jueves, 15 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: PAYÍN, EL ARADOR.


Crecí en el Valle El Edén de Ticuantepe, libre como las criaturas del campo, dice José Efraín Martínez Fonseca, conocido popularmente como Payín. Se encuentra a un lado de camino con su yunta de bueyes y he salido a su encuentro. Mi mamá se llamaba Soledad Fonseca, originaria de Ticuantepe. Embarazada viajó a San Rafael del Sur donde trabajaba mi papá, José Tomás Martínez Morales, y allí nací, agrega al preguntarle por sus orígenes.

Desde chavalo anduve de guiador con mi tío Eudijes Martínez, nunca fui a la escuela porque no me pusieron a estudiar. Viajaba a Managua guiando a los bueyes de una carreta que cargábamos con leña, repollos, guineos y tomates para venderlos en el mercado. En ese tiempo no se cultivaba piña en Ticuantepe y el gancho de camino de Santo Domingo era puro zanjones; pasábamos a la orilla de la iglesia y nos costaba coronar una subida de barrizales pero nos ayudábamos emparejando varias yuntas de bueyes.

¿Cómo se trasladó a vivir a Nueva Guinea?, pregunto al acariciarle la frente a uno de los bueyes.

Mire, yo trabajaba con Rodolfo Mejía Ubilla, el que era director del IAN (Instituto Agrario de Nicaragua), en su finca ubicada en Barrio Nuevo, cerca de Sabana Grande. Él era muy amigo de mi familia y cuando repartieron la Borgoña, le pedí un pedacito de tierra. Espérate, vamos a ver cómo hacemos, me dijo. Luego, con el paso del tiempo, se apareció y nos dijo que tenía un buen lugar para nosotros. Vine en 1965, con el segundo grupo, junto a mi mamá, un cuñado llamado Samuria, su mujer y tres chavalos, uno mío y dos de él. Mi mujer no me acompaño, se quedó allá.

Le ofrezco un refresco y le digo que me acompañe. Les da órdenes a los bueyes, se quedan inmóviles pero no deja las varas. Nos sentamos en el corredor, le sirvo jugo de guanábana y lo saborea sin prisa. A la orilla de un pilar ha acomodado las varas.

Hice carriles al lado de lo que don Miguel Torres llamada la Reserva, por todo ese lado —señala hacia el oeste y suroeste— hasta llegar a lo que hoy es la colonia Los Ángeles, fueron más de 20 parcelas de 50 hectáreas las que dejé encarriladas, responde luego de preguntarle sobre las primeras cosas que hizo al llegar y seguí preguntándole sobre el después.

Luego de cinco meses de trabajo duro me regresé a buscar al resto de la familia. Vendí mis bueyes y otras cositas que allá tenía pero no me quisieron acompañar, más bien me pidieron reales prestados, unos ocho mil pesos de esos tiempos, para pagármelos cuando se vinieran para acá. Yo andaba 70 pesos en el pantalón, se lo di a lavar a mi hermana pero se le olvidó dármelos. Hice viaje de regreso y una señora me pagó 7 pesos por un trabajo que le hice, con esos realitos me vine. El IAN estaba dando parcelas para ese tiempo. Me dio una de 50 hectáreas al lado de la Pedrera y, en la zona 3, me dieron un solar de una hectárea.

¿Qué hacía en la parcela?

Lo que podía. Sembraba maíz, frijoles, arroz, yuca y guineos. Con lo que vendía me compré una bestia, guarde unos realitos y me fui a buscar a mi mujer. Ya estando conmigo quedó embarazada y uno noche, acostados en la cama, le pasó por la barriga una terciopelo de esas que ya no crecían. Al pasarle la cola por los dedos gritó: ¡la culebra!, y me suspendí para matarla. Poco a poco le fue entrando cabanga por su mamá y eso, más el susto por la terciopelo, hicieron que se regresara.

Se quedó solitario en la montaña, dije.

Por poco tiempo, responde con una sonrisa en su rostro quemado por el sol. Dos veces la fui a buscar, le rogué y le rogué. La segunda vez mi tío me dijo que otro hombre andaba detrás de ella. En esa ocasión me lo dijo claro, no, no, ya no me voy con vos. Qué iba a hacer, me vine y me junté con la Jacinta. Tuvimos 6 hijos, 2 se murieron y me quedaron 4.

Soy un hombre de campo, desde chavalo trabajo con los bueyes, con ellos he sacado madera de la montaña, he desatorado vacas de los charcos y de los suampos, he acarreado leña y he arado los campos. Soy arador.

Cuando me di cuenta llegue a tener 3 yuntas de bueyes. Para entonces araba hasta 100 manzanas en un año, todas las tierras de los alrededores de Nueva Guinea, en San Juan, Jerusalén, El Silencio, la Guinea Vieja, Río Plata, El Verdun, Yolaina, Los Ángeles y hasta en La Gallina. Mire cómo han cambiado las cosas de entonces para acá, este año solamente he arado 8 manzanas porque solo quieren preparar las tierras con tractor. Así es la situación aunque mi trabajo sea más barato. Por una manzana para sembrar frijoles cobro 1200 córdobas, 600 para sembrar yuca y ahorita vengo de rayar media manzana donde me gané 300.

Vivo con la Francisca al lado del Estadio. Acarreo leña para la casa, ya no le vendo al pueblo. El gato, un chavalo que es mi entenado, me ayuda con lo que necesito para poder vivir porque mis hijos, los hijos que me tuvo la Jacinta, me quitaron la parcela y no me dejan poner un pie en mis tierras.

¿Qué edad tiene don Payín?

Voy a ajustar los 85 años según la cédula de identidad, pero mi mamá dice que me asentaron cuando tenía 7 años.

Se ve entero, con mucha energía, le digo. Ya quisiera llegar a su edad, agrego y me observa con mucho cuidado. 

Eso mismo me dicen todos cuando preguntan por mi edad. Así como me ve me la juego siempre, no dejo de trabajar con mis bueyes para tener frijolitos en la casa.

Nos despedimos, tomó las varas, y se dirigió a los bueyes que seguían en la misma posición que quedaron al lado del camino. Les dio instrucciones y comenzaron a moverse al ritmo que él les indica.  Allá va un hombre octogenario, quemado por el sol en el campo que labra, un luchador de toda la vida que resiente la modernización de las labores con maquinaria agrícola que usan en la preparación de las tierras en la próspera Nueva Guinea de estos tiempos y que sustituyen el oficio del arador de la misma forma en que sus hijos lo han desplazado de su parcela, pensé al verlo alejarse con su yunta de bueyes.



15/02/18


jueves, 8 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: Jacoba, la leñadora.


Cuando la vi en la distancia, desde el taller de Julio Villachica, pensé que era un chavalo. Llevaba puesta una camisa, pantalón azulón, botas de hule y una gorra. Su figura finita, delgadita, como las astillas que desprende de los troncos al dejar caer el hacha, ¡tac!, ¡tac!, con todas sus fuerzas, las musculares y las que se le desgarran del corazón, cambió cuando me acerque a hablarle.

“Hola, cómo se llama”, pregunté.

Se detuvo, posó sus manos sobre el mango del hacha, un ligero descanso, aire para sus cansados pulmones y respondió con una voz fuerte, ronca y profunda como la labor que realiza: ¡Jacoba!

Es leñadora, así se gana la vida, rajando troncos con un hacha. La tarea que saca al día son cuatrocientas rajas, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde sin importarle la lluvia ni el sol. La paga que recibe son cien córdobas, “para el arroz y los frijoles”, dijo con orgullo sin parpadear, “pero cuando son troncos de guayaba o de acacia amarilla, como estos, me va mal, sólo saco media tarea”, expresó con cierto desconsuelo y siguió en su labor.

“Es Jacoba, la leñadora”, dijo Julio cuando se lo comenté. “Se la gana a cualquiera de esos que se las dan de huevones, que no les gusta trabajar y que viven de sus padres o de aquellos que prefieren andar de sapos y viviendo como parásitos de los partidos políticos”, agregó.

8/2/18



jueves, 1 de febrero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA: Recolectora de leña


Una vaca se metió al patio del frente de la casa y corrí a arrearla hacia el camino. “Esas vacas lo tienen entretenido”, dijo, sonriendo, una señora que pasaba en ese instante cargando leña sobre su cabeza.
Señora, ¿de dónde viene?
De allá —respondió—, señalado en dirección al camino que conduce hacia Los Ángeles.
Se llama María Eufemia Rivas Romero y tiene 78 años de edad. Todas las semanas recorre el camino en busca de leña. “Siempre busco unos trocitos para la casa”, dijo siempre sonriente y me quedé viendo los trocitos que son realmente unos trozos gruesos, pesados. Ni doscientas varas los puedo cargar, pensé al verlos.
Doña María Eufemia vive en la zona 6 del casco urbano. “Soy una mujer sola, desde hace cinco años una moto mató a mi marido y desde entonces tengo que arreglármelas sola para salir adelante”.
Al igual que ella siempre veo pasar a muchas mujeres cargando leña que recolectan en el camino, pero ninguna tan mayor, de tan avanzada edad, y sin otra persona que le ayude.
“Salúdeme a su esposa, siempre que paso platico con ella, somos amigas”, dijo y siguió caminando.
Así como Doña María Eufemia, en el campo hay miles de mujeres de avanzada edad que son solas y deben sobrevivir con miles de limitaciones sin tener ayuda alguna. Allí, con la leña, sobre sus hombros, va la gran deuda social que aún, y por muchos años más, esas miles de mujeres seguirán cargando, pensé al verla alejarse.

martes, 30 de enero de 2018

LA LEISHMANIASIS EN NUEVA GUINEA


En el trayecto conversaba con la doctora de Médicos del Mundo, Viñet Roses, sobre las dificultades que enfrentaban para controlar el brote de “lepra de montaña”. Meses antes no me hubiera embarcado en esa pesadilla, pero testimonios desesperados de los campesinos, hombres, mujeres y niños, provocaron la reacción de diferentes iglesias denunciando y planteando la urgente necesidad de que el gobierno local y el Ministerio de Salud actuaran para aliviar el sufrimiento de las familias asentadas en las profundidades de la montaña. Luego de participar en una reunión con ellos, surgió el proyecto de emergencia “control de brote de Leishmaniasis” que planeaba lograrlo en seis meses.

Al llegar a Puerto Príncipe nos dirigimos al antiguo puesto de salud, custodiado a su alrededor por troncos de madera caídos y conversamos con el joven médico en servicio social. “Viven lejos, hasta diez horas de viaje en lomo de bestia”, dijo preocupado. La consecución de la meta trazada no avanzaba, el tiempo establecido caducaba. En eso estábamos cuando comenzaron a aparecer las primeras familias para recibir la inyección de glucantime que el proyecto facilitaba, importándola desde Francia.
           
Uno a uno entraban los pacientes a la casita de madera; me acerqué a una señora mayor que esperaba su turno sentada en uno de los troncos. “¿Cuántas ronchas tiene?”, pregunté. “¡Ay, hijo!”, respondió, “¡ya perdí la cuenta!, ¿quiere verlas?”. Se arremangó la camisa y dijo “¿cuéntelas?” Cinco ulceras cutáneas rosáceas entre la mano, el antebrazo y el brazo izquierdo, tres en el derecho y dos en el rostro. Se volteó y mostró la espalda: una, dos, cinco, ocho ronchas como cráteres. “También tengo en el vientre”, dijo. Cuatro más. “Arriba no le muestro, mucho menos más abajo, pero cuente la de las piernas”, expresó levantando la falda sobre sus rodillas. A medida que las contaba imaginé mi piel con llagas en erupción, devorándome, sufriendo sin poder acomodarme en la cama, mientras su mirada palidecía tras cada número que anunciaba. Cuarenta ronchas en total. “No, no me tome fotos”, expresó y entró a recibir la dolorosa inyección intramuscular de las veinte que le hacían falta para completar el tratamiento.
           
Líderes comunitarios y promotores de salud habían realizado el diagnóstico de personas afectadas en más de sesenta comunidades ubicadas al sureste de Nueva Guinea, pertenecientes a Bluefields y Rio San Juan. El proyecto garantizaba el glucantime, capacitación, complemento de viáticos al personal del MINSA que entraba en brigadas a las comunidades a tomar muestras de los afectados mediante frotis en las lesiones para ser remitidas al Centro Nacional de Dermatología, ubicado en Managua, y confirmar la enfermedad en el laboratorio. Los resultados, en su mayoría, eran “falsos positivos” por el tiempo promedio existente entre la toma de la muestra en la montaña y la llegada al laboratorio que oscilaba entre quince y treinta días. “Mírenlas, es lepra de montaña”, decían los afectados cuando el resultado era negativo. Decepcionados regresaban a sus comunidades, tratándose con hierbas, kerosene y hasta ácido de batería.
           
Las reuniones de coordinación con el MINSA se volvieron infructuosas y pesadas por el rígido protocolo establecido para el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. Estábamos empantanados y la gente presionaba. Con la Asociación de Promotores de Salud y Parteras de Nueva Guinea (APROSAPANG) discutíamos, analizábamos la problemática y surgió una nueva propuesta: era preciso dotar a las brigadas de salud con los equipos de laboratorio necesarios y una planta eléctrica para que, con el apoyo de los promotores de salud y líderes comunitarios, diagnosticaran la enfermedad. De igual manera, capacitar a los promotores de salud en la aplicación del tratamiento. Inicialmente, las autoridades de salud se mostraron reacias, acostumbradas a la detección pasiva de afectados en un esquema cerrado: el paciente acude al centro de salud, le toman la muestra, diagnostican y debe regresar a ser tratado si resulta positivo con una inyección diaria en un periodo de veinte a treinta días. En la montaña todo es diferente; debíamos actuar con rapidez y de manera coordinada.
           
Convencidos de que era la única manera de controlar el brote, finalmente el MINSA aprobó la propuesta. Comenzaron a llegar a la oficina del proyecto cajas llenas con miles de ampolletas de glucantime vacías. De los más de dos mil casos identificados por los propios campesinos, mil ochocientos resultaron positivos y, de ellos, más del noventa por ciento se curaron, un año después de contarle las ronchas a la señora. En APROSAPANG todavía guardan con orgullo las ampolletas vacías.

jueves, 25 de enero de 2018

CHOCOLATES CON AMOR


Estoy sentado en una banca de madera en el parque de la Zona 5 de Nueva Guinea. Es un día de feria, fresco. De frente hay un monumento sin placa: la figura de una mujer que carga en sus brazos a un niño, ocupa el centro de la pequeña plazoleta. En los alrededores corren niños y niñas, entre ellos mi nieto, Ronald Tadashi. Más allá, a mi izquierda, un pequeño edificio con cinco tramos sin paredes poco a poco recibe personas que se van aglomerando. En el centro del parque hay un galerón colorido, recién construido; desde allí suena la música que ameniza la actividad.

"Vamos a los chocolates", una niña le dice a un niño y corren detrás de otros chavalos. Quince años atrás este mismo parque era sombrío: con pocas bancas, pocos árboles, un andén incompleto, la grama descuidada, montosa, mucha basura y poca seguridad. Pienso en los chocolates y camino hacia allí.

En uno de los tramos hay una mesa cubierta por un mantel blanco donde se exhiben chocolates en cajas de color rojo y café, otros en bolsitas de plástico. Los hay también en forma de corazones, redondos y similares a una concha de mar. Me apetece degustarlos.

Pregunto por los sabores y una chavala se acerca. Dice que hay de varios: chocolate con café, chocolate amargo, chocolate con pasas, chocolate con maní; muestra cada uno de ellos. Todos son bombones de chocolate. Noto sus camanances, dos lunares en sus mejillas y el cabello peinado en una hermosa trenza que cae sobre su hombro izquierdo.

"Nosotros los hacemos", dice un muchacho que se arrima a la chavala. Ella se muestra entusiasmada y sigue sonriendo. Noto que sus ojos color café brillan un poco más. Él toma una bolsita y ella una cajita roja que tiene una etiqueta con el nombre: "Chocolates Nicarao".

Debido a que es la hora del café de la tarde, pido chocolate con café. Me gusta y les digo que me cuenten cómo es que se les ha ocurrido la idea para emprender el negocio de los chocolates.

Ella se llama Heymili Dávila y él Bryan Torrez. Se conocieron cuando cursaban el cuarto año de Secundaria. Durante el año 2015, en quinto año y como parte de la clase de orientación técnica y vocacional, presentaron un proyecto con el nombre "Chocolates GARBIJ". El objetivo consistía en hacer uso de un recurso local producido por los campesinos (el cacao), darle valor agregado y promover el consumo de chocolate. Obtuvieron el primer lugar en un concurso a nivel local y se dieron cuenta que una organización llamada "Red Local" estaba seleccionado proyectos de jóvenes emprendedores para apoyarlos. Llenaron los formatos que les pedían y en Managua participaron en un concurso donde obtuvieron el segundo lugar de nueve proyectos seleccionados.

A partir de ese momento comenzaron a ser apoyados para obtener su registro de marca y permisos sanitarios. Elaboran un plan de negocios; optan por llamarle a sus productos Chocolate Nicarao. La Red Local les dio una donación monetaria con la que adquirieron dos molinos, moldes de policarbonato, una cocina para tostar y materia prima (cacao, azúcar y vainilla). 

Actualmente han constituido su propia empresa con el nombre AMERICACAO, S.C.; cada uno posee el 50% de las acciones y, como tal, tienen los permisos legales para funcionar. Pregunto cómo es que han logrado darle el sabor a sus productos, ella dice que mediante prueba y error, que no quieren copiar recetas, que buscan siempre el toque propio, original.

"Ustedes están enamorados", les digo y se cruzan una mirada de cómplices, como contestando con ella sin hablar; se les nota la felicidad en el rostro. Amor con chocolate o chocolate con amor, no importa cómo es ese amor. Y cómo no van a estarlo, me digo, si el chocolate contiene feniletilamina, una sustancia que mima la oxitocina, una hormona que se libera en grandes cantidades cuando estamos enamorados. Además produce buen humor, genera sentimientos afectivos y reduce las emociones depresivas. Pero ¡ojo!, no es cualquier chocolate el que da esa dicha: el de color blanco no lo hace, así que consumí el chocolate oscuro y natural como el que ellos ofrecen para alcanzar esa misma dicha que se les nota.

Afuera, en la plazoleta, están organizando una competencia de baile entre los niños y niñas que han acudido a la feria.

"Y los planes a futuro, ¿cuáles son?", pregunto.

Él dice que requieren apoyo para adquirir una tostadora, una trilladora, una refinadora, moldes, y asesoría en procesamiento y calidad del producto.

"Así que 50 y 50 por ciento, ¿cómo solucionan los problemas, las diferencias?", sigo preguntando.

Ella dice que siempre trata de ver el lado positivo de las cosas. Él está pendiente de lo que ella dice. "Trato de que nos pongamos de acuerdo, siempre dialogamos hasta lograrlo. Hemos tenido diferencias pero las hemos superado", agrega y vuelven a cruzar esa mirada que les brilla. 

Los espectadores gritan: la competencia ha comenzado. Ronald Tadashi está bailando y hace unos movimientos de cintura exóticos. Me despido de los enamorados y me dirijo a ver el baile de mi nieto.

Ronald Hill A.
25/01/18

lunes, 22 de enero de 2018

HUMANOS DE NUEVA GUINEA


Desde hace varios años comencé a tomar fotografías de diferentes personas de Nueva Guinea en sus labores de trabajo. Luego, con el paso de los meses, les hacía una entrevista para agregar pequeñas citas e historia sobre sus vidas al pie de las fotos que comparto en las redes sociales con la etiqueta o hashtag #humanosdenuevaguinea.
    
Son personas sencillas, de a pie y trabajadoras que se ganan la vida en diferentes actividades, desde la mujer que recoge la basura que otros —los inhumanos— tiran en la calle, en el parque, alrededor de los depósitos para ello; el campesino que traslada las pichingas de leche desde la finca para que los niños y niñas la disfruten directamente en un vaso o en sus bebidas y comidas preferidas; la mujer que desde las cuatro de la mañana, con o sin lluvia, cubierta por la neblina que cubre la ciudad, enciende el fuego del fogón a la orilla de la calle para comenzar a palmear la masa de maíz y preparar las tortillas que vende para suplir a sus vecinos y el barrio; el carnicero que se acuesta a las siete de la noche para despertar en la madrugada y dirigirse al rastro donde inspecciona la labor del matarife, el estado de las reses y posteriormente vende la carne que nutre al pueblo en su puesto de venta ubicado en el mercado; el hombre que empuja su carretón y riega las calles con su sudor al trasladar la carga que muchos necesitan en su domicilio y no tienen los recursos necesarios para pagar la camioneta de acarreo; la mujer que desde antes de amanecer acompaña a su marido en las labores de destace de cerdos, enciende el fuego para hervir agua, hace el frito y vende la carne y los chicharrones; el hombre que en su carreta jalada por una yunta de bueyes traslada la leña que aún sigue siendo la principal fuente de combustible para preparar los alimentos en la ciudad; la mujer que dedica largas horas de trabajo haciendo la masa y garantizando los ingredientes necesarios para los nacatamales que vende los fines de semana; el campesino que cabalga largas horas desde su finca hasta el puerto de montaña con sus mulas cargadas de productos para que la ciudad no perezca de alimentos; el anciano que frente al monumento de Nueva Guinea limpia y deja relucientes las botas de vaqueros que calzan los campesinos cuando bajan desde las colonias y comarcas a la ciudad vestidos como para una fiesta; la mujer que despierta a las tres de la mañana, revuelve el maíz con trozos de queso, carga su carretón, se dirige al molino del mercado y a las cuatro y media está de regreso en la cocina de su casa preparando la masa con crema y margarina para enrollar las rosquillas, hacer las viejitas y empanadas que han dado fama a Nueva Guinea.

Todos, ellas y ellos, son personas que se ganan el sustento de su familia con el trabajo honrado y extenuante que muchas veces no se valora, volviéndolos invisibles en las calles de una Nueva Guinea pujante de negocios que cada vez más la caracterizan como una ciudad dependiente de la actividad comercial.

Personas humildes, sin títulos ostentados en paredes, pero son los que con su esfuerzo mantienen viva la ciudad. Son los humanos de Nueva Guinea, con su propia historia, sueños, problemas y esperanzas por lograr una vida mejor.

Desde este espacio, Sueños del Caribe, comenzaré a escribir sobre los humanos de Nueva Guinea para que sean reconocidos y visibles en una sociedad que se comporta cada vez más inhumanamente.

Ronald Hill A.
Lunes, 22 de enero de 2018
Nueva Guinea
RACCS

   

miércoles, 17 de enero de 2018

LA HONRADEZ EN UNA LIBRERÍA DE NUEVA GUINEA

La fotocopia del carnet de jubilado, extendido por el Instituto Nicaragüense de Seguro Social (INSS), que me solicitaron en Oficina de Catastro Municipal, la obtuve gracias a una amiga que labora en la alcaldía de Nueva Guinea. Caminaba en dirección a la Oficina de Administración Tributaria en busca de una fotocopiadora.

—Y ese milagro que usted anda por aquí. Me alegra verlo.

Dijo al verme frente al edifico de dos plantas. Después de varios meses de no encontrarnos la noté más delgada, esbelta, reluciente y amena. Se lo dije y sonrió. Le expliqué las gestiones que hacía. Sin pensarlo dijo que la acompañara y me condujo hacia una oficina donde hizo una copia del carnet. Le di las gracias y regresé a la oficina de catastro. En el trayecto pensaba en la cortesía, en el buen trato y en la educación que debe prevalecer hacia los ciudadanos que hacemos gestiones en las instituciones por parte de los funcionarios. Sí todos te atendieran de esa manera, la situación sería diferente, me dije.

En catastro requerían mi carnet de jubilado para proceder a efectuar los cálculos del valor del Impuesto de Bienes Inmuebles correspondiente a mi vivienda y tener soporte para ello. Una vez efectuados los cálculos me entregaron la notificación con una nota al pie de página que indicaba “cobrar como pensionado”.

Con la nota en la notificación me dirigí a la oficina de tributación. Me encontraba entusiasmado por la exoneración de ley para los jubilados ya que todos los años, desde que construí la vivienda, he pagado puntualmente dicho impuesto, sin recibir cobros por multas.

—Tiene que darnos una copia de la constancia de jubilado.

Dijo el responsable de recaudación y amablemente me llevó a una ventanilla que en un papel pegado al vidrio indicaba que se atendía únicamente a discapacitados, mujeres embarazadas y personas de la tercera edad.  Sentadas en sillas de plástico pegadas a la pared del recinto, varias personas, unas veinte entre hombres y mujeres, esperaban su turno para ser atendidos en base a un número grabado en un papelito que como un tesoro sostenían en sus manos con otros documentos. En la pared, una pantalla de unas 50 pulgadas, pasaba imágenes sin sonido de las diferentes obras realizadas y esquemas sobre qué son los impuestos y para que se utilizan, una sesión de capacitación mientras se espera el turno para pagar los impuestos.

Dio instrucciones a una muchacha para que procediera conforme a ley. “Solamente va a pagar 20 córdobas, ese es el valor del formato”, dijo. “Está será siempre su ventanilla”, agregó al estrecharme la mano y retirarse.

—Por favor deme la copia de la constancia del INSS.

Dijo la muchacha y me di cuenta que no tenía copia. Aquí siempre he sacado copias, le dije y contestó que ya no existe ese servicio. Tiene que ir a una de las librerías que están allá afuera, señaló con su mano en dirección hacia la calle. Se dio cuenta que no fue de mi agrado, reconoció la expresión del rostro. No se preocupe, voy a ir llenado el formato para no atrasarlo, agregó sonriendo.

Salí de la oficina en dirección a la librería que está ubicada de la alcaldía una cuadra al norte, en el edificio de la UNAG. Al entrar sentí el calor del sol de la tarde brillando en los estantes de vidrio que muestran diferentes útiles escolares y artículos de oficina. Di las buenas tardes y le solicité a la chavala que atiende que hiciera dos copias de la constancia. Una impresora emitía un zumbido apresurado al lado de dos computadoras laboriosas. Noté en el la pared del fondo reglas de diversas dimensiones colgadas, cartulinas de colores y pistolas que se usan para derretir silicón. En un rincón varios libros sobre leyes se mostraban en un estante.

—Son seis córdobas.

Dijo la chavala. Saqué un billete de diez córdobas de la billetera y pague las copias. Salí nuevamente hacia la oficina de tributación y al llegar tuve que esperar porque atendían a otro contribuyente.

—Listo, son veinte córdobas. Aquí tiene su recibo y la declaración de bienes inmuebles.

Dijo la muchacha detrás de la ventanilla.

Me levanté de la silla para sacar la billetera del bolsillo. No la encontré. Busqué en los alrededores pensando que se había caído de la bolsa y no estaba. Demonios, pensé, se me cayó en la calle, la dejé en la librería, y salí de prisa a buscarla.

Corrí hasta la librería y pensaba en qué debía hacer en caso de no encontrarla. No andaba mucho dinero, unos doscientos córdobas, sesenta dólares, tarjetas de crédito y de débito, la cedula de identidad, el carnet de pensionado y el de portación de arma. ¿Qué debía hacer?, ir a reportar la pérdida de esos documentos a cada una de las instancias que los emitieron a mi nombre me llevaría varios días en gestiones.

—Aquí está su billetera, la dejó encima del mostrador.

Dijo la chavala que me atendió al sacar las fotocopias y me la entregó. Abrí la billetera y la revisé. Todo su contenido estaba en ella. Le di las gracias y regresé a la oficina de tributación.

Al verme la muchacha de tributación que me esperaba para que cancelara los veinte córdobas me preguntó si había encontrado la billetera. Si, le dije, la chavala de la librería la tenía guardada. Le entregué los veinte córdobas y me dio los documentos.

—Hoy es su día de suerte.

Agregó y salí de la oficina. Pensaba en la suerte que había tenido y me encaminé hacia la librería. Le volví a dar las gracias a la chavala. Se llama Leydi Ortega Mendoza y no dejaba que le tomara una fotografía. Le dije que era para escribir sobre la honradez que todavía existe en Nueva Guinea y al fin accedió a que lo hiciera.

La honradez es una cualidad que deriva del sentido del honor y que se funda en el respeto a sí mismo y a los demás. Lleva a las personas a actuar con rectitud, a no robar, ni engañar y a cumplir sus compromisos. Por ello las personas honradas son dignas de respeto, confianza y credibilidad. Educar a los hijos o alumnos en la honradez implica el desarrollo de una conciencia que les conduzca a apreciar y elegir todo aquello que representa la verdad, la integridad y el respeto por los demás. Quien es honrado se muestra como una persona recta y justa, que se guía por aquello considerado como correcto y adecuado a nivel social.

Por ello Cicerón (106 AC – 43 AC), escritor, orador y político romano, dijo que “la honradez es siempre digna de elogio, aun cuando no reporte utilidad, ni recompensa, ni provecho”.

16 de Enero de 2018
Nueva Guinea, RACCS