El hombre que se reía siempre se murió con
la boca abierta, mostrando los dientes, como si todavía le hiciera gracia algo.
Pero se murió solo. Lo encontraron en su mecedora hecha de Nancitón, en el
patio, viendo hacia el fondo, donde el sol se iba cayendo lento entre los Palos
de Agua y la tierra caliente. No hubo dolor en su cara mestiza. Solo esa
sonrisa estirada, terca, que en la ciudad ya era más su nombre que Casimiro.
Durante años, su risa fue como reloj mal puesto en la calle principal. Se oía a cualquier hora. Se reía del calor que rajaba la tierra, de las deudas que nunca se termina de pagar, de las discusiones políticas, de los entierros también. No era falta de respeto, era otra cosa. Como si el supiera algo que los demás no. Como si el mundo fuera una broma mal contada por un dios distraído y él fuera el único que la entendía.
Dicen que antes de quedarse en esta ciudad, Casimiro venía de Pearl Lagoon. Allá, en la laguna, algunos todavía recuerdan a un hombre igual. Alegre, de sonrisa amplia, sentado en el muelle frente al agua quieta, dejando que el viento le moviera la camisa mientras enseñaba los dientes sin decir mucho. Era un hombre que se reía en inglés creole, dicen algunos, aunque nadie entendiera bien si se estaba riendo con uno… o de uno. Nadie sabe si es el mismo, pero todos coinciden en algo: los dientes no cambian.
A veces, cuando la tarde se iba poniendo amarilla y el calor aflojaba un poco, Casimiro se quedaba en la mecedora que tenía una pata floja, viendo la calle. Decía que era por costumbre, pero no era eso. Esperaba, no a alguien en particular. Esperaba ese momento en el que las muchachas salían de las casas, recién bañadas, con el pelo suelto todavía húmedo, riéndose sin saber que alguien las miraba distinto.
Cuando pasaban frente a su portón, él dejaba de reír por dentro. Las seguía con los ojos. No había malicia, tampoco inocencia. Había otra cosa, como si en ese paso ligero, en esa piel limpia de cansancio, se le fuera la vida que él no había tenido.
Una tarde, una de ellas —la hija de doña Mercedes—se detuvo a unos metros. Se inclinó un poco para acomodarse la sandalia. El sol le pegó de lado. Todo quedó quieto. Casimiro sintió que algo le subía desde el pecho hasta la garganta. Un nombre. Una palabra que no era chiste, que no era risa. Por un segundo se inclinó hacia delante. La mecedora dejó de sonar. Ahí pudo haber pasado algo, pero no pasó. Casimiro abrió la boca… y se rio fuerte como siempre.
La muchacha levantó la vista, sonrió por compromiso, y siguió su camino. La mecedora volvió a moverse y Casimiro también, riéndose.
Una noche, en el velorio de don Eusebio, alguien dejó caer la tapa del ataúd antes de tiempo. Sonó duro, seco. La viuda cayó al suelo llorando. Nadie sabía que hacer. El aire se puso espeso, como antes de una tormenta. Y ahí, en medio de todo, Casimiro soltó una carcajada. Larga. Abierta.
—Ni el muerto se quiere quedar quieto —dijo.
Algunos se ofendieron. Otros, sin saber por qué, se rieron bajito. Después más fuerte. Y así, entre risas, el velorio siguió.
Pero nadie vio que, cuando salió a la calle, Casimiro se quedó callado de golpe. Cruzó sin mirar a nadie. Y en su cara no quedó nada.
La gente lo buscaba. Le gustaba tenerlo cerca, como cuando uno se arrima a la sombra de un árbol en pleno mediodía. Pero nadie se preguntó qué había detrás de esa risa. Porque no era alegría. Era control. Era defensa.
Casimiro enseñaba los dientes para que nadie se metiera más adentro. Para que nadie le buscara la voz que no tenía.
Cuando entraron a su casa para sacarlo, se dieron cuenta de algo raro. No había fotos. Ni cartas. Ni recuerdos. Nada colgado en las paredes. Nada sobre la mesa. Solo polvo. Solo muebles viejos. Solo silencio.
Ahí entendieron. Casimiro no era un hombre alegre. Era un hombre que se había entrenado para parecerlo. Se le quedó pegada la sonrisa. Literal. El carpintero tuvo que hacerle más ancho el ataúd por la cara. La boca no cedía. Como si hasta muerto se negara a cerrar.
Pasaron los días y lo que vino fue
tristeza. Fue silencio, un silencio incomodo. Sin la risa de Casimiro, la
ciudad empezó a escucharse a sí misma. Las peleas en las casas, entre vecinos,
entre políticos del mismo partido y con sus oponentes. Se sintió el cansancio de
siglos y la pobreza raspando como lija. Todo eso que antes quedaba tapado.
La risa de Casimiro no arreglaba nada, pero lo cubría todo. Ese fue el problema. Ese fue el desastre.
Después apareció el sobre. Amarillo. Escondido bajo la plata floja de la mecedora. Adentro, una sola línea, escrita con calma:
“Les dejo mis dientes, que fue lo único que siempre estuvo a la vista, para que comprendan que mantener la boca abierta es la mejor forma de no tener que decir nada”.
Ahora, en el cementerio viejo, la tumba tiene una rajadura mal hecha. Cuando sopla el viento del noreste, se mete por ahí y suena. Es un silbido, rítmico como la risa.
La gente que pasa no se detiene, camina más rápido. No por miedo. No es por Casimiro. Es por ellos. Porque ese sonido les resulta conocido.
Porque más de alguno ya ha enseñado los
dientes cuando lo que en verdad tenía era otra cosa atorada en la garganta. Y porque
entienden, aunque no lo digan, que lo que dejó Casimiro no fue un vacío. Fue un
espejo. Y en ese espejo se ven, se reconocen. Y no les gusta. Por eso nadie se queda.
28 de abril de
2026.
