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lunes, 29 de marzo de 2021

JUIGALPA Y LA HORA DE LOS ZANATES

 


Estoy sentado en una de las bancas del parque central de Juigalpa. Son bancas nuevas, no las conocía por los años que he pasado sin volver a visitar la ciudad de los caracolitos negros. Veo de frente las dos torres de la catedral Nuestra Señora de la Asunción, son espectaculares, de gran altura y, como dos gigantes, vigilan la vida turbulenta y desordenada que hay en sus alrededores.

A esta hora de la tarde, este espacio, un pequeño bulevar con islas ornamentales, fuentes de agua y cómodas bancas, te socorren del bochornoso calor que golpea la ciudad en los meses de verano y, por ello, muchos lo frecuentan. “El parque de las palomas muertas”, escuché llamarlo muchas veces a mujeres juigalpinas entre risitas irónicas y, ahora que veo alrededor, descubro el por qué. Hombres de la tercera edad están en las bancas y observo pocos jóvenes.

Alrededor de una mesa, bajo la sombra de un árbol de Laurel, hay una aglomeración de hombres, me levanto y voy hacia ellos. Están jugando dominó y, otros en la mesa contigua, desmoche. Los que esperan están expectantes porque serán los que le den continuidad al juego cuando surja un equipo ganador, y cuando sucede, sus gritos estremecen los cuatro costados del parque a tal extremo que la gente vuelve la mirada hacia ellos. Pocos usan mascarillas.

Camino y me dirijo a la glorieta. Es increíble, las mesas están llenas y no es un día de fiesta, no hay montadera de toros, es un día cualquiera en la ciudad. Tengo que esperar que atiendan a los clientes, hago fila y allí, mirando aquí y allá, voy reconociendo a varios amigos de antaño, a Fulvio, a Chanina, a Juan José, los saludo y los invito a una gaseosa o una botellita de agua.

Nos sentamos en una de las bancas, sin hablar mucho. Estoy exasperado por el calor, pero admiro las torres que de tanto verlas parece que me van a caer encima, partiendo el parque en dos pedazos, levantando por los aires al gentío que disfruta la sombra de sus árboles o que caminan por los andenes, soterrando las palomas muertas, desbaratando el kiosco, los monumentos en honor a las madres y a los lustradores.

Todas las plantas del parque están florecidas, el calor hace que exploten en flores, desde sus raíces saben que de ello depende su supervivencia, su continuidad y eso mismo pienso que sucede en la vida cotidiana en la ciudad, atestada de pequeños negocios, de emprendimientos, de tramos que ahogan sus andenes como expresión de la pobreza de la gente ante una crisis que está elevando el riesgo de su propia vida, sin medidas, sin un orden que los dirija en su actuar por el bien de todos.

El sol va muriendo a mis espaldas, el bochorno del ambiente va cediendo. Se ve más movimiento en los alrededores por la gente que ingresa y surge del parque por diferentes puntos. Son empleados públicos y privados que salen del trabajo y quizás el relevo del personal de los tramos para el turno de la noche. El cielo se va pintando de naranja, el sol centella en las torres, los fogones de carbón se encienden, los amigos de despiden, va llegando la hora de la cena, nos vemos dicen y camino hacia la calle central.

Me encuentro en la esquina norte de la catedral. A mi derecha están los murales en relieve de piedras que aún recuerdo cuando eran construidos en el muro de la catedral. Varios trameros ocupan la acera. Voy hacia Palo Solo pero frente a mi hay un pequeño bar, propiamente donde era el Club Social de Juigalpa, y me apetece una cerveza bien helada. Espero cruzar con seguridad porque hace veinte años o quizás más lo era, pero ahora hay que estar alerta frente al tráfico de motocicletas, taxis, vehículos particulares y de todo.

Estas piernas siguen siendo veloces, pienso luego de cruzar casi corriendo y sentarme en una mesa. De frente está el costado de la catedral, hay mesas distantes pero ocupadas a mis lados, por la acera hay un movimiento acelerado de transeúntes que van y vienen, el tráfico de vehículos se ha intensificado y juntos dan la impresión de ser un río desbordado con ellos a la deriva.

Me parece estar en un refugio que brinda seguridad. ¿Va a tomar algo?, el mesero me saca de mis pensamientos, es un chavalo joven que lleva puesta una mascarilla. Sí, sí, una cerveza bien helada, le respondo y desde la mesa que tengo a la izquierda un hombre se levanta y me saluda. ¡Ideay Maestro!, ¿ya no se acuerda de mí?

Lo observo con detenimiento. Es un hombre delgado, su altura puede llegarme a los hombros, lleva puesto pantalones jeans y una camisa manga larga por dentro. Usa zapatillas negras como su cabello, pero este va cediendo a su color por las canas que lo invaden desde las sienes como manchas de plata. Muestra los estragos iniciales de las arrugas en su rostro, pasajeras, sin marcarse a fondo y sus ojos son amielados, pero muestran un rojo brillante por efectos del alcohol que rebota en mi al acercarse.

Digo que sí, que lo recuerdo por cortesía. Evito las manos y le ofrezco el codo. “Usted me dio clases, yo me acuerdo que sus compañeros eran Traña y Cárdenas, yo era militar, lo miraba pasar cuando iba para el trabajo, yo trataba de estar puntual en su clase, era difícil, eran tiempos de guerra, me mantenían movilizado en misiones…”. 

Sí, sí, lo recuerdo, digo. Cómo no voy a recordar a Miguel Traña (qepd) y a Carlos Cárdenas si juntos caminábamos todos los días desde el trabajo hasta el INAP para impartir clases, pienso. “Siempre he sido revolucionario, combativo, dispuesto a todo”, dice el hombre. “Aquí hemos vencido en la guerra, hemos vencido el analfabetismo, y seguimos de frente…”. Una mujer se levanta y lo toma de un brazo para trasladarlo a su mesa. “Vamos a ganar, vamos a vencer”, dice el hombre tambaleándose.

Desde el parque y del costado de la catedral se escucha un silbido que va creciendo, elevándose en entonación. Miro hacia el frente, al costado de la catedral y observo que son decenas, centenas, miles de zanates organizados en una bandada creciente que emiten un silbido agudo en su afán por ocupar un lugar entre las ramas de los árboles. Es un coro de silbidos, chirridos y sonidos como de ametralladoras que va creciendo hasta que abarca todos los espacios; el corredor donde estoy, la acera, la calle, los tramos, la catedral y sus torres, y el parque.

Ya no oigo lo que dice el hombre, el que sigue moviendo los labios, tirando salivazos y tambaleándose en su monologo político, ni a la mujer que le habla, sólo veo sus ademanes de enojo por hacerla pasar este ridículo momento y lo jala en un forcejeo que se va tornando violento para que regrese a su mesa. Solamente oigo el graznido desesperado de los zanates que han pausado las voces y los gritos de la gente, la música del bar, el ruido de los autos, el pito de las motos y el voceo de los trameros. Ahora sólo miro los gestos como en el cine mudo, pero el sonido de los zanates es la música de fondo.

Estoy fascinado, mi mente quiere mantenerse en esa pausa, pero reacciono, vuelvo la mirada hacia el mesero, me atiende, le muestro cincuenta córdobas que coloco bajo la botella y salgo a la acera apresurado, huyendo del borracho y admirando a los zanates que se han tomado el centro de la ciudad en un instante.

En Juigalpa es la hora de los zanates que buscan refugio en las ramas de los árboles y, cuando lo han logrado, poco a poco regresa el sonido de la ciudad que percibo nuevamente al caminar por la acera de la biblioteca municipal. Si los humanos actuáramos unidos frente a las desgracias que nos someten eternamente, como los zanates en su hora, podríamos detener y cambiar toda la podredumbre de este mundo injusto, pienso al pasar por el museo arqueológico en mi camino hacia Palo Solo.

27 de marzo de 2021.


jueves, 20 de abril de 2017

TRES CHONTALEÑOS EN LA ESQUINA DE ERASMO


No podía creer lo que miraba, en mis años errantes no lo pude sospechar, pero por unos instantes me sentí hechizado. Desde que salí del hotel Caribean Dreams noté que el ambiente blufileño se me mostraba lóbrego, y por unos instantes, bajando hacia el muelle del mercado municipal, pensé que iba a ser un día lluvioso, de calles mojadas y encierro prolongado por las nubes oscuras estancadas sobre la bahía. Observe varias camionetas lodosas estacionadas en esa cuadra y recordé el movimiento de gente en el pasillo del hotel que entraba a sus habitaciones la noche anterior, y el tránsito de camiones por la carretera en construcción que trasladan toros y camionetas con tráileres ocupados por caballos durante la tarde que viajé desde Nueva Guinea a Bluefields.

“Mañana van a montar toros”, dijo uno de mis amigos que siempre visito. La mujer que me atiende con el desayuno lo confirmó. “Hoy hay montadera de toros”, dijo al servirme una taza de café acompañada con tortillas de harina cubiertas de mantequilla. “¿Va a ir?”, preguntó y luego de un sorbo de café le dije que prefería la tranquilidad de la playa. Terminé mi desayuno y caminé por las calles de la ciudad. Cuando llegué la esquina de Erasmo me encontré con el torrente de taxis que la saturan y que vuelven peligroso el cruce entre las aceras.

Vi a George en la esquina y crucé la calle. Le pedí que me lustrará las sandalias y me ofreció el banco para sus clientes. Quíteselas para no mancharle los pies, dijo. Le entregué la primera, la del pie izquierdo, y la quedó observando con detenimiento. ¿Con qué las lustra?, preguntó. Con Chinola porque me es más fácil, respondí. No lo vuelva a hacer, la Chinola mata el cuero porque tiene muchos químicos, dijo al abrir la lata de pasta café y comenzó a cubrirla de una capa delgada con sus manos gruesas.

Noté a dos hombres en la esquina que observaban a George, propiamente donde estaba el Alto cuando la calle era de doble vía. Uno de ellos se acercó y mostró sus botas de vaquero. Vestía de jeans y camisa manga larga a cuadros con una gruesa faja que en la hebilla mostraba los cuernos enormes de un toro. ¿Cuánto cobra por lustrarlas?, le preguntó. George se quedó pensativo sin dejar de cepillar la sandalia. Cien el par, dijo. El hombre no respondió y regresó donde su acompañante. George me volvió la mirada. Mucho cuero, mucha pasta, dijo. Está caro, pero nunca me las ha lustrado un negro, dijo el hombre que había mostrado sus botas. Date el gusto, respondió el otro regresando la mirada y noté que vestía similar pero llevaba puesto un sombrero.

¿Estás seguro que aquí es el mejor lugar?, pregunto el hombre de las botas. Aquí tiene que ser el desfile hípico, imagínate toda esta calle con el montón de caballos subiendo para allá —señaló hacia el antiguo cine Variedades— y con la bahía de fondo, con el montón de negros asustados de ver tantos animales de raza bailando al son de los chicheros, algo nunca antes visto en Bluefields, dijo extasiado el hombre de sombrero.

Deme la otra, dijo George tocando con el cepillo la caja de lustrar. Noté algo raro en su semblante y sus manos callosas temblaban.

¡Mirá, mirá, allá viene Joaquín!, dijo el hombre de las botas. ¡Y montado!, dijo el de sombrero. Volví la mirada. Un hombre vestido de vaquero, barbudo, con el jeans dentro de las botas y una tajona cruzada en su faja, se dirigió hacia la esquina.

¡Compadre Joaquín, andaba perdido!, dijo el hombre de las botas mientras el de sombrero se acercó al caballo y lo sostuvo de la gamarra porque el torrente de taxis que transitaban por la esquina lo arisquearon.

¡Aquí nadie se pierde, es más pequeño que Juigalpa!, dijo el hombre de la tajona bajándose del caballo. Anduve por el lado del parque y vi un montón de negras hermosas, lindas. Todas me quedaban viendo, agregó con tono de entusiasmo al pisar la acera.

El tránsito de vehículos por la esquina de Erasmo se atascó y el caballo inició a corcovear  porque los taxistas tocaban con intensidad la bocina de los carros y varios gritaban: ¡aparten el caballo! El hombre de sombrero lo jaló hasta subirlo en la acera. La gente que caminaba por la esquina se detuvo ante la presencia del caballo y se formó un tumulto de admiradores.

Hechizado lo observé. Se mostraba hermoso, un pura sangre español, un caballo Andaluz blanco con una alzada de más de un metro setenta; de cuello fuerte y arqueado, cubierto de una crinera larga y colgante; cabeza mediana, ligeramente convexa, cabeza de halcón; ojos vivaces; pecho amplio; grupa redondeada y potente. Su porte era el de un caballo orgulloso de armoniosas proporciones, un caballo dueño y señor de la esquina, provocando un contraste irreal, exótico entre el flujo de gente, sus voces altisonantes y los fuertes aromas de la calle caribeña.

George volvió a golpear la caja de lustrar y me volvió a la realidad. “Listo”, dijo y le entregué los veinte córdobas. Los tomó con su mano nerviosa y caminó, con el rostro brillando por el sudor que se discurría en su barba cana, hacia el tumulto de gente. “Move that fucking horse from the sidewalk”, gritó en inglés creole.

Los curiosos se apartaron como aguas bíblicas y George quedó solitario frente a los tres hombres y el caballo. “Quítenlo de la acera”, dijo en español. “La acera es para la gente, no es para animales”, agregó. ¡Sí, quítenlo!, gritó uno de los espectadores. ¡Quítenlo!, gritó otro. Los tres hombres no respondieron ni una sola palabra ante los gritos de la gente. El hombre del sombrero volvió a jalar el caballo y, haciendo señas a los conductores, cruzó hacía la esquina opuesta donde había menos gente.

El hombre de las botas se volvió hacia George. Estaba sorprendido por su reacción, lo siguió con la mirada hasta que se acomodó en la caja de lustrar y caminó hacia él. “Negro, le dijo, lústrame las botas”. George tomó sus trapos, el cepillo, la pasta y los introdujo sin prisa en la caja de lustrar. El hombre que llegó montado en el caballo caminó también hacia George. “Ya terminé de trabajar”, respondió George. “Dale Negro, lústranos las botas a los dos”, dijo el otro hombre. George tomó su caja de lustrar y su banco. “No me gustan las botas ni los caballos”, dijo y caminó con cierto orgullo en su semblante hasta perderse al doblar la esquina de Erasmo en dirección hacia la calle Paterson.

Al abordar la panga hacia la playa de El Bluff el cielo se había despejado. A mi izquierda, más allá de la punta de Old Bank, observé el destello de la pólvora sobre las casas y la línea de la bahía. “Ya comenzó la montadera de toros”, dijo uno de los pasajeros.

Nueva Guinea.
20 de Abril del 2017. 

miércoles, 14 de octubre de 2015

EL BEJUCO: LOS COMPADRES Y LA GANADERÍA


La maleza recién cortada brillaba entre el pasto que comenzaba a crecer después de la lluvia. Un rebaño de ganado se protegía de la inclemencia del sol bajo la sombra de los árboles de Guanacaste, apiñado en un corral de alambre; el estado de sus carnes, la flacura, es producto de la mala alimentación y la escasez de agua en las llanuras chontaleñas. Los pozos están secos, los caños y ríos perdieron su alegría, la carretera de asfalto se derrite en sus lados y el hervor que emana sube como calentura hasta la cabeza. “Necesito un oasis”, pensé al avanzar sobre el empalme de Lovago en dirección hacia a Acoyapa, buscando la salida a San Carlos.

Vi un bar y me detuve girando a la izquierda. Traspasé un pequeño andén de acceso y me senté en una silla de madera a la orilla de un bordillo de bambú barnizado. Una mujer de unos treinta años, con el cabello negro ondulado que caía hasta sus hombros, se acercó con el menú en sus manos. “El Bejuco”, decía la portada.

    ¿Va viajando?
    Sí, hacia Nueva Guinea. Este calor está insoportable.
    ¿Va a tomar algo?
    Un refresco natural. ¿Tiene limonada?
    Ya se la traigo.

Su cuerpo firme se onduló al vaivén de los pasos como macolla de jaragua en la llanura chontaleña azotada por el viento.

Volví la mirada y noté otro bordillo pero de concreto; en ese ambiente dos hombres conversaban degustando un litro de cerveza y más al fondo un rotulo indicaba la ubicación de los servicios sanitarios. De frente, el bar tender llenaba un vaso con hielo. Levanté la mirada y noté el cielo raso de caña de castilla, los horcones de madera sosteniendo el techo. Escuché el rugir de una licuadora. Una camionetona Land Cruiser doble cabina, de color fucsia quemado, se estacionó; un hombre de unos 60 años con barbita de chivo canosa, lentes de medida y luciendo un sombrero camoapaeño se bajó de ella. Con el taconeo de sus botas entró al Bejuco y la mujer regresó con el vaso de limonada.

    ¡Hola, comadre! —dijo saludando a la mujer.
    ¡Adelante, compadre Julio! —respondió y lo siguió.

Bebí la limonada granizada y me di cuenta que estaba hecha de limón de castilla. Después de tres sorbos sentí lo helado subiéndoseme a la cabeza. “Buena parada”, pensé mientras veía cómo un jeep BJ40 de los años 70, color verde, se estacionó al lado de la camionetona. La mujer y Julio se quedaron expectantes, mirando hacia el andén de acceso. Un hombre de cabello gris cubierto por una gorra azul traspasó el bordillo.

    ¡Ideay, compadre Adolfo!, ¿por qué renquea? —expresó Julio desde la mesa que ocupaba.

El hombre caminó lentamente, sosteniéndose la pierna derecha con la mano. Jaló una silla y se sentó al lado de Julio estirando la pierna renca. La mujer lo observaba sin decir palabra.

    Creo que tengo artritis, talvez sea ácido úrico.
    No joda, compadre, lo que usted tiene es rencura de perro.
    No sea jayán, compadre.
    ¿Qué van a tomar? —preguntó la mujer.
    Un cuartito de whisky, de Johnny caminante con soda —dijo Julio. —Las bichas le hacen daño a mi compadre Adolfo —agregó cuando la mujer caminó hacia el lado del bar tender.
    ¿Y la comadre?, ¿cómo está? —preguntó Adolfo.

Julio tomó un puro del bolsillo de su camisa, le quitó el plástico, lo mordió, raspó un fósforo de lucifer en la mesa y lo encendió. El humo de puro rebotó en el cielo raso y su aroma se coló por mi nariz hasta estremecerme los pulmones. “Ummm, buen puro”, pensé.

    Está bien, recuperándose del tal chikungunya. Al rato eso es lo que usted anda, compadre. Ella así se levantaba de la cama, con esa rencura de perro, pero ya está mejor —dijo Julio tirando humo por la boca como dragón sentado en la piedra de Cuapa.
    No compadre, yo me conozco, esto no es ese tal chikun…, ya me enredé la lengua, ja, ja.

La mujer regresó a ellos con una bandeja sostenida por su mano izquierda y les sirvió. Al retirarse la llamé.

    ¿Se le ofrece algo más?
    Algo para comer, algo liviano.
    Le ofrezco quesillo, tacos y sándwich.
    Un quesillo, por favor. ¡Ah!, y otra limonada.
    No tardo —dijo y noté los ojos de color miel bajo sus pastosas cejas.

El ruido de una caravana de seis camiones ganaderos sobre la carretera, en dirección hacia el empalme de Lovago, estremeció los cimientos de El Bejuco.

    Mire, compadre Julio, allí van los novillos —dijo Adolfo de pie, sosteniendo su pierna renca.
    Esos vienen del lado de Nueva Guinea, allí hay abundancia pero están carísimos —respondió Julio luego de empinarse el vaso.
    Viera, compadre, cómo se apiñan esos camiones al lado de la catedral de Nueva Guinea, amanecen esperando que abran las puertas de la alcaldía.
    Ya los he visto, pero no he podido comprar terneros, nadie quiere venderlos y si se deciden te piden antojos de locura.
    Esa es la pechuga de la ganadería en estos tiempos, los toretes de doscientos cincuenta kilos.
    A propósito, compadre, ¿y los que me prometió?

El compadre Adolfo se empinó el vaso y saboreó el trago; sin responder se levantó y caminó renqueando en dirección a los servicios sanitarios. La mujer regresó y me sirvió la limonada y el quesillo.

    ¡Hola, amigo! —dijo Julio dirigiendo el saludo hacia mi lado. Volví a ver si era a otra persona y me di cuenta que me saludaba.
    Hola —respondí.
    ¿Va viajando?
    Sí, voy para Nueva Guinea por el lado de El Almendro.
    ¿Viaje de negocios?
    No, allá vivo.
    Su cara me parece conocida, ¿desde cuándo vive allá?
    Viví varios años en Juigalpa, pero desde 1990 radico en Nueva Guinea.

El compadre Adolfo regresó a la mesa, estiró la pierna renca y se sentó. La mujer estaba expectante con uno de sus hombros descansando sobre la barra del bar tender. Los hombres que bebían cerveza gritaron pidiéndole otro litro.

    El amigo es de Nueva Guinea —dijo Julio y Adolfo me saludó desde la mesa.
    Allí está el progreso —respondió Adolfo.
    Por aquí también se nota —respondí.
    Acoyapa es el pueblo típico ganadero, la ganadería es la fuente principal de su riqueza —dijo Julio.
    Los ganaderos viven el clímax del boom ganadero —dije.
    Los precios están buenísimos —dijo Adolfo.
    No se haga el chancho, compadre, ¿qué pasó con la ternerada?
    Mire, compadre, me ofrecieron un precio parejo, no pude negarlos.
    Se fija, compadre, por eso estamos como estamos, ni entre nosotros nos correspondemos. Por eso, porque no somos unidos, hasta de contrabandistas nos acusan los arribistas de los mataderos.
    Pero, compadre, vendí los cuarenta terneros a 62 córdobas el kilo, el lote entero, sin apartar cabeza, cuerpo y cola.
    Busque como reponerlos pronto porque los banqueros andan regando la bola que va a bajar el precio del ganado —dijo Julio.
    Dónde ha visto que la carne baja de precio, ese es amarre que tienen los banqueros que también son exportadores con los mataderos —dijo Adolfo.
    Póngase vivo, usted amárrese conmigo, la próxima ternerada me la aparta. Le voy a dar un cheque de anticipo. 
    Eso, mi compadre, en seis meses le tengo cincuenta toreritos.
    Pero no haga otra caballada, repóngalos, no ande de igualado, cuidado se va a comprar una camionetona.

Llamé a la mujer y pedí la cuenta. “Son cien pesos”, dijo. Me levanté y me dirigí a la mesa de los compadres ganaderos.

    Ha sido un gusto conocerlos —dije y les estreche las manos.
    Por allí nos vemos en Nueva Guinea —dijo Julio.
    Hágase la prueba del ácido úrico —le dije a Adolfo.

La mujer regresó con el vuelto, le di una propina y sus ojos brillaron. “Que le vaya bien”, dijo. En el trayecto hasta el empalme del Pájaro Negro, antes de girar hacia El Almendro, no vi ni una sola cabeza de ganado.


Octubre, 2015.

martes, 28 de octubre de 2014

EL GALERÓN DE LOS MACHETEROS (“Sola, siempre sola”)


Me detuve para fotografiar el arco que da acceso a la hacienda de Hato Grande y, al ver la inmensa casa colonial, lo traspasé sin pedir permiso. Caminé hasta el fondo. Al enfocar la casa la vi, solitaria en el inmenso corredor; me acerqué y la saludé.

    ¡Buenos días!
    ¿Anda paseando?
    Sí, voy para Puerto Díaz y entré para fotografiar el arco.
    Si va a subir al cerro le abro el portón, yo tengo la llave.

“La vista debe ser espectacular, pero otro día voy a venir para ver el lago, las islas, el volcán Mombacho de Granada, la isla de Ometepe con sus volcanes y la cordillera de Amerrisque”, pensé.

    No puedo, me esperan en Puerto Díaz, ¿cómo se llama usted?
    Nubia Miriam Guillén.
    ¿Qué edad tiene?
     ¿Yo?, tengo 57 años.
    ¿Y de vivir aquí?
    35 años.
    ¡En Hato Grande! ¿Y cuántos hijos tiene?
    Sólo cuatro; dos que están en Costa Rica, una casada y un soltero.
    ¿Todos nacieron aquí?
    ¡Sí!
    ¿Cuántos años tenía cuando se vino a vivir aquí?
    Vine de 19 años.

Cruza el arco de Hato Grande. Cabello liso, suelto al vaivén del viento, inhala por primera vez el aroma de la hacienda, observa la majestuosidad del cerro con sus ojos zarcos. Una maleta con pocas cosas descansa a sus pies. Su falda va suelta coqueteando con el calor del suelo; su corazón palpita de emoción frente al futuro incierto. Una flor choteada en los llanos de la hacienda señorial.

    ¡Sus ojos son lindos! De seguro tuvo muchos enamorados. ¿Ya tenía hijos cuando llegó?
    ¡No!, todos nacieron aquí, los cuatro.
    ¿Cómo le llaman a esta casona?
    Este era el galerón de los macheteros.
    ¿Cómo?, ¿el galerón de los macheteros?

Observo la inmensa casona, joya viviente de un pasado esplendoroso. El corredor frontal tiene cuatro metros de ancho. El techo es sostenido por diez pilares de madera con dimensiones de 6 x 6 pulgadas de ancho, separados cada 5 metros; son 4.5 metros de alto. En cada pilar descansan las vigas y, entre ellos, 6 piezas de 4 x 4 pulgadas hacen de alfajillas sobre las cuales está clavada la madera que sostiene las tejas de barro. El espacio que se encuentra entre cada pilar delimita diez cubículos a ambos lados del galerón cuyas paredes son de adobe; eran usados para alojar a los macheteros. Escucho murmullos, risas y gritos, el rechinar de limas sostenidas por manos callosas que afilan los machetes por la mañana, el chischil de las espuelas avanzando al ritmo de los pasos en el corredor, pero ella me regresa a su lado.

    Aquí vivían los que hacían el trabajo de campo, campistos y jornaleros, pero yo pasaba en la pista de Hato Grande, allá abajo.
    ¿La pista de aterrizaje?
    Sí, yo tenía una casita que él me había dado, el papá de Roberto, pero como él vendió …
    ¿Cómo se llamaba el papá?
    Don Alberto Rondón, casado con doña Gloria Sacasa. Ellos eran el papá y la mamá de don Roberto, Tito Rondón, Juan Rondón, Nicarina y María Rondón.
    A todos los conoció, en esos tiempos eran chavalos.
    Eran hombres y mujeres, pero jóvenes.
    ¿Venían desde Managua en avión?
    Sí, pero sólo don Roberto piloteaba aviones; tenía un Cessna C47 y un Push Bull.

Trasladarse en una avioneta desde Managua a Hato Grande es cruzar la parte occidental del  óvalo del Lago Cocibolca, se aprecia el volcán Mombacho y, conociendo el espíritu jovial y juguetón de Roberto, sobrevuela la costa, se desliza como arriero volador sobre miles de cabezas de ganado que pastan en las llanuras, se eleva sobre la copa de los árboles, gira el ala izquierda para subir sobre el cerro y da la vuelta para tomar posición de aterrizaje sobre la pista de la hacienda más grande de Nicaragua, referente del latifundio oligárquico heredado de la Colonia y del sistema de producción ganadero extensivo.  

    ¿Usted siempre estaba en la pista?
    Siempre estaba en la pista, pidiendo vía para la bajada de noche, a las siete y ocho de la noche, cuando venían los turistas, delegaciones de China, de Japón, Noruega, Holandeses y así.
    Me imagino que aquí eran bien atendidos.
    Yo apuntaba la hora de salida y de entrada.
    Usted llevaba el registro. ¿Quién tiene esos registros?
    Cada mes los llevaba a Aeronáutica Civil.
    ¡Ah, ya!
    Sí. Sola, siempre sola, tenía que ir cada mes.
    Y así se quedó viviendo aquí. ¿Ya tiene nietos?
    Ya tengo esos dos —responde señalando a un niño que sonríe al lado de una puerta.
    ¿Sólo dos nietos?
    Allí, lo está viendo a él.
    Bueno, doña Nubia …
    Yo vivo sola …
    Además de jefa de aeronáutica, ¿qué más hacía?
    En Managua fui del hospital El Retiro, cuando era El Retiro.

Una bandada de pájaros se posó en el árbol de Palo de Hule que se encuentra inclinado hacia la derecha del corredor, inundando el galerón con su canto. El niño se acercó; ella colocó su brazo izquierdo sobre sus hombros, acurrucándolo en su costado izquierdo.

    ¿Allí fue enfermera? ¿Después se vino para acá?
    Sí … después, cuando me … me metí a eso de aeronáutica …
    Enfermera, aeronáutica y ¿qué más?
    En bordado y costura.
    Y ahora abuela.
    ¡Abuela! ¡Vamos para más arriba!
    ¡Qué bueno doña Nubia! ¡Un gusto conocerla! ¡Está bendecida!
    Que le vaya bien.

Vi hacia mi derecha y noté una cruz de madera ubicada al final del corredor del galerón. La observé inmensa, mucho más alta que yo.

    ¿Puedo tomarle una foto a la cruz?
    Sí, no hay problema; es la que se usa en la procesión de Semana Santa. ¡Mire, aquella es la capilla!
    Se ve linda. ¡Adiós!

En Puerto Díaz le comenté a Sergio lo del galerón de los macheteros y le mostré la foto para ver si lograba reconocerla.

    Sí. Sí, es ella. Siempre estaba al lado de la pista, siempre sola —dijo.

De regreso me invadió cierta nostalgia al ver cómo una hacienda señorial, una gran casona y una bella mujer, antes llenos de vigor y gloria, hoy se encuentran abandonados a un pasado que nos atrapa a todos, sin excepción.  




25/10/2014

Nueva Guinea, RACS.