sábado, 12 de febrero de 2022

VOLANDO SOBRE PIEDRAS

 


La sombra del tanque de almacenamiento de agua los protegía del sol de la tarde. En su base de concreto, elevada a la altura de una silla normal, estaban sentados y observando las prácticas del equipo de la Booth, llamado el Diablo.

Era un grupo de chavalos que tenían su propio equipo de béisbol, llamado la UVA. Todos eran menores de edad y se fogueaban con esmero para un día poder jugar con el equipo de la empresa, campeón de la liga de béisbol de Bluefields.

Estaban allí observando las habilidades y destrezas de los grandes, entre ellos, Charles Wilson, Woodrow Budier, Alvin Omier, Frank Roe y Rodolfo Watts, siguiendo las indicaciones de Victorino Castro, su entrenador y de Wilmore Hodgson, su manager.

Roberto Bartlett, gerente de la empresa Booth, llamado el Diablo, pasó saludándolos acompañado de don Pedro Joaquín Bustamente. Detrás de ellos iba Felipe, hijo del Diablo y Chapop. Ese día se iba a definir la conformación del equipo y los chavalos de la UVA estaban a la expectativa.

Siempre que daba inicio la temporada de béisbol, tres jugadores de la UVA eran convocados por el equipo el Diablo para jugar como novatos, lo cual estaba establecido en el reglamento de la liga. Las aspiraciones eran altas. Entre los chavalos que estaban sentados a la sombra del tanque, figuraban Chabelo, Mau Mau, Richard Allen y el Guerrito. Desde allí escuchaban el ruido de los motores de la planta que funcionaban las 24 horas del día.

A su derecha miraban hacia el plato y de frente a la tercera base. A su izquierda estaba la casa de don Chon Benavidez y el camino hacia la esquina de la capilla de la iglesia católica. Al fondo, más allá del jardín central observaban las casas de Wilmore Hodgson y su bar El Tipito, la de la Paca John y su bar el 7 Mares, y la venta y el Broadway Restaurant propiedad de William Gómez, todos ellos muy concurridos por los capitanes y marinos de barcos pesqueros.

Miraban el equipo que practicaba sus jugadas con esmero, cuando se acercó a ellos don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwás con mucho cariño. Siempre aparecía en grupos que se reunían alrededor de la casa de don Octavio Gómez, en la esquina de la capilla católica y en cualquier otro acontecimiento a los que acudían los pobladores: velatorios, rezos, casamientos y bautizos. Sus pasos cornetos se notaron al instante, así como su buen vestir y su cara de platicador.

—El tiempo vale oro y vuela como corre las bases ese que va dando la vuelta por la segunda base —dijo al arrimarse al tanque.

—Ese es pitcher, se llama Davis Hodgson —dijo Mau Mau.

—Una vez, de joven, corrí más rápido que él —respondió Tapalwas.

—Eso fue hace siglos —dijo Chabelo.

—No te equivocas, fue hace mucho, pero mucho tiempo —dijo Tapalwas.

—Suéltela, cuéntela pues —dijo El Guerrito.

“Fue hace tiempo. Me encontraba a un lado del río Kurinwas esperando que su caudal bajara un poco después de tres días de lluvia. Una familia me dio posada en su ranchito y allí me estuve esperando. Miraba como hipnotizado el curso del agua que llevaba de todo: vacas, chanchos, palos, ramas y hasta un tigre trepado en las raíces de un tronco; todos iban zumbados, buscando el desagüe del río, en dirección a la Laguna de Perlas”, relató Tapalwas.

—¿Qué hacía usted por allí? —preguntó Richard.

» Eso es otro cuento, pero les quiero contar lo veloz que era. Así que cuando bajó el agua, al tercer día, me dispuse a cruzar el Kurinwas por la parte más estrecha, tal como me lo recomendaron los amigos de la ranchita.

» Me fui caminando río arriba y llegué a un estrecho de unos 30 metros. Revisé el cruce y decidí atravesar por unas inmensas rocas que sobresalían del lecho del río y que estaban dispuestas en toda su anchura. De un salto largo, más largo que Zamba Larga, me paré en la primera piedra. A unos dos metros estaba la otra y de un salto caí en ella. Sentí una leve sacudida, pero pensé que la corriente era capaz de socavar lo que se opusiera a ella, así que salté hacia la otra. Me encontraba más cerca de esta orilla que de aquella, así que salte una, dos y tres rocas.

» Ya estaba en la mitad del río cuando siento que la roca se mueve, que se va un poco de lado como que quisiera levantarse del lecho del rio y brinco hacia la otra que se mueve y veo hacia atrás y no están en su lugar las que había cruzado. Sentí mi piel como erizo de mar, los oídos me zumbaban como si tuviera cien grillos a mi lado, no me sentía la cabeza y el corazón me palpitaba como bombo de banda de música. ¡Dios mío!, ¿Qué es esto?, me dije, y sin pensarlo dos veces, salté hacia la siguiente piedra que se levantaba, luego hacia la otra, pero con una velocidad que nunca antes había experimentado.

» Iba volando sobre las piedras, tan rápido que apenas las tocaba con los pies, y así casi llego a la otra orilla cuando brinco en la última, y antes de caer en ella, veo que se mueve de lugar y me doy cuenta que es una tortuga de río gigante, inmensa, de unos tres metros de ancho y resbalo en el agua. Al lado de ella parecía un enano, dio la vuelta y me dio un coletazo que me aventó hacia la orilla del rio. Subí el borde agarrado de los matorrales y cuando volví la vista hacia las rocas, es decir a las tortugas gigantes, habían desaparecido”.

—¿Piedras que se vuelven tortugas gigantes? —preguntó Mau Mau.

—Por esta —dijo Tapalwas. Mostraba la cruz con sus dedos de la mano derecha.

—Ya quisiera yo poder volar así sobre las bases —dijo Richard.

—¡Muchachos¡, ¡allá viene Polo! —dijo Chabelo.

Eddie Bendlis Dixon, llamado Polo, era el manager del equipo de la UVA y se dirigía hacia el grupo que se había conformado detrás del plato. Allí estaban Victorino Castro, Wilmore Hodgson, Morsby Taylor, llamado Tuly y capitán del equipo, Roberto Bartlett, Elías Jureidini, representante del equipo y Polo.

—De seguro están poniéndose de acuerdo sobre los que vamos a jugar esta temporada con el equipo El Diablo —dijo El Guerrito.

—Don Tapalwas, ¿Qué era lo que andaba haciendo en Kurinwas? —preguntó Richard.

—¡Miren!, ¡miren!, Polo nos está llamando —dijo Chabelo.

—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡apurémonos!, ¡apurémonos! —dijo Mau Mau.

—¡Ideay¡, ¡esperen!, ¡esperen!, les voy a contar qué andaba haciendo en Kurinwas —dijo Tapalwas, entusiasmado por continuar contando su aventura.

—¡Otro día nos cuenta esa guayola! —dijo el Guerrito mientras los cuatros corrían hacia el lado de primera base donde se encontraba Polo.

—¡Incrédulos!, eso es lo que son ustedes —gritó Tapalwas y se encaminó hacia el lado de la casa de don Chon Benavidez para dirigirse a su vivienda ubicada en el callejón pegado al cerco de la capilla de la iglesia católica.

Esa misma tarde los chavalos de la UVA festejaron en el Broadway Restaurant la incorporación al equipo de El Diablo de tres de sus miembros: Richard Allen, El Catracho y  Mau Mau. Jugaron en la temporada de 1974, año en que el equipo volvió a ser campeón en la liga de béisbol de Bluefields.

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Serie: Las Guayolas de Tapalwas.

Foto: Equipo El Diablo, 1974.