sábado, 31 de diciembre de 2022

LA ÚLTIMA NOCHE

 



Cada vez más al suroeste cae el sol,

y sus rayos parpadean entre las ramas

como invitado descendiendo a descansar en ellas.

Lo observo caer y la oscuridad llega lentamente.

 

En este instante pienso en lo lejos que he llegado,

y que hablar de la última noche del mes de diciembre

es como decir que la hierba húmeda es persistente,

sigue allí, creciendo bajo el tronco de un árbol frondoso.

 

Surge de una enorme necesidad por la forma

en que la luz se despide, por lo que nos podemos decir

los unos a los otros, por las cosas que nos guardamos

como el que esconde eternamente algo robado.

 

Y es espectacular, el crepúsculo cubriendo todo tan suavemente.

Quisiera creer que lo importante en este mundo ya pasó.

Nada termina hoy, todo seguirá igual.

Seguirá ocurriendo para siempre: una respiración y luego otra.

 

La forma en que la luz cae sobre las hojas lisas

y brillantes del árbol de caoba,

que se yergue orgulloso al lado del cerco de alambre,

es algo digno de contemplar.

 

31 de diciembre de 2022.

Foto propia.

lunes, 26 de diciembre de 2022

PERSONAJES DEL AÑO 2022


Es este quizás el ultimo escrito del año 2022 y forma parte de los más de treinta que he logrado, pero antes de que cambiemos el calendario, quiero señalar algunas características y anécdotas de los personajes que aparecen en ellos.

Este año, Tapalwás es uno de los personajes relevantes de mis escritos, don Abraham Rodríguez, que en paz descanse, iluminado por la eternidad del creador. A Tapalwás lo escuchaba siendo un niño. Sus palabras, como murmullos llegaban a mis oídos, aún en la inocencia de los 8 años, atento a esa corriente de palabras que empleaba para contar sus guayolas, a sus poses de narrador empedernido —todo lo narrado era una festín que se notaba en el brillo de sus ojos, dramatizando los acontecimientos, imponiendo emoción e intriga— que cautivaba a sus oyentes en cualquier lugar o escenario donde la ocasión lo llevaba, bien en el muelle de la aduana, en los corredores del plantel de la Booth, en la esquina de la iglesia católica y, en su preferido, la casa de doña Juana Angulo, desde la cual observaba desde el corredor a los viajeros que bajaban y subían las 25 gradas del cuartel de la guardia y, además, tenía a su disposición los barriles de guaro lija que distribuía, como agente fiscal, don Octavio Gómez, y saboreaba con agrado en compañía de Victoriano, Masayita o el Africano.

En múltiples ocasiones visitaba su vivienda por la amistad con sus hijos, principalmente con Germán, llamado con cariño el Osito (QEPD), y sus hijas, ya mayores, eran hermosas y amorosas. En su hogar, el Tapalwás guayolero se transformaba en un señor serio y discreto bajo la mirada atenta de doña Panchita, su esposa. Allí miraba el balde donde tiraba sus escupitajos de tabaco y abajo, en la orilla de la bahía frente a la playa de El Tortuguero, atracado al pie del barranco, su bote de canalete.

Allí está Tapalwás, en Volando sobre Piedras, en Un buen Cazador y en El mejor reloj del mundo. Así como protagoniza esos escritos lo vi, escuché y admiré. Te brindo la oportunidad nuevamente para que lo conozcas, que lo escuches, que lo acompañes en ese puerto de El Bluff que hace muchos, pero muchísimos años, dejó de brillar y vive en mis recuerdos.

No pueden faltar los Neoguineanos. La gente que vive y trabaja en este vasto territorio de Nueva Guinea. Gente polifacética, gente aguerrida, emprendedora y capaz de mover y cambiar las condiciones socio-económicas cuando se lo proponen a su gusto y antojo. Y lo digo porque lo he vivido, he transitado por estas condiciones desde el año 1986, primera vez que la visité, donde el aguacero, el lodazal y la neblina me embelesaron después de vivir en el trópico seco de Juigalpa por muchísimos años. Fue como volver a mi Costa Caribe, a Bluefields, a El Bluff, donde llovía todo el año y vivía empapado caminando por el andén, en las travesías en botes pos pos hacía Bluefields todas las mañanas, en las calles de Bluefields en el trayecto a clases y a la salida, cobijándome bajo el alero de los corredores de las casas de sus principales calles.

La Nueva Guinea de esos años, del inicio de la década de los años 90, inauguraba una nueva etapa en su desarrollo con personajes que venían de una guerra entre familias, pero ansiosos de dejar atrás los estragos causados por las balas, las bombas y las bayonetas para reconstruir su tierra prodigiosa, necesitada de su respeto porque sufrió del despale indiscriminado, de caminos para llegar al último de sus rincones con proyectos que transformaran esa realidad que los excluía y marginaba de las bondades de la paz. Personajes que hoy pintan canas, que viven en sus parcelas cultivando la tierra que genera una riqueza tan diversa en distintas épocas del año —granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, cacao, café, piña, leche, queso, carne, frutales de diversos tipos—, y que aún hoy, dos décadas después de inaugurar el siglo XXI, padecen los mismos males de siempre: pobreza, marginación y exclusión, como si estuvieran malditos en su propia tierra, siendo expoliados por los mismos de siempre: los comerciantes, acopiadores, prestamistas y banqueros. Es tanto el grado de desencanto vivido que sus hijos, los herederos de "la luz en la selva" y el futuro soñado, han tenido que emigrar en busca de mejores perspectivas y ellos, sus padres y abuelos, miran hacia la montaña que repoblaron con nostalgia en sus ojos y preguntándose: ¿Para qué tanta lucha?

Felipe Álvarez, llamado con cariño Felipito, el cajero de la aduana de El Bluff, estuvo a lo largo del año en mis pensamientos hasta que lo vi jalando agua, con aquella calma y parsimonia que lo caracterizaba, en el pozo de la casa de mi abuelo Felipe, en la casa de su propiedad ubicada frente al inmenso árbol de Laurel de la India y en su casa de habitación construida por el legendario ingeniero de la aduana don Juan Lacayo y cedida para su familia. Felipito, un hombre respetuoso, honrado al tal extremo de negarle el acceso a la caja fuerte a los guerrilleros sandinistas triunfantes en 1979 que lo amenazaron de muerte con tal de llevarse el botín.

Un hombre íntegro, amable y servicial que dedicó su vida al servicio público como cajero sin hacerle falta, nunca en su vida, diez centavos al arquear la caja. Felipito, el papá de Rafael, Dora Luz, José Manuel y Javier, llamado con cariño El Tanquecito, otro de mis grandes personajes de la época en que el puerto fue un lugar soñado. Tanquecito, le dije hace unos días que me visitó junto con mi otro primo Edwin Cadenas, sos mi héroe, sí, siempre lo fuiste. ¿Por qué?, preguntó. Porque los Reyes Magos te trajeron una bicicleta —a todos los chavalos de El Bluff de esa época los regalos se los traía Santa, pero los Reyes solamente al Tanquecito—, y mientras los otros, Kalilita, Juan Brenes, los Acosta, Benavidez y varios más, hacían competencias de bicicleta en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de la Chinitas, un día me la prestaste y comencé a andar volando al viento por el andén, lleno de dicha y felicidad hasta que después me compraron una bicicleta qué llamábamos “vaca” que tenía llantas gruesas y frenos traseros. Siempre fuiste y seguirás siendo mi héroe, volví a decirle y nos abrazamos.

El mujer mío, como dice un amigo que forma parte de los hombres afortunados, es y seguirá siendo, a pesar de todos los desacuerdos y peleas de parejas de toda la vida, una de mis personajes a la mano. Y poco a poco he logrado ir construyendo ese mundo juigalpino y chontaleño en que vivió, entre las sombras de sus recuerdos en una habitación gigante que durante el día desaparecían las tijeras de lona, al lado de sus abuelos y tíos(as). A pesar de tantos años, 45 años después,  sigue siendo la misma de siempre, terca y una leona de cuando sus hijos se trata.

Y Emiljamary, mi hija, que regresó a ser feliz nuevamente cuando se vino a vivir a mi casa, de quién respiro todos los días la dulzura de su corazón y de los dulces que prepara, llamados dulces para el corazón convertida en una creadora de felicidad; colmó mi casa, su casa, con su alegría y su risa, y me llena de dicha con los abrazos que me brinda cuando corro a su lado por las mañanas apenas despierta. Mi niña, mi corazón.

Inolvidable mi madre de frijoles, doña Juana Angulo. Octogenaria hoy, luchadora de toda la vida. La mamá de Kalilita, uno de los personajes de mis escritos, con el que crecí siendo amigos, peleándonos, volviendo a darnos la mano y ahora en esta etapa de la vida nos recordamos de esos tiempos que he ido plasmando desde hace muchos años. Doña Juana Angulo, su casa, su sala, su cocina, el mostrador donde don Octavio administraba el guaro lija y ella sus panes, sus pupusas que horneaba y viajaban por todo el mar Caribe y que mi papá las pedía en vos alta: ¡quiero una pupusa! Luego se reía a carcajadas y las degustaba, quién no si eran una delicia, sentado en la inmensa sala donde nunca fue permitido que ninguna persona que se echara su cachimbazo escupiera en el piso de madera pulido, sino que eran invitados a salir al corredor. Sus recuerdos, sus nostalgias, están allí para siempre, imborrable el rifle calibre 22 que dominaba con tanta destreza que ningún amigo de lo ajeno se atrevía a entrar en su patio para robarse sus sugar mango.

En los olores y sabores de semana santa regreso a la casa de la abuela Manuela. Al patio, alrededor de una mesa de madera donde muelen el maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango, y ahora todos se han ido.

¿De dónde obtuvieron tanta riqueza? ¿Cómo?, le pregunto al Tanquecito luego de mostrarle la foto que hoy uso como portada de este escrito. Se queda pensativo y me dice de la madera, sí, de la extracción de madera en el llamado hoy Caribe Norte cuando existían grandes empresas madereras que exportaban hacia el norte y otros lugares dándole contratos a pequeños empresarios. Felipe, mi abuelo materno, originario de Granada, se trasladó a vivir a Waspán y allí desarrollo sus habilidades en el negocio de la madera, dándole frutos suficientes para crear y desarrollar la familia con mi abuela Manuela y de la que hoy sobrevivimos varios primos.

A los estibadores de ganado fue como si los hubiese soñado. Hombres fuertes, altos, de brazos fornidos, espaldas anchas y manos callosas. Black creoles de los barrios negros de Bluefields que viajaban a El Bluff en lanchones, una cuadrilla de hombres seleccionados para una labor riesgosa, agotadora y violenta: desembarcar de lanchones y embarcar toros, novillos y vacas en barcos mercantes que navegaban por el caribe. Allí están observándolos desde el techo de la aduana Kalilita, Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y, desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejandro Peters que sale y entra para vivir los momentos más emocionantes de la labor de los estibadores de ganado.

A el hombre del bastón lo encontré en mis caminatas mañaneras por el parque central de Nueva Guinea recogiendo botellas. Nunca lo había mirado, pero en cada vuelta que daba me fui fijando en los detalles: el tipo de bastón, su forma de caminar, su rostro, su piel maltratada por los años y el rincón de una casa cercana donde dormía para levantarse a las cuatro de la mañana a recoger botellas de plástico o de vidrio para luego venderlas en los centros de acopio. Un hombre golpeado por la vida pero que sigue luchando a diario para sobrevivir en este mundo hostil como miles de seres humanos golpeados por la injusticia, la marginación y la explotación.

El hombre que vi una madrugada caminando en baby doll por las calles cercanas al mercado municipal de Nueva Guinea es sin duda uno de los personajes más sofisticados de este año. No lo conocí en su momento ni por muchos años, hasta que un día sin querer me di cuenta de su identidad que mantengo bajo las llaves de los secretos. Siempre que nos vemos nos saludamos, sin el saber que yo sé, ahora que su cabello y su bigote se han puesto canosos.

Y, por último, mi personaje más querido, mi padre White Bush Hill Bush, el capitán. El hombre que nunca me abandonó, el que siempre estuvo a mi lado en los momentos más difíciles, el que nunca intentó sustituir mis esfuerzos con su capacidad de amarme, sino que dejó que me valiera por mi mismo, después de darme todas las oportunidades para que adquiriera las herramientas que me llevaron a recorrer el camino. El hombre de mar, el navegante, el capitán, el marino, un hombre alegre, encantador, amigo de mis amigos, y que para estas épocas del año, lo añoro como el niño que llora ante la ausencia de un ser amado.

 

Domingo, 25 de diciembre de 2022.

Foto propia: Familia Álvarez. 

martes, 20 de diciembre de 2022

domingo, 11 de diciembre de 2022

AL OTRO LADO DEL PUENTE

 


La brisa provenía del noreste y las olas rompían en las rocas de la costa. El camino de grava se inundaba, los baches crecían hasta rebalsarse y luego se vaciaban en la playa. Desde el puente de madera se miraba que el horizonte se teñía de nubes grises, los árboles del manglar se estremecían y las olas de la laguna buscaban la bahía.

Acostado en los tablones del puente, con las manos al aire, sostenía una fina cuerda de nylon que hacía girar con un diminuto anzuelo en el extremo. De frente, donde las aguas se mezclan, observaba el faro que previene a las embarcaciones de el arrecife y, más allá, en poniente, la silueta de los Cayos. Abajo, el anzuelo giraba sobre un cardumen de sardinas plateadas que capturaba para utilizarlas de carnada en la pesca que haría por la tarde en el muelle municipal.

La técnica la había adquirido poco a poco. Era sencillo, pero requería de mucha práctica: estar atento al mordisco de las sardinas y jalar velozmente la cuerda al sentirlo. La sardina que picaba no se podía ver entre tantas que giraban en sincronía como si se tratara de un único organismo, pero al jalarla salía del agua destellando el color plateado de su cuerpo y sus ojos me miraban fijamente a pesar de los giros que daba hasta caer en los tablones. Sus agallas palpitaban desesperadamente y daba coletazos laterales hasta que la tomaba de la cabeza, le quitaba el anzuelo y la tiraba en un pote viejo.

Un cayuco entró en la laguna, pasó debajo del puente y el cardumen desapareció. Luego volvía la calma y nuevamente las sardinas. Atrapaba una y otra, hasta que repentinamente comenzó a llover. La brisa del noreste se tornó en una lluvia copiosa, intensa, con truenos y relámpagos, y corrí a guarecerme en una casa de madera ubicada al otro lado del puente. Allí, en el corredor, escampé la lluvia que duró más de media hora.

Mientras miraba como el viento zarandeaba los árboles de las casas del frente, en el otro extremo del camino de grava, escuché un grito: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, proveniente del fondo del patio de la casa en que me guarecía.

Dejó de llover y con cuerda y carnada caminé entre los charcos de la grava hacia el lado del que provenía la voz. Entre los arboles vi una caseta de madera similar a una letrina, pero estaba cerrada con una cadena y un candado y en la parte superior tenía una ventanilla. De allí provenía la voz y la escuché más fuerte, más desesperada: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, y me dispuse a asomarme cuando un hombre gritó desde el fondo de la casa, desde una ventana de la cocina, diciendo que me largara de su propiedad, que dejara de andar husmeando en casas ajenas. Y corrí, corrí con miedo hacia el puente, lo subí y seguí corriendo con temor hasta que logré calmarme.

Después de pescar unos peces finos, plateados y chatos llamados Pez de Plata me dirigí a la casa. Abuela los preparó fritos con tajadas de plátano. Luego de la cena me acerqué al abuelo que se mecía en su silla.

“Abuelo, hoy escuché a un hombre gritar”, dije.

“Los hombres siempre gritan”, respondió.

“Este hombre era diferente, abuelo, era distinto”.

“Dígame que tenía de distinto, aquí hay hombres altos y bajos, blancos y negros, que tan distinto era”.

“Abuelo, gritaba desesperado. Lo tenían encerrado en una caseta de madera”.

“Usted logró ver a ese hombre”

“No, otro hombre se asomó por una ventana y dijo que me largara de su propiedad”.

“¿Dónde estaba ese hombre?”.

“En una casa, al otro lado del puente”.

“¿Usted qué hacía allí?”

“Nada, solamente me refugié en la casa por la lluvia y escuché los gritos”.

Abuelo se ladeo y miró hacia la calle en dirección al camino, comprobó que anochecía y volvió a mecerse. La abuela entró a la sala con una lámpara de querosín y la colocó sobre una mesa.

“Está enfermo, padece de demencia o locura, y por ello lo mantienen encerrado. Antes, a ese hombre y otros muchos como él, al igual que a las mujeres, los encadenaban para que no se escaparan a las calles, pero ahora los encierran en ese tipo de celda”, dijo.

“El hombre gritaba: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!”.

“También tienen sentimientos. Los encierran porque hay gente que les teme, hay otros hombres que los golpean y jóvenes maleducados les tiran piedras. Los familiares no quieren que les hagan daño”.

“Se hace noche”, dijo la abuela.

“Jovencito, es hora de dormir”, dijo el abuelo.

Di las buenas noches. Poco tiempo después llovió a cántaros y el viento sacudía las ramas de los árboles de mango, aguacate, mamones y pera de agua que poblaban el patio. Me quedé dormido pensando en la locura, en que un día podría amanecer con esa enfermedad y sentí mucho temor de encontrarme encerrado.

Al día siguiente, por la tarde, me dirigí al otro lado del puente y me acerqué con cautela a la caseta del hombre encerrado. Percibió mi presencia y comenzó a gritar de la misma manera, con desesperación. Desde las rejillas de madera tiré caramelos y galletas y me alejé corriendo. A varios metros de distancia, al salir al camino de grava, ya no gritaba.

Esa noche no llovió y salió la luna. Acostado pensaba en el hombre que mantenían encerrado, en los rayos de luna que entraban por la rejilla de madera iluminándole el rostro. Lo imaginaba tranquilo, en paz, sin dar gritos desesperados porque su madre abría la caseta y lo acurrucaba como a un niño.

10 de diciembre de 2022.

Foto Propia.