Todavía no amanece.
La neblina descansa
sobre los potreros,
el rocío cuelga de
los alambres de púas
y los primeros
gallos
anuncian la llegada
del día.
El niño sale de la
casa de madera.
Lleva un mochila vieja
en su espalda,
cuadernos y lápices
en ella,
y un sonrisa que apenas
cabe
en su rostro
madrugador.
Su madre hace rato
está despierta.
Da maíz a las
gallinas,
revisa el chiquero,
y piensa en el
trabajo que aún falta por hacer.
—No regresés tarde
—le dice.
Él regresa la
mirada, sonríe
y comienza a
recorrer el camino.
Brinca un cerco.
Después otro.
Y luego otro más.
Los brinca rápido,
como si fueran
parte de un juego
inventado para
acompañar las mañanas.
El viento fresco le
acaricia la cara.
Los pájaros saludan
desde los árboles,
y el sol comienza a
levantarse
sobre el horizonte
verde.
Mientras avanza,
piensa en sus
compañeros.
en las carreras del
recreo.
en las bromas
compartidas.
En la alegría
sencilla
de volver a
encontrarse.
Y mientras él
brinca cercos,
otros niños y niñas
cruzan puentes,
reman por un río,
atraviesan una
bahía,
recorren calles
polvorientas
o caminan bajo la
lluvia.
Distintos caminos.
Distintos paisajes.
La misma esperanza.
Entonces acelera el
paso.
Porque la escuela
lo espera
igual que esperan
los amigos,
igual que esperan
los sueños
cuando apenas
comienzan a despertar.
Desde lejos escucha
las voces.
Despues las risas.
Y al llegar al
patio
siente que el mundo
entero
cabe dentro de aquella
mañana.
Por la tarde
regresará.
Ayudará a su madre.
Dará agua a los
animales.
Recogerá la basura.
Y cuando el sol se
esconda,
hará sus tareas
bajo la luz que
entra por la ventana.
Así transcurren sus
días.
Entre juegos y
responsabilidades.
Entre la infancia
y los primeros aprendizajes
de la vida.
Todavía no lo sabe.
Pero un día encontrará
cercos distintos.
No tendrán
alambres.
No estarán en los
potreros.
Serán los cercos de
la necesidad,
de las
oportunidades perdidas,
de caminos que
parecen cerrados,
de los sueños que
exigen paciencia.
Y tendrá que
brincarlos también,
como brinca ahora
los que encuentra
al amanecer.
Con valor.
Con esperanza.
Con esa terquedad
hermosa
que tienen los
niños
cuando creen en el
mañana.
Porque cada niño
que aprende,
cada niña que descubre,
cada pequeño paso
rumbo a una escuela,
es una puerta que
se abre
para el futuro.
Y mientras existan
niños
cruzando caminos,
brincando cercos,
remando ríos,
o caminando bajo la
lluvia
para alcanzar un
cuaderno y un sueño,
siempre habrá una
razón
para creer que los
mejores días
todavía esperan
detrás del
siguiente cerco.
30 de Mayo de 2026.
