martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

viernes, 27 de marzo de 2026

AÚN ASÍ, ME QUEDO

 



Cómo puedo estar en mí y en ti,

ser y no ser, ir y venir,

para que sientas el vacío en que vivo,

ese frío —hondo, sin fondo— que me habita.

 

En las tempestades por las que navego,

ciego a veces, a veces me niego,

en los temores que me acechan —me estrechan—,

en las penas que me arrugan y no aflojan.

 

Cuando te veo, y sé que sufres y vives,

que resistes, que persistes,

y temes igual que yo,

igual de humano, igual de roto.

 

Cómo hacer que el amanecer te alcance,

que te cruce la luz y no te esquive,

que las sombras se caigan de tus pasos

como polvo viejo que ya no vuelve.

 

Que la noche se retire de tu sangre,

que el pulso recupere su camino,

que el cuerpo recuerde cómo era

antes del peso, antes del ruido.

 

Que el dolor se disuelva sin dejarte

esa marca callada en la mirada,

que no quede esa grieta en lo que tocas,

ni ese eco oscuro cuando callas.

 

Qué puedo hacer,

si ya lo he intentado todo…

y, sin embargo,

me quedo —quieto—,

esperando —desesperando— el milagro

a tu lado.

 

 

27 de Marzo de 2026.

Foto: Internet.


domingo, 22 de marzo de 2026

BOXEADORES DE EL BLUFF

 


En aquellos años, cuando caía la noche sobre El Bluff y el viento del mar caminaba por el andén, bastaba que alguien sacara unos guantes para que el puerto entero supiera que habría pelea. No era nada oficial, claro. Eran combates de chavalos, nacidos de rivalidades pequeñas y orgullos enormes. Peleaban como si el campeonato del mundo estuviera en juego.

Frente a la casa de los abuelos, debajo de un poste de luz eléctrica nos poníamos los guantes de boxear. El foco amarillo colgaba alto y alumbraba el andén. Más allá se sentía el viento del mar que venía del lado del muelle y movía las hojas de los almendros.

Los vecinos y los del lado de la capilla de la iglesia católica y más allá, se hacían cita para ver quiénes eran los boxeadores en turno de esa tarde noche. Poco a poco se armaba el círculo de gente, todos de pie, esperando que sonara el primer golpe.

No todos lo sabíamos, pero las peleas estaban amarradas por conflictos entre chavalos, ya sea porque uno le partió en dos el trompo al otro, porque le dio una patada jugando fútbol, un codazo mal intencionado jugando basquetbol, porque a ese también le gustaba la misma chavala.

Cosas que provocaban arrechura, enemistades o simplemente que, con los guantes puestos, nos íbamos a medir para determinar quién era el mejor. Eran asuntos muy serios para nosotros, aunque vistos hoy, eran pleitos que el viento del mar se llevaba antes de la medianoche.

El boxeo era uno de los deportes favoritos de los chavalos de esa época, entre 1970 y 1975. Nos entraba por la vista. Mirábamos revistas de boxeo, entre ellas The Ring, que don Chon Benavidez le compraba a sus hijos, Pilón y Javier.

Allí mirábamos a los mejores boxeadores mexicanos de la época: Rubén “Púas” Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera, Romeo Anaya, Carlos “Cañas” Zárate, entre otros.

Y también mirábamos los artículos de boxeo que aparecían en la propaganda: guantes, vendas para proteger muñecas y nudillos, cuerdas para saltar, protector bucal y casco, y botas de boxeo. También aparecían peras locas y sacos.

Cada quién decía lo que quería y nos llenábamos de ilusión.

—Yo quiero ser como Olivares.

—No hombre, yo soy Chucho Castillo.

Al caer la noche, en la cancha que estaba ubicada frente a la casa de don Chon Benavidez, se organizaban peleas entre voluntarios que se tenían ganas. Se hacía un redondel humano. Los contrincantes se ponían los guantes rojos profesionales de Javier y los cascos protectores y se hacía la pelea a tres round de tres minutos cada una con su respectivo tiempo de descanso. Todo muy reglamentario, como si estuviéramos en el Madison Square Garden.

Entre los chavalos que más se entusiasmaban con aquellas peleas estaba Chepito Corea, que desde entonces mostraba gusto por el boxeo.

Cada peleador tenía su barra y se escuchaban los alaridos:

—¡Dale, dale!

—¡Tirá jab!

—¡Tirá gancho!

Y las grandes carcajadas de los espectadores cuando alguien tiraba un golpe al aire o se enredaba en sus propios pies. A veces se oía el golpe seco de los guantes, otras veces alguien terminaba sentado en el suelo mirando las estrellas que apenas se veían sobre los techos de zinc.

Cuando finalizaba la pelea, el referí, casi siempre una persona mayor e imparcial, le levantaba la mano al ganador. Pero en muchas ocasiones el perdedor quedaba inconforme y la pelea continuaba al lado de la cancha a cachimbazos limpios, ya sin reglamento ni árbitro.

Pero la mayor ilusión que teníamos era ver las peleas de los grandes por la televisión. Y como eran pocas las familias de El Bluff que tenían televisor, nos agrupábamos en la casa de mi tío Felipe y tía Merchú para ver los grandes boxeadores junto con los adultos que eran aficionados, entre ellos el siempre recordado Isidro Sandino, que lo vi pasar del rango de teniente a capitán, mayor y coronel de la guardia y jefe de los guardacostas.

En esa sala, con gente sentada en sillas, en el piso y hasta en las ventanas, vi a Alexis Argüello, Roberto Durán, Carlos Monzón, Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y otros campeones de esa época en sus grandes peleas. En aquellos años el boxeo era una fiebre en todo el Caribe, y cada muchacho soñaba con ser campeón del mundo.

En varias ocasiones, las rencillas entre chavalos se manifestaban al ardor de los combates de los campeones. En una de ellas, Kalilita comenzó a darle bromas a un chavalo, cosas entre ellos que lo enojaban, desde una ventana lateral, mientras el otro estaba sentado en el piso de la sala. Primero eran bromas. Después jodedera.

Y de tanta jodedera, viendo el avance de los rounds del combate, ya super enchilado, salió al corredor y allí escenificaron una pelea al estilo peso pluma. Intercambiaron golpes, se armó el alboroto, la gritadera, y se detuvieron al sentir la fuerza de Sandino que los agarraba de la camisa y separaba.

—Si siguen jodiendo y no dejan ver la pelea, yo mismo los agarro a fajazos —dijo.

Y santo remedio. Calladitos los dos el resto de la velada boxística.

Veladas boxísticas también se organizaban en el cine Renith. Allí, con el cine lleno y entrada pagada, se enfrentaban aquellos que siempre tenían rivalidad. Entre ellos recuerdo pelear en el cine a Antonio Mejía, llamado “El Chingorro”, Francisco Lanuza, alias “Zamba Larga”, Winston Hayman conocido como “Mau Mau”, Guillermo Espinoza “El Guerri” y Chepito Corea. Para nosotros eran los campeones del puerto.

En esos años el boxeo también movía mucha gente en Bluefields, donde las veladas aficionadas eran parte de las fiestas y atraían a jóvenes de las diferentes etnias de los barrios de la ciudad. 

Con el paso de los años, la atención y el entusiasmo se fue trasladando a otros deportes como el béisbol, fútbol y basquetbol. Aquellas peleas en la cancha quedaron como recuerdos de una época en que los chavalos soñábamos con ser campeones.

Pero para algunos el boxeo no fue solo un juego de infancia. Se convirtió en parte de su vida. Ese fue el caso de Chepito Corea, uno de los chavalos de aquellos años. Con el tiempo se dedicó al boxeo con disciplina y pasión. Boxeó, entrenó y formó clubes de boxeo en El Bluff y Bluefields, enseñando a nuevas generaciones el arte del pugilismo.

Y quién sabe… tal vez todo comenzó una de aquellas noches, bajo la luz amarilla de aquel poste frente a la casa de mis abuelos.

 

 

12 de marzo de 2026.
Foto: Internet.


miércoles, 18 de marzo de 2026

LA MUJER QUE CAMINA MIRANDO EL SUELO EN NUEVA GUINEA

 


La primera vez que la vi caminaba por el parque. Pensé: una nueva caminante mañanera. Pero no era una caminata cualquiera. En Nueva Guinea hay una mujer que camina siempre mirando el suelo.

No importa si llueve y las calles se vuelven lodazales, o como ahora en verano, cuando el lodo se volvió polvo y las chicharras gigantes del trópico húmedo gritan desesperadas por el calor.

Ella camina. Camina sola por todas las calles del pueblo, con la vista clavada en el suelo, sin mirar a los lados, como si buscara algo que se le perdió hace mucho tiempo. Va de día y también de noche. Parece no descansar nunca.

Siempre lleva vestido; a veces va de falda y blusa. Nunca la he visto con pantalones. Camina hablando en voz alta consigo misma, como si rezara o discutiera con alguien que solo ella puede ver. Calza chinelas de hule y sus pasos cortos muestran el cansancio del cuerpo. No tiene prisa. Da la impresión de que ya caminó todo lo que la vida tenía para darle.

Temprano por la mañana, cuando la neblina todavía se queda suspendida sobre los techos de zinc y el polvo de las calles aún no se levanta, su figura aparece entre la bruma. Se acerca a los cubos de basura. Se detiene. Mira alrededor, siempre con la cabeza gacha. Los zopilotes se espantan y levantan vuelo con un aleteo torpe.

Ella habla. Sigue con su balbuceo de palabras que no logro entender, un murmullo parecido al sonido de los remolinos del río El Zapote, allá por la Pedrera, cuando el agua gira lenta entre las piedras. Después continúa caminando.

La he visto pasar por los alrededores del parque, por la alcaldía, por la rotonda de Sandino y la de los Cuatro Evangelios, por la iglesia católica y todas las evangélicas, por el mercado, por la PRICA, por el instituto. Por todos lados.

Una mañana la vi en el andén de la plaza parque nueva. El sol apenas comenzaba a levantar el polvo de la calle. Las chicharras ya cantaban desde los árboles del parque La Chevita. Una mujer joven que barría el andén le dijo en tono suave:

—Buenos días, doña Cándida.

Ella no levantó la cabeza, pero se detuvo un instante. Murmuró algo que nadie pudo entender, como si hablara con alguien que caminaba a su lado. Luego siguió su camino. La muchacha dejó de barrer por un momento y la miró alejarse. Después volvió a su escoba. Y la mujer siguió caminando.

Es incansable. En los días de verano el sol cae duro sobre las calles, el polvo se levanta con cada paso de las motos y los taxis mientras las chicharras cantan como si el monte estuviera ardiendo. Y ahí va ella. A veces se detiene frente a una panadería. Las buenas mujeres del pueblo, solidarias, le regalan un pan. En otros lados le dan agua. Las güirileras le pasan una caliente envuelta en plástico, pelona, sin crema ni cuajada. Ella la recibe. Camina mascando despacio. Pero nunca levanta la cabeza. Siempre hablando. Siempre viendo el suelo.

Pasa varios días con el mismo vestido. Se ve sucia. El cabello enredado por el polvo y el sol. Pero de pronto aparece con ropa distinta.

Entonces me pregunto quién la cuida, por qué la dejan caminar perdida por las calles. ¿Padece alguna enfermedad de la mente? Una vez hablé con un familiar de ella y me dijo que un día, de pronto, comenzó a comportarse de manera rara, que la han llevado al médico y que no tiene remedio, que hacen el esfuerzo por cuidarla, pero que no la pueden detener, que a veces sale de la casa a escondidas, deja la puerta abierta y se pierde por las calles de la ciudad sin que ellos tengan noticias de ella. Como una anécdota, sonriendo, me contó que en una ocasión hizo viaje a Costa Rica, llegó hasta la frontera… y de allí no pasó.

Ahora la pregunta cambia. Ya no es por qué la dejan, sino cómo se detiene a alguien que no quiere detenerse, cómo se cuida a quien decide andar. Y aun así queda otra pregunta: ¿por qué la sociedad se acostumbra a verla y deja de mirarla? Una mujer que ya carga muchos años, tal vez más de sesenta, y que sigue caminando.

Pero también ocurre algo cuando cae la noche. Cuando el calor del día se apaga y el pueblo va quedando en silencio, la mujer que camina viendo el suelo se cansa. Entonces aparecen manos y corazones buenos, personas bondadosas que le dan posada: alguna casa le abre una puerta, un corredor le ofrece un rincón, una hamaca o una cama sencilla donde pueda estirar su cuerpo cansado. Allí duerme, duerme ligero, unas pocas horas nada más. Porque cuando el gallo canta y la primera claridad del amanecer empieza a dibujar los árboles del parque, ella ya está de pie otra vez, se acomoda su vestido, baja la cabeza y vuelve a caminar.

Así pasan los días. Camina lento. Y mientras la ciudad cambia, crece y se vuelve otra, ella sigue andando por las mismas calles, con la cabeza gacha y con sus pasos cortos. A veces pienso que, si un día decide seguir caminando más allá de lo que conocemos, nadie sabrá exactamente hasta dónde puede llegar.

Pero mientras ese día llega, Cándida sigue aquí, bajo el sol duro del verano, entre el polvo de las calles y el canto insistente de las chicharras, dejando, sin saberlo, sus huellas marcadas en esta nueva Nueva Guinea.

Huellas pequeñas, casi invisibles, pero tan reales como las de todos los que caminamos por estas mismas calles. Porque también los olvidados escriben la historia de un pueblo.


16 de marzo de 2026.
 Foto propia.




jueves, 12 de marzo de 2026

CAYMAN ROCK

 



La competencia de pesca de Mayo Ya es esperada cada año por aficionados y turistas. Nosotros tres —Rafael, Joaquín y yo— también nos anotamos en el torneo, con nuestras cañas, anzuelos, engañadores, carnada y la esperanza de que el mar ese día estuviera de nuestro lado.

Aquella mañana abordamos una panga y navegamos hacia Rama Cay. El oleaje estaba tranquilo. Bandadas de pájaros nos sobrevolaban nerviosos, como si supieran algo que nosotros aún ignorábamos. El sol resplandecía sobre la inmensa piel de la bahía de Bluefields.

Pero el tiempo manda. Pasaron tres horas tirando líneas por aquí y por allá, y nada picaba.

—Nada hacemos aquí —dijo Rafael.

—Es tiempo de movernos —agregó Joaquín.

Así que salimos de la bahía rumbo a Cayman Rock. El aire olía a sal vieja y a sargazo calentado por el sol. La panga avanzaba con el motor ronco, mascando el agua verde de la bahía.

Dicen que en Cayman Rock, aun cuando los peces hayan desaparecido del mar, siempre queda alguno esperando el anzuelo.

Al salir por la barra de El Bluff, con la loma del faro a nuestra izquierda, vimos avanzar el viento sobre el agua. Venía como una sombra oscura corriendo sobre el espejo del mar.

—No se preocupen, siempre ocurre —dijo El Macho, el panguero.

Nos quedamos sentados esperando que pasara.

—Se acerca, mirá cómo levanta el agua —dijo Rafael, con un poco de temor.

Nos aferramos a la panga y ajustamos los viejos salvavidas.

Entonces llegó.

Sentí el golpe en el pecho. El viento me sacudió la cara y me alborotó el pelo. Una lluvia fina de sal nos pegó en el rostro. El cuerpo se me erizó como cuando una mujer te toca con ganas de quedarse.

Las olas golpeaban el casco de fibra de vidrio, el toldo de lona quería desprenderse y las aves marinas enloquecían. La panga se levantaba, caía y volvía a levantarse sobre el lomo oscuro de las olas. Por un momento parecía que el mar jugaba con nosotros.

Después siguió su rumbo. Entró por la barra cabalgando el oleaje como un caballo del mar, en dirección a la costa de la isla del Venado.

—Qué maravilla —dijo Joaquín—. Nunca había visto algo igual.

El agua cambió de verde a un azul oscuro y profundo cuando doblamos hacia el norte y nos acercamos a Cayman Rock.

—Nunca van a tener mejor pesca que en Cayman Rock —les dije riendo.

Cayman Rock es apenas un lomo de piedra levantado en el mar, a unos once kilómetros de El Bluff y tres kilómetros mar adentro de la línea de playa. No hay árboles ni sombra. Solo roca desnuda golpeada por el viento y la sal.

Allí viven las aves marinas. Llegan en bandadas, llenan la roca con su griterío, hacen sus nidos en las grietas y ponen sus huevos sobre la piedra caliente mientras el mar respira alrededor.

Al atardecer llegó la recompensa. Rafael atrapó y sacó del agua un barracuda enorme. Medía un metro con cincuenta y siete centímetros y pesaba veintinueve libras con ocho décimas. Un pez largo, plateado, con la boca llena de dientes finos como agujas.

Estaba vivo y furioso cuando cayó dentro de la panga. Golpeaba el fondo húmedo con su cuerpo duro, como si el mar no quisiera soltarlo tan fácilmente. Sus ojos redondos y fríos miraban todavía hacia el agua, como si en cualquier momento fuera a regresar a su reino.

—Cayman Rock —repetía Rafael con orgullo—. Fue en Cayman Rock.

Joaquín y yo reíamos mientras a Rafael le entregaban el premio del primer lugar en la categoría Barracuda. El sol ya se hundía entre los cayos de la bahía de Bluefields y en el muelle se había juntado un grupo de pescadores y curiosos comentando el tamaño del pescado. 

Sobre el piso de concreto del muelle, el barracuda brillaba bajo la última luz de la tarde. Su piel plateada se reflejaba como una lámina de metal recién salida del mar.

Y allá, mar adentro, Cayman Rock volvía a quedarse solo, cuidado por el viento, las aves y la noche que caía sobre el Caribe, mientras que en la ciudad se oía el ritmo alegre que ameniza las comparsas en Mayo Ya.

  

Marzo 2026.

Foto: Cortesía de Rafael Alvarez.



domingo, 8 de marzo de 2026

MUJERES

 



Mis abuelas, mi madre, mis tías,

mis primas, mi hija, mi mujer.

Mujeres orgullosas, valientes,

decididas, trabajadoras, luchadoras.

 

Lo han hecho todo.

Parir.

Reír.

Llorar.

Luchar.

Decidir.

 

Las he visto madrugar

cuando el gallo rompe la madrugada

y la neblina todavía descansa

sobre los caminos de arena y lodo.

 

Encienden el fogón.

El café levanta su aroma

mientras el día comienza.

 

Las he visto estudiar

con la noche pegada a los ojos

y el cuaderno abierto

sobre la mesa.

 

Las he visto trabajar

donde haga falta sostener la vida.

Mis mujeres no se doblan.

Son solidarias y agarran las riendas

cuando el mundo se desordena.

 

Bailan.

Y cuando bailan

el trópico les despierta en la sangre.

 

Besan.

Abrazan.

Aman.

Transforman la tristeza en alegría.

Llenan de vida

los espacios que habitan.


Ahora las veo.

Todas juntas.

Agarradas de la mano.

Con la frente en alto.

 

Caminan hacia el futuro.

El viento acaricia sus rostros.

Sus ojos van llenos de luz.

 

 

 

7 de marzo de 2026.

Foto: Internet.


miércoles, 4 de marzo de 2026

NUEVA GUINEA: 61 AÑOS DESPUÉS

El proceso histórico de Nueva Guinea no puede entenderse sin sus elementos urbanos e infraestructurales, porque cada uno marcó una etapa distinta de desarrollo. 

En la colonización espontanea, el aislamiento era total. No había trocha y cuando la abrieron solo servía en verano. Cuando llegaban las lluvias, el suelo se convertía en lodo. La Camiona, un gancho de un árbol inmenso, duro, con un barandal y piso de madera jalado por un tractor, era prácticamente el único medio para traer provisiones o salir del territorio. Conseguir un cupo era un privilegio. Esa etapa estuvo marcada por la supervivencia y el esfuerzo pionero. 

Con la colonización planificada (PRICA I y II), se estructuraron las colonias bajo un modelo organizado, llegaron maestros y agrónomos del IAN, se construyó La Ciudadela y se consolidó la presencia del Estado. Entre 1966 y 1972 se construyó la pista aérea con trabajo comunitario, y entre 1970 y 1972 la carretera (trocha de macadán) conectó definitivamente a Nueva Guinea con el resto del país. Fue el paso del aislamiento a la integración.

Luego vino la guerra y la ruptura del desarrollo. La pista tuvo uso estratégico, en Los Pintos un Centro Regional de Servicios quedó inconcluso y terminó como base militar. El conflicto armado, sumado al huracán Juana en 1988, dejó una zona profundamente golpeada, en lo sociodemográfico y económico. El casco urbano creció aceleradamente con florecimiento de barrios de plástico.

A partir de los años noventa, con la construcción de la carretera pavimentada a La Curva, comenzó la reactivación. El comercio creció, la ciudad se expandió y Nueva Guinea se volvió un lugar atractivo y productivo. Pero también aparecieron retos como el crecimiento desordenado y la migración de los jóvenes.

En los últimos años se han dado mejoras importantes en los servicios básicos: más y mejores escuelas, ampliación del agua potable, viviendas, alcantarillado sanitario, hospital moderno, centros de salud, espacios culturales, parques y plazas públicas. Apoyo a emprendimientos comerciales y mejora de calles y caminos han sido importantes. Nueva Guinea, con la carretera a Bluefields, se ha transformado en un centro de desarrollo regional de gran importancia en el Caribe Sur. Estos son avances reales que han elevado la calidad de vida de la población y la economía local.

Sin embargo, el reto sigue siendo convertir el crecimiento en desarrollo sostenible. La visión de futuro pasa por generar más y mejores empleos, fortalecer la educación universitaria y técnica, impulsar la agroindustria, el turismo rural y gestionar el territorio con responsabilidad ambiental. Y, sobre todo, integrar la identidad campesina. Nueva Guinea nació del campo, de la tierra y del trabajo agropecuario; esa raíz no puede perderse. Al mismo tiempo, hoy es ciudad, comercio y servicios. Ambas dimensiones, urbano – rural, deben caminar juntas.

El desafío es modernizar sin desarraigar, crecer sin perder identidad, y ofrecer oportunidades para que los jóvenes se queden.

En definitiva, la Camiona simboliza el sacrificio; la pista, la organización; la carretera, la integración; y la ciudad, la transformación. Ahora la tarea es consolidad un desarrollo con identidad propia, buscar el equilibrio entre el campo y la ciudad, y el bienestar real para todos.

 

1 de marzo de 2026

Foto: Plaza parque de Nueva Guinea. 

domingo, 1 de marzo de 2026

PENSANDO EN VOS NUEVA GUINEA


Bajo la sombra de las caobas, con una taza de café, dejo que los pensamientos hagan su trabajo y pienso en vos, Nueva Guinea.

No sos solo calles para mí. Sos mi memoria caminando descalza sobre tu lodo antiguo, ese barro que fue trabajo y carácter.

El café al estilo salvadoreño que servía don Pablito en su comedor, no era simplemente café. Era la mañana empujándome a seguir, una voz tibia diciéndome que la vida empezaba temprano y no esperaba a nadie.

Y La Lola, gritando desde la puerta del bus: ¡Managua, Managua!, hacía que la distancia pareciera un sueño posible. El mundo era grande, y mis amigos y yo creíamos que nos cabía entero en el pecho.

Sigfrid pedaleaba con sus cuadernos temblando en la cubeta. No lo sabíamos entonces, pero llevaba futuro en el manubrio, mientras Macolo, entre tuercas y martillos, operaba motores con paciencia de santo y sus manos negras de grasa parecían recordarnos que todo lo que se daña puede volver a encender.

Las tardes no tenían prisa. Allan Forbes soltaba leyendas que flotaban como humo espeso, y las cervezas demoraban el sol como si quisiéramos detener el tiempo sin decirlo en voz alta.

En el monumento de Nueva Guinea, tu monumento, un extranjero preguntaba por una dirección que nadie conocía y daba vueltas entre las piedras y el lodazal, perdido. A veces pienso que así éramos también nosotros, girando dentro de una juventud que parecía eterna.

En El Peñón, el refresco de maracuyá era sol líquido bajando despacio. La torta de piña sabía a tarde larga, a conversación que no quería despedirse.

La música en la Casa Comunal y en el Eclipse 2000 nos movía la sangre como tambor viejo. De jueves a sábado vivíamos como si el lunes no existiera.

El mercado latía con fuerza los martes y jueves. Era ruido, sudor y esperanza mezclada. Los IFA llegaban cubiertos de lodo y mercancías, y nosotros también veníamos llenos de camino.

La pista era una apuesta diaria. Cerdos y caballos cruzando sin apuro, y el avión descendiendo con fe prestada, como si aterrizar fuera un acto de confianza. Y en los meses de verano, bajo la luna llena, esa misma pista nos recibía en silencio. Llegábamos con termos, mesas, bancos y ron, y la convertíamos en celebración sencilla, haciendo de la noche un territorio nuestro.

En el parque central, los enamorados se besaban sobre la tierra tibia mientras los niños peleaban por los columpios como si se disputaran el reino del mundo. La barrera vieja, cada cinco de marzo, se desbordaba en orgullo y multitud, y los jóvenes, hoy viejos, eran sorteadores y montadores de toros.

El gallo pinto de la tía Hilda, a la hora del desayuno, sabía a casa firme. Donde la Mencha, el pollo asado ardía como noche joven y las cervezas enfriaban las penas. La cantina de las Pellejos guardaba risas que todavía resuenan en la memoria.

Los cuartitos del hotel de Cruz Robles guardan secretos de paredes delgadas. Respiran historias que nunca se cuentan completas, murmullos que el calor y la noche dejaban suspendidos en el aire. En verano, cuando el calor se volvía insoportable, salía a recoger la carpa del camastro de un camión para tender la hamaca buscando un poco de brisa. Dormir era pactar con el sudor. Y el turno del baño llegaba a las cuatro de la mañana, cuando el agua fría del amanecer caía sobre el cuerpo como un golpe limpio que despertaba más que el sol. No era sacrificio; era simplemente la vida que llevábamos.

El río El Zapote nos enseñó a nadar contra corriente, a reír con el agua hasta el cuello, a resistir. En las corrientes y pozas del río Plata pescábamos sábalos y guapotes laguneros por pura diversión entre amigos, como si el tiempo no tuviera apuro y la vida se midiera en carcajadas mojadas.

Los viajes a tus colonias, cercanas pero distantes, eran encuentros de esperanza. En esos caminos fuimos sembrando amistades que el tiempo convirtió en lazos entrañables.

Y en sesiones de trabajo, reunidos alrededor de una mesa sencilla, compas y contras, fundadores y técnicos, funcionarios y autoridades, dejábamos atrás diferencias para pensar en vos. Entre discusiones largas y café compartido, dibujábamos sueños de futuro que hoy caminan como presente.

Tus mujeres, siempre guapas, hermosas, firmes y constantes, han sostenido tu bienestar con trabajo y visión. En noches lluviosas o sudorosas de verano siguen soñándote, creyendo en un mañana mejor y empujándolo con sus manos.

Y así pasaron los años. Te desarrollaste en poco tiempo, como una niña que crece y se vuelve mujer sin perder sus encantos primeros. Otras generaciones comenzaron a soñarte también, dándote nuevo pulso y nuevas preguntas.

Tus calles fueron lodo y luego polvo. Madrugadas mojadas. Veranos ásperos. Y en cada etapa dejamos algo de nosotros.

Miro que el café ya se enfría entre mis manos. No te extraño, Nueva Guinea. Extraño la juventud que dejé en vos y que todavía camina conmigo.


 

 24 de febrero de 2025

Foto propia: Monumento de Nueva Guinea.