lunes, 29 de marzo de 2021

JUIGALPA Y LA HORA DE LOS ZANATES

 


Estoy sentado en una de las bancas del parque central de Juigalpa. Son bancas nuevas, no las conocía por los años que he pasado sin volver a visitar la ciudad de los caracolitos negros. Veo de frente las dos torres de la catedral Nuestra Señora de la Asunción, son espectaculares, de gran altura y, como dos gigantes, vigilan la vida turbulenta y desordenada que hay en sus alrededores.

A esta hora de la tarde, este espacio, un pequeño bulevar con islas ornamentales, fuentes de agua y cómodas bancas, te socorren del bochornoso calor que golpea la ciudad en los meses de verano y, por ello, muchos lo frecuentan. “El parque de las palomas muertas”, escuché llamarlo muchas veces a mujeres juigalpinas entre risitas irónicas y, ahora que veo alrededor, descubro el por qué. Hombres de la tercera edad están en las bancas y observo pocos jóvenes.

Alrededor de una mesa, bajo la sombra de un árbol de Laurel, hay una aglomeración de hombres, me levanto y voy hacia ellos. Están jugando dominó y, otros en la mesa contigua, desmoche. Los que esperan están expectantes porque serán los que le den continuidad al juego cuando surja un equipo ganador, y cuando sucede, sus gritos estremecen los cuatro costados del parque a tal extremo que la gente vuelve la mirada hacia ellos. Pocos usan mascarillas.

Camino y me dirijo a la glorieta. Es increíble, las mesas están llenas y no es un día de fiesta, no hay montadera de toros, es un día cualquiera en la ciudad. Tengo que esperar que atiendan a los clientes, hago fila y allí, mirando aquí y allá, voy reconociendo a varios amigos de antaño, a Fulvio, a Chanina, a Juan José, los saludo y los invito a una gaseosa o una botellita de agua.

Nos sentamos en una de las bancas, sin hablar mucho. Estoy exasperado por el calor, pero admiro las torres que de tanto verlas parece que me van a caer encima, partiendo el parque en dos pedazos, levantando por los aires al gentío que disfruta la sombra de sus árboles o que caminan por los andenes, soterrando las palomas muertas, desbaratando el kiosco, los monumentos en honor a las madres y a los lustradores.

Todas las plantas del parque están florecidas, el calor hace que exploten en flores, desde sus raíces saben que de ello depende su supervivencia, su continuidad y eso mismo pienso que sucede en la vida cotidiana en la ciudad, atestada de pequeños negocios, de emprendimientos, de tramos que ahogan sus andenes como expresión de la pobreza de la gente ante una crisis que está elevando el riesgo de su propia vida, sin medidas, sin un orden que los dirija en su actuar por el bien de todos.

El sol va muriendo a mis espaldas, el bochorno del ambiente va cediendo. Se ve más movimiento en los alrededores por la gente que ingresa y surge del parque por diferentes puntos. Son empleados públicos y privados que salen del trabajo y quizás el relevo del personal de los tramos para el turno de la noche. El cielo se va pintando de naranja, el sol centella en las torres, los fogones de carbón se encienden, los amigos de despiden, va llegando la hora de la cena, nos vemos dicen y camino hacia la calle central.

Me encuentro en la esquina norte de la catedral. A mi derecha están los murales en relieve de piedras que aún recuerdo cuando eran construidos en el muro de la catedral. Varios trameros ocupan la acera. Voy hacia Palo Solo pero frente a mi hay un pequeño bar, propiamente donde era el Club Social de Juigalpa, y me apetece una cerveza bien helada. Espero cruzar con seguridad porque hace veinte años o quizás más lo era, pero ahora hay que estar alerta frente al tráfico de motocicletas, taxis, vehículos particulares y de todo.

Estas piernas siguen siendo veloces, pienso luego de cruzar casi corriendo y sentarme en una mesa. De frente está el costado de la catedral, hay mesas distantes pero ocupadas a mis lados, por la acera hay un movimiento acelerado de transeúntes que van y vienen, el tráfico de vehículos se ha intensificado y juntos dan la impresión de ser un río desbordado con ellos a la deriva.

Me parece estar en un refugio que brinda seguridad. ¿Va a tomar algo?, el mesero me saca de mis pensamientos, es un chavalo joven que lleva puesta una mascarilla. Sí, sí, una cerveza bien helada, le respondo y desde la mesa que tengo a la izquierda un hombre se levanta y me saluda. ¡Ideay Maestro!, ¿ya no se acuerda de mí?

Lo observo con detenimiento. Es un hombre delgado, su altura puede llegarme a los hombros, lleva puesto pantalones jeans y una camisa manga larga por dentro. Usa zapatillas negras como su cabello, pero este va cediendo a su color por las canas que lo invaden desde las sienes como manchas de plata. Muestra los estragos iniciales de las arrugas en su rostro, pasajeras, sin marcarse a fondo y sus ojos son amielados, pero muestran un rojo brillante por efectos del alcohol que rebota en mi al acercarse.

Digo que sí, que lo recuerdo por cortesía. Evito las manos y le ofrezco el codo. “Usted me dio clases, yo me acuerdo que sus compañeros eran Traña y Cárdenas, yo era militar, lo miraba pasar cuando iba para el trabajo, yo trataba de estar puntual en su clase, era difícil, eran tiempos de guerra, me mantenían movilizado en misiones…”. 

Sí, sí, lo recuerdo, digo. Cómo no voy a recordar a Miguel Traña (qepd) y a Carlos Cárdenas si juntos caminábamos todos los días desde el trabajo hasta el INAP para impartir clases, pienso. “Siempre he sido revolucionario, combativo, dispuesto a todo”, dice el hombre. “Aquí hemos vencido en la guerra, hemos vencido el analfabetismo, y seguimos de frente…”. Una mujer se levanta y lo toma de un brazo para trasladarlo a su mesa. “Vamos a ganar, vamos a vencer”, dice el hombre tambaleándose.

Desde el parque y del costado de la catedral se escucha un silbido que va creciendo, elevándose en entonación. Miro hacia el frente, al costado de la catedral y observo que son decenas, centenas, miles de zanates organizados en una bandada creciente que emiten un silbido agudo en su afán por ocupar un lugar entre las ramas de los árboles. Es un coro de silbidos, chirridos y sonidos como de ametralladoras que va creciendo hasta que abarca todos los espacios; el corredor donde estoy, la acera, la calle, los tramos, la catedral y sus torres, y el parque.

Ya no oigo lo que dice el hombre, el que sigue moviendo los labios, tirando salivazos y tambaleándose en su monologo político, ni a la mujer que le habla, sólo veo sus ademanes de enojo por hacerla pasar este ridículo momento y lo jala en un forcejeo que se va tornando violento para que regrese a su mesa. Solamente oigo el graznido desesperado de los zanates que han pausado las voces y los gritos de la gente, la música del bar, el ruido de los autos, el pito de las motos y el voceo de los trameros. Ahora sólo miro los gestos como en el cine mudo, pero el sonido de los zanates es la música de fondo.

Estoy fascinado, mi mente quiere mantenerse en esa pausa, pero reacciono, vuelvo la mirada hacia el mesero, me atiende, le muestro cincuenta córdobas que coloco bajo la botella y salgo a la acera apresurado, huyendo del borracho y admirando a los zanates que se han tomado el centro de la ciudad en un instante.

En Juigalpa es la hora de los zanates que buscan refugio en las ramas de los árboles y, cuando lo han logrado, poco a poco regresa el sonido de la ciudad que percibo nuevamente al caminar por la acera de la biblioteca municipal. Si los humanos actuáramos unidos frente a las desgracias que nos someten eternamente, como los zanates en su hora, podríamos detener y cambiar toda la podredumbre de este mundo injusto, pienso al pasar por el museo arqueológico en mi camino hacia Palo Solo.

27 de marzo de 2021.


martes, 9 de marzo de 2021

LA NIÑA Y LA NUTRIA


Ella observa desde el mirador, al pie del acantilado, ubicado detrás de su casa. Está de pie, calza tenis blancos, el ruedo del pantalón jeans que lleva puesto está deshilachado y una camiseta corta muestra su dorso de niña. Su cabello, negro y largo, festeja el viento, sus manos descansan en los pasamanos y el barandal de madera resguarda su cuerpo.

Mira a la nutria que juega entre las olas. Sale del agua, sube a las piedras, espera que exploten y la salpiquen para volver a zambullirse. Así juguetea, sale y entra al mar con el vaivén del oleaje. Ella lo festeja y le tira una pelota de hule.

Brinca, aplaude, ríe y grita su nombre ¡Ronso!, ¡Ronso!, y el perro de agua la cautiva con chirridos y chillidos, ¡yuuyiii!, ¡yiiii, yiiyuu!, cuando golpea la pelota con su trompa haciéndola volar encima del oleaje. Los pelicanos, las tijeretas y gaviotas vuelan sobre Ronso, dejando su vuelo inicial detrás de los barcos camaroneros que entran al puerto después de faenar una noche del año 1970, descienden al nivel del agua, hacen reconocimiento del perro de agua con curiosidad y vuelven a incorporarse a la estela de aves marinas que siguen los barcos rumbo al muelle de la Booth.

Ronso se sumerge y luego emerge ejecutando un grácil movimiento de patas y cola. De arriba hacia abajo, desplazándose en el agua a gran velocidad. Ella lo mira con sus ojos brillantes, con una sonrisa real, de felicidad, pero dentro de sí, ansía nadar en las profundidades del mar, correr hasta el infinito y volar más alto que las tijeretas y mucho más allá de la isla del Venado.

Desea, a su temprana edad, salir al encuentro de lo que sus padres y hermanos llamaban futuro, el destino que debe forjarse de cara al porvenir, el que mira a su alrededor, en cada uno de los rostros de los visitantes a la casa de su padre, en los trabajadores y empleados en la empresa camaronera, en la construcción progresiva del bienestar de la gente con empleo digno, en el auge de la pesca, en la mejora de la infraestructura y el crecimiento comercial. La gente y el puerto, unidos, concatenados, en completa sinergia, ambos floreciendo.

Ronso sigue desplazándose y se pierde de su vista, va en dirección al muelle de la Colonia. Ella corre hacia la puerta de la cocina de su casa, su pelo flamea en sus hombros, corre con fuerza y velocidad porque está acostumbrada a caminar en la pista de aterrizaje, en la playa de El Tortuguero y en la ensenada al pie de su casa, a cabalgar, a pasear en bicicleta, en motocicleta, en jeep, en tractor y a nadar en las aguas dulces de las lagunas, en las aguas cristalinas de Corn Island. Entra a la casa de madera con arquitectura y diseño hecho en los Estados Unidos. Ronso cruza por el desfiladero y continúa nadando hacia el muelle.

Sale de prisa por la puerta del porche forrado de malla metálica y pintado de blanco. Va vestida con su traje de baño de dos piezas, color rosado con ribetes blancos. Baja apresurada las primeras quince gradas de la escalera de acceso a la casa, se detiene en el área de descanso. Busca a Ronso con la mirada, pero la galera del muelle no le permite verlo. Escudriña entre el oleaje, mira más allá, a lo lejos, en dirección a la isla de Miss Lilian, y nota que cuatro barcos camaroneros están amarrados en fila al casco hundido del Jamaica. Vuele la mirada hacia la galera y lo observa nadar debajo del muelle. Corre por el tramo de descanso y baja de prisa los últimos seis escalones gritando, ¡Ronso!, ¡Ronso!, hasta llegar al muelle.

Ronso emerge y se sumerge dando chillidos como invitándola a que entre en el agua. Ella corre por el muelle en dirección a la galera, llega al extremo y, de un salto de nadadora, se sumerge en las aguas de la bahía. Nadan juntos. Ronso festeja con sus chillidos y coletazos en círculos alrededor de ella.

Desde la primer grada de la casa se oye una voz que llama. ¡Morgan!, ¡Morgan!, ¿dónde estás, Morgan? Morgan nada hacia la orilla y le hace señas a la mujer que grita. Parece que es su madre, tiene el cabello negro, lleva puesto un traje de dos piezas floreado y calza zapatillas de lona. La mujer contesta con las manos, satisfecha al verla salir a la costa con Ronso detrás de ella, haciendo sus piruetas como muestras de cariño.

Desde la Colonia hasta el muelle de los barcos camaroneros hay un trecho de costa que es el hábitat más frecuentado por Ronso, donde se alimenta de conchas, caracoles, almejas, cangrejos y sardinas. Allí se encuentran, la niña y su nutria, y, al asegurarse que está bien, la mujer entra a la casa.

Morgan está de pie, ha enrollado su cabello en una moña y las manos descansan en su cintura, con el sol a su espalda. La nutria, que ha salido del agua, está frente a ella. Las olas revientan en sus pies y mira fijamente a su perro de agua, a su Ronso, como si sostuvieran una conversación profunda. Al fondo, en la línea de playa, se observan troncos que van y vienen al ritmo de la marea. Morgan a sus trece años está feliz con su nutria.


Han transcurrido más de cuarenta años y Morgan regresa a El Bluff. Va a entregarle al puerto las cenizas de su padre, Roberto Bartlett, llamado con cariño “El Diablo”, frente a la que fue su casa, en el antiguo muelle de la playa donde jugaba y en el Tortuguero. Se encuentra con cimientos, con chatarra y pobreza, abandono y miseria.

Sube las gradas de concreto que daban acceso a la casa que ahora ya no existe, vuelve la mirada y, sobre las aguas, ve los pilares de concreto ennegrecidos que sostenían la galera del muelle. Recuerda a su nutria y el día que desapareció en las aguas de la bahía. Más allá de la playa, en dirección al muelle de la Booth, observa barcos hundidos, edificios derruidos.

Al bajar los primeros quince peldaños hace una pausa en el área de descanso, ya no tiene la energía de sus años felices. Dejará las cenizas de su padre por ser su deseo y una promesa que le hizo antes de fallecer. Lagrimas corren por sus mejillas y el viento las expande en su rostro.

Desciende pensativa los últimos seis escalones, camina en la arena, toma de su bolso una urna metálica y, mojándose los pies, tira sobre las aguas las cenizas de su padre.

 

8 de marzo de 2021.

Foto: Morgan Bartlett y su nutria. 1970.


martes, 2 de marzo de 2021

LOS CAMINANTES DE LA PLAYA

 

Caminan de madrugada, de día y por las noches. Son los caminantes de la playa. Se han acostumbrado a la arena que levanta el viento, a la lluvia, al frío y al sol. Sus rostros bronceados son manifestación de ello. No andan solos, caminan en grupos de tres personas o más. La mayoría no son de El Bluff, han llegado desde varios sitios, pero hablan en español, inglés creole, misquito y algunos con señas se dan a entender.

Son grupos que tienen establecidos varios campamentos, más allá al norte de la línea de playa de El Tortuguero, hoy llamada Bluff Beach, en ranchos viejos abandonados, por el lado de la segunda laguna, antes de llegar a Falso Bluff y más al norte. Los campamentos son ranchitas que han levantado de madera rolliza, con plástico negro o palmas de cocotero como techo. En los alrededores nadie se atreve a incursionar, es su territorio, su casa, su hogar por varios meses del año. De noviembre a abril es época para acampar, luego muchos se marchan, pocos quedan, coincidiendo con la temporada de huracanes.

Recogen leña en la playa y adentrándose en el manglar, asoman cabezas por Schonner Cay y caño Santiago en busca de carne de monte y todo lo hecho por el señor para comer: venados, cusucos, guardatinajas, animales que huyen en desbandadas en busca de refugio desde plantaciones de Palma Africana establecidas en Kukra Hill. Icacaos, uvas de mar y nueces de coco, la manzana de coco, son sus frutas preferidas, un manjar para su deleite, y por ello, casi han desaparecido de la playa.

El movimiento de los caminantes no se detiene. Caminan hacia el norte, pasan por Falso Bluff hasta llegar a la barra de Pearl Lagoon. Otros van hacia el sur, pasan diciendo adiós en Bluff Beach, llegan a la punta de la antigua pista de aterrizaje atestada por tetrápodos sobrantes del proyecto inconcluso de aguas profundas, doblan a la izquierda y caminan entre las rocas existentes al pie del acantilado, dándole la vuelta a la loma del faro, salen por la ensenada llamada María Teresa, suben a la mina de los pobres y por la pista regresan nuevamente a la playa para continuar en su recorrido hacia el norte.

Cual olímpicos, sus caminatas las hacen con relevos. Los que van al sur descansan al regresar al campamento y otros siguen hacia el norte, cruzan la punta de Falso Bluff, siguen hasta la barra de Pearl Lagoon, detrás de Kulbia, en un recorrido total de sur a norte de unos cuarenta y cinco kilómetros.

Ese es su andar, más allá al norte no transitan porque entran en conflicto con otros caminantes de Pearl Lagoon, Set Net Point y Tasbapounie y, como son muy respetuosos y no buscan conflictos, simplemente caminan para encontrar la vida, la luz al final del agujero oscuro que los sacará de la pobreza y la miseria, bajo el precepto de que lo que es arrojado por el mar, es de quien lo encuentra.

Los caminantes permiten que sus mujeres lo hagan de madrugada, antes del amanecer. Algunos campamentos están formados por grupos de dos o más familias. Siempre son acompañadas por dos o más personas, pero a media mañana regresan, y los hombres, ya recuperados de energía, siguen la marcha en dependencia de la dirección tomada por sus mujeres.

Por las noches, mientras unos duermen, otros se auxilian de focos a base de energía solar porque tienen acceso a la tecnología al igual que teléfonos móviles, o con focos de baterías comunes y corrientes. Por ello son caminantes las veinticuatro horas del día. Tienen armas, pero esconden los fierros, mientras que las armas blancas están a la vista.

Para alcanzar sus objetivos, caminar es su plan estratégico, y por ello van altivos, aunque medio vestidos, barbudos con el pelo largo y protegidos del sol con gorras y sombreros, con su mirada paranoica puesta en el horizonte del mar, en la espuma que se levanta a lo lejos, en las olas cercanas y en el oleaje que revienta en la playa, escudriñando con palos y machetes debajo de los troncos, y cuando sube la marea por encima de la línea de playa, muy frecuente en estos tiempos de cambio climático, buscan entre la vegetación aquello que los sacará del agujero: un bolso, un saco, una maleta, un fardo emplasticado, todo lo que contenga mariguana, cocaína o dólares.  

Son bien considerados con los dueños de los ranchos de la playa Bluff Beach. No les roban descaradamente, quizás solamente y por allá, un radio dejado al garete, unas porras soperas, unos vasos, una silla plegable, una hamaca, en fin, cosas de gran utilidad en el campamento. Tienen gran empatía con los turistas extranjeros, antes de la crisis actual y el Covid 19, pero ahora la practican con los pocos nacionales que visitan la playa. Por esa amistad que cultivan fácilmente, los turistas se hacen selfis con ellos y luego las suben a Instagram para que circulen por el mundo. Por ello son conocidos como buena gente, necesitados, esforzados, luchadores y la esencia misma de los explotados de la tierra.

Entre caminantes surgen pocos conflictos. Han establecido normas y mantienen un nivel jerárquico. El jefe del campamento es el líder, y el segundo, un miembro de otra familia que tiene reconocimientos por todos, son los que toman las decisiones del día a día, tales como turnos de caminatas, quién va con quién, permisos para salidas del campamento en situaciones necesarias, distribución de alimentos, quehaceres y otros asuntos.

Son pocos los que caminan en base a sus propios recursos, porque caminar hasta seis meses sin un ingreso fijo, con un alto grado de incertidumbre, tiene un costo elevado. Requieren de alimentos (arroz, frijol, azúcar, aceite, jabón, sal, café, agua), kerosín o gasolina, reposición de lámparas, de baterías para la radio, un poco de roncito para el frío, encendedores y cigarrillos, entre los principales productos, porque de la mar se abastecen de pescado y en la costa de carne de monte, huevos de tortugas y frutas.

La mayoría de los campamentos son financiados por un jefe o patrón, que les facilita los recursos necesarios, principalmente en especies, abasteciéndolos de productos el tiempo necesario, con una tasa de interés alta, el cuarenta por ciento de cada bendición, así le llaman al hallazgo anhelado, que les da la playa, sin importar sin son kilos, miles o millones o si la bendición llega una vez a la semana, al mes, cada tres meses o cada dos años.

Son pagadores puntuales, muy obligados, porque en el negocio de los caminantes sólo hay dos caminos, y no es ir al norte o al sur, sino mantener la ilusión de salir de la pobreza o pudrirse tilinte en un pozo, en un caño, en el fondo del mar o en la bahía, amarrado del cuello a una piedra como lastre. No tienen otra vía, ni quién los salve si no cumplen los arreglos con el patrón o no dan cuenta de las bendiciones.

Entre ellos, las normas establecidas rigen la distribución de la bendición, sin importar sin son pequeñas, medianas o inmensas. Lo primero es apartar la parte del patrón, porque el cuarenta por ciento es sagrado, no se manosea porque si lo hacen ya saben que es lo que les espera. El resto de distribuye cincuenta a cincuenta, entre el jefe del campamento y su familia, y los otros miembros.

Luego de apartar la parte del patrón, todo se guarda en un lugar secreto y el jefe del campamento sale a su encuentro. Por lo general, la entrega se hace por las noches, al lado de la bahía llega un cayuco insignificante y retira sin generar sospechas y, en otros casos, una panga rápida atraca en la playa. El hallazgo es negociado con el patrón en su totalidad, principalmente cuando llega en kilos. Si surgen conflictos entre los miembros del grupo, el insidioso es expulsado a las buenas o a las malas, no lo aceptarán en otro campamento, regresa a su lugar de origen y calladito pasa la vida porque se atiene a las normas y los procedimientos establecidos en esos casos.

La bendición se celebra. Se da una fiestecita en el campamento, luego se ve la alegría en algunos ranchos de Bluff Beach, en cantinas de El Bluff y de Bluefields, así como en los alrededores por varias semanas. La bendición se ve, se anuncia sola, aunque sea ilícita.

Surge un nuevo día y los caminantes van hacia el sur y hacia el norte libremente, sin competir entre ellos, compartiendo únicamente la playa por la cual caminan, en busca del fardo que como un espejismo los sacará de la miseria en que viven.

 

1 de marzo de 2021

Foto propia.