Encontré a Sandra
Calero Borge sentada en una mecedora de madera, en el pequeño negocio que
funciona en su casa, sobre la calle del bulevar, en una esquina casi frente al
estadio donde juegan béisbol y softbol chavalos, mujeres y viejos. Afuera
pasaban camiones, carros y motocicletas; por momentos el ruido de los motores
se metía en la conversación. A su alrededor se amontonaban baldes, maceteras,
utensilios para el hogar y, muy cerca de la mecedora, una estructura con cactus
y plantas suculentas que también vende. Después de tantos años vinculada a
productores, fincas y cultivos, Sandra sigue rodeada de plantas.
Yo había llegado
para preguntarle por una muy distinta.
—Entonces,
Sandrita, contame la historia del mangostín en la finca de Auxilio Mundial.
Sandra comenzó por
buscar una fecha en la memoria.
Según recuerda,
hacia 1997 Auxilio Mundial compró un primer lote de aproximadamente quince
manzanas para establecer una finca en Nueva Guinea. La propiedad estaba junto
al río El Zapote; siguiendo el recorrido del río hacia el este, quedaba a unos
450 metros al sur, hasta el empalme de El Verdún. La intención era introducir
nuevos cultivos tropicales y diversificar la producción.
Por los contactos
que tenía entonces el organismo, llegó una donación de semillas procedentes de
Australia. En el largo recorrido hasta Nueva Guinea muchas perdieron sus
rótulos, de manera que algunas germinaron y crecieron sin que el personal
llegara nunca a saber exactamente qué plantas eran. Entre las que sí lograron
identificar venía el mangostín. Sandra calcula que recibieron entre cuarenta y
cincuenta semillas y que finalmente se estableció una pequeña plantación de
unas cuarenta plantas.
El mangostín no
llegó solo. Entre aquellas semillas aparecieron también la pitanga, una pequeña
fruta roja y algo ácida; la biribá, de la familia de las anonas; el abiú,
parecido a un caimito amarillo, y diferentes variedades de yaca. Algunas de
esas especies lograron quedarse en Nueva Guinea. Sandra asegura que todavía hay
productores que conservan biribá. Otras plantas crecieron, dieron frutos y
pasaron años en la finca sin que nadie lograra determinar con certeza qué eran.
Aquella finca
comenzó a convertirse en una especie de muestrario de frutas tropicales poco
conocidas. Con los años, Sandra calcula que allí llegaron a existir alrededor
de setenta especies de cultivos. Era un lugar diferente, bien cuidado y
diversificado, atravesado por el río El Zapote, que desemboca en La Sardina.
Cuando las primeras
plantas de mangostín comenzaron a producir, fueron los propios trabajadores
quienes probaron la fruta. Y les gustó.
Sandra recuerda
especialmente a Kevin Sanderson, entonces director ejecutivo de Auxilio
Mundial, un norteamericano al que describe como un hombre visionario.
—Él soñaba que
Nueva Guinea iba a ser un municipio muy próspero con todos los frutales
exóticos, con frutales no tradicionales, frutales de trópico húmedo.
Aquel entusiasmo
llevó a ampliar el cultivo. Se establecieron alrededor de tres manzanas
adicionales de mangostín y esta vez las semillas llegaron de una plantación
existente en Kukra Hill, municipio de la Región Autónoma de la Costa Caribe
Sur, donde este frutal logró establecerse y todavía se produce.
Sandra recuerda
haber observado diferencias entre aquellos árboles y los procedentes de las
semillas australianas: los de Kukra Hill daban, según su memoria, una fruta
algo más pequeña; los australianos producían mangostines de mayor tamaño y de
un color ligeramente más claro. En ambos casos, dice, la pulpa era dulce y de
excelente sabor.
El mangostán,
mangostino o mangostín, Garcinia mangostana, es una fruta que llama la atención
desde que uno la tiene en las manos. Al madurar, la cáscara toma un color entre
rojizo y morado oscuro. Es gruesa y, al abrirla, aparece una pulpa blanca
dividida en gajos.
Sandra recuerda
perfectamente el sabor.
—Es un agridulce
que no molesta. Es delicioso. Para mí es una fruta deliciosa. Y agrega algo que
escuchaban decir entonces:
—Dicen que se
conoce como el manjar de los dioses.
Por la calle pasa
un vehículo y durante unos segundos el ruido cubre parte de nuestra
conversación. Sandra espera y continúa.
Cuando la
plantación grande comenzó a producir apareció un problema que nadie había
previsto: había demasiado mangostín. Para entonces,
Auxilio Mundial, que había impulsado la introducción y el establecimiento de
aquellos cultivos, había concluido esa etapa de su trabajo. Pueblos en Acción
Comunitaria, PAC, dio continuidad al manejo de las plantaciones y las cosechas.
Sandra Calero Borge era la responsable de Organización y Capacitación de PAC.
Los trabajadores
consumían parte de la fruta y otra se repartía entre el personal, pero la
producción seguía aumentando. Sandra recuerda una conversación con Mario Pérez
Lejarza, director ejecutivo del PAC.
—¿Qué vamos a hacer
con tanto mangostín?
Había que buscar
consumidores. Pero antes de venderlo había que conseguir algo más difícil: que
la gente supiera qué era aquella fruta morada que casi nadie había visto. Sandra comenzó
entonces un proceso de degustación. Las oficinas de Auxilio Mundial y,
posteriormente, las de PAC quedaban frente al actual supermercado Palí, en la
esquina oeste. Allí colocaban mesas y llevaban sacos de mangostines. Ella
acomodaba las frutas mientras veía pasar a la gente por la acera. Algunos
reducían el paso. Otros se detenían a mirar.
—¿Qué es eso?
La pregunta se
repetía.
—Venga, pase
adelante, pruébelo —les decía Sandra.
Partían el
mangostín, mostraban la pulpa blanca y ofrecían los gajos a quienes aceptaban
probarlos. El propósito inicial no era hacer negocio. Era dar a conocer la
fruta. Si alguien quería comprar después de probarla, se la vendían a tres
córdobas la unidad. Sandra sitúa aquellas primeras jornadas aproximadamente
entre 2006 y 2007.
La gente respondió
bien. El sabor hacía buena parte del trabajo. Al año siguiente ya no era
necesario explicar demasiado. Muchos de los que habían probado la fruta durante
la cosecha anterior regresaban a comprarla. El mangostín comenzaba a dejar de
ser una rareza para algunos pobladores de Nueva Guinea.
Le enseño a Sandra
una fotografía que tomé en aquellos años. Está detrás de una
mesa de madera, frente a las oficinas de PAC. Los mangostines ocupan casi toda
la superficie. Algunos están completamente morados; otros conservan tonos
rojizos y las coronas verdes resaltan sobre la cáscara oscura. Sandra sostiene
dos frutas en las manos. Aquella era una de las jornadas en que vendía y daba a
degustar mangostines a quienes caminaban por la acera frente al Palí. La fotografía
conserva algo que las cifras no pueden contar: la abundancia de la cosecha y la
curiosidad que despertaba aquella fruta.
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| Sandra Calero mostrando el mangostín. |
La experiencia
también salió de Nueva Guinea. Cada año participaban en la Expo APEN y llevaban
mangostines al estand. Los colocaban en canastos, los ofrecían para degustación
y también vendían algunos. Los visitantes habituales terminaron por reconocer el
producto. Sandra recuerda incluso a una dirigente de APEN que, apenas llegaba,
pedía que le apartaran sus mangostines. Pero la
comercialización no pasó mucho más allá. Con otros productos
tuvieron mayor éxito. El rambután, por ejemplo, consiguió entrar a
supermercados. El mangostín quedó principalmente en el mercado local y en
aquellas ferias donde lo daban a conocer.
—Hasta ahí llegamos
—resume Sandra.
En medio de la
conversación alguien se detiene frente al negocio. Pregunta dónde quedan las
oficinas de Migración. La historia del
mangostín queda suspendida por unos instantes. Entre Sandra y yo tratamos de
explicarle el camino: que siga por allí, que doble, que busque unas
edificaciones que se alcanzan a ver más adelante. El hombre escucha, agradece y
se va. Poco después otra motocicleta cruza por la calle.
Volvemos a la
finca. Hablar de aquella
plantación lleva inevitablemente a hablar de una época de Nueva Guinea.
Auxilio Mundial
había llegado al municipio en 1992, en los primeros años posteriores a la
guerra. Sandra recuerda que uno de sus propósitos era apoyar la reinserción de
familias campesinas y recuperar unidades productivas que habían quedado
abandonadas o afectadas por el conflicto. Hubo programas de alimento por
trabajo y después proyectos de producción, crédito y diversificación de las
fincas.
Sandra menciona
también a PRODES, PASOC, la Cooperación Italiana PRA-DC y Ayuda en Acción,
organismos y proyectos que trabajaron durante aquellos años en agricultura,
agua potable y saneamiento ambiental, educación y organización comunitaria.
Recuerda viajes de varias horas a caballo para visitar comunidades alejadas y
encontrarse allá, en medio del campo, con sistemas de agua potable manejados
por las propias familias.
También fueron años
de preocupación por el medio ambiente. Existía una Comisión Municipal del Medio
Ambiente. Se realizaban actividades durante el Día del Árbol, los niños
llevaban plantas y se promovía la protección de especies como la ceiba. En el
río El Zapote, precisamente en el sector de la finca, se hicieron gestiones
para impedir que los vehículos, principalmente camiones, bajaran a lavar
directamente en el cauce y contaminaran el agua.
—Esa fue una etapa
maravillosa —dice Sandra. No lo dice como
quien recita una frase aprendida. Lo dice como alguien que estuvo allí.
Aquellas primeras
quince manzanas habían aumentado con los años hasta formar una finca que Sandra
calcula en unas 119 manzanas. El río El Zapote la dividía en dos. Allí estaban
el mangostín, el borojó, el pulasán, la yaca o jackfruit —la fruta más grande del mundo—,
la pitanga, la biribá, el abiú y decenas de especies más. Había cultivos
conocidos y otros que parecían haber llegado desde lugares lejanos para probar
suerte en las tierras húmedas de Nueva Guinea.
—Bien diversificada
—le digo.
—Bien
diversificada. Bien cuidada, bien cuidada.
Repite las últimas
palabras. Tal vez porque allí está una parte importante de lo que quiere decir. Pero los proyectos
no duran para siempre. Con el paso de los años la organización comenzó a
enfrentar dificultades económicas, principalmente por el Movimiento No Pago.
Quedó menos personal, disminuyeron las actividades y llegó un momento en que
mantener una finca de aquella extensión y diversidad resultaba demasiado
costoso. Para 2014 Sandra terminó su trabajo en la organización, después de
aproximadamente dieciocho años.
La finca permaneció
varios años en venta hasta que finalmente pasó a manos privadas. El uso de la
propiedad cambió. Se introdujo ganado y hubo quema y despale en algunas áreas.
Buena parte de la diversidad agrícola que había caracterizado la finca dejó de
recibir el manejo y los cuidados de los años del proyecto. Sin embargo, la
plantación de mangostín no desapareció.
Julio Villachica,
vecino colindante con el área donde se establecieron los viveros y, a cierta
distancia de allí, la plantación de mangostín, asegura que los árboles todavía
permanecen, aunque en condiciones de semiabandono. Ya no reciben el manejo que
tuvieron durante los años de Auxilio Mundial y PAC. En época de cosecha,
algunas personas entran incluso por las noches a cortar los frutos.
El mangostín sigue
produciendo, pero una plantación en esas condiciones difícilmente puede
mantener durante mucho tiempo los mismos rendimientos. Estos árboles necesitan
limpieza del área, poda sanitaria, nutrición adecuada del suelo, buen manejo
del agua y vigilancia de plagas y enfermedades. Sin esos cuidados es previsible
que disminuya la producción, algunos árboles pierdan vigor y la plantación se
deteriore con los años. Sin embargo, mientras los árboles permanezcan vivos,
todavía existe la posibilidad de recuperar el cultivo si vuelve a recibir el
manejo que necesita.
El cambio de uso de
la finca significó también la pérdida de buena parte de aquella experiencia de
diversificación: unas setenta especies de plantas, frutales exóticos, árboles
que habían tardado años en crecer, materiales traídos desde Australia, ensayos,
cosechas y años de trabajo. Allí, los trabajadores aprendieron a reconocer
frutas que nunca habían visto y los productores descubrieron otras
posibilidades para las tierras de Nueva Guinea.
Vuelvo a mostrarle
la fotografía.
—¿Qué es lo que más
te trae a la memoria cuando te ves allí con todos esos mangostines?
Sandra mira la
imagen. Habla primero de los años. Dieciocho. Después aparece el
pesar. Le duele pensar en
el deterioro de un material vegetal que considera tan valioso. Pero reconoce
también que ya no existía dinero suficiente para mantener una propiedad de
aquella extensión y que manejar la finca resultaba costoso.
Seguimos
conversando un poco más. A nuestro alrededor
continúa la vida del pequeño negocio. Los baldes y recipientes plásticos ocupan
los estantes. Las maceteras esperan comprador. Sobre la estructura metálica
junto a Sandra permanecen los pequeños cactus y las suculentas. Afuera siguen pasando
carros y motocicletas por el bulevar. Miro nuevamente las
plantas. Sandra ya no
trabaja en aquella finca y la finca tampoco es la que ella conoció. Sin
embargo, las plantas continúan cerca de ella.
Pienso entonces en
aquellas cuarenta o cincuenta semillas que llegaron desde Australia con un
cargamento de especies tropicales; en algunas que perdieron hasta el nombre
durante el camino; en los primeros árboles de mangostín creciendo en las
tierras húmedas de Nueva Guinea; en las semillas que después llegaron desde
Kukra Hill; en una mesa frente al Palí cubierta de frutas moradas y en los
transeúntes que se detenían por curiosidad.
—¿Qué es eso?
Y Sandra abría un
mangostín.
La pulpa blanca
aparecía bajo la gruesa cáscara morada.
—Venga, pruébelo.
Han pasado los
años. La finca cambió, desaparecieron muchos de aquellos cultivos y los árboles
de mangostín quedaron sin los cuidados de antes. Pero todavía están allí.
Cuando llega el tiempo de cosecha, los frutos vuelven a madurar.
El mangostín
todavía resiste en Nueva Guinea.
10, 11 y 12 de agosto
de 2026.
Fotografías propias.