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lunes, 29 de marzo de 2021

JUIGALPA Y LA HORA DE LOS ZANATES

 


Estoy sentado en una de las bancas del parque central de Juigalpa. Son bancas nuevas, no las conocía por los años que he pasado sin volver a visitar la ciudad de los caracolitos negros. Veo de frente las dos torres de la catedral Nuestra Señora de la Asunción, son espectaculares, de gran altura y, como dos gigantes, vigilan la vida turbulenta y desordenada que hay en sus alrededores.

A esta hora de la tarde, este espacio, un pequeño bulevar con islas ornamentales, fuentes de agua y cómodas bancas, te socorren del bochornoso calor que golpea la ciudad en los meses de verano y, por ello, muchos lo frecuentan. “El parque de las palomas muertas”, escuché llamarlo muchas veces a mujeres juigalpinas entre risitas irónicas y, ahora que veo alrededor, descubro el por qué. Hombres de la tercera edad están en las bancas y observo pocos jóvenes.

Alrededor de una mesa, bajo la sombra de un árbol de Laurel, hay una aglomeración de hombres, me levanto y voy hacia ellos. Están jugando dominó y, otros en la mesa contigua, desmoche. Los que esperan están expectantes porque serán los que le den continuidad al juego cuando surja un equipo ganador, y cuando sucede, sus gritos estremecen los cuatro costados del parque a tal extremo que la gente vuelve la mirada hacia ellos. Pocos usan mascarillas.

Camino y me dirijo a la glorieta. Es increíble, las mesas están llenas y no es un día de fiesta, no hay montadera de toros, es un día cualquiera en la ciudad. Tengo que esperar que atiendan a los clientes, hago fila y allí, mirando aquí y allá, voy reconociendo a varios amigos de antaño, a Fulvio, a Chanina, a Juan José, los saludo y los invito a una gaseosa o una botellita de agua.

Nos sentamos en una de las bancas, sin hablar mucho. Estoy exasperado por el calor, pero admiro las torres que de tanto verlas parece que me van a caer encima, partiendo el parque en dos pedazos, levantando por los aires al gentío que disfruta la sombra de sus árboles o que caminan por los andenes, soterrando las palomas muertas, desbaratando el kiosco, los monumentos en honor a las madres y a los lustradores.

Todas las plantas del parque están florecidas, el calor hace que exploten en flores, desde sus raíces saben que de ello depende su supervivencia, su continuidad y eso mismo pienso que sucede en la vida cotidiana en la ciudad, atestada de pequeños negocios, de emprendimientos, de tramos que ahogan sus andenes como expresión de la pobreza de la gente ante una crisis que está elevando el riesgo de su propia vida, sin medidas, sin un orden que los dirija en su actuar por el bien de todos.

El sol va muriendo a mis espaldas, el bochorno del ambiente va cediendo. Se ve más movimiento en los alrededores por la gente que ingresa y surge del parque por diferentes puntos. Son empleados públicos y privados que salen del trabajo y quizás el relevo del personal de los tramos para el turno de la noche. El cielo se va pintando de naranja, el sol centella en las torres, los fogones de carbón se encienden, los amigos de despiden, va llegando la hora de la cena, nos vemos dicen y camino hacia la calle central.

Me encuentro en la esquina norte de la catedral. A mi derecha están los murales en relieve de piedras que aún recuerdo cuando eran construidos en el muro de la catedral. Varios trameros ocupan la acera. Voy hacia Palo Solo pero frente a mi hay un pequeño bar, propiamente donde era el Club Social de Juigalpa, y me apetece una cerveza bien helada. Espero cruzar con seguridad porque hace veinte años o quizás más lo era, pero ahora hay que estar alerta frente al tráfico de motocicletas, taxis, vehículos particulares y de todo.

Estas piernas siguen siendo veloces, pienso luego de cruzar casi corriendo y sentarme en una mesa. De frente está el costado de la catedral, hay mesas distantes pero ocupadas a mis lados, por la acera hay un movimiento acelerado de transeúntes que van y vienen, el tráfico de vehículos se ha intensificado y juntos dan la impresión de ser un río desbordado con ellos a la deriva.

Me parece estar en un refugio que brinda seguridad. ¿Va a tomar algo?, el mesero me saca de mis pensamientos, es un chavalo joven que lleva puesta una mascarilla. Sí, sí, una cerveza bien helada, le respondo y desde la mesa que tengo a la izquierda un hombre se levanta y me saluda. ¡Ideay Maestro!, ¿ya no se acuerda de mí?

Lo observo con detenimiento. Es un hombre delgado, su altura puede llegarme a los hombros, lleva puesto pantalones jeans y una camisa manga larga por dentro. Usa zapatillas negras como su cabello, pero este va cediendo a su color por las canas que lo invaden desde las sienes como manchas de plata. Muestra los estragos iniciales de las arrugas en su rostro, pasajeras, sin marcarse a fondo y sus ojos son amielados, pero muestran un rojo brillante por efectos del alcohol que rebota en mi al acercarse.

Digo que sí, que lo recuerdo por cortesía. Evito las manos y le ofrezco el codo. “Usted me dio clases, yo me acuerdo que sus compañeros eran Traña y Cárdenas, yo era militar, lo miraba pasar cuando iba para el trabajo, yo trataba de estar puntual en su clase, era difícil, eran tiempos de guerra, me mantenían movilizado en misiones…”. 

Sí, sí, lo recuerdo, digo. Cómo no voy a recordar a Miguel Traña (qepd) y a Carlos Cárdenas si juntos caminábamos todos los días desde el trabajo hasta el INAP para impartir clases, pienso. “Siempre he sido revolucionario, combativo, dispuesto a todo”, dice el hombre. “Aquí hemos vencido en la guerra, hemos vencido el analfabetismo, y seguimos de frente…”. Una mujer se levanta y lo toma de un brazo para trasladarlo a su mesa. “Vamos a ganar, vamos a vencer”, dice el hombre tambaleándose.

Desde el parque y del costado de la catedral se escucha un silbido que va creciendo, elevándose en entonación. Miro hacia el frente, al costado de la catedral y observo que son decenas, centenas, miles de zanates organizados en una bandada creciente que emiten un silbido agudo en su afán por ocupar un lugar entre las ramas de los árboles. Es un coro de silbidos, chirridos y sonidos como de ametralladoras que va creciendo hasta que abarca todos los espacios; el corredor donde estoy, la acera, la calle, los tramos, la catedral y sus torres, y el parque.

Ya no oigo lo que dice el hombre, el que sigue moviendo los labios, tirando salivazos y tambaleándose en su monologo político, ni a la mujer que le habla, sólo veo sus ademanes de enojo por hacerla pasar este ridículo momento y lo jala en un forcejeo que se va tornando violento para que regrese a su mesa. Solamente oigo el graznido desesperado de los zanates que han pausado las voces y los gritos de la gente, la música del bar, el ruido de los autos, el pito de las motos y el voceo de los trameros. Ahora sólo miro los gestos como en el cine mudo, pero el sonido de los zanates es la música de fondo.

Estoy fascinado, mi mente quiere mantenerse en esa pausa, pero reacciono, vuelvo la mirada hacia el mesero, me atiende, le muestro cincuenta córdobas que coloco bajo la botella y salgo a la acera apresurado, huyendo del borracho y admirando a los zanates que se han tomado el centro de la ciudad en un instante.

En Juigalpa es la hora de los zanates que buscan refugio en las ramas de los árboles y, cuando lo han logrado, poco a poco regresa el sonido de la ciudad que percibo nuevamente al caminar por la acera de la biblioteca municipal. Si los humanos actuáramos unidos frente a las desgracias que nos someten eternamente, como los zanates en su hora, podríamos detener y cambiar toda la podredumbre de este mundo injusto, pienso al pasar por el museo arqueológico en mi camino hacia Palo Solo.

27 de marzo de 2021.


martes, 2 de marzo de 2021

LOS CAMINANTES DE LA PLAYA

 

Caminan de madrugada, de día y por las noches. Son los caminantes de la playa. Se han acostumbrado a la arena que levanta el viento, a la lluvia, al frío y al sol. Sus rostros bronceados son manifestación de ello. No andan solos, caminan en grupos de tres personas o más. La mayoría no son de El Bluff, han llegado desde varios sitios, pero hablan en español, inglés creole, misquito y algunos con señas se dan a entender.

Son grupos que tienen establecidos varios campamentos, más allá al norte de la línea de playa de El Tortuguero, hoy llamada Bluff Beach, en ranchos viejos abandonados, por el lado de la segunda laguna, antes de llegar a Falso Bluff y más al norte. Los campamentos son ranchitas que han levantado de madera rolliza, con plástico negro o palmas de cocotero como techo. En los alrededores nadie se atreve a incursionar, es su territorio, su casa, su hogar por varios meses del año. De noviembre a abril es época para acampar, luego muchos se marchan, pocos quedan, coincidiendo con la temporada de huracanes.

Recogen leña en la playa y adentrándose en el manglar, asoman cabezas por Schonner Cay y caño Santiago en busca de carne de monte y todo lo hecho por el señor para comer: venados, cusucos, guardatinajas, animales que huyen en desbandadas en busca de refugio desde plantaciones de Palma Africana establecidas en Kukra Hill. Icacaos, uvas de mar y nueces de coco, la manzana de coco, son sus frutas preferidas, un manjar para su deleite, y por ello, casi han desaparecido de la playa.

El movimiento de los caminantes no se detiene. Caminan hacia el norte, pasan por Falso Bluff hasta llegar a la barra de Pearl Lagoon. Otros van hacia el sur, pasan diciendo adiós en Bluff Beach, llegan a la punta de la antigua pista de aterrizaje atestada por tetrápodos sobrantes del proyecto inconcluso de aguas profundas, doblan a la izquierda y caminan entre las rocas existentes al pie del acantilado, dándole la vuelta a la loma del faro, salen por la ensenada llamada María Teresa, suben a la mina de los pobres y por la pista regresan nuevamente a la playa para continuar en su recorrido hacia el norte.

Cual olímpicos, sus caminatas las hacen con relevos. Los que van al sur descansan al regresar al campamento y otros siguen hacia el norte, cruzan la punta de Falso Bluff, siguen hasta la barra de Pearl Lagoon, detrás de Kulbia, en un recorrido total de sur a norte de unos cuarenta y cinco kilómetros.

Ese es su andar, más allá al norte no transitan porque entran en conflicto con otros caminantes de Pearl Lagoon, Set Net Point y Tasbapounie y, como son muy respetuosos y no buscan conflictos, simplemente caminan para encontrar la vida, la luz al final del agujero oscuro que los sacará de la pobreza y la miseria, bajo el precepto de que lo que es arrojado por el mar, es de quien lo encuentra.

Los caminantes permiten que sus mujeres lo hagan de madrugada, antes del amanecer. Algunos campamentos están formados por grupos de dos o más familias. Siempre son acompañadas por dos o más personas, pero a media mañana regresan, y los hombres, ya recuperados de energía, siguen la marcha en dependencia de la dirección tomada por sus mujeres.

Por las noches, mientras unos duermen, otros se auxilian de focos a base de energía solar porque tienen acceso a la tecnología al igual que teléfonos móviles, o con focos de baterías comunes y corrientes. Por ello son caminantes las veinticuatro horas del día. Tienen armas, pero esconden los fierros, mientras que las armas blancas están a la vista.

Para alcanzar sus objetivos, caminar es su plan estratégico, y por ello van altivos, aunque medio vestidos, barbudos con el pelo largo y protegidos del sol con gorras y sombreros, con su mirada paranoica puesta en el horizonte del mar, en la espuma que se levanta a lo lejos, en las olas cercanas y en el oleaje que revienta en la playa, escudriñando con palos y machetes debajo de los troncos, y cuando sube la marea por encima de la línea de playa, muy frecuente en estos tiempos de cambio climático, buscan entre la vegetación aquello que los sacará del agujero: un bolso, un saco, una maleta, un fardo emplasticado, todo lo que contenga mariguana, cocaína o dólares.  

Son bien considerados con los dueños de los ranchos de la playa Bluff Beach. No les roban descaradamente, quizás solamente y por allá, un radio dejado al garete, unas porras soperas, unos vasos, una silla plegable, una hamaca, en fin, cosas de gran utilidad en el campamento. Tienen gran empatía con los turistas extranjeros, antes de la crisis actual y el Covid 19, pero ahora la practican con los pocos nacionales que visitan la playa. Por esa amistad que cultivan fácilmente, los turistas se hacen selfis con ellos y luego las suben a Instagram para que circulen por el mundo. Por ello son conocidos como buena gente, necesitados, esforzados, luchadores y la esencia misma de los explotados de la tierra.

Entre caminantes surgen pocos conflictos. Han establecido normas y mantienen un nivel jerárquico. El jefe del campamento es el líder, y el segundo, un miembro de otra familia que tiene reconocimientos por todos, son los que toman las decisiones del día a día, tales como turnos de caminatas, quién va con quién, permisos para salidas del campamento en situaciones necesarias, distribución de alimentos, quehaceres y otros asuntos.

Son pocos los que caminan en base a sus propios recursos, porque caminar hasta seis meses sin un ingreso fijo, con un alto grado de incertidumbre, tiene un costo elevado. Requieren de alimentos (arroz, frijol, azúcar, aceite, jabón, sal, café, agua), kerosín o gasolina, reposición de lámparas, de baterías para la radio, un poco de roncito para el frío, encendedores y cigarrillos, entre los principales productos, porque de la mar se abastecen de pescado y en la costa de carne de monte, huevos de tortugas y frutas.

La mayoría de los campamentos son financiados por un jefe o patrón, que les facilita los recursos necesarios, principalmente en especies, abasteciéndolos de productos el tiempo necesario, con una tasa de interés alta, el cuarenta por ciento de cada bendición, así le llaman al hallazgo anhelado, que les da la playa, sin importar sin son kilos, miles o millones o si la bendición llega una vez a la semana, al mes, cada tres meses o cada dos años.

Son pagadores puntuales, muy obligados, porque en el negocio de los caminantes sólo hay dos caminos, y no es ir al norte o al sur, sino mantener la ilusión de salir de la pobreza o pudrirse tilinte en un pozo, en un caño, en el fondo del mar o en la bahía, amarrado del cuello a una piedra como lastre. No tienen otra vía, ni quién los salve si no cumplen los arreglos con el patrón o no dan cuenta de las bendiciones.

Entre ellos, las normas establecidas rigen la distribución de la bendición, sin importar sin son pequeñas, medianas o inmensas. Lo primero es apartar la parte del patrón, porque el cuarenta por ciento es sagrado, no se manosea porque si lo hacen ya saben que es lo que les espera. El resto de distribuye cincuenta a cincuenta, entre el jefe del campamento y su familia, y los otros miembros.

Luego de apartar la parte del patrón, todo se guarda en un lugar secreto y el jefe del campamento sale a su encuentro. Por lo general, la entrega se hace por las noches, al lado de la bahía llega un cayuco insignificante y retira sin generar sospechas y, en otros casos, una panga rápida atraca en la playa. El hallazgo es negociado con el patrón en su totalidad, principalmente cuando llega en kilos. Si surgen conflictos entre los miembros del grupo, el insidioso es expulsado a las buenas o a las malas, no lo aceptarán en otro campamento, regresa a su lugar de origen y calladito pasa la vida porque se atiene a las normas y los procedimientos establecidos en esos casos.

La bendición se celebra. Se da una fiestecita en el campamento, luego se ve la alegría en algunos ranchos de Bluff Beach, en cantinas de El Bluff y de Bluefields, así como en los alrededores por varias semanas. La bendición se ve, se anuncia sola, aunque sea ilícita.

Surge un nuevo día y los caminantes van hacia el sur y hacia el norte libremente, sin competir entre ellos, compartiendo únicamente la playa por la cual caminan, en busca del fardo que como un espejismo los sacará de la miseria en que viven.

 

1 de marzo de 2021

Foto propia.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

DESAYUNANDO EN LOS COMEDORES DEL MERCADO DE BLUEFIELDS


Subo las escaleras mojadas que llevan al segundo piso del mercado municipal de Bluefields. Dos cubetas se rebalsan, obstruyen el paso y el agua se chorrea en todo el acceso hasta inundar la acera y la cuneta. Entro a la sección de los comedores por segunda ocasión en busca de una taza de café y tortillas de harina cubiertas con mantequilla para desayunar. Me dirijo al mismo comedor donde atiende una mujer de ojos almendrados, cabello liso recogido en una moña y orgullosa de sus caderas. Me sonríe, quizás recuerda que la primera vez me di cuenta que no andaba la billetera hasta después de desayunar, y cuando se lo dije mostró su bella dentadura de oro. “No le creo”, contestó. Se lo expliqué, aceptó mi propuesta y cinco minutos después regresé a pagarle.

En esta ocasión, una mujer joven se encuentra con ella. “Debe ser su hija”, pienso porque es bastante parecida a ella; tiene la misma mirada, la misma forma de su cara, el mismo cuerpo pero más animoso. Ella atiende y me ofrece gallopinto con cerdo frito además de las tortillas de harina y café.  Las expresiones de su rostro son las mismas que las de la chavala, pero muestra un poco de decepción cuando le digo que quiero lo mismo de la vez anterior. “No señor, usted debe desayunar mejor”, dice y se dirige a la cocina.

La chavala se acerca, me sirve la taza de café y dos mujeres le hablan con un tono violento desde el lado de las barandas. La chavala busca a la mujer que regresa y me sirve el plato de comida. Observo el plato generosamente servido y la mujer va al encuentro de las que casi gritan. Discuten entre ellas, la chavala sale de la cocina con un enorme cuchillo que brilla en sus manos y va en defensa de la mujer. El vigilante se antepone entre ellas, la mujer regresa a la cocina, toma un cuchillo, su rostro se ha transfigurado por el odio. A la chavala y las otras dos mujeres ya no las puedo ver, la pared del pasillo no me lo permite, sólo escucho los gritos. El plato servido me ha abierto el apetito, doy un bocado, el cerdo está delicioso pero me tiemblan las manos.

Las mujeres de los otros comedores corren hacia el lado del pasillo. Es una pelea de gritos,  de jaladera de mechas, de hijueputazos. Cuatro policías llegan, entre ellos una mujer. Alguien los ha llamado por teléfono. El escándalo se calma y la mujer con la chavala regresan a su cocina. Tienen sus rostros enrojecidos, están desesperadas, rabiosas. Los policías invaden el comedor. La mujer comienza a vociferar en contra de otra dueña de comedor: “¡es ella!, ¡la desgraciada siempre nos hace lo mismo!, ¡llama a esas pandilleras hijas de puta para que nos hagan la vida imposible!, ¡ella quiere acaparar todos los tramos!”, dice a gritos.

La mujer policía habla con las dos mujeres. Ella vuelve su mirada hacia mí. Desde que me senté no me he movido. “Tiene que ir a poner la denuncia”, dice la policía. Anota en una hoja de papel sus datos y los cuatro se dirigen al tramo de la otra mujer, de la acusada de provocar el pleito. Ella se acerca a la mesa. “Que pena me da”,… “ya no aguanto esta situación”,… “yo estoy trabajando, ganándome la vida”,… “estas desgraciadas”. “Vaya a poner la denuncia”, le digo.

Una mujer con trenzas de rasta se acerca a ella y conversan. “Usted es testigo”, me dice. “Todas aquí nos hemos quejado, un solo CPF no puede mantener el orden, ya te lo hemos dicho varias veces”, le dice a la mujer de trenzas. Me fijo en sus ojos, son vivos, color de miel. “Ya se lo he dicho a la alcaldesa”,… “le he enviado varios memorándum”,… “no quiere gastar en otro”. “Pero usted es la superintendente”, responde la mujer,… “esto no puede seguir así”. “Ay niña, ya estoy cansada de pedirlo, no me hacen caso”, responde la superintendente y se aleja. Mientras ellas conversan he saboreado con la intensidad del ambiente el cerdo frito, de hecho está delicioso.

Le pido la cuenta. Cancelo lo que me dice. Miro el reloj y son las ocho de la mañana. “Muy temprano para viajar a El Bluff”, pienso. “Cuénteme cómo es que prepara el cerdo frito”, le digo. Sonríe, su semblante ha cambiado y la chavala lava los platos con calma. Bajo nuevamente las escaleras mojadas, me sostengo de los pasamanos. “Si todo pudiera cambiar, si la seguridad mejorara, si la alcaldesa comiera de vez en cuando en los comedores del mercado tal vez un día la situación de las mujeres y sus clientes será mejor”, pienso al pasar al lado de las mujeres que venden mariscos en la cuneta de la calle que te lleva hacia centro de la ciudad.

Miércoles, 2 de noviembre de 2016.

martes, 6 de enero de 2015

CON SU CARGAMENTO PARA LA CIUDAD



Sale
loco de contento con su cargamento
para la ciudad, para la ciudad.
Lleva
en su pensamiento todo un mundo lleno
de felicidad, Ay, de felicidad.

Piensa remediar su situación
del hogar que es toda su ilusión. Sí.
Y alegre,
el jibarito va, pensando así
diciendo así, cantando así por el camino:
"Si yo vendo la carga, mi Dios querido,
un traje a mi viejita voy a comprar."

Y alegre
también su yegua va
al presentir que aquel cantar
es todo un himno de alegría.
Y en eso le sorprende la luz del DÍA.
Y llegan al mercado de la ciudad.

Pasa
la mañana entera sin que nadie quiera
su carga comprar, ay, su carga comprar.
Todo,
todo esta desierto, y el pueblo esta lleno
de necesidad, ay, de necesidad.

Se oye este lamento por doquier
de mi desdichada Borinquen. Sí.
Y triste,
el jibarito va pensando así,
diciendo así, llorando así por el camino:
"¿Qué será de Borinquen mi dios querido?
¿Qué será de mis hijos y de mi hogar?"

Oh Borinquen!
La tierra del Edén,
la que al cantar, el gran Gautier
llamo la perla de los mares.
Ahora que tu te mueres con tus pesares,
déjame que te cante yo también.

martes, 7 de mayo de 2013

BLUEFIELDS ADORMECIDO


A las ocho de la noche las calles de la ciudad de Bluefields están desiertas, la aglomeración festiva de sus habitantes en las esquinas ha desaparecido, los taxi son escasos, los billares, bares y restaurantes están vacíos. El ruido de las discotecas no se escucha. La fiesta provocada por las rocolas de los callejones que abren paso a la bahía ha concluido. Las casas parecen deshabitadas, sus puertas y ventanas están cerradas y solamente se escucha el sonido del televisor encendido. El parque Reyes está desolado, los novios y amantes ya no lo frecuentan. La música de las casas de los barrios creole que alegraban las calles ha enmudecido. El destello intermitente de las luces emitidas por la camioneta azul celeste ahuyenta a los atrevidos que se reúnen después de las nueve de la noche en las aceras frente a los corredores de sus casas.

Durante el día se observa el movimiento de la gente por las calles en sus gestiones cotidianas, pero sus rostros muestran el cambio: las sonrisas y abrazos efusivos, la algarabía del encuentro entre amigos, las carcajadas y gritos expresivos se han esfumado. Las tiendas, casas comerciales, pulperías y ferreterías abren sus puertas a la espera de clientes. La música reggae o corridos mexicanos emitida por los taxis en su recorrido casi no se escucha. Los gritos de los vendedores ambulantes de mariscos, carne de tortuga y pattie son escasos.  

¿Dónde está el espíritu festivo de los Bluefileños?, ¿qué se hizo la alegría de vivir la vida?”, le pregunté a mis amigos. “Estamos hechos papillas, bienvenido a la nueva realidad de Bluefields”, respondió uno de ellos. “Hay escasez de agua potable, el costo de la vida es uno de los más alto del país, no hay fuentes de empleo e ingresos, el costo del transporte acuático en incosteable, la tarifa eléctrica todos los meses va en aumento y la lucha frontal contra la delincuencia nos mantiene temerosos”, agregó con pesadumbre.

Visité varias casas comerciales y tiendas del centro de la ciudad. Pregunté por el comportamiento de sus ventas. “Se han caído en más de un treinta por ciento”, respondieron todos. “¿Desde cuándo?”, volví a preguntar. Los propietarios, con dudas en el semblante, respondieron: “hace más de dos años”. Insistí sobre el problema con mis amigos Bluefileños y pregunté si la nueva realidad era producto de la lucha contra la delincuencia organizada, el narcotráfico y el lavado de dinero. “Se acabó la burbuja blanca”, se atrevió a asegurar uno de ellos

Otro amigo, dueño de un negocio, al comentarle lo de la burbuja blanca, lo negó rotundamente: “si acepto ese argumento es como decir que en mi negocio yo lavaba dinero proveniente de las drogas”, dijo un poco molesto. “No digo que la lucha frontal contra las drogas, el desmantelamiento de los cartelitos en la zona, no haya influenciado en esta situación, pero la droga sigue manteniendo la vida en los barrios”, aseguró. “La economía se nutre de la piedra”, agregó y explicó su argumento.

En Bluefields existen más de cuatrocientos pedreros, sobreviven de la chamba, hacen de todo para asegurar veinte pesos por la mañana y veinte por la tarde, además de robar lo que encuentran mal parqueado para venderlo. Con eso compran su piedra y pasan el día ambulando por las calles. En los barrios se fábrica la piedra, principalmente son mujeres las dedicadas a ello. ¿De dónde obtienen la materia prima?, no hay respuesta, pero cada mujer tiene a su alrededor un promedio de ocho vendedores que ganan por comisión. Los fuma-piedra son el sustento de la economía de esas familias y las pulperías los abastecen de los productos básicos que compran en las distribuidoras. Es la economía de la piedra la que los mantiene vivos y, a otros, casi la otra mitad, las remesas familiares. “¿Y la autonomía?, ¿y el desarrollo?”, pregunté. “Regresa en mayo y te vas a dar cuenta, vas a ver lo que se hace con autonomía, el tululu, otras conmemoraciones y promesas”, respondió.

Bluefields ha perdido brillo, su embrujo caribeño ha desaparecido, se encuentra adormecido mientras miles de sus habitantes viven en pobreza y en la hoguera de las drogas. La realidad se muestra parcialmente en los medios locales, priorizan la nota roja con sus balaceras, puñales ensangrentados y rencillas estériles, olvidándose de su rol social y el poder que tienen para avivar y despertar de su letargo a los pobladores de la ciudad más emblemática del Caribe Nicaragüense.

06/05/2013

lunes, 3 de diciembre de 2012

LA DESNUTRICIÓN INFANTIL EN BLUEFIELDS


Con el objetivo de conocer el estado nutricional de niños y niñas menores de 12 años en la ciudad de Bluefields y las comunidades Kukra River, Punta Gorda y Rama Cay, la ONG española IGNELIA en coordinación con el Ministerio de Salud realizó en el año 2010 un estudio descriptivo en 3,187 niños equivalentes al 20% del universo (15,760) según el Censo Nacional del año 2005.

La información de la población infantil de Bluefields y las comunidades se obtuvo del Programa de Inmunizaciones en las Unidades de Salud a donde acuden los niños con sus madres. En las comunidades se visitó a los hogares y escuelas. Se formaron grupos focales con un mínimo de diez madres de niños en edades sujetas de estudio. Para tomar el peso de los niños menores de 2 años se utilizó una balanza de lactante previamente calibrada, y en los niños mayores se utilizó balanza de pie, ambas graduadas en kilogramos. Una vez recolectados los datos, se realizó la valoración nutricional de cada niño, calculada a través de la relación entre peso, edad y sexo.

El estudio revela que el 20.23% de los niños y niñas menores de 12 años de la ciudad de Bluefields y sus comunidades presentan algún grado de déficit nutricional, lo cual es el doble de lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) encontró en el año 2005 en el territorio nacional en los menores de 5 años. En relación a resultados obtenidos por el Programa Mundial de Alimentos en la Región Autónoma del Atlántico Sur en el 2005 (7.2%), se observa un incremento del  13.03% en el nivel de desnutrición infantil.

De la muestra total, el 48.66% fueron niñas (1,551) y el 51.33% niños (1,636). Según grupos etarios, los más afectados son los mayores de 5 años con 36.5% de peso inferior al normal. Según sexo, las niñas son las más afectadas con el 22.24% mientras que los niños presentaron el 18.33%.

Se estudió un total de 1.756 niños y niñas en las comunidades de Bluefields (55%) y 1.431 en la ciudad (45%), resultando más afectados los niños en las comunidades porque las condiciones higiénicas, de alimentación, acceso a la educación y a las unidades de salud son mucho más difíciles en el campo.

Los datos obtenidos con los grupos focales en la ciudad de Bluefields revelan que todos los días consumen arroz, frijoles, pan y plátano; 2 a 3 veces por semana carne o pollo, frutas muy poco y vegetales con poca frecuencia; el pescado 2 a 3 veces al mes. En las comunidades consumen arroz, maíz y frijoles diario; esporádicamente huevos y derivados de la leche; dos a tres veces al mes algún tipo de carne y aproximadamente dos veces a la semana pescado (en las comunidades que quedan a la orilla del mar). La duración de la lactancia materna en las comunidades dura cuatro meses en promedio mientras que en la ciudad entre dos y tres meses.

El bajo nivel de ingreso, el alto costo de los alimentos por el factor transporte y el escaso consumo de frutas, verduras, hortalizas y productos lácteos son factores que inciden en el estado nutricional de los niños y niñas de Bluefields y sus comunidades.

El Sistema de Salud en la RAAS tiene grandes retos para frenar y reducir los niveles de desnutrición infantil, entre otros: impulsar un programa de seguimiento a los niños desnutridos, mejorar la toma de medidas antropométricas en las diferentes Unidades de Salud, impartir charlas educativas acerca de lactancia materna y sobre el uso adecuado de los grupos de alimentos que existen en la zona.

Las autoridades Regionales deben agilizar el avance en la construcción de la carretera entre Nueva Guinea y Bluefields con el fin de abaratar el costo de los alimentos y fomentar la economía de patio al igual que granjas avícolas y porcinas.


Ronald Hill A.
Viernes, 30 de noviembre de 2012

lunes, 19 de noviembre de 2012

LOS CABALLOS EN BLUEFIELDS


A muchos bluefileños no les gustan los caballos, pero los equinos circulan por las calles de la ciudad; algunos son vagabundos, andan libremente en grupos de dos o tres, y otros halan carretones de “chamberos” que se ganan la vida honestamente. Unos los desprecian porque se cagan en las calles, otros porque estropean la grama y sus jardines, muchos los asocian con los mestizos y los campesinos que viven al oeste de la ciudad, practicando en mero siglo XXI un racismo solapado que nadie se atreve a cuestionar. 

Ese racismo está a la vista, en el ambiente y en los espacios de poder. Para muchos, con la autonomía se ha tratado de borrar la contribución económica, social y cultural que los mestizos han dado al desarrollo de Bluefields. “Hay un acuerdo solapado de hegemonía racial, de los black creole sobre los mestizos hasta en las universidades”, dijo una amiga periodista. “No somos ninguna etnia, no venimos de otro lado, no nos arrojó el mar a las costas”, agregó enfurecida cuando mostré la foto de la manta que los mestizos desplegaron en el acto del XXV aniversario de la autonomía reclamando sus derechos. Pero los caballos no tienen la culpa; la ignorancia es la culpable y, como casi todos los males, tiene cura.

Hace muchos, muchos años, los caballos eran apreciados en Bluefields. “Las carreras de caballos constituían un evento grandioso, especial y popular. Además de las carreras con caballos locales había, a veces,  competencias entre caballos de Corn Island, San Andrés y Bluefields. Los dueños de caballos de carrera eran deportistas bien conocidos, tales como los señores Jack Hawkins, Nicholas Bent, Gussie Wilson, Tim Coe y Jim Bush. Algunos de los caballos más famosos fueron: Top Callon, Lady Alice, Crackerjack, Marcus Garvey, nombrado así en honor del gran caudillo negro” (Oral History of Bluefields. Hugo Sujo Wilson, 1998: 89).

En Bluefields actualmente se practica la equinoterapia que utiliza al caballo como un instrumento natural para la rehabilitación física, psíquica y social a través de la interrelación entre el caballo, el alumno y el terapeuta, teniendo como resultado mejoría, disfrute y aprendizaje. Esto se logra porque el caballo transmite ciertas características a través del lomo y sus movimientos: calor corporal (38°), impulso rítmico (90 a 110 por minuto) que se transmite al cinturón pélvico del paciente y pasa por la columna vertebral hasta la cabeza. Existen dos tipos de equinoterapia: la hipoterapia que se utiliza para personas con disfunciones neuromotoras y sensomotoras, y la monta terapéutica que se aplica a personas con disfunciones sensomotoras, psicomotoras y sociomotoras.

Con mucho esfuerzo, dedicación y entusiasmo, la ONG Entre Aguas colabora con la escuela de educación especial y Los Pipitos de Bluefields en un proyecto que ha iniciado a desarrollar la equinoterapia. Han recibido la donación de dos caballos con sus albardas; uno se llama “Tic tac” y el otro “Rocío”, y son cuidados en el predio del hospital. Ahora esta práctica lleva muchos beneficios a niños y niñas con capacidades diferentes. Así, los caballos son de mucha utilidad y diversión.

En Bluefields las personas deberían de visitar ese proyecto y apoyarlo: vale la pena ver el rostro de los niños y las niñas después de cabalgar. Hay otros, como funcionarios, políticos y racistas, que deberían lazar y montarse en los caballos cholencos que circulan libremente por las calles y dar una paseadita terapéutica por los cinturones de pobreza que acorralan a la ciudad, tal vez así se curan de las disfunciones sociales que padecen por el bien de la ciudad y sus pobladores.

Ronald Hill A.
Domingo, 18 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

UN LUGAR LEJANO Y BELLO


Rod se inspiraba cuando hablaba de su lugar. “No existe otro mejor”, decía; lo repetía una y otra vez. Lo conocí en el servicio militar. Durante las largas horas que compartimos a la orilla de los ríos, bajo la espesa sombra de los árboles de Guanacaste en las montañas, conversaba de su lugar al ritmo de las ramas sacudidas por el viento y el fluir de las aguas encauzándose entre las piedras hasta caer en el fondo de las cascadas. “Es lejano, pero bello, en el horizonte se unen el cielo y la mar, la gente sonríe de felicidad”, decía. El resplandor de la luna en el agua iluminaba su rostro y florecían sus recuerdos. “Los pescadores prosperan, los niños son felices, las casas brillan de color”.

Las noches en la montaña son eternas pero Rod nos entretenía, nos contaba la historia de su lugar, hablaba de una bahía azul llena de delfines que cruzaba todos los días para ir a la escuela, de los barcos que atracaban en un muelle mencionando los colores de sus banderas, de la vida en el mar, de la comida hecha con coco, de sus abuelos, de su padre marino, de la ternura de su madre, de sus hermanos que se habían ido lejos, dejándolo solitario y de sus amigos de infancia.

Cuando recibíamos visitas, lo invitaba a compartir con mi familia. Mi madre, mis hermanas y mi padre lo adoptaron como un miembro más. Así era Rod, fácilmente hacía amistades. Entre las cosas que me llevaban siempre había un paquete para él. “Es de un lugar lejano y bello, esto es para él”, decía mi mamá y al despedirse de nosotros lo abrazaba como a un hijo, con lágrimas en sus ojos.

Los instructores militares de física, táctica, ingeniería y política, luego de las clases, llegaban en su búsqueda a la champa de plástico negro que compartíamos. Escuchaban atentos sus añoranzas y las convertían durante sus charlas en ejemplos de utopías por alcanzar. Recuerdo la primera vez que lo llamaron a romper fila. Sucedió una tarde, luego que hicimos ejercicios, subiendo y bajando una colina con la mochila en la espalda llena de tiros y el fusil cruzado en el pecho. “¡Tú!”, gritó el entrenador de táctica, un afrocubano barbudo y chaparro, y todos nos volvimos a ver. “¡Tú!”,  volvió a gritar señalando a Rod mientras los otros instructores observaban seriamente al pelotón en formación. Me volvió a ver y con un ademán de cabeza le confirmé que se refería a él. Salió hacia el frente estirando su pierna izquierda. “A partir de hoy será el jefe de la escuadra de exploración”, gritó en voz alta el instructor.
           
Por la noche, en su turno de posta, cerca de la champa, le llevé un cigarrillo. Estaba sentado bajo un árbol y comenzaba a lloviznar. Lo felicité por ser nuestro jefe de exploración, pero Rod estaba triste. “Seré el primero en morir, no volveré a ver la lluvia caer en el mar”, dijo. Hice el intento de animarlo, pero Rod estaba ausente con la mirada fija en el bosque del cerro y la lluvia mojaba su rostro.
           
A partir de ese momento dejamos de compartir la alegría y el miedo, la superación de los obstáculos en las marchas, los cigarrillos, el pinolillo y los caramelos. Nos despedíamos al salir el sol, luego de desayunar arroz y frijoles sancochados; Rod se unía a la escuadra de exploración, guiándola entre la montaña en absoluto silencio, comunicándose mediante señas y avanzando lentamente con pasos de felino. ¿Qué piensas cuándo estás al frente?, le pregunté una noche, después de largas horas de caminata. “Ya no pienso, sólo quiero regresar”, dijo.

Un mes de octubre marchábamos sobre una cordillera y nos emboscaron. Escuché las primeras ráfagas sobre la vanguardia y pensé en Rod. Las tres escuadras que iban detrás avanzaron hacia el frente. Yo iba en la segunda. Al llegar al sitio de la emboscada, una hondonada entre las colinas, lo vi tendido en el suelo, ensangrentado, me arrodillé a su lado, sosteniendo su cabeza. “Tienes que visitar mi lugar”, dijo y dejó de respirar. 
           
Visité ese lugar lejano y bello veinticinco años después. Debía cumplirle a Rod. Recorrí por diez horas una trocha que lleva a su lugar. “Es lejano, pero bello”, recordé las palabras de Rod. Crucé la bahía, recorrí un andén, vi sus costas, la lluvia mezclarse con el mar, hablé con su gente, sus marinos y visité los muelles. En el viaje de regreso, no dejaba de pensar en Rod y lo que encontré en el lugar que para él siempre fue bello: una bahía sucia sin delfines, casas viejas, barcos hundidos en los muelles convertidos en chatarra, marinos en tierra, niños y niñas abandonados por sus madres que emigran a otros países en busca de trabajo, muchachas bellas prostituidas, alcohólicos y drogadictos que mendigan, falsedades que los mantienen marginados.
           
En mis recuerdos, Rod vivirá por siempre en la montaña, entre la sombra de los árboles y a la orilla de los ríos, porque no podría sobrevivir entre las ruinas de ese lugar lejano y bello. Descansa en paz, Rod.

Viernes, 09 de noviembre de 2012

jueves, 8 de noviembre de 2012

NOS GANAMOS LA BAHIA Y LA VIDA


Ingresé al barrio “el Canal” de Bluefields por un callejón. Un grupo de niñas y niños se aglomeraban alrededor de un pozo comunal, reían y gritaban a la espera de su turno para hacer girar la rueda de la bomba de mecate, mientras el agua se escurría entre las cubetas por el delantal del pozo. Avanzando por el estrecho andén sobresalían casas de madera construidas sobre tambo y un aroma marino, costero, pesado. Repentinamente el recorrido se tornó en un interminable zigzag hacia la bahía, cuyas aguas ennegrecidas se adentraban debajo de las casas en las que flotaban botellas y bolsas de plástico; en los pequeños patios sobresalían conchas de ostiones, regadas y amontonadas.

Un poco más al fondo estaban ellos y ellas, sentados en cajillas de plástico frente al volcán de ostiones, tomándolos con su mano izquierda cubierta por guantes viejos y con la derecha sosteniendo un cuchillo que velozmente los abría, raspando la concha interna color nácar, extrayendo la carne y depositándola en pequeños recipientes llenos de agua azulada. Desde la estructura de madera de una casa inconclusa, separándonos el andén, me senté a observarlos, disfrutando su pericia y el aroma que el intenso sol mañanero evaporaba.

Recordé a dos negros creole que en el pasado lo hacían: Brooks y la Melá. Ahora son mestizos, mujeres, hombres, la mayoría adolescentes. “Desde que tenía ocho años los pelaba, sigo haciéndolo ahora que tengo veinte”, dijo Modesta Dormus como respuesta sobre el número de personas que se dedican a la actividad. Trabajan en seis grupos compuestos por cinco personas cada uno y, en promedio, cada grupo les compra a los pescadores diez canastos cada dos días.

En la bahía de Bluefields, los bancos de ostiones más importantes se localizan en la parte norte, cerca de Halfway Cay y al sur de Rama Cay, a menos de un metro de profundidad durante la bajamar. Entre ellos, los más importantes son Bella Vista, Santa María, Coco Cay, Halfway Cay, Hone Sound, Punta de Lora y Cayo Wanu. Tradicionalmente los pobladores de Rama Cay, los Rama, principalmente mujeres y adolescentes, viajan a los bancos en cayucos llevando de una a tres personas. Los cayucos llevan velas hechas de tela o plástico negro. Las pescadoras calzan botas cortas o sandalias, ambas de goma, mientras que sus manos pueden ir con guantes o descubiertas. Caminan en los bancos con el agua hasta los muslos o la cintura, recogen los ostiones con sus manos y los depositan en los cayucos. Al regresar, descascaran lo suficiente para alimentarse con esa fuente de proteína animal y el resto lo venden por canastos.

“A veces alquilamos cayucos para pescarlos”, explicó Modesta. “Es pesado, nos cuesta sacarlos casi todo el día”, agregó. Obtienen un litro de ostión por cada canasto (30 kilogramos). La carne de ostión es lavada en panas de plástico y luego depositada en bolsas del mismo material con las que abastecen a comerciantes del mercado municipal y vendedores ambulantes que los ofrecen por las calles de la ciudad. Ellos los envasan en botellas de plástico de un litro o un galón que les solicitan propietarios de restaurantes y bares, o vendedores que a su vez los ofrecen en el muelle o en el aeropuerto a 150 córdobas el galón.

“¿Y las conchas?, ¿qué hacen con ellas?”, pregunté. “Con ellas nos ganamos la bahía y con la carne la vida”, expresó Modesta sonriente. En los alrededores, los tambos de las casas están cubiertos de conchas de ostión y los andenes de acceso a las casas son construidos con ellas. “Es un buen abono, ¡miré!, ¡miré estos chiles de cabro!”, dijo mostrando los sanos y florecientes arbustos plantados a la orilla de las gradas de su casa. “A veces vienen compradores de concha, vendemos el saco a 18 córdobas, hacen cal, pero la mayoría la usa para hacer rellenos en los patios o andenes”, agregó mientras cerdos, patos y gallinas se alimentaban de los residuos amontonados, todavía húmedos, como aves de rapiña. Al verlos, pregunté: “¿quiénes los apoyan?”, “nadie, nadie, sólo nuestras piernas y manos”, respondió Modesta.

Luego de conversar con Modesta y los chavalos que pelaban ostiones seguí caminando hasta el pequeño muelle del barrio “el Canal”. Observando el horizonte en dirección a Punta Masaya y Rama Cay, recordé a la Melá despidiéndome en el muelle municipal con un galón de ostiones en sus manos y sus palabras: “no seas pinche, vieras lo que cuesta”.

Ronald Hill A.
Miércoles, 07 de noviembre de 2012

domingo, 10 de octubre de 2010

LA MINA DE LOS POBRES

Recorro el tramo que fue la pista y en el camino aparecen las primeras champas; unas tienen techo de paja, otras de plástico negro, están vacías, sólo muestran piedras.  A la distancia se escucha: «pic, pac, pic, pac», es el golpe de los mazos sobre las piedras. Al acercarme el sonido es mayor y frecuente. Observo mas champas a la izquierda, camino hacia ellas. Subo un pequeño promontorio y descubro la mina.
 
En el centro hay una laguna sin vida; la lluvia ha inundado su corazón. Al fondo, la piedra está descubierta en una pendiente: huellas de la explotación que ha tenido desde los tiempos del Proyecto de Aguas Profundas, la construcción de casas en Bluefields por la brigada cubana después del huracán Juana y del cierre de la playa de El Bluff. En la parte baja, cerca de la laguna hay dos champas. Arriba, en la parte alta, están la mayor parte de ellas. Me dirijo a las champas que están en el promontorio desde donde observó.
 
—  ¡Hola!, ¿cómo están? —saludo. Me miran con desconfianza y sin dejar de picar piedra. El sol ha quemado las pieles. Llevan puestas botas de hule y camisas sin mangas.
—  Hola, ¿qué anda haciendo por estos lados? —pregunta una de ellas mientras la otra pasa al lado y se dirige a la punta del promontorio.
—   Aquí, visitándolas. ¿Me pude dedicar un minuto de su tiempo? —digo y me siento frente a ella en una de las piedras que no ha quebrado. Me observa con recelo, como a un intruso que invade su casa. No contesta. No deja su labor.

Observo a la otra, está en la punta del promontorio sacando piedras. Siento su mirada, en un descuido me ha observado de pies a cabeza. Evita la mía. Me identifico.

—  Yo pensé que era otro de los de la televisión —dice y disminuye el ritmo del golpe del mazo sobre la piedra.
—  Nooo, soy de aquí. Tenía como treinta años de no venir por estos lados. Antes aquí pastoreaban los cabros del Diablo. Esto está cambiado. ¿Cómo se llama usted? —pregunto.
—  Yelba —contesta en seco y sin agregar nada más.
—  ¿Desde cuando hace este trabajo? —pregunto. Ella inclina su torso. Observo la fuerza de su muñeca y brazo.
—  ¡Uuuhh, desde hace mas de diez años! —contesta y su rostro expresa cansancio.
—  Es bastante tiempo. Este es un trabajo pesado. ¿Y su marido? —le pregunto. Su rostro cambia. Aprieta el mazo y golpea la piedra con mayor fuerza, explota en pedazos y siento que uno impacta en mi rodilla.
—  ¿Pero qué le hizo? —pregunto. Me da la impresión que quisiera darle así, duro con el mazo, como le dio a la piedra —le digo.
—  ¡Ja, ja, ja, ja! —ríe a carcajadas. Llama a la otra y dice.
—  ¡Oí Mariluz, este ya me hizo reír! Observo a Mariluz y también sonríe.

Me levanto y camino hacia donde Mariluz. El sol quema. Está recogiendo piedras en la punta del promontorio. Explica el proceso desde que sacan la piedra grande hasta que la quiebran en pequeños trozos para al final sacar el piedrín. Regresamos a la champa de Yelba. La veo más amena.

—   Entonces usted es de aquí? —pregunta Yelba con inquietud. Deja de picar piedras.
—  Sí. Le explico la historia de mi niñez y juventud en el puerto. Le hablo de mis abuelos y mis padres. Están atentas.
—  Yo los conocí —dice Mariluz y se sienta.
—  Por qué hacen esto —pregunto.
—  Aquí no hay nada que hacer, no hay trabajo. La empresa está cerrada. Para comer tenemos que buscar cómo ganarnos la vida —dice Yelba mientras Mariluz medita.
— Y son solas —pregunto. Se buscan la mirada.
— Desde que el hombre me dejó hago esto —dice Yelba. Se quedó sin trabajo. Usted sabe que el hombre es cómo el gallo, no sabe cuidar los pollos, sólo sabe alimentarse él mismo.
—  Ja, ja, ja —eso está bueno, le digo. No lo había escuchado. Cuénteme lo que pasó.
— Ya le dije, perdió el trabajo. Como no podía ayudar a sostener la familia se sentía como derrotado, sin huevos y se convirtió en vago, comenzó a beber guaro, se hizo alcohólico.
— Eso es cierto, le pasa a muchos cuando no tenemos trabajo. La situación es dura.
— Pero míreme a mí. Le hago capricho. Con esto sostengo la familia —concluye y se le nota el orgullo en la mirada.
—  Y qué se hizo —pregunto.
—  Nos abandonó. No lo pude aguantar. Se convirtió en un hombre violento, maltrataba a los niños y a mí. Nunca pudo entender que yo mantuviera con este trabajo la casa. Se fue para Puerto Cabezas.
—    Los hombres son débiles —dice Mariluz. No aceptan la derrota y se desquitan con uno. Nosotras nos tragamos el orgullo. Al inicio estábamos desesperadas. Ahora vivimos de esto. Él miraba este trabajo como basura, como que haciéndolo iban a valer menos.
—  No todos somos así —contesto. Dígame cuánto ganan con las piedras; mas o menos un promedio por mes. Ya saben que no le trabajo a la alcaldía, mucho menos al gobierno. Sonríen.
—  En cuatro días produzco un metro cúbico de piedrín —dice Yelba.
— Al mes son más o menos siete metros —calculo. ¿A cómo venden el metro?
— A setecientos —dice Mariluz. Las veo un poco inquietas, como que la conversación ya no las anima.
— ¿Y cómo es la cosa, vienen a encargarles el piedrín?
—  Sí. Pero tenemos que llevarlo hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —dice Yelba indicando donde.
— Cómo lo trasladan —pregunto.
— Lo medimos en cubetas. Cincuenta cubetas son un metro cúbico. Luego se traslada en carreta para cargarlo en el bote —dice Mariluz.
— Mire aquella champa que está en el centro, allá al otro lado, en la parte de abajo, la del color celeste —indica Yelba. Allí esta la presidenta. Vaya a platicar con ella.

Me despido de Yelba y Mariluz, son hermanas. Camino hacia donde está la presidenta. Recibo una llamada. Es el Best que me espera en la playa. No tardo, le digo. Una hora más o menos. Cómo están las bichas, le pregunto. Como te gustan, dice. Pienso en el esfuerzo de ellas. Me han hecho recapacitar sobre la situación de miles de familias que caen en la pobreza extrema cuando los hombres pierden su trabajo

Con la crisis y la presión económica en muchas partes del mundo los hombres han perdido sus medios tradicionales de subsistencia, las mujeres se han visto obligadas a realizar tareas adicionales que les reporten un ingreso, al mismo tiempo que continúan con sus labores domésticas. Cuando los hombres están desempleados, las mujeres aceptan trabajos mal remunerados, de poco prestigio, a menudo con un riesgo considerable, todo con el fin de alimentar a sus familias. Como consecuencia de su imposibilidad de contribuir adecuadamente al ingreso familiar, los hombres empiezan a sentirse de sobra y como un peso para sus familias; ven desafiada su percepción de sí mismos como sostén y jefes de familia, lo cual a menudo se traduce en ira y frustración. Por otra parte, las mujeres continúan ocupándose de sus familias, adquieren una nueva y endeble confianza en sí mismas, aunque sus oportunidades de obtener trabajo remunerado siguen siendo pocas. Se la juegan, pienso.

Salgo a la pista y me dirijo a la parte baja de la mina en busca de la presidenta. Desde arriba observo su champa, es la única allí abajo. Las piedras también se muestran y da la impresión que han sido cortadas con maquinaria, quizás con un taladro gigante, un barreno u otro tipo de herramienta. El color predominante en esa parte es el gris. Es buena piedra, es de la azul, pienso. Bajo hacia ella.

—  ¡Hola!, ¿es usted la presidenta? —la acompaña un chavalo de unos dieciocho años. Me ha observado en el recorrido y no muestra desconfianza. Ha dejado de picar piedras.
—  Sí, soy yo —contesta y me invita a sentarme en una silla de plástico. ¿Qué lo trae por aquí?
— Le doy las razones y me identifico.
— Yo le trabaje a tu mamá —dice sonriente. Llegaba a lavar la ropa de ustedes. Vos estabas chiquito. ¿Y tus hermanos? ¿Qué se hicieron?
— Son gringos, viven en los Estados Unidos.
— ¿Y usted, dónde vive?
— Soy montañero, vivo en Nueva Guinea —le digo, sonríe como quien dice este maje me quiere matizar. Antes de que me siga preguntando voy al grano.
— ¿De qué cosa es usted la presidenta?
— Del grupo de mujeres que trabajamos aquí picando piedras. Somos como ciento veinte, pero las que estamos casi siempre son como unas sesenta —concluye con cierto aire de orgullo. Observo a su alrededor. Hay poca piedra picada. Yelba y Mariluz tienen casi dos pirámides completas de piedrín picado.
—  Cuál es el trabajo que hace usted como presidenta del grupo, además de picar piedras —pregunto.
—  Es una larga historia. Es una historia de lucha por tratar de sobrevivir. Hasta presa he caído. Aquí vino el Zorro a tratar de sacarnos.
—  Ya me sé esa historia —le digo. La leí en los periódicos y hasta por la televisión. Cómo es que organizan el trabajo con el grupo —pregunto y me observa con duda. 
— Peleamos por la piedra. Trataron de sacarnos, hasta hicieron un cerco alrededor de guarumo, de aquellos palos que están allá, antes habían más pero los cortaron casi todos para hacer el cerco y evitar que entráramos.
—  Pero el Zorro dice que la mina es de su familia —le digo. Se ríe a carcajadas.
—  Me extraña que creas eso —dice. Vos sabes que el coronel sólo era dueño de aquella parte —agrega y señala. Eso es lo que le compró a Teodoro. Ahora salen con el cuento que esta parte donde vivían los cabros del Diablo también es de ellos.
—  Bueno esos enredos no me interesan —le digo. ¿Cuénteme cómo es que se organizan con el trabajo?
— La gente que necesita la piedra para construir viene aquí a encargarla, cuando son bastantes metros, como los de los proyectos. Los que necesitan poco, vienen y la compra. Llenamos sacos y la acarreamos con carretones hasta la punta de la pista, allá cerca de la playa —indica.
— Esto es bien pesado. ¿Por qué no han conseguido una trituradora de piedras? Así podrían sacar más piedras y trabajar menos.
—  Eso es lo que queremos. Nadie nos ayuda a conseguirla.
—  ¿Usted es la que hace los contratos? —pregunto.
—  Sí, a mí me buscan, soy la presidenta —concluye.
—  ¿Cuánto le pagan por el metro cúbico?
—  Setecientos córdobas —dice.
—  ¿Pagan impuestos por aprovechar la mina? —pregunto. Ríe.
—  ¡No hijo, eso eran antes! —concluye y regresa a picar piedra.
—  ¿Y ahora por qué no? —se detiene pensativa.
—  No pagamos directamente impuestos, hacemos aportes por aprovechar la mina. Usted me entiende, ¿verdad?
—  ¡Sí, claro que sí! Al entendido con señas —digo y capta inmediatamente que comprendo la situación.
—  Y el dinero de la venta, ¿cómo se lo distribuyen? —hace una pausa.
— Cada quien recibe su parte, según los metros que aporta.

Observo a varias personas, en la parte de arriba están pendientes de mi visita a la presidenta. Voy a subir a aquella parte, le digo. Ya regreso, voy a tomar fotos. Sí, está bien, vaya. Subo la pendiente y arriba hay mas champas. Las recorro hasta el final. Llego a una donde escuchan un programa de radio en miskito.

—    ¡Tutni yamni manani sut ra! —saludo.
—  ¡Naksa! (¡Hola!) —contesta sorprendido un hombre de unos cuarenta años. Se levanta y le baja el volumen a la radio. Los otros sonríen.
—  ¡Muhtara uba bitni, nara lika kauhla! (¡Hace mucho calor allá abajo, aquí es más fresco!) —digo. Todos callan. Los de la champa de al lado se acercan.
—  ¿Bisnis kam nahki auya? (¿Cómo les va con el negocio?). Se quedan viendo.
—  ¿Ta upla mairin dia mai win? (¿Qué te dijo la presidenta?) —pregunta siempre el mayor de ellos.
— Diara sut pain sa wisa, diara manis atkisa bara prais ka sin sipar. (Dice que todo está bien, que venden bastante y a un buen precio).
— ¿Mairka bila dia prais sapa walesa? (¿A qué precio dice ella?) —pregunta inquieto.
—  Sem andat córdoba mita kum. (Setecientos córdobas el metro). Se miran entre ellos.
— ¡Kuna baha nahki ki, witin yang nani ra lika paip andat baman ai aibapisa! (¡No puede ser, a nosotros ella nos paga a quinientos el metro!) —dice sorprendido y manifiesta ira.
—  Lilka alkaya auna. Auhya ra bili kaiki banhgwisa. Yang wal miskitu ra aisisma ba mihta tinki mai wisna. (Voy a tomar fotos. Me esperan en la playa. Gracias por platicar en miskito conmigo).
—   ¡Were, wapara! (¡Espera, no te vayas!) —dice mientras camino hacia la salida de la pista.
—  Diara kum ai wis. Kapu, mai walisna. (Dígame. A ver, pues, lo escucho) —le digo mientras camina a mi lado.
—    ¿Man televisan ra wark takisma? (¿Usted trabaja para la televisión?)
—    Apia, yang kirhbi tauksna. Yang naha ra ai baikan. Aisabe. (No, ando de visita. Nací aquí. Adiós.) —deja de caminar a mi lado y se detiene en una de las champas.

El calor está sofocante. Veo el reloj y me doy cuenta que han pasado casi dos horas. Pienso en las bichas del Best, deben estar bien heladas. Antes de salir hacia la pista le digo adiós de lejos a la presidenta. Unos que están picando piedras cerca de la salida me llaman.

—  ¡Señor, regáleme diez pesos!
—  ¿Cómo? —grito y sigo caminando.
—  ¡Que me regale diez pesos! —grita. ¡Somos pobres y nadie nos ayuda! ¡El gobierno no nos regala nada, nadie viene a vernos para ayudarnos! —siempre grita y sigo caminando, lo evito.
—  ¡No esperes que te vengan a ayudar! ¡Mucho menos los políticos!

Camino hacia la playa. Pienso en la plática que sostuve con los miskitos y la presidenta. Ahora comprendo por qué Yelba y Maricruz trabajan aparte y por qué la presidenta está sola en el centro de la mina. Ellas no se dejan coimear por la presidenta, son originarias del lugar y tienen iguales derechos. La presidenta se queda con doscientos córdobas por metro cúbico de los miskitos. Hay una cadena lineal de explotación, pienso. Pero también ella es la de los contactos, la facilitadora, la que paga el traslado de ese piedrín hasta su embarque, asume costos mientras que ellos le proveen el material. Hacen aportes para aprovechar la mina mediante relaciones informales. No poseen derechos jurídicos ni legales para explotarla. En Bluefields, el costo del metro cúbico de piedrin es de setenta dólares equivalentes a mil quinientos córdobas. Entre el usuario final, ya sea proyectos sociales impulsados por ONG's, el FISE, la misma alcaldía o por cualquier ciudadano que necesita el piedrin para construir, existe una cadena de intermediación. A esa cadena hay que agregar a los políticos locales del Puerto, de ambos bandos, que se aprovechan de la situación y cuando interactúan con ellos se sienten impotentes, presionadas, silenciadas y frente a oídos sordos. Es allí donde aparece la cadena de explotación externa, la explotación de la miseria por los políticos. La corrupción también afecta a los más pobres. 

Pienso en el alto grado de explotación que ha tenido la mina. Ha pasado de ser explotada para grandes proyectos estratégicos, como el del puerto de aguas profundas y el cierre del mar para recuperar la playa, a proyectos de carácter social como la construcción de casas en Bluefields después del huracán Juana. Al Zorro no lo dejaron. Ahora la explotan ellas y sobreviven a la miseria. Los políticos se aprovechan de la situación mediante impuestos informales e ilegales.

¿Cuánto tiempo durará la mina? No lo sé. Hay mucha piedra que picar todavía. Hay muchos que podrían ganarse la vida en ella. Mientras no existan alternativas de trabajo y empleo en el puerto, muchos van a continuar recurriendo a ella. La chancha, la trituradora, les facilitaría el trabajo pero acortaría el tiempo de vida. No sólo de la mina sino de todo el puerto. La mina es un promontorio convertido hoy en un enorme hueco. Ha protegido desde siempre al puerto del embate de las olas del mar. La naturaleza es sabia y vengativa. El día que se termine la piedra será el inicio del fin.

Vuelve a sonar el teléfono. Es el Best. Ya voy, estoy cerca, le digo. Está ansioso por leer la “conversación en la arena bajo un cielo estrellado”.



Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
10 de Octubre de 2010.