Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta locura. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de octubre de 2024

EL VIENTO

 


He recorrido diversos lugares preguntando a varias personas sobre el viento: qué significa para ellas, cómo lo perciben, qué asociaciones les evoca. Les he preguntado sobre las respuestas de sus sentidos, los recuerdos que despierta, los temores y sentimientos que les provoca. Las respuestas que obtuve son tan variadas como los propios vientos. Las he sintetizado, preservando el anonimato de quienes compartieron sus vivencias. Comprenderá por qué, después de leer El Viento.

 LUPITA: El viento me despertó.

 Tiene treinta años y vive en una ciudad al norte de Florida desde que su marido le quitó el pequeño negocio que tenían juntos. Se dio cuenta de que todos los bienes obtenidos por el trabajo en conjunto quedaron únicamente para él, ahora su ex, pero ella prefiere llamarlo “el desgraciado”. La casa se la quedó ella, pero no puede alquilarla ni hacer negocios con ella, según consta en el documento de divorcio. La pensión alimenticia para sus dos hijos no le alcanzaba para salir adelante, así que se fue de manera clandestina, porque en esos años no existía el parole humanitario.

“Mi familia me ayudó, y crucé mojada. El viaje duró más de un mes y fue horrible, una pesadilla que no le deseo a nadie. Prácticamente viajé con coyotes, que en parte del trayecto, ya en México, estaban escoltados por narcos. Fue un mes de terror, la mayoría del tiempo estuve encerrada en casas que usan para traficar con personas. Pero ahora, aquí trabajando y gestionando mis papeles, veo hacia atrás y me doy cuenta de que la mayor pesadilla fue la que viví al lado del desgraciado de mi exmarido. Es increíble cómo no me di cuenta antes, después de más de 10 años de matrimonio.

Recién casada, enamoradísima, no lo voy a negar, me volví loca por ese hombre. Quería que me quedara encerrada en casa. Mi vida era un martirio. Pero una noche lluviosa, el viento me despertó. Soplaba fuerte, las ramas de los árboles golpeaban el techo de zinc sin parar. Ni siquiera eso podía hacer el desgraciado, cortar esas ramas. Esa noche, en medio del ruido, me di cuenta. Vi una película de mi vida con él, y supe que ya no podíamos seguir juntos. Nos divorciamos, y me dejó en la calle. Mis hijos, mis queridos hijos, están con mi hermana. Yo aquí, luchando por salir adelante, por ellos, por una vida mejor."

 JACK: El viento es mi aliado.

Tú sabes lo que significa el viento para un pescador, ¿verdad? Cuando salgo de madrugada, antes de las cinco de la mañana, casi siempre la bahía está tranquila, con poco oleaje. Remo desde el pequeño muelle cerca de mi casa en Old Bank. Mientras voy hacia el noreste, siento el viento fresco y suave en el rostro, ¡y ese viento me llena de vida, de energía! Es como si me diera la bienvenida cada día.

Al pasar las isletas de mangle que bordean el canal, casi siempre hay ráfagas suaves que vienen del norte. La vela no engaña, la izo y, maniobrando el cayuco, atrapo el viento. Una vez embolsada, la vela se pone orgullosa, altiva, con la fuerza justa para navegar. Y allí voy, directo a los bancos de chacalines, que a veces están frente a la isla del Venado, otras veces entre Half Way Cay o cerca de las playas de El Bluff y Rama Cay.

Me paso el día chacalineando, como tantos otros pescadores. Para mí, la tarraya es como el machete para un campesino: es mi herramienta de vida. Los pescadores de la bahía formamos una fraternidad. Estar juntos allí, cada uno en su cayuco, es pura alegría. ¿Alguna vez has pasado en una panga cerca de nosotros? Seguro nos has visto felices, saludando a los que pasan rumbo a Bluefields o El Bluff. ¡Hasta nos sacan fotos! Siempre hay pangueros que se acercan a vernos, a mostrarnos a los pasajeros mientras trabajamos. Nos sentimos como estrellas por un momento, con nuestra captura del día.

Y todo ese tiempo, el viento es nuestro compañero, a veces juguetón, a veces severo, pero siempre presente. Nos mantiene alerta, como el verdadero amo y señor de la bahía, y prácticamente lo es. Nos afecta a todos, en el ánimo y en el trabajo. Mueve las corrientes, nos guía. Lo mejor es cuando sopla un viento intermedio, ni muy fuerte ni muy suave. Cuando está fuerte, espanta a los peces y chacalines; si está demasiado calmado, el agua transparente y la luz intensa los alejan.

Al terminar la faena, volvemos a desplegar las velas y maniobramos de vuelta a casa, hacia Bluefields y los muelles de su bahía. Allí, al final del día, el cayuco descansa tranquilo en la orilla, listo para el próximo amanecer."

 OXY: El viento me vuelve loca de amor.

La vida mía transcurría tranquila, hasta que me di cuenta de que estaba enamorada de dos hombres. Primero fue el primero, el que me hizo sentir mujer, al que le di mi primer hijo. Todo ocurrió tan de repente. Una tarde lo vi caminando hacia mi casita, ubicada junto al callejón, en la subida de la carretera que lleva al pueblo. Mi amor no había llegado aún, andaba trabajando, ganándose el día como chambero, cargando y descargando camiones. Como siempre, lo esperaba a un lado del camino, al frente de mi casa de madera y zinc viejo, con su piso de tierra bien apisonado, que mantengo limpiecito. Ahí nací, crecí con mis hermanos, y vi morir a mis padres. Mis hermanos se marcharon, y yo me quedé sola con él.

Estaba esperando ver su figura doblar por la esquina, cuando, de pronto, vi que subía por el camino otro hombre. Al pasar, me dijo: “¡Adiós preciosa! Cada día estás más hermosa”, y me dio una risa que no pude contener. Reí a carcajadas, y él también. ¡Qué locura la mía! Él siguió su camino, pero yo me quedé con una sonrisa que no se me quitaba. Cuando llegó mi amor, lo notó y me preguntó qué me pasaba. No dije nada, solo lo agarré, lo empujé al aposento, y con unas ansias locas, lo desvestí. El viento afuera parecía agitarlo todo, y dentro de mí, algo se desató, una necesidad profunda, una urgencia que no podía detener.

Pasó otra vez. El hombre subió por el camino, me dijo palabras dulces, y me reí con la misma locura. Y cuando mi amor llegó, lo hice mío con esas mismas ganas desenfrenadas. Era como si el viento, con sus ráfagas, hubiera traído consigo algo que despertaba en mí deseos que no podía ignorar.

Semanas y meses pasaron así, hasta que un día, sin saber de dónde saqué valor, me crucé en el camino del hombre. Sus ojos brillaron y sus labios temblaron, pero logró decirme que se llamaba Juan. Sentí que el corazón me explotaba en el pecho, y sin pensarlo le dije que al día siguiente lo esperaba para darle un fresquito. Y así fue. Llegó como a las tres de la tarde. Le ofrecí una naranjada bajo la sombra de las matas de chagüite. Él la bebía despacio, como si no tuviera sed, mientras yo no podía apartar la vista de sus ojos, sus labios, su cuerpo fuerte.

De pronto, comenzó a llover con viento, una tormenta de esas que parece venir de otro mundo. El viento y la lluvia nos azotaban sin piedad, y lo tomé de la mano para llevarlo adentro, a refugiarnos. Apenas cruzamos el umbral, él me rodeó la cintura y me atrajo hacia su cuerpo. No sé cómo, pero en un abrir y cerrar de ojos, la ropa fue desapareciendo entre nosotros. Lo sentía tan cerca, tan fuerte, que todo lo demás se desvaneció. Afuera, el viento seguía su furia, pero dentro, todo era un torbellino distinto. Me levantó, y enredada en él, encontré lo que tanto deseaba, al ritmo de la tormenta.

Después de ese día, todo parecía volver a la normalidad. Él pasaba, me decía cosas bonitas, y yo le daba su vasito de fresco. Pero detrás de la casa, entre las matas de chagüite, se escondían todos nuestros arrebatos, que nos dejaban rendidos entre las hojas.

Ahora vivimos los tres juntos. Soy la mujer más afortunada del mundo. El viento, ese que siempre me trae locura y amor, nos envuelve. Dormimos en la misma cama, y nos queremos como si fuéramos uno solo. Por las mañanas, salgo a despedir a mi amor cuando va al trabajo, y él baja por el camino hacia sus labores del campo. Y así vivimos, en paz, enredados en el viento, enredados en amor.

PASCUAL: Quiero ser una tormenta.

Es... raro. No sé, tal vez soy yo. Pero cada vez que me siento aquí, en este mismo lugar, algo pasa. No sé si es la gente o es el viento o es... algo más. Es como si todos, todos los que pasan, fueran una especie de... tormenta. Sí, eso. Una tormenta de viento, o algo así. ¡Eso tiene sentido! Porque... porque el viento es fuerte, y es rápido, y no lo puedes controlar, igual que las personas. No sé por qué no lo había pensado antes.

Ahí está. Mira a esa mujer. Esa, la de chaqueta roja. Es como... un torbellino, pero no de los que arrastran casas. Es más como... no sé, como uno que solo quiere moverse. Tal vez ni sabe a dónde va, pero sigue avanzando. Sí, como esos tornados pequeños que no rompen nada, pero igual giran y giran. Todo su cabello se mueve, y yo... no puedo dejar de mirar. Es como si todo lo que arrastra su viento me envolviera a mí también. ¿Qué estará pensando? Seguro no está pensando en mí. Nadie lo hace. Pero su viento... siento que me arrastra un poco. Me marea.

Luego, está ese hombre. El del pelo despeinado, ese... es como un huracán. Lo puedo ver, lo puedo sentir. Va rápido, pero no hacia mí. Es más como si fuera a arrancar todo lo que está a su alrededor. Un viento violento. Y está tan... enojado. ¿Está enojado? No lo sé, pero parece. Tal vez solo está cansado, o tal vez tiene algo atrapado dentro que lo está matando. ¡No puedo saberlo! Pero lo siento. ¡Puedo sentirlo! Como si su viento me golpeara en la cara. Odio eso. Me da miedo. No quiero ese tipo de viento cerca de mí. Pero tampoco quiero que se aleje... no quiero estar solo.

La mujer vieja... ella es... diferente. No se parece a los demás. Su viento es como... no sé... suave, casi inexistente. Como si fuera una brisa que no importa. Pero no, no es así. Sé que es importante. Sé que ese tipo de viento se mete en los rincones más oscuros, en los lugares donde nunca llega nadie. Está ahí, pero nadie lo nota. Me pregunto si ella sabe lo importante que es su viento. Yo lo sé. No sé por qué lo sé, pero lo sé. Quizás ella también lo sabe. Tal vez por eso camina tan lento, como si su viento estuviera cansado de empujar.

Un niño... ese niño que pasa corriendo... él es como un ventarrón, uno de esos que no puedes predecir. ¿Por qué corren los niños? ¡Siempre corren! Y su viento es como... como... ¡No lo puedo explicar! Es un desastre, como si no supiera lo que hace, pero al mismo tiempo... sí lo sabe. Es libre. Su viento no tiene reglas. Desearía ser como él. Desearía que mi viento fuera así, que no me atara a esta maldita silla, a este maldito lugar. Pero no puedo. Mi viento está... atrapado. Siempre atrapado.

Un grupo de gente pasa, pero no puedo... no puedo concentrarme en todos. Son como una gran tormenta, todos mezclados. Voces y pasos y... ruido. No me gusta cuando el viento es así. Es confuso. No sé de dónde viene ni adónde va. Me hacen sentir pequeño. Muy pequeño. Como si todo este viento fuera a aplastarme. Odio eso. Odio sentirme así. Quiero salir corriendo, pero no puedo. ¡No puedo! Porque mi viento no se mueve. Nunca se mueve.

¿Qué clase de viento soy yo? ¿Soy una tormenta? No lo sé. Creo que no. Creo que soy más como... nada. Una hoja, tal vez. Una hoja que el viento arrastra de aquí para allá. Pero ni siquiera. Porque ni siquiera me arrastran. Estoy quieto, siempre quieto. Los demás tienen vientos, tienen tormentas. Yo solo... miro. Miro y siento como me pasan por encima. Ni siquiera me ven. Soy invisible. ¿O soy un viento que aún no ha empezado? Tal vez cuando lo haga... no sé. ¿Qué pasa cuando una tormenta se despierta de golpe? ¿Destruye todo? ¿Me destruirá a mí también?

Pasan más personas, más tormentas. Todas diferentes, todas iguales. La chavala de la bicicleta... su viento es juguetón. Me gusta ese tipo de viento, pero no lo entiendo. No puedo. No sé cómo jugar con el viento. El hombre del sombrero... su viento es seco. Me reseca la garganta, me hace toser. No me gusta.

Y yo... ¿qué hago aquí? ¿Por qué sigo mirando? ¿Por qué siento que soy menos que todos esos vientos? No quiero ser menos. Quiero ser una tormenta también. Pero no puedo. No puedo...

 

Relatos del Viento

10 de octubre de 2024

Foto cortesía de Noticias de Bluefields.

domingo, 11 de diciembre de 2022

AL OTRO LADO DEL PUENTE

 


La brisa provenía del noreste y las olas rompían en las rocas de la costa. El camino de grava se inundaba, los baches crecían hasta rebalsarse y luego se vaciaban en la playa. Desde el puente de madera se miraba que el horizonte se teñía de nubes grises, los árboles del manglar se estremecían y las olas de la laguna buscaban la bahía.

Acostado en los tablones del puente, con las manos al aire, sostenía una fina cuerda de nylon que hacía girar con un diminuto anzuelo en el extremo. De frente, donde las aguas se mezclan, observaba el faro que previene a las embarcaciones de el arrecife y, más allá, en poniente, la silueta de los Cayos. Abajo, el anzuelo giraba sobre un cardumen de sardinas plateadas que capturaba para utilizarlas de carnada en la pesca que haría por la tarde en el muelle municipal.

La técnica la había adquirido poco a poco. Era sencillo, pero requería de mucha práctica: estar atento al mordisco de las sardinas y jalar velozmente la cuerda al sentirlo. La sardina que picaba no se podía ver entre tantas que giraban en sincronía como si se tratara de un único organismo, pero al jalarla salía del agua destellando el color plateado de su cuerpo y sus ojos me miraban fijamente a pesar de los giros que daba hasta caer en los tablones. Sus agallas palpitaban desesperadamente y daba coletazos laterales hasta que la tomaba de la cabeza, le quitaba el anzuelo y la tiraba en un pote viejo.

Un cayuco entró en la laguna, pasó debajo del puente y el cardumen desapareció. Luego volvía la calma y nuevamente las sardinas. Atrapaba una y otra, hasta que repentinamente comenzó a llover. La brisa del noreste se tornó en una lluvia copiosa, intensa, con truenos y relámpagos, y corrí a guarecerme en una casa de madera ubicada al otro lado del puente. Allí, en el corredor, escampé la lluvia que duró más de media hora.

Mientras miraba como el viento zarandeaba los árboles de las casas del frente, en el otro extremo del camino de grava, escuché un grito: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, proveniente del fondo del patio de la casa en que me guarecía.

Dejó de llover y con cuerda y carnada caminé entre los charcos de la grava hacia el lado del que provenía la voz. Entre los arboles vi una caseta de madera similar a una letrina, pero estaba cerrada con una cadena y un candado y en la parte superior tenía una ventanilla. De allí provenía la voz y la escuché más fuerte, más desesperada: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!, y me dispuse a asomarme cuando un hombre gritó desde el fondo de la casa, desde una ventana de la cocina, diciendo que me largara de su propiedad, que dejara de andar husmeando en casas ajenas. Y corrí, corrí con miedo hacia el puente, lo subí y seguí corriendo con temor hasta que logré calmarme.

Después de pescar unos peces finos, plateados y chatos llamados Pez de Plata me dirigí a la casa. Abuela los preparó fritos con tajadas de plátano. Luego de la cena me acerqué al abuelo que se mecía en su silla.

“Abuelo, hoy escuché a un hombre gritar”, dije.

“Los hombres siempre gritan”, respondió.

“Este hombre era diferente, abuelo, era distinto”.

“Dígame que tenía de distinto, aquí hay hombres altos y bajos, blancos y negros, que tan distinto era”.

“Abuelo, gritaba desesperado. Lo tenían encerrado en una caseta de madera”.

“Usted logró ver a ese hombre”

“No, otro hombre se asomó por una ventana y dijo que me largara de su propiedad”.

“¿Dónde estaba ese hombre?”.

“En una casa, al otro lado del puente”.

“¿Usted qué hacía allí?”

“Nada, solamente me refugié en la casa por la lluvia y escuché los gritos”.

Abuelo se ladeo y miró hacia la calle en dirección al camino, comprobó que anochecía y volvió a mecerse. La abuela entró a la sala con una lámpara de querosín y la colocó sobre una mesa.

“Está enfermo, padece de demencia o locura, y por ello lo mantienen encerrado. Antes, a ese hombre y otros muchos como él, al igual que a las mujeres, los encadenaban para que no se escaparan a las calles, pero ahora los encierran en ese tipo de celda”, dijo.

“El hombre gritaba: ¡Aaa…maa!, ¡Aaa…maa!”.

“También tienen sentimientos. Los encierran porque hay gente que les teme, hay otros hombres que los golpean y jóvenes maleducados les tiran piedras. Los familiares no quieren que les hagan daño”.

“Se hace noche”, dijo la abuela.

“Jovencito, es hora de dormir”, dijo el abuelo.

Di las buenas noches. Poco tiempo después llovió a cántaros y el viento sacudía las ramas de los árboles de mango, aguacate, mamones y pera de agua que poblaban el patio. Me quedé dormido pensando en la locura, en que un día podría amanecer con esa enfermedad y sentí mucho temor de encontrarme encerrado.

Al día siguiente, por la tarde, me dirigí al otro lado del puente y me acerqué con cautela a la caseta del hombre encerrado. Percibió mi presencia y comenzó a gritar de la misma manera, con desesperación. Desde las rejillas de madera tiré caramelos y galletas y me alejé corriendo. A varios metros de distancia, al salir al camino de grava, ya no gritaba.

Esa noche no llovió y salió la luna. Acostado pensaba en el hombre que mantenían encerrado, en los rayos de luna que entraban por la rejilla de madera iluminándole el rostro. Lo imaginaba tranquilo, en paz, sin dar gritos desesperados porque su madre abría la caseta y lo acurrucaba como a un niño.

10 de diciembre de 2022.

Foto Propia.

miércoles, 17 de octubre de 2012

LA LOCA LLORA POR SU NIÑA

¿Y mi niña?, ¡mi niña!, fueron las expresiones que recordaron de Lucrecia en la sala de maternidad y se dieron cuenta que no estaba del todo loca. Es normal que una mujer, después del parto, desee tener a su bebé en brazos, acurrucarlo, amamantarlo, bañarlo, vestirlo y vivir ese intercambio químico - biológico que los une para siempre. Lucrecia lloraba sentada en la camilla, un llanto desgarrador cuando despertó y no encontró a la niña. Es el cuarto bebé que le quitan porque padece de trastornos psicológicos, la consideran loca. Su dolor se ha incrementado desde la primera vez, nunca antes ha llorado tanto ni ha dado declaraciones a los medios de comunicación. “Cuando desperté ya no estaba”, “no debí quedarme dormida”, dijo a los periodistas. Las autoridades de salud avalaron que funcionaros de MIFAMILIA irrumpieran en la sala de maternidad y se la quitaran. Lucrecia sigue llorando por su niña pero dicen que está loca. ¿Por qué no la esterilizaron después del primer parto? La locura invade muchas mentes, todos tenemos momentos de locura, la creatividad más resplandeciente casi siempre proviene de ellos. La loca llora por su niña, los médicos son culpables de negligencias pero en muchos casos no reciben castigo, practican el poder y dominio sobre los seres humanos.

17/10/2012