martes, 15 de septiembre de 2026

AL OTRO LADO DE LA PARED

 


Eran chavalos inocentes. Estudiaban en un colegio religioso donde les enseñaban la palabra del Señor, algunos principios morales y aquello del buen caminar por la vida. En sus casas también los criaban con valores.

Les enseñaban que el sacrificio tenía recompensa, que había que respetar a los mayores, estudiar, portarse bien y agradecer lo que tenían. Los domingos iban a misa y por las noches, antes de acostarse, rezaban sus oraciones.

Pero eran chavalos. Y los chavalos crecen.

Participaban en actividades deportivas y recreativas, andaban en grupos por el pueblo y esperaban con entusiasmo las fiestas de San Jerónimo. Entonces podían disfrazarse de viejas nalgonas, de Macho Ratón, de diablos y de cualquier personaje que les permitiera andar por las calles riendo y haciendo bulla, y siguiendo a la chavalas.

Eran otros tiempos. Podían salir por las noches con bastante tranquilidad. Se encontraban con los amigos, iban al parque, jugaban en las calles y regresaban tarde a sus casas sin que los padres vivieran con el miedo de ahora. Entre juegos, carreras, bromas y pequeñas travesuras fueron dejando atrás la niñez.

Hasta que un día descubrieron que había otra frontera. La adolescencia había comenzado a hacer su trabajo. Primero fueron las conversaciones entre ellos. Después las miradas hacia las muchachas. Luego aquella curiosidad que aparecía sin que nadie la invitara y que ninguno sabía explicar muy bien.

Pegadito a la casa vivía una pareja joven. La mujer era hermosa. Todos se habían fijado en ella. La veían salir, caminar por el patio, conversar con los vecinos o hacer cualquier cosa cotidiana. Bastaba que apareciera para que alguno de ellos la siguiera con los ojos y después vinieran los comentarios y las risitas. Pero hasta entonces la mujer pertenecía a ese mundo lejano de los adultos.

Una noche lluviosa y silenciosa escucharon algo en la casa vecina. Primero fue el crujido de la cama. Después unos murmullos. Luego la voz de la mujer. Los muchachos dejaron de hablar. Se miraron. Otro ruido. La cama no dejaba de crujir.

La pared que dividía las dos casas era de madera. Con los años, algunas tablas habían cedido. Entre una y otra quedaban pequeñas rendijas abiertas por el tiempo, la humedad y la carcoma.

El mayor se acercó. Pegó la cara contra la pared. Encontró una abertura.

—¿Qué estás viendo? —preguntó uno.

El muchacho levantó una mano para que se callaran.

Aquello bastó para desesperar a los demás.

Al otro lado, la mujer estaba de espaldas a ellos. Se soltó el cabello, se quitó el camisón y lo dejó caer sobre una silla. El marido se acercó por detrás y la abrazó. Ella volvió la cara. Se besaron largo.

Los chavalos contenían hasta la respiración. Nunca habían visto una mujer así, ni tan de cerca, aunque estuviera al otro lado de una pared.

El hombre apagó una de las luces. Quedó encendida apenas una lámpara. Las sombras de los dos se movieron por la habitación. Hubo más besos, más abrazos, manos que se buscaban y ropa que fue quedando en el suelo.

Después desaparecieron de pie junto a la cama. El colchón se hundió. Por unos segundos no se escuchó nada. Y entonces comenzó otra vez el crujido. Más lento al principio. Después con un ritmo que ninguno de ellos necesitó que le explicaran.

La mujer ahogaba la voz. El hombre decía algo que no alcanzaban a entender. Afuera seguía lloviendo y, en aquella calle silenciosa, parecía que todos los sonidos venían de la habitación vecina.

Los chavalos se miraron con los ojos muy abiertos. Ya sabían. No conocían los detalles ni tenían todavía las palabras exactas para explicarlo, pero sabían.

—Dejame ver —susurró uno.

El mayor se apartó.

Comenzaron los turnos. Uno miraba. Después otro. Luego otro. Nadie quería perderse aquello.

Había uno más pequeño que no alcanzaba la rendija. Por más que se estiraba, apenas llegaba con la frente a la altura de la abertura. Entonces alguien tuvo una idea. Fueron a buscar un banco. Lo colocaron junto a la pared y ayudaron al pequeño a subir.

—No hagás ruido.

El chavalo apoyó las manos en las tablas y pegó el ojo a la rendija. Los otros esperaban detrás.

Aquella noche, entre la lluvia, los susurros y el crujido de aquella cama, descubrieron algo del mundo que los adultos trataban de mantener lejos de ellos.

Después cada uno volvió a su cama. Tal vez alguno hizo su oración de siempre. Tal vez otro se quedó despierto pensando en lo que acababa de ver. Ninguno habló del asunto con sus padres.

Pero volvieron otras noches. Porque después de descubrir aquella rendija era difícil fingir que no existía. La curiosidad había ganado la batalla.

Y así, entre los principios del colegio, las oraciones de la noche, las fiestas de San Jerónimo, los juegos en la calle y aquel pequeño agujero entre dos tablas, fueron atravesando sin darse cuenta la frontera de la inocencia.

Pasaron los años.

Aquellos chavalos crecieron.

Cada uno hizo su vida, formó su familia, tuvo hijos y fue conociendo por su cuenta aquello que una noche lluviosa había descubierto antes de tiempo al otro lado de una pared.

Ahora, ya viejos, cuando se reúnen, alguno recuerda aquella historia, los demás comienzan a reír.

Uno se acuerda de la rendija.

Otro del crujido de la cama.

Otro de los turnos.

Y siempre aparece alguien que recuerda al más pequeño.

—¡A vos te poníamos un banco!

Entonces las carcajadas regresan. Ya no son aquellos chavalos. Han pasado demasiados años. Pero por unos minutos vuelven a aquella casa, a aquella pared de madera, a la lluvia de la noche y a ese momento en que descubrieron que, detrás de la inocencia, comenzaba otro mundo.

 

Managua, 15 de septiembre 2026.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

UN NICA EN LAS MONTAÑAS DE BAMBAMARCA


En el aeropuerto de Lima, la gente corría como un río desbordado y mi nombre no aparecía en ninguno de los carteles. Hombres y mujeres avanzaban de prisa, buscaban sus maletas, hacían fila para el chequeo migratorio o intentaban encontrar una salida. Yo caminaba entre aquella corriente humana, en una ciudad donde no conocía a nadie. Revisé los carteles una y otra vez. Ninguno tenía mi nombre. Comencé a sentirme desconcertado y, sobre todo, con frío. Mucho frío.

De pronto vi a una mujer pequeña que se empinaba para sobresalir entre la multitud. En sus manos estaba escrito mi nombre. Era limeña, de cabello negro y liso Vestía jeans, chaqueta negra y llevaba una bufanda alrededor del cuello. Avancé con mi maleta hacia ella. Sonrió, nos estrechamos las manos y me pidió que la siguiera.

Salimos al parqueo. El aire estaba helado. Saqué un suéter de la mochila y me lo puse antes de subir a una camioneta tipo van.

—Bienvenido a Lima —dijo el conductor cuando la mujer le mencionó mi nombre.

Durante el trayecto conversaron sobre los atentados y las explosiones que habían estremecido Lima en aquellos años. Yo escuchaba en silencio mientras miraba por la ventana una ciudad desconocida.

Aquel viaje ocurrió en 1995. Había llegado a Lima para participar en un intercambio de experiencias con representantes de distintos proyectos de desarrollo. El propósito era conocer cómo trabajaban en otras regiones, qué problemas enfrentaban y qué soluciones habían encontrado junto a las comunidades.

Me alojaron en un hotel de tres estrellas junto. Compartí una habitación doble con un salvadoreño. Éramos los únicos centroamericanos del grupo. El hotel estaba ubicado en una zona residencial. Por las noches salíamos varios compañeros a caminar por el centro de Lima. Había edificios altos, parques llenos de plantas florecidas y calles donde el tránsito parecía no detenerse. Cenamos en una zona ocupada casi por completo por restaurantes.

Mi compañero de habitación, el salvadoreño, se levantaba varias veces durante la noche para revisar su maleta y una pequeña mochila. Pensé que comprobaba si todavía tenía su dinero. Me sorprendía su desconfianza, aunque nunca le pregunté nada.

Cuando terminó el encuentro, emprendí el viaje hacia Cajamarca. Salimos con el jefe del proyecto temprano en la mañana. El recorrido duró todo el día y parte de la noche. A medida que avanzábamos, el clima y la vegetación cambiaban por completo. Los edificios fueron desapareciendo y comenzaron a levantarse frente a nosotros las montañas.

La carretera se volvió estrecha y sinuosa. Subía por las laderas, bordeaba hondonadas y se perdía detrás de los cerros. En algunos puntos, el conductor tenía que pegar la camioneta 4x4 a un lado para dejar pasar a otro vehículo que venía en sentido contrario. Bastaba mirar por la ventana para sentir el vacío más allá del camino. Durante buena parte del trayecto no vi el sol. Una capa de nubes cubría las cumbres y, en algunos sitios, la neblina descendía hasta la carretera. Los cerros aparecían y desaparecían detrás de aquella blancura. 

El viento movía los pastos y se colaba por cualquier rendija del vehículo. En algunas laderas crecían eucaliptos altos y delgados. Cerca de las quebradas aparecían alisos y arbustos resistentes al viento. Entre ellos se extendían pequeños cultivos, potreros húmedos y parcelas cercadas con piedra, madera o alambre. 

Las casas estaban dispersas. Desde la carretera se veían techos de teja y de zinc, paredes de tierra y pequeños corrales. A veces aparecía una vaca pastando en un terreno inclinado. También vi ovejas y, en uno de los trayectos, un rebaño de animales que entonces identifiqué como vicuñas. Eran ligeros, de cuello erguido, y se movían juntos entre los pastos. 

Yo venía de una tierra de calor, lluvias fuertes, llanuras y árboles frondosos. Allí el paisaje parecía vivir en vertical. Los caminos subían, los cultivos se aferraban a las laderas y las casas se levantaban donde parecía imposible construirlas.

En un punto del recorrido nos detuvimos frente a una mina a cielo abierto. Desde donde estábamos se podía ver aquel enorme orificio que descendía hasta perderse en la profundidad. Los caminos interiores parecían delgadas líneas trazadas sobre la tierra. Nadie dijo mucho. Después continuamos el viaje.

Llegamos a Cajamarca entrada la noche. Al día siguiente salimos hacia Bambamarca. El frío continuaba y la humedad se sentía en la ropa y en las manos. A medida que avanzábamos, el olor de la tierra mojada se mezclaba con el humo de leña que salía de las casas dispersas entre los cerros. 

No volvimos a detenernos hasta llegar a la casa de uno de los responsables del proyecto. Allí me presentaron al equipo de trabajo. Me explicaron que apoyaban a las comunidades en la atención de necesidades básicas, principalmente en educación, salud y actividades económicas. Uno de los proyectos que más me impresionó fue el sistema de riego construido en las zonas altas.

En las cumbres de los cerros levantaban pequeños embalses para almacenar agua. Eran lagunas hechas por la mano del ser humano en lugares casi desprovistos de árboles, donde solo crecían pastos bajos y plantas resistentes al frío. Desde allí construían canales que descendían por gravedad hasta las parcelas. El agua recorría las laderas y abastecía los cultivos de papas, maíz, trigo y legumbres. Desde lejos, los sembradíos parecían retazos de distintos tonos verdes y marrones cosidos sobre la montaña. 

Pude conversar con varios de ellos. Eran campesinos de pocas palabras. Respondían con un sí, un no o una frase breve. A veces bajaban la mirada antes de contestar. Otras veces permanecían en silencio, con las manos escondidas bajo el poncho. Vivían en casas pequeñas, dispersas entre los cerros. Muchas tenían corrales, gallinas y animales amarrados cerca de las puertas. Los hombres llevaban sombreros de paja de palma y ponchos de colores intensos. Las mujeres caminaban con faldas amplias, sombreros y mantas que les cubrían la espalda.

Masticaban una bola verde que mantenían a un lado de la boca. Eran hojas de coca. En uno de los recorridos entré a una pequeña venta para comprar algo de beber. Allí vi numerosos sacos abiertos llenos de hojas de coca.

También me llamó la atención el comportamiento de los miembros del equipo. Cuando yo me acercaba, ciertas conversaciones se interrumpían. Callaban o cambiaban de tema. Después alguien hacía una pregunta sobre el camino, el clima o la actividad del día, y los demás continuaban como si nada.

Una mañana, después del desayuno, me llevaron al mercado de Bambamarca. El día estaba nublado y un frío ligero corría por las calles. Poco a poco comenzaron a aparecer los campesinos: unos a pie, otros montados a caballo y en vehículos cargados de sacos, canastos y animales. A ambos lados de una calle, hombres y mujeres acomodaban sus productos. Las mujeres estaban sentadas en bancos colocados sobre las aceras. Usaban faldas de colores, suéteres gruesos y sombreros. Los hombres llevaban ponchos y sombreros de paja.

En la calle vendían granos, frutas, papas, gallinas, sacos de maíz, quesos frescos, hierbas y verduras recién arrancadas de la tierra. Había papas de diferentes tamaños y colores. Las mujeres también ofrecían rollos de hilo, tejidos y prendas de vestir elaboradas en las comunidades. Sobre los bancos y las mantas acomodaban suéteres, gorros, bufandas y otras piezas tejidas con paciencia. Los compradores tocaban los productos, preguntaban los precios y discutían con los vendedores. En un lugar cercano, los cerdos y el ganado permanecían encerrados en corrales, entre chillidos, mugidos y voces de compradores. El cacareo de las gallinas se mezclaba con los pregones. Olía a tierra húmeda, queso, frutas maduras, animales y ropa mojada por la neblina. A ratos, una ráfaga de viento levantaba pequeños papeles y obligaba a las mujeres a sujetarse el sombrero.

El español que hablaban tenía un ritmo particular. Algunas palabras me resultaban familiares y otras parecían adquirir un sonido distinto en boca de los campesinos. Hablaban con frases breves, sin rodeos. Aquella calle reunía, durante unas horas, los productos de las montañas y a los compradores de la ciudad.

Antes de regresar a Lima, me llevaron a una comunidad situada en la parte alta de las montañas, a más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Recorrimos una parte del camino en vehículo. Llegamos hasta un punto donde varios pobladores de la comunidad nos esperaban con caballos. Habían bajado con los animales para ayudarnos a completar el recorrido hasta el poblado.

Montamos y comenzamos a subir. La comunidad se encontraba más allá de una sucesión de montañas que parecían no terminar. Los caballos avanzaban por senderos angostos marcados sobre la tierra húmeda. A un lado se levantaban paredones cubiertos de hierba. Al otro se abrían quebradas y laderas que descendían hasta pequeños valles. El silencio de la montaña era interrumpido por el golpe de los cascos, el resoplido de los caballos y algún pájaro oculto entre los arbustos. A lo lejos se escuchaban perros y mugidos que parecían venir de otra montaña.

En varios momentos vimos águilas andinas girando sobre las laderas. Planeaban en círculos, sostenidas por el viento. Más adelante, uno de los acompañantes levantó el brazo y señaló hacia las cumbres.

—Mire, parece un cóndor.

Muy arriba, entre dos montañas, una figura oscura avanzaba con las alas extendidas. Apenas las movía. Parecía dejarse llevar por las corrientes de aire. Todos levantamos la mirada y lo seguimos hasta que desapareció detrás de una cumbre cubierta por la neblina.

El aire se volvía más frío y delgado a medida que ascendíamos. Respiraba con rapidez. Sentía las manos heladas y el cuerpo tenso sobre la montura. Sin embargo, no quería dejar de mirar aquel paisaje: montañas detrás de montañas, cultivos pequeños, caminos que serpenteaban y casas aisladas bajo un cielo gris.

Después de casi dos horas llegamos a un pequeño poblado levantado en una ladera. La comunidad entera nos esperaba. Había hombres, mujeres, niños y ancianos. Algunos permanecían junto a la escuela. Otros conversaban cerca de la cancha de usos múltiples. Aquel día se inaugurarían la escuela y la cancha. También se entregarían recursos para apoyar las actividades económicas de los agricultores.

Los pobladores que nos habían acompañado se hicieron cargo de los caballos. Eran animales de la comunidad y permanecerían allí con sus dueños. Cuando terminaron los actos formales, alguien lanzó una pelota sobre la cancha. Los comunitarios comenzaron a jugar fútbol.

—¡Que juegue el nica! —gritaron. 

Les dije que en Nicaragua jugábamos más béisbol que fútbol, pero continuaron insistiendo.

—¡Que juegue el nica!

Entré a la cancha. Corrí detrás de la pelota durante unos quince minutos y terminé completamente agotado. El pecho me subía y bajaba con rapidez. Sentía que el aire no alcanzaba. Los demás reían y seguían jugando como si nada.

Después nos reunimos frente a una casona con un salón amplio. De la cocina salían humo y olor a leña. Los líderes y lideresas de las comunidades formaron un círculo junto con los responsables del proyecto. El jefe habló de los avances, los problemas y los planes para el año siguiente. Explicó cómo habían trabajado en conjunto para mejorar la producción, la salud y la educación.

Yo observaba los rostros de la gente. Eran rostros quemados por el sol y el frío. Las mejillas y las narices tenían un color rojizo. Las mujeres conversaban en voz baja y sonreían entre ellas. Los hombres escuchaban con los sombreros puestos y las manos escondidas bajo los ponchos. Detrás de ellos se levantaban las montañas. La neblina rozaba las cumbres y el viento doblaba los pastos.

De pronto, uno de los líderes pidió que hablara el nica.

—Que diga unas palabras a la comunidad.

El jefe del proyecto estuvo de acuerdo. Todos volvieron la mirada hacia mí.

Les conté que venía de Nicaragua, un país pequeño situado en Centroamérica. Les hablé de sus lagos y volcanes, de Rubén Darío y de una gente trabajadora que, cuando se une, es capaz de realizar grandes cosas. También les conté que era un país pluricultural y multilingüe. Les hablé del vaho, del nacatamal y del rondón. Después les conté algo sobre Nueva Guinea, sus productores, sus comunidades y el trabajo que realizábamos con ellos. Las palabras comenzaron a salir como un río. Mientras hablaba, veía sus rostros atentos. Algunas mujeres se reían en voz baja. Cuando terminé, todos aplaudieron. 

Me dijeron que habían oído hablar de Nicaragua, pero que nunca habían escuchado hablar a un nicaragüense. Les causaba gracia nuestro acento, el uso del vos, el “mirá” y la forma en que repetíamos la palabra “cosa”. 

—Es gracioso cómo hablan —dijo alguien.

—Y bonito —agregó una mujer. 

El jefe de la comunidad anunció que ya era tarde y que debíamos pasar a comer. Una mujer me indicó el lugar que debía ocupar en una mesa grande y alargada. Varias mujeres entraban y salían de una cocina amplia, donde ardían fogones de leña. El humo se pegaba a las paredes y salía por la puerta. Olía a caldo, papas cocidas, queso fresco y carne frita. Sobre la mesa habían colocado grandes recipientes con legumbres, caldos, queso fresco y papas de distintos tamaños.

De pronto pusieron frente a mí un platón que parecía contener una montaña de cuyes. Nunca los había visto cocinados. Estaban abiertos por la mitad, sin piel ni vísceras, con el cuerpo extendido como una mariposa. Habían sido fritos y estaban colocados unos encima de otros, como una ristra de tortillas recién salidas del comal. Les vi los dientes, las patitas y las uñas recogidas. Tuve la impresión de que algunos sonreían desde el platón. Levanté la mirada. Los líderes de la comunidad me observaban. Nadie había comenzado a comer. Esperaban que yo tomara uno de los cuyes y lo probara.

—Coma, no le tenga miedo —me dijo el líder de la comunidad. 

—Nunca he comido esto —contesté.

—Cómalo, nica. Le va a gustar —dijo la mujer que había llevado el platón.

El jefe del proyecto también me animó.

—Pártalo. Arranque una pierna y pruébela.

La mujer se acercó, separó una de las piernas bien fritas y la colocó en mi plato. La levanté con la mano. Todos seguían mirándome. Me la llevé a la boca y mordí un pedazo. La carne estaba crujiente y tenía un sabor intenso.

—Está delicioso —dije.

Todos aplaudieron, rieron y comenzaron a comer.

Después del almuerzo emprendimos el regreso hasta el lugar donde habíamos dejado los vehículos. Los caballos se quedaron en la comunidad con sus dueños, de modo que tuvimos que bajar a pie. La tarde comenzaba a caer y la neblina descendía de nuevo sobre las montañas. Caminábamos con cuidado por los senderos húmedos. En algunos lugares, las piedras estaban resbalosas y debíamos apoyarnos unos en otros para no caer.

Habíamos tomado un poco de pisco y veníamos contentos, riéndonos a carcajadas mientras descendíamos. A un lado del camino crecían alisos y arbustos golpeados por el viento. Más abajo, el humo de las casas dispersas subía lentamente por las laderas. Nuestras voces rebotaban en los cerros y se perdían en la neblina.

En Bambamarca me despedí del equipo del proyecto. Después regresé a Lima. En el hotel, la gente seguía hablando de la violencia y de los atentados que todavía mantenían al país en tensión. Las conversaciones bajaban de volumen cuando alguien se acercaba. Algunos miraban hacia la puerta antes de continuar.

Dos días después estaba de regreso en Nueva Guinea. Había dejado atrás las montañas y el frío, pero todavía escuchaba las risas de aquella comunidad después de mi primer bocado, cuando por fin todos comenzaron a comer.

Con el tiempo comprendí que, aunque cambien el paisaje, el clima y las costumbres, las comunidades rurales suelen enfrentar problemas parecidos. En Bambamarca, como en muchos lugares de Nicaragua, había necesidades sin atender, escasos servicios y una presencia débil de instituciones. También encontré lo mismo que había visto tantas veces en mi país: campesinos organizados, mujeres sosteniendo la economía familiar y comunidades que buscaban resolver juntas lo que durante años nadie había resuelto por ellas.

 

22 de julio de 2026

Foto: Mi Llaucán en Facebook.

  

sábado, 29 de agosto de 2026

FOTO DEL DÍA 4: UN INSTANTE AZUL EN EL JARDÍN

 


Esa mañana del mes de noviembre salí con mi cámara en busca de algo en el jardín de mi casa: una abeja, una flor de la mañana, un pájaro, una mariposa, en fin, algo que fotografiar. 

La mañana estaba fresca. Todavía quedaba humedad sobre las hojas y una luz suave entraba entre las plantas del jardín. Era una de esas horas en que todo parece comenzar despacio: los pájaros andan de rama en rama, una abeja zumba entre las flores y uno siente que debe quedarse quieto unos minutos para descubrir algo. 

Caminé por el corredor izquierdo, miré hacia el porche y desde allí la vi. Estaba posada sobre una rama de mussaenda blanca, inmóvil, con la cabeza levantada y el cuerpo alargado siguiendo la forma de la rama. 

Me acerqué con la cámara.

Era una pequeña lagartija de la especie Anolis unilobatus, presente en Nicaragua. Por su aspecto y tamaño, probablemente era un macho. Su color pardo la hacía confundirse con la corteza y había que observarla con atención para descubrirla.

Entonces abrió aquella vistosa papada que estos anolis utilizan como señal durante el cortejo y también para marcar territorio. Aparecieron el amarillo, el naranja y una intensa mancha azul que contrastaba con el verde del jardín. La lagartija que unos segundos antes casi pasaba inadvertida se convirtió de pronto en el centro de la escena.

Me detuve. Si hacía ruido es posible que saliera disparada entre las hojas y yo me quedara sin la foto. Avancé un poco más, despacio. Levanté la cámara procurando no asustarla. Ella seguía allí, con la cabeza levantada y la papada abierta. En ese momento solo pensaba en enfocar bien y disparar antes de que desapareciera. 

Por unos segundos ninguno de los dos se movió. Enfoqué. Disparé. Miré la fotografía en la pantalla de la cámara y sentí que había logrado algo fuera de lo común.

Corrí a transferirla a la computadora, con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrir algo inesperado. Cuando apareció en la pantalla grande quedé maravillado: allí estaba la lagartija en toda su majestuosidad, con aquellos colores encendidos y ese porte que yo apenas había alcanzado a percibir mientras la tenía enfrente. 

Un minuto después regresé al jardín para buscarla. Ya se había ido. Entonces pensé que estas pequeñas lagartijas llevan muchísimo tiempo conviviendo con nosotros. Los reptiles han ocupado un lugar en antiguas creencias de los pueblos de Nicaragua y Centroamérica, asociados a veces con fuerzas de la naturaleza y ciertos misterios. Tal vez por eso, cuando uno de ellos aparece así, de pronto, entre las ramas, despierta algo más que simple curiosidad.

Pero aquella mañana el misterio estaba en otra cosa: en haber estado allí justamente en ese momento, con la cámara en las manos.

A veces uno piensa que para encontrar algo extraordinario tiene que caminar lejos, meterse al monte o hacer algún viaje. No siempre es así. A veces basta salir al corredor y mirar con atención lo que tenemos cerca. 

La lagartija ya no estaba. Me quedó la fotografía: aquel pequeño animal sobre una rama de mussaenda blanca, la cabeza levantada y un relámpago azul desplegado bajo la garganta.

 

13 de agosto de 2026.


miércoles, 19 de agosto de 2026

EL MANGOSTÍN EN NUEVA GUINEA

Encontré a Sandra Calero Borge sentada en una mecedora de madera, en el pequeño negocio que funciona en su casa, sobre la calle del bulevar, en una esquina casi frente al estadio donde juegan béisbol y softbol chavalos, mujeres y viejos. Afuera pasaban camiones, carros y motocicletas; por momentos el ruido de los motores se metía en la conversación. A su alrededor se amontonaban baldes, maceteras, utensilios para el hogar y, muy cerca de la mecedora, una estructura con cactus y plantas suculentas que también vende. Después de tantos años vinculada a productores, fincas y cultivos, Sandra sigue rodeada de plantas.

Yo había llegado para preguntarle por una muy distinta.

—Entonces, Sandrita, contame la historia del mangostín en la finca de Auxilio Mundial.

Sandra comenzó por buscar una fecha en la memoria.

Según recuerda, hacia 1997 Auxilio Mundial compró un primer lote de aproximadamente quince manzanas para establecer una finca en Nueva Guinea. La propiedad estaba junto al río El Zapote; siguiendo el recorrido del río hacia el este, quedaba a unos 450 metros al sur, hasta el empalme de El Verdún. La intención era introducir nuevos cultivos tropicales y diversificar la producción.

Por los contactos que tenía entonces el organismo, llegó una donación de semillas procedentes de Australia. En el largo recorrido hasta Nueva Guinea muchas perdieron sus rótulos, de manera que algunas germinaron y crecieron sin que el personal llegara nunca a saber exactamente qué plantas eran. Entre las que sí lograron identificar venía el mangostín. Sandra calcula que recibieron entre cuarenta y cincuenta semillas y que finalmente se estableció una pequeña plantación de unas cuarenta plantas. 

El mangostín no llegó solo. Entre aquellas semillas aparecieron también la pitanga, una pequeña fruta roja y algo ácida; la biribá, de la familia de las anonas; el abiú, parecido a un caimito amarillo, y diferentes variedades de yaca. Algunas de esas especies lograron quedarse en Nueva Guinea. Sandra asegura que todavía hay productores que conservan biribá. Otras plantas crecieron, dieron frutos y pasaron años en la finca sin que nadie lograra determinar con certeza qué eran. 

Aquella finca comenzó a convertirse en una especie de muestrario de frutas tropicales poco conocidas. Con los años, Sandra calcula que allí llegaron a existir alrededor de setenta especies de cultivos. Era un lugar diferente, bien cuidado y diversificado, atravesado por el río El Zapote, que desemboca en La Sardina.

Cuando las primeras plantas de mangostín comenzaron a producir, fueron los propios trabajadores quienes probaron la fruta. Y les gustó.

Sandra recuerda especialmente a Kevin Sanderson, entonces director ejecutivo de Auxilio Mundial, un norteamericano al que describe como un hombre visionario. 

—Él soñaba que Nueva Guinea iba a ser un municipio muy próspero con todos los frutales exóticos, con frutales no tradicionales, frutales de trópico húmedo. 

Aquel entusiasmo llevó a ampliar el cultivo. Se establecieron alrededor de tres manzanas adicionales de mangostín y esta vez las semillas llegaron de una plantación existente en Kukra Hill, municipio de la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur, donde este frutal logró establecerse y todavía se produce. 

Sandra recuerda haber observado diferencias entre aquellos árboles y los procedentes de las semillas australianas: los de Kukra Hill daban, según su memoria, una fruta algo más pequeña; los australianos producían mangostines de mayor tamaño y de un color ligeramente más claro. En ambos casos, dice, la pulpa era dulce y de excelente sabor.

El mangostán, mangostino o mangostín, Garcinia mangostana, es una fruta que llama la atención desde que uno la tiene en las manos. Al madurar, la cáscara toma un color entre rojizo y morado oscuro. Es gruesa y, al abrirla, aparece una pulpa blanca dividida en gajos. 

Sandra recuerda perfectamente el sabor. 

—Es un agridulce que no molesta. Es delicioso. Para mí es una fruta deliciosa. Y agrega algo que escuchaban decir entonces:

 —Dicen que se conoce como el manjar de los dioses.

Por la calle pasa un vehículo y durante unos segundos el ruido cubre parte de nuestra conversación. Sandra espera y continúa.

Cuando la plantación grande comenzó a producir apareció un problema que nadie había previsto: había demasiado mangostín. Para entonces, Auxilio Mundial, que había impulsado la introducción y el establecimiento de aquellos cultivos, había concluido esa etapa de su trabajo. Pueblos en Acción Comunitaria, PAC, dio continuidad al manejo de las plantaciones y las cosechas. Sandra Calero Borge era la responsable de Organización y Capacitación de PAC.

Los trabajadores consumían parte de la fruta y otra se repartía entre el personal, pero la producción seguía aumentando. Sandra recuerda una conversación con Mario Pérez Lejarza, director ejecutivo del PAC.

—¿Qué vamos a hacer con tanto mangostín?

Había que buscar consumidores. Pero antes de venderlo había que conseguir algo más difícil: que la gente supiera qué era aquella fruta morada que casi nadie había visto. Sandra comenzó entonces un proceso de degustación. Las oficinas de Auxilio Mundial y, posteriormente, las de PAC quedaban frente al actual supermercado Palí, en la esquina oeste. Allí colocaban mesas y llevaban sacos de mangostines. Ella acomodaba las frutas mientras veía pasar a la gente por la acera. Algunos reducían el paso. Otros se detenían a mirar.

—¿Qué es eso? 

La pregunta se repetía.

—Venga, pase adelante, pruébelo —les decía Sandra. 

Partían el mangostín, mostraban la pulpa blanca y ofrecían los gajos a quienes aceptaban probarlos. El propósito inicial no era hacer negocio. Era dar a conocer la fruta. Si alguien quería comprar después de probarla, se la vendían a tres córdobas la unidad. Sandra sitúa aquellas primeras jornadas aproximadamente entre 2006 y 2007. 

La gente respondió bien. El sabor hacía buena parte del trabajo. Al año siguiente ya no era necesario explicar demasiado. Muchos de los que habían probado la fruta durante la cosecha anterior regresaban a comprarla. El mangostín comenzaba a dejar de ser una rareza para algunos pobladores de Nueva Guinea.

Le enseño a Sandra una fotografía que tomé en aquellos años. Está detrás de una mesa de madera, frente a las oficinas de PAC. Los mangostines ocupan casi toda la superficie. Algunos están completamente morados; otros conservan tonos rojizos y las coronas verdes resaltan sobre la cáscara oscura. Sandra sostiene dos frutas en las manos. Aquella era una de las jornadas en que vendía y daba a degustar mangostines a quienes caminaban por la acera frente al Palí. La fotografía conserva algo que las cifras no pueden contar: la abundancia de la cosecha y la curiosidad que despertaba aquella fruta.

Sandra Calero mostrando el mangostín.

La experiencia también salió de Nueva Guinea. Cada año participaban en la Expo APEN y llevaban mangostines al estand. Los colocaban en canastos, los ofrecían para degustación y también vendían algunos. Los visitantes habituales terminaron por reconocer el producto. Sandra recuerda incluso a una dirigente de APEN que, apenas llegaba, pedía que le apartaran sus mangostines. Pero la comercialización no pasó mucho más allá. Con otros productos tuvieron mayor éxito. El rambután, por ejemplo, consiguió entrar a supermercados. El mangostín quedó principalmente en el mercado local y en aquellas ferias donde lo daban a conocer. 

—Hasta ahí llegamos —resume Sandra. 

En medio de la conversación alguien se detiene frente al negocio. Pregunta dónde quedan las oficinas de Migración. La historia del mangostín queda suspendida por unos instantes. Entre Sandra y yo tratamos de explicarle el camino: que siga por allí, que doble, que busque unas edificaciones que se alcanzan a ver más adelante. El hombre escucha, agradece y se va. Poco después otra motocicleta cruza por la calle.

Volvemos a la finca. Hablar de aquella plantación lleva inevitablemente a hablar de una época de Nueva Guinea.

Auxilio Mundial había llegado al municipio en 1992, en los primeros años posteriores a la guerra. Sandra recuerda que uno de sus propósitos era apoyar la reinserción de familias campesinas y recuperar unidades productivas que habían quedado abandonadas o afectadas por el conflicto. Hubo programas de alimento por trabajo y después proyectos de producción, crédito y diversificación de las fincas.

Sandra menciona también a PRODES, PASOC, la Cooperación Italiana PRA-DC y Ayuda en Acción, organismos y proyectos que trabajaron durante aquellos años en agricultura, agua potable y saneamiento ambiental, educación y organización comunitaria. Recuerda viajes de varias horas a caballo para visitar comunidades alejadas y encontrarse allá, en medio del campo, con sistemas de agua potable manejados por las propias familias.

También fueron años de preocupación por el medio ambiente. Existía una Comisión Municipal del Medio Ambiente. Se realizaban actividades durante el Día del Árbol, los niños llevaban plantas y se promovía la protección de especies como la ceiba. En el río El Zapote, precisamente en el sector de la finca, se hicieron gestiones para impedir que los vehículos, principalmente camiones, bajaran a lavar directamente en el cauce y contaminaran el agua.

—Esa fue una etapa maravillosa —dice Sandra. No lo dice como quien recita una frase aprendida. Lo dice como alguien que estuvo allí.

Aquellas primeras quince manzanas habían aumentado con los años hasta formar una finca que Sandra calcula en unas 119 manzanas. El río El Zapote la dividía en dos. Allí estaban el mangostín, el borojó, el pulasán, la yaca o jackfruit —la fruta más grande del mundo—, la pitanga, la biribá, el abiú y decenas de especies más. Había cultivos conocidos y otros que parecían haber llegado desde lugares lejanos para probar suerte en las tierras húmedas de Nueva Guinea.

—Bien diversificada —le digo. 

—Bien diversificada. Bien cuidada, bien cuidada.

Repite las últimas palabras. Tal vez porque allí está una parte importante de lo que quiere decir. Pero los proyectos no duran para siempre. Con el paso de los años la organización comenzó a enfrentar dificultades económicas, principalmente por el Movimiento No Pago. Quedó menos personal, disminuyeron las actividades y llegó un momento en que mantener una finca de aquella extensión y diversidad resultaba demasiado costoso. Para 2014 Sandra terminó su trabajo en la organización, después de aproximadamente dieciocho años.

La finca permaneció varios años en venta hasta que finalmente pasó a manos privadas. El uso de la propiedad cambió. Se introdujo ganado y hubo quema y despale en algunas áreas. Buena parte de la diversidad agrícola que había caracterizado la finca dejó de recibir el manejo y los cuidados de los años del proyecto. Sin embargo, la plantación de mangostín no desapareció.

Julio Villachica, vecino colindante con el área donde se establecieron los viveros y, a cierta distancia de allí, la plantación de mangostín, asegura que los árboles todavía permanecen, aunque en condiciones de semiabandono. Ya no reciben el manejo que tuvieron durante los años de Auxilio Mundial y PAC. En época de cosecha, algunas personas entran incluso por las noches a cortar los frutos.

El mangostín sigue produciendo, pero una plantación en esas condiciones difícilmente puede mantener durante mucho tiempo los mismos rendimientos. Estos árboles necesitan limpieza del área, poda sanitaria, nutrición adecuada del suelo, buen manejo del agua y vigilancia de plagas y enfermedades. Sin esos cuidados es previsible que disminuya la producción, algunos árboles pierdan vigor y la plantación se deteriore con los años. Sin embargo, mientras los árboles permanezcan vivos, todavía existe la posibilidad de recuperar el cultivo si vuelve a recibir el manejo que necesita.

El cambio de uso de la finca significó también la pérdida de buena parte de aquella experiencia de diversificación: unas setenta especies de plantas, frutales exóticos, árboles que habían tardado años en crecer, materiales traídos desde Australia, ensayos, cosechas y años de trabajo. Allí, los trabajadores aprendieron a reconocer frutas que nunca habían visto y los productores descubrieron otras posibilidades para las tierras de Nueva Guinea.

Vuelvo a mostrarle la fotografía.

—¿Qué es lo que más te trae a la memoria cuando te ves allí con todos esos mangostines?

Sandra mira la imagen. Habla primero de los años. Dieciocho. Después aparece el pesar. Le duele pensar en el deterioro de un material vegetal que considera tan valioso. Pero reconoce también que ya no existía dinero suficiente para mantener una propiedad de aquella extensión y que manejar la finca resultaba costoso.

Seguimos conversando un poco más. A nuestro alrededor continúa la vida del pequeño negocio. Los baldes y recipientes plásticos ocupan los estantes. Las maceteras esperan comprador. Sobre la estructura metálica junto a Sandra permanecen los pequeños cactus y las suculentas. Afuera siguen pasando carros y motocicletas por el bulevar. Miro nuevamente las plantas. Sandra ya no trabaja en aquella finca y la finca tampoco es la que ella conoció. Sin embargo, las plantas continúan cerca de ella. 

Pienso entonces en aquellas cuarenta o cincuenta semillas que llegaron desde Australia con un cargamento de especies tropicales; en algunas que perdieron hasta el nombre durante el camino; en los primeros árboles de mangostín creciendo en las tierras húmedas de Nueva Guinea; en las semillas que después llegaron desde Kukra Hill; en una mesa frente al Palí cubierta de frutas moradas y en los transeúntes que se detenían por curiosidad.

—¿Qué es eso? 

Y Sandra abría un mangostín. 

La pulpa blanca aparecía bajo la gruesa cáscara morada.

—Venga, pruébelo.

Han pasado los años. La finca cambió, desaparecieron muchos de aquellos cultivos y los árboles de mangostín quedaron sin los cuidados de antes. Pero todavía están allí. Cuando llega el tiempo de cosecha, los frutos vuelven a madurar. 

El mangostín todavía resiste en Nueva Guinea.

 

10, 11  y 12 de agosto de 2026.

Fotografías propias.

viernes, 14 de agosto de 2026

TODAVÍA ESCUCHO LAS GAVIOTAS

 



Por momentos, todavía,

buscando una ola,

capto el canto de las gaviotas

que vuelan sobre mí,

una melodía en el aire.

 

Cantan por la alegría de hacerlo,

por el puro instinto del viento.

 

El sargazo inunda la orilla

de la playa de El Bluff.

 

De cierta manera, todavía,

después de más de vida y media,

conozco muchas palabras,

incluso algunas que nunca aprendí.

 

Tal vez estén entre ellas

las que entiende la bandada.

 

El tiempo cambió mi rostro,

dejó sus huellas,

pero no apagó del todo

al hombre que todavía mira,

escucha

y se sorprende.

 

Elevo la mirada.

 

Vuelan a baja altura,

altivas, alegres,

y les respondo

como quien todavía

tiene algo que decir.



14 de agosto de 2026

69 años.


domingo, 9 de agosto de 2026

LA FOTO DEL DÍA 3: UNA RAJA DE LEÑA



A las seis de la mañana, el camino todavía estaba húmedo. La ciudad quedaba atrás y, al doblar hacia el oeste por la escuela de la zona 6, sentí que entraba en otra Nueva Guinea: más lenta, más verde, más antigua. Giré a la izquierda y seguí rumbo a la finca de Hidalgo, vecino de mi casa, en busca de un galón de leche.

En el trayecto me detuve a mirar una ceiba majestuosa, una de las últimas sobrevivientes en los alrededores de la ciudad. Allí estaba, enorme y serena, como si todavía cuidara una memoria que el crecimiento urbano va dejando atrás. 

Seguí por un sendero y salí a una plazuela. Allí el aire ya olía distinto. No era el olor de la ciudad, sino esa mezcla viva de finca: tierra húmeda, estiércol de vaca, zacate recién pisoteado, madera partida y caña recién triturada, con una dulzura espesa que se quedaba pegada en la respiración.

A lo lejos mugían las vacas. Bajo la galera, el silencio tenía sonido de trabajo. Allí trituraban caña para hacer atados de dulce y, a un lado, en una casa sencilla, almacenaban la leña. Me llamó la atención y tomé la foto. 

La imagen parece sencilla: horcones rústicos, techo de zinc, rajas de leña bien apiladas, troncos gruesos esperando el hacha, astillas regadas en el suelo, una carreta detenida al fondo y el verde de la caña cerrando el paisaje. 

Pero esa foto también tenía olor. Olía a madera seca, a humo antiguo, a sudor de campo, a leche recién ordeñada y a caña molida. En el campo, una imagen nunca es muda. Cada raja de leña tiene su historia: el árbol cortado, los hachazos, las astillas, el aroma, el sudor, el acarreo, el fogón y la comida de la familia.

Alfredo apareció desde la finca al verme tomando fotos. Usaba sombrero, pero debajo del ala se le veían las canas. En el cinto llevaba su machete y, en los pies, unas botas de hule marcadas por el lodo, el estiércol de las vacas y la rutina diaria de andar entre corrales, potreros y galeras.

No habló con rodeos. Su voz fuerte salió directa, como la de un hombre que no necesita adornar la vida porque la conoce por dentro: la leche, la caña, la leña, los animales, el precio de cada cosa y el trabajo que cuesta conseguirla.

Hablamos de la leña, de la leche y de los precios.

—La raja de leña subió dos córdobas —me dijo—. Antes valía cinco, ahora siete. Eso sí, una buena raja. 

Después agregó, casi como quien resume el país desde un patio de finca:

—Todo ha subido, amigo. El aceite, el fertilizante, las medicinas para el ganado, la provisión, todo, todo.

Si todavía cerca de cuatro de cada diez nicaragüenses cocinan con leña, y muchas familias consumen entre cuatro y seis rajas grandes al día, entonces la frase de Alfredo deja de ser una queja cualquiera. Dos córdobas más por raja se vuelven una cuenta diaria, una presión sobre el bolsillo y una forma silenciosa de medir cómo sube la vida.

Ese día también le compré leche. El litro estaba a veinticinco córdobas. Uno sale buscando un galón de leche y regresa con algo más: una foto, una conversación y una pequeña certeza sobre la vida.

En estos caminos, la economía no aparece en gráficos ni discursos. Aparece en una raja de leña, en el precio de la leche, en el aceite que ya no alcanza, en el fertilizante, en las medicinas para el ganado y en la provisión que cada día cuesta más. 

Miré otra vez la leña bajo el techo: bien acomodada, seca, esperando el fuego. Pensé que esa foto no hablaba solo del campo. Hablaba de una manera de vivir que resiste, aunque todo suba, aunque la ciudad se acerque, aunque las ceibas vayan quedando solas. 

Volví con la leche en la mano, pero también con esa frase de Alfredo sonando en la cabeza: “Todo ha subido, amigo”.

Y pensé que, a veces, un país entero cabe en una raja de leña.

 

16 de junio de 2026.


jueves, 6 de agosto de 2026

SUEÑOS DEL CARIBE SUPERA EL MILLÓN DE VISITAS

 


Hoy quiero compartir una alegría con quienes, desde hace tantos años, se asoman a estas páginas: Sueños del Caribe ha superado el millón de visitas.

Desde su creación, el blog ha recibido 1,001,508 visitas. En el último mes llegaron 33,171 lectores, y en lo que va de este mes ya se registran 8,443 visitas. Son números que me alegran, pero detrás de cada uno de ellos imagino a una persona que se detuvo unos minutos para leer una crónica, un cuento, un poema o una historia nacida de la vida cotidiana.

Las visitas llegan desde muchos lugares. Nos leen desde Estados Unidos, Nicaragua, Brasil, Alemania, Reino Unido, México y otros países que aparecen cada día en las estadísticas del blog. Algunos lectores están cerca del Caribe; otros viven a miles de kilómetros. Sin embargo, todos se encuentran aquí, en este espacio de palabras, recuerdos, personajes, caminos, pueblos y mares.

Mi agradecimiento sincero a esa comunidad de lectores. A quienes llegan por primera vez, a quienes regresan, a quienes comparten los escritos y a quienes dejan un comentario. Su presencia ha mantenido vivo este blog durante todos estos años.

Después de 16 años de actividad, Sueños del Caribe comienza una nueva etapa. El compromiso es seguir escribiendo crónicas, relatos de personajes, poesía narrativa, cuentos y sucesos de la vida cotidiana. Seguir contando las historias de nuestra gente, de nuestros territorios y de esas pequeñas cosas que muchas veces pasan inadvertidas, pero que también forman parte de la memoria.

Gracias por acompañarme en este largo viaje. Sueños del Caribe sigue adelante. Seguimos con ustedes.

 

6 de agosto de 2026.


miércoles, 5 de agosto de 2026

NUEVA GUINEA, SEÑORA Y MUJER DE LA MONTAÑA

 



Nueva Guinea, has llegado a señora de 61 años desde tu fundación y a mujer hermosa de la montaña en tus 45 años de haber sido elevada a la categoría de municipio.

Te vemos vestida con traje de gala, entre caminos que antes fueron trochas, potreros abiertos bajo la lluvia y barrios que crecieron al empuje de tu gente. Llevás en el rostro la memoria de tus fundadores y en las manos el trabajo de quienes llegaron después.

Tu tierra, tus aguas y tus especiales condiciones agroecológicas te ayudaron a crecer. Pero fueron tus hombres y mujeres, con su esfuerzo diario, quienes te levantaron y te dieron forma.

Hoy te mostrás altiva, luchadora y solidaria. Seguís avanzando frente a los retos que el futuro te depara, albergando nuevas generaciones y nuevos sueños. Sos todavía aquella promesa nacida en medio de la montaña: la luz en la selva que soñaron tus fundadores.

Hoy celebramos tus 45 años como municipio. Que suenen las voces de tu gente, que se abran tus calles a la alegría y que la mujer hermosa de la montaña luzca, orgullosa, su traje de gala. ¡Feliz aniversario, Nueva Guinea!

5 de Agosto de 2026.