martes, 15 de septiembre de 2026

AL OTRO LADO DE LA PARED

 


Eran chavalos inocentes. Estudiaban en un colegio religioso donde les enseñaban la palabra del Señor, algunos principios morales y aquello del buen caminar por la vida. En sus casas también los criaban con valores.

Les enseñaban que el sacrificio tenía recompensa, que había que respetar a los mayores, estudiar, portarse bien y agradecer lo que tenían. Los domingos iban a misa y por las noches, antes de acostarse, rezaban sus oraciones.

Pero eran chavalos. Y los chavalos crecen.

Participaban en actividades deportivas y recreativas, andaban en grupos por el pueblo y esperaban con entusiasmo las fiestas de San Jerónimo. Entonces podían disfrazarse de viejas nalgonas, de Macho Ratón, de diablos y de cualquier personaje que les permitiera andar por las calles riendo y haciendo bulla, y siguiendo a la chavalas.

Eran otros tiempos. Podían salir por las noches con bastante tranquilidad. Se encontraban con los amigos, iban al parque, jugaban en las calles y regresaban tarde a sus casas sin que los padres vivieran con el miedo de ahora. Entre juegos, carreras, bromas y pequeñas travesuras fueron dejando atrás la niñez.

Hasta que un día descubrieron que había otra frontera. La adolescencia había comenzado a hacer su trabajo. Primero fueron las conversaciones entre ellos. Después las miradas hacia las muchachas. Luego aquella curiosidad que aparecía sin que nadie la invitara y que ninguno sabía explicar muy bien.

Pegadito a la casa vivía una pareja joven. La mujer era hermosa. Todos se habían fijado en ella. La veían salir, caminar por el patio, conversar con los vecinos o hacer cualquier cosa cotidiana. Bastaba que apareciera para que alguno de ellos la siguiera con los ojos y después vinieran los comentarios y las risitas. Pero hasta entonces la mujer pertenecía a ese mundo lejano de los adultos.

Una noche lluviosa y silenciosa escucharon algo en la casa vecina. Primero fue el crujido de la cama. Después unos murmullos.  Luego la voz de la mujer. Los muchachos dejaron de hablar. Se miraron. Otro ruido. La cama no dejaba de crujir.

La pared que dividía las dos casas era de madera. Con los años, algunas tablas habían cedido. Entre una y otra quedaban pequeñas rendijas abiertas por el tiempo, la humedad y la carcoma.

El mayor se acercó. Pegó la cara contra la pared. Encontró una abertura.

—¿Qué estás viendo? —preguntó uno.

El muchacho levantó una mano para que se callaran.

Aquello bastó para desesperar a los demás.

Al otro lado, la mujer estaba de espaldas a ellos. Se soltó el cabello, se quitó el camisón y lo dejó caer sobre una silla. El marido se acercó por detrás y la abrazó. Ella volvió la cara. Se besaron largo.

Los chavalos contenían hasta la respiración. Nunca habían visto una mujer así, ni tan de cerca, aunque estuviera al otro lado de una pared.

El hombre apagó una de las luces. Quedó encendida apenas una lámpara. Las sombras de los dos se movieron por la habitación. Hubo más besos, más abrazos, manos que se buscaban y ropa que fue quedando en el suelo.

Después desaparecieron de pie junto a la cama. El colchón se hundió. Por unos segundos no se escuchó nada. Y entonces comenzó otra vez el crujido. Más lento al principio. Después con un ritmo que ninguno de ellos necesitó que le explicaran.

La mujer ahogaba la voz. El hombre decía algo que no alcanzaban a entender. Afuera seguía lloviendo y, en aquella calle silenciosa, parecía que todos los sonidos venían de la habitación vecina.

Los chavalos se miraron con los ojos muy abiertos. Ya sabían. No conocían los detalles ni tenían todavía las palabras exactas para explicarlo, pero sabían.

—Dejame ver —susurró uno.

El mayor se apartó.

Comenzaron los turnos. Uno miraba. Después otro. Luego otro. Nadie quería perderse aquello.

Había uno más pequeño que no alcanzaba la rendija. Por más que se estiraba, apenas llegaba con la frente a la altura de la abertura. Entonces alguien tuvo una idea. Fueron a buscar un banco. Lo colocaron junto a la pared y ayudaron al pequeño a subir.

—No hagás ruido.

El chavalo apoyó las manos en las tablas y pegó el ojo a la rendija. Los otros esperaban detrás.

Aquella noche, entre la lluvia, los susurros y el crujido de aquella cama, descubrieron algo del mundo que los adultos trataban de mantener lejos de ellos.

Después cada uno volvió a su cama. Tal vez alguno hizo su oración de siempre. Tal vez otro se quedó despierto pensando en lo que acababa de ver. Ninguno habló del asunto con sus padres.

Pero volvieron otras noches. Porque después de descubrir aquella rendija era difícil fingir que no existía. La curiosidad había ganado la batalla.

Y así, entre los principios del colegio, las oraciones de la noche, las fiestas de San Jerónimo, los juegos en la calle y aquel pequeño agujero entre dos tablas, fueron atravesando sin darse cuenta la frontera de la inocencia.

Pasaron los años.

Aquellos chavalos crecieron.

Cada uno hizo su vida, formó su familia, tuvo hijos y fue conociendo por su cuenta aquello que una noche lluviosa había descubierto antes de tiempo al otro lado de una pared.

Ahora, ya viejos, cuando se reúnen, alguno recuerda aquella historia, los demás comienzan a reír.

Uno se acuerda de la rendija.

Otro del crujido de la cama.

Otro de los turnos.

Y siempre aparece alguien que recuerda al más pequeño.

—¡A vos te poníamos un banco!

Entonces las carcajadas regresan. Ya no son aquellos chavalos. Han pasado demasiados años. Pero por unos minutos vuelven a aquella casa, a aquella pared de madera, a la lluvia de la noche y a ese momento en que descubrieron que, detrás de la inocencia, comenzaba otro mundo.

 

Managua, 15 de septiembre 2026.


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