lunes, 1 de junio de 2026

DETRÁS DEL SIGUIENTE CERCO



Todavía no amanece.

La neblina descansa sobre los potreros,

el rocío cuelga de los alambres de púas

y los primeros gallos

anuncian la llegada del día.

 

El niño sale de la casa de madera.

Lleva un mochila vieja en su espalda,

cuadernos y lápices en ella,

y un sonrisa que apenas cabe

en su rostro madrugador.

 

Su madre hace rato está despierta.

Da maíz a las gallinas,

revisa el chiquero,

y piensa en el trabajo que aún falta por hacer.

 

—No regresés tarde —le dice.

 

Él regresa la mirada, sonríe

y comienza a recorrer el camino.

 

Brinca un cerco.

Después otro.

Y luego otro más.

 

Los brinca rápido,

como si fueran parte de un juego

inventado para acompañar las mañanas.

El viento fresco le acaricia la cara.

Los pájaros saludan desde los árboles,

y el sol comienza a levantarse

sobre el horizonte verde.

 

Mientras avanza,

piensa en sus compañeros.

en las carreras del recreo.

en las bromas compartidas.

En la alegría sencilla

de volver a encontrarse.

 

Y mientras él brinca cercos,

otros niños y niñas

cruzan puentes,

reman por un río,

atraviesan una bahía,

recorren calles polvorientas

o caminan bajo la lluvia.

 

Distintos caminos.

Distintos paisajes.

La misma esperanza.

 

Entonces acelera el paso.

Porque la escuela lo espera

igual que esperan los amigos,

igual que esperan los sueños

cuando apenas comienzan a despertar.

 

Desde lejos escucha las voces.

Despues las risas.

Y al llegar al patio

siente que el mundo entero

cabe dentro de aquella mañana.

 

Por la tarde regresará.

Ayudará a su madre.

Dará agua a los animales.

Recogerá la basura.

Y cuando el sol se esconda,

hará sus tareas

bajo la luz que entra por la ventana.

 

Así transcurren sus días.

Entre juegos y responsabilidades.

Entre la infancia

y los primeros aprendizajes de la vida.

 

Todavía no lo sabe.

Pero un día encontrará cercos distintos.

No tendrán alambres.

No estarán en los potreros.

 

Serán los cercos de la necesidad,

de las oportunidades perdidas,

de caminos que parecen cerrados,

de los sueños que exigen paciencia.

 

Y tendrá que brincarlos también,

como brinca ahora

los que encuentra al amanecer.

Con valor.

Con esperanza.

Con esa terquedad hermosa

que tienen los niños

cuando creen en el mañana.

 

Porque cada niño que aprende,

cada niña que descubre,

cada pequeño paso rumbo a una escuela,

es una puerta que se abre

para el futuro.

 

Y mientras existan niños

cruzando caminos,

brincando cercos,

remando ríos,

o caminando bajo la lluvia

para alcanzar un cuaderno y un sueño,

siempre habrá una razón

para creer que los mejores días

todavía esperan

detrás del siguiente cerco.

 

 

30 de Mayo de 2026.

 

 

 

 

 

 


viernes, 29 de mayo de 2026

MADRES DE MI VIDA

 


Mi madre, Ofelia,

era refugio y sacrificio,

una luz despierta antes del amanecer

cuidando mis sueños.


Mi padre pescaba lejos

y era ella quien sostenía la casa,

quien nos despertaba temprano

para cruzar la bahía de Bluefields

camino a la escuela.

 

No importaban las tormentas,

el viento

ni el mar embravecido.

 

Ella siempre estaba allí.

Mirándonos partir desde el muelle

y corriendo a abrazarnos al regreso

como si nos arrancara nuevamente

de las manos del mar.

 

Se fue demasiado joven.

Todavía tenía negro el cabello.

 

Despues comprendí

que el Caribe está lleno de mujeres parecidas a ella.

 

Madres de frijoles,

cuidando hijos ajenos,

vigilantes ante peligros

como centinelas de la noche.


Madres negras de voz profunda,

cantando himnos moravos

mientras hornean pan de coco

y esperan pescadores frente a la bahía.

Mujeres que sostienen la vida

sin hacer ruido.

 

Y más allá del mar,

las madres campesinas del trópico húmedo.

 

Mujeres de manos ásperas,

pies llenos de lodo,

que siembran maíz y esperanza,

aunque el hambre camine cerca.

 

Y después apareciste vos,

madre de mis hijos,

con tu manera silenciosa

de sostener los días difíciles

sin dejar caer el amor.

Mi atlética mujer.

 

Entonces entendí algo:

todas las madres se parecen un poco.

 

La que espera frente al mar.

La madre de frijoles.

La que siembra bajo el sol.

La que abraza a sus hijos mientras duermen.

 

Todas llevan el mismo cansancio hermoso

debajo de los ojos.

 

Y todas terminan pareciéndose a la tierra:

fértiles,

fuertes

y eternas.

 

 

29 de Mayo de 2026.

Foto: Ofelia Álvarez.


viernes, 22 de mayo de 2026

LA PALABRA


Aquí… la palabra no nació en el papel.

Nació en el aire.
En la boca de la gente.
En la noche…
cuando alguien contaba y otro escuchaba.

Nació sin tinta.
Sin permiso.
Sin nombre.

Y aun así… era literatura.

Después nos dijeron que escribir era otra cosa.

Que había que aprender a decir como dicen otros.
Que había que ordenar la voz,
enderezarla, quitarle el acento,
bajarle el ritmo.

Y muchos… lo intentamos.

Pero la palabra… no se dejó.

Siguió sonando a mar.
A tambor.
A lluvia sobre zinc.

Siguió caminando por las calles,
por los muelles,
por la memoria.

Hoy… hay más gente escribiendo.

Más cuadernos abiertos.
Más voces que quieren decir.

Y eso… está bien.

Pero hay que decirlo claro:

No basta con escribir.

Hay que volver.
Hay que corregir.
Hay que sostener.
Hay que terminar.

Hay que dejar algo que no se borre.

Porque si no lo escribimos nosotros…
nadie lo va a escribir como es.

Y si no lo dejamos… no queda.

Aquí la palabra todavía anda suelta.
Entre nosotros.
Buscando quién la agarre,
quién la cuide,
quién la deje fija.

Y eso… nos toca.

No estamos empezando nada.

Estamos continuando algo que viene de lejos.

De voces que nunca se escribieron.

Y ahora… nos toca decidir:
si esas voces se quedan en el aire…
o si por fin… se quedan en la historia.


22 de Mayo 2026.
URACCAN Bluefields.
Festival de Mayo Ya.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


domingo, 3 de mayo de 2026

LOS DIENTES DE CASIMIRO

 


El hombre que se reía siempre se murió con la boca abierta, mostrando los dientes, como si todavía le hiciera gracia algo. Pero se murió solo. Lo encontraron en su mecedora hecha de Nancitón, en el patio, viendo hacia el fondo, donde el sol se iba cayendo lento entre los Palos de Agua y la tierra caliente. No hubo dolor en su cara mestiza. Solo esa sonrisa estirada, terca, que en la ciudad ya era más su nombre que Casimiro.

Durante años, su risa fue como reloj mal puesto en la calle principal. Se oía a cualquier hora. Se reía del calor que rajaba la tierra, de las deudas que nunca se termina de pagar, de las discusiones políticas, de los entierros también. No era falta de respeto, era otra cosa. Como si el supiera algo que los demás no. Como si el mundo fuera una broma mal contada por un dios distraído y él fuera el único que la entendía.

Dicen que antes de quedarse en esta ciudad, Casimiro venía de Pearl Lagoon. Allá, en la laguna, algunos todavía recuerdan a un hombre igual. Alegre, de sonrisa amplia, sentado en el muelle frente al agua quieta, dejando que el viento le moviera la camisa mientras enseñaba los dientes sin decir mucho. Era un hombre que se reía en inglés creole, dicen algunos, aunque nadie entendiera bien si se estaba riendo con uno… o de uno. Nadie sabe si es el mismo, pero todos coinciden en algo: los dientes no cambian.

A veces, cuando la tarde se iba poniendo amarilla y el calor aflojaba un poco, Casimiro se quedaba en la mecedora que tenía una pata floja, viendo la calle. Decía que era por costumbre, pero no era eso. Esperaba, no a alguien en particular. Esperaba ese momento en el que las muchachas salían de las casas, recién bañadas, con el pelo suelto todavía húmedo, riéndose sin saber que alguien las miraba distinto.

Cuando pasaban frente a su portón, él dejaba de reír por dentro. Las seguía con los ojos. No había malicia, tampoco inocencia. Había otra cosa, como si en ese paso ligero, en esa piel limpia de cansancio, se le fuera la vida que él no había tenido.

Una tarde, una de ellas —la hija de doña Mercedes—se detuvo a unos metros. Se inclinó un poco para acomodarse la sandalia. El sol le pegó de lado. Todo quedó quieto. Casimiro sintió que algo le subía desde el pecho hasta la garganta. Un nombre. Una palabra que no era chiste, que no era risa. Por un segundo se inclinó hacia delante. La mecedora dejó de sonar. Ahí pudo haber pasado algo, pero no pasó. Casimiro abrió la boca… y se rio fuerte como siempre.

La muchacha levantó la vista, sonrió por compromiso, y siguió su camino. La mecedora volvió a moverse y Casimiro también, riéndose.

Una noche, en el velorio de don Eusebio, alguien dejó caer la tapa del ataúd antes de tiempo. Sonó duro, seco. La viuda cayó al suelo llorando. Nadie sabía que hacer. El aire se puso espeso, como antes de una tormenta. Y ahí, en medio de todo, Casimiro soltó una carcajada. Larga. Abierta.

—Ni el muerto se quiere quedar quieto —dijo.  

Algunos se ofendieron. Otros, sin saber por qué, se rieron bajito. Después más fuerte. Y así, entre risas, el velorio siguió.

Pero nadie vio que, cuando salió a la calle, Casimiro se quedó callado de golpe. Cruzó sin mirar a nadie. Y en su cara no quedó nada.

La gente lo buscaba. Le gustaba tenerlo cerca, como cuando uno se arrima a la sombra de un árbol en pleno mediodía. Pero nadie se preguntó qué había detrás de esa risa. Porque no era alegría. Era control. Era defensa.

Casimiro enseñaba los dientes para que nadie se metiera más adentro. Para que nadie le buscara la voz que no tenía.

Cuando entraron a su casa para sacarlo, se dieron cuenta de algo raro. No había fotos. Ni cartas. Ni recuerdos. Nada colgado en las paredes. Nada sobre la mesa. Solo polvo. Solo muebles viejos. Solo silencio.

Ahí entendieron. Casimiro no era un hombre alegre. Era un hombre que se había entrenado para parecerlo. Se le quedó pegada la sonrisa. Literal. El carpintero tuvo que hacerle más ancho el ataúd por la cara. La boca no cedía. Como si hasta muerto se negara a cerrar.

Pasaron los días y lo que vino fue tristeza. Fue silencio, un silencio incomodo. Sin la risa de Casimiro, la ciudad empezó a escucharse a sí misma. Las peleas en las casas, entre vecinos, entre políticos del mismo partido y con sus oponentes. Se sintió el cansancio de siglos y la pobreza raspando como lija. Todo eso que antes quedaba tapado.

La risa de Casimiro no arreglaba nada, pero lo cubría todo. Ese fue el problema. Ese fue el desastre.

Después apareció el sobre. Amarillo. Escondido bajo la pata floja de la mecedora. Adentro, una sola línea, escrita con calma:

Les dejo mis dientes, que fue lo único que siempre estuvo a la vista, para que comprendan que mantener la boca abierta es la mejor forma de no tener que decir nada”.

Ahora, en el cementerio viejo, la tumba tiene una rajadura mal hecha. Cuando sopla el viento del noreste, se mete por ahí y suena. Es un silbido, rítmico como la risa.

La gente que pasa no se detiene, camina más rápido. No por miedo. No es por Casimiro. Es por ellos. Porque ese sonido les resulta conocido.

Porque más de alguno ya ha enseñado los dientes cuando lo que en verdad tenía era otra cosa atorada en la garganta. Y porque entienden, aunque no lo digan, que lo que dejó Casimiro no fue un vacío. Fue un espejo. Y en ese espejo se ven, se reconocen. Y no les gusta. Por eso nadie se queda.

 

28 de abril de 2026.


domingo, 26 de abril de 2026

LA FELICIDAD

 


La felicidad

no siempre hace ruido.

 

A veces cae como lluvia fina

sobre los árboles del trópico húmedo,

golpeando hojas anchas,

dejando la tierra blanda y viva,

con olor a café recién colado

y humo de leña mojada.

 

Está en el campesino

que abre el surco con paciencia,

aunque le duelan los hombros

y la pobreza le camine al lado.

Sigue.

Porque la tierra responde.

 

Vive en el lodazal pegado a los pies,

en los niños y niñas

que saltan en los charcos

riendo sin motivo,

sin saber qué es eso,

exactamente eso,

es la dicha.

 

Está en el hombre

que corta flores silvestres

y camina hasta el río.

Yo lo vi.

La mujer que ama lava ropa,

el agua corre,

se miran.

 

Basta.

 

Se esconde en el monte,

cuando dos cuerpos se buscan

sin prisa,

con el canto de las aves de testigo

y el bosque respirando alrededor,

sabiendo que el encuentro es breve

pero verdadero.

 

Corre por los ríos,

cae en cascadas,

sube con la luna llena

y despierta temprano

cuando el sol parte el rocío

en dos mitades de luz.

 

En el Caribe,

la felicidad huela a sal

y a coco hirviendo.

Llega con los pescadores

cuando la faena es buena

y el mar, a veces duro,

cumple.

 

Está en el rostro de la mujer creole

que mueve la olla del rondón,

chile de cabro, pescado, yuca,

pensando en su amado

que hace chambas en el muelle

y volverá cansado,

pero vivo.

 

Vive en los enamorados

que se aman sobre la arena,

en la mujeres que bailan,

en las voces alegres

que recorren las calles

tomadas de la mano,

aunque mañana toque luchar de nuevo.

 

La felicidad no es grandeza.

 

Es lluvia regresando a la tierra.

Es el mar abriéndose otra vez.

 

 

9 de enero de 2026.

Foto: Sergio Orozco Carazo.


miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.

martes, 14 de abril de 2026

AQUEL AÑO

 


No imaginamos lo que vendría.

Confiábamos en los ciclos de la tierra, como quien cree en la respiración del monte. Todo parecía seguir su curso, hasta que la sequía nos cayó encima sin aviso.

Adentro de la casa, las tablas crujían por el calor. En el corral, el olor a polvo y estiércol reseco se metía en la nariz. En los potreros, cada paso quemaba la piel. Hablábamos de las lluvias como quien habla de algo que se aleja. De ese abril seco que nos dejaba la boca áspera, llena de tierra.

Los caballos subían a las colinas jadeando. Los pájaros buscaban los árboles más altos y cantaban como si quisieran sacarle una gota al cielo. Las quebradas se fueron rompiendo en silencio. Los ríos comenzaron a enseñar sus piedras lisas. En los pozos, el agua bajó amarga, con olor a hierro.

Un día el cielo tronó. Bastó eso para que la esperanza nos levantara. Algunos hasta bailaron. Las chicharras salieron del suelo con ese chillido metálico, desesperado. El pájaro gua gritaba desde lo alto, como si también pidiera lo mismo que nosotros: agua.

Pero abril se fue. Mayo llegó y no trajo nada. Lo esperábamos para sembrar, pero la tierra seguía cerrada, dura, como una herida que no sana. En junio, las quebradas ya eran cicatrices. Entre las piedras del río, vimos los peces morir, abriendo las agallas al aire caliente.

Ese día visitamos la finca de José, en la comunidad Carlos Delgado. Nos estaba esperando. Estaba allí, de pie, mirando por largo rato una vaca echada. No se levantó más. Le puso la mano en el lomo, como si todavía respirara. No dijo nada. Solo se quitó el sombrero y se lo apretó contra el pecho. Ahí entendí que esto iba en serio.

El ganado se refugiaba bajo cualquier sombra. Comía lo que encontraba: hojas ásperas, monte duro. El pasto Retana había desaparecido. Solo quedaba una maleza gris y ese polvo constante en la boca. La tierra se rajaba como barro seco. Todo se volvía hostil.

El miedo empezó a crecer sin decir nada. Nos mirábamos, pero ya no era igual. Hablábamos, pero no nos escuchábamos. En las capillas encendíamos candelas. El olor a cera y humo se mezclaba con la misma súplica de siempre: que lloviera.

Los niños preguntaban. Por qué se morían las vacas. Por qué se secaban el río y el pozo. Y uno no sabía qué decir. Buscábamos respuestas en los recuerdos, en otros años, en otras sequías. Pero esta era distinta. Entonces empezamos a entender, sin querer decirlo en voz alta, que algo también venía de nosotros. De cómo tumbamos, de cómo quemamos, de cómo olvidamos escuchar la tierra.

Lo perdimos casi todo.

Hasta que, a inicios de agosto, el cielo se abrió. Esta vez sí. El agua cayó fuerte sobre los techos. Los ríos volvieron a sonar. La quebradita despertó. Los potreros se pusieron verdes otra vez. Y nosotros también volvimos a respirar distinto. A sonreír, aunque fuera despacio. El olor a tierra mojada lo llenó todo. Los peces regresaron a moverse en el agua.

Ese año, 1997, sobrevivimos como se puede: con ayuda que vino de varios lados, con lo poco que quedó, con terquedad.

Fueron más de cien días sin lluvia. Demasiadas horas con el miedo metido en el pecho.

Ese año también nos dejó aprendizajes. Aprendimos a cuidar los ríos, los pozos, las quebradas. Empezamos a sembrar árboles en las fincas, a levantar cercas vivas, a preparar la alimentación del ganado. Dejamos de despalar como antes. Hicimos cambios, no por gusto, sino por necesidad. Para estar mejor parados si otro año así volvía.

Y aun así, cada verano, seguimos mirando al cielo, pidiendo que no nos toque de nuevo.

 

 

22 de marzo de 2026.