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martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

domingo, 24 de agosto de 2025

EL POTRERO DE LOS MUERTOS

 



El hombre está solo, y consigo mismo va por allí.

Camina en dirección al bosque que es suyo,

nadie más que él ha sembrado los robles, el bambú,

acacias, cedros y caobas.

Allí podría pasar libremente todo el día,

viendo cómo han crecido, calculando la altura,

el grosor, sin medirlo más que con su vista y su tacto.

 

Piensa en aquellos años cuando no había

árboles, ni animales, solamente zopilotes.

Y sus pensamientos, que surgen en la zona neutra

de su cerebro, lo llevan en dirección a la quebrada,

que antes era una rayita, casi por secarse,

sin motivos para vivir entre las laderas despobladas.

 

Se agacha y bebe de su agua fresca y limpia,

que corre hacia abajo entre troncos, hojarasca y piedras.

Con ambas manos se refresca la cara y suspira pureza.

Se levanta y observa, a su izquierda, en la bajura,

el Potrero de los Muertos, nombre heredado

desde los tiempos de la guerra,

que conserva por respeto a los que fueron enterrados a la ligera

y que ahora yacen en paz entre grandes peñones,

cubiertos de líquenes, musgos y helechos

que se aferran a grietas o fisuras en la roca.

 

Acompañantes de ellos —desconoce nombres y origen—

son aves que se refugian para anidar,

lagartijas y serpientes,

murciélagos, caracoles y cangrejos terrestres.

 

Mira hacia el cielo y nota que avanzan nubes grises.

El hombre es libre y discreto. Observa la tierra y sus criaturas.

Va contento y despreocupado, y piensa en la mujer que ama.

Mejor no lo canta, porque no es asunto de nadie más que suyo.

 

Sus manos tiemblan un poco,

pero aún saben acariciar un tronco,

levantar el pañuelo como estandarte de vida.

 

Y así va, cantándole a sus labores, a la naturaleza,

al escenario por el que se le ha pasado la vida,

con la punta del pañuelo que sale del bolsillo de su pantalón

y baila al viento,

seguro de que no es esclavo de nadie,

solo de la libertad.

 

 

Domingo, lluvioso.

24 de agosto de 2025.

Foto: Internet.


lunes, 23 de junio de 2025

RAÍCES DE ESPERANZAS

 


El aroma del mercado

En una comarca remota de las verdes tierras bajas de Nueva Guinea, vivía un hombre llamado Esteban. Era un hombre sencillo, marcado por los surcos de la vida tanto como lo estaba la tierra que poseía Sus manos fuertes y agrietadas contaban historias de trabajo duro, pero sus ojos, siempre ensombrecidos, hablaban de una vida sin felicidad plena.

Tenía dos matrimonios fallidos. La primera esposa lo dejó después de años de disputas silenciosas, ahogadas por la rutina del campo. "Somos como raíces enlazadas, pero secas", le dijo antes de marcharse. La segunda fue aún más breve; su juventud y energía chocaron con la pasividad de Esteban, y ella se fue con otro hombre, llevándose las pocas esperanzas que él había reunido. No hubo hijos en ninguno de esos matrimonios, y eso lo hacía sentir incompleto. En una cultura donde la descendencia era el verdadero legado, vivía como un árbol sin frutos, sin una sombra que ofrecerle al futuro.

A pesar de todo, continuaba su vida. Cada mañana, con los primeros rayos de sol, pastaba cuatro vacas y cuidaba de sus cultivos de yuca y maíz con la esperanza de un mañana mejor, aunque no supiera para quién. Sin embargo, algo en él había muerto hacía tiempo, y su risa se había convertido en un eco perdido.

 

La llegada de Telma

Una tarde calurosa, mientras llevaba sus productos al pequeño mercado de la colonia más cercana, una figura desconocida captó su atención. Era una mujer joven, de porte elegante pero práctica, con una sonrisa amplia y un cabello que brillaba bajo el sol. Telma, como luego supo que se llamaba, era negociante. Había llegado desde la ciudad con telas coloridas, utensilios modernos y zapatos de trabajo. Su voz era melodiosa y llenaba el espacio con una energía contagiosa. La gente de la colonia, incluido Esteban, no podía apartar la vista de ella.

Telma no solo vendía mercancías; vendía sueños. Hablaba de ciudades bulliciosas, de oportunidades y de una vida más allá de los valles verdes. Se sintió atraído por ella como una polilla a la luz. Había algo en su independencia, en su manera de enfrentar el mundo que despertaba un sentimiento que creía olvidado: la esperanza.

 

Un amor inesperado

Con cada visita al mercado, encontraba una excusa para hablar con Telma. Compraba cosas que no necesitaba, solo para escuchar su risa. Ella lo trataba con amabilidad, aunque al principio parecía ver en él solo a un cliente más. Pero con el tiempo, la persistencia de Esteban empezó a derretir sus reservas. Descubrió que detrás de su rostro severo había un hombre gentil y dedicado.

¿Por qué no vienes conmigo a la ciudad? le propuso un día, medio en broma, medio en serio. Esteban rio al principio, pero la idea comenzó a germinar en su mente como semilla en suelo fértil. ¿Qué lo ataba a la comarca? No tenía esposa ni hijos. Su tierra era todo, pero, ¿de qué servía una vida sin compartirla con alguien?

Cuando Telma regresó quince días después, Esteban había tomado su decisión. Vendió su pequeña parcela, empaquetó lo poco que tenía y se unió a ella. Voy contigo, dijo con determinación. Telma lo miró sorprendida, pero aceptó. Tal vez pensó que sería útil tener a alguien como él, un hombre trabajador y fiel, a su lado.

 

La vida en la ciudad

La ciudad era una tormenta de ruido, movimiento y promesas. Acostumbrado al silencio de las montañas, se sentía perdido, pero Telma era su ancla. Trabajó para ella, cargando mercancías, ayudando en el negocio y aprendiendo poco a poco el ritmo frenético de su nuevo entorno.

Al principio, todo era un sueño. Telma parecía feliz con él, y Esteban, aunque fuera de lugar, se esforzaba por adaptarse. Pero con el tiempo, las diferencias comenzaron a emerger. Esteban seguía siendo el campesino sencillo que era, mientras que ella, siempre ambiciosa, buscaba más. Las ciudades tienen una forma de hacer que la gente quiera escalar más alto, y no podía seguirle el paso.

Un día, después de una discusión amarga, Telma le dijo que debía irse. "No es tu culpa, pero nuestras vidas no son compatibles. Yo quiero algo más, y tú mereces a alguien que valore lo que ofreces". Sus palabras fueron un golpe seco, y aunque trató de convencerla, ella ya había tomado su decisión. Esteban la vio marcharse con la misma ligereza con la que había llegado a su vida.

 

El regreso a casa

Solo y sin propósito, decidió regresar a su comarca. Viajó durante días, cruzó ríos y valles, cargando no solo su equipaje, sino el peso de un corazón roto. Cuando finalmente llegó, la comarca parecía más pequeña, más silenciosa. Nada había cambiado, pero él ya no era el mismo.

La gente lo miraba con curiosidad. Algunos lo recibieron con amabilidad, otros con indiferencia. No tenía tierras, ni casa, pero se instaló como pudo en una vieja choza abandonada al borde del caserío. Allí pasó sus días en soledad, preguntándose qué sentido tenía seguir adelante.

Una tarde, mientras observaba el horizonte, un grupo de niños pasó corriendo cerca de su choza. Sus risas llenaron el aire, y algo en ellos llamó su atención. Una de las niñas, con un rostro que le resultó extrañamente familiar, se detuvo y lo miró.

¿Eres Esteban?, preguntó con curiosidad.

Sí, ¿por qué preguntas?, respondió.

Mi madre dice que eres mi padre, dijo con una sonrisa inocente antes de correr siguiendo a los otros niños.

Se quedó paralizado, el corazón latiendo con fuerza. Al día siguiente, buscó a su segunda esposa, quien le confirmó lo que la niña había dicho.

Era demasiado joven cuando me fui, confesó ella. Nunca supe cómo decírtelo. Pero ahora lo sabes.

 

Una nueva esperanza

Esteban encontró en esa niña un propósito renovado. No importaba cuántas veces el amor lo hubiera traicionado, ni cuántos sueños se hubieran desmoronado. En su hija, vio una segunda oportunidad. Aprendió a ser padre, aunque tarde, y su corazón, tan acostumbrado a la pérdida, empezó a sanar.

Aunque su vida siguió siendo humilde, encontró una felicidad que nunca había conocido antes. No era la felicidad que imaginó al lado de Telma, ni la que buscaba en los campos o en la ciudad. Era un tipo de amor más puro, uno que no pedía nada a cambio, y que finalmente le dio la paz que tanto había anhelado.

 

22 de junio de 2025.

Foto: Internet.

martes, 25 de mayo de 2021

EL HOMBRE QUE ESPANTA A LOS PÁJAROS

 




El hombre ha pasado todo el día, desde las cinco y media de la mañana hasta las seis de la tarde, espantando pájaros. Va y viene, camina hacia el norte y les grita, regresa al sur y ajocha a sus tres perros para que corran tras ellos, mientras que los zanates con su fuerte graznido se comportan como burlándose de él. Va hacia el oeste y amarra en varios postes de la parcela pedazos de sacos coloridos. Camina hacia el este gritando, grita fuerte, son casi alaridos que acompañan los ladridos de los perros.

En el centro de la parcela, sobre el tronco de un árbol recién talado, se detiene y poco a poco va dándole forma a un espantapájaros, un asistente de trapo y plástico, sin forma humana, solamente son pedazos, parches alrededor y encima del tronco que se mueven al ritmo del viento, pero él lo mira con detenimiento, es su obra, su creación, ante la cual se maravilla.

Y se ríe solo a carcajadas, mientras los perros pequeños y ariscos, perros monteros, uno de color café y dos negros, giran a su alrededor y ladrando en un tono distinto, un tono de alegría y de aprobación, le transmiten al hombre algo como si le dijeran estamos orgullosos de vos y ahora sí vamos a librarnos de los pájaros, mientras él les responde sobándoles la cabeza, dándoles una pequeña muestra de cariño en esa inmensidad en la que revienta la semilla del maíz en el terreno labrado hace pocos días, donde los granos germinados le van dando una tonalidad verde incipiente y, al elevar la mirada, la ladera se muestra gloriosa entre el verde claro, verde selva y el amarillo de los palos de agua florecidos a su tiempo en lo alto de la colina.

El hombre se sienta al lado de su creación y los perros se echan a sus pies. Ha caminado todo el día. Se nota cansado. Su rostro muestra las arrugas de los años, su barba blanca y su cabello cano dan fe del tiempo que ha pasado por su cuerpo ahora cansado. Son él y sus perros, la tierra, los pájaros y la montaña. Estira las piernas, sus botas de hule están terrosas. Bebe agua de una botella de plástico; saciado les ofrece a los perros y en orden, de uno en uno, beben de un chorrito que les deja caer sin desperdiciarla.

Unos minutos después el hombre se levanta y los perros se arisquean. Una bandada de palomas San Nicolás se ha asentado en el extremo este de la parcela. “Jucho, jucho”, grita el hombre y los perros salen disparados hacia ellas. Al Norte se escuchan los graznidos de los zanates en bandada que oscurecen el entorno y el hombre grita, grita fuerte, “hijos de puta”, “hijos de puta” y corre en dirección a ellos.

La tarde cae. El hombre camina de arriba para abajo entre los surcos. Cubre con tierra tirada por sus botas las plántulas de maíz que los pájaros han sacado de la tierra. Sus pasos son cortos y lentos, casi arrastra los pies por el peso de la tierra y usa un pedazo de palo como bastón. Los perros ladran. Los pájaros alzan vuelo en busca de refugio. El hombre da un último recorrido revisando los sacos y el plástico. Se detiene frente a su espantapájaros como si de él se despidiera. Los perros se reúnen a su alrededor y en silencio, poco a poco, caminan hacia la montaña y se desvanecen con la oscuridad de la noche.

24 de Mayo 2021.

Foto de Ronald Hill.



martes, 12 de diciembre de 2017

EN ESTA ÉPOCA ESTOY MEJOR


Juan Pérez me llamó por teléfono. Desde que lo escuché me di cuenta que volvía con sus mentiras. “No te preocupes, es cierto que la cosecha de naranjas estuvo malísima, pero los palitos que tengo están llenos. El domingo voy a cortar para llevarte un saco lleno y hagas tu fresquito mañanero”, dijo.

Al primero que se lo dije fue a Ronald Tadashi, mi nieto. Llamé a Juan Pérez el domingo y me salió diciendo que no estaba en Nueva Guinea, que andaba haciendo unos mandaditos y que no me preocupara; nunca dice dónde se encuentra, aún vive en aquella época cuando conspiraba permanentemente.

A Ronald Tadashi no se le olvidó. Hoy pasó toda la tarde siguiéndome y recordándome las naranjas. “Abuelo, y las naranjas”, decía insistentemente. “Juan Pérez es mentiroso”, le dije. “Pero abuelo, yo quiero naranjas”, seguía diciendo detrás de mí.

“Hombre, te voy a quitar esas ganas”, le dije y llamé a Ronald Jr. “Ronald, vamos a buscar naranjas donde don Pedro Figueroa para que se le quiten las ganas”, le dije y salimos hacia la finca de don Pedro en el jeep Suzuki Samurai.

Al pasar por el banco de material me di cuenta que tenía varios meses de no transitar por ese camino. Hoy se ha convertido en un plantel de maquinaria pesada y se encuentra sobreexplotado, sus laderas se han ensanchado en tres costados, y si no pasara por allí el camino, estoy seguro que el pequeño riachuelo que se cruza al doblar hacia la izquierda en dirección a la finca de don Pedro ya lo hubieran sepultado.

Bajamos despacio para cruzar el río El Zapote. “Papá, papito, por qué no cruzamos por el puente”, dijo Ronald Tadashi. “Quiero cruzar por el puente”, insistía. “Vas a cruzarlo caminando cuando regresemos”, le dijo Ronald. El agua del río se encuentra limpia en esta época del año porque las lluvias han bajado de intensidad y te dan ganas de darte un chapuzón aunque esté helada.

Frente al rancho de palma saludamos a uno de los hijos de don Pedro y nos indicó que se encontraba al lado del corral. Al llegar don Pedro tomaba agua de un galón de plástico. “Que sorpresa”, dijo al verme. Nos saludamos y le presenté a Ronald Tadashi. “El retoño, el segundo retoño”, dijo al darle la mano a Ronald Jr.

“Estoy viendo varios cambios”, le dije. “Venga, sígame que le voy a enseñar la casa que estoy construyendo”, dijo. Es una casa de dos pisos. Entramos por el espacio que será la cocina, pasamos al comedor y, al asomarme por las ventanas, pude observar la majestuosidad de la cordillera de Yolaina porque está construida al borde de una ladera. Todo el verdor del trópico húmedo se aprecia en sus distintas tonalidades. “Desde aquí ve salir el sol”, le dije. “Aquí es la sala, esta será mi oficina y en este lugar, al otro lado de la sala, vamos a tener un área para empacar canela, clavo de olor, café y otros productos. Aquí vamos a tener una habitación y allá arriba vamos a tener más cuartos porque ya me voy a trasladar a vivir a la finca”, dijo. “La sala es grande porque en ella voy a realizar reuniones con otros productores”, agregó y salimos nuevamente por la cocina. “Aquí, en este lado voy a construir un horno al estilo antiguo y también poder ahumar carne y cuajadas”, dijo mostrando el sitio.

Ronald Tadashi volvió con las naranjas. “Y las naranjas”, dijo. “Vamos a ir a buscarlas”, le dijo don Pedro y mostró la ampliación que le está haciendo a la galera donde ordeña las vacas lecheras que posee.

Nos dirigimos en el Suzuki Samurai hacia el área donde posee café robusta combinado con naranjas. Continuamos conversando y estimó que ha cosechado 2000 quintales de café. Noté que los caminos de acceso a los diferentes cultivos se encuentran en buen estado. Al llegar al sitio Ronald Tadashi se impresionó de ver tantas naranjas maduras caídas, picadas por pájaros y comenzó a recogerlas. “Por aquí”, dijo don Pedro y nos adentramos entre los surcos en busca de un árbol con suficientes naranjas para cortarlas. “Tenés que subirte”, le dijo a Ronald Jr. “Es bajito, con las manos las corto”, dijo y comenzó a bajar ramas para cortarlas. En menos de 15 minutos se habían cortado más de 50 naranjas. Ronald Tadashi dijo que quería subirse al árbol y don Pedro lo subió. Terminamos de cortar las naranjas y regresamos al Jeep.

“Don Pedro, le voy a hacer una entrevista, un video, para que explique porqué se encuentra mejor que antes”, le dije.


Luego regresamos juntos a Nueva Guinea. Ronald Tadashi volvió con sus ganas de pasar caminando por el puente pero ya entraba la noche. “Vamos a regresar mañana y nos vamos a bañar en el río”, le dije.

martes, 19 de abril de 2011

SEMANA SANTA EN EL CAMPO

Procesión Campesina en Punta Gorda
Tradicionalmente miles de familias nicaragüenses optan por tomarse sus merecidas vacaciones de semana santa en los diferentes balnearios existentes en la costa del Pacifico. Es espectacular el movimiento de vehículos de todos los tipos, particulares y colectivos, que salen de Managua y de los restantes departamentos en búsqueda de las aguas saladas y orillas arenosas de esas playas. De igual manera, es creciente y a la vez visible las mejoras alcanzadas por brindar, a los veraneantes de diferentes estratos sociales, comodidades adecuadas acorde a la capacidad de sus bolsillos. La infraestructura turística ha mejorado en los últimos años, la calidad de los servicios crece en menor proporción a la infraestructura y es allí donde mayor inversión, humana principalmente, debe promoverse para hacer más atractiva la visita a dichos balnearios.

El gran impulso que se ha dado a la construcción y mantenimiento de carreteras es un indicio que el foco de atención para atraer turistas descansa en la inversión de infraestructura. Es necesaria, pero no lo es todo. Es preciso invertir en la calificación de los prestadores de servicios, pequeños, medianos y grandes, para que continúen siendo atractivas a los nicaragüenses y turistas extranjeros. Una carretera en buen estado, que nos lleva a la playa en la que existen locales para nuestra estadía pero sin el calor humano necesario, con el paso del tiempo deja de ser un atractivo.

Una alternativa diferente, subvalorada por la creciente campaña publicitaria a favor de las playas del Pacifico, es pasar las vacaciones de semana santa en el campo. Sí, en el campo, en la finca de los familiares, de los amigos o en aquellas que prestan condiciones para ello. Esta alternativa nos brinda mucho, pero mucho más tranquilidad a nosotros y los nuestros. Nos llena de paz al alejarnos del mundo bullicioso, de los sonidos musicales elevados al máximo, del bombardeo hacia el consumismo y de la necesaria y constante vigilancia de nuestros hijos o nietos ante “el hormiguero” de gente que deambula por las playas con múltiples fines, mas allá que el de disfrutarlas.

El campo nos recibe con toda su gracia y en estos tiempos de semana santa, en el periodo de verano o seco, se viste de gala. Miles de árboles sobresalen con sus coloridas florescencias como vestidos, cada cual a su propia moda, de colores que van de rosado, amarillo, blanco y rojo, según sea la especie. Además, los ríos que lo atraviesan se encuentran apacibles, sus aguas color verde zarco manifiestan sus bancos de arena y lajas inmensas de piedras azules así como múltiples pozas que son cubiertas de vegetación tornando sus aguas frescas. No dejan de pasar desapercibidos pájaros de diferentes especies y colores que con sus cantos deleitan nuestros oídos así como el clamor mañanero de los monos y congos. Recorrer el campo montado a caballo o mula nos permite disfrutar a mayor plenitud este maravilloso, acogedor y encantador paisaje. En el campo se vive en armonía con la naturaleza y, sin dudarlo, podemos apreciar la majestuosidad de la luna llena y respirar el aire en su máxima expresión de pureza al amanecer.

Los campesinos también celebran la semana mayor organizados alrededor de sus capillas. El propio viernes santo, “el último vía crucis” se organiza en las diferentes comarcas y las catorce estaciones, que simbolizan el sufrimiento de Jesucristo hacia la cruz, se desarrollan a lo largo de caminos de bestias o trochas, en las que cada familia prepara en la entrada de su finca una estación, adornando el sitio con flores, palmeras y la cruz de madera donde realizan las oraciones con cantos acompañados por las infaltables guitarras campesinas. Lo sofocante del calor del medio día y la capa de polvo, que en el periodo lluvioso se vuelve lodo, no obstaculiza que se realice esta actividad religiosa con devoción en nuestro campo. En otros casos, familias completas organizan esta actividad en el corral de sus fincas con la participación de sus vecinos cuando la capilla queda muy distante.

Dos culturas veraniegas existen en el país a como señala el ilustre naturalista y explorador Dr. Jaime Incer Barquero, la playera (del Pacifico) y la ribereña (de Tierra Adentro). La de Tierra Adentro es la del campo, merecedora de mayor promoción porque es en ella donde persiste la belleza de nuestro suelo y autentica nacionalidad, aún desconocida por muchos.

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS