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miércoles, 22 de febrero de 2012

UNA NOCHE FRESCA

Ese miércoles estaba de paso por Managua. Luego de tres gestiones en el día —el tiempo no da para más— me encontraba sentado en la mecedora de la habitación del hotel observando las escenas sangrientas y desgarradoras del noticiero televisivo: lamentos de mutilados por accidentes de tránsito con carne y huesos expuestos sobre el asfalto, ruegos de desamparados, operativos policíacos tras jóvenes de los barrios empobrecidos, el cuchillo ensangrentado en manos asesinas, la sirena desesperada de la ambulancia despejando la vía, el “líder empresarial” augurando feroz lucha con los trabajadores por el salario y las declaraciones de políticos que, como parte de un elenco, posan frente a las cámaras tratando de convencernos de sus actos cargados de irrealidades que deslocalizan nuestra pertenencia al llenarnos de inseguridad por sus juegos de poder. “Suficiente, basta ya”, pensé y salí de prisa hacia el supermercado ubicado en la carretera de los sueños fugaces.
           
Al entrar al supermercado vi largas filas en las cajas registradoras, carritos vacíos, canastas llenas en la noche de verduras frescas, las preferidas de las amas de casa que aprovechan para encontrase entre amigas, escapar de la rutina diaria y aligerar la desesperación provocada por el desgastado salario. En el recorrido encontré a tres mujeres jóvenes que escudriñaban como auditoras en fiesta hasta descubrir, al ritmo apacible de sus voces y risas, las ofertas atractivas en las secciones de vestuario, calzado, útiles escolares y productos de uso personal.
           
Siguiendo a la distancia los pasos festivos de aquellas mujeres, el dialogó de sus imaginarios llenos de realidad, sus movimientos hechiceros, sus finas manos selectoras cargadas de acierto, fui tomando, sin lista previa, varios de los productos que seleccionaban. Al calcular la cuantía de los escogidos en la carretilla, giré hacia el ala izquierda del edificio y, pensando en la capacidad que ellas poseen para sortear la adversidad, me dirigí a la sección de verduras y frutas.

Un mundo multicolor, desvaneciéndose como un migrante al recorrer con la mirada los estantes, desde el rojo intenso, marrón, amarillo, naranja, verde selva y verde musgo, materializado en frutos generados por manos que labran la tierra, constituye la sección en fiesta. Un ambiente acogedor donde la baja temperatura que los conserva sube con el entusiasmo de las manos de mujeres, jóvenes, adultos y niños que admiran, seleccionan, acarician, absorben aromas, empacan en bolsas que desprenden de rodos sostenidos en el cobertizo, los muestran y pesan en basculas colgantes que brillan por el reflejo de las luces que enfatizan los rótulos de la promoción con rebajas de precio hasta del veinte por ciento.
           
Me aproximé admirando ese mundo de colores, aromas y texturas a la sección donde se exponen las raíces y tubérculos para indagar sus precios. Recorrí los estantes, seleccione los que en el trópico húmedo son escasos: lechuga, rábano, coliflor, brócoli, tomate manzano, mostaza china, perejil, apio y zanahoria. Al acercarme a la sección de las frutas escuché a un niño de unos siete años que le decía a su padre: “quiero más uvas, compra una pera de aquellas grandes”; el padre accedió y yo, siguiendo sus deseos, tomé manzanas, peras y uvas. 

El color y la tentación provocó que saboreara las uvas “jumbo” en la medida que escogía los racimos y, en un instante, escuché una dulce voz a mis espaldas: “señor, debe pesarlas y regístralas en caja para comerlas”. Regresé la mirada y descubrí sus finas pestañas encumbradas con pudor, tras cada movimiento de sus párpados opacó ese espacio iluminado con los destellos radiantes de la luz de sus ojos negros almendrados. “Disculpe, la excitación por saborearla es poderosa”, dije y tomé las frutas que con su ayuda pesamos. ¿Desea algo más?, preguntó y sin dudarlo respondí: ¡una sonrisa, regálame una sonrisa! Al expandir sus labios, dos bellos camanances se dibujaron en su rostro moreno y, luego de agradecérselo, me dirigí a la caja registradora donde las filas habían desaparecido.
           
Al salir del local, el aire seco y caluroso, el movimiento de autos en la vía, las manos extendidas por monedas y el recibo de pago con la tarjeta de crédito me ubicaron nuevamente donde las deudas son reales y se convierten muchas veces en susto. A pesar de ello, esa hora en el supermercado, los ojos y la sonrisa de la reina de la noche fresca, aligeró la sofocación y tensión que me provoca la estancia en Managua, donde todo lo imaginario se convierte en realidad.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
Domingo, 12 de febrero de 2012