domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.