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jueves, 22 de mayo de 2014

¡AAAYYY HIJO DE PU... !


Ay hijo de pu....! es lo que grité anoche varias veces cuando don Chon me apretó el ojo del pie para sobarme. Una cosa es que te lo diga, pero si te has caído y doblado el ojo de pie, estoy seguro que sabes bien lo intenso que es ese dolor. 

Fue una caída babosa, pendeja, como caída de viejo: repentina, inesperada a tal grado que estuve en el suelo más de dos minutos preguntándome que me había sucedido hasta que el dolor ardiente del raspón en la rodilla derecha me saco del trance y un amigo corrió hacia mí a levantarme. Al poner el pie en el piso, hermana, hermano, imagínate la intensidad del dolor. Trastabillé al apoyarme y tratar de caminar. Me vi el ojo del pie y noté la hinchazón.

Caí boca abajo con el pecho en suelo. Me di cuenta que las llaves que cargaba habían volado por los aires y comencé a buscarlas pero desistí por el dolor. Me senté y vi como crecía la hinchazón. “Tiene que buscar quien lo sobe”, me dijo la Jammy, la muchacha que me ayuda en la cocina. “Tiene que ser ya, ahorita que está caliente”, insistió y luego de pasarle un gel contra el dolor me dio una sobadita que no resistí.

Dos horas después me encontraba en la zona seis, en la casa de don Chon, el sobador. “Siéntese allí”, me dijo señalando una silla de plástico doble. “Esa es la silla de los lamentos”, le dije y me senté. Hermanita, hermanito, ya ni recuerdo lo que le dije, pero un señor que pasó por aquí hace ratito me dijo: “Anoche casi llora cuando lo sobaba don Chon”. La verdad es que no aguantaba, le decía que ya no siguiera, que hoy podía volver a sobarme, que me estaba haciendo verga, que me iba a dejar peor, ¡hijo de puta!, ¡ya, ya, yaaaa! Luego regresé y me puse cataplasmas de hojas de mango hervidas.

Hoy me amaneció morado. Puedo caminar renqueando, pero de hoy en adelante voy a estar pendiente de mis pasos, porque contándotelo recuerdo que fue por las luces de un carro que entraba por el portón las que provocaron que me apresurara para dar el paso falso que terminó en una zanjita a la orilla del andén. Es un esguince, así le dicen los que me han visto y una amiga que le conté lo sucedido me dijo: "Ustedes los hombres son llorones, nada aguantan, que tal si parieran ...". Ni modo pues, a estar quieto por unos días. 


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