En
aquellos años, cuando caía la noche sobre El Bluff y el viento del mar caminaba
por el andén, bastaba que alguien sacara unos guantes para que el puerto entero
supiera que habría pelea. No era nada oficial, claro. Eran combates de
chavalos, nacidos de rivalidades pequeñas y orgullos enormes. Peleaban como si
el campeonato del mundo estuviera en juego.
Frente a
la casa de los abuelos, debajo de un poste de luz eléctrica nos poníamos los
guantes de boxear. El foco amarillo colgaba alto y alumbraba el andén. Más allá
se sentía el viento del mar que venía del lado del muelle y movía las hojas de
los almendros.
Los
vecinos y los del lado de la capilla de la iglesia católica y más allá, se
hacían cita para ver quiénes eran los boxeadores en turno de esa tarde noche.
Poco a poco se armaba el círculo de gente, todos de pie, esperando que sonara
el primer golpe.
No todos
lo sabíamos, pero las peleas estaban amarradas por conflictos entre chavalos,
ya sea porque uno le partió en dos el trompo al otro, porque le dio una patada
jugando fútbol, un codazo mal intencionado jugando basquetbol, porque a ese
también le gustaba la misma chavala.
Cosas
que provocaban arrechura, enemistades o simplemente que, con los guantes
puestos, nos íbamos a medir para determinar quién era el mejor. Eran asuntos
muy serios para nosotros, aunque vistos hoy, eran pleitos que el viento del mar
se llevaba antes de la medianoche.
El boxeo
era uno de los deportes favoritos de los chavalos de esa época, entre 1970 y
1975. Nos entraba por la vista. Mirábamos revistas de boxeo, entre ellas The
Ring, que don Chon Benavidez le compraba a sus hijos, Pilón y Javier.
Allí
mirábamos a los mejores boxeadores mexicanos de la época: Rubén “Púas”
Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera, Romeo Anaya, Carlos “Cañas” Zárate,
entre otros.
Y
también mirábamos los artículos de boxeo que aparecían en la propaganda:
guantes, vendas para proteger muñecas y nudillos, cuerdas para saltar, protector
bucal y casco, y botas de boxeo. También aparecían peras locas y sacos.
Cada
quién decía lo que quería y nos llenábamos de ilusión.
—Yo
quiero ser como Olivares.
—No
hombre, yo soy Chucho Castillo.
Al caer
la noche, en la cancha que estaba ubicada frente a la casa de don Chon
Benavidez, se organizaban peleas entre voluntarios que se tenían ganas. Se
hacía un redondel humano. Los contrincantes se ponían los guantes rojos
profesionales de Javier y los cascos protectores y se hacía la pelea a tres
round de tres minutos cada una con su respectivo tiempo de descanso. Todo muy
reglamentario, como si estuviéramos en el Madison Square Garden.
Entre
los chavalos que más se entusiasmaban con aquellas peleas estaba Chepito Corea,
que desde entonces mostraba gusto por el boxeo.
Cada
peleador tenía su barra y se escuchaban los alaridos:
—¡Dale,
dale!
—¡Tirá
jab!
—¡Tirá
gancho!
Y las
grandes carcajadas de los espectadores cuando alguien tiraba un golpe al aire o
se enredaba en sus propios pies. A veces se oía el golpe seco de los guantes,
otras veces alguien terminaba sentado en el suelo mirando las estrellas que
apenas se veían sobre los techos de zinc.
Cuando
finalizaba la pelea, el referí, casi siempre una persona mayor e imparcial, le
levantaba la mano al ganador. Pero en muchas ocasiones el perdedor quedaba
inconforme y la pelea continuaba al lado de la cancha a cachimbazos limpios, ya
sin reglamento ni árbitro.
Pero la
mayor ilusión que teníamos era ver las peleas de los grandes por la televisión.
Y como eran pocas las familias de El Bluff que tenían televisor, nos
agrupábamos en la casa de mi tío Felipe y tía Merchú para ver los grandes
boxeadores junto con los adultos que eran aficionados, entre ellos el siempre
recordado Isidro Sandino, que lo vi pasar del rango de teniente a capitán, mayor y
coronel de la guardia y jefe de los guardacostas.
En esa
sala, con gente sentada en sillas, en el piso y hasta en las ventanas, vi a
Alexis Argüello, Roberto Durán, Carlos Monzón, Muhammad Ali, Joe Frazier,
George Foreman y otros campeones de esa época en sus grandes peleas. En
aquellos años el boxeo era una fiebre en todo el Caribe, y cada muchacho soñaba
con ser campeón del mundo.
En varias
ocasiones, las rencillas entre chavalos se manifestaban al ardor de los
combates de los campeones. En una de ellas, Kalilita comenzó a darle bromas a
un chavalo, cosas entre ellos que lo enojaban, desde una ventana lateral,
mientras el otro estaba sentado en el piso de la sala. Primero eran bromas.
Después jodedera.
Y de
tanta jodedera, viendo el avance de los rounds del combate, ya super enchilado,
salió al corredor y allí escenificaron una pelea al estilo peso pluma. Intercambiaron
golpes, se armó el alboroto, la gritadera, y se detuvieron al sentir la fuerza
de Sandino que los agarraba de la camisa y separaba.
—Si
siguen jodiendo y no dejan ver la pelea, yo mismo los agarro a fajazos —dijo.
Y santo
remedio. Calladitos los dos el resto de la velada boxística.
Veladas
boxísticas también se organizaban en el cine Renith. Allí, con el cine lleno y
entrada pagada, se enfrentaban aquellos que siempre tenían rivalidad. Entre ellos recuerdo pelear en el cine a Antonio Mejía, llamado “El Chingorro”, Francisco Lanuza, alias “Zamba Larga”, Winston Hayman conocido como “Mau Mau”, Guillermo Espinoza “El Guerri” y Chepito Corea. Para nosotros eran los campeones del puerto.
En esos
años el boxeo también movía mucha gente en Bluefields, donde las veladas
aficionadas eran parte de las fiestas y atraían a jóvenes de las diferentes etnias de los barrios de la ciudad.
Con el
paso de los años, la atención y el entusiasmo se fue trasladando a otros
deportes como el béisbol, fútbol y basquetbol. Aquellas peleas en la cancha
quedaron como recuerdos de una época en que los chavalos soñábamos con ser
campeones.
Pero
para algunos el boxeo no fue solo un juego de infancia. Se convirtió en parte
de su vida. Ese fue el caso de Chepito Corea, uno de los chavalos de aquellos
años. Con el tiempo se dedicó al boxeo con disciplina y pasión. Boxeó, entrenó
y formó clubes de boxeo en El Bluff y Bluefields, enseñando a nuevas
generaciones el arte del pugilismo.
Y quién
sabe… tal vez todo comenzó una de aquellas noches, bajo la luz amarilla de
aquel poste frente a la casa de mis abuelos.
12 de marzo de
2026.
Foto: Internet.