno ejemplar, excelente, siempre estaba en el cuadro de honor por sus notas, todas de cien. Tocaba la guitarra en el corredor y leía, siempre leía. Richard era un excelente deportista, jugamos en el mismo equipo de béisbol, "Los Diablos", igual que Guillermo.

Por las noches nos reuníamos en las gradas de la bajada al muelle de las pangas, frente a su casa. A nuestra izquierda nos acompañaba el resplandor de las luces de Bluefields y en lo alto el cielo estrellado. Conversábamos sobre deportistas famosos, de lo que cada quien quería ser cuando fuera grande, cosas de chavalos y, de vez en cuando, llegaban amigos mayores a beberse una botella de güisqui y a fumar. Cuando nos hacían ofrecimientos, ellos nunca lo aceptaron. 

Ahora, al lado de los cimientos de concreto, con una valla metálica de frente que evita el paso al muelle, trato de recordar el momento preciso en que dejé de llamarles “los negritos”. Probablemente fue cuando nos convertimos en adolescentes, tal vez un día me dijeron que no les llamara así, o quizás fue cuando falleció Mister Allen y lo vi a través de la ventana tendido en el centro de la sala sobre una tijera, todos ellos reunidos alrededor de él, llorando por la pérdida de su padre; entonces, creo, comencé a llamarlos “los Allen”.

El Bluff, 5 de Octubre de 2012.

Nota:

Después de 41 años he vuelto a encontrarme con Alonzo Allen. Me ha visitado en Nueva Guinea con su familia y les he tomado la foto de aparece en este escrito. Le dije que había escrito sobre ellos cuando vivían en El Bluff. Al leerlo se reía y comentamos esa etapa de nuestras vidas. "Gracias, gracias, por recordar esos tiempos", dijo.


martes, 2 de octubre de 2012

CHAVALO EDUCADO


Debes saludar a los mayores con las manos juntas y lavártelas antes de comer. No debes sentarte en la mesa sin camisa, mucho menos eructar. No seas atrevido, tienes que esperar que los mayores se sirvan. Con la mano izquierda se toma el cuchillo y con la derecha el tenedor, debes aprender a cortar la carne, mira, así, en trocitos. ¡Quita los codos de la mesa! Mastica bien la comida sin abrir la boca, no chupes la sopa, no hagas ruido. Cuando hayas terminado, debes pedir permiso para levantarte. Hasta que hayas aprendido te llevare a un restaurante. Ya has crecido y tienes que avisar, no puedes seguir orinándote todo el tiempo. Ve, así sácala y agarra puntería. Tenés que practicar porque estás desbaratando el colchón, pronto te darás cuenta que se usa para otras cosas. ¿Cómo cuales? Cuando crezcas te darás cuenta. Levanta el asiento del inodoro, es sólo para ellas. Primero se pone el zapato izquierdo y después el derecho, no hagas caso de esos que dicen que se levantaron con el pie izquierdo, son puras babosadas. Ya sé que te cuesta mucho amarrarte los cordones, no te desesperes, con calma vas a hacer el lazo. El pantalón debe quedarte flojo y debajo del ombligo, sólo las mujeres andan socaditas. ¿Ya te has fijado, verdad? No me digas que no, veo que los ojos te brillan cuando vienen tus primas. No les des mucha importancia, coquetean con todos, por ahora debes dedicarte a estudiar. No dejes que tus compañeros se burlen de vos por ningún motivo. Aunque sea más grande, agárrate a los vergazos y, si no podes ganarle, patéalo, garrotéalo, apedréalo, no vengas lloriqueando, los hombres no lloran. ¿Y si me echan la vaca? Córrete que después nos desquitamos con tus hermanos mayores. No le tengas miedo al agua, tenés que aprender a nadar, nadar es importante, ¡tírate!, ¡tírate ya! ¿Y los tiburones?, se corren cuando escuchan ruido, los que andan en las calles son más peligrosos. Escucho tu voz ronca, de seguro ya te estás haciendo la paja. Es bueno que te la hagas, vas en buen camino porque a ellas les encanta. ¿Hacerle la paja a uno? ¡Chavalo!, ¡no seas baboso! Tomá estos cien pesos y anda al putal. ¡Me da pena! Vení, te voy a llevar. ¿Te gustó? ¿Cómo se portó? ¡Es bien educado!

Martes, 02 de octubre de 2012