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viernes, 14 de agosto de 2026

TODAVÍA ESCUCHO LAS GAVIOTAS

 



Por momentos, todavía,

buscando una ola,

capto el canto de las gaviotas

que vuelan sobre mí,

una melodía en el aire.

 

Cantan por la alegría de hacerlo,

por el puro instinto del viento.

 

El sargazo inunda la orilla

de la playa de El Bluff.

 

De cierta manera, todavía,

después de más de vida y media,

conozco muchas palabras,

incluso algunas que nunca aprendí.

 

Tal vez estén entre ellas

las que entiende la bandada.

 

El tiempo cambió mi rostro,

dejó sus huellas,

pero no apagó del todo

al hombre que todavía mira,

escucha

y se sorprende.

 

Elevo la mirada.

 

Vuelan a baja altura,

altivas, alegres,

y les respondo

como quien todavía

tiene algo que decir.



14 de agosto de 2026

69 años.


sábado, 6 de junio de 2026

SHIP UP

 



Hace mucho tiempo

me fui de Bluefields,

con una maleta pequeña,

dos camisas limpias

y un sueño grande

apretado en el pecho,

dice George McKenzie.

 

Dejé atrás la bahía,

oscura y mansa,

como si ella supiera

que yo no volvería igual.

 

Me fui embarcado

en un crucero enorme,

blanco como nube extranjera,

con luces encendidas

hasta en la madrugada.

 

Vi ciudades levantadas

a la orilla del mar,

puertos con nombres raros,

mujeres hablando idiomas

que yo apenas entendía,

hombres vestidos de lino,

niños rubios corriendo

sobre cubiertas brillantes.

 

Vi mares azules,

tan limpios y hondos,

que por un momento pensé

que el mundo era fácil

para los que tenían dinero.

 

Pero yo no iba de paseo.

 

Iba a trabajar.

 

Lavé platos,

cargué maletas,

limpié mesas,

sonreí cansado

a gente que nunca supo

cómo se llamaba mi tristeza.

 

Cada dólar guardado

tenía destino.

 

Una parte la mandaba a casa,

otra la ahorraba con paciencia

para levantar, algún día,

mi propia vivienda

en Bluefields.

 

Y así fue.

 

Con los años

levanté paredes,

puse techo firme,

colgué mi swing,

compré mi carro,

sembré flores frente al corredor

y regresé pensando

que la felicidad

me estaba esperando

sentada en la sala.

 

Pero mi casa estaba callada.

 

Mis hijos ya eran grandes.

Crecieron sin mis manos,

sin mi voz en la mañana,

sin mis pasos entrando

con pan de coco

o pescado fresco.

 

Mis amigos tampoco estaban.

 

Unos se fueron lejos,

otros se fueron bajo tierra,

y algunos quedaron perdidos

en las esquinas antiguas

de una ciudad

que también envejeció conmigo.

 

Ahora bajo al malecón

cuando cae la tarde.

 

Miro la bahía de Bluefields,

sus aguas oscuras,

sus pangas cansadas,

sus gaviotas regresando

como almas conocidas.

 

El viento me trae nombres.

 

Nombres de muchachos

que rieron conmigo,

que bebieron conmigo,

que soñaron conmigo

y bailábamos juntos en Mayo Ya

cuando no teníamos nada

y sin embargo

lo teníamos todo.

 

Entonces comprendo.

 

Mi viaje fue largo.

El barco fue grande.

El dinero llegó.

La casa quedó bonita.

El carro duerme dentro.

 

Pero algo de mí

se quedó navegando

en aquellos años perdidos.

 

Y cuando regreso solo

por las calles húmedas

de Bluefields,

sé que no todo sueño cumplido

trae descanso.

 

A veces uno vuelve

con las manos llenas,

pero con el corazón

mirando hacia atrás.

 

5/6 de Junio 2026.

 


lunes, 11 de agosto de 2025

IRONÍA DEL CAMINO

 



Ha sido una mañana

de esas pocas que nos

regala el trópico húmedo.

 

El sol resplandecía en el camino,

mojado por una llovizna breve,

sin charcos nuevos.

 

Me cuesta ver,

el resplandor me encandila,

y avanzo despacio.

 

Chavalos de azul y blanco,

camino a clases,

llenan el trayecto.

 

Algunos con capotes,

otros con chaquetas se cubren,

repiten los charcos de siempre.

 

Las chavalas casi bailan,

saltando de uno a otro,

faldas al vaivén, paraguas zigzagueando.

 

Van de prisa,

siete de la mañana,

no espera.

 

Otros van en motos con sus padres,

veloces,

cara al viento.

 

El bueyero marca el paso,

los bueyes lerdos,

respetando a los estudiantes.

 

Entre todos ellos,

surge su figura.

Joven. Hermosa.

 

Va de jeans,

camisa suelta,

paraguas contra el sol.

 

Camina con estilo,

sin prisa,

rompiendo la monotonía.

 

En el camino pedregoso,

va la alegría del futuro

pintada en los rostros.

 

Y yo,

en medio de tanto brío,

pienso en mis años finales.

 

Ironía del camino:

ellos van estrenando la vida,

yo voy midiendo el filo de mi despedida.



11 de Agosto de 2025.

Foto: Sergio Orozco Carazo.


jueves, 30 de marzo de 2023

EN LA PISCINA DE LA COLINA

Ella nada en la piscina de la colina,

me transfiguro en la alberca,

siento su presencia de mujer madura

desplazándose en mi cuerpo de agua.

 

Sus manos y sus piernas en sincronía

salpican mis aguas y sus movimientos

provocan el canto de los pájaros,

mientras el sol ilumina el día.

 

Sale erguida a observarlo,

y veo su esbelta figura a contraluz,

sus piernas largas, sus caderas altivas,

y sus pechos llenos de vida al viento.

 

En ese momento, todo se detiene,

el mundo se convierte en un poema,

y yo estoy cautivado y atrapado

por la belleza y la gracia de su ser.

 

Soy testigo silencioso

de su baño matutino, intimo,

y aunque ella no me ve ni me oye,

soy bendecido por su presencia

y por el milagro de la vida.

 

Miércoles, 30 de marzo de 2023

Foto propia.

domingo, 27 de marzo de 2022

CUANDO LLEGUE MI TURNO


A esta edad, por encima de muchos promedios y siendo jubilado, una jubilación que cuando preguntan por ella digo que más o menos, por no decir que sólo da para una quincena, que peor es nada, tengo que caminar todos los días para alargar la vida, para sentirme bien.

Muchos ya saben dónde es que vivo. En un área suburbana, afuera del pueblo, perdón, de la ciudad, porque a Nueva Guinea la elevaron de categoría desde hace varios años, desde el 2008. El camino que lleva a mi casa es de macadán, dicen que de todo tiempo por no decir que es un camino asqueroso, que nunca le dan mantenimiento, y si me pongo a contar los hoyos que tiene desde el complejo judicial hasta aquí, te diría que son más de cincuenta cráteres, pero me divierto en otras cosas: haciendo sudoku, leyendo de todo y todo el tiempo, escribiendo y haciendo mis caminatas de todos los días.

Todas esas actividades forman parte de mi rutina diaria, pero la caminata, a pesar de las piedras y los hoyos, se ha convertido en mi refugio. En esas caminatas trato de analizar mi vida, sí, allí en ese camino lineal, la analizo y la veo en etapas. La caminata le da fortaleza a mi vida, entre más camino, más fuerte me siento, aunque después vengan los quejidos para que ella me dé una sobadita. Es como un trabajo que te gusta, te apetece hacerlo, pero, aunque no te paguen, siempre estás en el.

Si me ves por el camino no te vas a confundir. Llevo puestos unos tenis azules con hoyos, sí, son viejos, pero así me llevan por el camino; un short negro deshilachado con el logotipo de los Yanquis de Nueva York y casi siempre con una camiseta blanca que uso como parte del pijama. Esa indumentaria es casi siempre la misma, con pocas variantes, porque los tenis no los cambio por nada del mundo, hasta que aguanten.

Voy caminando en un camino lineal, con árboles a los lados, la neblina me inunda, voy lejos de la ciudad y sus ruidos, sé muy bien lo que no voy a encontrar. Suena el timbre del teléfono. Sí, diga… No, estoy lejos, si le parece puede llegar a mi casa por la tarde... Ok, a las tres de la tarde… Gracias. En todo este tiempo de caminar, he conocido a muchas personas, pero en el afán de no detenerme, solamente los saludo de manos, un simple gesto de adiós.

A veces cambio de rumbo y me voy para el lado de la ciudad. Allí la caminata es en el parque central y se vuelve circular, siguiendo las manecillas del reloj. Todo se reduce a dar las vueltas que me he propuesto como meta, sin nada más que recordar la carga que ese parque lleva a sus espaldas: alegría, amores, fiestas, combates, muertos y armas enterradas. Y cuando me doy cuenta debo regresar al punto de inicio. He cumplido un día más con la rutina de una hora y media de caminata, estoy satisfecho al ver el reloj.

De nuevo en casa disfruto del confort y la seguridad de lo cotidiano. Me quitó los tenis, calzo mis chinelas y me acomodo en la mesa donde están los sudokus esperándome, mis notas de colores y la computadora. Casi siempre pienso que mi vida ha sido como el camino que recorro. A veces lineal, a veces circular. Recuerdo la llamada del vendedor de lotería, sonrió, y estoy seguro que un día, cuando llegue mi turno, mi vida va a cambiar.

 

domingo, 27 de marzo de 2022

Foto: Ronald Hill A.

lunes, 14 de junio de 2021

OLVIDOS

 

Hoy por la mañana fui a hacer las compras para la casa, ya saben, los productos básicos, alimenticios y de higiene personal, principalmente. Siempre que voy hago una lista que ella me la dicta mientras le voy recordando si tiene o no tal o cual producto, diciendo el nombre de cada uno de ellos, desde las verduras hasta las pastas, los lácteos, granos básicos, aceite, jabón y así hasta que tenemos una lista de más de veinte productos.

Cuando voy de compras me lleno de entusiasmo tratando de frenar los pensamientos negativos sobre los sucesos que se dan repetidamente en el proceso rutinario de lograr el abastecimiento de la casa. Debo frenarlos porque siempre se dan hechos que, al regresar a casa, me hacen pasar el día medio molesto, desmoralizado, pensando en que, de una simple acción como comprar, surge una nube negra que pasa por mi cabeza por varios días.

Y no me refiero únicamente al precio de los productos, cada día gasto más por la misma cantidad de productos, o a la carencia de algunos sin encontrar sustitutos adecuados, sino a la actitud que muchas de las personas con las que obligatoriamente debes interactuar en el proceso de compra. Y debido a esa actitud es que dejamos de frecuentarlos, dejamos de ser sus clientes porque se olvidan que lo más importante que tienen no son los productos que ofrecen, sino los compradores que los requieren.

Por ejemplo, compro verduras en el mercado, siempre en el mismo tramo y cuando no encuentro lo que busco me cruzo a otro donde me atienden de mala gana. Si existieran más tramos ofreciendo lo mismo, mayor competitividad, la actitud de ellos sería diferente. Pero para ello faltan muchos años mientras seguiremos en lo mismo, el futuro es cada vez más incierto para todos y por ello se olvidan de que somos el objeto de su negocio.

Creo que he comentado que a veces he olvidado ciertas cosas que he comprado y que me doy cuenta de ello al regresar a casa. Una vez dejé olvidada la cartera en una librería, en otra ocasión dejé la tarjeta de débito insertada en el cajero automático de un banco, en otra el medicamento en el mostrador de una farmacia y otras cosas más que he olvidado, pero en casi todas esas ocasiones el olvido ha sido por corto tiempo, lo que me ha permitido reaccionar con rapidez y recuperar el objeto olvidado con mucha suerte y porque las personas involucradas han sido honestas.

En el caso de la tarjeta de débito, cuando regresé a la sucursal bancaria, apurado y casi seguro que no la encontraría, y que debía de notificar al banco, me encontré con la gran sonrisa del vigilante que muy amablemente la había guardado luego que un cliente que usó el cajero le dio aviso que había una tarjeta insertada. Te imaginas los tramites que tenés que hacer al perder la cartera con todos tus documentos o la tarjeta del banco si un ladronzuelo la ha encontrado y luego te vacía la cuenta. Ni pensarlo.

Pero de olvidos hay más y entristece. Sabías que después de llegar al final, luego que morimos, permanecemos en los recuerdos de nuestros seres queridos hasta dos años después, luego gradualmente nos vamos difuminando en la memoria de ellos, eventualmente buscan fotos para tratar de anclar nuestro recuerdo, pero luego de transcurridos 15 años ya casi nadie nos recuerda. Por ello el afán de muchos de dejar huellas en esta vida, para bien o para mal, mientras que la mayoría únicamente queremos una buena sepultura donde nuestro recuerdo dure más allá, aunque sea mediante una lápida fuerte y sólida al lado de nuestros familiares.

Así de sencillo es, luchamos toda una vida por nuestras metas, entramos en conflictos por ellas, sufrimos, rehacemos nuestros planes de vida luego de los fracasos, nos invade la incertidumbre constantemente, tomamos nuevas decisiones, actuamos y vivimos permanentemente en ese ciclo y, cuando nos damos cuenta, se nos ha olvidado vivir la vida, esa misma que se nos escapa de las manos sin poder dar vuelta atrás.

14 de junio del 2021.
Imagen de internet.



lunes, 5 de marzo de 2018

NUEVA GUINEA: FLUJO DE ESPERANZA




Nueva Guinea,

abundancia de árboles, ríos y praderas,

suficiente para sustentar una familia,

como lo probaron los fundadores

y miles que anhelaban un pedazo de tierra.

 

Un lugar donde los Ulwas y los huleros

confiaron en la madera y el agua,

en un juego salvaje y floreciente,

marcado por huellas, cascos, pezuñas y alas.

 

Pradera donde la hierba crece

más alta que un hombre,

nutrida por el calor, el frío, la lluvia y la sequía,

sostenida por raíces de hondura inimaginable.

 

Hoy, vidas y raíces se han alterado;

asentamientos, concentración de tierras,

monocultivo y ganadería nos empujan

hacia el sureste, camino al litoral.

 

El prado del Caribe central fue arado,

sus suelos han dado abundancia,

han nacido colonias, parcelas y fincas

que sostienen miles de familias.

 

Aquí, en los senderos de las fincas,

se tocan historias de vida,

semillas que respiran azul y verde,

que escuchan la música del insecto, la hoja, el pájaro,

el eco del puente sobre el arroyo que fluye y nos une.

 

Nos conecta con el pasado,

donde meditamos inmersos en el flujo de la esperanza,

en la adversidad, la alegría y la tristeza de esta tierra,

donde tantos deambularon y quedaron hechizados al pasar.


5 de marzo
58 aniversario  
Foto propia.



lunes, 28 de septiembre de 2015

REGGAE STYLE RECARGADO



En 1986 me sentía uno de los seres más desgraciados de Juigalpa. Atrás habían quedado los años de universidad y, más allá, los bellos recuerdos de mi adolescencia y niñez al lado de mi familia en el puerto de El Bluff. Debía trabajar para poder sobrevivir. Pero eso no es todo: tampoco me gustaba porque debía cargar un fusil para poder desplazarme por todo Chontales. Despreciaba a mis jefes y la pequeña casa en que vivía al lado de mi esposa con mis pequeños hijos. Todos dormíamos en la misma habitación y siempre estaba caliente porque los vecinos tenían una cocina de leña pegada a la pared que se mantenía encendida; vivíamos en un horno de ladrillos de barro, en una olla de presión.

Regresaba de mal humor, con un dolor de cabeza que era producto de la decepción, la amargura y la rebeldía. Los sueños que tuve en mis tiempos de estudiante se habían convertido en una pesadilla. Mi familia me pedía que saliera del país por temor a la guerra. “¿Eso es lo que habías soñado?”, me preguntaban, “¿trabajar por una miseria, vivir en un horno, soportar la escasez de todo lo básico, no tener esperanzas ni un futuro?” Yo quería tener alas y volar.

Nunca me interesó hacer dinero, sino vivir la vida sosegada. Debía tomar decisiones: me propusieron que diera clases en la universidad de Juigalpa y acepté. Me convertí en un lector entusiasta, leía lo que caía en mis manos y descubrí mis habilidades para mostrarles la realidad a los estudiantes. La pizarra se convirtió en mi aliada para toda la vida, en ella plasmaba esquemas, figuras y matrices sin necesidad de un papel en mis manos para impartir las clases, mucho menos necesitaba dictar como la mayoría de los profesores. El entusiasmo regresó a mi lado: convertía mi estado de decepción en discursos figurados y me sentía seguro de mí mismo.

Luego de seis años las cosas cambiaron. Renuncié a mi trabajo principal porque las nuevas autoridades del gobierno de la UNO me hicieron la vida imposible: me retiraron el apoyo con medios materiales y notaba la desconfianza en sus miradas porque seguía siendo el director de Planificación y Proyectos del MAG en Chontales. Cuando cambió el gobierno, en 1990, los recibí en mi oficina con la carta de renuncia, pero me dijeron que ellos querían que siguiera desempeñando el cargo, que reconocían mi profesionalismo. Se quedaron sorprendidos cuando les presenté mi carta de renuncia con un listado exhaustivo de todo lo que estaba bajo mi responsabilidad, los medios materiales y el estado de situación de más de cuarenta proyectos de cooperación para el desarrollo financiados con fondos externos. Me quedé sin empleo pero me sentí liberado, sin la carga que  había tenido encima de mis hombros.

Me fui a pasar Navidad a Utila; nos volvimos a reunir con mis padres mi hermano, mi hermana y yo. Mi hermano viajó de los Estados Unidos y volvimos a querernos como cuando niños. Todos estaban bien, el miserable era yo. Cuando regresé tocaron la puerta de mi casa buscándome de una organización de las Naciones Unidas. “Te hemos buscado por todos lados, tenemos un trabajo para vos”, me dijo el oficial del Programa. “Otra vez a la misma cosa”, pensé… Pero acepté. Un  mes después estaba en Nueva Guinea ayudándole a la gente a volver a empezar, a reasentarse, a construir nuevos proyectos de vida. Me enamoré del trópico húmedo, del verdor permanente, de los ríos y del lodo; la libertad de la montaña me atrapó para siempre. En esa realidad cautivadora una ONG llamada Ayuda en Acción me ofreció trabajo; allí pasé 14 años como Director hasta que hice el cierre de las operaciones. Durante un año estuve despidiéndome de las comunidades, de su gente, de las instituciones del Estado y de otras ONG. Tengo una colección de diplomas de reconocimientos; cuando Ayuda en Acción me entregó el suyo me di cuenta que me estaba poniendo viejo, pero ya no seguía siendo un miserable: “te vas por la puerta grande”, me dijeron.

Desde entonces trabajo de manera independiente, a mi ritmo. He aprendido que las preocupaciones matan, que no vale la pena vivir en una olla de presión, que hay que esforzarse para ayudar a los demás, que los jefes son traicioneros, que la vida se vive mejor por cuenta propia, que la base de la pirámide de la vida, el entorno, hay que obviarlo; que el centro, el trabajo, vale la pena cuando se ayuda a la gente sin aprovecharse de su realidad. Ahora sé que la cúspide, la familia, es lo mejor de todo, lo único que cuenta.

Por ello ahora vivo feliz; sin ser adinerado, la riqueza está a mi lado. Vivo la vida al suave, al ritmo del Reggae Style. Estoy aprendiendo a ser vago, vaga-mundo. Si un día lo haces, vas a empezar a vivir; nunca es tarde, pero tenés que comenzar desde ya.


Estelí
Septiembre, 2015.

martes, 23 de junio de 2015

LO PERDIDO



Antes, lo que no imaginaba, hoy admiro.
El tiempo no lo valoraba, se escapaba
en amaneceres y atardeceres descoloridos.

Antes, lo que no sentía, hoy duele.
El mínimo gesto se extinguía
sin sonrisas y rubores de alegría.

Antes corría de prisa, osadía.
Piedras y espinas,
engaños y mentiras.
Un maratón sin derrotero, desgastado.

Del antes aprendí lecciones.
Mentiras distantes reconozco,
la ocena a traición percibo.
Esquivas miradas hoy cautivo.

Con pasos lentos me levanto.
Andante del camino,
guerrero de la vida,
redescubriendo lo perdido.



Nueva Guinea.
23 de Junio 2014.
Día del Padre.
Foto: La vida y su abstracción de Sergio Orozco.

martes, 17 de diciembre de 2013

EL VALOR DE LOS DETALLES

Nuestra vida es a la vez común y mítica. Vivimos y morimos, maravillosamente bellos por la edad y llenos de arrugas. Despertamos en las mañanas, compramos pan y esperamos tener dinero suficiente para seguir haciéndolo. En ese mismo instante, nuestros magníficos corazones bombean sin importar toda la tristeza, los días grises y lluviosos que vivimos. Somos importantes, nuestras vidas son verdaderamente magníficas; por ello vale la pena grabar todos sus detalles. Aquí estamos, somos seres humanos, así es como vivimos.  Démoslo a conocer, nuestros detalles son importantes.

Un día soleado visité la tumba de mis abuelos, Manuela y Felipe, en El Bluff, iba acompañado por Javier Benavidez. Luego de conversar en silencio con ellos y con la brisa del mar golpeándome el rostro, caminamos por el cementerio identificando a todos los conocidos del puerto. Al llegar al precipicio que da a la bahía, Javier me mostró las tumbas de unos pescadores coreanos, sus nombres estaban escritos en su idioma “hangueo”, frente a las lápidas hay una pequeña loza de concreto en la que sus compañeros se arrodillan haciéndoles reverencia. Ver esos nombres escritos en su idioma es algo único, diferente al resto de las tumbas, pero siempre serán reconocidos y recordados por sus amigos, así como yo lo hice al leer el de mis abuelos y otros blufeños del pasado. Un nombre es algo que llevamos por toda la vida, respondemos a él cuándo es llamado en el aula, a su pronunciación en una graduación, al ser susurrado en la noche.

Aunque parezca irrelevante es importante decir los nombres de quienes somos, los nombres de los lugares en los que hemos vivido, escribir los detalles de nuestras vidas.  “Vivo en Nueva Guinea, cerca de la ciudad, buscando la salida hacia Los Ángeles, rodeado de árboles, frente a una trocha que siempre se encuentra en mal estado porque los camiones volquetes de la alcaldía transitan por ella todo el año, de día y de noche, cargados de material para construir otros caminos y no hacen nada por repararla”.

Estamos vivos, nuestros momentos son importantes. Debemos ser portadores de los detalles que conforman nuestra historia, preocuparnos por las cosas sencillas. Registrar los detalles de nuestras vidas es una postura contra la capacidad destructiva de una bomba, contra su excesiva velocidad y eficiencia,  contra los que son capaces de activarla.

Hay que decirle sí a la vida en todas sus formas: el chorro de agua que se precipita por el canal y llena de alegría a los niños, la mirada esquiva, el venadito de viruta que acompaña el adorno navideño. No hay que decir “soy un tonto que vive en un pueblo pequeño y cena todos los días en una fritanga con nombre Nacionalista”. No. Hay que decirle un sí alegre a las cosas reales que existen en nuestras vidas, la verdad real de quiénes somos con nuestras libras de más, lo gris y frío de las calles, el poeta caribeño que sonríe junto a su compañera rubia que está pendiente de unos niños negros.

Escribo aceptando las cosas, amando los detalles, avanzando con un sí en los labios para que dejen de existir los no en este mundo, el no que invalida la vida y detiene los detalles de su continuidad.


16/12/2013

martes, 10 de septiembre de 2013

viernes, 15 de marzo de 2013

SER ABUELO


Ser abuelo
es recorrer senderos
de múltiples colores.
Ser abuelo
es sanar viejos pesares
de largos derroteros.

Ser abuelo
es llenarte de alegría.
por risas y abrazos.
Ser abuelo
es florecer cada día
cubierto de inocentes gozos.

Ser abuelo
es encontrar la dicha
al final del viaje.
Ser abuelo
es levantar la antorcha
y enfrentar la vida con coraje.

Ser abuelo
es sentir un revoloteo
en el corazón.
Ser abuelo
es levantarse sin razón
demostrando alcahueteo.

Ser abuelo…
Ser abuelo es deacachimba.