Eran
chavalos inocentes. Estudiaban en un colegio religioso donde les enseñaban la palabra del Señor, algunos principios morales y aquello
del buen caminar por la vida. En sus casas también los criaban con valores.
Les
enseñaban que el sacrificio tenía recompensa, que había que respetar a los
mayores, estudiar, portarse bien y agradecer lo que tenían. Los domingos iban a
misa y por las noches, antes de acostarse, rezaban sus oraciones.
Pero
eran chavalos. Y los chavalos crecen.
Participaban
en actividades deportivas y recreativas, andaban en grupos por el pueblo y
esperaban con entusiasmo las fiestas de San Jerónimo. Entonces podían
disfrazarse de viejas nalgonas, de Macho Ratón, de diablos y de cualquier
personaje que les permitiera andar por las calles riendo y haciendo bulla, y siguiendo a la chavalas.
Eran
otros tiempos. Podían salir por las noches con bastante tranquilidad. Se
encontraban con los amigos, iban al parque, jugaban en las calles y regresaban tarde a sus
casas sin que los padres vivieran con el miedo de ahora. Entre juegos,
carreras, bromas y pequeñas travesuras fueron dejando atrás la niñez.
Hasta
que un día descubrieron que había otra frontera. La adolescencia había
comenzado a hacer su trabajo. Primero fueron las conversaciones entre ellos.
Después las miradas hacia las muchachas. Luego aquella curiosidad que aparecía
sin que nadie la invitara y que ninguno sabía explicar muy bien.
Pegadito a la casa vivía una pareja joven. La mujer era hermosa. Todos se habían fijado en ella. La veían salir, caminar por el patio, conversar con los vecinos o hacer cualquier cosa cotidiana. Bastaba que apareciera para que alguno de ellos la siguiera con los ojos y después vinieran los comentarios y las risitas. Pero hasta entonces la mujer pertenecía a ese mundo lejano de los adultos.
Una noche lluviosa y silenciosa escucharon algo en la casa vecina. Primero fue el crujido de la cama. Después unos murmullos. Luego la voz de la mujer. Los muchachos dejaron de hablar. Se miraron. Otro ruido. La cama no dejaba de crujir.
La
pared que dividía las dos casas era de madera. Con los años, algunas tablas
habían cedido. Entre una y otra quedaban pequeñas rendijas abiertas por el
tiempo, la humedad y la carcoma.
El
mayor se acercó. Pegó la cara contra la pared. Encontró una abertura.
—¿Qué
estás viendo? —preguntó uno.
El
muchacho levantó una mano para que se callaran.
Aquello
bastó para desesperar a los demás.
Al
otro lado, la mujer estaba de espaldas a ellos. Se soltó el cabello, se quitó
el camisón y lo dejó caer sobre una silla. El marido se acercó por detrás y la
abrazó. Ella volvió la cara. Se besaron largo.
Los chavalos contenían hasta la respiración. Nunca habían visto una mujer así, ni tan de cerca, aunque estuviera al otro lado de una pared.
El
hombre apagó una de las luces. Quedó encendida apenas una lámpara. Las sombras
de los dos se movieron por la habitación. Hubo más besos, más abrazos, manos
que se buscaban y ropa que fue quedando en el suelo.
Después desaparecieron de pie junto a la cama. El colchón se hundió. Por unos segundos no se escuchó nada. Y entonces comenzó otra vez el crujido. Más lento al principio. Después con un ritmo que ninguno de ellos necesitó que le explicaran.
La
mujer ahogaba la voz. El hombre decía algo que no alcanzaban a entender. Afuera
seguía lloviendo y, en aquella calle silenciosa, parecía que todos los sonidos
venían de la habitación vecina.
Los chavalos se miraron con los ojos muy abiertos. Ya sabían. No conocían los detalles ni tenían todavía las palabras exactas para explicarlo, pero sabían.
—Dejame
ver —susurró uno.
El
mayor se apartó.
Comenzaron
los turnos. Uno miraba. Después otro. Luego otro. Nadie quería perderse
aquello.
Había
uno más pequeño que no alcanzaba la rendija. Por más que se estiraba, apenas
llegaba con la frente a la altura de la abertura. Entonces alguien tuvo una
idea. Fueron a buscar un banco. Lo colocaron junto a la pared y ayudaron al
pequeño a subir.
—No
hagás ruido.
El
chavalo apoyó las manos en las tablas y pegó el ojo a la rendija. Los otros
esperaban detrás.
Aquella
noche, entre la lluvia, los susurros y el crujido de aquella cama, descubrieron
algo del mundo que los adultos trataban de mantener lejos de ellos.
Después cada uno volvió a su cama. Tal vez alguno hizo su oración de siempre. Tal vez otro se quedó despierto pensando en lo que acababa de ver. Ninguno habló del asunto con sus padres.
Pero
volvieron otras noches. Porque después de descubrir aquella rendija era difícil
fingir que no existía. La curiosidad había ganado la batalla.
Y
así, entre los principios del colegio, las oraciones de la noche, las fiestas
de San Jerónimo, los juegos en la calle y aquel pequeño agujero entre dos
tablas, fueron atravesando sin darse cuenta la frontera de la inocencia.
Pasaron
los años.
Aquellos
chavalos crecieron.
Cada
uno hizo su vida, formó su familia, tuvo hijos y fue conociendo por su cuenta
aquello que una noche lluviosa había descubierto antes de tiempo al otro lado
de una pared.
Ahora,
ya viejos, cuando se reúnen, alguno recuerda aquella historia, los demás
comienzan a reír.
Uno
se acuerda de la rendija.
Otro
del crujido de la cama.
Otro
de los turnos.
Y
siempre aparece alguien que recuerda al más pequeño.
—¡A
vos te poníamos un banco!
Entonces
las carcajadas regresan. Ya no son aquellos chavalos. Han pasado demasiados
años. Pero por unos minutos vuelven a aquella casa, a aquella pared de madera,
a la lluvia de la noche y a ese momento en que descubrieron que, detrás de la
inocencia, comenzaba otro mundo.
Managua, 15 de
septiembre 2026.
