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miércoles, 2 de noviembre de 2016

DESAYUNANDO EN LOS COMEDORES DEL MERCADO DE BLUEFIELDS


Subo las escaleras mojadas que llevan al segundo piso del mercado municipal de Bluefields. Dos cubetas se rebalsan, obstruyen el paso y el agua se chorrea en todo el acceso hasta inundar la acera y la cuneta. Entro a la sección de los comedores por segunda ocasión en busca de una taza de café y tortillas de harina cubiertas con mantequilla para desayunar. Me dirijo al mismo comedor donde atiende una mujer de ojos almendrados, cabello liso recogido en una moña y orgullosa de sus caderas. Me sonríe, quizás recuerda que la primera vez me di cuenta que no andaba la billetera hasta después de desayunar, y cuando se lo dije mostró su bella dentadura de oro. “No le creo”, contestó. Se lo expliqué, aceptó mi propuesta y cinco minutos después regresé a pagarle.

En esta ocasión, una mujer joven se encuentra con ella. “Debe ser su hija”, pienso porque es bastante parecida a ella; tiene la misma mirada, la misma forma de su cara, el mismo cuerpo pero más animoso. Ella atiende y me ofrece gallopinto con cerdo frito además de las tortillas de harina y café.  Las expresiones de su rostro son las mismas que las de la chavala, pero muestra un poco de decepción cuando le digo que quiero lo mismo de la vez anterior. “No señor, usted debe desayunar mejor”, dice y se dirige a la cocina.

La chavala se acerca, me sirve la taza de café y dos mujeres le hablan con un tono violento desde el lado de las barandas. La chavala busca a la mujer que regresa y me sirve el plato de comida. Observo el plato generosamente servido y la mujer va al encuentro de las que casi gritan. Discuten entre ellas, la chavala sale de la cocina con un enorme cuchillo que brilla en sus manos y va en defensa de la mujer. El vigilante se antepone entre ellas, la mujer regresa a la cocina, toma un cuchillo, su rostro se ha transfigurado por el odio. A la chavala y las otras dos mujeres ya no las puedo ver, la pared del pasillo no me lo permite, sólo escucho los gritos. El plato servido me ha abierto el apetito, doy un bocado, el cerdo está delicioso pero me tiemblan las manos.

Las mujeres de los otros comedores corren hacia el lado del pasillo. Es una pelea de gritos,  de jaladera de mechas, de hijueputazos. Cuatro policías llegan, entre ellos una mujer. Alguien los ha llamado por teléfono. El escándalo se calma y la mujer con la chavala regresan a su cocina. Tienen sus rostros enrojecidos, están desesperadas, rabiosas. Los policías invaden el comedor. La mujer comienza a vociferar en contra de otra dueña de comedor: “¡es ella!, ¡la desgraciada siempre nos hace lo mismo!, ¡llama a esas pandilleras hijas de puta para que nos hagan la vida imposible!, ¡ella quiere acaparar todos los tramos!”, dice a gritos.

La mujer policía habla con las dos mujeres. Ella vuelve su mirada hacia mí. Desde que me senté no me he movido. “Tiene que ir a poner la denuncia”, dice la policía. Anota en una hoja de papel sus datos y los cuatro se dirigen al tramo de la otra mujer, de la acusada de provocar el pleito. Ella se acerca a la mesa. “Que pena me da”,… “ya no aguanto esta situación”,… “yo estoy trabajando, ganándome la vida”,… “estas desgraciadas”. “Vaya a poner la denuncia”, le digo.

Una mujer con trenzas de rasta se acerca a ella y conversan. “Usted es testigo”, me dice. “Todas aquí nos hemos quejado, un solo CPF no puede mantener el orden, ya te lo hemos dicho varias veces”, le dice a la mujer de trenzas. Me fijo en sus ojos, son vivos, color de miel. “Ya se lo he dicho a la alcaldesa”,… “le he enviado varios memorándum”,… “no quiere gastar en otro”. “Pero usted es la superintendente”, responde la mujer,… “esto no puede seguir así”. “Ay niña, ya estoy cansada de pedirlo, no me hacen caso”, responde la superintendente y se aleja. Mientras ellas conversan he saboreado con la intensidad del ambiente el cerdo frito, de hecho está delicioso.

Le pido la cuenta. Cancelo lo que me dice. Miro el reloj y son las ocho de la mañana. “Muy temprano para viajar a El Bluff”, pienso. “Cuénteme cómo es que prepara el cerdo frito”, le digo. Sonríe, su semblante ha cambiado y la chavala lava los platos con calma. Bajo nuevamente las escaleras mojadas, me sostengo de los pasamanos. “Si todo pudiera cambiar, si la seguridad mejorara, si la alcaldesa comiera de vez en cuando en los comedores del mercado tal vez un día la situación de las mujeres y sus clientes será mejor”, pienso al pasar al lado de las mujeres que venden mariscos en la cuneta de la calle que te lleva hacia centro de la ciudad.

Miércoles, 2 de noviembre de 2016.

martes, 25 de noviembre de 2014

¡PU…PA!, ¡PU…PA!, ¿VA A LLEVAR TORTILLAS?




Para Lidia López el día comienza con el alba, antes que el sol nos regale sus primeros rayos de luz. Todos los días se levanta a las 4:30 a.m. y se dirige al pequeño tramo del mercado municipal donde, junto a dos compañeras, hace tortillas para lograr el sustento de su familia.

A las 5:30 de la mañana me encontraba en la terminal de buses, luego de caminar desde mi casa en busca de un radiante amanecer, y escuché en la distancia un sonido ronco, seco y  continuo. Como sabueso atravesé el laberinto de tramos, aún sucios por el trajín del día anterior, escuchándolo cada vez más cerca y, al girar a la derecha en dirección a los tramos de comidas, las vi y escuché clarito el ¡pu...pa!, ¡pu...pa! de las manos que palmean la masa para elaborar las tortillas.

Desde el fondo del pequeño tramo salió Jerónimo Duarte, el corresponsal de La Prensa, y me sorprendí. “Me quedé esperando las fotos de la marcha contra el canal”, me dijo. “Se me perdió el papelito donde anotaste tu dirección de correo”, le contesté. “Pero ahora andas una camarita, ¿y la grandota?”, dijo al ver la cámara compacta que tenía en la mano. Noté que las mujeres estaban pendientes de la plática pero sin detenerse en sus labores. “Una de estas tenés que comprar”, respondí y le mostré las diferentes funciones de la cámara compacta Sony Cyber-shot y, para que la viera en acción, le pedí permiso a Nidia para fotografiarla. “Una sonrisa, una sonrisa”, le pedí y zas la foto. “Una de esas voy a buscar”, dijo y se despidió alejándose del tramo.

Le mostré su foto a Lidia y luego a su compañera Adilia. Entre tres mujeres hacen 1800 tortillas al día que las venden a un córdoba por unidad. De un quintal de maíz elaboran la masa para hacerlas. Noté que no había humo en el ambiente, no usan leña por el efecto nocivo del mismo para la salud, tampoco usan comal sino que emplean una cocina industrial que tiene una plancha de acero en uno de sus extremos donde echan las tortillas, y en el otro, quemadores para preparar diversos alimentos.

“¿Usted sólo echa las tortillas?”, le pregunté a Lidia. “No, que va, nos turnamos entre las tres”, agregó Adilia. “Cuando llego a mi casa, no quiero tocar nada de nada, no aguanto las manos, que tal si lo hiciera solita”, dijo Lidia. “Es la necesidad, los compromisos que una tiene los que nos obligan a penquiarnos muy de mañanita”, dijo Adilia sin dejar de hacer el singular ¡pu…pa!, ¡pu…pa!, al golpear con la palma de sus manos el motetito de masa para una tortilla que ya tiene medido por su expertis.

Vi hacia el lado izquierdo y noté que llovía. “Ahora me voy a mojar”, les dije. “Va a llevar tortillas”, me respondieron en coro. “Otro día porque no ando ni un peso”, respondí. “Ah, pues me trae la foto”, agregó Lidia y me retiré buscando la salida por el Monumento, pensando en el gran esfuerzo que hacen estas mujeres para sustentar a sus familias, sin perder la autoestima y la alegría de vivir la vida a pesar de las múltiples desavenencias que todos, desde diferentes realidades, enfrentamos.

Ya voy a imprimir la foto de Lidia y Nidia para entregársela y decirles esto que escribo para  que las conozcas, para que te des cuenta de su esfuerzo.