lunes, 3 de agosto de 2026

UTILA EN LA SANGRE

 


En memoria de Henry Bush Hill Bush

Utila ( 6/04/1934 - 12/11/2023)


Desde que el barco giró a estribor, pasando junto al faro para entrar en la bahía, supe que volvía a mi segunda casa. No fue una idea pensada con calma. Fue una certeza que me subió desde el pecho apenas vi otra vez las casas pintadas de colores llamativos frente al agua. Vi los muelles, los techos bajos y ese azul del mar que no se parece a ningún otro azul.

Abril ardía hondo. Utila sudaba sal por las paredes, por las calles y por los cuerpos. Yo venía a compartir tres semanas con los míos. Eran unas vacaciones merecidas después de tantos años de trabajo. Traía una maleta preparada para eso: camisetas, shorts, sandalias; en fin, ropa para estar en la isla. También traía una contentura sencilla, casi de muchacho, como quien regresa a un lugar que nunca terminó de irse de su vida.

Al bajar del barco, tío Henry me estaba esperando. Verlo en el muelle hizo que la llegada no fuera solo una entrada a la isla. Fue una entrada directa a la familia. El olor del diésel, del pescado fresco y de la madera mojada me recibió como una vieja contraseña. Las caponeras esperaban pasajeros. Un hombre descargaba sacos, las tablas crujían bajo los pasos y todo parecía decirme, sin palabras, que había vuelto.

Me alojé en la casa de tío Henry y tía Zula. Eso me permitió compartir con ellos sin prisa. Nos sentamos a conversar y a recordar a los abuelos, a mi papá y a mi madre. En esas pláticas volvieron las anécdotas familiares. Volvieron sobre todo las del abuelo Ernest y la abuela Hazel. Pero los relatos de tío Henry sobre su vida de marino y capitán de barcos camaroneros tenían un momento especial.

Esos relatos se abrían en el corredor de la casa. Él se mecía lentamente en su swing y dejaba que los recuerdos fueran saliendo con calma. Parecía que cada historia venía empujada por la misma brisa del mar. Una tarde, él estaba sentado en su swing del corredor y yo en una silla, frente a él. Se escuchaba el vuelo rápido de los colibríes que llegaban al bebedero con agua de azúcar que tía Zula les mantenía preparado. A un lado veía los árboles del patio; de frente, la casa de Albert y Neil; y a mi derecha, el camino que llevaba al portón y a la calle que va hacia Cola de Mico.

—Tío Henry —le pregunté—, ¿qué es lo que más extraña ahora, ya retirado de la vida de marino?

Tío Henry se meció despacio. Se acomodó en el swing. Sonrió apenas y respondió:

—Mirá cómo es la vida. Extraño el mar. Mucho, muchísimo. Esa calma que te da estar allí, en esa vida azul. Pero fue en el mar, pescando, que perdí mi ojo. Desde entonces ya no es lo mismo para mí salir a pescar.

Lo dijo sin resentimiento. Aun así, un dolor antiguo le cruzó el rostro. En ese momento entendí mejor que el mar, para los hombres de isla, no solo da sustento y recuerdos. También deja marcas. Allí, entre el movimiento pausado del columpio, el vuelo de los colibríes y el sonido de la isla alrededor, sus historias cobraban otra vida. En un lugar como Utila, el mar no solo se mira: también se cuenta.

Caminé por Utila sin prisa, como quien vuelve a recorrer una parte de su propia vida. Fui a visitar la tumba de mis padres y abuelos. Después decidí limpiar y pintar la tumba de mis padres. Fue uno de los objetivos que asumí estando allí. No lo sentí como una obligación pesada. Lo sentí como un acto de amor, respeto y regreso.

Bajo el calor de la isla, limpié la superficie, quité el polvo y repasé los bordes. Fui devolviéndole claridad a aquel sitio querido. Cada gesto tenía algo de conversación silenciosa. La pintura no solo cubría una tumba. También tocaba una parte honda de mi vida. Frente a esos nombres sentí que la sangre también tiene puerto, raíces de sal y una manera secreta de volver.

Saludé a mis primos y parientes, casi la mitad de la isla. En lugares así la familia no termina en una casa. Se extiende por las calles, los corredores, los patios y los saludos que aparecen de pronto en cualquier esquina. Por la calle central, la vida iba y venía con una calma festiva. Pasaban motos, carritos de golf cargados de familias, niños corriendo entre voces, turistas en un frenético ir y venir, risas y saludos. A los lados, las casas de madera, la ropa tendida, los perros queridos y las mujeres que barrían la tarde completaban esa paciencia antigua de las islas.

En el aire andaba el olor del bando, esa comida isleña parecida al rondón de Bluefields, pero con nombre propio en Utila. También andaba aquel inglés característico, isleño y cantadito. No solo se habla: también se canta cuando pasa por la boca. Aunque la isla vive mucho del turismo, de sus negocios abiertos, de los rótulos llamativos y de la llegada constante de visitantes, Utila no ha dejado de ser una isla de pescadores. El mar no es solo paisaje. También es trabajo, buceo en sus arrecifes, comida, espera, riesgo y madrugada.

El mar sostiene la mesa, marca los días y enseña a la gente a mirar lejos. Un domingo por la mañana, al pasar frente a sus iglesias, escuché cantos de fe en inglés. Eran voces levantadas con ese acento isleño, suave y cantadito. Por un momento, la oración parecía venir mecida por el mar. Allí estaba otra Utila. No solo playa, música, bares y turistas, sino fe, comunidad, familia y gratitud.

Visité sus lagunas, Pumpkin Hill, Chepa’s Beach, sus cayos y arrecifes. Cada lugar tenía una luz distinta. Cada lugar tenía una manera propia de quedarse en la mirada. Pero uno de los momentos que más me maravilló fue la visita a los Cayitos, donde fui a bucear con snorkel. Allí el mar se abrió claro, turquesa, transparente. Parecía guardar una luz propia debajo del agua.

Bajo esa claridad apareció un mundo silencioso y vivo. Peces de colores, tortugas, langostas y caracoles se movían entre los arrecifes. Formas pequeñas cruzaban frente a mis ojos con una belleza tranquila. La vida marina se desplazaba sin ruido, ajena a nuestras prisas. Uno solo podía quedarse allí, con la cara dentro del agua, mirando aquel mundo moverse. Era otra forma de entender la isla.

En esos días sentí que la isla conservaba su propio gozo. Estaban allí las lanchas, los botes de pesca y los cayucos, como les llaman en Utila a esas embarcaciones con motores de muchos caballos de fuerza. Esos cayucos cruzan velozmente el mar entre la isla y los Cayitos. En ciertas épocas del año compiten sobre el agua, levantando espuma, ruido y emoción entre los isleños. También estaban la música country saliendo de algún bar, las risas de la familia y esa manera sencilla de saludar al que vuelve. Yo caminaba feliz, ligero por dentro, como si Utila me hubiera quitado un peso viejo de los hombros.

En Utila el tiempo no corre igual. Se sienta en los corredores, se mece en los cayucos y se queda mirando el agua. Espera que uno aprenda a vivir despacio. Por eso anduve sus calles sin buscar nada. Solo me dejé encontrar por el viento, por la sal, por la voz de los míos y por el rumor alegre de una isla que todavía sabía pronunciar mi nombre.

También hubo tardes de disfrute en familia. Con Albert y Ollie, su esposa, compartí una de las comidas favoritas de los utileños: cangrejos hervidos. En una gran olla, casi medio barril, el agua con sal empezaba a hervir sobre el fuego ardiente. Primero entraban los guineos por unos minutos. Luego llegaban los cangrejos, rojos y humeantes. El vapor subía con ese olor fuerte y marino que abre el apetito antes de sentarse a la mesa.

Aparte se alistaba una pana con limón, cebolla, chile y pimienta. Cada quien tomaba su cangrejo, lo quebraba poco a poco con una piedra o un pequeño mazo y metía los pedazos en aquella mezcla viva, ácida y picante. Los guineos acompañaban esta comida tan apetecida en la isla. Fue una tarde agradable, sencilla y familiar. Allí la comida no era solo comida. Era conversación, risa, costumbre y una manera de estar juntos alrededor de lo que el mar ofrece.

Durante mi estancia también tuve el gusto de visitar el local de mi amigo Robie y su esposa Julie, el RJ’s Bar and Grill. Allí fui recibido como un rey. Al llegar, Robie me indicó que me sentara en una gran silla con respaldo, amplia y cómoda. Luego le pidió a la persona que la ocupaba que me la cediera. Yo no entendía qué estaba pasando. Entre risas, Robie me explicó que aquella era la silla preferida de mi papá.

Aquel detalle me tocó hondo. La visita dejó de ser solo una cena entre amigos. La silla había abierto otra puerta hacia mi padre. Disfruté mucho su compañía y pude ver de cerca sus habilidades como chef especialista en asados. A su lado fui saboreando trozos de carne y mariscos que salían de la parrilla. Estaban preparados con ese talento que convierte una comida en una experiencia.

Fue una noche agradable, llena de sabores y recuerdos. Volvimos a hablar de nuestros juegos de chavalos frente a su casa. También recordamos aquellas aventuras infantiles en el puente sobre la laguna. Entre risas y nostalgia, por un momento pareció que el tiempo había dado una vuelta completa. Nos había llevado otra vez a aquellos días sencillos de la niñez.

La mañana en que me fui, me despedí de tía Zula en el corredor. La abracé y ella me devolvió un beso de madre. Unas lágrimas rodaron en silencio. Tío Henry tomó mi maleta para bajarla del corredor y salir conmigo hacia la calle. Luego me acompañó al muelle. El lugar ya estaba despierto.

Un hombre soltaba una cuerda, otro acomodaba unos sacos y el barco esperaba sobre el azul de la bahía. Nos despedimos con un abrazo. En ese instante sentí la presencia de mi padre, como si algo suyo hubiera llegado también hasta aquel muelle. Después, tío Henry dio la vuelta y se marchó. Subí al barco y miré hacia atrás sin tristeza. Esta vez no me iba vacío.

Utila permanecía allí, con sus casas, sus muelles, sus cayos, sus iglesias, sus cayucos, sus pescadores, sus aguas turquesas, su vida marina, su música, su sol ardiente y su dicha metida en mi pecho. También permanecían la casa de tío Henry y tía Zula, las conversaciones familiares, la tumba limpia de mis padres, el recuerdo vivo de mis abuelos, las tardes compartidas con Albert y Ollie, y los momentos con amigos que también forman parte de mi historia. El motor abrió el agua. La isla se fue quedando atrás, pero algo suyo viajaba conmigo.

Entonces entendí que uno puede partir muchas veces de un lugar amado, pero no siempre se va del todo. Hay islas que no se quedan solamente en el mapa. Se quedan en la voz, en los olores, en la familia, en los amigos y en los muertos queridos. Se quedan también en esa parte del corazón que ningún barco logra llevarse por completo. Utila, mi segunda casa, vive en mi sangre. 

9 de julio de 2026..

Foto: Utila Dive Shop. Hostal y Café.

domingo, 26 de julio de 2026

FOTO DEL DÍA 2: INTERCAMBIO EN EL MUELLE AL AMANECER



Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.

Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.

Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.

Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.

En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.

Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.

Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.

Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.

Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones. 

Alrededor de la mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban pasando los productos de los cayucos al muelle.

Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.

En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.

El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.

Clic.

La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.


13 de julio de 2026.

Bluefields, RACCS.

 


miércoles, 22 de julio de 2026

CREACIÓN LITERARIA EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA



La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua constituye un campo cultural en proceso de afirmación, atravesado por la oralidad, la diversidad lingüística, la memoria comunitaria y tensiones históricas. A diferencia de otros procesos literarios del país, la creación literaria caribeña no surge inicialmente desde el libro impreso ni desde instituciones literarias consolidadas, sino desde la palabra hablada, los relatos comunitarios, los cantos, los mitos, las experiencias territoriales y las múltiples lenguas que conviven en la región.

Analizaremos este proceso considerando sus raíces, sus formas de desarrollo, sus principales aportes, sus avances reales y los desafíos que aún enfrenta para consolidarse como sistema literario regional.

Base cultural de la creación literaria caribeña:

Su base fundamental es la oralidad. Antes de la aparición de textos escritos, revistas, antologías o autores reconocidos, ya existía una práctica narrativa sostenida por las comunidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas de la región. Esta oralidad incluía mitos, relatos de origen, leyendas, cantos, proverbios, memorias familiares, historias de navegación, relatos comunitarios y formas de expresión ritual o ceremonial.

En este sentido, la creación literaria caribeña no debe entenderse como una simple imitación de modelos literarios nacionales o extranjeros, sino como una transformación de la palabra oral en escritura. Su originalidad radica precisamente en esa tensión: pasar de la voz al texto sin perder el ritmo, la memoria y la identidad del territorio.

La oralidad funciona como archivo cultural. En ausencia de documentos escritos sistemáticos, la memoria de las comunidades conservó conocimientos, formas de vida, valores, conflictos y visiones del mundo. Por ello, la creación literaria contemporánea de la Costa Caribe conserva una relación profunda con la narración oral, el habla cotidiana, el testimonio y la musicalidad.

Lengua, identidad y territorio:

Uno de los rasgos más relevantes es su carácter multilingüe e intercultural. En la región conviven el español, el creole, el miskitu, el mayangna, el rama y otras expresiones lingüísticas vinculadas a la vida comunitaria. Esta diversidad incide directamente en la creación literaria.

La lengua no es solo un instrumento de comunicación. En la escritura caribeña, la lengua es identidad, memoria y posición cultural. Escribir desde el Caribe implica muchas veces enfrentarse al problema de qué lengua usar, qué ritmo conservar, qué palabras mantener y qué elementos traducir o no traducir.

Durante mucho tiempo, los sistemas educativos y culturales privilegiaron modelos externos, especialmente el español académico o el inglés estándar. Esto produjo una distancia entre la literatura enseñada en las aulas y las formas propias de expresión de las comunidades. Como consecuencia, muchas voces locales fueron consideradas informales, populares o poco literarias.

Sin embargo, la creación literaria caribeña ha comenzado a reivindicar esas formas de habla como fuente estética. El territorio también cumple un papel central: el mar, la bahía, los ríos, los muelles, las comunidades rurales, las casas de madera, la lluvia, los caminos y la vida cotidiana aparecen como escenarios vivos de la creación literaria.

Desarrollo de la creación literaria:

El desarrollo de la literatura en la Costa Caribe puede entenderse como un proceso gradual que va desde la oralidad ancestral hasta la producción escrita contemporánea. En una primera etapa predominó la palabra oral como forma principal de transmisión cultural. Posteriormente surgieron intentos de escritura en español, creole, miskitu y otras lenguas de la región.

Dentro de ese tránsito hacia la escritura aparecen voces poéticas importantes como Sidney Francis, cuya poesía en creole evidencia la búsqueda de una expresión propia desde la lengua y la identidad cultural costeña. Su poema Looking Fa a Poem, citado por Víctor Obando Sancho, expresa una escritura marcada por el habla creole, la denuncia social, la libertad y la defensa de la vida, la naturaleza y la comunidad.

También debe destacarse el papel de Víctor Obando Sancho, no solo como poeta, sino como estudioso, promotor y organizador de la literatura de la Costa Caribe. Su reflexión sobre la literatura regional permite comprender los problemas de reconocimiento, organización y desarrollo que ha enfrentado la creación literaria costeña. Obando Sancho señala la importancia de la tradición oral, la débil presencia de políticas culturales sostenidas y la necesidad de fortalecer procesos de publicación, organización y formación literaria.

En este mismo proceso sobresalen autores como Avelino Cox, vinculado a la recuperación de la cosmovisión de los pueblos indígenas de la región; Allan Boudier, con aportes poéticos desde la sensibilidad regional; Rolando Sotelo, asociado a la poesía escrita desde Bluefields; y José Antonio Mairena, con trabajos relacionados con la tradición sumu-mayangna. Estos autores aparecen entre las obras publicadas por URACCAN y otros organismos durante los años noventa, junto con la Antología poética de la Costa Caribe de Nicaragua, lo que evidencia un esfuerzo colectivo por registrar, afirmar y proyectar la memoria cultural de la región.

A nivel narrativo, uno de los referentes centrales sigue siendo Lizandro Chávez Alfaro, nacido en Bluefields, cuya obra permitió insertar elementos del Caribe en la narrativa nicaragüense moderna. Obando Sancho destaca su reconocimiento nacional e internacional desde la publicación de Los monos de San Telmo, Premio Casa de las Américas en 1963, pero también advierte que la región necesita conocerlo y apropiárselo más profundamente.

En la poesía de afirmación identitaria, autores como Carlos Rigby, David McField y June Beer contribuyeron a fortalecer una estética afrocaribeña y nicaribeña, marcada por la oralidad, el ritmo, la identidad negra, el creole y la memoria cultural. Estas voces rompieron con modelos literarios tradicionales y ampliaron la idea de lo que puede considerarse literatura nicaragüense.

Más recientemente, escritoras como Yolanda Rossman Tejada y Andira Watson han ampliado el campo desde perspectivas de género, etnicidad, territorio e identidad. La escritura de mujeres indígenas y afrodescendientes ha permitido cuestionar no solo el centralismo cultural nacional, sino también las exclusiones internas dentro del propio campo literario.

En conjunto, estos autores y autoras muestran que la creación literaria en la Costa Caribe no es un fenómeno aislado. Es un proceso plural, construido desde la oralidad, las lenguas, la memoria, la poesía, la narrativa, la investigación cultural y la afirmación identitaria.

Espacios de promoción y formación:

La producción literaria ha sido impulsada por revistas, universidades, talleres, encuentros literarios, festivales, colectivos culturales y proyectos editoriales. Instituciones como URACCAN, BICU, CIDCA y la revista Wani han desempeñado un papel importante en la documentación, publicación y reflexión sobre la cultura caribeña.

Estos espacios han permitido visibilizar autores, promover nuevas voces, abrir oportunidades de formación y crear una conciencia más clara sobre la necesidad de escribir desde la identidad regional. Sin embargo, todavía existe una diferencia importante entre actividad cultural y consolidación literaria.

La existencia de talleres, recitales o festivales no garantiza por sí sola el desarrollo de un sistema literario. Para que la creación literaria se fortalezca, los procesos deben terminar en textos trabajados, publicaciones, crítica, circulación y continuidad. De lo contrario, el riesgo es que la creación se quede en el momento de la presentación pública, sin convertirse en obra sostenida.

Aportes de la creación literaria caribeña:

Aporta al país una visión distinta de la literatura nacional. Su principal contribución es ampliar el mapa cultural de Nicaragua. Frente a una tradición literaria históricamente dominada por el Pacífico y el centro del país, la Costa Caribe introduce otras lenguas, otros ritmos, otros territorios y otras memorias.

Entre sus aportes más importantes pueden señalarse los siguientes:

Primero, la incorporación de la oralidad como forma estética. La literatura caribeña no solo cuenta historias; conserva la cadencia de la voz, la musicalidad y la memoria colectiva.

Segundo, la afirmación de identidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas. La escritura se convierte en un acto de presencia cultural.

Tercero, la recuperación del territorio como espacio literario. La bahía, el mar, los ríos, las comunidades y los paisajes del Caribe no funcionan solo como fondos descriptivos, sino como elementos vivos de la narración.

Cuarto, la apertura hacia una literatura intercultural. La Costa Caribe obliga a pensar la literatura nicaragüense no como una sola tradición homogénea, sino como un conjunto diverso de voces.

Quinto, la participación creciente de mujeres y jóvenes, quienes amplían las temáticas y cuestionan las formas tradicionales de representación.

Avances reales:

En la actualidad se observan avances importantes. Hay mayor conciencia identitaria, mayor presencia de escritores emergentes, más espacios de lectura, más interés por las literaturas regionales y una creciente utilización de plataformas digitales.

También se ha fortalecido la idea de que la creación literaria caribeña no debe depender exclusivamente del reconocimiento externo. Cada vez resulta más claro que la región necesita construir sus propios espacios de formación, publicación, crítica y circulación.

Otro avance importante es la recuperación del valor de la oralidad. Lo que antes podía considerarse únicamente folclor hoy empieza a reconocerse como base legítima de creación literaria.

Desafíos principales:

A pesar de los avances, la creación literaria en la Costa Caribe enfrenta desafíos estructurales. El primero es la falta de publicación sostenida. Muchos escritores producen textos, pero pocos logran convertirlos en libros, antologías o publicaciones de circulación amplia.

El segundo desafío es la débil crítica literaria. Sin crítica no hay crecimiento estético, ni debate, ni construcción de canon. La crítica no debe entenderse como ataque, sino como acompañamiento riguroso para mejorar la calidad de las obras.

El tercer desafío es la circulación. Las obras caribeñas suelen quedar en espacios locales o institucionales, con poca presencia en bibliotecas, librerías, ferias, universidades y plataformas nacionales.

El cuarto desafío es la fragmentación. Existen autores, talleres, colectivos e instituciones, pero muchas veces trabajan de manera aislada. La consolidación de un sistema literario requiere articulación.

El quinto desafío es la sostenibilidad. Muchos procesos dependen de proyectos temporales, apoyos externos o esfuerzos personales. Cuando esos recursos desaparecen, los procesos se debilitan.

Perspectiva de consolidación:

La creación literaria en la Costa Caribe necesita avanzar hacia una etapa de consolidación. Esto implica articular cinco dimensiones fundamentales: formación, publicación, crítica, circulación y organización.

La formación debe incluir escritura creativa, lectura crítica, edición, memoria cultural, oralidad, identidad, género, territorio y lenguas. La publicación debe considerar libros físicos, revistas digitales, antologías, colecciones temáticas y producción bilingüe. La crítica debe desarrollarse desde la academia, los medios culturales, los talleres y las comunidades. La circulación debe fortalecer bibliotecas, ferias, plataformas digitales, recitales, escuelas y universidades. La organización debe reunir a escritores, colectivos, instituciones culturales, universidades, editoriales y comunidades.

Solo mediante esa articulación la creación literaria podrá dejar de ser una suma de esfuerzos aislados para convertirse en un sistema literario regional.

Conclusión:

La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua no parte de cero. Tiene raíces profundas en la oralidad, en la memoria colectiva y en la diversidad cultural de sus pueblos. Ha producido autores, obras, antologías, revistas y movimientos de afirmación identitaria.

Sin embargo, su principal desafío no es la falta de creatividad, sino la falta de estructura. La literatura caribeña existe, tiene voz y tiene fuerza. Lo que necesita es consolidar las condiciones que permitan formar escritores, publicar obras, ejercer crítica, circular textos y organizar el campo literario.

Dicho de manera directa: la creación literaria caribeña no necesita demostrar que existe. Necesita construir el sistema que la sostenga, la valore y la proyecte.

 

Ronald Hill A.

Este documento es un resumen de la ponencia del mismo nombre realizada en el XI Festival de Poesía Mayo Ya 2026 el 22 de Mayo en la Universidad URACCAN de Bluefields, RACCS.


 

 


miércoles, 15 de julio de 2026

RESPLANDOR DE PERLAS II

 


La encontró una tarde cualquiera, de esas en que la brisa acaricia con aroma a recuerdos viejos y el cielo parece murmurar lo que uno había olvidado. Caminaba con paso seguro, aunque sin prisa. El cabello suelto dejaba que los rizos jugaran con el viento y, detrás de las gafas oscuras, sus ojos seguían tan vivos como los recordaba. Vestía un vestido ligero que se movía al ritmo de sus pasos y unas sandalias sencillas que no lograban ocultar la elegancia natural que siempre había tenido.

Él la reconoció de inmediato. Dudó apenas un instante. No porque temiera verla, sino porque temía todo lo que despertaba en él. Pensó en seguir caminando y conservar intacta la imagen que guardaba en la memoria, aquella mañana en que el deseo y la ilusión parecieron capaces de derrotar al tiempo. Sin embargo, el cuerpo no olvida. Ya había dado el primer paso antes de que pudiera detenerse.

La última vez que la había visto también caminaba bajo el cielo de Bluefields. Después de muchos años se habían reencontrado y compartieron unos días que parecían suficientes para desafiar al destino. Luego la vida volvió a separarlos. Él regresó a sus caminos de emigrante, a la diáspora caribeña que siempre añora sus raíces, su comida, su música y sus amores. Los años siguieron acumulándose. Llegaron nuevas responsabilidades, nuevas ausencias y canas. Aun así, jamás olvidó el brillo de aquellos ojos negros ni el resplandor de su perla negra.

Cuando estuvo frente a ella sintió que el corazón recuperaba un ritmo que creía perdido.

—¿Sos vos? —preguntó.

Ella sonrió. No era la misma sonrisa de años atrás. El tiempo la había vuelto más serena y profunda.

—Claro que soy yo. ¿Y vos, volviste al fin?

—Sí, volví.

Ella sostuvo la mirada unos segundos.

—Esta vez no te vas a ir así, ¿verdad?

La pregunta llegó suave, pero encontró el lugar exacto donde aún dolía.

—Esta vez no —respondió él.

Comenzaron a caminar por el malecón. A un lado tenían la bahía de Bluefields y al otro la ciudad moviéndose al ritmo de la música de palo de mayo con comparsas celebrando Mayo Ya. El sol descendía lentamente sobre el agua. El viento traía olor a sal, a vegetación verde y húmeda de los Cayos, y a recuerdos. Hablaron poco. No porque faltaran palabras, sino porque algunas historias ya habían sido contadas por el tiempo.

Más tarde tomaron café en la misma casa donde años atrás habían descubierto que todavía era posible enamorarse. La vivienda había cambiado. Estaba mejor pintada, tenía una calle de concreto para llegar hasta ella y el vecindario parecía más poblado. Desde la ventana podía verse el cerro. Ya no conservaba el espeso bosque que ella observaba cada mañana. Las laderas mostraban heridas abiertas y nuevos techos sobresalían donde antes sólo crecían árboles.

La habitación también era distinta. Habían desaparecido las persianas rotas y la cama era más grande. Sin embargo, algunas cosas permanecían intactas. Su risa seguía iluminando el espacio y la mirada de ella conservaba el mismo calor capaz de derribar cualquier defensa.

Mientras tomaban café, ella dejó la taza sobre la mesa.

—Te fuiste sin despedirte.

No había reproche en sus palabras. Sólo memoria.

Él bajó la vista.

—No supe quedarme.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Yo sí me quedé.

Aquella frase pesó más que cualquier discusión. Durante años ella había permanecido allí, enfrentando la soledad, los días difíciles y los sueños que no siempre se cumplen. Él, en cambio, había seguido caminando detrás de oportunidades, sobreviviendo lejos, en diferentes lugares.

—No te pedí que esperaras —dijo finalmente.

—Lo sé —respondió ella—. Pero igual lo hice.

No había nada más que agregar. Algunas verdades llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarias.

Cuando cayó la noche, la conversación se volvió más suave. Hablaron de amigos que ya no estaban, de hijos, de enfermedades superadas y de los pequeños triunfos que la vida concede a quienes no se rinden. Poco a poco la distancia acumulada durante tantos años fue desapareciendo.

Volvieron a encontrarse con la misma calma con que se reencuentran dos viejos caminos. El tiempo había dejado marcas en ambos cuerpos. Él sentía el peso de las canas y algunas molestias en la espalda. Ella acomodaba las rodillas con más cuidado que antes. Sin embargo, la ternura seguía allí, intacta.

Hubo risas cuando aparecieron los primeros calambres y miradas cómplices cuando descubrieron que algunas limitaciones también podían ser motivo de cariño. Ya no existía la urgencia de la juventud. Tampoco la necesitaban.

Las caricias dejaron de ser exploración para convertirse en memoria. Reconocieron la piel del otro como quien regresa a un lugar conocido después de una larga ausencia. El aroma a coco y lo salobre del mar seguían habitando en ella. Él volvió a sentir aquella emoción antigua que lo había acompañado durante años y comprendió que ciertas sensaciones no desaparecen; simplemente aprenden a esperar.

Permanecieron juntos largo rato, escuchando el sonido lejano de la ciudad y el murmullo del viento entrando por la ventana. Nadie hizo promesas. Ya habían aprendido que la vida suele tomar caminos propios.

Mientras observaba el perfil de ella iluminado por la luna, comprendió que el tiempo no había derrotado lo que compartían. Lo había transformado. La pasión que una vez ardió como fuego seguía allí, pero convertida en una brasa tranquila y persistente. Menos impetuosa, quizás, pero capaz de resistir los años, la distancia y las ausencias.

Entonces entendió que algunos amores no regresan para comenzar de nuevo. Regresan para recordarnos quiénes fuimos, cuánto hemos cambiado y por qué ciertos recuerdos continúan brillando cuando todo lo demás parece haberse apagado.

Y mientras contemplaba el resplandor sereno de su perla negra, supo que aquella historia nunca había terminado realmente. Sólo había estado esperando el momento de volver a encontrarse con el tiempo.

 

Mayo Ya 2026.
Foto propia.

miércoles, 8 de julio de 2026

LA FOTO DEL DÍA: NIDO DE COLIBRÍ

 


Después del mediodía salí al corredor y recorrí con la vista el jardín. Había una quietud verde entre las hojas, esa calma caliente que queda cuando ya ha pasado el mediodía. El aire olía a hojas calentadas por el sol y, desde el árbol de caoba, llegó el canto pausado de una paloma de ala blanca, como si marcara el ritmo lento de la tarde.

Entonces vi el nido. Estaba en la horqueta de un árbol de mussaenda, sostenido en una Y delicada, como si el árbol hubiera abierto los brazos para guardar un secreto. Era pequeño, hecho de fibras, musgos y pedacitos de mundo. Parecía suave y frágil, como si una brisa fuerte pudiera moverlo, pero allí estaba, firme entre las ramas.

Corrí a la oficina, tomé la cámara y volví con cuidado. Sentí su peso familiar entre las manos. Levanté el lente, enfoqué despacio y contuve la respiración por un instante, como si cualquier movimiento pudiera romper aquella escena. Apreté el disparador.

Click.

Allí estaban. Dos polluelos de colibrí, diminutos, con los picos abiertos hacia el aire, esperando a sus padres. No sabían de cámaras ni de jardines. Solo sabían esperar. Esperaban alimento, calor, regreso.

Después de tomar la foto, la miré en la pantalla de la cámara. Me quedé quieto unos segundos. Había logrado guardar algo que casi nunca se deja ver: la vida recién nacida, escondida en el corazón del jardín.

Se la mostré a Emilce.

Ella se sorprendió. Nunca habíamos visto polluelos de colibrí en su nido, tan cerca de la casa, en nuestro propio jardín.

—Está linda —dijo.

Después la puse como fondo de pantalla en mi computadora. Quería verla cada día, recordar que incluso en los lugares conocidos puede aparecer algo nuevo, mínimo y poderoso. Luego la compartí en mi cuenta de Instagram, @utiron, como quien comparte no solo una foto, sino un pequeño hallazgo después del mediodía.

Aquella imagen tenía ternura, pero también fragilidad. El jardín seguía alrededor, verde y callado, con la paloma de ala blanca cantando a lo lejos. Dos cuerpos apenas nacidos levantaban el pico hacia el mundo, confiados en que alguien volvería.

Dicen que cuando un colibrí construye su nido cerca de la casa, llegan buenas noticias, prosperidad y amor. También dicen que son mensajeros de quienes ya partieron, pequeñas señales de que la vida sigue su camino bajo una energía buena. No sé si todo eso sea cierto, pero aquella tarde, en una Y del árbol de mussaenda, algo parecido a la esperanza se quedó viviendo en el jardín.

Desde entonces, cada vez que miro esa foto, no veo solo un nido. Veo dos vidas diminutas esperando alimento, cuidado y vuelo. Y siento que, a veces, la vida nos manda señales pequeñas para decirnos que no todo está perdido. 


8 de Julio de 2026.


jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


jueves, 25 de junio de 2026

EL MACHO SILVIO, HISTORIA VIVA DE EL BLUFF

 



El hombre del corredor

Lo recuerdo caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui, como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar. Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la gente.

Esa imagen se me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro visitarlo.

Una mañana de domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla. A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con nosotros.

—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.

Lo miro. Está entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina, pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los huesos.

El padre que levantó un puerto

Su padre fue Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.

Silvio no habla de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle, aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.

—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien las cosas.

Entonces lo imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller. Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.

La madre de Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.

Silvio no dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida en la bahía.

El niño del muelle

Creció viendo el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran territorio de aventura.

En las vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío. Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida. Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.

Esa infancia era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.

La casa familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros, fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.

Mientras Silvio describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor, combustible, ganado y banano verde.

En la casa de los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.

Sus amigos eran los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban. Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes había guayabales y anonas.

La luz era poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era espectáculo, promesa y misterio.

De noche jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era fábrica de cuentos.

Silvio estudió primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta, como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En 1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.

El muchacho que aprendió a trabajar

Estudió hasta segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.

En esos años comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles, el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante. Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.

El salto grande llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada, tomarse una foto y jurar por la bandera.

—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.

Después lo llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba, cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus. Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció, aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco como hombre que le huía al riesgo.

Volvió a la pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba camarones y entregaba producto en la Booth.

Familia, revolución y barcos cansados:

Se casó con Sonia Ortiz González en 1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco. Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.

Con su esposa formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la casa.

Cuando triunfó la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo. Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles: escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos. Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.

—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—. Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se fue agotando todo.

La frase queda en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso. Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban amarrados.

—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye pasos que ya no están.

Cuando le pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”, responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse, discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.

Silvio recuerda la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las puertas permanecían abiertas.

—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.

Cuenta una escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le regaló cinco dólares.

Esa escena muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.

El hombre que todavía mira el mar

La conversación salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.

Ahora vive entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.

—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.

En esa risa hay ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields, que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como habitante, no como turista.

También habla de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el hielo, los exámenes del seguro.

Ha sobrevivido a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.

Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:

—Ir a pescar.

La respuesta lo devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.

La mañana avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos, vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí, con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y resistencia para varias generaciones.

El Macho Silvio no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian, la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla, El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.

 

22 y 23 de junio de 2026.