lunes, 1 de junio de 2026

DETRÁS DEL SIGUIENTE CERCO



Todavía no amanece.

La neblina descansa sobre los potreros,

el rocío cuelga de los alambres de púas

y los primeros gallos

anuncian la llegada del día.

 

El niño sale de la casa de madera.

Lleva un mochila vieja en su espalda,

cuadernos y lápices en ella,

y un sonrisa que apenas cabe

en su rostro madrugador.

 

Su madre hace rato está despierta.

Da maíz a las gallinas,

revisa el chiquero,

y piensa en el trabajo que aún falta por hacer.

 

—No regresés tarde —le dice.

 

Él regresa la mirada, sonríe

y comienza a recorrer el camino.

 

Brinca un cerco.

Después otro.

Y luego otro más.

 

Los brinca rápido,

como si fueran parte de un juego

inventado para acompañar las mañanas.

El viento fresco le acaricia la cara.

Los pájaros saludan desde los árboles,

y el sol comienza a levantarse

sobre el horizonte verde.

 

Mientras avanza,

piensa en sus compañeros.

en las carreras del recreo.

en las bromas compartidas.

En la alegría sencilla

de volver a encontrarse.

 

Y mientras él brinca cercos,

otros niños y niñas

cruzan puentes,

reman por un río,

atraviesan una bahía,

recorren calles polvorientas

o caminan bajo la lluvia.

 

Distintos caminos.

Distintos paisajes.

La misma esperanza.

 

Entonces acelera el paso.

Porque la escuela lo espera

igual que esperan los amigos,

igual que esperan los sueños

cuando apenas comienzan a despertar.

 

Desde lejos escucha las voces.

Despues las risas.

Y al llegar al patio

siente que el mundo entero

cabe dentro de aquella mañana.

 

Por la tarde regresará.

Ayudará a su madre.

Dará agua a los animales.

Recogerá la basura.

Y cuando el sol se esconda,

hará sus tareas

bajo la luz que entra por la ventana.

 

Así transcurren sus días.

Entre juegos y responsabilidades.

Entre la infancia

y los primeros aprendizajes de la vida.

 

Todavía no lo sabe.

Pero un día encontrará cercos distintos.

No tendrán alambres.

No estarán en los potreros.

 

Serán los cercos de la necesidad,

de las oportunidades perdidas,

de caminos que parecen cerrados,

de los sueños que exigen paciencia.

 

Y tendrá que brincarlos también,

como brinca ahora

los que encuentra al amanecer.

Con valor.

Con esperanza.

Con esa terquedad hermosa

que tienen los niños

cuando creen en el mañana.

 

Porque cada niño que aprende,

cada niña que descubre,

cada pequeño paso rumbo a una escuela,

es una puerta que se abre

para el futuro.

 

Y mientras existan niños

cruzando caminos,

brincando cercos,

remando ríos,

o caminando bajo la lluvia

para alcanzar un cuaderno y un sueño,

siempre habrá una razón

para creer que los mejores días

todavía esperan

detrás del siguiente cerco.

 

 

30 de Mayo de 2026.