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martes, 28 de agosto de 2012

JACOBA, LA LEÑADORA


Cuando la vi en la distancia, desde el taller de Julio, pensé que era un chavalo. Llevaba puesta una camisa, pantalón azulón, botas de hule y una gorra. Su figura finita, delgadita, como las astillas que desprende de los troncos al dejar el hacha, ¡tac!, ¡tac!, con todas sus fuerzas, las musculares y las que se le desgarran del corazón, cambió cuando me acerque a hablarle. “Hola, cómo se llama”, pregunté. Se detuvo, posó sus manos sobre el mango del hacha, un ligero descanso, aire para sus cansados pulmones y respondió con una voz fuerte, ronca y profunda como la labor que realiza: ¡Jacoba!

Es leñadora, así se gana la vida, rajando troncos con un hacha. La tarea que saca al día son cuatrocientas rajas, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde sin importarle la lluvia ni el sol. La paga que recibe son cien córdobas, “para el arroz y los frijoles”, dijo con orgullo sin parpadear, “pero cuando son troncos de guayaba o de acacia amarilla, como estos, me va mal, sólo saco media tarea”, expresó con cierto desconsuelo y siguió en su labor.

“Es Jacoba, la leñadora”, dijo Julio cuando se lo comenté. “Se la gana a cualquiera de esos que se las dan de huevones, que no les gusta trabajar, que prefieren andar de sapos y viviendo como parásitos de los partidos políticos”, agregó.

Nueva Guinea, 28/08/2012.