domingo, 1 de marzo de 2026

PENSANDO EN VOS NUEVA GUINEA


Bajo la sombra de las caobas, con una taza de café, dejo que los pensamientos hagan su trabajo y pienso en vos, Nueva Guinea.

No sos solo calles para mí. Sos mi memoria caminando descalza sobre tu lodo antiguo, ese barro que fue trabajo y carácter.

El café al estilo salvadoreño que servía don Pablito en su comedor, no era simplemente café. Era la mañana empujándome a seguir, una voz tibia diciéndome que la vida empezaba temprano y no esperaba a nadie.

Y La Lola, gritando desde la puerta del bus: ¡Managua, Managua!, hacía que la distancia pareciera un sueño posible. El mundo era grande, y mis amigos y yo creíamos que nos cabía entero en el pecho.

Sigfrid pedaleaba con sus cuadernos temblando en la cubeta. No lo sabíamos entonces, pero llevaba futuro en el manubrio, mientras Macolo, entre tuercas y martillos, operaba motores con paciencia de santo y sus manos negras de grasa parecían recordarnos que todo lo que se daña puede volver a encender.

Las tardes no tenían prisa. Allan Forbes soltaba leyendas que flotaban como humo espeso, y las cervezas demoraban el sol como si quisiéramos detener el tiempo sin decirlo en voz alta.

En el monumento de Nueva Guinea, tu monumento, un extranjero preguntaba por una dirección que nadie conocía y daba vueltas entre las piedras y el lodazal, perdido. A veces pienso que así éramos también nosotros, girando dentro de una juventud que parecía eterna.

En El Peñón, el refresco de maracuyá era sol líquido bajando despacio. La torta de piña sabía a tarde larga, a conversación que no quería despedirse.

La música en la Casa Comunal y en el Eclipse 2000 nos movía la sangre como tambor viejo. De jueves a sábado vivíamos como si el lunes no existiera.

El mercado latía con fuerza los martes y jueves. Era ruido, sudor y esperanza mezclada. Los IFA llegaban cubiertos de lodo y mercancías, y nosotros también veníamos llenos de camino.

La pista era una apuesta diaria. Cerdos y caballos cruzando sin apuro, y el avión descendiendo con fe prestada, como si aterrizar fuera un acto de confianza. Y en los meses de verano, bajo la luna llena, esa misma pista nos recibía en silencio. Llegábamos con termos, mesas, bancos y ron, y la convertíamos en celebración sencilla, haciendo de la noche un territorio nuestro.

En el parque central, los enamorados se besaban sobre la tierra tibia mientras los niños peleaban por los columpios como si se disputaran el reino del mundo. La barrera vieja, cada cinco de marzo, se desbordaba en orgullo y multitud, y los jóvenes, hoy viejos, eran sorteadores y montadores de toros.

El gallo pinto de la tía Hilda, a la hora del desayuno, sabía a casa firme. Donde la Mencha, el pollo asado ardía como noche joven y las cervezas enfriaban las penas. La cantina de las Pellejos guardaba risas que todavía resuenan en la memoria.

Los cuartitos del hotel de Cruz Robles guardan secretos de paredes delgadas. Respiran historias que nunca se cuentan completas, murmullos que el calor y la noche dejaban suspendidos en el aire. En verano, cuando el calor se volvía insoportable, salía a recoger la carpa del camastro de un camión para tender la hamaca buscando un poco de brisa. Dormir era pactar con el sudor. Y el turno del baño llegaba a las cuatro de la mañana, cuando el agua fría del amanecer caía sobre el cuerpo como un golpe limpio que despertaba más que el sol. No era sacrificio; era simplemente la vida que llevábamos.

El río El Zapote nos enseñó a nadar contra corriente, a reír con el agua hasta el cuello, a resistir. En las corrientes y pozas del río Plata pescábamos sábalos y guapotes laguneros por pura diversión entre amigos, como si el tiempo no tuviera apuro y la vida se midiera en carcajadas mojadas.

Los viajes a tus colonias, cercanas pero distantes, eran encuentros de esperanza. En esos caminos fuimos sembrando amistades que el tiempo convirtió en lazos entrañables.

Y en sesiones de trabajo, reunidos alrededor de una mesa sencilla, compas y contras, fundadores y técnicos, funcionarios y autoridades, dejábamos atrás diferencias para pensar en vos. Entre discusiones largas y café compartido, dibujábamos sueños de futuro que hoy caminan como presente.

Tus mujeres, siempre guapas, hermosas, firmes y constantes, han sostenido tu bienestar con trabajo y visión. En noches lluviosas o sudorosas de verano siguen soñándote, creyendo en un mañana mejor y empujándolo con sus manos.

Y así pasaron los años. Te desarrollaste en poco tiempo, como una niña que crece y se vuelve mujer sin perder sus encantos primeros. Otras generaciones comenzaron a soñarte también, dándote nuevo pulso y nuevas preguntas.

Tus calles fueron lodo y luego polvo. Madrugadas mojadas. Veranos ásperos. Y en cada etapa dejamos algo de nosotros.

Miro que el café ya se enfría entre mis manos. No te extraño, Nueva Guinea. Extraño la juventud que dejé en vos y que todavía camina conmigo.


 

 24 de febrero de 2025

Foto propia: Monumento de Nueva Guinea.


jueves, 26 de febrero de 2026

MI AMIGO, EL POETA


La luz del atardecer
era algo más que la caída del sol
para él.
Era fuego ardiendo en el horizonte
sobre la montaña.
Decía que era una bola de oro
pintando cerros y llanos,
las copas de los árboles
y las llanuras.

Creció en Nueva Guinea,
pero no como quien crece en un sitio,
sino como quien crece dentro de un pecho.
La nombraba como se nombra a una madre,
como se nombra a una novia
cuando nadie escucha.

Nueva Guinea no era calles de polvo solamente,
ni barro pegado a los zapatos,
ni música alta en las esquinas.
Era una mujer de manos abiertas,
con olor a cacao y tierra mojada,
que lo miraba escribir
desde los corredores de madera.

Él le hablaba en silencio.
Le cantaba sus versos
como quien devuelve un favor antiguo.
Le decía que era fuerte,
aunque estuviera herida.
Que era hermosa,
aunque no lo supiera.

El cielo ya no era simplemente cielo,
sino una bóveda hermosa
pintada de naranja y chocolate,
con nubes doradas viajando lento.

“Son copas de oro que se rebalsan
en manos divinas”, decía.
Y el mérito
no era del sol que se va
y nos deja en la oscuridad.

Sus ojos guardaban un manto
para mirar lo gris y tenebroso
con el encanto de la fe
y la esperanza,
manteniendo su corazón
fresco y alegre.

A nosotros,
que solo vemos la crudeza del mundo,
nos entregó, generosamente,
una visión distinta,
sin egoísmos.

Pero no lo sabíamos,
y lo rechazábamos.
“Es un loco, fuera de este mundo”,
decíamos.

Era invitado a actos solemnes,
pero llegaba sencillo, sin pompa.
Hablaba poco, miraba mucho,
y al final todos callaban para oírlo.

Recorría festivales de poesía por todo el país,
un país de poetas,
y aun así lograba sorprenderlos.
No por ruido,
sino por esa calma
que dejaba temblando al que lo escuchaba.

Y cuando volvía,
siempre volvía,
era a su Nueva Guinea
a quien primero buscaba con la mirada.

Era mi amigo, el poeta.


20 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


sábado, 21 de febrero de 2026

SEMBRAR PARA QUEDARSE

 


El polvo de aquella mañana de marzo todavía parece flotar en el aire cuando Josefa Mejía empieza a hablar. Han pasado más de cincuenta años, pero ella lo recuerda con una claridad que estremece. El sol caía sin piedad sobre la pista de tierra, el viento golpeaba de frente y un avión enorme acababa de abrir su vientre para dejarla allí, sola, en medio de la montaña. Hoy está sentada en el corredor de su casa de madera, pequeña y firme como siempre, y sus ojos vivarachos siguen brillando como si el tiempo no hubiera pasado.

—Esos fueron los mejores años de mi vida.

Recuerda el avión enorme, como si una bestia hubiera abierto el vientre para vomitar en aquella montaña desconocida. Venía como damnificada del terremoto de Managua, igual que muchas. Otras venían buscando horizontes nuevos porque ya no había trabajo, porque estaban cansadas de servir en casas ajenas o de ver a sus familias explotadas en algodoneras y cañaverales.

Allí estaba ella, en el centro de la pista, con sus cositas dentro de un saco de bramante y un bolso de lona al hombro. El viento seco le alborotaba el pelo. El polvazal golpeaba de frente. Era un mes duro del verano.

Un hombre con lápiz y cuaderno preguntaba nombre y procedencia. Luego les indicaron caminar hacia una gran casa de campaña. Tres filas de gente. Aviones que aterrizaban y despegaban sin descanso. Cuatro bajaron esa tarde. Nadie conocía a nadie.

Le habían prometido tierra.

—¡Tierras, hija, tierras! —le dijo su mamá—. Probá suerte. Nada pedrés.

Pero vino la desilusión. La tierra solo se entregaría a parejas.

Aquella noche durmió bajo el alero de una iglesia recién construida. Varias mujeres solas hicieron un redondel y se acomodaron juntas. El frío de la madrugada las obligó a ovillarse. El calor humano fue el primer milagro en aquella montaña.

Al amanecer les dieron café, tortillas con cuajada y frijoles tiernos. El humo subía espeso. Se oían chicharras escondidas entre el monte cercano y el olor a tierra caliente mezclado con madera fresca recién cortada llenaba el aire.

Frente al rancho de paja, un hombre de lentes gruesos se subió a un tractor de oruga. Habló del proyecto, de colonizar aquellas tierras, de convertir el monte en producción, de futuro. La gente gritaba y aplaudía.

Hasta que volvió la advertencia: sin pareja, no había tierra.

Sintió la soledad como un machetazo. Pensó en Gilberto, su novio, que no quiso venir por miedo a la montaña y a los peligros. Allí entendió algo: el miedo no siembra nada.

Al día siguiente reunieron a los solteros. Mujeres a la izquierda. Hombres a la derecha.

—Mírense. Conózcanse. Decidan —dijo el administrador—. Todos vinieron por un pedazo de tierra.

El viento soplaba fuerte sobre la pista. Ella miraba sin saber a quién mirar.

Y entonces lo vio. Moreno. Cabello negro, un poco crespo. Espalda ancha. Ojos serenos. Se llamaba Julián. No habló mucho. Le dijo algo sencillo:

—Si vamos a sembrar, que sea para quedarnos.

No fue una declaración romántica. Fue una promesa de trabajo. Ella sintió que esas palabras pesaban más que cualquier miedo. Se emparejaron.

Les dieron tierra. Monte cerrado. Árboles gruesos. Lianas. Zancudos. El canto lejano de monos al amanecer. No había nada fácil.

Vinieron los años duros. Madrugadas con machete. Lluvias interminables golpeando el techo de zinc. Meses de sequías que cuarteaban la tierra. Hijos naciendo mientras el viento silbaba entre las tablas de la casa recién levantada.

Pero también llegaron las primeras mazorcas. Los frijoles verdes asomando. El olor a tierra mojada después del primer invierno. El maíz alto como esperanza.

La montaña dejó de ser amenaza. Se volvió hogar.

—Ha sido una gran aventura —dice ahora.

Desde el corredor mira a sus nietos correr descalzos por el patio. Uno tropieza y se levanta riendo. Julián sale despacio, con paso ya lento, pero firme. Los llama por sus nombres.

El sol de la tarde cae sobre los potreros que antes fueron monte cerrado. El viento mueve las hojas de los robles y las acacias.

Josefa lo mira a él. Luego mira la tierra. Y entiende que aquella muchacha que bajó del avión con miedo y un saco de bramante no perdió nada.

Ganó compañero. Ganó hijos. Ganó raíces.

Y en marzo seco, mientras el polvo vuelve a levantarse suave sobre el camino, Josefa sonríe. Porque sembró sin garantías… y cosechó un mundo entero.

 

 

21 de febrero de 2026.

Foto: Internet.


domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.


domingo, 8 de febrero de 2026

POSTALES

 



Son postales que veo en el teléfono.

Fotos en su estado.

Paisajes majestuosos:

el mar,

las rocas,

las olas,

el sol cayendo al final de día.

 

Sé que va solo por esos lugares.

Va con su caña de pescar al hombro,

como si necesitara cargar algo

para no desmoronarse

ante el silencio.

 

Lleva gafas oscuras.

No por el sol,

sino para esconder el dolor

que le tiembla en la mirada.

 

Camiseta manga larga,

para que el sol no lo queme,

aunque por dentro

la soledad hierva

sin escape.

 

Cuando veo esas postales

me golpean el alma

como el mar reventando contra las rocas.

Una y otra vez.

Sin aviso.

 

Por bellas que sean,

mi corazón se encoge.

Algo se clava

y sangra por dentro.

Eso duele.

 

Y aun así,

siempre estoy pendiente.

Las miro.

Vuelvo a mirarlas.

 

El mar azul,

los veleros,

los engañadores que utiliza,

los peces que ha pescado

y cuyos nombres escribe

como si al hacerlo

no estuviera tan solo.

 

Escucho sin oír.

No escucho el rumor del mar

ni los latidos

de su corazón aislado.

 

Pero yo sé

—y eso es lo que más duele—

que va allí

a matar el tiempo,

a lanzar la caña,

no al mar,

sino a su propia soledad.

 

En esas imágenes no hay queja.

Todo parece bello,

acogedor,

en calma.

 

Pero aun así,

cada vez que veo sus postales,

me traslado a su lado.

 

Camino con él,

entre sal y viento,

miro el mismo horizonte,

respiro el mismo silencio.

 

Y entonces lo entiendo:

de ahí no nace solo el dolor.

De esa soledad surge su fuerza,

una fuerza callada,

hecha de resistencia

y de tiempo.

 

La paz no llega como premio,

llega como aprendizaje.

 

Y en medio del mar abierto,

no huye de sí mismo:

se encuentra.

 

  

7 de febrero de 2025.

Foto: Ronald Jr.


domingo, 1 de febrero de 2026

MI BARCO

 


Desde hace muchos años

he pensado en tener mi propio barco.

No como lujo,

sino como punto de encuentro.

Hace unos meses lo ordené

y ahora lo espero

amarrado al muelle de Pearl Lagoon,

mirando el agua y el manglar.

 

Será un barco sencillo, 

de madera, pero firme,

donde la amistad no sea discurso

sino costumbre,

donde la paz se sienta

como el vaivén de las olas

y el amor

como sal que se adhiere a la piel.

 

Desde ya ruedan invitaciones,

no en sobres finos,

sino en la memoria y el afecto.

Vendrán familiares,

amigos de toda la vida,

brothers de Bluefields,

Managua, Juigalpa y Nueva Guinea,

rostros curtidos por el sol,

manos que saben remar juntas

aunque no se vean seguido.

 

El barco es grande,

lo suficiente para todos,

solos o acompañados,

porque aquí nadie estorba

y nadie sobra.

 

Haremos travesía por Laguna de Perlas:

Orinoco, Wawashang y Tasbapounie

donde haremos el haul over para salir

de la laguna al mar.

Iremos a los Cayos,

tocaremos Corn Island

y Little Corn Island.

Tal vez San Andrés,

si el viento se pone de acuerdo

con nuestras ganas.

 

En cada lugar bajaremos a tierra,

a estirar las piernas,

a saludar a la gente,

a probar su comida,

a escuchar historias nuevas

que se mezclen con las nuestras.

 

Habrá música,

poetas y poetisas,

cantantes con voz de marea,

fiestas sencillas

bajo cocoteros

y atardeceres lentos

que permanecen para siempre.

 

El barco tendrá camarotes

y una cubierta abierta al cielo,

sofás para dejarse caer

y mirar pasar las aves marinas

mientras la luna llena se levanta

sin apuro.

 

Habrá ron, cervezas,

jugos tropicales,

vino si alguien lo prefiere.

Sonará la música que provoque el cuerpo:

salsa, palo de mayo,

merengue, reggae, rock,

lo que pida el momento.

 

El que quiera pescar,

que se prepare.

Los peces saltan

sobre la mar azul

como si también celebrarán.

 

La idea es esa:

reír, comer, beber,

contar lo vivido

sin reloj ni prisa.

 

Otros viajes se quedaron esperando.

Otros barcos nunca zarparon.

 

Navegaremos dejando atrás

una estela clara,

no de espuma,

sino de alegría compartida

y hermandad verdadera.

 

Mi barco los espera.

 

 

 

13 de enero de 2026

Foto: Internet.

 


domingo, 25 de enero de 2026

CASA CERRADA, CAMA OCUPADA

 



En Bluefields la noche no duerme.

Respira.

 

Él la deseaba, 

y pensaba con el cuerpo,

no con la memoria limpia.

 

Su cabello rizado

le caía como algas negras sobre el pecho,

húmedo, vivo.

Su olor seguía ahí:

una mezcla de aceite de coco y miel, 

caliente después del amor la piel, 

ese olor que no se olvida

aunque cambie la cama.

 

Los ojos,

grandes, negros, brillantes,

almendrados como fruta abierta en la sombra,

no miraban;

desnudaban.

 

Boca blanda, carnosa y peligrosa.

De ahí salían murmullos

que todavía golpean su espalda:

o baby,

o yes… o yes,

dichos bajito,

como si la noche pudiera oírlos.

 

Los hombros recibían su peso.

Las manos sabían

cuándo apretar

y cuándo esperar.

 

Los pechos,

opulentos, vivos,

respiraban con la noche.

Los pezones, 

oscuros, firmes y despiertos, 

desafiaban el aire húmedo

mientras ella soltaba,

entre jadeos:

o gad

so nice...

don't stop... o yes...

 

El ombligo,

pequeño abismo,

lo reclamaba siempre.

 

Y las nalgas...

nalgas de diosa caribeña,

anchas, vivas, soberanas,

moviéndose al ritmo

de un tambor invisible,

un tambor antiguo

que no llama al baile

sino al combate.

Ahí ella perdía la voz

en un o yes… más

que le quemó la memoria.

 

Las piernas lo atrapaban

como marea cerrándose,

atrayéndolo hacia su sexo,

tibio, húmedo, salobre y palpitante.

Los pies, descalzos

buscaban suelo

mientras el placer desordenaba la casa.

 

Hasta esa noche.

 

Volvió de un viaje

mercante por los pueblos del litoral

con el cuerpo encendido.

La casa estaba cerrada.

En el corredor brillaba un viejo bombillo.

 

Desde la casa vecina

una radio encendida

escupía reggae lento,

bajo, insistente,

como si alguien celebrara

lo que él venía a perder.

 

Entonces escuchó su voz.

La misma.

Las mismas palabras,

pero para otro.

 

Gemidos conocidos:

o baby,

o gad,

o yes… o yes..

o gad… yes, yes

rebotando en la madera

como golpes secos.

 

Ahí entendió todo en una sola frase:

casa cerrada, cama ocupada.

 

No entró.

No llamó.

 

Dio la vuelta.

Lluvia en los hombros.

Lodo en los zapatos.

Una quiebra plata apagándose

a un lado del camino.

 

El o yes, o yes, lo seguía

en cada paso,

como una pregunta,

desvaneciéndose

en la noche.

Igual que él.

 


 

22 de enero de 2026.



domingo, 18 de enero de 2026

SEVERIANO

 


En el Instituto Nacional de Chontales estudió

y sobresalía sin levantar la voz.

Había en él una manera clara de estar,

una presencia que se imponía sin tamaño.

 

Una tarde, su profesora de inglés,

la niña Mariíta Castrillo,

pasó lista de asistencia.

El aula en silencio.

Los nombres cayendo uno tras otro.

 

—¡Severiano Arnulfo Lumbí Taleno!

Silencio total.

—¿Dónde está Severiano?

—¡Aquí profe!

—¡Póngase de pie!

—¡Estoy de pie!

—¡No lo veo!

 

Las miradas giraron.

Caminó hacia el centro del pasillo

y dijo, claro, sin temblar:

—¡Severiano Lumbí Taleno!

 

La profesora bajó los lentes.

Lo miró con asombro.

Pequeño, liliputiense,

como un niño extraviado entre cuerpos grandes.

—¡Bienvenido! —dijo, casi sonrojada.

—Puede ocupar su lugar.

 

Y ocupó su lugar en el mundo.

 

Hizo amistad con todos.

Trabajó en una sastrería

confeccionando pantalones de varón.

Se graduó de contador,

aplicó en una plaza del Banco Nacional

y la vida lo llevó a Nueva Guinea.

 

Allí fue risa.

Broma.

Alegría constante.

Amor por las mujeres bonitas

y por la noche compartida.

 

Media poco más de un metro,

pero su carcajada cruzaba cantinas.

Hacía amigos rápido.

Tocaba guitarra.

Cantaba.

 

En noches húmedas de Nueva Guinea,

cuando la soledad aprieta,

salía con sus amigos,

de cantina en cantina,

regando historias, canciones y ron.

 

Tenía voz ronca,

hablaba rápido,

como si la vida no le alcanzara

para decir todo lo que llevaba dentro.

Amó y lo amaron.

Fue celoso,

estricto y amante intenso.

 

Conoció las colonias, sus caminos y su gente.

Trabajo en La Esperanza y en Talolinga lo asaltaron

siendo contador de la ventanilla del Banco.

En Nueva Guinea promovió la liga de beisbol

y los festivales de música campesina,

participando en directivas y jurados.

 

Su alegría brillaba más que su estatura.

Y fue muy querido.

Trabajador.

Responsable con los números.

Soñador con los días.

Y con esfuerzo puso su propia cantina.

 

Fue hombre de trabajo,

de música,

de amores

Y de suerte.

Un día raspó La Raspadita.

Cincuenta mil.

La alegría grande.

 

Después la vida se torció.

Como a veces pasa.

 

Una noche lluviosa,

el alcohol,

la traición,

la codicia,

lo mataron por dinero.

 

Pero no fue allí donde terminó.

Su hermano lo llevó a su Juigalpa natal.

Y allí fue sepultado.

Severiano no se quedó bajo tierra.

Sigue en la risa que estalla de repente.

En la guitarra que suena de noche.

En el brindis que se levanta sin razón.

 

Caminó el mundo a su medida

y aun así le quedó grande.

Cantó.

Bebió.

Amó.

Hizo amigos donde llegó.

 

En Nueva Guinea dejó huellas

que no se miden en metros

sino en abrazos,

en juegos de beisbol,

en guitarras sonando de noche,

cantos al amor,

en carcajadas húmedas de ron.

 

Pequeño de cuerpo, sí, 

pero grande en ganas de vivir,

por ello lo levanto en la memoria

como se levanta un brindis:

con alegría,

con música,

con su nombre dicho en voz alta:

¡Severiano!

 



Domingo, 18 de enero 2026.

Foto aportada por la familia y mejorada con IA.