Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace
una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de
su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el
edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e
impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una
leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de
vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del
barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran
participar en la conversación.
Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura,
delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que
anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás
de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen
escuchar incluso antes de responder.
A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo
necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en
impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con
tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a
recorrer caminos conocidos.
Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda
Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas,
pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un
padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de
raíces que marca muchas vidas costeñas.
Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas
aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una
hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita
muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.
También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por
parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que
según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su
madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia
inglesa.
En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia
costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en
una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como
ordenada, diversa y llena de movimiento.
Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el
tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles,
mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del
mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad
caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.
Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos
que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson,
los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido
familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a
los más jóvenes.
En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos
circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años
se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque
entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía
vibrar la vida cotidiana.
La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no
existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con
maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas,
machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la
lluvia y la humedad del Caribe.
Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo
de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra
que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes
aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros
países.
Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas
veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a
vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando
el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.
Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve
entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores
estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron
llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o
la historia lo necesitan.
Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en
Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero
también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos
menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas
temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.
No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta
con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que
parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.
Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene
proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua
comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde
antes estaban los planes personales.
Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en
Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres
mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a
abrirse paso entre hombres mayores.
Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el
cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado
en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle
dejado una marca profunda.
Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los
mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se
aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando
conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán
acompañándolo.
Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado
bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego
lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con
una manera distinta de mirar a las personas.
De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida.
En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es
mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de
que crezcan.
Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena
a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los
trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy
distintas.
En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado
hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia
y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero
ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros
y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella
primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para
haber animales”.
En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con
un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno
vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide
marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que
había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina
regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y
humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que
convivir con los animales juntos.
La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del
mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía
ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y
una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad
permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo
demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de
concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época
en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria
colectiva.
Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen
de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva
Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio,
calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a
la que encontró cuando llegó.
En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a
Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras
personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva
Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra,
convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno
de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son
nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el
pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las
calles, en las instituciones o en las colonias.
Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la
gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de
la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su
personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de
adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva
Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de
barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del
trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y
amistades.
No todos los recuerdos llegan con sonrisas.
Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus
dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la
vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre
permiten estar donde el corazón necesita estar.
La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni
siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa
ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas
más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo
para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque
algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una
sombra silenciosa que no se va del todo.
La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia.
Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia
acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende
de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.
Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni
propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla
de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de
sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las
decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar
porque otros deberes lo llaman primero.
Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.
Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla,
dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las
estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita
encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición
de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas
familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.
Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie
de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran
caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase
sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.
Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno
romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una
manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse
quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.
Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa
respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la
disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos
muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.
Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas.
Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que
habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la
comunidad y el país durante varias décadas.
Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos.
Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en
este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz,
sanamente y en armonía.
Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al
final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a
sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.
Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como
reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que
permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre
una etapa de la vida con satisfacción.
Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus
hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los
sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma
de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.
La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos
continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles
cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la
conversación desde el inicio.
Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él
cuando ya no esté.
Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco
menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente
dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y
respetuoso que estuvo en este pueblo”.
Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una
taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo,
con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en
el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el
corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena
que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las
puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la
imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar
demasiado la voz.
Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque.
Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con
los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que
no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.
Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre
que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el
joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega
decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la
guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos
pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.
Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo
acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede
marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede
rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.
Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose
con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como
héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin
alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en
llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos
amigos todavía llamándolo por su nombre.
4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.