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domingo, 26 de julio de 2026

FOTO DEL DÍA 2: INTERCAMBIO EN EL MUELLE AL AMANECER



Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.

Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.

Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.

Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.

En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.

Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.

Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.

Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.

Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones. 

Alrededor de la mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban pasando los productos de los cayucos al muelle.

Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.

En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.

El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.

Clic.

La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.


13 de julio de 2026.

Bluefields, RACCS.

 


miércoles, 22 de julio de 2026

CREACIÓN LITERARIA EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA



La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua constituye un campo cultural en proceso de afirmación, atravesado por la oralidad, la diversidad lingüística, la memoria comunitaria y tensiones históricas. A diferencia de otros procesos literarios del país, la creación literaria caribeña no surge inicialmente desde el libro impreso ni desde instituciones literarias consolidadas, sino desde la palabra hablada, los relatos comunitarios, los cantos, los mitos, las experiencias territoriales y las múltiples lenguas que conviven en la región.

Analizaremos este proceso considerando sus raíces, sus formas de desarrollo, sus principales aportes, sus avances reales y los desafíos que aún enfrenta para consolidarse como sistema literario regional.

Base cultural de la creación literaria caribeña:

Su base fundamental es la oralidad. Antes de la aparición de textos escritos, revistas, antologías o autores reconocidos, ya existía una práctica narrativa sostenida por las comunidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas de la región. Esta oralidad incluía mitos, relatos de origen, leyendas, cantos, proverbios, memorias familiares, historias de navegación, relatos comunitarios y formas de expresión ritual o ceremonial.

En este sentido, la creación literaria caribeña no debe entenderse como una simple imitación de modelos literarios nacionales o extranjeros, sino como una transformación de la palabra oral en escritura. Su originalidad radica precisamente en esa tensión: pasar de la voz al texto sin perder el ritmo, la memoria y la identidad del territorio.

La oralidad funciona como archivo cultural. En ausencia de documentos escritos sistemáticos, la memoria de las comunidades conservó conocimientos, formas de vida, valores, conflictos y visiones del mundo. Por ello, la creación literaria contemporánea de la Costa Caribe conserva una relación profunda con la narración oral, el habla cotidiana, el testimonio y la musicalidad.

Lengua, identidad y territorio:

Uno de los rasgos más relevantes es su carácter multilingüe e intercultural. En la región conviven el español, el creole, el miskitu, el mayangna, el rama y otras expresiones lingüísticas vinculadas a la vida comunitaria. Esta diversidad incide directamente en la creación literaria.

La lengua no es solo un instrumento de comunicación. En la escritura caribeña, la lengua es identidad, memoria y posición cultural. Escribir desde el Caribe implica muchas veces enfrentarse al problema de qué lengua usar, qué ritmo conservar, qué palabras mantener y qué elementos traducir o no traducir.

Durante mucho tiempo, los sistemas educativos y culturales privilegiaron modelos externos, especialmente el español académico o el inglés estándar. Esto produjo una distancia entre la literatura enseñada en las aulas y las formas propias de expresión de las comunidades. Como consecuencia, muchas voces locales fueron consideradas informales, populares o poco literarias.

Sin embargo, la creación literaria caribeña ha comenzado a reivindicar esas formas de habla como fuente estética. El territorio también cumple un papel central: el mar, la bahía, los ríos, los muelles, las comunidades rurales, las casas de madera, la lluvia, los caminos y la vida cotidiana aparecen como escenarios vivos de la creación literaria.

Desarrollo de la creación literaria:

El desarrollo de la literatura en la Costa Caribe puede entenderse como un proceso gradual que va desde la oralidad ancestral hasta la producción escrita contemporánea. En una primera etapa predominó la palabra oral como forma principal de transmisión cultural. Posteriormente surgieron intentos de escritura en español, creole, miskitu y otras lenguas de la región.

Dentro de ese tránsito hacia la escritura aparecen voces poéticas importantes como Sidney Francis, cuya poesía en creole evidencia la búsqueda de una expresión propia desde la lengua y la identidad cultural costeña. Su poema Looking Fa a Poem, citado por Víctor Obando Sancho, expresa una escritura marcada por el habla creole, la denuncia social, la libertad y la defensa de la vida, la naturaleza y la comunidad.

También debe destacarse el papel de Víctor Obando Sancho, no solo como poeta, sino como estudioso, promotor y organizador de la literatura de la Costa Caribe. Su reflexión sobre la literatura regional permite comprender los problemas de reconocimiento, organización y desarrollo que ha enfrentado la creación literaria costeña. Obando Sancho señala la importancia de la tradición oral, la débil presencia de políticas culturales sostenidas y la necesidad de fortalecer procesos de publicación, organización y formación literaria.

En este mismo proceso sobresalen autores como Avelino Cox, vinculado a la recuperación de la cosmovisión de los pueblos indígenas de la región; Allan Boudier, con aportes poéticos desde la sensibilidad regional; Rolando Sotelo, asociado a la poesía escrita desde Bluefields; y José Antonio Mairena, con trabajos relacionados con la tradición sumu-mayangna. Estos autores aparecen entre las obras publicadas por URACCAN y otros organismos durante los años noventa, junto con la Antología poética de la Costa Caribe de Nicaragua, lo que evidencia un esfuerzo colectivo por registrar, afirmar y proyectar la memoria cultural de la región.

A nivel narrativo, uno de los referentes centrales sigue siendo Lizandro Chávez Alfaro, nacido en Bluefields, cuya obra permitió insertar elementos del Caribe en la narrativa nicaragüense moderna. Obando Sancho destaca su reconocimiento nacional e internacional desde la publicación de Los monos de San Telmo, Premio Casa de las Américas en 1963, pero también advierte que la región necesita conocerlo y apropiárselo más profundamente.

En la poesía de afirmación identitaria, autores como Carlos Rigby, David McField y June Beer contribuyeron a fortalecer una estética afrocaribeña y nicaribeña, marcada por la oralidad, el ritmo, la identidad negra, el creole y la memoria cultural. Estas voces rompieron con modelos literarios tradicionales y ampliaron la idea de lo que puede considerarse literatura nicaragüense.

Más recientemente, escritoras como Yolanda Rossman Tejada y Andira Watson han ampliado el campo desde perspectivas de género, etnicidad, territorio e identidad. La escritura de mujeres indígenas y afrodescendientes ha permitido cuestionar no solo el centralismo cultural nacional, sino también las exclusiones internas dentro del propio campo literario.

En conjunto, estos autores y autoras muestran que la creación literaria en la Costa Caribe no es un fenómeno aislado. Es un proceso plural, construido desde la oralidad, las lenguas, la memoria, la poesía, la narrativa, la investigación cultural y la afirmación identitaria.

Espacios de promoción y formación:

La producción literaria ha sido impulsada por revistas, universidades, talleres, encuentros literarios, festivales, colectivos culturales y proyectos editoriales. Instituciones como URACCAN, BICU, CIDCA y la revista Wani han desempeñado un papel importante en la documentación, publicación y reflexión sobre la cultura caribeña.

Estos espacios han permitido visibilizar autores, promover nuevas voces, abrir oportunidades de formación y crear una conciencia más clara sobre la necesidad de escribir desde la identidad regional. Sin embargo, todavía existe una diferencia importante entre actividad cultural y consolidación literaria.

La existencia de talleres, recitales o festivales no garantiza por sí sola el desarrollo de un sistema literario. Para que la creación literaria se fortalezca, los procesos deben terminar en textos trabajados, publicaciones, crítica, circulación y continuidad. De lo contrario, el riesgo es que la creación se quede en el momento de la presentación pública, sin convertirse en obra sostenida.

Aportes de la creación literaria caribeña:

Aporta al país una visión distinta de la literatura nacional. Su principal contribución es ampliar el mapa cultural de Nicaragua. Frente a una tradición literaria históricamente dominada por el Pacífico y el centro del país, la Costa Caribe introduce otras lenguas, otros ritmos, otros territorios y otras memorias.

Entre sus aportes más importantes pueden señalarse los siguientes:

Primero, la incorporación de la oralidad como forma estética. La literatura caribeña no solo cuenta historias; conserva la cadencia de la voz, la musicalidad y la memoria colectiva.

Segundo, la afirmación de identidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas. La escritura se convierte en un acto de presencia cultural.

Tercero, la recuperación del territorio como espacio literario. La bahía, el mar, los ríos, las comunidades y los paisajes del Caribe no funcionan solo como fondos descriptivos, sino como elementos vivos de la narración.

Cuarto, la apertura hacia una literatura intercultural. La Costa Caribe obliga a pensar la literatura nicaragüense no como una sola tradición homogénea, sino como un conjunto diverso de voces.

Quinto, la participación creciente de mujeres y jóvenes, quienes amplían las temáticas y cuestionan las formas tradicionales de representación.

Avances reales:

En la actualidad se observan avances importantes. Hay mayor conciencia identitaria, mayor presencia de escritores emergentes, más espacios de lectura, más interés por las literaturas regionales y una creciente utilización de plataformas digitales.

También se ha fortalecido la idea de que la creación literaria caribeña no debe depender exclusivamente del reconocimiento externo. Cada vez resulta más claro que la región necesita construir sus propios espacios de formación, publicación, crítica y circulación.

Otro avance importante es la recuperación del valor de la oralidad. Lo que antes podía considerarse únicamente folclor hoy empieza a reconocerse como base legítima de creación literaria.

Desafíos principales:

A pesar de los avances, la creación literaria en la Costa Caribe enfrenta desafíos estructurales. El primero es la falta de publicación sostenida. Muchos escritores producen textos, pero pocos logran convertirlos en libros, antologías o publicaciones de circulación amplia.

El segundo desafío es la débil crítica literaria. Sin crítica no hay crecimiento estético, ni debate, ni construcción de canon. La crítica no debe entenderse como ataque, sino como acompañamiento riguroso para mejorar la calidad de las obras.

El tercer desafío es la circulación. Las obras caribeñas suelen quedar en espacios locales o institucionales, con poca presencia en bibliotecas, librerías, ferias, universidades y plataformas nacionales.

El cuarto desafío es la fragmentación. Existen autores, talleres, colectivos e instituciones, pero muchas veces trabajan de manera aislada. La consolidación de un sistema literario requiere articulación.

El quinto desafío es la sostenibilidad. Muchos procesos dependen de proyectos temporales, apoyos externos o esfuerzos personales. Cuando esos recursos desaparecen, los procesos se debilitan.

Perspectiva de consolidación:

La creación literaria en la Costa Caribe necesita avanzar hacia una etapa de consolidación. Esto implica articular cinco dimensiones fundamentales: formación, publicación, crítica, circulación y organización.

La formación debe incluir escritura creativa, lectura crítica, edición, memoria cultural, oralidad, identidad, género, territorio y lenguas. La publicación debe considerar libros físicos, revistas digitales, antologías, colecciones temáticas y producción bilingüe. La crítica debe desarrollarse desde la academia, los medios culturales, los talleres y las comunidades. La circulación debe fortalecer bibliotecas, ferias, plataformas digitales, recitales, escuelas y universidades. La organización debe reunir a escritores, colectivos, instituciones culturales, universidades, editoriales y comunidades.

Solo mediante esa articulación la creación literaria podrá dejar de ser una suma de esfuerzos aislados para convertirse en un sistema literario regional.

Conclusión:

La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua no parte de cero. Tiene raíces profundas en la oralidad, en la memoria colectiva y en la diversidad cultural de sus pueblos. Ha producido autores, obras, antologías, revistas y movimientos de afirmación identitaria.

Sin embargo, su principal desafío no es la falta de creatividad, sino la falta de estructura. La literatura caribeña existe, tiene voz y tiene fuerza. Lo que necesita es consolidar las condiciones que permitan formar escritores, publicar obras, ejercer crítica, circular textos y organizar el campo literario.

Dicho de manera directa: la creación literaria caribeña no necesita demostrar que existe. Necesita construir el sistema que la sostenga, la valore y la proyecte.

 

Ronald Hill A.

Este documento es un resumen de la ponencia del mismo nombre realizada en el XI Festival de Poesía Mayo Ya 2026 el 22 de Mayo en la Universidad URACCAN de Bluefields, RACCS.


 

 


miércoles, 15 de julio de 2026

RESPLANDOR DE PERLAS II

 


La encontró una tarde cualquiera, de esas en que la brisa acaricia con aroma a recuerdos viejos y el cielo parece murmurar lo que uno había olvidado. Caminaba con paso seguro, aunque sin prisa. El cabello suelto dejaba que los rizos jugaran con el viento y, detrás de las gafas oscuras, sus ojos seguían tan vivos como los recordaba. Vestía un vestido ligero que se movía al ritmo de sus pasos y unas sandalias sencillas que no lograban ocultar la elegancia natural que siempre había tenido.

Él la reconoció de inmediato. Dudó apenas un instante. No porque temiera verla, sino porque temía todo lo que despertaba en él. Pensó en seguir caminando y conservar intacta la imagen que guardaba en la memoria, aquella mañana en que el deseo y la ilusión parecieron capaces de derrotar al tiempo. Sin embargo, el cuerpo no olvida. Ya había dado el primer paso antes de que pudiera detenerse.

La última vez que la había visto también caminaba bajo el cielo de Bluefields. Después de muchos años se habían reencontrado y compartieron unos días que parecían suficientes para desafiar al destino. Luego la vida volvió a separarlos. Él regresó a sus caminos de emigrante, a la diáspora caribeña que siempre añora sus raíces, su comida, su música y sus amores. Los años siguieron acumulándose. Llegaron nuevas responsabilidades, nuevas ausencias y canas. Aun así, jamás olvidó el brillo de aquellos ojos negros ni el resplandor de su perla negra.

Cuando estuvo frente a ella sintió que el corazón recuperaba un ritmo que creía perdido.

—¿Sos vos? —preguntó.

Ella sonrió. No era la misma sonrisa de años atrás. El tiempo la había vuelto más serena y profunda.

—Claro que soy yo. ¿Y vos, volviste al fin?

—Sí, volví.

Ella sostuvo la mirada unos segundos.

—Esta vez no te vas a ir así, ¿verdad?

La pregunta llegó suave, pero encontró el lugar exacto donde aún dolía.

—Esta vez no —respondió él.

Comenzaron a caminar por el malecón. A un lado tenían la bahía de Bluefields y al otro la ciudad moviéndose al ritmo de la música de palo de mayo con comparsas celebrando Mayo Ya. El sol descendía lentamente sobre el agua. El viento traía olor a sal, a vegetación verde y húmeda de los Cayos, y a recuerdos. Hablaron poco. No porque faltaran palabras, sino porque algunas historias ya habían sido contadas por el tiempo.

Más tarde tomaron café en la misma casa donde años atrás habían descubierto que todavía era posible enamorarse. La vivienda había cambiado. Estaba mejor pintada, tenía una calle de concreto para llegar hasta ella y el vecindario parecía más poblado. Desde la ventana podía verse el cerro. Ya no conservaba el espeso bosque que ella observaba cada mañana. Las laderas mostraban heridas abiertas y nuevos techos sobresalían donde antes sólo crecían árboles.

La habitación también era distinta. Habían desaparecido las persianas rotas y la cama era más grande. Sin embargo, algunas cosas permanecían intactas. Su risa seguía iluminando el espacio y la mirada de ella conservaba el mismo calor capaz de derribar cualquier defensa.

Mientras tomaban café, ella dejó la taza sobre la mesa.

—Te fuiste sin despedirte.

No había reproche en sus palabras. Sólo memoria.

Él bajó la vista.

—No supe quedarme.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Yo sí me quedé.

Aquella frase pesó más que cualquier discusión. Durante años ella había permanecido allí, enfrentando la soledad, los días difíciles y los sueños que no siempre se cumplen. Él, en cambio, había seguido caminando detrás de oportunidades, sobreviviendo lejos, en diferentes lugares.

—No te pedí que esperaras —dijo finalmente.

—Lo sé —respondió ella—. Pero igual lo hice.

No había nada más que agregar. Algunas verdades llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarias.

Cuando cayó la noche, la conversación se volvió más suave. Hablaron de amigos que ya no estaban, de hijos, de enfermedades superadas y de los pequeños triunfos que la vida concede a quienes no se rinden. Poco a poco la distancia acumulada durante tantos años fue desapareciendo.

Volvieron a encontrarse con la misma calma con que se reencuentran dos viejos caminos. El tiempo había dejado marcas en ambos cuerpos. Él sentía el peso de las canas y algunas molestias en la espalda. Ella acomodaba las rodillas con más cuidado que antes. Sin embargo, la ternura seguía allí, intacta.

Hubo risas cuando aparecieron los primeros calambres y miradas cómplices cuando descubrieron que algunas limitaciones también podían ser motivo de cariño. Ya no existía la urgencia de la juventud. Tampoco la necesitaban.

Las caricias dejaron de ser exploración para convertirse en memoria. Reconocieron la piel del otro como quien regresa a un lugar conocido después de una larga ausencia. El aroma a coco y lo salobre del mar seguían habitando en ella. Él volvió a sentir aquella emoción antigua que lo había acompañado durante años y comprendió que ciertas sensaciones no desaparecen; simplemente aprenden a esperar.

Permanecieron juntos largo rato, escuchando el sonido lejano de la ciudad y el murmullo del viento entrando por la ventana. Nadie hizo promesas. Ya habían aprendido que la vida suele tomar caminos propios.

Mientras observaba el perfil de ella iluminado por la luna, comprendió que el tiempo no había derrotado lo que compartían. Lo había transformado. La pasión que una vez ardió como fuego seguía allí, pero convertida en una brasa tranquila y persistente. Menos impetuosa, quizás, pero capaz de resistir los años, la distancia y las ausencias.

Entonces entendió que algunos amores no regresan para comenzar de nuevo. Regresan para recordarnos quiénes fuimos, cuánto hemos cambiado y por qué ciertos recuerdos continúan brillando cuando todo lo demás parece haberse apagado.

Y mientras contemplaba el resplandor sereno de su perla negra, supo que aquella historia nunca había terminado realmente. Sólo había estado esperando el momento de volver a encontrarse con el tiempo.

 

Mayo Ya 2026.
Foto propia.

jueves, 25 de junio de 2026

EL MACHO SILVIO, HISTORIA VIVA DE EL BLUFF

 



El hombre del corredor

Lo recuerdo caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui, como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar. Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la gente.

Esa imagen se me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro visitarlo.

Una mañana de domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla. A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con nosotros.

—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.

Lo miro. Está entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina, pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los huesos.

El padre que levantó un puerto

Su padre fue Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.

Silvio no habla de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle, aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.

—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien las cosas.

Entonces lo imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller. Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.

La madre de Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.

Silvio no dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida en la bahía.

El niño del muelle

Creció viendo el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran territorio de aventura.

En las vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío. Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida. Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.

Esa infancia era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.

La casa familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros, fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.

Mientras Silvio describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor, combustible, ganado y banano verde.

En la casa de los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.

Sus amigos eran los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban. Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes había guayabales y anonas.

La luz era poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era espectáculo, promesa y misterio.

De noche jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era fábrica de cuentos.

Silvio estudió primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta, como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En 1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.

El muchacho que aprendió a trabajar

Estudió hasta segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.

En esos años comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles, el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante. Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.

El salto grande llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada, tomarse una foto y jurar por la bandera.

—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.

Después lo llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba, cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus. Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció, aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco como hombre que le huía al riesgo.

Volvió a la pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba camarones y entregaba producto en la Booth.

Familia, revolución y barcos cansados:

Se casó con Sonia Ortiz González en 1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco. Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.

Con su esposa formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la casa.

Cuando triunfó la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo. Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles: escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos. Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.

—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—. Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se fue agotando todo.

La frase queda en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso. Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban amarrados.

—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye pasos que ya no están.

Cuando le pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”, responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse, discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.

Silvio recuerda la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las puertas permanecían abiertas.

—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.

Cuenta una escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le regaló cinco dólares.

Esa escena muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.

El hombre que todavía mira el mar

La conversación salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.

Ahora vive entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.

—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.

En esa risa hay ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields, que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como habitante, no como turista.

También habla de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el hielo, los exámenes del seguro.

Ha sobrevivido a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.

Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:

—Ir a pescar.

La respuesta lo devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.

La mañana avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos, vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí, con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y resistencia para varias generaciones.

El Macho Silvio no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian, la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla, El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.

 

22 y 23 de junio de 2026.


sábado, 6 de junio de 2026

SHIP UP

 



Hace mucho tiempo

me fui de Bluefields,

con una maleta pequeña,

dos camisas limpias

y un sueño grande

apretado en el pecho,

dice George McKenzie.

 

Dejé atrás la bahía,

oscura y mansa,

como si ella supiera

que yo no volvería igual.

 

Me fui embarcado

en un crucero enorme,

blanco como nube extranjera,

con luces encendidas

hasta en la madrugada.

 

Vi ciudades levantadas

a la orilla del mar,

puertos con nombres raros,

mujeres hablando idiomas

que yo apenas entendía,

hombres vestidos de lino,

niños rubios corriendo

sobre cubiertas brillantes.

 

Vi mares azules,

tan limpios y hondos,

que por un momento pensé

que el mundo era fácil

para los que tenían dinero.

 

Pero yo no iba de paseo.

 

Iba a trabajar.

 

Lavé platos,

cargué maletas,

limpié mesas,

sonreí cansado

a gente que nunca supo

cómo se llamaba mi tristeza.

 

Cada dólar guardado

tenía destino.

 

Una parte la mandaba a casa,

otra la ahorraba con paciencia

para levantar, algún día,

mi propia vivienda

en Bluefields.

 

Y así fue.

 

Con los años

levanté paredes,

puse techo firme,

colgué mi swing,

compré mi carro,

sembré flores frente al corredor

y regresé pensando

que la felicidad

me estaba esperando

sentada en la sala.

 

Pero mi casa estaba callada.

 

Mis hijos ya eran grandes.

Crecieron sin mis manos,

sin mi voz en la mañana,

sin mis pasos entrando

con pan de coco

o pescado fresco.

 

Mis amigos tampoco estaban.

 

Unos se fueron lejos,

otros se fueron bajo tierra,

y algunos quedaron perdidos

en las esquinas antiguas

de una ciudad

que también envejeció conmigo.

 

Ahora bajo al malecón

cuando cae la tarde.

 

Miro la bahía de Bluefields,

sus aguas oscuras,

sus pangas cansadas,

sus gaviotas regresando

como almas conocidas.

 

El viento me trae nombres.

 

Nombres de muchachos

que rieron conmigo,

que bebieron conmigo,

que soñaron conmigo

y bailábamos juntos en Mayo Ya

cuando no teníamos nada

y sin embargo

lo teníamos todo.

 

Entonces comprendo.

 

Mi viaje fue largo.

El barco fue grande.

El dinero llegó.

La casa quedó bonita.

El carro duerme dentro.

 

Pero algo de mí

se quedó navegando

en aquellos años perdidos.

 

Y cuando regreso solo

por las calles húmedas

de Bluefields,

sé que no todo sueño cumplido

trae descanso.

 

A veces uno vuelve

con las manos llenas,

pero con el corazón

mirando hacia atrás.

 

5/6 de Junio 2026.

 


viernes, 22 de mayo de 2026

LA PALABRA


Aquí… la palabra no nació en el papel.

Nació en el aire.
En la boca de la gente.
En la noche…
cuando alguien contaba y otro escuchaba.

Nació sin tinta.
Sin permiso.
Sin nombre.

Y aun así… era literatura.

Después nos dijeron que escribir era otra cosa.

Que había que aprender a decir como dicen otros.
Que había que ordenar la voz,
enderezarla, quitarle el acento,
bajarle el ritmo.

Y muchos… lo intentamos.

Pero la palabra… no se dejó.

Siguió sonando a mar.
A tambor.
A lluvia sobre zinc.

Siguió caminando por las calles,
por los muelles,
por la memoria.

Hoy… hay más gente escribiendo.

Más cuadernos abiertos.
Más voces que quieren decir.

Y eso… está bien.

Pero hay que decirlo claro:

No basta con escribir.

Hay que volver.
Hay que corregir.
Hay que sostener.
Hay que terminar.

Hay que dejar algo que no se borre.

Porque si no lo escribimos nosotros…
nadie lo va a escribir como es.

Y si no lo dejamos… no queda.

Aquí la palabra todavía anda suelta.
Entre nosotros.
Buscando quién la agarre,
quién la cuide,
quién la deje fija.

Y eso… nos toca.

No estamos empezando nada.

Estamos continuando algo que viene de lejos.

De voces que nunca se escribieron.

Y ahora… nos toca decidir:
si esas voces se quedan en el aire…
o si por fin… se quedan en la historia.


22 de Mayo 2026.
URACCAN Bluefields.
Festival de Mayo Ya.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.