miércoles, 8 de julio de 2026

LA FOTO DEL DÍA: NIDO DE COLIBRÍ

 


Después del mediodía salí al corredor y recorrí con la vista el jardín. Había una quietud verde entre las hojas, esa calma caliente que queda cuando ya ha pasado el mediodía. El aire olía a hojas calentadas por el sol y, desde el árbol de caoba, llegó el canto pausado de una paloma de ala blanca, como si marcara el ritmo lento de la tarde.

Entonces vi el nido. Estaba en la horqueta de un árbol de mussaenda, sostenido en una Y delicada, como si el árbol hubiera abierto los brazos para guardar un secreto. Era pequeño, hecho de fibras, musgos y pedacitos de mundo. Parecía suave y frágil, como si una brisa fuerte pudiera moverlo, pero allí estaba, firme entre las ramas.

Corrí a la oficina, tomé la cámara y volví con cuidado. Sentí su peso familiar entre las manos. Levanté el lente, enfoqué despacio y contuve la respiración por un instante, como si cualquier movimiento pudiera romper aquella escena. Apreté el disparador.

Click.

Allí estaban. Dos polluelos de colibrí, diminutos, con los picos abiertos hacia el aire, esperando a sus padres. No sabían de cámaras ni de jardines. Solo sabían esperar. Esperaban alimento, calor, regreso.

Después de tomar la foto, la miré en la pantalla de la cámara. Me quedé quieto unos segundos. Había logrado guardar algo que casi nunca se deja ver: la vida recién nacida, escondida en el corazón del jardín.

Se la mostré a Emilce.

Ella se sorprendió. Nunca habíamos visto polluelos de colibrí en su nido, tan cerca de la casa, en nuestro propio jardín.

—Está linda —dijo.

Después la puse como fondo de pantalla en mi computadora. Quería verla cada día, recordar que incluso en los lugares conocidos puede aparecer algo nuevo, mínimo y poderoso. Luego la compartí en mi cuenta de Instagram, @utiron, como quien comparte no solo una foto, sino un pequeño hallazgo después del mediodía.

Aquella imagen tenía ternura, pero también fragilidad. El jardín seguía alrededor, verde y callado, con la paloma de ala blanca cantando a lo lejos. Dos cuerpos apenas nacidos levantaban el pico hacia el mundo, confiados en que alguien volvería.

Dicen que cuando un colibrí construye su nido cerca de la casa, llegan buenas noticias, prosperidad y amor. También dicen que son mensajeros de quienes ya partieron, pequeñas señales de que la vida sigue su camino bajo una energía buena. No sé si todo eso sea cierto, pero aquella tarde, en una Y del árbol de mussaenda, algo parecido a la esperanza se quedó viviendo en el jardín.

Desde entonces, cada vez que miro esa foto, no veo solo un nido. Veo dos vidas diminutas esperando alimento, cuidado y vuelo. Y siento que, a veces, la vida nos manda señales pequeñas para decirnos que no todo está perdido. 


8 de Julio de 2026.


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