En Bluefields la noche no duerme.
Respira.
Él la deseaba,
y pensaba con el cuerpo,
no con la memoria limpia.
Su cabello rizado
le caía como algas negras sobre el pecho,
húmedo, vivo.
Su olor seguía ahí:
una mezcla de aceite de coco y miel,
caliente después del amor la piel,
ese olor que no se olvida
aunque cambie la cama.
Los ojos,
grandes, negros, brillantes,
almendrados como fruta abierta en la
sombra,
no miraban;
desnudaban.
Boca blanda, carnosa y peligrosa.
De ahí salían murmullos
que todavía golpean su espalda:
o baby,
o yes… o yes,
dichos bajito,
como si la noche pudiera oírlos.
Los hombros recibían su peso.
Las manos sabían
cuándo apretar
y cuándo esperar.
Los pechos,
opulentos, vivos,
respiraban con la noche.
Los pezones,
oscuros, firmes y despiertos,
desafiaban el aire húmedo
mientras ella soltaba,
entre jadeos:
o gad…
so nice...
don't stop... o yes...
El ombligo,
pequeño abismo,
lo reclamaba siempre.
Y las nalgas...
nalgas de diosa caribeña,
anchas, vivas, soberanas,
moviéndose al ritmo
de un tambor invisible,
un tambor antiguo
que no llama al baile
sino al combate.
Ahí ella perdía la voz
en un o yes… más…
que le quemó la memoria.
Las piernas lo atrapaban
como marea cerrándose,
atrayéndolo hacia su sexo,
tibio, húmedo, salobre y palpitante.
Los pies, descalzos
buscaban suelo
mientras el placer desordenaba la casa.
Hasta esa noche.
Volvió de un viaje
mercante por los pueblos del litoral
con el cuerpo encendido.
La casa estaba cerrada.
En el corredor brillaba un viejo bombillo.
Desde la
casa vecina
una radio
encendida
escupía reggae
lento,
bajo,
insistente,
como si
alguien celebrara
lo que él
venía a perder.
Entonces
escuchó su voz.
La
misma.
Las
mismas palabras,
pero para
otro.
Gemidos
conocidos:
o baby,
o gad,
o yes… o yes..
o
gad… yes, yes
rebotando
en la madera
como golpes
secos.
Ahí
entendió todo en una sola frase:
casa cerrada,
cama ocupada.
No
entró.
No
llamó.
Dio la
vuelta.
Lluvia en
los hombros.
Lodo en
los zapatos.
Una quiebra plata apagándose
a un
lado del camino.
El o yes, o yes, lo seguía
en cada paso,
como una pregunta,
desvaneciéndose
en la noche.
Igual que él.
22 de enero
de 2026.
