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miércoles, 15 de julio de 2026

RESPLANDOR DE PERLAS II

 


La encontró una tarde cualquiera, de esas en que la brisa acaricia con aroma a recuerdos viejos y el cielo parece murmurar lo que uno había olvidado. Caminaba con paso seguro, aunque sin prisa. El cabello suelto dejaba que los rizos jugaran con el viento y, detrás de las gafas oscuras, sus ojos seguían tan vivos como los recordaba. Vestía un vestido ligero que se movía al ritmo de sus pasos y unas sandalias sencillas que no lograban ocultar la elegancia natural que siempre había tenido.

Él la reconoció de inmediato. Dudó apenas un instante. No porque temiera verla, sino porque temía todo lo que despertaba en él. Pensó en seguir caminando y conservar intacta la imagen que guardaba en la memoria, aquella mañana en que el deseo y la ilusión parecieron capaces de derrotar al tiempo. Sin embargo, el cuerpo no olvida. Ya había dado el primer paso antes de que pudiera detenerse.

La última vez que la había visto también caminaba bajo el cielo de Bluefields. Después de muchos años se habían reencontrado y compartieron unos días que parecían suficientes para desafiar al destino. Luego la vida volvió a separarlos. Él regresó a sus caminos de emigrante, a la diáspora caribeña que siempre añora sus raíces, su comida, su música y sus amores. Los años siguieron acumulándose. Llegaron nuevas responsabilidades, nuevas ausencias y canas. Aun así, jamás olvidó el brillo de aquellos ojos negros ni el resplandor de su perla negra.

Cuando estuvo frente a ella sintió que el corazón recuperaba un ritmo que creía perdido.

—¿Sos vos? —preguntó.

Ella sonrió. No era la misma sonrisa de años atrás. El tiempo la había vuelto más serena y profunda.

—Claro que soy yo. ¿Y vos, volviste al fin?

—Sí, volví.

Ella sostuvo la mirada unos segundos.

—Esta vez no te vas a ir así, ¿verdad?

La pregunta llegó suave, pero encontró el lugar exacto donde aún dolía.

—Esta vez no —respondió él.

Comenzaron a caminar por el malecón. A un lado tenían la bahía de Bluefields y al otro la ciudad moviéndose al ritmo de la música de palo de mayo con comparsas celebrando Mayo Ya. El sol descendía lentamente sobre el agua. El viento traía olor a sal, a vegetación verde y húmeda de los Cayos, y a recuerdos. Hablaron poco. No porque faltaran palabras, sino porque algunas historias ya habían sido contadas por el tiempo.

Más tarde tomaron café en la misma casa donde años atrás habían descubierto que todavía era posible enamorarse. La vivienda había cambiado. Estaba mejor pintada, tenía una calle de concreto para llegar hasta ella y el vecindario parecía más poblado. Desde la ventana podía verse el cerro. Ya no conservaba el espeso bosque que ella observaba cada mañana. Las laderas mostraban heridas abiertas y nuevos techos sobresalían donde antes sólo crecían árboles.

La habitación también era distinta. Habían desaparecido las persianas rotas y la cama era más grande. Sin embargo, algunas cosas permanecían intactas. Su risa seguía iluminando el espacio y la mirada de ella conservaba el mismo calor capaz de derribar cualquier defensa.

Mientras tomaban café, ella dejó la taza sobre la mesa.

—Te fuiste sin despedirte.

No había reproche en sus palabras. Sólo memoria.

Él bajó la vista.

—No supe quedarme.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Yo sí me quedé.

Aquella frase pesó más que cualquier discusión. Durante años ella había permanecido allí, enfrentando la soledad, los días difíciles y los sueños que no siempre se cumplen. Él, en cambio, había seguido caminando detrás de oportunidades, sobreviviendo lejos, en diferentes lugares.

—No te pedí que esperaras —dijo finalmente.

—Lo sé —respondió ella—. Pero igual lo hice.

No había nada más que agregar. Algunas verdades llegan tarde, pero no por eso dejan de ser necesarias.

Cuando cayó la noche, la conversación se volvió más suave. Hablaron de amigos que ya no estaban, de hijos, de enfermedades superadas y de los pequeños triunfos que la vida concede a quienes no se rinden. Poco a poco la distancia acumulada durante tantos años fue desapareciendo.

Volvieron a encontrarse con la misma calma con que se reencuentran dos viejos caminos. El tiempo había dejado marcas en ambos cuerpos. Él sentía el peso de las canas y algunas molestias en la espalda. Ella acomodaba las rodillas con más cuidado que antes. Sin embargo, la ternura seguía allí, intacta.

Hubo risas cuando aparecieron los primeros calambres y miradas cómplices cuando descubrieron que algunas limitaciones también podían ser motivo de cariño. Ya no existía la urgencia de la juventud. Tampoco la necesitaban.

Las caricias dejaron de ser exploración para convertirse en memoria. Reconocieron la piel del otro como quien regresa a un lugar conocido después de una larga ausencia. El aroma a coco y lo salobre del mar seguían habitando en ella. Él volvió a sentir aquella emoción antigua que lo había acompañado durante años y comprendió que ciertas sensaciones no desaparecen; simplemente aprenden a esperar.

Permanecieron juntos largo rato, escuchando el sonido lejano de la ciudad y el murmullo del viento entrando por la ventana. Nadie hizo promesas. Ya habían aprendido que la vida suele tomar caminos propios.

Mientras observaba el perfil de ella iluminado por la luna, comprendió que el tiempo no había derrotado lo que compartían. Lo había transformado. La pasión que una vez ardió como fuego seguía allí, pero convertida en una brasa tranquila y persistente. Menos impetuosa, quizás, pero capaz de resistir los años, la distancia y las ausencias.

Entonces entendió que algunos amores no regresan para comenzar de nuevo. Regresan para recordarnos quiénes fuimos, cuánto hemos cambiado y por qué ciertos recuerdos continúan brillando cuando todo lo demás parece haberse apagado.

Y mientras contemplaba el resplandor sereno de su perla negra, supo que aquella historia nunca había terminado realmente. Sólo había estado esperando el momento de volver a encontrarse con el tiempo.

 

Mayo Ya 2026.
Foto propia.

jueves, 2 de julio de 2026

LA HORA DE LOS DESTELLOS




Yo, Ángela, no la vi esperarlo, pero en los pueblos una aprende a leer lo que dejan las noches. Una sabe cuándo una mujer no duerme tranquila, cuándo una casa guarda una luz encendida más por espera que por miedo. Supe después que Soledad no se acostó serena aquella vez.

La onda tropical 9 había entrado desde temprano y, al caer la madrugada, Nueva Guinea parecía hundida bajo una sábana de agua oscura. Las calles se volvieron zanjas, las aceras desaparecieron bajo el lodo y los andenes eran pequeñas islas abandonadas. En los patios, los perros no ladraban y las gallinas dormían encogidas en sus palos, como si hasta los animales entendieran que esa noche no era para andar afuera.

Despertó a las tres de la madrugada, en la hora de los destellos. Un rayo abrió el cielo como una costura blanca y después vino el trueno, largo, rodando desde el cerro Brujo. Ella se incorporó asustada.

Por un instante no supo si había despertado por la tormenta o por la espera, hasta que recordó. Él. Entonces se cubrió el cuerpo con una colcha fina, encendió la lámpara y caminó por la casa. Revisó las esquinas, el cielo raso, las paredes. Buscó goteras, charcos, manchas de agua, pero la casa resistía por dentro. Afuera, en cambio, el mundo se deshacía en lodo.

Luego abrió la puerta del corredor frontal. El viento le lanzó lluvia en la cara y ella sostuvo la colcha contra su pecho mientras miraba hacia la calle. No pasaba nadie, no se oía ningún motor ni voces; solo las gotas caminaban por la madrugada, golpeando láminas, postes y piedras.

Otro relámpago iluminó el corredor y allí estaba él: sentado junto al pilar, empapado, con la camisa pegada al cuerpo y los zapatos cubiertos de lodo. Había pasado allí la tormenta sin tocar la puerta. Parecía cumplir una penitencia impuesta por la lluvia.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó ella, sin soltar la colcha.

Él levantó el rostro. Tenía los labios morados de frío.

—Desde antes de la una —respondió, con la voz tomada por el frío.

—¿Y por qué no tocaste? —preguntó, bajando apenas la voz.

—La luz se apagó.

Ella bajó la mirada.

—Me dormí —dijo, como si pidiera perdón sin querer hacerlo.

—Lo sé.

Durante un momento solo habló la lluvia. Ella miró hacia la calle vacía, hacia las casas cerradas, hacia la oscuridad que el aguacero volvía más espesa. Nadie podía verlos, nadie andaba por Nueva Guinea a esa hora; la noche había bajado los párpados sobre el pueblo.

—Pudiste haberte ido —dijo ella.

—No vine hasta aquí para irme —respondió, mirándola como quien todavía espera permiso.

La frase quedó entre los dos, pesada como ropa mojada. Ella sostuvo la colcha con más fuerza, no por frío, sino por esa vergüenza dulce que nos visita cuando el deseo ya no quiere esconderse. Después abrió más la puerta.

—Entrá —dijo, apartándose de la puerta.

Él se levantó despacio. Antes de cruzar la puerta se quitó los zapatos y los dejó en el corredor, chorreando agua. Luego entró con una confianza peligrosa, como quien sabe que no llega por primera vez y que, aun así, cada entrada puede ser la última.

La puerta se cerró. Adentro, la tormenta quedó golpeando las láminas del techo, insistiendo como una mano desesperada. La luz amarilla de la lámpara los encontró frente a frente: él olía a lluvia, a camino lavado, a madrugada; ella seguía cubierta con la colcha fina, pero ya no parecía tener frío.

—No debiste venir con este tiempo —dijo ella.

—Vos me dijiste que viniera.

—Te dije antes de medianoche —respondió, pero ya sin fuerza para sostener el reclamo.

Él sonrió apenas.

—El lodo no entiende de horas.

Ella quiso responder, pero no pudo. Algo más fuerte que la prudencia había comenzado a crecer entre los dos. Afuera subía el agua; adentro crecía otra agua, más antigua, más callada, más honda.

Entonces él miró hacia el cuarto. En la pared, junto al ropero, colgaba una camisa limpia, planchada, quieta, con los botones cerrados hasta el cuello. Parecía guardar todavía la forma de un cuerpo ausente. Soledad también la miró y no dijo nada. La camisa seguía allí, blanca y muda, sin necesidad de nombrar a nadie. Las mujeres sabemos que ciertas prendas no solo cuelgan: vigilan, pesan, recuerdan lo que una ya no quiere decir en voz alta.

Para ellos, aquella camisa era más que una ausencia. Era la frontera de un amor que llevaba años viviendo en la sombra.

Él bajó la voz.

—¿Todavía querés que me vaya? —preguntó, como si temiera romper algo.

La mujer volvió los ojos hacia la sala y lo miró como se mira algo que se ha esperado demasiado tiempo y que, de pronto, aparece mojado, temblando, real.

—No —dijo ella, sin apartar la mirada.

La respuesta fue pequeña, pero bastó para llenar la casa. Él dio un paso y ella no retrocedió. Durante años, Soledad había aprendido a vivir con silencios en la mesa, con preguntas que no se hacían y con noches donde el corazón dormía de lado para no estorbar.

También se habían querido así: entre puertas cerradas, despedidas sin promesa y la complicidad silenciosa de miradas que callan. Sabían que aquello no podía durar para siempre, y por eso cada encuentro les ardía más.

Aquella madrugada algo había despertado en ella sin pedir permiso. No temblaba solamente el cuerpo; también temblaba una parte de su vida que había creído apagada. Era esa peligrosa alegría de sentirse mirada otra vez, de volver a descubrirse como una casa con luces encendidas.

—Me dormí esperándote —agregó, como si al fin confesara la espera.

Él se acercó un poco más.

—Yo no me fui.

Afuera, el lodo continuó creciendo, las aceras desaparecieron y los patios se volvieron pequeñas lagunas oscuras. La lluvia lavaba todo antes de que amaneciera. Ella bajó la luz, no para esconderse, sino porque algunas verdades no soportan toda la claridad.

La camisa quedó en penumbra. Él le tomó la mano con cuidado, como quien teme quebrar lo que ha esperado tanto. Ella sintió el frío de sus dedos mojados y, al mismo tiempo, una tibieza vieja le subió por el pecho.

No hubo prisa. Hubo una ternura lenta, de esas que nacen cuando dos personas saben que están cruzando una línea y, aun así, no se detienen. Después dejó caer la colcha sobre una silla.

Nueva Guinea seguía entregada al aguacero. No pasaba nadie; ninguna moto rompía la madrugada, ningún perro ladraba. Solo la lluvia iba y venía por las calles, como una vecina antigua que todo lo sabe y nada cuenta.

Adentro, ellos dejaron de escuchar los truenos. La madrugada los cubrió con su sombra tibia y ya no les importaron la calle inundada, ni el lodo creciendo, ni aquella camisa inmóvil que parecía escuchar desde el cuarto. La lluvia seguía cayendo sobre los techos, sobre los patios, sobre las zanjas abiertas, pero dentro de la casa caía otra cosa.

Caía una espera antigua, una esperanza cansada, un amor que había aprendido a vivir escondido, pero que todavía encontraba la forma de encender la casa.

Yo, Ángela, no lo vi, pero supe leer el silencio de aquella casa vecina, cerrada hasta tarde. Porque una mujer conoce ciertos silencios: los que duelen, los que esperan y los que una madrugada se atreven a abrir una puerta. Por eso digo que la lluvia no siempre cae para limpiar. A veces cae para borrar caminos, a veces para ocultar pasos, a veces para que una mujer descubra, en la hora más oscura, que se ha vuelto a enamorar.

 

18 de junio de 2026.


martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

domingo, 25 de enero de 2026

CASA CERRADA, CAMA OCUPADA

 



En Bluefields la noche no duerme.

Respira.

 

Él la deseaba, 

y pensaba con el cuerpo,

no con la memoria limpia.

 

Su cabello rizado

le caía como algas negras sobre el pecho,

húmedo, vivo.

Su olor seguía ahí:

una mezcla de aceite de coco y miel, 

caliente después del amor la piel, 

ese olor que no se olvida

aunque cambie la cama.

 

Los ojos,

grandes, negros, brillantes,

almendrados como fruta abierta en la sombra,

no miraban;

desnudaban.

 

Boca blanda, carnosa y peligrosa.

De ahí salían murmullos

que todavía golpean su espalda:

o baby,

o yes… o yes,

dichos bajito,

como si la noche pudiera oírlos.

 

Los hombros recibían su peso.

Las manos sabían

cuándo apretar

y cuándo esperar.

 

Los pechos,

opulentos, vivos,

respiraban con la noche.

Los pezones, 

oscuros, firmes y despiertos, 

desafiaban el aire húmedo

mientras ella soltaba,

entre jadeos:

o gad

so nice...

don't stop... o yes...

 

El ombligo,

pequeño abismo,

lo reclamaba siempre.

 

Y las nalgas...

nalgas de diosa caribeña,

anchas, vivas, soberanas,

moviéndose al ritmo

de un tambor invisible,

un tambor antiguo

que no llama al baile

sino al combate.

Ahí ella perdía la voz

en un o yes… más

que le quemó la memoria.

 

Las piernas lo atrapaban

como marea cerrándose,

atrayéndolo hacia su sexo,

tibio, húmedo, salobre y palpitante.

Los pies, descalzos

buscaban suelo

mientras el placer desordenaba la casa.

 

Hasta esa noche.

 

Volvió de un viaje

mercante por los pueblos del litoral

con el cuerpo encendido.

La casa estaba cerrada.

En el corredor brillaba un viejo bombillo.

 

Desde la casa vecina

una radio encendida

escupía reggae lento,

bajo, insistente,

como si alguien celebrara

lo que él venía a perder.

 

Entonces escuchó su voz.

La misma.

Las mismas palabras,

pero para otro.

 

Gemidos conocidos:

o baby,

o gad,

o yes… o yes..

o gad… yes, yes

rebotando en la madera

como golpes secos.

 

Ahí entendió todo en una sola frase:

casa cerrada, cama ocupada.

 

No entró.

No llamó.

 

Dio la vuelta.

Lluvia en los hombros.

Lodo en los zapatos.

Una quiebra plata apagándose

a un lado del camino.

 

El o yes, o yes, lo seguía

en cada paso,

como una pregunta,

desvaneciéndose

en la noche.

Igual que él.

 


 

22 de enero de 2026.



viernes, 19 de septiembre de 2025

ALLÁ EN EL PUEBLO



El pueblo era lindo, alegre, lleno de luces de colores. Así lo pensaba yo antes. Tenía parques iluminados por donde se podía caminar y un malecón bonito donde siempre se paseaban las muchachas. Había restaurantes, cantinas y muchas fritangas en los alrededores y en las callecitas más estrechas, por donde no pasaba el camión. Iba los martes y los jueves por mi trabajo. Viajábamos en el camión que cargábamos los lunes y miércoles, todo el día hasta el anochecer. Luego cenábamos y caíamos rendidos, porque la chamba no era nada fácil.

El viaje siempre era pesado. Llevábamos sacos llenos de yuca, quequisque, maíz y frijoles recién cosechados; nunca faltaba el queso, y los jueves incluso llevábamos chanchos, que montábamos en un enrejado improvisado en la cola del camastro. Así íbamos, cargados hasta el tope, camino al pueblo. ¿Qué cuánto tardábamos? Dependía, porque así era la vida: impredecible. A veces el camino estaba bueno, mejor dicho, menos malo, porque ya era costumbre que estuviera lleno de hoyoncones, piedras sueltas en verano y charcos hondos en invierno, casi intransitable. Si no nos deteníamos ni a saludar a los conocidos de los caseríos, hacíamos unas tres horas desde el mero centro de la montaña hasta el empalme que lleva a los pueblos.

A pesar de todo, el viaje siempre me parecía entretenido; el camastro resonaba duro y había que ir moviendo la carga para que no se cayera o se maltratara. Pero los chanchos sí eran caso aparte: esos animales chillaban y se cagaban del miedo cuando bajábamos guindos empinados en la montaña. Lo peor era cuando se ponchaba una llanta, porque me tocaba a mí hacerle huevo y cambiarla. No era por el peso ni por la fuerza —para eso ya tenía mis mañas del oficio—, sino por el lodazal del camino, que me dejaba embarrado hasta la cabeza. Por eso siempre llevaba mi mudadita extra para cambiarme al llegar al pueblo, después de descargar el camión.

Como salíamos tempranito, al atardecer ya había terminado mi tarea. Llegaban otros camiones y camionetas a llevarse la carga: distribuidoras, matarifes, fritangueros, comedores. De toda clase de negocios venían a comprarnos y nos hacían encargos para el siguiente viaje. Moncho, el chofer, era quien manejaba el dinero y le rendía cuentas al patrón. Yo prefería no meterme en eso, porque si algo salía mal, el que salía embarrado era yo. Mejor así, tranquilo, aunque sabía que algún día iba a ser el jefe, cuando estuviera más grande.

Mientras tanto, Moncho llevaba el camión al lavadero y yo me iba a la pensión donde nos pagaban la dormida. Me bañaba, me ponía chajín y salía listo para dar una vuelta. Me gustaba mucho caminar por el malecón, sentir la alegría de la gente que se acomodaba en las bancas y los bordes, cerquita del río. Desde allí veía llegar lanchas y pangas repletas de personas que bajaban con sus maletas, sus sacos, y rápido se escurrían por las callecitas del pueblo. Había parejas que se tomaban fotos. Desde la orilla del río veía la plaza, y los restaurantes llenos de gente que venía de todas partes, hasta cheles de otros países o viajeros que pasaban la noche antes de cruzar la frontera. Los veía alegres y entretenidos, y después seguía caminando hasta unas cuadritas más pequeñas para buscar una fritanga y comer algo.

Ahí, justo ahí, ocurría la magia verdadera de esos viajes al pueblo. Ahí veía a la Ria, la muchacha que atendía. Apenas miraba sus ojos negros, grandes y bonitos, sentía como si se me abriera el cielo y el corazón me latiera a cien por hora. Ella era joven, tenía dieciséis años, y me fascinaba la gracia con que hacía sus cosas. Era alegre, y cuando sonreía, sus dientes brillaban en la noche. En su cinturita colgaba un delantal pintado de fiesta, lo amarraba socadito como quien sabe el hechizo que carga. Y cuando caminaba —si la vieras— me daba una risa dulce, como de nervios, porque se movía con la soltura de una garza azul: esa que cruza el estero sin apurarse ni alborotarse, sabiendo que todos la miran.

Ella me atendía con su encanto. Una vez pude tocarle las manos y sentí que eran suaves como flor de cedro que adorna el camino. Moncho también llegaba a esa fritanga, aunque a él le gustaba la patrona, la jefa de Ria. Siempre me animaba para que le dijera que me gustaba, pero me entraba un miedo, una cosa rara, como si al decírselo se fuera a acabar esa alegría tan bonita que sentía cada vez que iba al pueblo.

Así que pasaba el rato mirándola desde mi mesa. Veía cómo atendía a los clientes con delicadeza, lo fina que era con ellos. Escuchaba su vocecita suave, que sonaba como una quebradita de agua fresca bajando de la montaña hasta fundirse con el río; un río tan grande como los sentimientos que me despertaba.

Moncho decía que cuando estuviera mayorcito me parara firme frente a ella y le confesara todo lo que sentía. Mientras llegaba ese día, yo terminaba de comer y me despedía tímidamente. Sonriente me decía: “¡Adiós, Kike, que Dios te acompañe!”, y yo regresaba por esas callecitas silenciosas hasta la pensión. Me acostaba pensando en mi Ria, y así me pasaba las noches lluviosas en el pueblo, dándole vueltas y más vueltas en mi cabeza.

Y así pasaron los años: yo en mis viajes, y ella en su fritanga. No me cansaba de mirarla. Aunque me deslumbraba por bonita, también en ese ir y venir había visto de todo, sí señor… Desde gente que salía del monte con cueros de animales enormes, troncos gigantes cortados en trozas, y excavaciones tan hondas que parecían tragarse la tierra, de donde los hombres sacaban pepas de oro y salían como locos, untados hasta el pelo de lodo, rogándonos que los lleváramos, aunque fuera hasta el empalme.

Una noche le dije a Ria que cada día la veía más linda. Fue Moncho quien me empujó: “Decile ya, hombre, si no te vas a quedar sin Beatriz y sin retrato”, me soltó serio, como quien ya se hartó de verme callado. Y yo se lo dije. Ella se puso nerviosa, los ojazos le brillaron como la luna subiendo por la montaña y me dio las gracias, como quien llevaba tiempo esperando que lo dijeran.

Y mire usted… resultó la magia. Una noche de lluvia esperé que cerrara su fritanga, y caminamos por una de esas callecitas angostas. En el corredor oscuro de una casa nos dimos nuestro primer beso.

Volé de contento a mi comunidad. Anduve cantando por los caminos, contándole a los árboles y al monte que por fin tenía novia. “Ria es mía”, me repetía en silencio, como quien acaricia una flor entre las manos sin querer que se deshoje.

El martes siguiente, apenas terminé de descargar, me fui a bañar y me puse la mejor camisa. Me perfumé con fe. Bajé silbando, feliz, y fui directo a su fritanga. Pero ella no estaba. La patrona me dijo que desde el viernes no había vuelto. Que la habían ido a buscar a su casa, pero nadie sabía nada. Su familia estaba preocupada. Muy preocupada.

El jueves, cuando regresé, volví con el corazón encogido. Y fue allí donde me dieron la noticia. A Ria la habían encontrado en un recodo del río. Muerta. Con golpes en el rostro y moretones en las piernas. Dicen que la violaron. Que fue un grupo de hombres. Que nadie vio nada. Que quizás cruzaron el río y se fueron lejos. Su familia la llevó a su comunidad para enterrarla. Y yo... yo grité. Grité como nunca. De rabia, de impotencia, de dolor.

Desde entonces, todo cambió. La fritanga se quedó vacía. Moncho me dice que no pierda la fe, que siga, que la vida es así. Pero ya no es igual. Sigo en la ruta, en los caminos, subiendo y bajando la montaña, pero voy con el alma hecha pedazos. Me cuesta reír. Me cuesta dormir. Me cuesta creer que un amor tan limpio, tan bonito, haya terminado así.

Y cuando paso por el pueblo, ya no me bajo en la esquina alegre. No pregunto por ella. Porque ya sé. Porque allá en el pueblo, donde una vez pensé hacer mi nido, solo quedó el eco de su risa y una fritanga cerrada.

Allá en el pueblo... se me rompió el corazón.

El camino, antes lleno de cantos, ahora es un murmullo triste. Las mismas curvas, los mismos charcos, los mismos baches... pero ya no tengo prisa por llegar. Ni siquiera por salir. Me siento en la parte de atrás del camastro a veces, mirando el polvo, dejando que el sol me queme la cara, y no digo nada. Moncho me habla, pero yo apenas lo oigo. La risa se me fue. Y la voz también.

Antes, cuando pasábamos frente a los guayabales, me gustaba bajarme a cortar unas cuantas frutas para llevárselas. Ría decía que la guayaba tenía su propio perfume. Ahora los miro, y no siento nada. Ni la fruta, ni el monte, ni el viento me traen consuelo.

Me duele la espalda, pero más me duele el pecho. Es como si alguien me hubiera arrancado algo de adentro. Me despierto por las madrugadas, en el hospedaje donde duermo, y la busco con la mano, creyendo que está ahí, aunque nunca se haya acostado conmigo. Es que yo la soñaba para siempre. Para reírnos juntos en una mecedora, para envejecer con niños, para ver llover tomados de la mano. Para eso la quería.

Y ahora voy por los caminos con el corazón deshecho. Las noches son las peores. Porque en el monte, cuando el motor se apaga y el canto de los grillos es lo único que suena, me llega su voz. Me llega su risa. Me llega la pregunta que nunca me hice: ¿por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué así? 

Dicen que los que lo hicieron huyeron lejos. Que quién sabe. Pero yo lo que sé es que se llevaron a mi Ría. Me arrancaron el alma. Y no hay justicia que me la devuelva.

A veces quiero bajarme del camión y quedarme allí, en medio del camino. No avanzar más. Pero algo en mí —tal vez su recuerdo— me empuja a seguir. Con el pecho lleno de piedras, con los ojos secos de tanto llorar por dentro, sigo. Por ella.

Porque, aunque me quitaron su cuerpo, su dulzura se quedó conmigo. Porque, aunque la fritanga ya no humea, el amor que cocinamos allí, entre tortillas y miradas, no se borra. Porque, aunque su risa ya no se escucha allá en el pueblo... dentro de mí, todavía canta.

Y así voy, subiendo montañas, cruzando ríos, bajando al llano. Como antes. Pero no igual. Nunca más igual.

 

20 de junio de 2025.

Foto: Internet



martes, 29 de julio de 2025

YO NO SÉ DECIR BONITO

 



Yo no sé decir bonito, pero te miro

sentada en esa silla, 

y me tiemblan los pliegues del alma.


Sos como tarde buena para sembrar,

morena como tierra mojada,

con ese calor que se sube y no se baja.


Tu pelo lacio, negrito,

me recuerda la cascada cuando llueve,

brillante, rebelde, hechicero. 


Tus gafas, como espejo de laguna,

quietas y llenas de secretos,

son las puertas abiertas al cielo.


Y esas piernas tuyas,

cruzadas como quien no quiere,

me hacen pensar cosas

que ni el cura me saca de la cabeza.


No hablás,

pero yo te escucho entera,

como cuando el río suena calladito

y uno sabe que abajo hay corriente brava.


Si sonreís, me jodí.

Porque me dan ganas de dejar la parcela, 

el ganado, el rancho...

y sentarme ahí, cerquita,

aunque sea en el suelo.


Tu blusa,

ligerita como para engañar al calor,

me deja ver lo justo,

pero lo justo ya me quema.


Sé que sos de ciudad,

estudiada y culta, de palabras finas...

pero igual te lo digo a mi modo:


Sos linda, 

como la primera lluvia después del verano.

Y si algún día te da por mirarme,

aunque sea un ratito,

te prometo que te siembro hasta el alma.



5 de junio 2025

Foto: Internet

martes, 1 de julio de 2025

FUISTE MÍA

 


Fuiste mía,

solo un instante,

pero ay, qué instante…

fuiste mía.

 

Tus labios —mi condena—

sabían a piña rosada prohibida, 

a deseo que no se disimula.

Los rocé,

y el mundo se volvió un suspiro.

 

Fuiste mía,

un fuego que no avisa,

un adiós sin sonrisa,

fuiste mía.

 

Tus besos bajaban despacio,

como si cada uno dijera:

“no hay regreso, solo eternidad.”

Y yo, loco de vos,

me perdía sin culpa.

 

Tu cintura era un río lento,

una curva que pedía ser leída

como oración sin iglesia.

La recorrí con las manos temblando,

como quien toca lo prohibido… y se queda.

 

Y aunque el mundo te llevó,

y aunque el miedo te escondía,

yo me quedo con la herida…

porque fuiste mía.

 

Tus palpitaciones eran golpes de tambor,

cada uno más cerca, más dentro.

Bajo mis dedos,

tu piel hablaba,

decía lo que tu boca callaba.

 

El calor de tu cuerpo —ay, amor—

era un incendio dulce.

Tu espalda sudaba ternura,

y tu vientre era la puerta

que abriste sin pedir permiso.

 

Solo un instante,

pero ay, qué vida…

fuiste mía,

fuiste mía.


Mi ser creyó en tus promesas suaves.

Fue altar de palabras gastadas,

hogar de silencios fingidos,

una farsa que pedía caer…

y yo caí.

 

29 de Junio de 2025.

Foto: Sergio Orozco Carazo


lunes, 23 de junio de 2025

RAÍCES DE ESPERANZAS

 


El aroma del mercado

En una comarca remota de las verdes tierras bajas de Nueva Guinea, vivía un hombre llamado Esteban. Era un hombre sencillo, marcado por los surcos de la vida tanto como lo estaba la tierra que poseía Sus manos fuertes y agrietadas contaban historias de trabajo duro, pero sus ojos, siempre ensombrecidos, hablaban de una vida sin felicidad plena.

Tenía dos matrimonios fallidos. La primera esposa lo dejó después de años de disputas silenciosas, ahogadas por la rutina del campo. "Somos como raíces enlazadas, pero secas", le dijo antes de marcharse. La segunda fue aún más breve; su juventud y energía chocaron con la pasividad de Esteban, y ella se fue con otro hombre, llevándose las pocas esperanzas que él había reunido. No hubo hijos en ninguno de esos matrimonios, y eso lo hacía sentir incompleto. En una cultura donde la descendencia era el verdadero legado, vivía como un árbol sin frutos, sin una sombra que ofrecerle al futuro.

A pesar de todo, continuaba su vida. Cada mañana, con los primeros rayos de sol, pastaba cuatro vacas y cuidaba de sus cultivos de yuca y maíz con la esperanza de un mañana mejor, aunque no supiera para quién. Sin embargo, algo en él había muerto hacía tiempo, y su risa se había convertido en un eco perdido.

 

La llegada de Telma

Una tarde calurosa, mientras llevaba sus productos al pequeño mercado de la colonia más cercana, una figura desconocida captó su atención. Era una mujer joven, de porte elegante pero práctica, con una sonrisa amplia y un cabello que brillaba bajo el sol. Telma, como luego supo que se llamaba, era negociante. Había llegado desde la ciudad con telas coloridas, utensilios modernos y zapatos de trabajo. Su voz era melodiosa y llenaba el espacio con una energía contagiosa. La gente de la colonia, incluido Esteban, no podía apartar la vista de ella.

Telma no solo vendía mercancías; vendía sueños. Hablaba de ciudades bulliciosas, de oportunidades y de una vida más allá de los valles verdes. Se sintió atraído por ella como una polilla a la luz. Había algo en su independencia, en su manera de enfrentar el mundo que despertaba un sentimiento que creía olvidado: la esperanza.

 

Un amor inesperado

Con cada visita al mercado, encontraba una excusa para hablar con Telma. Compraba cosas que no necesitaba, solo para escuchar su risa. Ella lo trataba con amabilidad, aunque al principio parecía ver en él solo a un cliente más. Pero con el tiempo, la persistencia de Esteban empezó a derretir sus reservas. Descubrió que detrás de su rostro severo había un hombre gentil y dedicado.

¿Por qué no vienes conmigo a la ciudad? le propuso un día, medio en broma, medio en serio. Esteban rio al principio, pero la idea comenzó a germinar en su mente como semilla en suelo fértil. ¿Qué lo ataba a la comarca? No tenía esposa ni hijos. Su tierra era todo, pero, ¿de qué servía una vida sin compartirla con alguien?

Cuando Telma regresó quince días después, Esteban había tomado su decisión. Vendió su pequeña parcela, empaquetó lo poco que tenía y se unió a ella. Voy contigo, dijo con determinación. Telma lo miró sorprendida, pero aceptó. Tal vez pensó que sería útil tener a alguien como él, un hombre trabajador y fiel, a su lado.

 

La vida en la ciudad

La ciudad era una tormenta de ruido, movimiento y promesas. Acostumbrado al silencio de las montañas, se sentía perdido, pero Telma era su ancla. Trabajó para ella, cargando mercancías, ayudando en el negocio y aprendiendo poco a poco el ritmo frenético de su nuevo entorno.

Al principio, todo era un sueño. Telma parecía feliz con él, y Esteban, aunque fuera de lugar, se esforzaba por adaptarse. Pero con el tiempo, las diferencias comenzaron a emerger. Esteban seguía siendo el campesino sencillo que era, mientras que ella, siempre ambiciosa, buscaba más. Las ciudades tienen una forma de hacer que la gente quiera escalar más alto, y no podía seguirle el paso.

Un día, después de una discusión amarga, Telma le dijo que debía irse. "No es tu culpa, pero nuestras vidas no son compatibles. Yo quiero algo más, y tú mereces a alguien que valore lo que ofreces". Sus palabras fueron un golpe seco, y aunque trató de convencerla, ella ya había tomado su decisión. Esteban la vio marcharse con la misma ligereza con la que había llegado a su vida.

 

El regreso a casa

Solo y sin propósito, decidió regresar a su comarca. Viajó durante días, cruzó ríos y valles, cargando no solo su equipaje, sino el peso de un corazón roto. Cuando finalmente llegó, la comarca parecía más pequeña, más silenciosa. Nada había cambiado, pero él ya no era el mismo.

La gente lo miraba con curiosidad. Algunos lo recibieron con amabilidad, otros con indiferencia. No tenía tierras, ni casa, pero se instaló como pudo en una vieja choza abandonada al borde del caserío. Allí pasó sus días en soledad, preguntándose qué sentido tenía seguir adelante.

Una tarde, mientras observaba el horizonte, un grupo de niños pasó corriendo cerca de su choza. Sus risas llenaron el aire, y algo en ellos llamó su atención. Una de las niñas, con un rostro que le resultó extrañamente familiar, se detuvo y lo miró.

¿Eres Esteban?, preguntó con curiosidad.

Sí, ¿por qué preguntas?, respondió.

Mi madre dice que eres mi padre, dijo con una sonrisa inocente antes de correr siguiendo a los otros niños.

Se quedó paralizado, el corazón latiendo con fuerza. Al día siguiente, buscó a su segunda esposa, quien le confirmó lo que la niña había dicho.

Era demasiado joven cuando me fui, confesó ella. Nunca supe cómo decírtelo. Pero ahora lo sabes.

 

Una nueva esperanza

Esteban encontró en esa niña un propósito renovado. No importaba cuántas veces el amor lo hubiera traicionado, ni cuántos sueños se hubieran desmoronado. En su hija, vio una segunda oportunidad. Aprendió a ser padre, aunque tarde, y su corazón, tan acostumbrado a la pérdida, empezó a sanar.

Aunque su vida siguió siendo humilde, encontró una felicidad que nunca había conocido antes. No era la felicidad que imaginó al lado de Telma, ni la que buscaba en los campos o en la ciudad. Era un tipo de amor más puro, uno que no pedía nada a cambio, y que finalmente le dio la paz que tanto había anhelado.

 

22 de junio de 2025.

Foto: Internet.

martes, 4 de febrero de 2025

DESDE MOUNT PLEASANT HILL

 


Dicen que en la mar está la paz,

pero yo sé que también es un abismo,

porque por la mar te fuiste

una tarde de verano,

dejándome en esta isla

de arenas blancas y arrecifes dormidos.

 

Desde Mount Pleasant Hill

vi tu sombra desvanecerse,

esperé que las estrellas emergieran

donde tu figura se hundió en el horizonte,

pero solo quedó el eco

de un adiós que no quise escuchar.

 

Ahora miro al Norte

y te imagino perdida en un mar distinto,

de calles frías y atiborradas,

corriendo tras un sueño

que no sé si aún te pertenece.

 

En la profundidad de la memoria

busco nuestra risa entre los cocoteros,

las canciones que juramos eternas,

y me duele saber

que en poco tiempo todo ha cambiado:

las palabras, las promesas,

las verdades en que creíamos.

 

Aquí sigue el sol,

el viento y las olas,

las estrellas brillando sobre la mar,

pero ya no sé si traen paz

o solo la tristeza de saberte lejos.

 

Es tan tarde ahora,

pero lo es mucho más

en un lugar donde nunca estaré

para verte otra vez.

 

 

4 de Febrero 2025

Foto: Internet


viernes, 11 de octubre de 2024

EL VIENTO

 


He recorrido diversos lugares preguntando a varias personas sobre el viento: qué significa para ellas, cómo lo perciben, qué asociaciones les evoca. Les he preguntado sobre las respuestas de sus sentidos, los recuerdos que despierta, los temores y sentimientos que les provoca. Las respuestas que obtuve son tan variadas como los propios vientos. Las he sintetizado, preservando el anonimato de quienes compartieron sus vivencias. Comprenderá por qué, después de leer El Viento.

 LUPITA: El viento me despertó.

 Tiene treinta años y vive en una ciudad al norte de Florida desde que su marido le quitó el pequeño negocio que tenían juntos. Se dio cuenta de que todos los bienes obtenidos por el trabajo en conjunto quedaron únicamente para él, ahora su ex, pero ella prefiere llamarlo “el desgraciado”. La casa se la quedó ella, pero no puede alquilarla ni hacer negocios con ella, según consta en el documento de divorcio. La pensión alimenticia para sus dos hijos no le alcanzaba para salir adelante, así que se fue de manera clandestina, porque en esos años no existía el parole humanitario.

“Mi familia me ayudó, y crucé mojada. El viaje duró más de un mes y fue horrible, una pesadilla que no le deseo a nadie. Prácticamente viajé con coyotes, que en parte del trayecto, ya en México, estaban escoltados por narcos. Fue un mes de terror, la mayoría del tiempo estuve encerrada en casas que usan para traficar con personas. Pero ahora, aquí trabajando y gestionando mis papeles, veo hacia atrás y me doy cuenta de que la mayor pesadilla fue la que viví al lado del desgraciado de mi exmarido. Es increíble cómo no me di cuenta antes, después de más de 10 años de matrimonio.

Recién casada, enamoradísima, no lo voy a negar, me volví loca por ese hombre. Quería que me quedara encerrada en casa. Mi vida era un martirio. Pero una noche lluviosa, el viento me despertó. Soplaba fuerte, las ramas de los árboles golpeaban el techo de zinc sin parar. Ni siquiera eso podía hacer el desgraciado, cortar esas ramas. Esa noche, en medio del ruido, me di cuenta. Vi una película de mi vida con él, y supe que ya no podíamos seguir juntos. Nos divorciamos, y me dejó en la calle. Mis hijos, mis queridos hijos, están con mi hermana. Yo aquí, luchando por salir adelante, por ellos, por una vida mejor."

 JACK: El viento es mi aliado.

Tú sabes lo que significa el viento para un pescador, ¿verdad? Cuando salgo de madrugada, antes de las cinco de la mañana, casi siempre la bahía está tranquila, con poco oleaje. Remo desde el pequeño muelle cerca de mi casa en Old Bank. Mientras voy hacia el noreste, siento el viento fresco y suave en el rostro, ¡y ese viento me llena de vida, de energía! Es como si me diera la bienvenida cada día.

Al pasar las isletas de mangle que bordean el canal, casi siempre hay ráfagas suaves que vienen del norte. La vela no engaña, la izo y, maniobrando el cayuco, atrapo el viento. Una vez embolsada, la vela se pone orgullosa, altiva, con la fuerza justa para navegar. Y allí voy, directo a los bancos de chacalines, que a veces están frente a la isla del Venado, otras veces entre Half Way Cay o cerca de las playas de El Bluff y Rama Cay.

Me paso el día chacalineando, como tantos otros pescadores. Para mí, la tarraya es como el machete para un campesino: es mi herramienta de vida. Los pescadores de la bahía formamos una fraternidad. Estar juntos allí, cada uno en su cayuco, es pura alegría. ¿Alguna vez has pasado en una panga cerca de nosotros? Seguro nos has visto felices, saludando a los que pasan rumbo a Bluefields o El Bluff. ¡Hasta nos sacan fotos! Siempre hay pangueros que se acercan a vernos, a mostrarnos a los pasajeros mientras trabajamos. Nos sentimos como estrellas por un momento, con nuestra captura del día.

Y todo ese tiempo, el viento es nuestro compañero, a veces juguetón, a veces severo, pero siempre presente. Nos mantiene alerta, como el verdadero amo y señor de la bahía, y prácticamente lo es. Nos afecta a todos, en el ánimo y en el trabajo. Mueve las corrientes, nos guía. Lo mejor es cuando sopla un viento intermedio, ni muy fuerte ni muy suave. Cuando está fuerte, espanta a los peces y chacalines; si está demasiado calmado, el agua transparente y la luz intensa los alejan.

Al terminar la faena, volvemos a desplegar las velas y maniobramos de vuelta a casa, hacia Bluefields y los muelles de su bahía. Allí, al final del día, el cayuco descansa tranquilo en la orilla, listo para el próximo amanecer."

 OXY: El viento me vuelve loca de amor.

La vida mía transcurría tranquila, hasta que me di cuenta de que estaba enamorada de dos hombres. Primero fue el primero, el que me hizo sentir mujer, al que le di mi primer hijo. Todo ocurrió tan de repente. Una tarde lo vi caminando hacia mi casita, ubicada junto al callejón, en la subida de la carretera que lleva al pueblo. Mi amor no había llegado aún, andaba trabajando, ganándose el día como chambero, cargando y descargando camiones. Como siempre, lo esperaba a un lado del camino, al frente de mi casa de madera y zinc viejo, con su piso de tierra bien apisonado, que mantengo limpiecito. Ahí nací, crecí con mis hermanos, y vi morir a mis padres. Mis hermanos se marcharon, y yo me quedé sola con él.

Estaba esperando ver su figura doblar por la esquina, cuando, de pronto, vi que subía por el camino otro hombre. Al pasar, me dijo: “¡Adiós preciosa! Cada día estás más hermosa”, y me dio una risa que no pude contener. Reí a carcajadas, y él también. ¡Qué locura la mía! Él siguió su camino, pero yo me quedé con una sonrisa que no se me quitaba. Cuando llegó mi amor, lo notó y me preguntó qué me pasaba. No dije nada, solo lo agarré, lo empujé al aposento, y con unas ansias locas, lo desvestí. El viento afuera parecía agitarlo todo, y dentro de mí, algo se desató, una necesidad profunda, una urgencia que no podía detener.

Pasó otra vez. El hombre subió por el camino, me dijo palabras dulces, y me reí con la misma locura. Y cuando mi amor llegó, lo hice mío con esas mismas ganas desenfrenadas. Era como si el viento, con sus ráfagas, hubiera traído consigo algo que despertaba en mí deseos que no podía ignorar.

Semanas y meses pasaron así, hasta que un día, sin saber de dónde saqué valor, me crucé en el camino del hombre. Sus ojos brillaron y sus labios temblaron, pero logró decirme que se llamaba Juan. Sentí que el corazón me explotaba en el pecho, y sin pensarlo le dije que al día siguiente lo esperaba para darle un fresquito. Y así fue. Llegó como a las tres de la tarde. Le ofrecí una naranjada bajo la sombra de las matas de chagüite. Él la bebía despacio, como si no tuviera sed, mientras yo no podía apartar la vista de sus ojos, sus labios, su cuerpo fuerte.

De pronto, comenzó a llover con viento, una tormenta de esas que parece venir de otro mundo. El viento y la lluvia nos azotaban sin piedad, y lo tomé de la mano para llevarlo adentro, a refugiarnos. Apenas cruzamos el umbral, él me rodeó la cintura y me atrajo hacia su cuerpo. No sé cómo, pero en un abrir y cerrar de ojos, la ropa fue desapareciendo entre nosotros. Lo sentía tan cerca, tan fuerte, que todo lo demás se desvaneció. Afuera, el viento seguía su furia, pero dentro, todo era un torbellino distinto. Me levantó, y enredada en él, encontré lo que tanto deseaba, al ritmo de la tormenta.

Después de ese día, todo parecía volver a la normalidad. Él pasaba, me decía cosas bonitas, y yo le daba su vasito de fresco. Pero detrás de la casa, entre las matas de chagüite, se escondían todos nuestros arrebatos, que nos dejaban rendidos entre las hojas.

Ahora vivimos los tres juntos. Soy la mujer más afortunada del mundo. El viento, ese que siempre me trae locura y amor, nos envuelve. Dormimos en la misma cama, y nos queremos como si fuéramos uno solo. Por las mañanas, salgo a despedir a mi amor cuando va al trabajo, y él baja por el camino hacia sus labores del campo. Y así vivimos, en paz, enredados en el viento, enredados en amor.

PASCUAL: Quiero ser una tormenta.

Es... raro. No sé, tal vez soy yo. Pero cada vez que me siento aquí, en este mismo lugar, algo pasa. No sé si es la gente o es el viento o es... algo más. Es como si todos, todos los que pasan, fueran una especie de... tormenta. Sí, eso. Una tormenta de viento, o algo así. ¡Eso tiene sentido! Porque... porque el viento es fuerte, y es rápido, y no lo puedes controlar, igual que las personas. No sé por qué no lo había pensado antes.

Ahí está. Mira a esa mujer. Esa, la de chaqueta roja. Es como... un torbellino, pero no de los que arrastran casas. Es más como... no sé, como uno que solo quiere moverse. Tal vez ni sabe a dónde va, pero sigue avanzando. Sí, como esos tornados pequeños que no rompen nada, pero igual giran y giran. Todo su cabello se mueve, y yo... no puedo dejar de mirar. Es como si todo lo que arrastra su viento me envolviera a mí también. ¿Qué estará pensando? Seguro no está pensando en mí. Nadie lo hace. Pero su viento... siento que me arrastra un poco. Me marea.

Luego, está ese hombre. El del pelo despeinado, ese... es como un huracán. Lo puedo ver, lo puedo sentir. Va rápido, pero no hacia mí. Es más como si fuera a arrancar todo lo que está a su alrededor. Un viento violento. Y está tan... enojado. ¿Está enojado? No lo sé, pero parece. Tal vez solo está cansado, o tal vez tiene algo atrapado dentro que lo está matando. ¡No puedo saberlo! Pero lo siento. ¡Puedo sentirlo! Como si su viento me golpeara en la cara. Odio eso. Me da miedo. No quiero ese tipo de viento cerca de mí. Pero tampoco quiero que se aleje... no quiero estar solo.

La mujer vieja... ella es... diferente. No se parece a los demás. Su viento es como... no sé... suave, casi inexistente. Como si fuera una brisa que no importa. Pero no, no es así. Sé que es importante. Sé que ese tipo de viento se mete en los rincones más oscuros, en los lugares donde nunca llega nadie. Está ahí, pero nadie lo nota. Me pregunto si ella sabe lo importante que es su viento. Yo lo sé. No sé por qué lo sé, pero lo sé. Quizás ella también lo sabe. Tal vez por eso camina tan lento, como si su viento estuviera cansado de empujar.

Un niño... ese niño que pasa corriendo... él es como un ventarrón, uno de esos que no puedes predecir. ¿Por qué corren los niños? ¡Siempre corren! Y su viento es como... como... ¡No lo puedo explicar! Es un desastre, como si no supiera lo que hace, pero al mismo tiempo... sí lo sabe. Es libre. Su viento no tiene reglas. Desearía ser como él. Desearía que mi viento fuera así, que no me atara a esta maldita silla, a este maldito lugar. Pero no puedo. Mi viento está... atrapado. Siempre atrapado.

Un grupo de gente pasa, pero no puedo... no puedo concentrarme en todos. Son como una gran tormenta, todos mezclados. Voces y pasos y... ruido. No me gusta cuando el viento es así. Es confuso. No sé de dónde viene ni adónde va. Me hacen sentir pequeño. Muy pequeño. Como si todo este viento fuera a aplastarme. Odio eso. Odio sentirme así. Quiero salir corriendo, pero no puedo. ¡No puedo! Porque mi viento no se mueve. Nunca se mueve.

¿Qué clase de viento soy yo? ¿Soy una tormenta? No lo sé. Creo que no. Creo que soy más como... nada. Una hoja, tal vez. Una hoja que el viento arrastra de aquí para allá. Pero ni siquiera. Porque ni siquiera me arrastran. Estoy quieto, siempre quieto. Los demás tienen vientos, tienen tormentas. Yo solo... miro. Miro y siento como me pasan por encima. Ni siquiera me ven. Soy invisible. ¿O soy un viento que aún no ha empezado? Tal vez cuando lo haga... no sé. ¿Qué pasa cuando una tormenta se despierta de golpe? ¿Destruye todo? ¿Me destruirá a mí también?

Pasan más personas, más tormentas. Todas diferentes, todas iguales. La chavala de la bicicleta... su viento es juguetón. Me gusta ese tipo de viento, pero no lo entiendo. No puedo. No sé cómo jugar con el viento. El hombre del sombrero... su viento es seco. Me reseca la garganta, me hace toser. No me gusta.

Y yo... ¿qué hago aquí? ¿Por qué sigo mirando? ¿Por qué siento que soy menos que todos esos vientos? No quiero ser menos. Quiero ser una tormenta también. Pero no puedo. No puedo...

 

Relatos del Viento

10 de octubre de 2024

Foto cortesía de Noticias de Bluefields.