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miércoles, 16 de mayo de 2012

¡FÚMATELO, DAMN IT!

Después que la panga arribó en el muelle, salí disparado hacia la casa. Entré calladito, subí a la habitación, me quité el uniforme y acostado en la cama pensaba en lo que sucedería. “Qué tenés”, preguntó mi mamá cuando notó que no bajaba a la sala. “Nada, no tengo nada”, contesté, tratando de ocultar mi zozobra pero ella sabía que algo me había ocurrido, ¿cómo no iba a notarlo?, ¿cómo engañar a una madre cuando estás en problemas? “Estás todo raro”, respondió recorriendo con su mirada el contorno de la habitación como tratando de descubrir indicios que me delataran. “Ya está servida la cena, se va a enfriar”, agregó y se dirigió a su cuarto. Cuando bajaba las gradas sintió mis pasos y preguntó: “¿Vistes a tú papá? Me quedé en suspenso, sin moverme, sin avanzar y volví a mentir. “No, no lo vi”, respondí. No recuerdo lo que cené, solamente los momentos que me llevaron a esa situación.

Sucedió cuando estudiaba en el Instituto Nacional Cristóbal Colón, el edificio de madera y dos plantas ubicado frente al parque Reyes. Fue en esa etapa de la vida cuando te cambia la voz, se te pone ronca, te comienza a salir el bigote y sospechas que un día llegaras a tener barba. Tiempos de adolescencia, momentos fugaces de la vida en que te crees un “súper héroe” que nada ni nadie puede derrotarlo en sus pretensiones, tiempos cuando ellas nos comienzan a enloquecer con sus miraditas, cuando te elevas a las nubes al tocarles la mano, te derrites en el pantalón al sentir sus besos y crees que todas pueden ser tuyas. Una etapa en que la vida abre sus puertas y ventanas para que te asomes, para que tus sentidos se empapen sin asumir riesgos porque eres inocente, “un culito cagado” decían mis amigos mayores.

Esa etapa es la mejor de nuestras vidas. No tienes preocupaciones más que aquellas relacionadas con los estudios, los exámenes, las notas y, por supuesto, ellas, las que siempre nos enloquecen y seguirán haciéndolo hasta que dejemos de respirar. Y por hacernos notar, por sobresalir, por llamarles la atención, por ser “bicho salido” como decía mi mamá, cometemos locuritas. Dejamos las piñatas y acudimos con permiso de nuestros padres a las fiestas de cumpleaños de los amigos y amigas, dormimos en sus casas, nos damos la primera emborrachada en la vida, le das el primer toque a un bate y te fumas el primer cigarrillo imitando a los mayores. “Los tímidos y babosos a ellas no les gustan, no son atractivos, les encanta la acción, los aventados, así que dale”, siempre te dicen y lo haces. Te sientes poderoso cuando ellas te miran con el vaso de ron o la cerveza en la mano y fumando, cuando descubren que pasaste por la cantina de “Santa Bárbara” tomándote un par de tragos dobles de guarón y, a medio gas, envalentonado, te decides sacarlas a bailar sin importar que te tiemblen las piernas, que el corazón te respingue violentamente en sus pechos al sentirlas pegaditas al cuerpo.

Así comencé a fumar. Por allí tengo una foto que cuando mi mujer la mira se ríe y dice: “desde chiquito vicioso, rascándose el culito cagado” y me da risa, me rio de su ocurrencia porque estoy en la calle con el pelo largo, en camisola, con un cigarro en la mano y con la otra rascándomelo. Y por ello me encontraba en ese momento angustiado.

Salí de clase y caminé bajando por la calle del Parque Reyes en dirección al cuerpo de bomberos. Doblé a la izquierda al llegar a la catedral y me encontré a Chico Vela, “el oso”, así le decíamos cariñosamente. Caminamos por la calle del cine Variedades, cambiamos de acera propiamente frente al cine y comenzamos a fumar, cada uno con su cigarrillo en la mano por la calle, en dirección a la “Casa de las Ofertas”, la tienda de don Erasmo Tijerino ubicada en la esquina. Don Erasmo había recién inaugurado, en sociedad con Pedrito Bustamante, el restaurante “Galaxy”, situado contiguo a su casa de habitación, adyacente a la tienda. Era toda una modernidad en Bluefields, tenía aire acondicionado y la pared de su fachada, totalmente de vidrio oscuro, no permitía que vieras, desde la calle, a las personas que se encontraban a lo interno, siempre los mismos, los amigos de nuestros padres en esa época.

Pasamos fumando frente al Galaxy, tirando bocanadas de humo como locomotoras en su trayecto y de pronto escuche un grito. “¡Ronald!, ¡estás fumando!”. Inmediatamente me deshice del cigarrillo dejándolo caer, sin moverme ni volver la mirada. “¡Ya te vi!, ¡ándate directo para El Bluff!, ¡cuando llegue a la casa nos arreglamos!”, volvió a gritar y regresé la mirada. Estaba enojado, era mi padre. ¡No, no estoy fumando!, respondí a unos quince metros de la entrada al restaurante, propiamente frente a los bancos de los lustradores. “¡Te vi desde adentro!, ¡espérame en la casa, ándate ahorita mismo!”, volvió a gritar. “Hoy te cachimbean”, me advirtió Chico Vela al despedimos en la esquina de don Erasmo.

Después de cenar subí a la habitación. Los momentos se convirtieron en una eternidad, una espera angustiante. Pensaba en lo que dijo Chico Vela al despedirnos y me quedé dormido. Desperté al escuchar a mi mamá: ¡Ronald, te llama tú papá! Bajé las gradas y lo vi sentado en el sofá de la sala, serio, en silencio, con el ceño fruncido. “Siéntate allí en frente”, dijo señalando una silla. “¡Lo agarré fumando!”, expresó dirigiéndose a mi mamá. ¡Ya me imaginaba que algo había sucedido, vino calladito y no salió a ningún lado!, respondió ella. “No papá, no estaba fumando, era Chico Vela, yo no fumo”, dije con la voz entrecortada, temerosa, balbuceando. ¡A mí no me vas a engañar!, ¡te la das de hombrecito!, agregó y se levantó del sofá. “Ahora sí, me va a dar con la faja”, pensé y comencé a llorar. De una de las bolsas inferiores de su camisa guayabera sacó dos paquetes de cigarrillos. “Tomá, abrí el paquete que quiero verte fumar”, manifestó con su mano extendida, ofreciéndomelo. “¡No papá, no papá!, ¡yo no fumo, no fumo!” respondí varias veces con lagrimas chorreando por mis mejillas. “Deja de llorar, demuéstrame como fumas con tus amigos”, volvía a insistir. Mi mamá no decía nada, solamente me observaba llorando, temeroso, arrepentido. ¡Es la última vez que te lo digo, enciende un cigarro y fúmatelo, damn it!, expreso con arrechura, con el rostro enrojecido, con sus manos temblando. Abrió el paquete de cigarros, me dio uno y puso el resto en la mesa. Tomó su encendedor, un Zippo, se acercó lentamente mientras me llevaba el cigarrillo a la boca y de un chupón quedó humeante. “¡Te fijas!, ¡te fijas!, ¡fuma!, ¡fuma!”, expresó volviendo a ver a mi mamá y se sentó en el sofá observándome detenidamente. “Ahora que fumas, te vas a dormir hasta que termines todo el paquete”, dijo. Después de fumarme ese cigarro volví a encender otro, otro y otro hasta que me detuvo y dijo: “Podes fumar pero no andes pidiendo”.

Con el paso del tiempo les conté a mis amigos lo sucedido. Ninguno de ellos me creía. “Sólo mentiras sos, te cachimbearon”, decían.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Sábado, 12 de mayo de 2012