martes, 16 de junio de 2026

ALLAN FORBES: EL HOMBRE QUE DECIDIÓ QUEDARSE

 


Un gallo canta al otro lado de la calle mientras Allan Forbes hace una pausa y observa hacia el frente. La entrevista ocurre en el segundo piso de su casa, en un corredor abierto desde donde alcanzo a ver, al fondo, el edificio del nuevo hospital de Nueva Guinea, una infraestructura colorida e impresionante, y más allá la majestuosa cordillera de Yolaina cubierta por una leve cortina de lluvia. Hasta allí llega el ruido de los vehículos que pasan de vez en cuando, mezclado con el canto de los pájaros, las voces dispersas del barrio y el parloteo de unas loras que silban cerca, como si también quisieran participar en la conversación.

Allan habla con voz ronca y pausada. Es de mediana estatura, delgado, de cuerpo todavía firme y con una presencia más joven de lo que anuncia su edad; usa lentes, tiene el cabello corto con pocas canas, y detrás de los cristales conserva una mirada limpia, atenta, de esas que parecen escuchar incluso antes de responder.

A veces mueve una mano para reforzar una idea, como si cada recuerdo necesitara también un gesto para terminar de salir. No parece interesado en impresionar a nadie ni en engrandecer su propia historia; responde con tranquilidad, recordando fechas, lugares y personas como quien vuelve a recorrer caminos conocidos.

Nació el 1 de julio de 1954, hijo de Nathan Forbes Brown y Amilda Lewis Hodgson, ambos ya fallecidos. Su historia comienza en Puerto Cabezas, pero su memoria familiar viene de varios rumbos de la Costa Caribe, con un padre del lado de Bluefields y una madre vinculada a Siuna, en esa mezcla de raíces que marca muchas vidas costeñas.

Cuando la conversación lo lleva hacia su familia, Puerto Cabezas aparece de inmediato en sus palabras. Allí crece junto a cuatro hermanos y una hermana, marcado por esa mezcla de orígenes que en la Costa Caribe no necesita muchas explicaciones porque forma parte de la vida misma.

También recuerda a sus abuelas con imágenes muy claras. Una, por parte de su padre, era una mujer pequeña, morena, de apariencia indígena, que según cuenta murió a los ciento veinticinco años; la otra, por parte de su madre, parecía una gringuita alta, rubia, de ojos azules y descendencia inglesa.

En esas dos mujeres parece resumirse una parte de la historia costeña de Allan. Sangres distintas, rostros y memorias distintas se juntan en una familia nacida en Puerto Cabezas, ciudad que él todavía recuerda como ordenada, diversa y llena de movimiento.

Habla de aquel Puerto Cabezas como si regresara a un lugar que el tiempo fue cambiando poco a poco. Allí convivían miskitos, sumos, creoles, mestizos, europeos, chinos y comerciantes llegados desde distintos rincones del mundo, unidos por un comercio que entraba por mar y hacía de aquella ciudad caribeña un punto de encuentro distinto al resto del país.

Cuando menciona las familias cercanas a su niñez, aparecen apellidos que todavía suenan a memoria costeña: los McKenzie, los Hitchcock, los Hodgson, los Taylor y los Forbes. Eran nombres que formaban parte de aquel tejido familiar y comunitario donde los mayores enseñaban, corregían y orientaban a los más jóvenes.

En sus recuerdos, los barcos traen mercancías y los productos circulan con una facilidad que ya no se mira igual. Dice que en aquellos años se hallaba de todo y que algunas cosas eran más baratas que en Managua, porque entraban por barco o por avión y porque el comercio tenía una fuerza que hacía vibrar la vida cotidiana.

La casa donde crece también pertenece a ese mundo que ya casi no existe. Era una casona de madera de dos pisos, amplia, sólida, levantada con maderas procesadas en los aserríos de la región, de esas que llegaban curadas, machihembradas y cepilladas, listas para durar generaciones enteras bajo la lluvia y la humedad del Caribe.

Su padre, Nathan Forbes Brown, trabaja precisamente en ese universo de la madera. No era, como aclara Allan, uno de esos aserradores de motosierra que ahora se miran en cualquier parte, sino un hombre formado en los grandes aserríos, por cuyas manos pasaban maderas destinadas a Estados Unidos y otros países.

Por eso lo buscaban para trabajar fuera. Salía en enero y muchas veces regresaba hasta finales de noviembre, de manera que la familia aprendía a vivir entre despedidas largas, regresos breves y la espera de diciembre, cuando el padre volvía a cruzar la puerta de la casa antes de marcharse otra vez.

Mientras lo escucho, comprendo que gran parte de su vida se mueve entre partidas y regresos. El padre se va por trabajo, los hermanos mayores estudian fuera y Allan también encuentra frente a sí caminos que pudieron llevarlo lejos, pero en distintos momentos decide quedarse donde la familia o la historia lo necesitan.

Uno de esos caminos aparece cuando recibe una beca para estudiar en Estados Unidos. La oportunidad es real y representa un futuro distinto, pero también significa dejar sola a su madre, Amilda Lewis Hodgson, con los hermanos menores, porque los mayores ya están fuera y el padre permanece largas temporadas lejos de la casa. Su madre le pide que no se vaya. Allan acepta.

No habla de aquella decisión como si fuera una tragedia. La cuenta con naturalidad, como una responsabilidad asumida en silencio, de esas que parecen pequeñas en el momento, pero terminan marcando toda una vida.

Después viaja a León con la intención de estudiar Medicina. Tiene proyectos, expectativas y la ilusión de continuar preparándose, pero Nicaragua comienza a cambiar con rapidez y la guerra termina ocupando el espacio donde antes estaban los planes personales.

Antes de esos cambios ya conoce el trabajo. Primero es gasolinero en Puerto Cabezas y después lo mandan a llevar la contabilidad de tres talleres mecánicos, una responsabilidad grande para un muchacho que todavía aprende a abrirse paso entre hombres mayores.

Lo que más recuerda de aquellos trabajos no es el dinero ni el cargo. Recuerda el respeto que le daban los viejos, el hecho de sentirse tomado en cuenta siendo apenas un chavalo, y esa confianza temprana parece haberle dejado una marca profunda.

Tal vez por eso, siendo joven, empieza a buscar la compañía de los mayores. Mientras otros muchachos permanecen entre gente de su edad, Allan se aparta casi dos años de la juventud y se mete entre los viejos, escuchando conversaciones, consejos y formas de ver la vida que después terminarán acompañándolo.

Dice que un joven metido entre viejos normalmente no es aceptado bajo ninguna condición. Sin embargo, a él lo reciben, le explican cosas y luego lo devuelven a su lugar entre la juventud, pero ya con más conocimiento y con una manera distinta de mirar a las personas.

De esos hombres aprende una regla que repite como filosofía de vida. En vez de tener enemigos, es mejor tener amigos; en vez de buscar pleitos, es mejor guardar distancia, entender a la gente y evitar los problemas antes de que crezcan.

Esa enseñanza aparece varias veces durante la conversación. No suena a frase aprendida en un libro, sino a verdad probada en los caminos, en los trabajos, en la guerra, en la familia y en la convivencia con personas muy distintas.

En noviembre de 1979 llega a Nueva Guinea. Durante años ha escuchado hablar de Nueva Guinea. Sabe algo de su fundación, conoce parte de su historia y se imagina una población más desarrollada, quizá una ciudad pequeña pero ordenada, parecida a lo que uno espera cuando ha oído mencionar mucho un lugar. La realidad lo recibe de otra manera: lodo, lluvia, caballos, burros y animales por todos lados, tanto que todavía sonríe cuando recuerda aquella primera impresión y repite casi con humor: “A la gran puchica, qué lugar para haber animales”.

En su mente había llegado a una ciudad y de pronto se encuentra con un pueblo de calles difíciles, casas de madera y lodazales que el invierno vuelve parte del paisaje diario. La decepción inicial es tan grande que decide marcharse de vuelta a Juigalpa, convencido de que aquel no era el lugar que había imaginado, pero la misma historia que lo lleva y lo trae termina regresándolo a Nueva Guinea. Entonces acepta la realidad con una frase que revela resignación y humor al mismo tiempo. Si ese es el lugar que le toca, piensa, no queda más que convivir con los animales juntos.

La Nueva Guinea que encuentra es pequeña. Abarca desde la calle del mercado hasta El Zapote, se extiende por las zonas iniciales y conserva todavía ese aspecto de pueblo de colonización, con casas de madera, caminos pesados y una lluvia que mantiene la ropa, la tierra y la vida misma bajo una humedad permanente. La famosa Casa de Piedra destaca precisamente porque casi todo lo demás es madera. En medio de tantas construcciones sencillas, aquella casa de concreto se vuelve referencia, punto de ubicación y señal visible de una época en que levantar algo distinto era suficiente para quedar en la memoria colectiva.

Allan mira ahora la ciudad y la compara con aquella primera imagen de 1979. Dice que el cambio ha sido completo, que después de la guerra Nueva Guinea comienza a transformarse, que aparecen nuevos barrios, más comercio, calles diferentes, rutas de transporte y una vida urbana que ya no se parece a la que encontró cuando llegó.

En esos primeros años también va formando amistades. Recuerda a Ahmed Campos, a Juan Antonio, a los Zeledones, a Donald Ríos, y a otras personas vinculadas con la vida institucional, comunitaria y cotidiana de Nueva Guinea, cuando las relaciones se iban construyendo entre trabajo, guerra, convivencia y necesidad de apoyarse unos a otros. También recuerda al ingeniero Víctor Barrera, de Rio Plata, como uno de aquellos hombres cercanos a los primeros tiempos de Nueva Guinea. Son nombres que aparecen en la conversación como señales de una época en que el pueblo todavía era pequeño y casi todos terminaban reconociéndose en las calles, en las instituciones o en las colonias.

Pero no habla solo de calles, casas y nombres. Habla también de la gente, del campesinado, de las familias de las colonias, de los finqueros y de la manera en que viven quienes hicieron crecer este territorio. Dice que para convivir con la gente primero hay que entender su personalidad, cómo actúa, cómo piensa y cómo enfrenta la vida. Esa capacidad de adaptación parece explicar una parte importante de su permanencia en Nueva Guinea. Allan llega como costeño, formado en Puerto Cabezas, con memoria de barcos, comercio y aserríos, pero termina comprendiendo el mundo campesino del trópico húmedo y aprendiendo a moverse entre fincas, colonias, barrios y amistades.

No todos los recuerdos llegan con sonrisas.

Hay un momento en que la conversación baja de tono y aparecen sus dos primeros hijos. Un varón y una niña que mueren en años distintos, cuando la vida está marcada por distancias, guerra y circunstancias que no siempre permiten estar donde el corazón necesita estar.

La pérdida de la niña le duele de una manera especial porque ni siquiera puede conocerla. Cuando baja de la montaña ya la han enterrado, y esa ausencia sin despedida queda instalada en su memoria como una de las heridas más profundas de su vida. Allan no dramatiza ni se extiende demasiado. Pero basta escucharlo para comprender que hay dolores que no necesitan muchas palabras, porque algunos simplemente permanecen dentro de uno y acompañan los años como una sombra silenciosa que no se va del todo.

La guerra también ocupa un lugar inevitable en su historia. Sobrevive a ella, ve morir amigos, conocidos y compañeros, presencia acontecimientos que forman parte de la historia reciente del país y comprende de cerca el costo humano de una época que no desea para nadie.

Cuando le pregunto por sus grandes victorias, no menciona dinero ni propiedades. Habla de sus hijos, habla de haber sobrevivido a la guerra y habla de seguir aquí, después de haber visto caer a tanta gente en tiempos difíciles. En esa parte de la conversación aparece con más fuerza la idea de sobrevivir. Sobrevivir a la guerra, a las pérdidas, a las enfermedades, a las decisiones que cambian el rumbo de su vida y a los caminos que no puede tomar porque otros deberes lo llaman primero.

Y entonces aparece Rita Rodríguez, su esposa.

Su voz cambia ligeramente cuando habla de ella. Antes de conocerla, dice, había tenido mujeres por todos lados, pero él era analítico y las estudiaba, miraba defectos, errores, formas de ser, hasta que con Rita encuentra algo diferente. Lo que le atrae no es solamente su presencia. Le atrae su condición de mujer trabajadora, luchadora por su vida, marcada también por heridas familiares que él reconoce porque de alguna manera se parecen a las suyas.

Allan dice que ambos se van entendiendo porque comparten una especie de fondo común de lucha. Aunque su suegra nunca lo quiso, él y Rita logran caminar juntos, y al hablar de esa unión resume la historia con una frase sencilla: juntando dos luchadores, hasta la vez siguen sobreviviendo.

Esa frase podría sostener una vida entera. No hay en ella adorno romántico ni promesa de novela, sino trabajo, resistencia, comprensión y una manera de acompañarse en medio de las dificultades, como suelen acompañarse quienes no han tenido la vida fácil pero tampoco se dejan vencer por ella.

Mientras la tarde avanza sobre los techos del barrio, Allan continúa respondiendo preguntas. Fuma, observa la calle y habla de los jóvenes, de la disciplina, del trabajo y de la preocupación que le provoca ver a muchos muchachos perdiéndose entre la droga, la vagancia y la falta de orientación.

Sus palabras nacen de una generación formada con reglas más rígidas. Puede discutirse su forma de ver algunas cosas, pero no se puede negar que habla desde la experiencia de alguien que ha visto cambiar la familia, la comunidad y el país durante varias décadas.

Cuando le pregunto qué le ha enseñado la vida, responde sin rodeos. Dice que todos venimos, vivimos y para allá vamos, que nadie se queda eterno en este mundo y que por eso hay que aprovechar el tiempo para vivir en paz, sanamente y en armonía.

Esa idea parece ordenar muchas de sus respuestas. No vale de mucho acumular “sacos de reales”, como dice él, si al final todos seguimos el mismo camino. Lo importante, para Allan, es llegar a sentirse tranquilo con uno mismo y con la gente que lo rodea.

Cuando habla del éxito, no lo define como riqueza ni como reconocimiento público. Para él, el éxito consiste en culminar un deseo que permite sentirse bien por dentro, alcanzar algo que dé tranquilidad y cierre una etapa de la vida con satisfacción.

Reconoce, sin embargo, que todavía le falta. Quiere ver crecer a sus hijos, quiere ver crecer a sus nietos y quiere saber que ellos no pasarán los sufrimientos que a él le tocó enfrentar. Ese deseo pendiente, más que una ambición personal, parece una forma de completar su propia historia a través de los que vienen detrás.

La tarde comienza a inclinarse hacia la noche. Los vehículos continúan pasando frente a la casa, los pájaros siguen ocupando los árboles cercanos y el barrio mantiene ese movimiento cotidiano que acompaña toda la conversación desde el inicio.

Entonces le pregunto qué le gustaría que la gente recordara de él cuando ya no esté.

Allan no habla de cargos, reconocimientos ni riquezas. Tampoco menciona posiciones, logros personales o propiedades acumuladas; simplemente dice que le gustaría que lo recuerden como “ese chele agradable, amistoso y respetuoso que estuvo en este pueblo”.

Terminada la entrevista, bajamos al primer piso. Allan me ofrece una taza de café humeante y luego saca un cigarro de la cajetilla para fumárselo, con esa naturalidad de gran fumador que ya forma parte de su manera de estar en el mundo. Allí, sentado en una silla plástica junto a la verja que separa el corredor de la calle, parece quedar por un momento dentro de la misma escena que acaba de contar: el piso de cerámica brillante, las plantas del patio, las puertas abiertas de la casa y el movimiento cotidiano del barrio completan la imagen de un hombre que ha aprendido a conversar con la vida sin levantar demasiado la voz.


Después guarda silencio unos segundos y mira hacia la plaza parque. Un gallo canta otra vez a lo lejos, mientras el aire del corredor se mezcla con los ruidos comunes del barrio, sus voces sueltas y ese movimiento cotidiano que no se detiene, aunque una historia importante acaba de ser contada.

Al despedirme, queda la impresión de haber conversado con un hombre que cruza varios mundos sin perder la sencillez. El niño de Puerto Cabezas, el joven que pierde una beca para quedarse junto a su madre, el costeño que llega decepcionado a una Nueva Guinea llena de barro, el hombre que sobrevive a la guerra, el compañero de Rita y el padre que quiere ver crecer a sus nietos pertenecen a una misma vida marcada por decisiones difíciles.

Quizás por eso la historia de Allan Forbes no se sostiene en un solo acontecimiento extraordinario. Se sostiene en una suma de momentos donde puede marcharse y se queda, puede llenarse de rencor y prefiere hacer amigos, puede rendirse ante las pérdidas y sigue adelante.

Mientras me retiro y los sonidos del barrio continúan mezclándose con el canto de los pájaros, pienso que Allan no necesita presentarse como héroe para que su vida tenga peso. Le basta con ser ese hombre que cuenta sin alardes lo que ha vivido, como quien sabe que la verdadera victoria consiste en llegar hasta aquí con la familia cerca, la conciencia tranquila y algunos amigos todavía llamándolo por su nombre.

 

4 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

No hay comentarios:

Publicar un comentario