El hombre se detuvo junto a mi asiento y levantó apenas una mano.
—¿Me permite?
Tenía los labios apretados y la
mirada fija más allá de mi hombro. Deslizó su cuerpo corpulento entre los
asientos y se acomodó junto a la ventana. Al sentarse, el bus se estremeció y
su hombro rozó el mío.
Eran las ocho y diez de la
mañana. Afuera, una lluvia fina oscurecía el pavimento frente al comedor La
Choza, en Nueva Guinea. Los últimos pasajeros regresaban de prisa, algunos con
vasos de café y bolsas de pan en las manos.
El ayudante cerró la puerta
corrediza. El motor rugió y el bus expreso hacia Managua volvió a la carretera.
—¿Usted es de Bluefields?
—pregunté.
El hombre tardó en responder.
—Sí.
No apartó la mirada de la
ventanilla empañada.
—¿A qué hora salieron?
Giró el rostro hacia mí. Tenía la
piel morena, las facciones finas, los ojos café claro y unas manos grandes y
arrugadas, apoyadas sobre la cabecera del asiento de enfrente.
—Antes de las seis.
Asentí.
—Siempre trato de tomar ese bus
cuando viajo a Managua.
Volvió a mirar hacia afuera.
Detrás del vidrio corrían árboles mojados, cercas de alambre y casas dispersas.
El olor a ropa húmeda, café y diésel se mezclaba dentro del bus.
Saqué la tableta de mi mochila,
pero la música ranchera y el traqueteo de la carrocería no me dejaron leer.
Poco después, los frenos
rechinaron y el bus se detuvo. Subió un vendedor con bolsitas de maní tostado
cubierto de azúcar. El hombre de al lado tomó una semilla, se la llevó a la
boca y pidió una bolsa.
La abrió con cuidado. Masticó
despacio y mantuvo la vista en la carretera.
En Juigalpa bajamos durante la
parada de quince minutos. Lo vi frente al local Los Caracoles Negros, tomando
una gaseosa con pan dulce. De pie parecía más alto, casi de seis pies, aunque
caminaba un poco encorvado.
Fue el primero en regresar al
bus.
Cuando retomamos la carretera,
levantó la mano para llamar al ayudante.
—Recuerde que voy a bajarme en el
aeropuerto.
—¿Viaja a Estados Unidos?
—pregunté.
—A Miami. Primero a Fort
Lauderdale. Allí me esperan.
—¿Su familia?
—Mis hijos.
Hizo una pausa.
—En Bluefields solo me queda uno.
—¿Hace mucho que vive allá?
—Cuarenta y dos años.
Una sonrisa breve apareció en sus
labios y se desvaneció.
—¿Qué le parece Bluefields ahora?
Entrelazó las manos. Durante unos
segundos solo se escucharon el motor y la música que llegaba desde la parte
delantera.
—Es otra ciudad —dijo al fin—.
Hay mucha gente de afuera buscando cómo sobrevivir. La gente tiene miedo. Vive
encerrada, con las ventanas cubiertas de hierro.
Miró de nuevo la carretera.
—Como en una jaula.
Guardamos silencio.
—Yo soy de El Bluff —le dije—,
aunque desde hace veintitrés años vivo en Nueva Guinea.
Giró la cabeza de inmediato.
—¿De El Bluff?
—Sí.
Le dije mi nombre.
Me observó con detenimiento. Sus
ojos recorrieron mi rostro como si buscaran en él algún parecido.
—Yo trabajé en el muelle de El
Bluff cuando era joven —dijo—. Era estibador.
Enderezó un poco la espalda.
—Cuando estaba chavalo recuerdo
una vieja casa de madera, casi enfrente de la agencia aduanera de don Octavio
Bustamante. Allí cocinaban para los estibadores. Al pasar, se sentía el olor de
la comida creole.
El hombre sonrió.
—¡Oh, sí! Los cuques eran
verdaderos cocineros. Nos trataban bien. Hacían pan y preparaban comida
caliente.
Movió las manos mientras hablaba.
—A veces trabajábamos hasta
tarde, descargando un barco mientras otros esperaban anclados en la bahía. Un
hombre no puede hacer ese trabajo con el estómago vacío.
—Mi abuelo materno era Felipe
Álvarez. Trabajó casi toda su vida como jefe de la bodega de la aduana. ¿Lo
recuerda?
La sonrisa desapareció, pero
siguió mirándome con atención.
—Claro que sí. Lo conocí muy
bien. Estaba pendiente de nuestro trabajo. Él y los agentes aduaneros nos
indicaban dónde colocar la mercadería.
Hizo una pausa.
—También tocaba la campana.
—La campana de entrada y salida.
—Esa misma.
Uno de los pasajeros abrió una
ventanilla. Entró una ráfaga de aire fresco con olor a tierra mojada. El hombre
respiró hondo.
Busqué en mi teléfono una
fotografía antigua del muelle de El Bluff. Había sido tomada en los años
cuarenta.
—Mire.
Acercó el rostro a la pantalla.
—Ese era el edificio de la aduana
—dijo antes de que yo señalara nada—. Todavía no tenía el segundo piso.
Rozó la pantalla con la punta del
dedo.
—Y allí atracaban los vapores.
Sus ojos se movieron hacia el
fondo de la imagen.
—Esa es la isla del Venado. Más allá, Half Way Cay. Y
aquel cerro es Aberdeen.
—Es el mismo muelle.
—Entonces conoció a mi tío
Felipe, el cajero de la aduana.
—Sí. También a Jorge y a Pablo.
—Eran mis tíos.
Me devolvió el teléfono con
cuidado.
—A tu mamá la conocí cuando era
jovencita. Después se casó con tu papá, Mr. Hill.
Me quedé mirándolo.
—¿También conoció a mi papá?
—Sí. Fui marino en uno de sus
barcos camaroneros.
La comisura de sus labios se
levantó apenas.
—Siempre estaba hablando y
haciendo bromas a la tripulación.
Bajé la vista hacia la pantalla
apagada del teléfono.
—Ellos fallecieron. Están
sepultados en Utila, una isla de Honduras. Juntos, como siempre estuvieron.
Mr. McElroy bajó la mirada y
apretó la bolsa de maní entre las manos.
—El Bluff de esa época no volverá
—dijo.
Se quedó callado unos segundos.
—Pobre gente. Tanta pobreza.
Durante un rato ninguno habló.
Las llantas golpeaban las uniones de la carretera con un ritmo seco y
constante.
—¿Conoció a Mr. Allen?
Levantó el rostro.
—Por supuesto. El watchman.
Siempre estaba cerca cuando cargábamos o descargábamos. También recuerdo a
Bortey, Pilito, Chaguito Bermúdez, Juan Ramón Acosta…
Frunció el ceño.
—Hay otros nombres que ahora se
me escapan.
—Si menciono a todos los que
recuerdo, estoy seguro de que también los conoció.
Se carcajeó.
La risa le sacudió los hombros y
varias personas voltearon a mirarnos. Él siguió riendo hasta pasarse una mano
por los ojos.
El bus avanzaba por San Benito
cuando el ayudante se acercó a cobrarme el pasaje.
—¿A qué hora sale su avión?
—A las nueve de la noche.
—Va a esperar bastante.
Se encogió de hombros.
—Tiempo es lo que tengo.
—Discúlpeme, ¿cuál es su nombre?
—Mr. McElroy.
No dijo su nombre de pila.
Al llegar a la entrada del
aeropuerto, el bus se detuvo con un gemido de frenos. Me levanté para darle
paso.
Mr. McElroy dobló la bolsa vacía
de maní y la guardó en el bolsillo de su camisa. Después tomó su pequeña maleta
y descendió con lentitud.
—Buen viaje —le dije.
Desde el último peldaño volvió el rostro y levantó la mano. Sonreía.
Lo vi cruzar la calle con sus
pasos cortos y pesados. La pequeña maleta golpeaba contra su pierna. Al llegar
al portón del aeropuerto se perdió entre la gente.
El bus arrancó. En la pantalla de mi teléfono seguía abierta la fotografía del viejo muelle.
