Hoy desperté
temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían
pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas
que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes,
invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.
En una cubeta, con
agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal
y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el
filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con
agua y cepillo.
La foto que
acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de
mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras
del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.
Y me fui unos años
atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la
Nueva Guinea de los años noventa.
En Utila, Ernesto,
mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había
instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la
casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.
Era un pozo
antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de
arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba
maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por
las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela
Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.
En una de mis
visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua
de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.
El corredor de la
cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba
fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con
respaldar donde los adultos descansaban.
La cocina no era
muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de
un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar
trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un
gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules
brillantes.
A ese pozo llegaba
Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la
trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la
colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.
Varios acarreadores
de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el
ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que
luego llevaban a las familias.
Allí, en el
delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la
tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto,
buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno
esplendor.
En El Bluff, mi
abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás
de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas
jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc.
Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua.
Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4
x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.
El abuelo se
colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde
allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre
le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.
Llenaba los tanques
y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también
los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las
plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde.
Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de
bodega de la aduana.
Por las tardes, al
regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En
esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre
decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la
casa.
El pozo era el
santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y
su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo
limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado
a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de
mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se
sentía orgulloso de ello.
Mi tío Felipe
llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque
tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú
siempre se empeñaba.
Con el paso de los
años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la
palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela
Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.
En el pozo de mi
abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros
también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico
grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del
segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema
sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el
inodoro.
En nuestra casa
nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi
papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.
Al lado de la casa
de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don
Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un
pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra
azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera
que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las
Chinitas.
Ese pozo y sus
alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí
siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos
encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a
cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los
apedreaba cuando estaban sazones o maduros.
Ese pozo era un
oasis. Allí nos reuníamos
a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar
anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.
En Corn Island,
durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa
estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de
madera y de dos pisos.
El agua era un
problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la
familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban,
con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de
unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por
la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de
la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.
En Nueva Guinea,
después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua
potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a
construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de
letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos
Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.
Con el paso de los
años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria)
continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan
ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando
puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares,
mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello
la salud comunitaria.
En el casco urbano,
en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El
sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía
principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema
captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de
las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al
tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron
abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.
Actualmente, se ha
construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y
cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta
existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.
Sin embargo, debido
a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se
producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del
desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.
Hoy, cuando termino
de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo,
entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está
ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese
círculo abierto en la tierra, esperando.
Pienso en Papú, en
el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el
sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de
Utila.
Pienso en la Nueva
Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué,
cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo,
donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.
El pozo no era solo
un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.
5 de abril de 2026.
Foto propia.