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miércoles, 9 de agosto de 2017

EL BLUFF: ORIGEN DEL NOMBRE Y PRIMEROS POBLADORES

Si traducimos la palabra Bluff vemos que significa, en términos geográficos, risco, peñasco, acantilado o despeñadero, pero también significa fingir, aparentar, engañar. Ambos significados tienen validez para esclarecer el nombre de El Bluff. Por un lado vemos, conociendo su geografía, que al navegar hacia el puerto por su parte sur, solamente se observa un gran acantilado, y por otra parte, si un navegante entra por primera vez, se lleva una gran sorpresa al admirar la belleza del paisaje al adentrarse en la bahía pasando por la barra del puerto.

Según Juan Ramón Acosta, en su libro El Bluff de doña Luz y sus cuentos fieros, “su nombre se debe a la ubicación geográfica y no de un nombre  expresamente escogido y que represente otra cosa en el mapa de Nicaragua. Es mal llamado el antepuerto de  Bluefields, porque tanto el uno como el otro es un puerto en sí, nada más que de diferente función. Hay que tomar en cuenta que la palabra  Bluff significa en cualquier diccionario,  entre otras cosas, un punto geográfico cuya particularidad relevante consiste en que es una colina escarpada, que tiene por un lado, la influencia del mar y, por el otro, la influencia de un rio. En el caso del Bluff concurren ambas cosas, ya que  el remanso de su bahía es la desembocadura natural del río Escondido y por el otro lado, está el mar abierto”.

Doña Luz Gómez, conocida como mamá Luz, fue una persona humilde, pero chispeante y dicharachera, manejando siempre a flor de labio esa manera muy particular  de decir las cosas y cuya gama de valores y forma de expresarse, heredó a su hija, doña Leonor Gómez. Doña Leonor quiso contar un día la historia del Bluff con una parte de los recuerdos de su Mama Luz con su personal aportación, pero falleció en Corinto y le tocó a su hija Dora Luz Gómez, hacer el relato de los cuentos fieros acaecidos en el Bluff, que no son más que el reflejo de su pueblo hasta el año 1974, fecha en que se trasladó con su familia al puerto de Corinto.

En los albores de los años 40 del siglo pasado se comenzó a consolidar la población en el Bluff y el panorama era desolador. Había ya algunos pobladores que Doña Luz, también una de las primeras, ya conocía, entre ellos los siguientes:

Juan Huerta: Era conocido como el mandador debido a que ejercía esa labor en El Cocal, propiamente en la parte donde se encuentra ubicado el faro. Según doña Luz, ocupa uno de los cinco lugares en la lista de primeros pobladores. Fue empleado de la familia Bustamante desde que llegó al Bluff desde su natal Kurinwas. Juan Huerta y su esposa tuvieron tres hijos: Evaristo, Victoriano y doña Eulogia, muy conocidos en el puerto.

Los Bustamante: Son los miembros de una familia muy conocida tanto en Bluefields así como en el Bluff, destacándose entre ellos, la insigne maestra Doña Carmelita Bustamante, quién alfabetizó a muchos de los nacidos en el puerto y, por tal hazaña, merece el título de hija dilecta. Doña Carmelita siempre recordaba que su alumno más difícil fue Silvio Lacayo Marenco, el popular Macho Silvio, quien en un abrir y cerrar de ojos de la venerable maestra, se le escapaba en un cayuco de los Sambola, rumbo a la isla de Miss Lilian a ver a una novia.

Otros notables pobladores de antes de los 40 fueron don Abraham Rodríguez, conocido como Tapalwás, por ser originario de un poblado chontaleño con ese nombre; Míster Abraham Sambola, que al igual que Doña Gloria Cardoze  y Doña Esther Carvajal, también se cuentan entre los primeros pobladores. Otra insigne dama que debió ser declarada hija dilecta del Bluff, fue doña Rosa María Gómez, la popular comadrona del puerto, quien con destreza jaló la cabezota de muchos, quienes solo a dar guerra vinieron a este mundo.

Doña Luisa Sandino, hoy difunta al igual que su marido, el coronel G.N., Isidro Sandino, siempre dijo que el Bluff era el lugar donde hasta el viento se detenía. Ella perenne se mantenía en una banca bajo un frondoso árbol de Almendro que quedaba frente a la agencia aduanera de Pedro Joaquín Bustamante, cuyo staff estuvo compuesto por Jimmy Wilson, Pablo “El Turco” Alvarez y Zoilo “Kansas City” Carrasco. Doña Luisa era una persona muy chispeante y afable, que se mantenía  con su característico cigarrillo en la boca y la crítica penetrante y mordaz a flor de labio. Vivía echándole un ojo a las gradas del muelle frente a la casa de la Juana Angulo, para ver quién osaba pasar ante su presencia, y si se encontraba de mal talante, le daba la bienvenida al incauto con la consabida descarga de la letal metralleta lingual calibre 50,  cuya capacidad de fuego era siempre usada a discreción, con causa o sin ella. Además decía que el gatillo lo socaba o aflojaba dependiendo de cómo le caía a ella el impertinente, porque para ella, a como era el sapo, era la pedrada. El coronel Sandino y doña Luisa vivieron su momento de gloria cuando en 1973, el coronel Brenes Luna fue retirado del ejército en franca jubilación, por lo que Sandino en ese entonces con grado de capitán, pasó a ser el comandante de la plaza militar del Bluff. Fue ascendido al grado de teniente coronel y trasladado a Corinto en 1976 como jefe del cuartel militar de ese puerto, desde donde salió huyendo con sus tropas hacía El Salvador en 1979, al triunfo de la revolución popular sandinista.
   
Contaba doña Luz, que la verdadera historia del Bluff comienza con el nombramiento de Alejandro Peters Vargas como Administrador de Aduanas, con todo y su título de dedo de Coronel y su uniforme tan almidonado que parecía una estatua cuando se ponía de pie. La llegada de Peters al Bluff ocurrió allá por el año de 1918, según documentos recabados de la época y de ello se infiere precisamente, de que Peters recorrió el terreno desde Cabo Gracias a Dios hasta finalmente asentarse en el Bluff. Siendo Hernán Cortez, el famoso Piarrocha, todavía un mozalbete allá por 1934, quien cuenta que estuvo con su padre por el Bluff y conoció a Peters, que en ese tiempo ya era casi un sesentón. Piarrocha, auto calificado como gringo-caitudo, señalaba que Peters se la daba de arquitecto e ingeniero y fue quien diseñó las estructuras del muelle, las famosas gradas y el parquecito que daba con su casa, ubicada en la mera loma del Bluff. Por la aduana pasaron dos administradores antes de Peters: Fritz Halsall y Frank Sequeira, el marido de Doña Mariíta Bustamante y es conocido, que Peters, hijo de un inmigrante alemán, fue el que ganó fama y fortuna. Entre el staff del coronel Peters en la aduana del Bluff, catalogados como fundadores, se pueden contar a Charles Bacon, Rafael Montero, Steven Sambola, Ernesto Morales, Alberto Gómez, Juan Bautista Lacayo, Santiago Bermúdez, Orlando Lacayo, Bertie Downs, Abraham Sambola, Alonzo “Allie” Allen, Felipe Alvarez y su hijo Felipe Alvarez Alvarado.

Al margen de cualquier consideración al respecto, alguna inexactitud, debe achacársele a la bola de años que tenía Doña Luz al momento de hacer sus cuentos fieros de El Bluff, dice Juan Ramón Acosta.


lunes, 7 de agosto de 2017

SIN FINQUEROS NO HAY COMIDA


De seguro has visto ese eslogan en una etiqueta pegada a la tina de una camioneta o en el vidrio posterior de un vehículo por las calles de la ciudad cuando vas en el autobús, en tu vehículo o en motocicleta hacia tu trabajo. Estoy seguro que en algún momento te has puesto a pensar en el porqué de esas cinco palabras que dejan claro que el finquero es la persona que con su esfuerzo produce los alimentos que consumimos diariamente en la comodidad de nuestra mesa familiar. La respuesta es sencilla, responde a la urgencia que tienen para que su labor sea apreciada y valorizada por la sociedad.
Los finqueros o campesinos son aquellos que desarrollan labores de ámbito rural, sean estas agrícolas o ganaderas, cuyo objetivo es la producción de diferentes tipos de alimentos que pueden ser consumidos para satisfacer su necesidades y comercializados para obtener ingresos.
¿Qué sería de nosotros sin finqueros? Imagínate que un día los finqueros, los campesinos de todo el país, se unen y toman la decisión de dejar de producir alimentos para comercializarlos en los diferentes mercados. De la mesa, en la que disfrutamos con la familia, desparecerían repentinamente la leche, el queso, la carne de res y de cerdo, los huevitos de amor, las tortillas, los frijoles, las frutas y verduras, las raíces y tubérculos, las musáceas, y todos los productos de primera necesidad que consumimos para nuestro diario vivir.
Una vez consumida la existencia de esos productos en nuestro hogar, tendríamos que salir a buscarlos pero no los encontraríamos en la pulpería, ni en el mercadito de barrio, ni en los mercados tradicionales, muchos menos en los mercaditos campesinos. ¿Qué haríamos frente a la escasez? Estoy convencido que la mayor parte de los Nicaragüenses tenemos familiares u amistades que de alguna manera viven en el campo y producen alimentos donde a través de ellos podríamos abastecernos. Otro sector de la sociedad, los más pudientes, los de mayores ingresos, buscarían como comprarlos en el mercado negro y estarían dispuestos a pagar cifras astronómicas por tener acceso a ellos.
De una día para otro viviríamos en el caos, un caos provocado por los finqueros que han dejado de producir alimentos. ¿Cuánto tiempo podríamos soportarlo? ¿Una semana, quince días, un mes?
Los finqueros, los campesinos son de vital importancia para el desarrollo de la sociedad pero históricamente han sido marginados y explotados. No dejan de producir alimentos aunque la sociedad no lo reconozca con mejores precios, aunque las grandes empresas capitalistas monopólicas paguen precios bajos por sus productos, aunque los gobiernos y el Estado no intervengan para lograr una mejoría de su situación, profundizándose la crisis social que viven cada vez más con nuevas formas de dominio y explotación. 
Tomar conciencia sobre el papel de los finqueros en nuestra sociedad es un asunto del diario vivir, es una cuestión moral, deberíamos celebrar su existencia en la mesa familiar y apoyar sus luchas y reivindicaciones para tener acceso permanente a los productos que generan y que son vitales para nuestra existencia.