martes, 21 de mayo de 2024

EN LA LAGUNA DE ESCOFRAN

 



Es un paseo y ocho van en la panga.

La mañana radiante invita al disfrute en los alrededores de la bahía:

el viento se ha marchado y las olas han desaparecido.

Arriman en la orilla del río, pasando Escofran Walk Lagoon,

frente a un bosque nutrido de cocoteros, un cocal productivo.

 

Los jóvenes abandonan sus ropas y se lanzan al río,

chapotean con alegría y revuelven las aguas.

Son cuatro las bellas que caminan por los alrededores,

van en shorts y buscan manzanas de coco para su deleite.

Ellas son flores silvestres exóticas en el bosque de cocoteros.

 

El cielo en el horizonte se torna gris plateado.

Ellos se cansan, suben a tierra y a los cocoteros.

Con destreza de caribeños los pelan con machetes para ellas.

Qué delicia, en un día caluroso, saborear el agua de coco.

Ellos se muestran orgullosos y ellas admiran sus cuerpos.

 

Llega la lluvia primeriza de Mayo.

Las bellas blufileñas están preocupadas por el cabello y sus cejas.

La corriente arremete contra la panga, la suben y la atan a un cocotero.

Se emparejan en los cuatro puntos cardinales del cocal.

Intensa lluvia baña sus cuerpos y una cortina plomiza los resguarda.

 

La lluvia ha cesado y el tapiz que los protegía desaparece:

las flores exóticas se muestran exuberantes.

El regreso es distinto a su partida: ríen y cantan en la panga.

Una leve brisa y un oleaje con olor a mangle acarician sus espaldas.

Es el mes de Mayo y la dicha se muestra en sus rostros.

 


20 de mayo de 2024.

Foto: Internet.


miércoles, 15 de mayo de 2024

EN EL DÍA DEL PROFESIONAL AGROPECUARIO

 



Bajo el manto gris de un cielo que promete,

el campesino se arrodilla ante la tierra,

sus manos callosas como raíces que se hunden

en el suelo fértil de su esperanza.

Cada surco que abre, cada semilla que siembra,

es un susurro al futuro, un canto silencioso de fe en el mañana.

Las primeras gotas de mayo, cargadas de vida,

caen sobre su rostro curtido, lavando el polvo del pasado

y anunciando la promesa de una cosecha abundante.

Su labor, tejida con hilos de sudor y perseverancia,

es el latido de un corazón que nunca se rinde.

En cada amanecer, cuando el sol apenas se asoma

tímido sobre el horizonte, él se levanta con una sonrisa

que desafía la adversidad. Su mirada, fija en el horizonte,

ve más allá del presente, ve campos verdes y frutos maduros,

ve la recompensa de su esfuerzo.

 

A su lado, el profesional agropecuario, guía y aliado,

camina los mismos senderos.

Conocimiento en mano, comparte su sabiduría,

brindando orientaciones que iluminan

el camino del campesino.

Juntos, forman un dúo invencible,

uniendo la ciencia y la tradición

en un abrazo que fortalece la tierra.

 

El 15 de mayo, Nicaragua celebra a estos héroes del campo.

A los profesionales agropecuarios que, con su dedicación,

elevan la labor del campesino, mejorando cada día su producción.

Su trabajo es un puente que conecta

el saber con la tierra, un faro de esperanza

que brilla en cada hectárea cultivada.

 

En cada grano de maíz,

en cada hoja verde,

late el esfuerzo conjunto de dos manos diferentes,

pero con un mismo propósito.

Son guardianes del futuro,

cultivadores de sueños,

y en cada semilla que brota,

florece la promesa de una tierra más fértil

y un mañana más próspero.

 

15 de mayo de 2024.

Foto: Propia.


martes, 30 de abril de 2024

UN ACTO DE TERNURA Y VALENTÍA

 



Los bordes de la carretera hacia Juigalpa se muestran

cubiertos de vainas de guanacastes, impregnándolos

de una tonalidad marrón en contraste con el hormigón asfaltico.

 

La luz temprana de la mañana avanza suavemente

sobre la copa de los arboles y el pasto seco de los potreros.

Robles y malinches florecen en las fincas del trayecto.

 

El ganado volverá con las lluvias

mientras los caballos pastan alegres por el rocío

y así pasarán todo el día, solos y felices.

 

Otra vez en casa, ella canta canciones de cuna,

“los cochinitos y los elefantes”, llena la sala de ternura

al ritmo de la mecedora, mientras Thiago balbucea alegre.

 

La madre no olvida, vuelve una vez más

a cantar, a dar calor y alegría, y me acerco a ella

contagiado por su ternura, llenándome de gozo, una vez más.

 

Thiago está en mis brazos, en mis piernas, y le hablo

achiquitando la voz, le hago cosquillas, no deja de sonreír,

se empuja y mueve su cabecita tratando de levantarla.

 

Estoy en una mecedora en horas de la madrugada,

canto las mismas canciones a mis hijos, les doy su pacha,

y me duermo al llegar a los quince elefantes. ¡Papá, los elefantes!

 

Es un acto de valentía, de gozo al sentir la tierna piel.

Me doy cuenta de que no hay nada como esa ternura,

y que, si volviera al pasado, cantaría toda la vida.

 

Cae la tarde, los árboles a mi espalda pierden su luz.

El tránsito se torna lento y los ojos de los caballos

que pastan brillan con la luz de los vehículos.

 

Ella va a mi lado. Su silencio dice lo dichosa que está.

Lleva un halo de ternura, el mismo que tuvo al acurrucar

y cantarles a sus hijos, a sus nietos y ahora a su sobrino segundo.

 

 

28 de abril de 2024.

Foto Internet.


martes, 23 de abril de 2024

LA EMPRENDEDORA QUE VENDE ALIMENTOS EN LAS CALLES DE NUEVA GUINEA

 


Me encuentro frente al negocio de Daniel Cabrera. Estoy haciendo los mandados de la casa, pero lo visito para conocer su estado de salud. “No está”, dijo una muchacha. “Anda en Bluefields, ya sabe, en lo de la hemodiálisis”, agregó.

Doy la vuelta y el sol está radiante sobre la calle que lleva hacia el Pali. Allí ha surgido un nuevo mercadito en Nueva Guinea, con negocios de todo tipo: frutas y verduras, abarroterías, farmacias, venta de carne, queso y crema, pollos enteros y en piezas, ropa y calzado, sorbetes, la tienda Amazona y muchos otros que son ambulantes. Entre estos está el Pelón con su camioncito donde ofrece frutas frescas en trozos empacadas, papayas, sandías y ceviches, y otros que ofrecen artículos para decorar el vehículo. Y también se observan varios mendigos que se ubican frente a la entrada del Pali. 

El tránsito de vehículos, por momentos, se torna pesado: se escucha el motor de las motos, de las camionetas, taxis, gritos de los vendedores, risas y silbidos.

Bajo la sombra que da el alero del negocio del hijo de Daniel Cabrera, Javier, se encuentra una mujer ofreciendo alimentos que lleva en un carretoncito. Todo lo que ofrece está cubierto con un mantel y dentro de un termo.

A esta mujer la he visto toda la vida por las calles vendiendo con su carretoncito. Me acerco a ella para conversar sobre su actividad económica, su pequeño negocio, su emprendimiento.

Se llama Jesenia Castro, tiene 49 años de edad y desde hace 25 años se gana la vida vendiendo alimentos en las calles de Nueva Guinea.

—¿Qué es lo que comenzó vendiendo?

Comencé con atol de trigo, arroz de leche, manjares y comiditas de cinco pesos de esos tiempos: arroz, salpicón, guineo cocido, puré de papa.

—En ese tiempo Nueva Guinea era más pequeña, prácticamente solo era el centro, la alcaldía, el banco, Enitel.

Uhh sí, todo esto que es la calle central hasta el mercado.

—Y ahora, con el crecimiento de la ciudad, ¿por dónde se mueve?

Me muevo por las 10 cuadras del casco histórico de la ciudad, doy la vuelta y cruzo por la rotonda los 4 evangelios hasta la gasolinera.

—¿Y cómo le va? Cuéntenos.

Pues ahorita están bajas las ventas, se han bajado últimamente.

—Pero usted ya tiene su clientela.

Claro que sí, en la policía, en el mercado, en la alcaldía, en las instituciones. La gente me espera con mi venta.

—¿A qué hora, más o menos?

Entre las 10 y las 11 de la mañana, no me fallan.

—¿A qué hora sale de su casa?

Entre las 8:45 y 9:00 de la mañana.

—¿A qué hora termina un día bueno?

Le voy a explicar, son dos ventas las que saco. Por la mañana vendo comida: papas rellenas, empanadas de maduro, pollo rostizado, tajadas con queso y repochetas. Por la tarde vendo postres: atol de trigo, arroz de leche, manjar y repostería, todo eso de la 1:45 a las 5 de la tarde. Siempre hago el mismo recorrido y mis clientes son hombres, mujeres y niños. La gente de las colonias me compran manjares para llevar.

—Con este negocio ha sacado adelante a su familia, a sus hijos. ¿Tiene hijos?

No, no, soy soltera. Vivo con mi mamá, ella tiene 70 años.

—Pero, ¿tiene gente que le ayuda a preparar sus productos?

Si, una sobrina que ha aprendido mucho. Ahorita ella está preparando la venta de la tarde. Para sacar esta venta, la de la mañana, desde la cinco estamos trabajando.

—Me alegro mucho, le digo. Siempre la he visto por las calles con su venta. La felicito mucho y le deseo lo mejor, que todos los días sean buenos para usted.

Ella sonríe. Usted debe conocer a mi mamá, dice. Es doña Coco, la de las Sopas Doña Coco, se acuerda.

—Ah, ya, doña Coco, claro que sí.

Un camión viene rugiendo del lado Norte, pita desde la esquina, se detiene al cruzar la calle. Frente al lugar en que estoy platicando con Jesenia vuelve a detenerse y se escucha el pito de los taxis que no avanzan. Tres hombres se suben al camión que se dirige hacia una colonia, va atiborrado de gente como si de sacos se tratara.

Sigo haciendo mis mandados, pero no dejo de pensar en Jesenia. Una mujer sola que tiene muchos años de andar con su carretoncito por las calles de Nueva Guinea, sin importar el estado del tiempo. Estoy seguro de que fue doña Coco, la de las sopas, su madre, la que le enseñó a preparar los alimentos y ahora ella le ha enseñado a su sobrina. Es el "saber hacer" transmitido en generaciones.

Ese saber hacer es un factor importante para emprender junto con las ganas de trabajar. El convencimiento de que sí se puede, es lo que a Jesenia le ha permitido transitar en el tiempo con su negocio, además de su capacidad organizacional y de gestión, pues es ella la que administra y dirige su microempresa. Planifica en el espacio y el tiempo porque sabe exactamente las horas en que la población demanda sus productos (alimentos fuertes: entre 9 y 11 a.m. y postres por la tarde) y ha trazado sus rutas de venta por las calles, enfocándose en las instituciones y el mercado.

Son las ganas de salir adelante, tener la idea para emprender, mantener la motivación para la consecución de los objetivos trazados aunque se cometan errores, porque estos se corrigen, se mejora, se perfeccionan y diversifican los productos con el tiempo. Y es a través de tiempo que se logran beneficios económicos y prestigio social, el reconocimiento del emprendimiento por la sociedad. Ahora, muchos programas de gobierno apoyan con medios y recursos diversos emprendimientos, los que cuando inició Jesenia, hace 25 años, no existían.

 

21 de abril de 2024.
Nueva Guinea, RACCS.
Foto Propia.

martes, 16 de abril de 2024

EL CRUCE DE REGRESO A CASA

 


Hay pensamientos y recuerdos que se manifiestan,

con un intenso dolor como herida que se calma en la piel

hasta que regresan con el tiempo, casi siempre.

 

El cielo azul y las aguas calmas de la bahía,

su cruce es el único camino de regreso a casa:

cada lugar donde he amado me ha obligado a irme.

 

Después está la memoria, aún,

que llena de delfines el trayecto, suspiro

brisa marina húmeda, el laurel florecido, espuma en la orilla.

 

¿Cómo se llama el aroma de madre y el tono palpitante del atardecer al llegar?

Bluff, de ti me he alejado de las raíces ahora agonizantes,

de todo lo que llamamos parientes.

 

Déjame recordar lo que había dejado en el poco tiempo que queda:

tu playa y lagunas, tu andén florecido, tus atardeceres,

tu gente y amigos, tu resguardo y noches de calma.

 

¿Alguno de nosotros volverá a ser lo que una vez fuimos?

¿Para cuándo?

Dime y allí estaré.

 

15 de abril de 2024.

Foto propia.


martes, 9 de abril de 2024

UN MUNDO VERDE Y AZUL SE DERRUMBA

 


He estado allí y lo he visto:

árboles, polvo, lodo y la mar.

¿Estarán allí por siempre?

No impondré significados.

 

En Abril, la lluvia es un chisporroteo de alegría

entre las hojas secas que cubren la tierra agrietada.

Luego vendrá con su ímpetu arrollador,

aplausos sonando en las hojas nuevas.

Un proceso eterno que no se detiene, aún.

 

El viento, aliado de la lluvia, empuja el agua

fuera de su curso, desbordando lagunas y ríos,

en dirección hacia la mar donde las aguas se aparean

dando nuevas vidas, vida en abundancia.

 

Desde el muelle pienso en esto.

El río desbordado, el agua saltando

como animal herido y la boca abierta.

El océano, un animal lleno de otros animales.

 

Un zopilote viejo come el espinazo

de un pescado en el borde del muelle,

que apunta en dirección a El Bluff,

tras los picoteos desgarradores, lucha

contra otros más jóvenes que lo acechan

para tomar su turno y devorar lo que queda.

 

Desde la caseta del muelle de las pangas

veo el aleteo de los Cormoranes que en su vuelo

hacen espumas en el agua y cantan de alegría.

El atardecer se manifiesta con un viento sutil.

Entre los pilares de la red eléctrica, testigos silenciosos,

la silueta de los patos se eleva sobre el verdor de los cayos.

 

Una ola, luego otra, revientan en los cimientos del muelle,

en  llantas parachoques, en el basurero de la orilla de la bahía

donde mueren entre la inmundicia que libera hedores tóxicos.

 

En el río seco cae el día. Los pájaros desesperados

se refugian entre las ramas de los árboles pidiendo agua con su canto.

Profundo verano, luego la lluvia.

 

En el borde del muelle respiro profundo.

El oleaje, el aire salado, el graznido de las gaviotas,

el rugir del motor de la panga.

Adiós Bluefields, bye bye Half Way Cay, welcome dice El Bluff.

 

Barcos hundidos, casco y mástiles oxidados.

Cuerpos enjutos, rostros amarillos con ojos tristes.

¿Estarán allí por siempre?

¿Quiénes los abandonaron?

Vamos a la deriva en un mundo

verde y azul que se derrumba.

 

7 de abril de 2024.

Foto propia.


domingo, 31 de marzo de 2024

UN DÍA DE COMPRAS EN BLUEFIELDS

 


Todo el contenido de las bodegas se lo llevaron en un día, el miércoles 18 de febrero del año 2004, pero tardaron meses en hacer los preparativos para abastecerse. Ese fue uno de los testimonios que pude obtener de pobladores de Bluefields, muchos años después del suceso sin ningún precedente en la historia reciente de la ciudad.

Maycol estuvo presente ya que encontraba de vacaciones después de seis meses como marino en un barco de cruceros por el mar Caribe. “Fue impresionante, nunca había visto tanta gente aglomerada por comprar un producto”, dijo.

Rafael, habitante de ciudad Rama, fue testigo del movimiento de carga en el puerto Arlen Siu debido a que su pequeña pulpería se ubica frente a los portones que dan acceso al muelle. “Durante tres meses, quizás cuatro, observé camiones que bajaban mercancías que posteriormente eran subidas a la plana para trasladarlas por el río Escondido hasta la ciudad de Bluefields”, dijo sin dejar de atender a sus clientes que pedían gaseosas, bolsitas de papa y galletas. “Son clientes permanentes, son estibadores del puerto”, agregó.

Kenneth, un chambero que se mantiene en el muelle municipal de Bluefields, recuerda esa época en que llegaban las planas repletas de mercancías. “Mirá amigo, no había carretera, solo se hablaba de ella, pensábamos que eran promesas porque ni un tractor estaba ahí trabajando, pero mirá, la plana no dejaba de venir. Antes de lo sucedido, la plana siempre venía con mercadería: verduras, comida pues, camionetas, productos para ferreterías, de todo lo que te imaginas. No paraba ni por el mal tiempo, vos sabes como es el mal tiempo, lluvia con rayería y tronadera, y el río furioso trayendo desde allá arriba de todo, incluida la plana cubierta de carpas y plástico negro para proteger la carga. Más lluvia, más furia del río y más veloz el viaje de la plana río abajo, y así se seguían haciendo los dos viajes por semana de hasta 14 horas”, dijo Kenneth.

“Me contrataron para hacer las mejoras del sistema eléctrico en el local”, dijo Gustavo, electricista con muchos años de experiencia. Lo remodelaron completamente, desde el techo hasta el piso, incluyendo las paredes pintadas con los colores propios de la empresa, además del sistema eléctrico. “El plano incluía más de cincuenta enchufes eléctricos y la iluminación fue llamativa, no escatimaron recursos en el arreglo del local, tampoco en la inmensa bodega. Imagínate que instalaron una hermosa planta eléctrica debido a los cortes constantes de energía en esos tiempos del gobierno del presidente Enrique Bolaños”, agregó.

Toda la propaganda, los comerciales, fueron contratados desde la capital con la radio más potente y antigua de la ciudad de Bluefields, haciendo énfasis en su lema “la cuota más baja” y la facilidad de acceder al crédito con solo presentar la cédula de identidad. Invitaban a la población de la ciudad y los municipios aledaños (Kukra Hill, Laguna de Perlas y sus comunidades, Corn Island, El Bluff y la Desembocadura del Río Grande) para aprovechar los precios de inauguración y adquirir los artículos necesarios para el hogar. “La propaganda invadía los hogares por la mañana, tarde y noche”, dijo Arthur, un radioescucha de Bluefields.

“Todos los días, como siempre, hacía mis labores. Ya sabes, alistar a los niños para la escuela, hacer el desayuno para ellos y mi marido que es pescador, lavar ropa, trapear, tender en el alambre y todo lo demás. La radio me entretenía, me acompañaba día y noche, yo escuchaba constantemente sobre la inauguración de la tienda. Cuando necesitaba un descanso, me cruzaba el patio para ir a visitar a mis amigas y comentábamos sobre las cosas que deseábamos comprar porque en esos años nada se encontraba. Tantas cosas que necesitábamos que prácticamente teníamos que comprar todo para la casa y nuestros maridos nos apoyaban haciendo el listado”, dijo Clarisa, habitante de Tasbapounie.

Joe y Julie son habitantes del barrio Nueva York de Bluefields. Los encontré comprando mariscos en la esquina del mercado municipal. Le hablé sobre el tema y no dudaron en compartir sus opiniones. “Nos programamos para ese día de compras”, dijo Joe. “Necesitábamos un ropero y cambiar nuestra cama”, agregó Julie. “No nos preocupamos tanto por electrodomésticos, ya sabes, ni lavadora, ni televisor, ni horno, ni licuadora por la grave situación que pasábamos de hasta 8, y a veces, incluso 10 horas sin energía eléctrica”, agregó Joe. “Nos alistamos desde la noche anterior porque sabíamos que mucha gente iba a hacer sus compras”, agregó Julie.

Ese día amaneció despejado, con el cielo azul y el sol radiante. “A las cinco y media de la mañana estaba en el muelle de Laguna de Perlas. Desde allí zarparon seis pangas grandes, de esas que tienen capacidad para 20 pasajeros, pero me di cuenta de que solo llevan dos o tres y que los asientos del centro y los delanteros estaban vacíos. ¿Qué sucede?, pregunté. Van de compras a Bluefields, hoy inauguran la tienda que tienen meses de anunciar por la radio, respondió un amigo que pescaba en ese instante. Unos minutos después salieron, uno detrás de otro, cuatro barcos de carga que trasladan mercaderías. Desde el norte de la laguna vi que una fila de seis barcos cruzaba frente al muelle, todos provenientes de las comunidades de Orinoco, Marshall Point, Brown Bank, La Fe, Tasbapounie y Wawashang. Te hubieras sorprendido, la gente que pasaba gritaba y se despedía, luego pasaron más pangas desde el norte hacia Bluefields”, dijo Cañal.

 “Cuando atracaron los barcos y las pangas que llegaban de las comunidades, la gente desembarcó de prisa a buscar taxis para trasladarse a la tienda que inauguraban. ¡Mirá amigo!, era una locura; las calles estaban abarrotadas de gente. Muchos contrataban chamberos como yo y camionetas de acarreo para que los esperaran cerca de la tienda y así poder cargar las cosas que iban a comprar”, agregó Kenneth.

“La gente hacía fila para entrar al local, pero era enorme, con hombres y mujeres ansiosos esperando la apertura. Nunca había visto tanta gente, representando todas las comunidades, haciendo fila. Escuchaba un gran rumor mezclado de voces en inglés creole, rama, misquito y español. Allí estaban personas de todas las comunidades y de los barrios de Bluefields”, agregó Maycol.

“Fuera de la tienda, los parlantes resonaban con música del momento, mientras que frente al portón se veía al personal del negocio y a autoridades locales listos a cortar la cinta de inauguración. Todo el frente estaba decorado con chimbombas de colores característicos del negocio. Después de unas palabras de felicitaciones y agradecimientos, cortaron la cinta y la puerta se abrió al público”, agregó Gustavo.

“A pesar del gentío, no hubo ningún relajo”, agregó Joe. “En la puerta de acceso controlaban la cantidad de gente que entraba para evitar aglomeraciones y permitir compras tranquilas y ordenadas. Además, había suficientes vendedores que eran muy atentos”, agregó Julie. “No tardamos más de media hora en el local, ya que sabíamos exactamente lo que necesitábamos y lo compramos de contado, pues comenzamos a ahorrar desde que anunciaron la apertura”, agregó Joe. “Estrenamos ropero y cama”, dijo Julie con una gran sonrisa en el rostro.

“Fue un día de compras en Bluefields como nunca antes visto”, dijo Arthur. Me fui a asomar y miraba a la gente que salía con todo tipo de electrodomésticos: planchas, licuadoras, tostadoras, hornos eléctricos, pantallas de televisión y computadoras. Otros salían con artículos para el hogar como camas, muebles, roperos. Noté que muchos, principalmente negociantes de Bluefields y personas de las comunidades, llevaban plantas eléctricas de diferentes capacidades, pequeñas y grandes, para hacer frente a la crisis energética de esos años”, agregó Artur.

“Las pangas salían cuando ya no podían cargar más, iban repletas y la gente reía y bromeaban entre ellos. Me dieron propina, ¡sí, hermano!, imagínate que ese día me hice más de mil córdobas de esos años, era bastante dinero. Los barcos fueron cargados, pero salieron hasta el día siguiente por que se les hizo de noche. Después de hacer sus compras y cargar sus cosas, la gente salió de fiesta hacia restaurantes, cantinas y discotecas. Ese fue un día de fiesta aquí en Bluefields”, recuerda Kenneth.

Martha, fue trabajadora de la empresa, y señaló que aquel día fue especial, tanto para ellos como para la empresa en general, pero también para todos en Bluefields, reflejando las necesidades de productos y la gran disponibilidad de dinero en la región durante esa época. “¡Como deseaba que un día así se repitiera para mejorar mi comisión y salario! Pasaron meses en abastecernos, pero en un solo día todo se vendió”, señaló.

“En esos tiempos la cosa era muy diferente. El dinero circulaba por todas partes; podías verlo en la gente que compraba y construía sus casas. Los bares, discotecas y cantinas estaban siempre llenos, los taxis circulaban alegres por las calles al ritmo de narcocorridos y los restaurantes se mantenían llenos. La vida en Bluefields era alegre, ya sabes cómo somos los caribeños. Se gastaba mucho dinero, pero no había respaldo con trabajo. Por eso decían que toda esa plata que circulaba tenía su origen en el lavado y trafico de drogas. Ese estigma no se nos va a quitar por muchos años”, dijo Juan, un líder local.

 

21 de marzo de 2023.

Foto: Internet.


lunes, 4 de marzo de 2024

REDUCIENDO LAS PROFECÍAS DE LA ESCLAVITUD

 


Fueron los primeros, con la bandera ondeante

de la esperanza, que cruzaron la montaña

por picadas, trochas y veredas

bajo el sol y las estrellas.

¿Cómo no iban a lograrlo?

Machetes abriendo el paso,

sacos sobre sus espaldas

con provisiones, ¿arroz? ¿frijoles?, ¿sal?

¿Quién recuerda? ¿Qué hombre dijo adelante compañeros?

La lluvia, el frío, el amanecer, el atardecer en la montaña.

¿Su voluntad, coraje y valor iluminaran siempre estos valles y colinas?


Donald Ríos. Víctor Ríos.

Nicanor Velásquez. Marcos Alvir.

José Benito Luna. Reynerio Cadenas.

Julián Dávila. Sara Pérez Olivas.

Doroteo Sánchez. Celestino García.

Una lista parcial de los 17 primeros colonizadores,

motivados por José Miguel Torres Reyes, guía espiritual,

cultivando la fe, solidaridad y hermandad,

desafiando a los potentados de las tierras del país,

paso a paso, reduciendo las profecías de la esclavitud,

y pasar a la historia sin usar armas ni derramar sangre.

Su batalla fue contra la naturaleza,

enfrentando el hambre y la desesperación.

Añorando el pasado inmediato hasta que

unos pocos abandonaron los sueños.

 

El 5 de marzo de 1965, llegaron a

la Guinea Vieja luego de varios días de caminata.

A la orilla del río El Zapote, en sus riveras

y cerca del salto, se asentaron días después

donde hicieron el campamento que

llamaron el Vivero, metáfora de semilla que

germina para tener vida en paz y armonía.

 

El líder, sentado al lado de una fogata,

hundido en su cuaderno, anotando sus memorias:

el primer herido, el primer desertor,

la caza del primer Danto, el primer picado de culebra,

los chillidos de los monos y el sabor de la Gongolona.

Corriendo las palabras por las páginas, antes de que

pierda los sonidos, olores, sabores y las imágenes

(luna, río, niebla, árboles, animales, los hombres y sus rostros)

y antes de que la mente olvide, como un centinela

olvida el incidente de la semana pasada.

Luego un listado de suministros, un parcial inventario:

machetes, limas, sal, aceite, arroz,

voluntades, motivaciones y cosas desechas.

 

De pie, con los primeros rayos de sol,

llama al grupo a marchar:

¡A socolar compañeros, a abrir más brechas,

talar árboles, construir casas y cazar

para vivir es esta tierra!

 

Y sin que nada ni nadie los detuviera,

caminando al futuro en que nos encontramos,

construyeron los inicios de la próspera Nueva Guinea.

Un día sus nombres brillarán en calles, avenidas

y parques para que su epopeya perdure 

en la memoria de las actuales y futuras generaciones.

 

 

4 de marzo de 2024

Foto: Placa donada por la Universidad “Mariano Gálvez” de Guatemala.

Marzo 2005. Año del XL aniversario de fundación de Nueva Guinea.

Museo Comunitario de Nueva Guinea.