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martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

miércoles, 6 de abril de 2022

OLORES Y SABORES DE SEMANA SANTA


Abrió los álbumes de fotografía que guardaba en la nube y sus ojos brillaron, se humedecieron y esas gotitas de dolor se escurrieron por su mejilla, aliándose con la miopía que padecía para provocarle una visión borrosa.

La tarde del viernes santo estaba por caer. El mismo día que sacrificaron a Jesús en una cruz por decir la verdad y desafiar el régimen imperante, pero esa semana santa no era la misma de los años anteriores porque era la primera vez que iba a pasar fuera de su casa, lejos de sus abuelos, padres, hermanos, tíos y primas.

Repentinamente se llenó de recuerdos que llegaban a ella en oleajes de pasado. Recordaba su infancia, no tan lejana, pero ahora añorada. La semana santa que habían trascurrido todos esos años no tenía ningún precio, ningún valor inmensurable.

Llegar a su nueva casa, un apartamento que ahora ocupaba después de partir al exilio, dejaban vacío su corazón. Ya no estaba en el patio con su mamá, ni su abuela, ni sus tías, alrededor de una mesa de madera moliendo la masa de maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; no miraba los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Vio que todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango.

Después de almorzar se preparaban para partir hacia la Playa de El Tortuguero donde disfrutaban al máximo una tarde de arena, sol y playa entre ellos y otros amigos del puerto. Tanta dicha, tanta alegría al estar entre su familia y conocidos al atardecer en un viernes santo.

Este año la semana santa era diferente. Mientras esperaba que Juan llegara del trabajo se sentó en la cama, tocó el power de la computadora, abrió los archivos de fotos que guardaba en la nube y se reconfortó con recuerdos del pasado. Ahora estaba en un lugar extraño, lejano y frío, en una casa sin olor ni sabor a semana santa.

Extrañaba las voces, los gritos y las risas, las charlas cómplices con sus primas, los abrazos, los besos. Se sentía sola y triste en un país extraño, un país que no era el suyo.

Algo que la inquietaba manteniéndola en alerta desapareció cuando sonó el timbre del teléfono. Confirmó que la familia, reunida como siempre en casa, añoraba a sus miembros que habían partido al exilio por múltiples razones, y al igual que ella, también recordaba los olores y sabores de semana santa en años pasados.

 

miércoles, 6 de abril de 2022

Nueva Guinea, RACCS. 

Foto propia: Álbum familiar.

martes, 27 de marzo de 2018

BILWASKARMA



Ninguno de los dos conocíamos Bilwaskarma pero sabíamos que ellas, Karen y Melania, lo dijeron esa tarde en el estadio, estudiaban enfermería en esa localidad cercana a Waspán. Los invitamos a Bilwaskarma, dijo Melania con una sonrisa seductora que intercambiaba con Karen. Volví la mirada hacia Glass, ambos llevábamos puesto el uniforme de la selección de béisbol de Bluefields diseñado para los juegos de la serie del Atlántico que se jugaba en Waspan en 1975 ó 1976, no lo recuerdo muy bien pero fue por esos años. Glass no titubeó y, sin consultarme, dijo que llegaríamos a visitarlas antes del juego porque nos tocaba jugar contra Puerto Cabezas al día siguiente por la tarde.

Glass era mayor que yo, unos tres o cuatro años mayor, y más corpulento. Se había conocido con Melania en Bluefields y ella lo miraba con esos ojos color de miel deslumbrados que tiene como tratando de atrapar una estrella fugaz que se desvanece en su recorrido. Por él fue la invitación, y me sentí como un aderezo en el plato principal que habían preparado porque Karen se mostraba un poco distante, nerviosa e indiferente conmigo.

Perfecto, dijo Melania, los estaremos esperando y le dio un beso a Glass. Por la mañana sale un bus de Waspán hacia Bilwaskarma, pueden abordarlo en el parque, el recorrido es corto porque apenas hay diez kilómetros hasta allá. Karen por su parte me extendió la mano, una mano un poco grande para su altura, suave y fría, pero la expresión de sus ojos al tomarla me dejaron pensando que algo misterioso en ella quedaba expuesto al contacto con mi piel.

Y se marcharon, caminaron juntas y nos volvían la mirada con una sonrisa de complicidad. Ahora si, dijo Glass, la partimos. Se van a dar cuenta, Smith se va a dar cuenta y nos van a sancionar, respondí. No te preocupes, el juego es hasta las dos de la tarde, después que desayunemos nos vamos para Bilwaskarma.

El vehículo se detuvo frente a la entrada del hospital – escuela de Bilwaskarma. Al bajar ellas nos estaban esperando. El hospital se encontraba cubierto de un bosque denso de pinares y estaba pintado de color blanco con verde. Caminemos, dijo Melania, y la seguimos. Pensé que nos iban a mostrar el hospital pero en lugar de caminar hacia las instalaciones tomaron un camino arenoso hacia la izquierda del edificio. Sigan caminando sin detenerse, ya los alcanzamos, dijo Melania y, siempre con sus sonrisas cómplices, regresaron al hospital.

Caminamos quizás unos quince minutos y nos detuvimos en un promontorio de grandes rocas, piedras azules regadas, esparcidas en un radio de unos quinientos metros en los alrededores. Glass estaba ansioso y me decía que ahora sí, la partimos, estas chavalas no andan con cuentos. Talvez Melania con vos pero a Karen la veo muy misteriosa, le dije y subí al promontorio de rocas. Desde el borde de una gran roca vi una laguna azul cubierta de árboles de pino, a una altura de unos diez metros desde las rocas que la protegían. Volví la mirada hacia Glass y vi llegar a Melania con Karen. Llevaban puestas sus batas de enfermeras, calzaban chinelas y ambas cargaban bolsos. Desde allí me saludaron y vi a Melania tomar de la mano a Glass, lo jaló hacia otro punto de la laguna mientras Karen se quedaba inerte, sin moverse del lugar. La llamé y subió el promontorio.

Mientras Melania y Glass se acomodaban en una de las piedras, al otro lado de donde me encontraba, Karen llegó a mi lado. Ahora siempre pienso en Karen, dos o tres veces al día, quizás más, talvez diez, siempre vuelve su recuerdo para estos días de semana santa. Al llegar a mi lado dijo, no tardé ni cinco minutos en subir, sí, eso dijo. Nos sentamos en una de las piedras y a su lado la laguna me pareció mucho más bella. Vi a Melania en el otro lado quitándose la bata de enfermera, a Glass quitándose la ropa, y tomados de la mano, se tiraron a la laguna. Karen sonreía, siempre sonreía, sus labios carnosos mostraban al hacerlo su blanquecina dentadura. ¿Cómo es tu vida en el hospital?, le pregunté. Ella no dejaba de mirar a Glass y a Melania que nadaban con sus cuerpos sincronizados en las aguas de la laguna azul.

Es triste, dijo.  Y no sé de donde diablos se me ocurrió decirle, que conmigo la tristeza había llegado a su final, que estaba allí para alegrarla, para hacerle el amor, que quería que fuera mía en ese paraíso norteño caribeño, en esas aguas azules rodeadas de pinos en abundancia. Karen se quedó pensativa, dos, tres, cinco segundos. Se levantó, se quitó la bata blanca, quedó desnuda ante mis ojos. ¡Madre santa, que mujer más hermosa!, me dije. Toda ella, su cuerpo caneloso, su cintura generosa, su vientre tenso, su sexo depilado, sus piernas acentuando su disposición, y su sonrisa, esa sonrisa blanca en esos labios carnosos que me invitaban a descubrir lo desconocido me dejaron ensimismado, mirándola, saboreándola, ella allí con el sol de la mañana a sus espaldas, el verdor de los pinos de fondo, exhorto, soñándola. Primero debes bañarte conmigo, dijo y me libró del ensueño.

Me tendió su mano y la sensación del misterio volvió a atraparme, me jaló y caminamos al borde de una roca. Sin dudarlo, estoy seguro que la laguna era su espacio de diversión preferido, dio un salto que duró toda la eternidad, uno, tres, cinco, siete segundos, hasta que su cuerpo color canela se sumergió en el manto azul de la laguna dejándome expectante de la explosión del agua en espera de verla resurgir con su sonrisa. Uno, tres, cinco, siete segundos, no lo sé, pero tardó más que un orgasmo en volver para invitarme, llamándome con esa misma sonrisa para que me precipitara en ese abismo a descubrir el secreto.

Y viéndola, sensual, con su cuerpo bañado de azul, sus piernas en movimiento esparciendo el agua, di un salto sin dejar de verla. Al contacto con el agua mi cuerpo se cubrió de las gélidas aguas. Al salir del azul profundo ella se me acercó como adivinando que necesitaba el calor de su cuerpo. Madre Santa, que agua más helada, alcancé a decir y mi cuerpo dejó de responder a los intentos de nadar. Ella se dio cuenta que estaba tiritando de frío y me abrazó, su cuerpo se acercó al mío, tocó mis brazos y mi espalda y descubrió que temblaba. Sentí que unas manos pegajosas que me jalaban desde el fondo de la laguna y entré en pánico, traté de gritar y no pude hacerlo. No recuerdo nada más, creo que me quedé en blanco.

La volví a ver en la orilla, junto a una piedra, rodeado por sus brazos, con una toalla cubriendo mi espalda y sus piernas enmarañadas con las mías. “Pensé que te ahogabas”, dijo. Me tomó nuevamente con sus manos de misterio, me ayudó a levantarme, subimos el promontorio, busqué con la mirada a Melania y a Glass pero no logré verlos. “Aquí, siéntate aquí, respira, respira profundo”, dijo.

Unos minutos después había salido del shock, pero el frío que sentía no había desaparecido. ¿Qué te pasó?, pregunto Karen. Primero sentí un frío terrible, me quedé como congelado y sentí que unas manos me jalaban desde lo profundo de la laguna, respondí. Pensé que se iba a reír, pero no, no lo hizo, más bien se quedó pensativa, sin hablar por uno, tres, cinco, siete segundos.

¿Me dices la verdad?, preguntó. Sí, sí, no te miento, respondí. Volvió a sonreír, sus manos buscaron las mías. Mírate los pies, dijo. Vi en pies, arriba de los tobillos, una marca azul. ¿Y esto?, ¿Qué es esto?, pregunté. Es la marca de la reina de la laguna, se enamoró de vos, le llaman Liwa Mairen, y te ha hecho un hechizo de amor, dijo. ¿Cómo?, ¿Y ahora que va a sucederme? Nada, no te preocupes, dijo y me dio un beso con sus labios carnosos y su cálida lengua. No logré contar los segundos que duró el beso, no sé cuántos fueron, me sentí dentro de la laguna, nadando, enmarañado con la Liwa Mairen, haciéndole el amor en círculos, escuchando sus quejidos como cantos de sirena, con mi sexo atrapado en éxtasis y teniendo uno, tres, cinco, siete orgasmos. Cuando Karen dejó de besarme, Melania y Glass estaban a nuestro lado y mi cuerpo volvió a responderme.

Nunca más volví a ver a Karen. Siempre recuerdo su sonrisa y el misterio que la cubría. No sé si está viva ni donde vive, pero siempre pienso en ella para los días de semana santa. Siempre vuelve a mí, vuelvo a vivir, a sentir, a disfrutar el beso que me dio y los siete orgasmos que tuve dentro de las aguas de la laguna de Bilwaskarma.

27/03/2018
Semana Santa
Nueva Guinea
RACCS.


viernes, 6 de abril de 2012

EN NUEVA GUINEA NO CUMPLEN INSTRUCCIONES DE LA PRESIDENCIA

El 2 de abril del corriente, la Sra. Rosario Murillo, coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía del gobierno, manifestó lo siguiente: “Ayer nos estuvimos comunicando con las autoridades de la Policía Nacional, que están cumpliendo con el monitoreo de las instrucciones que se han dado desde la Presidencia, de no cobrar absolutamente ninguna contribución a ningún nicaragüense que vaya... Y quiero dejarlo claro, no es únicamente a las compañeras o a los compañeros que venden cualquier alimento, refresco, artesanía, productos, en las playas o en los centros turísticos, son también las familias nicaragüenses que van a recrearse a los sitios turísticos,  a las playas, ríos, lagos, volcanes, esas bellezas naturales que compartimos en nuestra Nicaragua, bendita y libre. Ningún nicaragüense, ya sea que esté trabajando, ya sea que esté paseando con su familia, debe pagar ninguna contribución a Municipios, es decir, Alcaldías. La Policía va a garantizar que esto se cumpla estrictamente. Hacemos el llamado a l@s herman@s Alcaldes, Alcaldesas, a cumplir estrictamente las instrucciones del Comandante Daniel... ¡no se cobra, ni a trabajadores, ni a vendedores, ni a familias, o personas que se recreen en los lugares turísticos... playas, lagos, ríos, montañas, Municipios de nuestro país. Eso debe quedarnos claro, y nosotros, desde la Policía, desde las Alcaldías, desde el Poder Ciudadano, desde la Juventud Sandinista, desde los Movimientos Sociales, que estamos desplegados en todo el país, en el cuido, en la salvaguarda de estas vacaciones de ustedes, queridas familias nicaragüenses, vamos a contribuir a que se cumpla. Vamos a estar monitoreando, minuto a minuto, en coordinación con la Policía, y las Autoridades locales” (http://www.el19digital.com/index.php?option=com_content&view=article&id=37294%3Arosario-en-tu-nueva-radio-ya-02-de-abril-de-2012&catid=31%3Adiscursos-de-daniel-y-rosario&Itemid=14).

En Nueva Guinea las autoridades e instituciones han hecho caso omiso a dicho comunicado de la Presidencia. Reporteros de Radio Manantial (Giovanni Bravo y Rubén Martínez) han realizado visita a los diferentes ríos donde los comerciantes han instalado sus puestos de venta (chinamos) de alimentos, bebidas, cervezas y ron. Luego de entrevistar a varios comerciantes han constatado cobros ilegales. La Dirección General de Ingresos (DGI), es decir la oficina local de la Renta, ha cobrado impuestos que oscilan entre C$ 1,000 y C$ 2,020.00. La alcaldía municipal ha cobrado entre C$ 250.00 y 1,020.00, los bomberos C$ 200.00 por inspección aún cuando el delegado del Ministerio de Gobernación los ha desautorizado para que sigan cobrando a la población desde antes de emitido el comunicado de la Presidencia. Los entrevistados también han manifestado que la Policía Nacional, el Ministerio de Salud y MARENA han realizado cobros.

Sí las instituciones del Estado mencionadas han realizado cobros son ilegales. Es de esperarse que el dinero cobrado ingrese a las cuentas que manejan en los bancos y por esa vía la Presidencia se dé cuenta del incumplimiento de las orientaciones que ha dictado. Los pequeños comerciantes que aprovechan las vacaciones de semana santa para procurarse ingresos en los ríos se encuentran enardecidos y se escuchan sus voces de reclamo a través de las radios locales. “Daniel Ortega manda pero nadie le hace caso”, dijo uno de los entrevistados por los periodistas de radio Manantial en el noticiero “Esta Mañana” transmitido el día de hoy.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS.
06/04/2012

martes, 19 de abril de 2011

SEMANA SANTA EN EL CAMPO

Procesión Campesina en Punta Gorda
Tradicionalmente miles de familias nicaragüenses optan por tomarse sus merecidas vacaciones de semana santa en los diferentes balnearios existentes en la costa del Pacifico. Es espectacular el movimiento de vehículos de todos los tipos, particulares y colectivos, que salen de Managua y de los restantes departamentos en búsqueda de las aguas saladas y orillas arenosas de esas playas. De igual manera, es creciente y a la vez visible las mejoras alcanzadas por brindar, a los veraneantes de diferentes estratos sociales, comodidades adecuadas acorde a la capacidad de sus bolsillos. La infraestructura turística ha mejorado en los últimos años, la calidad de los servicios crece en menor proporción a la infraestructura y es allí donde mayor inversión, humana principalmente, debe promoverse para hacer más atractiva la visita a dichos balnearios.

El gran impulso que se ha dado a la construcción y mantenimiento de carreteras es un indicio que el foco de atención para atraer turistas descansa en la inversión de infraestructura. Es necesaria, pero no lo es todo. Es preciso invertir en la calificación de los prestadores de servicios, pequeños, medianos y grandes, para que continúen siendo atractivas a los nicaragüenses y turistas extranjeros. Una carretera en buen estado, que nos lleva a la playa en la que existen locales para nuestra estadía pero sin el calor humano necesario, con el paso del tiempo deja de ser un atractivo.

Una alternativa diferente, subvalorada por la creciente campaña publicitaria a favor de las playas del Pacifico, es pasar las vacaciones de semana santa en el campo. Sí, en el campo, en la finca de los familiares, de los amigos o en aquellas que prestan condiciones para ello. Esta alternativa nos brinda mucho, pero mucho más tranquilidad a nosotros y los nuestros. Nos llena de paz al alejarnos del mundo bullicioso, de los sonidos musicales elevados al máximo, del bombardeo hacia el consumismo y de la necesaria y constante vigilancia de nuestros hijos o nietos ante “el hormiguero” de gente que deambula por las playas con múltiples fines, mas allá que el de disfrutarlas.

El campo nos recibe con toda su gracia y en estos tiempos de semana santa, en el periodo de verano o seco, se viste de gala. Miles de árboles sobresalen con sus coloridas florescencias como vestidos, cada cual a su propia moda, de colores que van de rosado, amarillo, blanco y rojo, según sea la especie. Además, los ríos que lo atraviesan se encuentran apacibles, sus aguas color verde zarco manifiestan sus bancos de arena y lajas inmensas de piedras azules así como múltiples pozas que son cubiertas de vegetación tornando sus aguas frescas. No dejan de pasar desapercibidos pájaros de diferentes especies y colores que con sus cantos deleitan nuestros oídos así como el clamor mañanero de los monos y congos. Recorrer el campo montado a caballo o mula nos permite disfrutar a mayor plenitud este maravilloso, acogedor y encantador paisaje. En el campo se vive en armonía con la naturaleza y, sin dudarlo, podemos apreciar la majestuosidad de la luna llena y respirar el aire en su máxima expresión de pureza al amanecer.

Los campesinos también celebran la semana mayor organizados alrededor de sus capillas. El propio viernes santo, “el último vía crucis” se organiza en las diferentes comarcas y las catorce estaciones, que simbolizan el sufrimiento de Jesucristo hacia la cruz, se desarrollan a lo largo de caminos de bestias o trochas, en las que cada familia prepara en la entrada de su finca una estación, adornando el sitio con flores, palmeras y la cruz de madera donde realizan las oraciones con cantos acompañados por las infaltables guitarras campesinas. Lo sofocante del calor del medio día y la capa de polvo, que en el periodo lluvioso se vuelve lodo, no obstaculiza que se realice esta actividad religiosa con devoción en nuestro campo. En otros casos, familias completas organizan esta actividad en el corral de sus fincas con la participación de sus vecinos cuando la capilla queda muy distante.

Dos culturas veraniegas existen en el país a como señala el ilustre naturalista y explorador Dr. Jaime Incer Barquero, la playera (del Pacifico) y la ribereña (de Tierra Adentro). La de Tierra Adentro es la del campo, merecedora de mayor promoción porque es en ella donde persiste la belleza de nuestro suelo y autentica nacionalidad, aún desconocida por muchos.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS