domingo, 1 de marzo de 2020

ALLÁ EN LO ALTO



Desde la mitad del cerro La Pedrera, a unos 225 metros de altura, Miguelito domina con la vista la ciudad. Todo a su alrededor es de un intenso verdor, a excepción de los troncos de los árboles que siempre son blancos por la biodiversidad que acogen. Su casa es de madera y nunca la pinta, por eso siempre está de color natural y porque tiene a su disposición el bosque de su ladera.

Es un hombre platicón, sus ojos color café son refulgentes y vivaces, siempre está sonriente y al hablar lo hace bajito como si tratara de escupir al mismo tiempo.

Desde el corredor de mi casa veo la suya en la mitad del cerro. La lluvia azota su casa de madera, le da con furia a un costado y de frente. En días lluviosos no asoma la cabeza, pasa encerrado, disfruta colgado en su hamaca del sonido de la lluvia y el viento que tratan de estrujarlo como papel y dejarlo tirado en las faldas del cerro, empapado y temblando de frío.

Miguelito no se deja, está bien resguardado: la casa tiene arranques de concreto, buena madera, buenos ventanales, buenos aleros, un corredor envidiable y el techo de zinc bien entramado.

La encanta la música. Desde aquí abajo no puedo dejar de escuchar el amor que siente por las rancheras. Sus cantantes preferidos son Antonio Aguilar y Vicente Fernández. Casi siempre pone las mismas canciones: Un puño de tierra, Gabino Barrera, Caballo Prieto Azabache, Qué de raro tiene, A mi manera, La muerte de un gallero y El Rey, la que más repite.

Escucho los gritos que da, ¡ajuuuaa!, cuando toma ron y se pone hasta la pata. Se reúne con varios de sus amigos y le sube todo el volumen al equipo de sonido para pasar alegrísimo. Veo el humo que se eleva y me imagino que está asando carne para agasajarlos. Al bajar, después de la parranda, se vienen de rodada como haciendo tumbos y dando grandes alaridos.

Miguelito vive feliz, se entretiene casi siempre con una motosierra que hace charchalear entre el verdor del cerro. Su mayor afición es mantener bien cercada su propiedad, se la pasa poniendo postes y alambres de púas para dividirla en lotes que luego vende como pan caliente, a plazos, en abonos suaves, mediante permuta o cualquier arreglo que le favorezca. Ha vendido tantos que cada vez son más y más las casas construidas en las faldas del cerro, con vistas al antojo del cliente. Tienen acceso a energía eléctrica y agua potable, y las empresas de Cable se pelean entre ellas para instalar sus servicios y hacer la vida más placentera.

Una vez subí hasta la cumbre del cerro. Lo hice en zigzag porque no hay de otra, agarrándome de árboles y arbustos. En la cima hay regadas un montón de piedras alargadas. Con ellas, en la época de los años 80 del siglo pasado, hacían las siglas del FSLN que entonces se miraban desde la pista y los cuatro barrios de la pequeña y convulsionada ciudad de Nueva Guinea.

Viendo hacia el Sur y al Oeste, se aprecia una inmensa llanura, no hay puntos elevados, y a lo lejos se divisan las últimas copas de los árboles de Ceiba que se mantienen aún en pie. Al Noreste están la ciudad y el cerro Brujo como si pudieras agarrarlo con las manos. La cordillera de Yolaina se mira majestuosa al Sureste y se pierde en lo azulado de las montañas.

Traté de bajar por la ladera Sur del cerro pero no pude. Toda esa falda está pelona, no hay árboles, hace más de veinte años que los talaron y lo hicieron como a escondidas, tratando de que no se dieran cuenta desde la ciudad porque de allí ese lado no se ve, aunque suceda allá en lo alto.

Al anochecer, la casa se ilumina en el corredor con un bombillo como estrella del Sur que parpadea en la oscuridad del firmamento. Los perros ladran, un ternero berrea. Miguelito sale al corredor machete en mano y alumbra con un foco, no ve nada, pega cuatro gritos y todo vuelve a estar en calma.


1 de Marzo de 2020
Foto: El campo de Nueva Guinea. Ronald Hill.


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