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martes, 11 de junio de 2013

UN CHORRO DE ALEGRÍA

Los cuatro hacían turno para meterse; brincando y girando formaban círculos de alegría con el agua que reventaba en sus cuerpecitos. Zapatos, pantalones, camisas y mochilas estaban sobre la baranda. No llevaban mucho tiempo allí. Tres pasaron por la esquina y cuando comenzó a lloviznar se metieron corriendo al pasillo de la casa. Desde la caseta del vendedor de frutas, ubicada en la esquina opuesta, los observaba mientras esperaba que escampara el agua.

Uno de ellos, el mayor, se acercó, metió la mano al chorro de agua que se desprendía del canal saturado por la lluvia, explotando en la acera de la calle. Los otros dos, el flaquito y el más bajo, lo observaban pegados a la pared de madera. La puerta y las ventanas de la casa estaban cerradas. La chispa luminosa de los relámpagos y los truenos habían dejado desolada la calle.

“Míralos, ¿crees que se metan?”, le pregunté al vendedor de frutas, quién las cubría con un plástico.

“Lo dudo”, respondió volviendo a verlos y estirando el plástico para amarrarlo a las patas de la mesa.

El mayor se acercó a los otros dos pringado por el agua. Hablaron entre ellos, el más bajo se hizo a un lado, hacia la ventana izquierda, porque el flaquito intentó sacarlo a la calle halándolo de las manos. El mayor le dio un empujón al flaquito y se sentó en el piso de madera, se quitó los zapatos, luego los calcetines y al levantarse los acomodó sobre la baranda.

“Se va a meter”, le dije al frutero. La rayería y la tronadera se habían calmado pero seguía lloviendo intensamente.

El flaquito intentó quitarle la mochila al más bajo pero dejó de hacerlo cuando el mayor se quitó la camisa y la colgó al lado de los zapatos. El más bajo se puso a reír palmeando sus manos cuando vio que se quitó el pantalón, lo puso al lado de la camisa y salió corriendo a meterse al chorro de agua.

“Los otros también”, dijo el vendedor de frutas.

El mayor gritaba y le hacía señas para que lo siguieran. El flaquito y el más bajo se acercaron al chorro desde el corredor, la ventana derecha se abrió y un chavalo asomó la cabeza. El flaquito y el más bajo hablaron con él. El flaquito se quitó la ropa, la puso en la baranda y corrió hacia el chorro. La puerta se abrió, un chavalo gordito salió al corredor en calzoncillos y la cerró despacito. Habló con el más bajo y salió disparado hacia el chorro, el mayor y el flaquito se apartaron para que se metiera. El bajito se reía y no se aguantó: se quitó la ropa, la colgó y salió corriendo.

“Viste”, le dije al vendedor de frutas.

Estaban felices, uno empujaba al otro dentro del chorro, giraban formando círculos de alegría con el agua que reventaba en sus cuerpecitos. Un carro dobló en la esquina y se parqueó frente a la casa.

“Se les acabó la fiesta”, dijo el frutero al ver a una mujer que se bajó cargando varias bolsas de plástico en sus manos.

La mujer le gritó al gordito. Se quedó quieto por unos segundos, luego caminó cabizbajo hacia el corredor. El mayor, el flaquito y el más bajo tomaron sus cosas y salieron corriendo, temblando de frío se metían en los corredores de las casas vecinas hasta que desaparecieron al dar la vuelta por la esquina.

“Que dicha, para ser eterna”, le dije al vendedor de frutas. Al voltearme hacia él lo vi de espalda, encorvado sobre la mesa de frutas.

“Alégrate vos también”, respondió al darse la vuelta. Sostenía en su mano izquierda una bolsa llena de rebanadas de mango maduro. Hablamos sobre los tiempos en que nos metíamos a los chorros de agua sin pensar en los problemas que ahora nos mantienen tensos hasta que pasó la lluvia.


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