Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.
Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.
Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.
Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.
En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.
Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.
Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.
Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.
Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones.
Alrededor de la
mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos
negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de
Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban
pasando los productos de los cayucos al muelle.
Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.
En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.
El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.
Clic.
La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.
13 de julio de 2026.
Bluefields, RACCS.
