En el aeropuerto de Lima, la gente corría
como un río desbordado y mi nombre no aparecía en ninguno de los carteles.
Hombres y mujeres avanzaban de prisa, buscaban sus maletas, hacían fila para el
chequeo migratorio o intentaban encontrar una salida. Yo caminaba entre aquella
corriente humana, en una ciudad donde no conocía a nadie. Revisé los carteles
una y otra vez. Ninguno tenía mi nombre. Comencé a sentirme desconcertado y,
sobre todo, con frío. Mucho frío.
De pronto vi a una mujer pequeña que se
empinaba para sobresalir entre la multitud. En sus manos estaba escrito mi
nombre. Era limeña, de cabello negro y liso Vestía jeans, chaqueta negra y
llevaba una bufanda alrededor del cuello. Avancé con mi maleta hacia ella.
Sonrió, nos estrechamos las manos y me pidió que la siguiera.
Salimos al parqueo. El aire estaba
helado. Saqué un suéter de la mochila y me lo puse antes de subir a una
camioneta tipo van.
—Bienvenido a Lima —dijo el conductor
cuando la mujer le mencionó mi nombre.
Durante el trayecto conversaron sobre los
atentados y las explosiones que habían estremecido Lima en aquellos años. Yo
escuchaba en silencio mientras miraba por la ventana una ciudad desconocida.
Aquel viaje ocurrió en 1995. Había llegado
a Lima para participar en un intercambio de experiencias con representantes de
distintos proyectos de desarrollo. El propósito era conocer cómo trabajaban en
otras regiones, qué problemas enfrentaban y qué soluciones habían encontrado
junto a las comunidades.
Me alojaron en un hotel de tres estrellas
junto. Compartí una habitación doble con un salvadoreño. Éramos los únicos
centroamericanos del grupo. El hotel estaba ubicado en una zona residencial.
Por las noches salíamos varios compañeros a caminar por el centro de Lima.
Había edificios altos, parques llenos de plantas florecidas y calles donde el
tránsito parecía no detenerse. Cenamos en una zona ocupada casi por completo
por restaurantes.
Mi compañero de habitación, el salvadoreño, se levantaba
varias veces durante la noche para revisar su maleta y una pequeña mochila.
Pensé que comprobaba si todavía tenía su dinero. Me sorprendía su desconfianza,
aunque nunca le pregunté nada.
Cuando terminó el encuentro, emprendí el
viaje hacia Cajamarca. Salimos con el jefe del proyecto temprano en la mañana. El recorrido duró
todo el día y parte de la noche. A medida que avanzábamos, el clima y la
vegetación cambiaban por completo. Los edificios fueron desapareciendo y
comenzaron a levantarse frente a nosotros las montañas.
La carretera se volvió estrecha y sinuosa.
Subía por las laderas, bordeaba hondonadas y se perdía detrás de los cerros. En
algunos puntos, el conductor tenía que pegar la camioneta 4x4 a un lado para
dejar pasar a otro vehículo que venía en sentido contrario. Bastaba mirar por
la ventana para sentir el vacío más allá del camino. Durante buena parte del
trayecto no vi el sol. Una capa de nubes cubría las cumbres y, en algunos
sitios, la neblina descendía hasta la carretera. Los cerros aparecían y
desaparecían detrás de aquella blancura.
El viento movía los pastos y se colaba por
cualquier rendija del vehículo. En algunas laderas crecían eucaliptos altos y
delgados. Cerca de las quebradas aparecían alisos y arbustos resistentes al
viento. Entre ellos se extendían pequeños cultivos, potreros húmedos y parcelas
cercadas con piedra, madera o alambre.
Las casas estaban dispersas. Desde la
carretera se veían techos de teja y de zinc, paredes de tierra y pequeños
corrales. A veces aparecía una vaca pastando en un terreno inclinado. También
vi ovejas y, en uno de los trayectos, un rebaño de animales que entonces
identifiqué como vicuñas. Eran ligeros, de cuello erguido, y se movían juntos
entre los pastos.
Yo venía de una tierra de calor, lluvias
fuertes, llanuras y árboles frondosos. Allí el paisaje parecía vivir en
vertical. Los caminos subían, los cultivos se aferraban a las laderas y las
casas se levantaban donde parecía imposible construirlas.
En un punto del recorrido nos detuvimos
frente a una mina a cielo abierto. Desde donde estábamos se podía ver aquel
enorme orificio que descendía hasta perderse en la profundidad. Los caminos
interiores parecían delgadas líneas trazadas sobre la tierra. Nadie dijo mucho.
Después continuamos el viaje.
Llegamos a Cajamarca entrada la noche. Al
día siguiente salimos hacia Bambamarca. El frío continuaba y la humedad se
sentía en la ropa y en las manos. A medida que avanzábamos, el olor de la
tierra mojada se mezclaba con el humo de leña que salía de las casas dispersas
entre los cerros.
No volvimos a detenernos hasta llegar a la
casa de uno de los responsables del proyecto. Allí me presentaron al equipo de
trabajo. Me explicaron que apoyaban a las comunidades en la atención de
necesidades básicas, principalmente en educación, salud y actividades
económicas. Uno de los proyectos que más me impresionó fue el sistema de riego
construido en las zonas altas.
En las cumbres de los cerros levantaban
pequeños embalses para almacenar agua. Eran lagunas hechas por la mano del ser
humano en lugares casi desprovistos de árboles, donde solo crecían pastos bajos
y plantas resistentes al frío. Desde allí construían canales que descendían por
gravedad hasta las parcelas. El agua recorría las laderas y abastecía los
cultivos de papas, maíz, trigo y legumbres. Desde lejos, los sembradíos
parecían retazos de distintos tonos verdes y marrones cosidos sobre la montaña.
Pude conversar con varios de ellos. Eran
campesinos de pocas palabras. Respondían con un sí, un no o una frase breve. A
veces bajaban la mirada antes de contestar. Otras veces permanecían en
silencio, con las manos escondidas bajo el poncho. Vivían en casas pequeñas,
dispersas entre los cerros. Muchas tenían corrales, gallinas y animales
amarrados cerca de las puertas. Los hombres llevaban sombreros de paja de palma
y ponchos de colores intensos. Las mujeres caminaban con faldas amplias,
sombreros y mantas que les cubrían la espalda.
Masticaban una bola verde que mantenían a
un lado de la boca. Eran hojas de coca. En uno de los recorridos entré a una
pequeña venta para comprar algo de beber. Allí vi numerosos sacos abiertos
llenos de hojas de coca.
También me llamó la atención el
comportamiento de los miembros del equipo. Cuando yo me acercaba, ciertas
conversaciones se interrumpían. Callaban o cambiaban de tema. Después alguien
hacía una pregunta sobre el camino, el clima o la actividad del día, y los
demás continuaban como si nada.
Una mañana, después del desayuno, me
llevaron al mercado de Bambamarca. El día estaba nublado y un frío ligero
corría por las calles. Poco a poco comenzaron a aparecer los campesinos: unos a
pie, otros montados a caballo y en vehículos cargados de sacos,
canastos y animales. A ambos lados de una calle, hombres y mujeres acomodaban
sus productos. Las mujeres estaban sentadas en bancos colocados sobre las
aceras. Usaban faldas de colores, suéteres gruesos y sombreros. Los hombres
llevaban ponchos y sombreros de paja.
En la calle vendían granos, frutas, papas,
gallinas, sacos de maíz, quesos frescos, hierbas y verduras recién arrancadas
de la tierra. Había papas de diferentes tamaños y colores. Las mujeres también
ofrecían rollos de hilo, tejidos y prendas de vestir elaboradas en las
comunidades. Sobre los bancos y las mantas acomodaban suéteres, gorros,
bufandas y otras piezas tejidas con paciencia. Los compradores tocaban los
productos, preguntaban los precios y discutían con los vendedores. En un lugar
cercano, los cerdos y el ganado permanecían encerrados en corrales, entre
chillidos, mugidos y voces de compradores. El cacareo de las gallinas se
mezclaba con los pregones. Olía a tierra húmeda, queso, frutas maduras,
animales y ropa mojada por la neblina. A ratos, una ráfaga de viento levantaba
pequeños papeles y obligaba a las mujeres a sujetarse el sombrero.
El español que hablaban tenía un ritmo
particular. Algunas palabras me resultaban familiares y otras parecían adquirir
un sonido distinto en boca de los campesinos. Hablaban con frases breves, sin
rodeos. Aquella calle reunía, durante unas horas, los productos de las montañas
y a los compradores de la ciudad.
Antes de regresar a Lima, me llevaron a una
comunidad situada en la parte alta de las montañas, a más de dos mil quinientos
metros sobre el nivel del mar. Recorrimos una parte del camino en vehículo.
Llegamos hasta un punto donde varios pobladores de la comunidad nos esperaban
con caballos. Habían bajado con los animales para ayudarnos a completar el
recorrido hasta el poblado.
Montamos y comenzamos a subir. La comunidad
se encontraba más allá de una sucesión de montañas que parecían no terminar.
Los caballos avanzaban por senderos angostos marcados sobre la tierra húmeda. A
un lado se levantaban paredones cubiertos de hierba. Al otro se abrían
quebradas y laderas que descendían hasta pequeños valles. El silencio de la
montaña era interrumpido por el golpe de los cascos, el resoplido de los
caballos y algún pájaro oculto entre los arbustos. A lo lejos se escuchaban
perros y mugidos que parecían venir de otra montaña.
En varios momentos vimos águilas andinas
girando sobre las laderas. Planeaban en círculos, sostenidas por el viento. Más
adelante, uno de los acompañantes levantó el brazo y señaló hacia las cumbres.
—Mire, parece un cóndor.
Muy arriba, entre dos montañas, una figura
oscura avanzaba con las alas extendidas. Apenas las movía. Parecía dejarse
llevar por las corrientes de aire. Todos levantamos la mirada y lo seguimos
hasta que desapareció detrás de una cumbre cubierta por la neblina.
El aire se volvía más frío y delgado a
medida que ascendíamos. Respiraba con rapidez. Sentía las manos heladas y el
cuerpo tenso sobre la montura. Sin embargo, no quería dejar de mirar aquel
paisaje: montañas detrás de montañas, cultivos pequeños, caminos que
serpenteaban y casas aisladas bajo un cielo gris.
Después de casi dos horas llegamos a un
pequeño poblado levantado en una ladera. La comunidad entera nos esperaba.
Había hombres, mujeres, niños y ancianos. Algunos permanecían junto a la
escuela. Otros conversaban cerca de la cancha de usos múltiples. Aquel día se
inaugurarían la escuela y la cancha. También se entregarían recursos para
apoyar las actividades económicas de los agricultores.
Los pobladores que nos habían acompañado se
hicieron cargo de los caballos. Eran animales de la comunidad y permanecerían
allí con sus dueños. Cuando terminaron los actos formales, alguien lanzó una
pelota sobre la cancha. Los comunitarios comenzaron a jugar fútbol.
—¡Que juegue el nica! —gritaron.
Les dije que en Nicaragua jugábamos más
béisbol que fútbol, pero continuaron insistiendo.
—¡Que juegue el nica!
Entré a la cancha. Corrí detrás de la
pelota durante unos quince minutos y terminé completamente agotado. El pecho me
subía y bajaba con rapidez. Sentía que el aire no alcanzaba. Los demás reían y
seguían jugando como si nada.
Después nos reunimos frente a una casona
con un salón amplio. De la cocina salían humo y olor a leña. Los líderes y
lideresas de las comunidades formaron un círculo junto con los responsables del
proyecto. El jefe habló de los avances, los problemas y los planes para el año
siguiente. Explicó cómo habían trabajado en conjunto para mejorar la
producción, la salud y la educación.
Yo observaba los rostros de la gente. Eran
rostros quemados por el sol y el frío. Las mejillas y las narices tenían un
color rojizo. Las mujeres conversaban en voz baja y sonreían entre ellas. Los
hombres escuchaban con los sombreros puestos y las manos escondidas bajo los
ponchos. Detrás de ellos se levantaban las montañas. La neblina rozaba las
cumbres y el viento doblaba los pastos.
De pronto, uno de los líderes pidió que
hablara el nica.
—Que diga unas palabras a la comunidad.
El jefe del proyecto estuvo de acuerdo.
Todos volvieron la mirada hacia mí.
Les conté que venía de Nicaragua, un país
pequeño situado en Centroamérica. Les hablé de sus lagos y volcanes, de Rubén
Darío y de una gente trabajadora que, cuando se une, es capaz de realizar
grandes cosas. También les conté que era un país pluricultural y multilingüe.
Les hablé del vaho, del nacatamal y del rondón. Después les conté algo sobre
Nueva Guinea, sus productores, sus comunidades y el trabajo que realizábamos
con ellos. Las palabras comenzaron a salir como un río. Mientras hablaba, veía
sus rostros atentos. Algunas mujeres se reían en voz baja. Cuando terminé,
todos aplaudieron.
Me dijeron que habían oído hablar de
Nicaragua, pero que nunca habían escuchado hablar a un nicaragüense. Les
causaba gracia nuestro acento, el uso del vos, el “mirá” y la forma en que
repetíamos la palabra “cosa”.
—Es gracioso cómo hablan —dijo alguien.
—Y bonito —agregó una mujer.
El jefe de la comunidad anunció que ya era
tarde y que debíamos pasar a comer. Una mujer me indicó el lugar que debía
ocupar en una mesa grande y alargada. Varias mujeres entraban y salían de una
cocina amplia, donde ardían fogones de leña. El humo se pegaba a las paredes y
salía por la puerta. Olía a caldo, papas cocidas, queso fresco y carne frita.
Sobre la mesa habían colocado grandes recipientes con legumbres, caldos, queso
fresco y papas de distintos tamaños.
De pronto pusieron frente a mí un platón
que parecía contener una montaña de cuyes. Nunca los había visto cocinados.
Estaban abiertos por la mitad, sin piel ni vísceras, con el cuerpo extendido
como una mariposa. Habían sido fritos y estaban colocados unos encima de otros,
como una ristra de tortillas recién salidas del comal. Les vi los dientes, las patitas y las uñas recogidas. Tuve la impresión de que algunos sonreían
desde el platón. Levanté la mirada. Los líderes de la comunidad me observaban.
Nadie había comenzado a comer. Esperaban que yo tomara uno de los cuyes y lo
probara.
—Coma, no le tenga miedo —me dijo el líder
de la comunidad.
—Nunca he comido esto —contesté.
—Cómalo, nica. Le va a gustar —dijo la
mujer que había llevado el platón.
El jefe del proyecto también me animó.
—Pártalo. Arranque una pierna y pruébela.
La mujer se acercó, separó una de las
piernas bien fritas y la colocó en mi plato. La levanté con la mano. Todos
seguían mirándome. Me la llevé a la boca y mordí un pedazo. La carne estaba
crujiente y tenía un sabor intenso.
—Está delicioso —dije.
Todos aplaudieron, rieron y comenzaron a
comer.
Después del almuerzo emprendimos el regreso
hasta el lugar donde habíamos dejado los vehículos. Los caballos se quedaron en
la comunidad con sus dueños, de modo que tuvimos que bajar a pie. La tarde
comenzaba a caer y la neblina descendía de nuevo sobre las montañas.
Caminábamos con cuidado por los senderos húmedos. En algunos lugares, las
piedras estaban resbalosas y debíamos apoyarnos unos en otros para no caer.
Habíamos tomado un poco de pisco y veníamos
contentos, riéndonos a carcajadas mientras descendíamos. A un lado del camino
crecían alisos y arbustos golpeados por el viento. Más abajo, el humo de las
casas dispersas subía lentamente por las laderas. Nuestras voces rebotaban en
los cerros y se perdían en la neblina.
En Bambamarca me despedí del equipo del
proyecto. Después regresé a Lima. En el hotel, la gente seguía hablando de la
violencia y de los atentados que todavía mantenían al país en tensión. Las
conversaciones bajaban de volumen cuando alguien se acercaba. Algunos miraban
hacia la puerta antes de continuar.
Dos días después estaba de regreso en Nueva
Guinea. Había dejado atrás las montañas y el frío, pero todavía escuchaba las
risas de aquella comunidad después de mi primer bocado, cuando por fin todos
comenzaron a comer.
Con el tiempo comprendí que, aunque cambien
el paisaje, el clima y las costumbres, las comunidades rurales suelen enfrentar
problemas parecidos. En Bambamarca, como en muchos lugares de Nicaragua, había
necesidades sin atender, escasos servicios y una presencia débil de instituciones. También encontré lo mismo que había visto tantas veces en mi país:
campesinos organizados, mujeres sosteniendo la economía familiar y comunidades
que buscaban resolver juntas lo que durante años nadie había resuelto por
ellas.
22 de julio de 2026
Foto: Mi Llaucán en Facebook.