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domingo, 27 de septiembre de 2026

EL RONDÓN DE MI PAPÁ

 


Mi papá, White Bush Hill, decía que el rondón debía hacerse en familia y a la orilla del mar. No sé cuántas veces se lo escuché decir. Ahora, tantos años después, basta que alguien mencione un rondón para que yo vuelva a verlo junto al caldero, con el Caribe detrás.

Lo hacía en Corn Island y en la playa de El Bluff. También en los cayitos de Utila, aunque allá le cambiaba el nombre.

—Vamos a hacer un bando —decía.

Así le llaman en Utila al mismo rondón que nosotros conocemos. Cambiaba el nombre, pero no aquella costumbre de reunir a la familia y pasar buena parte del día junto al mar. Mi papá tampoco escogía cualquier lugar. Buscaba un sitio donde hubiera cocoteros y buena sombra. Nosotros recogíamos leña y algunos troncos que encontrábamos en la playa; con la leña se hacía el fuego y los troncos servían de asiento.

Los ingredientes llegaban en sacos y canastas. Muchas veces el coco venía rallado desde la casa y ya en la playa exprimían la pulpa para sacarle aquella leche blanca que iba primero al caldero. Mi papá atizaba el fuego y comenzaba la espera.

Tenía su manera de hacer las cosas. Apenas la leche de coco empezaba a calentarse, agregaba cebolla, chiltoma, ajo, pimienta y su punto de sal. Después venían los bastimentos, pero tampoco los echaba todos juntos. Primero la yuca, después el quequisque, el plátano, el banano verde y los demás, cada uno a su tiempo. Él miraba el caldero y sabía cuándo debía entrar lo siguiente. La fruta de pan era otra cosa. No siempre había, porque dependía de la temporada de cosecha. Cuando la teníamos, esperaba hasta que el rondón estuviera casi dando el punto para agregarla.

Y no cualquier pescado servía para el rondón de mi papá. Su preferido era el king fish, grande y carnoso. Lo cortaba en buenas rodajas, lo freía aparte y lo dejaba esperando su momento. También hacía rondón de cambute, aquel caracol de mar que tanto nos gustaba. Otras veces utilizaba la pierna del jamón, pero tenía que quedarle carne pegada al hueso. También podía hacerlo de cecina salada o de cerdo salado y secado al sol. Y claro que sí, le gustaba el de Wari, pero no recuerdo que hiciera de tortuga. La tortuga la hacía en caldillo, frita o con leche de coco pero no en rondón. 

Casi al final hacía la masa de los domplin con harina, agua y sal. Los formaba con las manos y los iba agregando al caldero junto con las rodajas de king fish que había frito antes. Después venía el chile de cabro. Ese sí que no podía faltar. Mi papá lo echaba entero, sin cortarlo, y lo dejaba allí mientras el rondón terminaba de hacerse.

—Es para que agarre su aroma y sabor —decía.

Y cubitos Maggi, nunca. Ahora veo que mucha gente le pone cubitos a todo, pero mi papá no le echaba ninguno al rondón. Con todo aquello que había dentro del caldero, no hacía falta.

Pero si les sigo contando solamente lo que llevaba el rondón, les voy a contar apenas una parte. Porque lo mejor ocurría alrededor del fuego.

En El Bluff casi siempre estaban los amigos de mi papá: tío Felipe, Payo Montero y Bartlett. Se acomodaban en aquellos troncos bajo los cocoteros, hablaban de sus cosas y de pronto alguno soltaba una carcajada que se escuchaba desde lejos. Mi papá entraba y salía de la conversación porque tenía que atender el fuego.

Y claro, también estaban los tragos. Llevaban termos con hielo, ron, cervezas, gaseosas, chileros, jugos y otras cosas para pasar el día. Si alguien se acercaba, siempre había algo que ofrecerle. En eso eran muy atentos.

Hay una imagen de mi papá que todavía me hace reír. Cuando se le terminaba el trago no pedía otro. Agitaba el vaso para que sonara el hielo y miraba a sus amigos. Ellos ya sabían. Alguno se levantaba y volvía a servirle, y mi papá regresaba a lo suyo. A veces, mientras revisaba el caldero, soltaba aquello de que “el rondón siempre es mejor cuando lo cocina un hombre”. Mi madre, tía Mechú y Dora Luz sabían que las estaba provocando. Mi mamá también hacía un rondón riquísimo y él lo sabía. Pero así era la broma y aquello terminaba en risas.

Nosotros, los chavalos, vivíamos nuestra propia fiesta. Corríamos por la arena, entrábamos al mar, salíamos y al rato estábamos otra vez en el agua. Las mujeres nos mantenían bajo la mirada, aunque nosotros creíamos andar libres por toda la playa.

Y no todo era bañarnos. Nos íbamos por los alrededores buscando icacos, uvas de mar y manzana de los cocos. Cuando encontrábamos bastante, levantábamos la parte de abajo de la camiseta y hacíamos una especie de bolsa para llevarlos. Regresábamos orgullosos donde los adultos y les ofrecíamos lo que habíamos encontrado. Después volvíamos a desaparecer rumbo al agua.

Hasta que el olor del rondón nos encontraba. Podíamos estar metidos en el mar y aquel olor llegaba hasta nosotros. Salíamos con la sal pegada al cuerpo y la arena en los pies y mirábamos hacia el caldero.

Ya casi.

Mi papá probaba el caldo, atizaba el fuego, acomodaba algún pedazo de leña y volvía a mirar dentro del caldero. No recuerdo que necesitara reloj para aquello.

Él sabía.

Si cierro los ojos todavía puedo escuchar aquella playa. Las olas, nuestros gritos desde el agua, las conversaciones de los mayores y alguna carcajada que sobresalía de las demás. Y entre todos aquellos sonidos, de vez en cuando, el hielo golpeando dentro de un vaso.

Hasta que mi papá decía:

—Ya está.

Entonces salíamos del mar y nos acercábamos con el hambre que dejan horas de correr, nadar y andar de un lado para otro. Cada uno buscaba su plato y cuchara y se acomodaba bajo los cocoteros, algunos todavía sobre aquellos troncos recogidos en la playa.

Alguien pedía más caldo, otro quería otro pedazo y las conversaciones seguían. Nosotros seguramente estábamos pensando en regresar al agua apenas termináramos. Éramos chavalos. Qué iba a saber que tantos años después recordaría hasta el sonido del hielo dentro de un vaso.

Al final todavía nos esperaba un trabajo. Los mismos sacos en que habían llegado los ingredientes servían para recoger latas, botellas, restos y toda la basura que habíamos producido. Eso nos tocaba a nosotros, bajo la mirada de los adultos. Nada debía quedar tirado en la playa. Después cargábamos los sacos de regreso a casa. Habían llegado llenos con las cosas para el rondón y regresaban con nuestra basura. Atrás quedaba la playa limpia.

Y miren cómo trabaja la memoria. Comencé hablándoles del rondón de mi papá y ya estoy viendo a tío Felipe, Payo Montero y Bartlett. Veo a mi madre, a tía Mechú y a Dora Luz, y también nos veo a nosotros corriendo por la playa con las camisetas levantadas y llenas de icacos y uvas de mar.

Han pasado muchos años y he comido otros rondones, algunos muy buenos, pero ninguno sabe a aquellos días. Quizás porque aquel rondón era mucho más que lo que había dentro del caldero: era la gente, las carcajadas, los chavalos corriendo, el humo de la leña, el ruido de las olas y aquel vaso que mi papá agitaba para hacer sonar el hielo.

Cuando todo eso regresa, vuelvo a verlo.

White Bush Hill está junto al caldero. Los amigos conversan bajo los cocoteros, nosotros corremos por la arena y el mar suena a pocos pasos. Detrás de mi papá está el Caribe.

Y todavía lo escucho decir:

—El rondón debe hacerse en familia y a la orilla del mar.

 

26 de septiembre de 2026.

viernes, 14 de agosto de 2026

TODAVÍA ESCUCHO LAS GAVIOTAS

 



Por momentos, todavía,

buscando una ola,

capto el canto de las gaviotas

que vuelan sobre mí,

una melodía en el aire.

 

Cantan por la alegría de hacerlo,

por el puro instinto del viento.

 

El sargazo inunda la orilla

de la playa de El Bluff.

 

De cierta manera, todavía,

después de más de vida y media,

conozco muchas palabras,

incluso algunas que nunca aprendí.

 

Tal vez estén entre ellas

las que entiende la bandada.

 

El tiempo cambió mi rostro,

dejó sus huellas,

pero no apagó del todo

al hombre que todavía mira,

escucha

y se sorprende.

 

Elevo la mirada.

 

Vuelan a baja altura,

altivas, alegres,

y les respondo

como quien todavía

tiene algo que decir.



14 de agosto de 2026

69 años.


jueves, 25 de junio de 2026

EL MACHO SILVIO, HISTORIA VIVA DE EL BLUFF

 



El hombre del corredor

Lo recuerdo caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui, como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar. Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la gente.

Esa imagen se me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro visitarlo.

Una mañana de domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla. A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con nosotros.

—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.

Lo miro. Está entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina, pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los huesos.

El padre que levantó un puerto

Su padre fue Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.

Silvio no habla de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle, aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.

—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien las cosas.

Entonces lo imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller. Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.

La madre de Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.

Silvio no dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida en la bahía.

El niño del muelle

Creció viendo el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran territorio de aventura.

En las vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío. Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida. Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.

Esa infancia era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.

La casa familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros, fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.

Mientras Silvio describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor, combustible, ganado y banano verde.

En la casa de los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.

Sus amigos eran los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban. Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes había guayabales y anonas.

La luz era poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era espectáculo, promesa y misterio.

De noche jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era fábrica de cuentos.

Silvio estudió primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta, como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En 1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.

El muchacho que aprendió a trabajar

Estudió hasta segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.

En esos años comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles, el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante. Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.

El salto grande llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada, tomarse una foto y jurar por la bandera.

—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.

Después lo llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba, cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus. Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció, aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco como hombre que le huía al riesgo.

Volvió a la pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba camarones y entregaba producto en la Booth.

Familia, revolución y barcos cansados:

Se casó con Sonia Ortiz González en 1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco. Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.

Con su esposa formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la casa.

Cuando triunfó la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo. Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles: escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos. Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.

—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—. Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se fue agotando todo.

La frase queda en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso. Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban amarrados.

—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye pasos que ya no están.

Cuando le pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”, responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse, discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.

Silvio recuerda la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las puertas permanecían abiertas.

—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.

Cuenta una escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le regaló cinco dólares.

Esa escena muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.

El hombre que todavía mira el mar

La conversación salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.

Ahora vive entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.

—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.

En esa risa hay ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields, que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como habitante, no como turista.

También habla de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el hielo, los exámenes del seguro.

Ha sobrevivido a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.

Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:

—Ir a pescar.

La respuesta lo devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.

La mañana avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos, vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí, con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y resistencia para varias generaciones.

El Macho Silvio no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian, la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla, El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.

 

22 y 23 de junio de 2026.


lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


miércoles, 22 de abril de 2026

LOS POZOS

 


Hoy desperté temprano. Puse a funcionar la bomba del pozo y me di cuenta de que habían pasado varias semanas desde la última vez que lo limpié. Aparté todas las cosas que estaban sobre el brocal y el delantal. Con un machete limpié los bordes, invadidos por la vegetación: bejucos, zacate y hiedra.

En una cubeta, con agua del mismo pozo, preparé detergente con un poco de cloro. Regué el delantal y dejé que hiciera efecto mientras limpiaba la tapa y los tubos. Quité el filtro y también lo lavé. Tenía pocos sedimentos. Luego lavé el delantal con agua y cepillo.

La foto que acompaña este escrito es la del pozo después de lavarlo. Me siento orgulloso de mi pozo. Recuerdo cuando lo hicimos. Mostré unas fotos entonces. “Las guerras del futuro serán por el agua”, dijo mi amigo Carlos Wiltshire.

Y me fui unos años atrás. A los tiempos de mis abuelos en Utila y El Bluff. A Corn Island. A la Nueva Guinea de los años noventa.

En Utila, Ernesto, mi abuelo, al que llamábamos Papú con cariño, tenía un pozo en el que había instalado una bomba manual de jarra —pitcher pump—, ubicada a un costado de la casa de madera y tambo, bajo un frondoso árbol de mamón.

Era un pozo antiguo, como la bomba de hierro fundido. Se operaba moviendo una palanca de arriba hacia abajo, y el agua salía por el pico. Era algo genial. Me quedaba maravillado viendo al abuelo Ernesto sacar el agua, subir con los baldes por las gradas traseras de la casa y llenar los depósitos que usaba mi abuela Hazel, tanto para beber como para los quehaceres.

En una de mis visitas, la bomba y el pozo ya estaban descartados. El abuelo obtenía el agua de un gran pozo comunal, ubicado detrás de la casa en Mami Lane.

El corredor de la cocina era la sala de estar, el corazón de la casa de Papú. Siempre estaba fresco. Por eso colgaban hamacas, y junto a la baranda había una banca con respaldar donde los adultos descansaban.

La cocina no era muy grande, pero tenía un anexo donde lavaban los trastes, bajo la frescura de un árbol de aguacate. Al lado izquierdo había un baño. El área de lavar trastes, al lado derecho de la cocina, tenía unas gradas que daban acceso a un gran pozo, cubierto desde el delantal hasta el brocal con piedras azules brillantes.

A ese pozo llegaba Mayoo a jalar agua para su casa, que quedaba detrás de la de Papú, y la trasladaba en sus caballos. También Kaiza, que vivía un poco más hacia la colina, bajo unos grandes árboles de mamey, y otros vecinos de Mami Lane.

Varios acarreadores de agua —entre ellos Tom Tom y Leroy, un creole gigantesco que llenaba el ambiente con su voz— llegaban con carretillas de mano a llenar barriles que luego llevaban a las familias.

Allí, en el delantal de ese pozo, nos bañábamos con el agua fresca después de pasar la tarde en la playa de Utila, casi siempre en la punta del antiguo aeropuerto, buceando entre el arrecife de coral y descubriendo un mundo multicolor en pleno esplendor.

En El Bluff, mi abuelo Felipe, en la misma época de Papú, también tenía su pozo, ubicado detrás de la casa, en el patio de mi abuela Manuela. Todas las mañanas jalaba agua. Era un pozo con la tapa del brocal de madera cubierta de zinc. Tenía una abertura por donde bajaba el balde con el mecate para sacar el agua. Una polea, por donde corría el mecate, estaba amarrada a una pieza de madera 4 x 4, sostenida a los lados por pilares de concreto.

El abuelo se colocaba frente a la parte posterior de la casa, donde estaba la cocina. Desde allí miraba el movimiento constante de la abuela y de las mujeres que siempre le ayudaban en los quehaceres, creando un ambiente alegre.

Llenaba los tanques y las tinas de una galera contigua al pozo, donde lavaban la ropa, y también los barriles del baño y la cocina. De igual manera, regaba el espacio de las plantas que la abuela usaba para cocinar, manteniendo todo fresco y verde. Después se alistaba, desayunaba y se dirigía a su trabajo como responsable de bodega de la aduana.

Por las tardes, al regresar, volvía a jalar agua, con el sol cayendo sobre la isla del Venado. En esos momentos estaba relajado, sonriente, silbando. Mi primo Rafael siempre decía que era por los tragos de guaro que se había tomado antes de llegar a la casa.

El pozo era el santuario de mi abuelo. Allí, jalando agua, sus pensamientos iban y venían, y su cuerpo se ejercitaba. Era un pozo amigo y compañero. Lo cuidaba, lo limpiaba, lo lavaba. Había sido excavado a mano, y de él brotó un manantial cuando perforaron la piedra azul, color de mar. El agua era cristalina, la mejor de todos los pozos de El Bluff, y él se sentía orgulloso de ello.

Mi tío Felipe llegaba todas las tardes a jalar agua para llevarla a su casa y beberla, aunque tuviera su propio pozo, que usaban solo para los aseos en los que mi tía Merchú siempre se empeñaba.

Con el paso de los años, mi abuelo le instaló una bomba eléctrica y dejó de jalar agua. Subía la palanca de la cuchilla y se entretenía en otras cosas, hasta que la abuela Manuela le gritaba que los tanques se estaban derramando.

En el pozo de mi abuelo Felipe jalé agua para la casa de mi mamá. Era el agua de beber. Nosotros también teníamos un pozo y recogíamos agua de lluvia en un tanque metálico grande y rectangular, al que llegaba el agua por los canales del techo del segundo piso. Caía sobre una malla fina que retenía las impurezas. Era un sistema sencillo de recolección, usado para el lavandero, la cocina, el baño y el inodoro.

En nuestra casa nunca hizo falta el agua. Siempre estaba la de los pozos del abuelo y de mi papá. Y nunca se le negó a quien la necesitara.

Al lado de la casa de mi abuelo Felipe y mi abuela Manuela vivían los García: doña Marianita, don Rosendo y sus hijos. Ellos tenían un pozo donde nos divertíamos jugando en los alrededores. Era un pozo de piedra azul, rodeado por ella, visible incluso en el barranco que daba a la carretera que serpenteaba hasta el taller de don Chon Benavidez y el comedor de Las Chinitas.

Ese pozo y sus alrededores estaban cubiertos por la sombra de un inmenso árbol de mango. Allí siempre se respiraba frescura, por muy fuerte que estuviera el sol. Allí nos encontrábamos con el Tanquecito, El Cabe, El Flaco. Siempre llegaba Kalilita a cortar mangos con una vara, y la gente que pasaba por la carretera los apedreaba cuando estaban sazones o maduros.

Ese pozo era un oasis. Allí nos reuníamos a planear nuestras aventuras: hacer balines de acero para las hondas, reforzar anzuelos para pescar o ir a bañarnos a la ensenada.

En Corn Island, durante el tiempo en que mis padres vivieron allí, yo los visitaba. La casa estaba ubicada hacia el este de la antigua cocotera. Era una casa hermosa, de madera y de dos pisos.

El agua era un problema. Todos los días tenía que cargarla desde el pozo de un amigo de la familia. Iba y venía con un tronco grueso sobre la espalda, del que colgaban, con un mecate resistente, dos cubetas de cinco galones cada una. Era un recorrido de unos ochocientos metros. Agotador. Hacía tres viajes por la mañana y tres por la tarde. El agua de ese pozo, hermoso y bien cuidado en los suelos arenosos de la isla, era muy apreciada. Cristalina. Fresca.

En Nueva Guinea, después de la guerra de los años 80, había una crisis de abastecimiento de agua potable en la ciudad y en las colonias. Se comenzaron a construir pozos comunales para aliviar el problema, acompañados de programas de letrinización. En ese esfuerzo, el Palo de Hule, dirigido por Donald Ríos Obando, jugó un papel importante, financiando materiales y la bomba de mecate.

Con el paso de los años, el PASOC (Programa de Agua, Saneamiento y Organización Comunitaria) continuó apoyando la construcción de pozos comunales mediante un plan ambicioso. Luego vinieron los Mini Acueductos por Gravedad (MAG), creando puestos públicos de agua potable y, posteriormente, conexiones domiciliares, mejorando sustancialmente el acceso al agua en colonias y comarcas, y con ello la salud comunitaria.

En el casco urbano, en 1996, se inauguró un nuevo sistema de agua potable por parte de ENACAL. El sistema anterior había sido construido por el Banco Nacional y abastecía principalmente a la ciudadela. El nuevo sistema captaba el agua de una represa en el río El Zapote y atendía a las familias de las zonas 1, 2, 3 y 4 del casco urbano, y posteriormente a las zonas 5 y 6. Al tener acceso a este sistema, muchas familias del casco urbano fueron abandonando sus pozos, convirtiéndolos en fosas sépticas.

Actualmente, se ha construido un nuevo sistema que capta agua en la presa del río La Sardina y cuenta con grandes tanques de almacenamiento. El agua se trata en la planta existente y luego se distribuye por gravedad y bombeo.

Sin embargo, debido a la construcción del sistema de alcantarillado y a mejoras en la red, se producen cortes frecuentes por fugas. La población se resiente, se queja del desabastecimiento y, en muchos casos, añora sus antiguos pozos.

Hoy, cuando termino de lavar el pozo y lo miro limpio, con el agua quieta y clara en el fondo, entiendo algo que antes no veía. No es solo agua. Es la certeza de que está ahí. De que no depende de nadie más. De que, si todo falla, todavía queda ese círculo abierto en la tierra, esperando.

Pienso en Papú, en el abuelo Felipe, en los baldes, en el mecate, en el peso en la espalda bajo el sol de Corn Island, en las tardes en El Bluff y en las mañanas frescas de Utila.

Pienso en la Nueva Guinea de hoy, con sus tuberías, sus tanques y sus cortes. Y entiendo por qué, cuando el agua no llega, la gente vuelve la mirada al suelo. Porque allí abajo, donde siempre estuvo, sigue estando la respuesta.

El pozo no era solo un hueco en la tierra. Era una forma de vivir.

 

5 de abril de 2026.
Foto propia.

domingo, 22 de marzo de 2026

BOXEADORES DE EL BLUFF

 


En aquellos años, cuando caía la noche sobre El Bluff y el viento del mar caminaba por el andén, bastaba que alguien sacara unos guantes para que el puerto entero supiera que habría pelea. No era nada oficial, claro. Eran combates de chavalos, nacidos de rivalidades pequeñas y orgullos enormes. Peleaban como si el campeonato del mundo estuviera en juego.

Frente a la casa de los abuelos, debajo de un poste de luz eléctrica nos poníamos los guantes de boxear. El foco amarillo colgaba alto y alumbraba el andén. Más allá se sentía el viento del mar que venía del lado del muelle y movía las hojas de los almendros.

Los vecinos y los del lado de la capilla de la iglesia católica y más allá, se hacían cita para ver quiénes eran los boxeadores en turno de esa tarde noche. Poco a poco se armaba el círculo de gente, todos de pie, esperando que sonara el primer golpe.

No todos lo sabíamos, pero las peleas estaban amarradas por conflictos entre chavalos, ya sea porque uno le partió en dos el trompo al otro, porque le dio una patada jugando fútbol, un codazo mal intencionado jugando basquetbol, porque a ese también le gustaba la misma chavala.

Cosas que provocaban arrechura, enemistades o simplemente que, con los guantes puestos, nos íbamos a medir para determinar quién era el mejor. Eran asuntos muy serios para nosotros, aunque vistos hoy, eran pleitos que el viento del mar se llevaba antes de la medianoche.

El boxeo era uno de los deportes favoritos de los chavalos de esa época, entre 1970 y 1975. Nos entraba por la vista. Mirábamos revistas de boxeo, entre ellas The Ring, que don Chon Benavidez le compraba a sus hijos, Pilón y Javier.

Allí mirábamos a los mejores boxeadores mexicanos de la época: Rubén “Púas” Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera, Romeo Anaya, Carlos “Cañas” Zárate, entre otros.

Y también mirábamos los artículos de boxeo que aparecían en la propaganda: guantes, vendas para proteger muñecas y nudillos, cuerdas para saltar, protector bucal y casco, y botas de boxeo. También aparecían peras locas y sacos.

Cada quién decía lo que quería y nos llenábamos de ilusión.

—Yo quiero ser como Olivares.

—No hombre, yo soy Chucho Castillo.

Al caer la noche, en la cancha que estaba ubicada frente a la casa de don Chon Benavidez, se organizaban peleas entre voluntarios que se tenían ganas. Se hacía un redondel humano. Los contrincantes se ponían los guantes rojos profesionales de Javier y los cascos protectores y se hacía la pelea a tres round de tres minutos cada una con su respectivo tiempo de descanso. Todo muy reglamentario, como si estuviéramos en el Madison Square Garden.

Entre los chavalos que más se entusiasmaban con aquellas peleas estaba Chepito Corea, que desde entonces mostraba gusto por el boxeo.

Cada peleador tenía su barra y se escuchaban los alaridos:

—¡Dale, dale!

—¡Tirá jab!

—¡Tirá gancho!

Y las grandes carcajadas de los espectadores cuando alguien tiraba un golpe al aire o se enredaba en sus propios pies. A veces se oía el golpe seco de los guantes, otras veces alguien terminaba sentado en el suelo mirando las estrellas que apenas se veían sobre los techos de zinc.

Cuando finalizaba la pelea, el referí, casi siempre una persona mayor e imparcial, le levantaba la mano al ganador. Pero en muchas ocasiones el perdedor quedaba inconforme y la pelea continuaba al lado de la cancha a cachimbazos limpios, ya sin reglamento ni árbitro.

Pero la mayor ilusión que teníamos era ver las peleas de los grandes por la televisión. Y como eran pocas las familias de El Bluff que tenían televisor, nos agrupábamos en la casa de mi tío Felipe y tía Merchú para ver los grandes boxeadores junto con los adultos que eran aficionados, entre ellos el siempre recordado Isidro Sandino, que lo vi pasar del rango de teniente a capitán, mayor y coronel de la guardia y jefe de los guardacostas.

En esa sala, con gente sentada en sillas, en el piso y hasta en las ventanas, vi a Alexis Argüello, Roberto Durán, Carlos Monzón, Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y otros campeones de esa época en sus grandes peleas. En aquellos años el boxeo era una fiebre en todo el Caribe, y cada muchacho soñaba con ser campeón del mundo.

En varias ocasiones, las rencillas entre chavalos se manifestaban al ardor de los combates de los campeones. En una de ellas, Kalilita comenzó a darle bromas a un chavalo, cosas entre ellos que lo enojaban, desde una ventana lateral, mientras el otro estaba sentado en el piso de la sala. Primero eran bromas. Después jodedera.

Y de tanta jodedera, viendo el avance de los rounds del combate, ya super enchilado, salió al corredor y allí escenificaron una pelea al estilo peso pluma. Intercambiaron golpes, se armó el alboroto, la gritadera, y se detuvieron al sentir la fuerza de Sandino que los agarraba de la camisa y separaba.

—Si siguen jodiendo y no dejan ver la pelea, yo mismo los agarro a fajazos —dijo.

Y santo remedio. Calladitos los dos el resto de la velada boxística.

Veladas boxísticas también se organizaban en el cine Renith. Allí, con el cine lleno y entrada pagada, se enfrentaban aquellos que siempre tenían rivalidad. Entre ellos recuerdo pelear en el cine a Antonio Mejía, llamado “El Chingorro”, Francisco Lanuza, alias “Zamba Larga”, Winston Hayman conocido como “Mau Mau”, Guillermo Espinoza “El Guerri” y Chepito Corea. Para nosotros eran los campeones del puerto.

En esos años el boxeo también movía mucha gente en Bluefields, donde las veladas aficionadas eran parte de las fiestas y atraían a jóvenes de las diferentes etnias de los barrios de la ciudad. 

Con el paso de los años, la atención y el entusiasmo se fue trasladando a otros deportes como el béisbol, fútbol y basquetbol. Aquellas peleas en la cancha quedaron como recuerdos de una época en que los chavalos soñábamos con ser campeones.

Pero para algunos el boxeo no fue solo un juego de infancia. Se convirtió en parte de su vida. Ese fue el caso de Chepito Corea, uno de los chavalos de aquellos años. Con el tiempo se dedicó al boxeo con disciplina y pasión. Boxeó, entrenó y formó clubes de boxeo en El Bluff y Bluefields, enseñando a nuevas generaciones el arte del pugilismo.

Y quién sabe… tal vez todo comenzó una de aquellas noches, bajo la luz amarilla de aquel poste frente a la casa de mis abuelos.

 

 

12 de marzo de 2026.
Foto: Internet.


jueves, 12 de marzo de 2026

CAYMAN ROCK

 



La competencia de pesca de Mayo Ya es esperada cada año por aficionados y turistas. Nosotros tres —Rafael, Joaquín y yo— también nos anotamos en el torneo, con nuestras cañas, anzuelos, engañadores, carnada y la esperanza de que el mar ese día estuviera de nuestro lado.

Aquella mañana abordamos una panga y navegamos hacia Rama Cay. El oleaje estaba tranquilo. Bandadas de pájaros nos sobrevolaban nerviosos, como si supieran algo que nosotros aún ignorábamos. El sol resplandecía sobre la inmensa piel de la bahía de Bluefields.

Pero el tiempo manda. Pasaron tres horas tirando líneas por aquí y por allá, y nada picaba.

—Nada hacemos aquí —dijo Rafael.

—Es tiempo de movernos —agregó Joaquín.

Así que salimos de la bahía rumbo a Cayman Rock. El aire olía a sal vieja y a sargazo calentado por el sol. La panga avanzaba con el motor ronco, mascando el agua verde de la bahía.

Dicen que en Cayman Rock, aun cuando los peces hayan desaparecido del mar, siempre queda alguno esperando el anzuelo.

Al salir por la barra de El Bluff, con la loma del faro a nuestra izquierda, vimos avanzar el viento sobre el agua. Venía como una sombra oscura corriendo sobre el espejo del mar.

—No se preocupen, siempre ocurre —dijo El Macho, el panguero.

Nos quedamos sentados esperando que pasara.

—Se acerca, mirá cómo levanta el agua —dijo Rafael, con un poco de temor.

Nos aferramos a la panga y ajustamos los viejos salvavidas.

Entonces llegó.

Sentí el golpe en el pecho. El viento me sacudió la cara y me alborotó el pelo. Una lluvia fina de sal nos pegó en el rostro. El cuerpo se me erizó como cuando una mujer te toca con ganas de quedarse.

Las olas golpeaban el casco de fibra de vidrio, el toldo de lona quería desprenderse y las aves marinas enloquecían. La panga se levantaba, caía y volvía a levantarse sobre el lomo oscuro de las olas. Por un momento parecía que el mar jugaba con nosotros.

Después siguió su rumbo. Entró por la barra cabalgando el oleaje como un caballo del mar, en dirección a la costa de la isla del Venado.

—Qué maravilla —dijo Joaquín—. Nunca había visto algo igual.

El agua cambió de verde a un azul oscuro y profundo cuando doblamos hacia el norte y nos acercamos a Cayman Rock.

—Nunca van a tener mejor pesca que en Cayman Rock —les dije riendo.

Cayman Rock es apenas un lomo de piedra levantado en el mar, a unos once kilómetros de El Bluff y tres kilómetros mar adentro de la línea de playa. No hay árboles ni sombra. Solo roca desnuda golpeada por el viento y la sal.

Allí viven las aves marinas. Llegan en bandadas, llenan la roca con su griterío, hacen sus nidos en las grietas y ponen sus huevos sobre la piedra caliente mientras el mar respira alrededor.

Al atardecer llegó la recompensa. Rafael atrapó y sacó del agua un barracuda enorme. Medía un metro con cincuenta y siete centímetros y pesaba veintinueve libras con ocho décimas. Un pez largo, plateado, con la boca llena de dientes finos como agujas.

Estaba vivo y furioso cuando cayó dentro de la panga. Golpeaba el fondo húmedo con su cuerpo duro, como si el mar no quisiera soltarlo tan fácilmente. Sus ojos redondos y fríos miraban todavía hacia el agua, como si en cualquier momento fuera a regresar a su reino.

—Cayman Rock —repetía Rafael con orgullo—. Fue en Cayman Rock.

Joaquín y yo reíamos mientras a Rafael le entregaban el premio del primer lugar en la categoría Barracuda. El sol ya se hundía entre los cayos de la bahía de Bluefields y en el muelle se había juntado un grupo de pescadores y curiosos comentando el tamaño del pescado. 

Sobre el piso de concreto del muelle, el barracuda brillaba bajo la última luz de la tarde. Su piel plateada se reflejaba como una lámina de metal recién salida del mar.

Y allá, mar adentro, Cayman Rock volvía a quedarse solo, cuidado por el viento, las aves y la noche que caía sobre el Caribe, mientras que en la ciudad se oía el ritmo alegre que ameniza las comparsas en Mayo Ya.

  

Marzo 2026.

Foto: Cortesía de Rafael Alvarez.



domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.