martes, 29 de octubre de 2019

GLADSTÓN

Personaje popular de la ciudad
alto, flaco, negro y feo.
Un negro trabajador
un personaje famoso del pueblo
dulzura del paladar
dulzura de toditos los niños
de esta hermosa ciudad.

Por las calles y los colegios
se escucha su alegre pregón:
helados, bolis, galletas
que va cargando siempre Gladstón
en sus callosos hombros
y en un termo rojo con blanco.
En el termo lleva los boli y los helados
porque las galletas en una bolsa
en sus manos toscas van.

Aunque Gladstón es tan feo
tan flaco y tan negro
los niños lo ven tan bello
pues ninguno le tiene temor
y a la hora del recreo
van como abejas al panal.
Por favor Gladstón:
un boli para mi,
para ella una galleta y un helado para él.

Paciencia niños, paciencia
que para todos tengo
que para toditos hay.

Escucha
allí va Gladstón con su bendito pregón:
bolis, helados, galletas
helados, bolis, galletas.



Autora: Lesbia Gonzalez Fornos.


lunes, 21 de octubre de 2019

A NOSOTROS NADIE NOS VE


Viven en la misma ciudad, uno en el barrio Nueva York y el otro en Pointeen, amigos de siempre, de toda la vida, compañeros de estudios, desde el preescolar hasta secundaria. Uno se hizo soldador y el otro relojero. Luego de muchísimos años sin verse, Joseph, el soldador, invitó a James a desayunar. Ese día, antes de misa, James se deshizo de todos sus achaques de viejo y, bien bañado y perfumado, con su ropa dominguera, se presentó en la casa de Joseph.

Joseph lo esperaba en el corredor. Se abrazaron, se reconocieron porque estaban canosos y panzones,  y platicaron en la sala hasta que Doroty, la esposa de Joseph, los invitó a ocupar la mesa del comedor. Desayunaron huevos revueltos con tomate, cebolla y chiltoma, pringaditos con pimienta, pan de coco calientito, recién salido del horno, untado de jalea fresca de guayaba montera hecha por las manos laboriosas de Doroty y café de palo.

Luego del desayuno volvieron a la sala. En el aire, desde una iglesia cercana llegaban aleluyas y salmos. Doroty se disculpó y partió hacia ella. Se volvieron a reconocer como amigos de siempre, recordaron los juegos de infancia, sus viajes al Pool, a la poza del diablo, sus jalencias en el obelisco y en las pilas de Martinuz y a sus amigos de esos años, sin dejar pasar el conteo de los que ya se fueron de este mundo.

Joseph tomó de su librero el libro Bluefields en la Sangre, le señaló el poema Boga de Lesbia González Fornos y mostró sus dotes de declamador:

Boga el remero en el río
boga sin descansar
tiembla de hambre y de frío
tiembla de tanto pensar
piensa en el rancho
en la madre, en su mujer
y en los niños.

Tiembla de hambre, de frío
y de la absoluta miseria
en que se encuentra sumido.

Boga el remero en el río
mientras una mueca de sonrisa
en su hermoso rostro asoma.
Con furia y con fuerza impulsa los remos
mientras el cayuco avanza lento
¡qué alegría! ¡qué contentos!
todos lo están esperando.

Pero pobre el pobre remero
porque boga el cayuco en el río
completamente vacío.
La red, tan solo sin nada la red
pues hoy no pudo nada pescar.

Pobre el pobre remero
tiembla de hambre y de frío
de rabia y de impotencia incluso
el cayuco está vacío
también su estomago lo está.

Boga el remero en el río
boga sin descansar
lágrimas de dolor ruedan
ruedan por sus mejillas.
Chilló la golondrina
vuela la mariposa
y en la corriente del río
una lágrima hermosa se pierde.

James lo aplaudió con admiración por los altibajos, pausas y cadencia de su voz, la expresión corporal, principalmente de sus manos, y el entusiasmo de su viejo amigo.

Luego, una rareza en ellos, después de muchos años, hablaron de política. Hicieron una radiografía de sus vidas y se dieron cuenta que ninguno de ellos había participado en el Movimiento Liberal Costeño ni en la lucha contra la dictadura Somocista, muchos menos en la Insurrección Final, ni en la Cruzada Nacional de Alfabetización, ni en la Vigilancia Revolucionaria, ni en los Cortes de Caña, tampoco en ninguna Marcha de Repudio al Imperialismo Yanqui, no formaron parte de las Milicias ni dieron el Servicio Militar Obligatorio menos el Patriótico, nunca fueron a ninguna Plaza a celebrar el triunfo de la Revolución, ni a Concentraciones en el parque Reyes, a ninguna Reunión de los CDS habían asistido, no hicieron Fila para conseguir comida en los Centros de Abastecimiento, ni habían pedido un Aval al Secretario Político, jamás gritaron Consignas mucho menos Marchar en las calles de la ciudad para celebrar la Autonomía ni en las protestas de los Azul y Blanco. Al final, sacaron la cuenta, no habían participado en ningún evento importante, para bien o no, de tantos años jodida pero rejodidamente difíciles.

Dos personas insignificantes, uno relojero y el otro soldador, habían transitado durante cuarenta años por los linderos de la Revolución y las Nuevas Victorias, posición que no respondía a ninguna ideología, ya sea contestataria o de indiferencia hepática-biliar, sino a causas muchos menos visibles: la Historia jamás los tuvo en cuenta. Ellos tampoco a Ella, demás está decirlo.

    ¿Cómo pudimos? —se preguntó Joseph.

    Sencillo, bredá: a nosotros nadie nos ve —respondió James.

Luego se despidieron, primero con un abrazo y palmadas efusivas, prometiéndose que volverían a encontrarse para seguir rememorando sus vivencias antes de morir, luego con adioses de manos hasta que James desapareció en una esquina, porque de allí para allá siguen siendo invisibles en la maraña de la ciudad.


20 de Octubre de 2019

Foto de Ronald Hill: Hombre remando en su canoa.

martes, 15 de octubre de 2019

DOS BLACK CREOLE EN UNA ESQUINA DE NUEVA GUINEA



Esperaba que mi mujer terminara las compras, al lado de los carritos, en la acera del Pali. Al frente y a la derecha existen varios tramos que venden frutas y verduras, prácticamente de todo lo que no se encuentra en el super. Un nuevo mercadito ha florecido desde hace poco tiempo, pero los precios de los productos son mayores que los del mercado municipal. Todo es más costoso, pero la comodidad de los compradores, evitándose el viaje al mercado, los ha mantenido y promovido. El concepto de comodidad es poderoso, en un viaje te llevas todo para tu casa.

Volví la mirada hacia la esquina, al lado del parqueo, frente al predio baldío, y vi a una mujer black creole con una camiseta amarilla que se protegía del sol con una gorra y usaba lentes oscuros, igual que la licra que llevaba puesta. En sus manos cargaba varias bolsas de plástico vacías. A su lado, sentado en una silla de plástico estaba su acompañante, un black creole alto y barrigón. De la rama de un árbol de Pino, podado bajo los alambres del tendido eléctrico, colgaba una pesa de reloj. A un lado de ellos, a sus pies, sin estropear la circulación de las personas por la acera, dos termos grandes y, al fondo, los techos oxidados de las casas que bajan en pendiente hasta el corral de piedra y más allá, al levantar la mirada, el verdor revitalizante de la cordillera de Yolaina.

Seguí pendiente de los carritos, viendo el movimiento de la gente en su esmero de compras y taxis que se aglomeran buscando pasajeros, convirtiendo la circulación en esa cuadra en un infierno para los conductores desprevenidos que manifiestan su mal humor con gritos y pitazos.

¡Hi Mister!, dijo en inglés.

Vi en su rosto una sonrisa blanca transparente; una mujer black creole joven, amistosa, hermosa sin exageraciones.

¿Vienen de Bluefields?, pregunté en mi inglés con acento creole.

No Mister, de Pearl Lagoon.

Le dije que conocía Laguna de Perlas y todas las comunidades de la cuenca, desde Raitipura hasta Tasbapounie, que tengo a varios amigos allí, entre ellos a Wesley Williams, Fred Uldrich, Evenor Rodríguez, llamado El Cangrejo, a René y Pedro Ordoñez, y a todos los Sambola de La Fe, Brown Bank, Orinoco y más allá.

¿Cómo?, preguntó.

Nací en Bluefields y dejé el ombligo en El Bluff.

Vendemos mariscos, dijo.

Y cómo les va, pregunté.

Mister, a la gente de Nueva Guinea le gustan los mariscos, no andan regateando el precio, ven el producto y si les gusta lo compran, si andan en camioneta y no tienen en que llevarlo a su finca les damos bolsas con un poco de hielo y se van contentos. Hasta ahora nos ha ido bien, nos gusta Nueva Guinea, dijo.

¿Cada cuánto tiempo vienen a vender?

No Mister, vivimos aquí, alquilamos un lugar y nos mandan el producto, dijo y regresó a la esquina, a su punto, porque varias personas eran atendidas por el hombre.

Al concluir las compras en los tramos, cargamos el taxi y se detuvo en la esquina, frente al puesto de la mujer quien se mostró atenta al vernos bajar del taxi y sin dudarlo nos mostró el contenido de los termos.

¿Sólo tienen camarones?

Sí Mister, los parguitos y las colas amarillas junto con las jaibas se acabaron. A la gente de aquí le encanta comer mariscos, respondió la mujer siempre atenta.

Se ven buenos, llevemos dos libras, dijo mi mujer sin regatear el precio porque le pareció que no eran ni muy pequeños ni muy grandes.

Deme una libra más, dije cuando el hombre alto y barrigón entregaba la bolsa.

Antes de despedirme les dije que deben ofertar filetes de róbalo y corvina, trozos de macarela, que los estaría visitando. Me lo agradecieron y les di mis deseos de prosperidad.

Ese día almorzamos camarones en salsa, arroz, tajadas fritas de guineo cuadrado y ensalada. No sé por qué pero los sentí deliciosos, mi mujer los prepara en su punto, pero agregado a eso, estaban frescos porque ahora el viaje de Laguna de Perlas hasta Nueva Guinea se hace en menos tiempo y no digamos desde Bluefields, una hora, hora y media en vehículo particular sin mucha prisa.

Atrás quedaron aquellos años en que conseguir mariscos era una odisea: comprarlos en Bluefields, empacarlos en un termo, pagar impuestos en el muelle, pagar pasaje por la carga además del boleto en la panga y soportar el chequeo en El Rama como que estuvieras entrando a otro país, todo eso se acabó, es parte del pasado.

Ahora tenemos, además de los que vienen a vender desde Bluefields cargando sus termos en motocicleta, en taxi o vehículo particular con tanta prisa que te quieren reventar con precios altos sin dar rebajas, a estos dos black creole en una esquina de Nueva Guinea, al alcance de la mano, que te atienden con esmero, mezclándose con el gentío que transita en esa cuadra en un intercambio pluricultural, black creoles haciendo negocios con gente orgullosa de origen campesino, dos acentos distintos, el deje campechano de los nuevaguinellenses en parloteo con el acento fuerte, extravagante, alegre de los black creoles y, que si no te pones a pensar no te das cuenta que eso es uno de los mayores logros de la integración de la que tanto he escrito y se escucha decir en ciertos ámbitos.

La libra que quedó la voy a preparar en ceviche, como un antojito para más tarde, dijo mi hija cuando terminamos de almorzar.

Esa frase me ha confirmado los que pensaba mientras estábamos almorzando y creo firmemente que hay que compartir unas recetas al aire para que la comida caribeña se difunda, se deguste y forme parte, hasta los huesos y el alma, de la población de Nueva Guinea.


15 de Octubre de 2019

Foto: Ronald Hill desde Casa Uldrich, Pearl Lagoon.


martes, 8 de octubre de 2019

¡STICK-UP, STICK-UP!



Zamba Larga se ubicó debajo del árbol de naranja agria. Desde el fuste hasta la casa de doña Gloria Meñaca, una casita vieja de madera cuya fachada daba frente al andén del puerto, dio tres pasos. Sus pasos eran extensos por las piernas largas y, por ser tan largas como las de una jirafa, le llamaban Zamba Larga. Entre el árbol de naranja agria y la pared lateral de la casa existía un espacio de tierra de unos seis metros de distancia que los vecinos y transeúntes lo usaban como pasillo para subir hacia la loma del puerto o sencillamente visitar la ventecita de doña Rosa Emilia para comprar pan simple recién horneado, panes dulces o una media de guarón. Zamba Larga se detuvo en el centro.

“De aquí para allá lo hacemos”, dijo señalando hacia el andén. Desde ese punto, a su izquierda miraba a todos los que aparecían por el lado de la cantina de Miss Pet y, a la derecha, los que avanzaban al pasar por la casa del coronel Brenes y la entrada a la cantina llamada La Cabaña. De frente, una casita de madera pegada al otro lado del andén le tapaba la vista de la playa del Tortuguero pero escuchaba el retumbo de las olas y sentía la brisa marina que le procuraban una tarde placentera.

“Yo lo hago, yo lo hago”, respondió Cámara Lenta.

Ni Charol ni Zamba Larga ripostaron. Era su derecho, estaba en el patio de su casa y podía hacer lo que se le antojara. No iban a discutir por una babosada, no estaban allí para eso.

Cámara Lenta tomó con sus manos de gigante un machete filoso, se acercó a Zamba Larga, se agachó mostrando su espaldota pelada porque siempre andaba sin camisa o la andaba mal abotonada enseñando la tilila, le hizo punta a un pedazo de palo y lo sembró con el tacón en el lugar que ocupaba Zamba Larga. Charol se acercó al punto sonriendo, solamente se le miraban los dientes de marfil en su semblante de mañoso y le entregó una cuerda de nylon negro. Zamba Larga dio un paso hacia el frente y marcó el punto con la punta de sus zapatos. Cámara Lenta amarró la cuerda de nylon al palo y así, en cuclillas, dio cuatro pasos pesados como los de un gigante hasta el lugar marcado; amarró el machete con el nylon y giró, siempre de cuclillas, marcando el círculo que ocuparían para jugar.

“Te quedó exacto”, dijo Charol enseñando sus dientazos, un destello bajo la sombra del naranjo.

Zamba Larga se sentó, ladeándose en una piedra, para apreciar mejor la sonrisa de satisfacción dibujada en los grandes labios de la boca de Cámara Lenta.

“Estamos listos”, dijo Cámara Lenta.


A media mañana los vieron caminar en dirección hacia el muelle de los barcos pesqueros y uno de ellos cargaba un machete. Estaban reunidos frente a la iglesia de El Bluff, pegados al muro de la escuela y a la sombra del árbol de Zapote, sin hacer nada más que piropear a las mujeres que pasaban frente a ellos. Cámara Lenta cargaba el machete. Al caer la tarde, Zamba Larga dijo que la idea había sido de él, de Cámara Lenta, pero ya era demasiado tarde.

Bajaron en dirección al campo de béisbol y doblaron a la derecha, ingresando al callejón ubicado entre las casa de doña Chepita y la casa de Miss Myrtle, pasaron echando un ojo por el Vietnam y vieron a las putas de Shirley Sambola descansando en camisón y en chinelas, caramelearon a la Panameña, la hija del Tico, que se pintaba las uñas en el corredor de su casa mostrando bajo un shorcito sus hermosas piernas, avanzaron por la bajada quebradiza que corre lateral al muro de los tanques de la Esso y desembocaron en las tres esquinas que formaban la oficina del time keeper de la Booth, el tramo de carretera hacia el muelle y el taller de don Chon Benavidez. Allí se detuvieron unos instantes.

“Hay que darle filo”, dijo Cámara Lenta blandiendo el machete con su manota.

¿Dónde Don Chon?, preguntó Charol. Allí yo no voy, agregó.

“Tengo cinco pesos”, dijo Zamba Larga y acompañó a Cámara Lenta mientras Charol cruzó la carretera para esperarlos en los restos carcomidos del avión de combate de la II Guerra Mundial que un barco pesquero había levantado con sus redes en alta mar.

Entraron al taller cuando cruzaron el portón de malla metálica. Yo los atendí, dijo el hermano de don Chon Benavidez al día siguiente. Me encontraba haciendo una soldadura, uno de ellos me tocó la espalda y al verlos les dije que me esperaran. Era una tontera lo que querían pero dejé de ocuparme para darle filo al machete que andaban. Después siguieron su camino al dar la vuelta por el taller en dirección a la carretera.

Se juntaron nuevamente y caminaron al lado izquierdo de la carretera, sobre los durmientes en que descansaban los rieles, en dirección al muelle de los barcos pesqueros. Yo me los encontré, dijo Mau Mau, hasta me dijeron que los acompañara, pero como llevaba para mi casa una bolsa de camarones que me regalaron en un barco no les hice caso, pero me llamó la atención el machete refiludo que llevaba Cámara Lenta, tan filudo que brillaba desde lejos.

Pasaron por las casas de la cuartería de la Booth, un chorizo de casas de madera ubicadas a lo largo de la carretera consistente en una pequeña sala y una división que hacía las veces de cocina y, detrás de ellas, una letrina escondida entre el manglar, que eran ocupadas por trabajadores foráneos de El Bluff y de Bluefields, entre ellos conductores, carpinteros, soldadores, albañiles y maestros de obras.

Atrás habían dejado la cuartería cuando se encontraron con el trencito de la alegría. Desde que salía del muelle de los barcos pesqueros, el trencito se notaba entre el manglar espeso que cubría ambos lados de la vía. Los rieles rechinaban al avanzar sobre ellos, culebreándose con calma en el trayecto. Un motor de diésel ubicado en el vagón del piloto arrastraba otros siete en forma de U cargados de mariscos. Pintado totalmente de blanco, a excepción de las ruedas, el trencito había sido importado desde Panamá por la empresa Casa Cruz luego que sirviera en la construcción del canal. El “tuc, tuc, tuc” provocado por el motor se escuchaba desde lejos y el chillido de las ruedas brincando sobre los rieles que descansaban en durmientes de Cortez pintados con aceite quemado para que duraran toda la vida. Me hicieron parada pero no pude montarlos porque iba para la planta cargado de camarones, dijo Pinolillo quien lo piloteaba.

Sí señor, yo me los encontré al salir del muelle, dijo Seferina Woody, llamada La Cumbia, su nombre de combate desde Corinto hasta Cabo Gracias a Dios. Venía de hacer un mandadito en un barco, usted me entiende, ¿verdad?, y ellos me comenzaron a molestar, a decirme cosas como que hermoso culo tenés, que rico lo movés, y… sí, sí, ya entendimos, siga contándonos sobre ellos por favor. Sí señor, la cosa es que como no les hice caso para nada, el más molestón era el negrito que le dicen Charol, hasta quería que me metiera con él al manglar, imagínese usted, yo allí en el mero monte con el culo, perdón, y los pies mojados por el suampo, además, la verdad es que me puse nerviosa al ver semerendo machete que andaba uno de ellos y los deje haciéndome muecas de vulgaridades que usted no quiere escuchar. Comencé a caminar rápido y cuando volvía a ver hacia atrás, ya no estaban.

Eran como las once de la mañana y estaban platicando con La Cumbia, dijo Kakabila. Ella siguió caminando y los tres se metieron al manglar por un caminito que queda pegado al portón del muelle. ¿Qué van a hacer allí esos vagos?, me pregunté y me detuve. “Tac, tac, tac”, escuchaba desde la carretera y miraba que las hojas de un palo de mangle se movían y, de pronto, “bongón” caía. Escuché caer tres palos y luego siguieron haciendo el “tac, tac, tac”. Seguí mi camino y cuando llegué a la cuartería volví a ver atrás. Salían del manglar cargando cada uno un largo varejón de mangle.

Yo los encontré en la parte trasera del patio de la casa de doña Gloria Meñaca, la mamá de Cámara Lenta, dijo Tachita. Subieron a la loma por la parte del Vietnam, pasaron por la venta de doña Rosa Emilia, saludaron al Patito, el hijo de doña Rosa Emilia que estaba rastrillando el patio. Bajo la sombra de un palo de Mango estaban Victoriano, Masayita y el Africano saboreando una media de guarón con boquitas de mango celeque. No se detuvieron, con los varejones de mangle iban apurados y bajaron hasta la casa. Allí pelaron los varejones, hicieron estacas de tres pies cada una y luego se pusieron a sacarles punta con el machete filoso hasta dejar una punta bien afilada o una punta bien puntada. Todo el patio estaba lleno de cáscara y astillas de mangle pero doña Gloria Meñaca le llamó la atención a Cámara Lenta por el basural; rapidito recogieron la basura entre los tres y la tiraron en el fondo del patio, cerca de una letrina destartalada. Me quedé con ellos para ver la apuesta.


Después que Cámara Lenta dijo que estaban listos, jugaron a la cara o sol con una moneda para definir quienes jugaban de primero. Entre Zamba Larga y Charol rifaron la suerte de su turno porque Cámara Lenta estaba en su patio y tenía derecho a jugar con el que ganara de los dos para escoger al campeón.

“Cara”, dijo Charol.

“Ni modo, Sol”, respondió Zamba Larga.

Para evitar discusiones por marrullas, acordaron que Cámara Lenta tirara la moneda de a peso y la colocó en la palmota de su mano izquierda ante le mirada expectante de los dos. La tomó con su mano derecha y con los dedotes índice y pulgar la suspendió en el aire de un solo envión. La moneda dio vueltas, vueltas y vueltas hasta alcanzar la altura de las ramas del palo de naranja agria y, dando vueltas y vueltas, cayó en el círculo que había hecho.

“Cara”, dijo Cámara Lenta. Perdiste, agregó, dirigiéndose a Zamba Larga.

“Ni modo, después te reviento”, dijo Zamba Larga mirando en Charol la inmensa sonrisa blanca de felicidad.

Del lado de la casa de Pinita, Miss Pet y del coronel Brenes, comenzaron a aparecer varios chavalos que se iban acercando para ver la apuesta, acomodándose un poco más allá de la rueda pero siguiendo su forma. Entre el montón se destacaba El Patito, cargaba una canasta de plástico amarilla con la que lo mandaban a hacer mandados y estaba parado encima de una piedra, recostado al árbol de naranja agria.

Charol escogió su estaca entre el montón, unas quince estacas que tenían apiñadas al lado de la pared de la casa y Zamba Larga hizo lo mismo. Cámara Lenta estaba ansioso y también escogió su estaca, en su mano la estaca parecía un alfiler pero tenía tres pies de largo, tres pulgadas de grosor y dos cuartas de punta, tan puntuda como la punta de un puñal.

"¡Stick-up, stick-up!", gritó Cámara Lenta.

Zamba Larga se acercó al borde del círculo en dos pasos. Tomó la estaca con fuerza, levantó su pierna izquierda, tan alto que casi patea una rama del árbol y con un impulso de lanzador de béisbol la clavó en el centro. Solamente se miraba la cabeza de la estaca, una cuarta salida de la tierra.

Los espectadores gritaron y aplaudieron.

Te va a costar, dijo Zamba Larga dirigiéndose a Charol quien tomó su estaca y haciendo piruetas de cirquero, de un solo impulso tiró su estaca y le arrancó un pedazo a la de Zamba Larga. No había fallado.

 Los gritos y aplausos aumentaron.

"Desguázala", gritó Cámara Lenta mirando con lástima a Zamba Larga.

Charol agarró su estaca y con el machete le volvió a sacar punta, tan puntuda la dejó como la espada de un pez espada. Componer la punta era parte del acuerdo siempre y cuando no pifiara. Corrió desde la pared de la casa hacia el círculo para tomar mayor impulso dispuesto a partir en dos la estaca de Zamba Larga. La lanzó desde el borde pero tuvo un traspié, resbaló y la estaca salió volando hacia la multitud, atravesando el círculo, girando y reventando el aire hasta pegar en el tronco del árbol de naranja agria y revotar directamente en el ojo derecho del Patito.

El Patito se desplomó al instante. Al oír sus gritos, sus lamentos desesperados y verlo con la estaca sangrosa clavada en el ojo, los chavalos salieron en desbandada buscando cada quien su casa.

Por ésta, mirá, te lo juro, yo lo vi, dijo Mario Tachita.

El resto es historia.

En los anales periodísticos de la época, años 60, aparece un reportaje del diario La Prensa, con la foto de Filmore Hodgson, alias Charol, en primera plana, acusado de haberle vaciado el ojo al querido y famoso personaje llamado El Patito, cuando el tal Charol, jugando una bayuncada que llamaban stick-up con Zamba Larga, sobrino de Manuel Granizo, alias Pinita y hermano de una docena de alias Los Pica Pollos, se le zafó la estaca y le vació el ojo al infortunado espectador.

Tan grande fue la conmoción en el puerto por este triste suceso que el Comité Olímpico, reunido en el campo de béisbol, prohibió de por vida el juego del stick-up en todos los patios y terrenos baldíos de El Bluff.

8 de octubre de 2019