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sábado, 6 de junio de 2026

SHIP UP

 



Hace mucho tiempo

me fui de Bluefields,

con una maleta pequeña,

dos camisas limpias

y un sueño grande

apretado en el pecho,

dice George McKenzie.

 

Dejé atrás la bahía,

oscura y mansa,

como si ella supiera

que yo no volvería igual.

 

Me fui embarcado

en un crucero enorme,

blanco como nube extranjera,

con luces encendidas

hasta en la madrugada.

 

Vi ciudades levantadas

a la orilla del mar,

puertos con nombres raros,

mujeres hablando idiomas

que yo apenas entendía,

hombres vestidos de lino,

niños rubios corriendo

sobre cubiertas brillantes.

 

Vi mares azules,

tan limpios y hondos,

que por un momento pensé

que el mundo era fácil

para los que tenían dinero.

 

Pero yo no iba de paseo.

 

Iba a trabajar.

 

Lavé platos,

cargué maletas,

limpié mesas,

sonreí cansado

a gente que nunca supo

cómo se llamaba mi tristeza.

 

Cada dólar guardado

tenía destino.

 

Una parte la mandaba a casa,

otra la ahorraba con paciencia

para levantar, algún día,

mi propia vivienda

en Bluefields.

 

Y así fue.

 

Con los años

levanté paredes,

puse techo firme,

colgué mi swing,

compré mi carro,

sembré flores frente al corredor

y regresé pensando

que la felicidad

me estaba esperando

sentada en la sala.

 

Pero mi casa estaba callada.

 

Mis hijos ya eran grandes.

Crecieron sin mis manos,

sin mi voz en la mañana,

sin mis pasos entrando

con pan de coco

o pescado fresco.

 

Mis amigos tampoco estaban.

 

Unos se fueron lejos,

otros se fueron bajo tierra,

y algunos quedaron perdidos

en las esquinas antiguas

de una ciudad

que también envejeció conmigo.

 

Ahora bajo al malecón

cuando cae la tarde.

 

Miro la bahía de Bluefields,

sus aguas oscuras,

sus pangas cansadas,

sus gaviotas regresando

como almas conocidas.

 

El viento me trae nombres.

 

Nombres de muchachos

que rieron conmigo,

que bebieron conmigo,

que soñaron conmigo

y bailábamos juntos en Mayo Ya

cuando no teníamos nada

y sin embargo

lo teníamos todo.

 

Entonces comprendo.

 

Mi viaje fue largo.

El barco fue grande.

El dinero llegó.

La casa quedó bonita.

El carro duerme dentro.

 

Pero algo de mí

se quedó navegando

en aquellos años perdidos.

 

Y cuando regreso solo

por las calles húmedas

de Bluefields,

sé que no todo sueño cumplido

trae descanso.

 

A veces uno vuelve

con las manos llenas,

pero con el corazón

mirando hacia atrás.

 

5/6 de Junio 2026.

 


viernes, 22 de mayo de 2026

LA PALABRA


Aquí… la palabra no nació en el papel.

Nació en el aire.
En la boca de la gente.
En la noche…
cuando alguien contaba y otro escuchaba.

Nació sin tinta.
Sin permiso.
Sin nombre.

Y aun así… era literatura.

Después nos dijeron que escribir era otra cosa.

Que había que aprender a decir como dicen otros.
Que había que ordenar la voz,
enderezarla, quitarle el acento,
bajarle el ritmo.

Y muchos… lo intentamos.

Pero la palabra… no se dejó.

Siguió sonando a mar.
A tambor.
A lluvia sobre zinc.

Siguió caminando por las calles,
por los muelles,
por la memoria.

Hoy… hay más gente escribiendo.

Más cuadernos abiertos.
Más voces que quieren decir.

Y eso… está bien.

Pero hay que decirlo claro:

No basta con escribir.

Hay que volver.
Hay que corregir.
Hay que sostener.
Hay que terminar.

Hay que dejar algo que no se borre.

Porque si no lo escribimos nosotros…
nadie lo va a escribir como es.

Y si no lo dejamos… no queda.

Aquí la palabra todavía anda suelta.
Entre nosotros.
Buscando quién la agarre,
quién la cuide,
quién la deje fija.

Y eso… nos toca.

No estamos empezando nada.

Estamos continuando algo que viene de lejos.

De voces que nunca se escribieron.

Y ahora… nos toca decidir:
si esas voces se quedan en el aire…
o si por fin… se quedan en la historia.


22 de Mayo 2026.
URACCAN Bluefields.
Festival de Mayo Ya.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA HABITACIÓN COLOR CREMA

 



La habitación en que dormíamos

era de color crema,

con marcos de puerta, ventanas y rodapiés color caoba,

como si la madera guardara el calor del día

y lo soltara despacio en la noche.

 

Dos camas,

la de mi hermano y la mía,

separadas por un ropero bajo,

donde la ropa dormía doblada

como si también tuviera memoria.

 

Dos camas respirando en la penumbra,

la ropa con su historia contenida,

y el cuarto sosteniendo en su costumbre

lo poco que entendíamos de vida.

 

A un lado, la zapatera,

los cepillos gastados

la pasta de lustrar abierta.

 

En la pared, los rifles de balines,

y en una caja,

cuerdas de pescar enredadas, anzuelos,

pesas redondas, engañadores,

como promesas en el fondo del agua.

 

En otra esquina,

los bates de beisbol,

los guantes curtidos con vaselina,

pelotas viejas y nuevas,

esperando turno.

 

Y en un perchero,

los uniformes de El Diablo y Los Capitanes,

colgados como banderas íntimas.

 

Bates, guantes, cuerdas y ese olor,

mezcla de cuero, sal y aceite fino,

como si en el aire sin rumor

se hubiera detenido el mismo destino.

 

Vivíamos cerca de la bahía.

 

Mirábamos la espuma de los barcos,

las tijeretas cortando el cielo,

y las noches largas de diciembre

con el canto lejano de los estibadores.

 

A veces, en voz baja,

alguien leía Versos del Capitán,

y el pecho se encendía sin pedir permiso.

 

Entonces todo latía distinto:

el cuerpo,

la noche,

nosotros.

 

Pasó el tiempo.

 

Y sin saberlo,

en esa habitación color crema,

con el mundo respirando detrás de las ventanas,

aprendimos a ser felices

y guardarlo todo en la memoria.

 

22 de abril de 2026.


domingo, 22 de marzo de 2026

BOXEADORES DE EL BLUFF

 


En aquellos años, cuando caía la noche sobre El Bluff y el viento del mar caminaba por el andén, bastaba que alguien sacara unos guantes para que el puerto entero supiera que habría pelea. No era nada oficial, claro. Eran combates de chavalos, nacidos de rivalidades pequeñas y orgullos enormes. Peleaban como si el campeonato del mundo estuviera en juego.

Frente a la casa de los abuelos, debajo de un poste de luz eléctrica nos poníamos los guantes de boxear. El foco amarillo colgaba alto y alumbraba el andén. Más allá se sentía el viento del mar que venía del lado del muelle y movía las hojas de los almendros.

Los vecinos y los del lado de la capilla de la iglesia católica y más allá, se hacían cita para ver quiénes eran los boxeadores en turno de esa tarde noche. Poco a poco se armaba el círculo de gente, todos de pie, esperando que sonara el primer golpe.

No todos lo sabíamos, pero las peleas estaban amarradas por conflictos entre chavalos, ya sea porque uno le partió en dos el trompo al otro, porque le dio una patada jugando fútbol, un codazo mal intencionado jugando basquetbol, porque a ese también le gustaba la misma chavala.

Cosas que provocaban arrechura, enemistades o simplemente que, con los guantes puestos, nos íbamos a medir para determinar quién era el mejor. Eran asuntos muy serios para nosotros, aunque vistos hoy, eran pleitos que el viento del mar se llevaba antes de la medianoche.

El boxeo era uno de los deportes favoritos de los chavalos de esa época, entre 1970 y 1975. Nos entraba por la vista. Mirábamos revistas de boxeo, entre ellas The Ring, que don Chon Benavidez le compraba a sus hijos, Pilón y Javier.

Allí mirábamos a los mejores boxeadores mexicanos de la época: Rubén “Púas” Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera, Romeo Anaya, Carlos “Cañas” Zárate, entre otros.

Y también mirábamos los artículos de boxeo que aparecían en la propaganda: guantes, vendas para proteger muñecas y nudillos, cuerdas para saltar, protector bucal y casco, y botas de boxeo. También aparecían peras locas y sacos.

Cada quién decía lo que quería y nos llenábamos de ilusión.

—Yo quiero ser como Olivares.

—No hombre, yo soy Chucho Castillo.

Al caer la noche, en la cancha que estaba ubicada frente a la casa de don Chon Benavidez, se organizaban peleas entre voluntarios que se tenían ganas. Se hacía un redondel humano. Los contrincantes se ponían los guantes rojos profesionales de Javier y los cascos protectores y se hacía la pelea a tres round de tres minutos cada una con su respectivo tiempo de descanso. Todo muy reglamentario, como si estuviéramos en el Madison Square Garden.

Entre los chavalos que más se entusiasmaban con aquellas peleas estaba Chepito Corea, que desde entonces mostraba gusto por el boxeo.

Cada peleador tenía su barra y se escuchaban los alaridos:

—¡Dale, dale!

—¡Tirá jab!

—¡Tirá gancho!

Y las grandes carcajadas de los espectadores cuando alguien tiraba un golpe al aire o se enredaba en sus propios pies. A veces se oía el golpe seco de los guantes, otras veces alguien terminaba sentado en el suelo mirando las estrellas que apenas se veían sobre los techos de zinc.

Cuando finalizaba la pelea, el referí, casi siempre una persona mayor e imparcial, le levantaba la mano al ganador. Pero en muchas ocasiones el perdedor quedaba inconforme y la pelea continuaba al lado de la cancha a cachimbazos limpios, ya sin reglamento ni árbitro.

Pero la mayor ilusión que teníamos era ver las peleas de los grandes por la televisión. Y como eran pocas las familias de El Bluff que tenían televisor, nos agrupábamos en la casa de mi tío Felipe y tía Merchú para ver los grandes boxeadores junto con los adultos que eran aficionados, entre ellos el siempre recordado Isidro Sandino, que lo vi pasar del rango de teniente a capitán, mayor y coronel de la guardia y jefe de los guardacostas.

En esa sala, con gente sentada en sillas, en el piso y hasta en las ventanas, vi a Alexis Argüello, Roberto Durán, Carlos Monzón, Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y otros campeones de esa época en sus grandes peleas. En aquellos años el boxeo era una fiebre en todo el Caribe, y cada muchacho soñaba con ser campeón del mundo.

En varias ocasiones, las rencillas entre chavalos se manifestaban al ardor de los combates de los campeones. En una de ellas, Kalilita comenzó a darle bromas a un chavalo, cosas entre ellos que lo enojaban, desde una ventana lateral, mientras el otro estaba sentado en el piso de la sala. Primero eran bromas. Después jodedera.

Y de tanta jodedera, viendo el avance de los rounds del combate, ya super enchilado, salió al corredor y allí escenificaron una pelea al estilo peso pluma. Intercambiaron golpes, se armó el alboroto, la gritadera, y se detuvieron al sentir la fuerza de Sandino que los agarraba de la camisa y separaba.

—Si siguen jodiendo y no dejan ver la pelea, yo mismo los agarro a fajazos —dijo.

Y santo remedio. Calladitos los dos el resto de la velada boxística.

Veladas boxísticas también se organizaban en el cine Renith. Allí, con el cine lleno y entrada pagada, se enfrentaban aquellos que siempre tenían rivalidad. Entre ellos recuerdo pelear en el cine a Antonio Mejía, llamado “El Chingorro”, Francisco Lanuza, alias “Zamba Larga”, Winston Hayman conocido como “Mau Mau”, Guillermo Espinoza “El Guerri” y Chepito Corea. Para nosotros eran los campeones del puerto.

En esos años el boxeo también movía mucha gente en Bluefields, donde las veladas aficionadas eran parte de las fiestas y atraían a jóvenes de las diferentes etnias de los barrios de la ciudad. 

Con el paso de los años, la atención y el entusiasmo se fue trasladando a otros deportes como el béisbol, fútbol y basquetbol. Aquellas peleas en la cancha quedaron como recuerdos de una época en que los chavalos soñábamos con ser campeones.

Pero para algunos el boxeo no fue solo un juego de infancia. Se convirtió en parte de su vida. Ese fue el caso de Chepito Corea, uno de los chavalos de aquellos años. Con el tiempo se dedicó al boxeo con disciplina y pasión. Boxeó, entrenó y formó clubes de boxeo en El Bluff y Bluefields, enseñando a nuevas generaciones el arte del pugilismo.

Y quién sabe… tal vez todo comenzó una de aquellas noches, bajo la luz amarilla de aquel poste frente a la casa de mis abuelos.

 

 

12 de marzo de 2026.
Foto: Internet.


jueves, 12 de marzo de 2026

CAYMAN ROCK

 



La competencia de pesca de Mayo Ya es esperada cada año por aficionados y turistas. Nosotros tres —Rafael, Joaquín y yo— también nos anotamos en el torneo, con nuestras cañas, anzuelos, engañadores, carnada y la esperanza de que el mar ese día estuviera de nuestro lado.

Aquella mañana abordamos una panga y navegamos hacia Rama Cay. El oleaje estaba tranquilo. Bandadas de pájaros nos sobrevolaban nerviosos, como si supieran algo que nosotros aún ignorábamos. El sol resplandecía sobre la inmensa piel de la bahía de Bluefields.

Pero el tiempo manda. Pasaron tres horas tirando líneas por aquí y por allá, y nada picaba.

—Nada hacemos aquí —dijo Rafael.

—Es tiempo de movernos —agregó Joaquín.

Así que salimos de la bahía rumbo a Cayman Rock. El aire olía a sal vieja y a sargazo calentado por el sol. La panga avanzaba con el motor ronco, mascando el agua verde de la bahía.

Dicen que en Cayman Rock, aun cuando los peces hayan desaparecido del mar, siempre queda alguno esperando el anzuelo.

Al salir por la barra de El Bluff, con la loma del faro a nuestra izquierda, vimos avanzar el viento sobre el agua. Venía como una sombra oscura corriendo sobre el espejo del mar.

—No se preocupen, siempre ocurre —dijo El Macho, el panguero.

Nos quedamos sentados esperando que pasara.

—Se acerca, mirá cómo levanta el agua —dijo Rafael, con un poco de temor.

Nos aferramos a la panga y ajustamos los viejos salvavidas.

Entonces llegó.

Sentí el golpe en el pecho. El viento me sacudió la cara y me alborotó el pelo. Una lluvia fina de sal nos pegó en el rostro. El cuerpo se me erizó como cuando una mujer te toca con ganas de quedarse.

Las olas golpeaban el casco de fibra de vidrio, el toldo de lona quería desprenderse y las aves marinas enloquecían. La panga se levantaba, caía y volvía a levantarse sobre el lomo oscuro de las olas. Por un momento parecía que el mar jugaba con nosotros.

Después siguió su rumbo. Entró por la barra cabalgando el oleaje como un caballo del mar, en dirección a la costa de la isla del Venado.

—Qué maravilla —dijo Joaquín—. Nunca había visto algo igual.

El agua cambió de verde a un azul oscuro y profundo cuando doblamos hacia el norte y nos acercamos a Cayman Rock.

—Nunca van a tener mejor pesca que en Cayman Rock —les dije riendo.

Cayman Rock es apenas un lomo de piedra levantado en el mar, a unos once kilómetros de El Bluff y tres kilómetros mar adentro de la línea de playa. No hay árboles ni sombra. Solo roca desnuda golpeada por el viento y la sal.

Allí viven las aves marinas. Llegan en bandadas, llenan la roca con su griterío, hacen sus nidos en las grietas y ponen sus huevos sobre la piedra caliente mientras el mar respira alrededor.

Al atardecer llegó la recompensa. Rafael atrapó y sacó del agua un barracuda enorme. Medía un metro con cincuenta y siete centímetros y pesaba veintinueve libras con ocho décimas. Un pez largo, plateado, con la boca llena de dientes finos como agujas.

Estaba vivo y furioso cuando cayó dentro de la panga. Golpeaba el fondo húmedo con su cuerpo duro, como si el mar no quisiera soltarlo tan fácilmente. Sus ojos redondos y fríos miraban todavía hacia el agua, como si en cualquier momento fuera a regresar a su reino.

—Cayman Rock —repetía Rafael con orgullo—. Fue en Cayman Rock.

Joaquín y yo reíamos mientras a Rafael le entregaban el premio del primer lugar en la categoría Barracuda. El sol ya se hundía entre los cayos de la bahía de Bluefields y en el muelle se había juntado un grupo de pescadores y curiosos comentando el tamaño del pescado. 

Sobre el piso de concreto del muelle, el barracuda brillaba bajo la última luz de la tarde. Su piel plateada se reflejaba como una lámina de metal recién salida del mar.

Y allá, mar adentro, Cayman Rock volvía a quedarse solo, cuidado por el viento, las aves y la noche que caía sobre el Caribe, mientras que en la ciudad se oía el ritmo alegre que ameniza las comparsas en Mayo Ya.

  

Marzo 2026.

Foto: Cortesía de Rafael Alvarez.



domingo, 15 de febrero de 2026

EL AFRICANO

 




Llegó siendo chavalo a El Bluff,

proveniente de Corn Island.

Se llamaba Oswaldo Thomas,

pero el nombre le quedó pequeño para el tamaño del cuerpo.

 

Doña Ester Carvajal lo recibió en su casa

como se recibe la lluvia en verano:

sin mucho ruido, pero con esperanza.

Entre risas y juegos fue creciendo,

ayudando a criar cerdos,

haciendo mandados,

aprendiendo a caminar el puerto

como quien aprende a leer el mar.

 

Yo lo miraba desde la escuelita de doña Carmelita.

Cuando llovía, corría con sus cargas

y se refugiaba bajo el corredor,

sentado contra la pared de madera

esperando que la lluvia terminara de hablar.

Doña Carmelita salía con una taza de café humeante.

El vapor subía

como si intentara alcanzar su estatura.

 

Era alto.

Alto de verdad.

Un gigante plantado frente al Caribe.

Seis pies y cinco pulgadas o más.

Espalda ancha como puerta de bodega,

brazos de tronco joven,

manos gruesas,

pies que parecían hechos para pisar islas.

 

Black creole gigantesco

que no hablaba creole.

Por eso le decían El Africano.

No por África,

sino por cariño.

 

Vestía pantalones flojos,

faja de mecate,

camisa abierta en el pecho

y siempre descalzo.

Caminaba así,

como si el suelo fuera suyo

y el mundo apenas una tabla más del muelle.

 

Entró a la Guardia Nacional.

Fue cuque en el guardacostas número 7,

un barco de madera

que olía a sal, kerosín y disciplina.

Tenía buena cuchara.

Cocinaba como si en cada olla

estuviera defendiendo su honor.

 

Un día la cocina de kerosín se incendió.

“La llama estaba tiquitita y después creció”, dijo.

Y la llama le mordió las manos.

Desde entonces le quedó el apodo:

Tiquitito.

Ironía pura.

Un hombre enorme

bautizado por una llama pequeña.

 

Las botas militares nunca lo quisieron.

Le hacían ampollas,

le reclamaban los pies.

Se las quitaba

y andaba descalzo por el cuartel,

por el guardacostas,

por el andén,  

como si la tierra necesitara sentirlo.

 

Pero el guaro lija empezó a llamarlo.

En la cantina de don Octavio Gómez

compraba su cuartita y la vaciaba

en una lata de cerveza Pabst Blue Ribbon.

La guardaba en el pantalón flojo

como quien guarda un secreto.

Por el vicio lo corrieron.

El mar se le cerró.

 

Se hizo chambero.

Cargador de puerto.

Músculo al servicio del hambre ajena.

Dos sacos de harina de cien libras

sobre los hombros.

Caminaba el muelle

como si llevara el peso del mundo

y lo hacía sin quejarse.

 

Subía las veinticinco gradas

que llevaban al andén.

Veinticinco golpes del destino.

Uno por uno.

 

La harina era para doña Graciela,

para doña Juana Angulo.

Siempre rondaba la casa de José Sanles

y Luis Uscudún.

La Machú lo cuidaba.

Sanles lo embarcó varias veces

porque sabía que un hombre que cocina bien

también sabe ser leal.

 

Con el tiempo construyó su carretilla.

La bautizó:

“Salgo cuando quiero”.

Y borracho lo gritaba al viento,

como si la libertad dependiera

de dos ruedas y un eje.

 

Los chavalos le gritaban:

“Dale, dale como tractor, rummm, rummm”.

Y él se enojaba.

El gigante también tenía infancia herida.

 

En Bluefields,

en la cantina de Vilma Rojas,

una pelea se armó.

El “coronel” Federico Silva discutía.

Las voces crecieron como ola en tormenta.

El Africano agarró a dos hombres

de la camisa

y los lanzó por la ventana.

La pelea murió en el aire.

Nadie volvió a gritar.

 

Sus inseparables eran Masayita y Victoriano.

Entraban, bebían,

y doña Juana Angulo gritaba:

“A escupir afuera, rápido, rápido”.

Y salían a lanzar el salivazo

junto a las gradas.

Así era la disciplina del vicio.

 

Un día enfermó.

José Sanles lo llevó donde el doctor Mayorga.

Después al hospital militar en Managua.

Lo abrieron.

Lo cerraron.

“No hay nada que hacer”, dijeron.

El cáncer ya había sembrado su propio muelle.

 

Masayita y Victoriano murieron primero.

Él quedó más solo que bote sin amarre.

Sus últimos días los pasó

en casa de Elda Granizo.

Allí se apagó.

 

Y a veces, cuando la noche cae sobre El Bluff,

el muelle queda vacío

y el mar respira despacio bajo la luna,

se escucha el crujido leve

de una carretilla empujada sin prisa.

 

Una sombra alta

sube las gradas invisibles,

descalza,

con los hombros todavía firmes,

como si cargara sacos de harina

hechos de recuerdo.

Se detiene en el andén.

El viento le abre la camisa.

El mar lo reconoce.

 

Y desde la oscuridad,

suave,

con cariño,

una voz le dice:

—Tiquitito.

 

 

 

14/02/2026

Foto: Internet.


lunes, 5 de enero de 2026

OSTIONES, ALMEJAS Y LENCERÍA



No sé cómo empezó esto, ni por qué,

de verdad no lo sé.

Desde que Tanquecito llamó por el teléfono

la escena vuelve, insiste,

como la marea que no aprende a retirarse.

 

—Vamos —dijo—,

te voy a llevar a ver

cómo preparan los ostiones para venderlos.

 

La mujer estaba allí,

sentada en una cajilla de plástico.

como si el día le hubiera dado ese asiento.

A su lado, Saul, su pareja.

Frente a ambos,

un volcán de ostiones:

conchas pegadas unas con otras.

 

Con la mano izquierda tomaban el cuerpo áspero

con la derecha el cuchillo preciso,

abrían la concha

y sacaban el cuerpo carnoso,

blando como promesa cumplida.

 

Las piernas de la mujer, largas y abiertas,

sostenían la faena.

Fuertes, marcadas por el sol y la sal.

Cuando se estiraba,

el trabajo dejaba ver sus nalgas

quemadas de bahía y paciencia.

Quise apartar la mirada.

No pude.

El cuerpo también recuerda.

 

Pensé en Awas.

En mí, joven, recogiendo almejas

con más entusiasmo que paga.

Aprendiz de marea y cansancio.

El verdadero salario

llegaba al caer el sol sobre los cocoteros:

Sarafina,

paciente como el agua quieta,

enseñándome sin prisa

lo que no se aprende trabajando.

 

Ese recuerdo abrió otro.

Las piletas de Pointeen, Bluefields.

Astillero de día,

refugio de luna llena por la noche.

Los jóvenes íbamos en pareja

a sumergirnos en romances

dentro de agua tibia del verano

y en la luz grande

que se tendía sobre la bahía.

 

Ostiones, almejas, piletas:

todo se enlaza

como viejas redes remendadas.

 

Dos por pileta.

La luna arriba.

El agua sosteniendo cuerpos.

Susurros, silencios cargados,

el tiempo detenido en una escena lenta y hermosa.

Hasta que alguien grita:

—¡Un tiburón! ¡Aquí anda un tiburón!

 

Bajo la luz de una bujía cansada,

en la orilla de las piletas,

las mujeres salen mojadas,

temblando de frío y de susto.

Unas ríen nerviosas,

otras corren sin mirar atrás.

Al volver en sí,

se miran unas a otras:

en las manos sostienen

sostenes y bragas ajenas,

trofeos sin dueños.

 

Siempre fue un tema delicado:

ostiones, almejas y lencería.

Ahora, cuando lo pienso,

me río por dentro.

 

Recuerdo como aprendí a quitarlas:

se deslizan por el vientre,

pegadas a la piel caliente, blanca o negra,

pasan por la cadera, la nalga, los muslos,

corren por las rodillas,

se rinden en los tobillos

y allí se juntaban al fin:

lencería vencida.

 

Hoy los cubos se llenan.

Se miden con exactitud,

van en bolsas que recorren

calles, plazas, parques y muelles,

mientras alguien grita:

—¡Ostiones, ostiones!

 

Y la vida sigue,

como siempre:

abriéndose a cuchillo,

dejando ver lo que guarda,

sin detener su curso.

 

5 de enero 2026.

Foto Internet.






lunes, 22 de diciembre de 2025

LA CHICA DEL SWING

 



El swing de su casa era de madera,

anclado al corredor, paralelo al andén,

colgado de gruesos mecates,

ni pequeño ni grande.

Tres cabían en el.

Ella siempre estaba allí,

meciéndose en el viejo swing.

 

El viento venido del Tortuguero,

le refrescaba el rostro mestizo,

y la falda jugaba al vaivén

acariciándole las piernas

como si el aire también supiera amar.

 

A sus pies, libros y sus cuadernos,

los mismos que llevaba en su bultito de cuero

al cruzar la bahía rumbo al colegio

y colgaba a la espalda

al caminar las calles de Bluefields.

 

Nunca conoció de aburrimiento.

El swing era su refugio:

lectura, crochet, bordados,

revistas, Vanidades, fotonovelas.

Siempre allí.

Siempre ella.

 

La miraba al ir y al regresar.

 

Al ir,

desde lejos y cada vez más cerca,

la veía de espaldas,

con el cabello liso y negro

derramado sobre el respaldar del swing.

Hipnotizado,

buscaba sus ojos café miel.

Cuando lograba su atención por segundos,

le decía adiós.

Ella respondía

con una sonrisa nácar, distante.

 

Al regresar,

con el sol cayendo sobre la isla del Venado,

y ardiéndome en el rostro,

miraba el voleo de su falda,

sus piernas rollizas, firmes, bronceadas.

Adiós, decía.

Adiós, respondía.

 

Los fines de semana,

La falda cedía su lugar a un short cortito.

Belleza caribeña sin esfuerzo:

la brisa le rozaba las piernas,

alborotando sus bellos

como a flores de mar.

Olor a señorita recién bañada,

a vida extendida

a lo largo y ancho del swing.

Chinelas en el piso.

La puerta entreabierta del cuarto,

una cama de bronce esperándola.

 

A veces estaba allí con amigos,

sentados en el piso de madera,

riendo, conversando

felices con la inocencia intacta del corazón.

Enamorados no le faltaban.

Unos tocaban guitarra,

otros leían poemas de Neruda

como quien lanza redes al mar.

 

Siempre estuvo allí,

meciéndose en el swing,

hasta que un día

dejó de estar.

 

Uno de sus enamorados,

loco de amor,

la tomó en sus brazos.

Crujieron los resortes de la cama metálica.

El corredor quedó en silencio.

 

Al pasar por el andén,

vuelvo la mirada,

la sigo buscando

en la memoria del vaivén:

la chica del Swing.

 

22 de diciembre 2025.

Foto: Internet.


sábado, 13 de diciembre de 2025

ENTRE MUELLES


He estado entre muelles gran parte de mi vida. Entre pangas he viajado por la costa a diferentes lugares: Bluefields, El Rama, Kukra Hill, Laguna de Perlas, Cayos Perlas, Rama Cay, Orinoco, Tasbapounie, Patch River, Wawashang y a El Bluff. La mayoría de esos trayectos han sido por obligaciones: estudio y trabajo.

Viviendo en El Bluff, antes “el Paraíso”, no ahora, sino cuando era chavalo, ese lugar del muelle que llamábamos el de las pangas, era uno de mis lugares favoritos. Acudía por la mañanas para salir en panga hacia el colegio, un tiempo después de viajar en barcos pos pos. Por allí pasaron grandes personajes de el puerto de El Bluff en su época de auge económico y esplendor que los he incorporado al libro Hijos del Tiempo y la Arena – Relatos de El Bluff.

En Bluefields son como ecos de memoria. En ellos he escuchado voces y gritos de las diferentes etnias que atracan con cayucos llenos de alimentos para la insaciable población (desde carne de monte hasta frutas, verduras y raíces), llenándolos de multicolores y alegría, y de desechos que se tiran en la bahía generando olores característicos de la ciudad. Muelles de madera, en zancos y muelles de concreto que cambian con el tiempo la fisionomía de las orillas de la ciudad frente a la bahía. Son muelles improvisados de madera tal marimba sobre zancos, algunos nuevos, otros abandonados, varios perdidos que reviven en la nostalgia por el pasado. Muelles de restaurantes, de bares y cantinas asentadas a la orilla por la vista espectacular de la bahía al amanecer y en noches de luna llena.

Todos esos muelles en que he estado no solo son madera. Son espera, despedida y regreso. La genta va a ver quién llega y quién no. Eso pasa.

En los muelles el sonido manda. Agua golpeando pilotes, sogas crujiendo, motores cansados, voces que se reconocen a lo lejos. Si no se escuchan no es muelle.

La gente vibra en los muelles. Pescadores, cargadores, vendedores, niños descalzos, viejos mirando el horizonte, pasajeros y marineros. Cada uno con un fin y un ritmo diferente.

Los muelles tienen su olor. Sal, diesel, gasolina, pescado, alga, madera húmeda. El caribe primero entra por la nariz.

En los muelles el tiempo es lento.  Aunque tengas prisa, nada es urgente. Siempre se espera: la marea, el clima, la lancha, el visitante, los pasajeros. El muelle enseña paciencia.

En los muelles se nota el desgaste. Hay madera carcomida, clavos oxidados, pintura desgastada. Eso cuenta historias sin hablar.

La relación de los muelles con el mar no es una postal. Es respeto, miedo y dependencia. El mar da, pero también quita.

En los muelles muchas cosas no se dicen. Hay silencios largos, miradas fijas en el agua, gestos mínimos. Allí está lo más fuerte.

El muelle es frontera. Entre agua y tierra, entre irse y quedarse, entre la vida diaria y lo que puede pasar.

 

13 diciembre de 2025.

Foto: Muelle de la Colonia en El Bluff.. 

sábado, 22 de noviembre de 2025

EL LADO OSCURO DE LA ISLA

 



Las chispas del fuego suben al cielo

como si quisieran imitar a las estrellas.

La leña cruje y, entre el humo,

el viejo fija la mirada en un punto lejano,

allá donde la bahía se vuelve sombra y misterio.

Se pasa la lengua por los labios,

siente el sabor de la sal que el viento levanta

y deja escapar un suspiro largo,

de esos que huelen a mar y a tiempo vivido.

 

—¿Ven allá donde el mar se estira

y parece tragarse la luna? —dice

mientras señala con el mentón—.

Allí están las tres islas. Las que todos miran,

pero pocos entienden.

Juntas forman un triángulo, como anzuelo

hundido en el corazón de la bahía.

Ese canal que ves en medio,

por ahí pasan los hombres del mar

desde antes que yo naciera.

Algunos con motores viejos,

que suenan como si lloraran,

y otros con canaletes, golpeando el agua

al ritmo de sus brazos duros.

Antes que el gallo cante, ya están allá afuera,

lanzando redes, con el sueño metido en el pecho

y los ojos apuntando al horizonte.

Y cuando el sol se vuelve rojo, pesadote,

y cae sobre los cocoteros, todo el mundo se calla,

porque la noche es la única que manda en la bahía.

 

El viejo toma una ramita y mueve el fuego,

dejando que las brasas chisporroteen.

 

—La mayor de las tres, la del Venado, es la más brava.

Se alarga como una costilla gigante,

y su destino parece ser el de cuidar a las otras,

protegerlas del oleaje y de esos vientos locos

que bajan en temporada ciclónica.

La más pequeña, la Chiquita,

ya no tiene piel verde.

Es pura piedra y tierra colorada,

pero no se ha rendido.

Aún sirve de faro para los pescadores,

y las aves marinas la cubren como si fuera su reino.

 

Hace una pausa,

bebe un sorbo de café frío que aún huele a humo.

 

—La de Miss Lilian es distinta.

Aún respira verde, pero hace años

la desnudaron de sus piedras.

Hombres sin alma vinieron y

le arrancaron su escudo para venderlo como piedrín,

sin pensar que con cada piedra

le quitaban un pedazo de corazón.

Desde entonces, cuando el mar golpea fuerte,

parece que la isla gime… y yo les digo,

muchachos, que las islas también tienen memoria.

 

Un soplo de viento revuelve el humo y las brasas,

y los ojos del viejo brillan

como si el fuego encendiera sus recuerdos.

 

—El tiempo no perdona a nadie, ni a las islas.

Pero ese canal sigue vivo,

lleno de lanchas con chacalines

y peces que brillan como monedas.

Y allá arriba, las gaviotas se ríen del mundo,

como si fueran dueñas del cielo.

 

El viejo guarda silencio un momento,

mira hacia el horizonte negro

y vuelve a hablar con voz más baja.

 

—Del lado oeste de Miss Lilian… ah, de ese rincón

se cuentan historias que ponen la piel de gallina.

Allá van las parejas de enamorados,

buscando paz y silencio,

escondiéndose de las malas lenguas.

Pero no siempre fue así.

Ese lado también vio cosas oscuras,

cosas que el mar no olvida.

 

Las chispas del fuego saltan

y se apagan en la arena mientras

el viejo baja la voz, como si hablara con fantasmas.

 

—Había un hombre, Herrera.

Cruzaba la bahía cada tarde en un bote de canalete,

con una vela blanca chiquita.

Era el hombre de la dueña de la isla,

y todos lo miraban con respeto.

Cavaba en la arena,

escondía su dinero en potes de aluminio,

como si confiara más en el mar que en su mujer.

Dicen que aún hoy, cuando el viento está quieto,

se escucha el golpeteo de su canalete sobre el agua.

 

El viejo se inclina hacia el fuego, susurra casi en secreto:

 

—Pero lo más pesado de esa isla son los piratas.

Sí, piratas de verdad.

No de cuentos, de esos que mataban sin parpadear.

Allí tenían su guarida.

Entre borracheras, saqueos y mujeres robadas,

enterraban no solo cofres de oro y armas,

sino también a quienes se atrevían a mirar demasiado.

Cavaban de norte a sur, de este a oeste,

y dejaban el silencio como único testigo.

 

El viento sopla fuerte y el viejo se cubre el rostro, pero sigue:

 

—Años después, algunos botes se perdían allá,

en ese lado oscuro.

Iban con picos, palas y provisiones,

buscando el tesoro que nadie ha visto.

Y todavía hay quienes se meten ahí,

unos por codicia, otros por simple curiosidad.

Pero yo les digo, el mar no suelta lo que guarda.

Si algo fue enterrado allí, se quedó allí…

y el que lo busque, que sepa que el mar cobra caro.

 

El viejo calla.

El silencio los envuelve.

La fogata cruje, el mar respira,

y las gaviotas allá lejos

cierran la noche con su canto.

 

 

Noviembre 2025.

Foto Propia.