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lunes, 12 de septiembre de 2011

CUANDO LA VI ME DOLIÓ EL ALMA

Poco tengo que contarles. Prácticamente nada de lo que muchos siempre esperan: un cuento corto, una mentirita casi cierta, algo de la Costa Caribe y su autonomía, o de Nueva Guinea. No, nada de eso. Solamente quiero compartir con ustedes una de esas cosas familiares que cuando suceden no te dan tiempo de pensar, te desesperan y duelen tanto que no puedes estar tranquilo.

Un día de estos mi mujer, Emilce, amaneció sin poder caminar. La noche anterior había dicho que le dolía la rodilla y, como siempre, le di su sobadita con una pomada “ice” para los dolores, igual que ella hace conmigo. Toda la semana pasamos trabajando con habitaciones casi llenas y atendimos dos talleres de capacitación. La semana anterior, las empleadas desaparecieron y nos tuvimos que rifar los dos en el trajín del hotelito, limpiando el restaurante, la casa y atendiendo a nuestros clientes. Las tres empleadas, eran amigas y a la mayor de ellas, mamá de la muchacha que limpiaba el restaurante, el marido la sacó del trabajo porque él encontró al fin. La que nos limpiaba la casa, al ausentarse las otras dos, decidió no seguir trabajando sin avisar. Nos quedamos solos y, como mi mujer no anda con mates, rápido nos organizamos echándole la vaca a las labores.

Al despertar y levantarse de la cama casi se cae por el intenso dolor. No me daba cuenta porque limpiaba el restaurante muy de mañanita, cuando la neblina invade todo: recogiendo sillas, sacudiendo manteles, barriendo, limpiando inodoros y ella no aparecía. Antes de terminar, ella se toma un cafecito viéndome atenta y luego se pone a lampacear. Me traslado a la casa, sigo barriendo y ella, al terminar en el restaurante, hace lo mismo en la casa.

Cuando la vi sin poder caminar me dolió el alma. La supermujer, la atleta de mi vida, lanzadora de jabalina, corredora de cuatrocientos metros, campeona de saltos largos, la ganadora de medallas, no pudo dar un paso. Sentí que el mundo tejido por los dos se derrumbaba. Pensé al instante en sus caminatas matutinas para visitar a nuestros nietos, a White Bush, a Daniela y Erick Jamil. Nunca la había visto tan frágil, débil, tan necesitada de mi hombro para apoyarse. “Te das cuenta, no me haces caso, no te cuidas, comes de todo”, fue lo primero que le dije. “Aja”, respondió. “Tienes que hacerte exámenes de sangre”, le dije y me hizo caso. Se fue con mi hijo Ronald al laboratorio y al regresar dijo que a las once de la mañana estaban los resultados.

Ansioso por conocerlos, los esperaba quince minutos para las once. Como es costumbre en nuestro horario, me los entregaron a las once y cuarenta y cinco. Revisé con mirada de lupa las dos hojas con los resultados, guiándome por los valores normales en el caso de las mujeres: colesterol normal, triglicéridos normales, acido úrico normal, FR negativo, ASLO negativo pero, resaltado en color rojo y letras mayúsculas, PCR positivo, 24 mg/l.

De inmediato me fui donde el médico que la atiende. “Está pegada, tiene artritis”, dijo. Tomó los resultados y en el reverso de una de las hojas escribió su prescripción: una ampolla de Dipronova de 2 ml inyectada intramuscular cada tres meses y una cápsula de calcio todas las mañanas por cuatro meses. Y de los alimentos, ¿qué no debe comer?, le pregunté y escribió: No comer carne de cerdo, de res, mondongo, hígado, huevos de toro. Comer en abundancia frutas, verduras y vegetales.

Cuando le mostré los resultados con la prescripción me miró incrédula. “Mírame, de seguro vos le dijiste que pusiera todo eso, ya te imagino diciéndole póngale esto y esto”, dijo muriéndose de la risa. “Como a vos te gusta comer ensaladas, de seguro inventaste todo eso”, agregó.

No hace caso, quiere andar caminando en ese estado. Ya le dije, no puedo verte así, tienes que recuperarte, prefiero que seas vaga, que te vayas en romería de nietos todas las mañanas antes de estar aquí postrada y adolorida. Quiero verla sana, alegre, sonriente, volver a encontrar el brillo de sus ojos en las miradas de complicidad, correr en la grama jugando con los nietos, a mi lado en nuestras rutinas, alistando su maleta porque va para Juigalpa, Managua o a los Estados Unidos a visitar a su familia. Quisiera absorber ese dolor por la noche, que se me traslade por el contacto de nuestras piernas para aliviarla y que desaparezca de su rostro la desesperación, la frustración del atleta que sufre una lesión.

“No te preocupes, ándate para El Bluff como tenías planeado, recorre tu vieja playa, empápate del azul del mar, anda a hablar con el viejo sukia y tu gente. Cuando regreses estaré bien, no quiero verte sufrir por mi dolor”, me dijo. Aunque Ronald y mi nuera Ana nos ayuden, no puedo abandonarla así como está, la vieja playa siempre va a estar allí esperándome. Espero que los efectos del medicamento surtan efecto mientras estoy atento en su comida y, cuando no tenga dolor, llevarla a Managua donde un especialista.

Los cuentos cortos, las mentiritas casi ciertas, las anécdotas, los artículos de opinión, tendrán que esperar a que ella sane porque, aunque lo intente, no puedo hacerlo como antes. Ella es más importante. Hay más de ciento treinta escritos en este blog y, si no los han leído todos, los invito a hacerlo. Espero que me esperen.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 11 de septiembre de 2011