El hombre del corredor
Lo recuerdo
caminando por el andén de El Bluff con su uniforme de marino mercante color caqui,
como si el puerto le hubiera cosido al cuerpo una manera propia de andar.
Chele, de ojos azules, fuerte de contextura y un poco pasado de libras, se
distinguía desde lejos entre los hombres que iban y venían por el muelle. Tenía
buen porte, conversación fácil y esa manera de saludar que convertía cualquier
encuentro en confianza. Por eso muchos blofeños de su tiempo decían que era
guayolero. No era burla. Era reconocimiento. Macho Silvio sabía hablar con la
gente.
Esa imagen se
me quedó desde chavalo. Después la vida nos llevó por caminos distintos, pero
su figura permaneció en mi memoria junto a otros personajes entrañables de El
Bluff. Años más tarde nos reencontramos en Bluefields y volvimos a tejer una
amistad que venía desde los tiempos de nuestros padres y abuelos. La amistad se
extendió a sus hijos e hijas. Cada vez que viajo a Bluefields procuro
visitarlo.
Una mañana de
domingo estoy sentado con él en el corredor del segundo piso de su casa. La
calle sube como un río de voces. Se escucha gente hablando en español y en
inglés creole, gritos de vendedores, pitos de vehículos, motores de
motocicletas y conversaciones que se cruzan entre aceras. Bluefields no calla.
A ratos parece que la ciudad entera subiera por las gradas hasta sentarse con
nosotros.
—Mi nombre es Silvio Rafael Lacayo Marenco. Nací en el puerto de El
Bluff, el 20 de agosto de 1944. Voy a cumplir ochenta y dos años —dice.
Lo miro. Está
entero, todavía fuerte, aunque el cuerpo ya le pasa cuentas. Se toca la rodilla
derecha. Se la dañó después del huracán Juana, cuando sacaba un barco encallado
en un banco de arena por Schooner Cay. El mecate de nylon se reventó, le pegó
en la espalda y lo hizo trastabillar en la escalinata de la cabina. La pierna
se le fue entre los escalones y la rótula quedó jodida para siempre. Camina,
pero al subir gradas tiene que apoyar el peso en la otra pierna. Lo cuenta sin
quejarse demasiado. En su voz no hay lamento, sino memoria de trabajo. La vida
de marino deja marcas. Algunas se ven en la piel; otras se quedan en los
huesos.
El padre que levantó un puerto
Su padre fue
Juan Bautista Lacayo. Su madre, Blanca Elida Marenco. Ambos eran de Granada y
se conocieron en El Bluff. Juan Bautista trabajaba en el Distrito Nacional de
Managua y llegó al Caribe por el Río San Juan. Navegaban hasta San Juan del
Norte y de allí seguían en otro barco hacia El Bluff. Llegó en los años
treinta, cuando revisaban la aduana y preparaban la construcción del muelle de
concreto que sustituiría al viejo muelle de madera.
Silvio no habla
de su padre como quien menciona un dato familiar. Lo trae al corredor como si
todavía pudiera verlo entrar al taller. Juan B. Lacayo construyó muelle,
aduana, bodegas, casas, gradas y bancas. Parte de El Bluff y Bluefields pasó
por sus manos. No tenía diploma de ingeniero, pero trazaba planos con una
precisión que dejaba callados a quienes llegaban con título.
—Mi papá llegó hasta tercer grado de primaria —dice Silvio—, pero te
hacía un plano mejor que cualquier ingeniero. No era guatusero. Te hacía bien
las cosas.
Entonces lo
imagino inclinado sobre una mesa, con el lápiz en la mano, la camisa
arremangada y el olor de madera, hierro, cemento y salitre metido en el taller.
Afuera, el muelle vibraba con barcos cargados de madera y banano. Adentro, Juan
Bautista medía, corregía, mandaba a cortar las piezas y revisaba que todo
entrara en su sitio. Su enseñanza era sencilla y dura: seguir la raya, no
salirse de la línea, no hacer las cosas a medias.
La madre de
Silvio murió joven, de parto. Él tenía apenas dos años y medio. El niño que iba
a nacer se llamaría Efraín. Hubo una hemorragia y quisieron llevarla a
Bluefields a buscar medicinas, pero un temporal cerró la bahía. Un barco
bananero estaba cargando y las olas crecieron tanto que tuvieron que apartarlo
del muelle. No se pudo viajar. Doña Modesta, la partera, hizo lo que pudo. El
padre estaba en El Rama, trabajando en obras del parque y de la iglesia.
Silvio no
dramatiza ese recuerdo porque no lo vivió con plena conciencia, pero lo lleva
como una sombra antigua. De siete hermanos quedaron vivos Mercedes, Adilia y
él. Los otros nombres van saliendo despacio: Ninfa, Luisa, Orlando, Juan. Cada
nombre abre una puerta de casa vieja, una habitación de madera, una voz perdida
en la bahía.
El niño del muelle
Creció viendo
el movimiento de los barcos mercantes. La madera salía en trozas. También el
banano y ganado, que venía del río Escondido y de Punta Gorda. Recuerda la
Standard Fruit, los lanchones, los muelles vivos, la gente trabajando. Habla
del Frank Rice, un barco hundido entre las piedras de Santa Teresa, por la loma
del faro. Para un niño de puerto, aquellos restos no eran fierros viejos: eran
territorio de aventura.
En las
vacaciones de septiembre iba a pescar macarela con Pablo Álvarez, mi tío.
Alistaban anzuelos y cuerdas y se acomodaban entre las piedras. No tenían
cayuco. En una de esas jornadas, una ola revolcó a Silvio contra el barco viejo
y se abrió la pierna con un pedazo de hierro. Le dio miedo llegar a la casa
porque pensó que su papá lo iba a penquear. Se puso tierra, siguió pescando y
al atardecer regresó con varias macarelas. Su hermana Ninfa le curó la herida.
Después, como si nada, se fue a jugar beisbol con los Sambola.
Esa infancia
era así: herida, pesca, miedo al castigo, pelota, patio, bahía. Los niños de El
Bluff aprendían a vivir cerca del peligro sin nombrarlo mucho.
La casa
familiar estaba donde después funcionó el bar de Virginia, cerca de donde
vivían Payo Montero y Dora Luz. Era de madera, de dos pisos. Arriba quedaban
los cuartos y la sala. Abajo, su padre hizo un pozo bien calzadito, dos pilas
grandes de concreto y un espacio forrado con reglas. El patio tenía cocoteros,
fruta de pan, caoba, marañón y guayaba, y llegaba hasta la bahía.
Mientras Silvio
describe aquella casa, un vendedor de pescados se detiene frente a la vivienda
actual y grita con fuerza: ¡Pes-ca-do! ¡Pes-ca-doo! ¡Pes-ca-dooo! La voz sube
hasta el corredor y se mete en la conversación. Por un instante, el presente y
el pasado se juntan. Afuera un hombre vende pescado. Adentro otro hombre
recuerda un muelle que olía a pescado, madera mojada, grasa de motor,
combustible, ganado y banano verde.
En la casa de
los Lacayo celebraban a San Juan Bosco, patrón del taller de la aduana. Llegaba
gente de El Bluff, Bluefields y desde El Rama en lanchones. Servían desayuno en
mesas grandes; después iban a misa y luego a la playa. El transporte lo ponía
la Kukra Development Company, que también tenía Schooner Cay y exportaba madera
preciosa. Silvio lo cuenta sin solemnidad, pero allí se ve una comunidad
organizada alrededor del trabajo, la religión, la comida y el mar.
Sus amigos eran
los Sambola, Bato, Urraca y otros muchachos. Los mayores los provocaban para
que pelearan: “A que no le tocás la cabeza”, les decían, y ellos se agarraban.
Silvio se carcajea. La risa le enrojece el rostro y por un momento vuelve a ser
el chavalo que corría por los patios. Jugaban beisbol con dos bases o se iban
al sector de la iglesia para jugar con cuatro. Donde hoy hay parque, antes
había guayabales y anonas.
La luz era
poca. La aduana tenía una planta que alumbraba las casas de seis a diez de la
noche, y los sábados quizá hasta las once o las doce. Cuando los barcos
descargaban mercancía, dejaban la luz encendida toda la noche. Los niños se
quedaban mirando el muelle iluminado. Para ellos, aquella claridad era
espectáculo, promesa y misterio.
De noche
jugaban ladrón librado. Para regresar al otro lado debían pasar por un palomar
donde decían que salía la mujer sin cabeza. Desde allí salían corriendo sin
mirar atrás. A veces se montaban en las vacas de Montero, el telegrafista que
vivía cerca de la bajada al muelle. La oscuridad no era solo falta de luz; era
fábrica de cuentos.
Silvio estudió
primero en la escuela de doña Carmelita. “¿Quién no estudió allí?”, pregunta,
como si esa escuela fuera una puerta obligatoria de la infancia blofeña. En
1951 se fue a Bluefields, al colegio San José. Los viernes, los lanchones
bananeros salían hacia El Bluff entre las tres y las tres y media. A los
chavalos del puerto les daban salida antes para que alcanzaran el viaje. En la
bahía iban felices, haciendo jodederas camino a casa.
El muchacho que aprendió a trabajar
Estudió hasta
segundo año. Luego volvió al puerto y comenzó a trabajar. Tenía trece o catorce
años. Ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Su padre no se
opuso. Consiguió una chamba limpiando el muelle y la oficina de arriba de la
aduana, que dejaba bien lampaceada. Juan Bautista le enseñó a afilar serrucho y
a seguir la raya. Esa fue su otra escuela.
En esos años
comenzó la Casa Cruz. Silvio chambeó con Pinolillo y otros muchachos. Les
pagaban dos córdobas por jalar arena en un tráiler. También ayudó cuando
levantaron un muelle de madera sobre la bahía. Llegó una flota de barcos de
Panamá y pusieron rieles para acercar un trencito a descargarlos. José Sanles,
el padre de Martín, era el principal redero, y Silvio trabajó como ayudante.
Luego se embarcó con Luis Uzcudun. Le gustaba la pesca y se ganaba mejor.
El salto grande
llegó con un barco mercante de los que llevaban banano y traían mercancías. El
dueño era Mr. Winston Garrater. Como conocía a su padre, le dio la oportunidad
de embarcarse. Así Silvio viajó a Tampa, Nueva Orleans, Jacksonville y otros
puertos de Estados Unidos. Mr. Winston le ayudó a conseguir la residencia. Tuvo
que salir de Estados Unidos, venir a Managua con papeles para la embajada,
tomarse una foto y jurar por la bandera.
—Vieras qué buena gente era Mr. Winston conmigo —dice—. Pero yo sabía de
todo. Le ayudaba. Nunca fui haragán. Hacía de todo en el barco.
Después lo
llamaron al servicio militar en Estados Unidos, en tiempos de la guerra de
Vietnam. Debía presentarse en San Antonio, Texas. Pasó exámenes y luego lo
enviaron a una base en California. Estuvo dos años. Hacía guardia, limpiaba,
cumplía tareas. Una vez salió de permiso con un compañero argentino. Fueron al
cine, comieron hamburguesas, se quedaron viendo muchachas y perdieron el bus.
Llegaron tarde a la base. Al día siguiente lo castigaron una semana en la
cocina, pelando cebollas. Silvio quería seguir en el ejército. Su tía, hermana
de su madre, le dijo que no, que lo iban a matar en Vietnam. Él obedeció,
aunque confiesa que quería cumplir. No se presenta como héroe, pero tampoco
como hombre que le huía al riesgo.
Volvió a la
pesca en barcos camaroneros. Trabajó en el Golfo de México y descargaba en
Aransas Pass. Pescaba allá y venía de vacaciones a Nicaragua. En una de esas
venidas conoció a su esposa. También trajo desde Estados Unidos dos barcos: el
Kontiki I y el Kontiki II. Uno era moderno y estaba equipado para explorar
bancos de langosta; el otro era de madera. Mientras uno exploraba, él pescaba
camarones y entregaba producto en la Booth.
Familia, revolución y barcos cansados:
Se casó con Sonia Ortiz González en
1970. Llevan cincuenta y seis años de matrimonio. Al inicio iba y venía en
barcos, pero se quedó definitivamente cuando consiguió trabajo en Copesnica
como jefe de flota. Desde ese puesto siguió viajando a Estados Unidos. Cuando
el gerente de la empresa sufrió un accidente, Silvio fue enviado varias veces a
Miami en el avión de la compañía para entregar documentos y pólizas al banco.
Así estaba cuando ocurrió el terremoto de Managua en 1972. Ese año trajo dos
barcos de Moreira: el Ana María y el Chinilinda.
Con su esposa
formó familia. Tuvieron cuatro hijos: Blanca, Ileana, Silvio y Juan José. Ileana
falleció. Tres nacieron en Bluefields y uno en Rivas, cuando Silvio trabajó un
tiempo en San Juan del Sur. De su esposa habla con respeto sencillo. Dice que
siempre ha sido trabajadora. En los tiempos duros criaba chanchos, vendían
cerdo, hacía chorizo y nacatamales los fines de semana. Así sostuvieron la
casa.
Cuando triunfó
la Revolución, Silvio estaba en El Bluff. Al principio lo vivió tranquilo.
Algunos salieron, otros regresaron. Después llegaron los años más difíciles:
escasez, bloqueo, falta de repuestos, máquinas deterioradas, barcos detenidos.
Lo cuenta sin discurso político, desde la experiencia concreta del trabajador
que vio cómo una economía entera se iba apagando por piezas.
—Toda la maquinaria era gringa y los repuestos eran gringos —dice—.
Había barcos que se jodían y les quitaban piezas para mantener trabajando a los
otros. En Copesnica había repuestos en abundancia, pero se fueron agotando. Se
fue agotando todo.
La frase queda
en el aire. No habla solo de repuestos. Habla del movimiento portuario, de la
pesca como sostén de familias, de un tiempo en que El Bluff tenía otro pulso.
Luego vino el huracán Juana y terminó de golpear lo que ya venía frágil. Más
tarde la pesca nunca volvió a ser la misma. El camarón dejó de ser rentable. El
combustible se volvió caro. Los barcos salían a probar y luego quedaban
amarrados.
—En El Bluff ya no hay nada como antes. Da lástima —dice. No lo dice con
rabia. Lo dice con tristeza serena, como quien mira un muelle donde todavía oye
pasos que ya no están.
Cuando le
pregunto por mi padre, la cara se le ilumina. “Cómo no. Éramos amigos”,
responde. La palabra sale natural. En El Bluff, amigo era algo más que
compañero de broma. Era gente que se conocía desde siempre, que podía ayudarse,
discutir, reírse y volver a sentarse junta al día siguiente.
Silvio recuerda
la vida de antes: marinos, trabajadores, mujeres, hombres con apodos, familias
cruzándose por la calle. Si alguien iba a matar un cerdo, avisaba al pueblo y
la gente encargaba sus libras. Cuando llegaba el día, ya estaba vendido y hasta
lo iban a dejar a la casa. La ropa podía quedarse afuera y nadie la tocaba. Las
puertas permanecían abiertas.
—Era tranquilo —dice—. Todo mundo se conocía.
Cuenta una
escena pequeña que vale por toda una educación. Una mañana de mal tiempo
encontró una cartera en una silla de corredor. La abrió y vio dólares. La
guardó, siguió su camino y al regresar se la entregó a su padre. Juan Bautista
estaba desayunando. No le dio sermón. Lo llevó al taller y esperaron al
maquinista Spencer, dueño de la cartera. Cuando despertó, Silvio se la
devolvió. Adentro estaba su licencia de maquinista. Agradecido, el hombre le
regaló cinco dólares.
Esa escena
muestra el mundo donde creció Silvio. Había pobreza, travesuras, castigos y
dureza, pero también una línea clara entre lo propio y lo ajeno. Su padre no
explicó la honradez. La hizo caminar hasta el taller.
El hombre que todavía mira el mar
La conversación
salta hacia la jubilación. Silvio calcula las semanas trabajadas, las
reconocidas y las que le faltaron. Dice que llegó un momento en que no valía la
pena seguir acumulando. Uno escucha esa cuenta y entiende una injusticia
silenciosa: hombres que trabajaron toda la vida en barcos, plantas, muelles y
talleres, pero al final tuvieron que pelear hasta las semanas.
Ahora vive
entre la casa, la familia y una finca vinculada a su hija Blanca, por Punta
Masaya. La finca le hace falta. Va dos o tres veces por semana. En vacaciones
cierran la casa y se van todos. Allí respira distinto. La casa, en cambio, es
el puerto de los nietos. Tiene siete. Algunos estudian en el Moravo; una nieta
mayor estudió medicina en León. Cuando habla de ellos se vuelve chavalero. Le
gusta molestarlos, hacerlos reír y hacer que se arrechen jugando.
—Yo los jodo —dice—. Hago que se arrechen conmigo.
En esa risa hay
ternura. Silvio es hombre de bromas fuertes y palabras directas, pero la
familia se le ha vuelto puerto final. Tiene hijos que lo ayudan, nietos que
entran y salen, una esposa que todavía lo acompaña y una casa donde piensa
hacer mejoras. Quiere poner un baño arriba, pero espera el sistema de aguas
negras para resolver el tanque séptico. Se queja de las calles de Bluefields,
que dice están hechas mierda. A Bluefields la quiere, pero la mira como
habitante, no como turista.
También habla
de salud. La rodilla sigue siendo su molestia principal. Recuerda el líquido
que se le acumuló, las jeringas grandes con que se lo sacaron, las inyecciones
que su hermana consiguió en Costa Rica, los tratamientos, la acupuntura, el
hielo, los exámenes del seguro.
Ha sobrevivido
a barcos, golpes, huracanes, pérdidas familiares, trabajos duros, cambios de
gobierno, crisis pesquera y transformaciones del puerto. Después de una vida
así, la vejez no es derrota. Es una banca en el corredor desde donde se puede
mirar hacia atrás y decir: aquí estoy todavía.
Cuando le
pregunto qué es lo que más le gusta de Bluefields, responde sin adornos:
—Ir a pescar.
La respuesta lo
devuelve entero. Ya no pesca como antes, pero conserva la panga. A veces sale
con Silvio o con algún amigo. La bahía sigue llamándolo. En el fondo, todo lo
que ha contado conduce a esa misma agua: la infancia en El Bluff, los lanchones
bananeros, el barco viejo de Santa Teresa, los viajes a Estados Unidos, la
pesca de camarón, la flota, Copesnica, los puertos y los regresos. El mar no
fue paisaje. Fue camino, escuela, trabajo, riesgo y sustento.
La mañana
avanza. Las voces de la calle siguen subiendo hasta el corredor. Pasan motos,
vendedores, gente hablando en español y en creole. Silvio queda sentado allí,
con la rodilla enferma y la memoria sana. Lo miro y entiendo que no estoy
frente a un hombre contando solamente su vida. Estoy frente a una parte viva de
El Bluff: de ese puerto que fue infancia, trabajo, amistad, pérdida, orgullo y
resistencia para varias generaciones.
El Macho Silvio
no necesita monumento. Su monumento está en lo que recuerda: el muelle de
concreto que hizo su padre, las luces de los barcos en la noche, la cartera devuelta, los amigos, los nietos que estudian,
la finca que espera, la panga lista para salir, la rodilla dañada y la risa que
todavía le gana al dolor. En su voz queda un puerto entero, y mientras habla,
El Bluff vuelve a encender sus luces sobre la bahía.
22 y 23 de junio de 2026.

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