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martes, 7 de abril de 2026

EN EL SALTO DE TALOLINGA

 


El bus se detuvo levantando una nube de polvo seco. Aurora bajó primero con su maleta pequeña entre las manos y Nicolás lo hizo detrás, con el calor pegado en la camisa y en la memoria de aquel viaje. Venía de Managua, haciendo escala en Nueva Guinea, a pasar los días de Semana Santa en Talolinga, a visitar a sus abuelos, don Pedro y doña María.

Nicolás tenía unos veinte años. Cabello negro, lacio, un poco largo, que siempre se llevaba hacia atrás con la mano, como si necesitara despejarse la mirada antes de decidir algo. Rostro cuadrado, mandíbula firme, cejas espesas que casi se encontraban sobre unos ojos oscuros. Estudiaba administración agropecuaria y trabajaba en una empresa de alimentos para animales. En Managua era de los que siempre estaban rodeados de gente, pero ahí, en ese camino polvoriento, se sentía fuera de lugar.

Aurora no llegaba a los dieciocho. Alta, de andar seguro, con un cabello rizado que caía libre y se movía con el aire como si no respondiera a nada más que al momento. Tenía ojos negros, cejas gruesas y labios marcados. Estudiaba veterinaria por encuentros en la universidad de Nueva Guinea. Sus padres eran ganaderos y en Talolinga todos la conocían. Era de las que saludan y conversan con todos, pero en lo suyo, en lo íntimo, no se abría fácil.

No habían hablado mucho durante el viaje: nombres, algunas risas, frases cortas. Pero las manos habían dicho más. El roce constante en los asientos, los cuerpos ajustándose en cada bache, ese silencio que no incomodaba.

Mientras ajustaba la mochila sobre el hombro, Nicolás la miró de reojo.

¿Y ahora qué?

No sabía si acercarse, si decir algo o fingir que no había pasado nada.

¿Había pasado algo?

Se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, como si ese gesto pudiera ordenar lo que sentía. El sol caía duro sobre la parada. La tierra era amarilla y las chicharras gritaban sin descanso. Nicolás pensó que ahora sí, que al fin se iban a mirar de frente.

Aurora no lo miró.

—Hola, Lucas —dijo ella.

Un hombre salió de la sombra de un árbol. Quieto, seguro. Aurora caminó hacia él sin dudar y su cabello se movió con la brisa. Lucas tomó la maleta y la besó en la mejilla con familiaridad. Nicolás se quedó inmóvil. Sintió un golpe seco en el pecho y, casi por reflejo, volvió a llevarse la mano al cabello.

¿Quién es ese hombre?

No preguntó. No tenía derecho ni palabras. Se ajustó la mochila y tomó el camino polvoriento, con la sensación de haber entendido algo mal o de haber llegado tarde a algo que apenas comenzaba.

Días después, la vio en el parque, entre el ruido, el calor y la gente. Aurora también lo vio. Esta vez ninguno dudó. Se acercaron sin apuro. Nicolás notó cómo los rizos de Aurora caían sobre su rostro y cómo ella los apartaba sin prisa.

—Pensé que ya te habías ido —dijo ella.

—Y yo que no te volvería a ver —respondió él, llevándose la mano a la frente.

El silencio volvió, pero ahora era claro.

—¿Tenés tiempo? —preguntó Aurora.

—Sí.

—Vamos a la finca.

Caminaron bajo el sol, entre polvo y sombra, hasta la casa de sus padres. El calor se les pegaba al cuerpo y el aire olía a monte. Al llegar, en la galera, un ayudante les ensilló los caballos.

Nicolás no montaba desde hacía años. Lo hizo con cuidado, tratando de que no se le notara la inseguridad. Aurora lo miró apenas y sonrió por dentro. Salieron al trote.

Ella iba adelante a ratos, con una naturalidad que a Nicolás le sorprendía. Su figura alta y esbelta se movía con soltura sobre el caballo, el cabello rizado suelto al viento. Nicolás se quedaba un poco atrás, no tanto por el paso, sino por no exponerse. Se acomodó en la montura como pudo, sintiendo el cuerpo rígido al inicio.

Cruzaron varias puertas: unas de golpe, otras de alambre. Aurora se bajaba y las abría con rapidez, o las cruzaba con una destreza que a él le parecía parte del paisaje. Nicolás la observaba, cada vez más atento, cada vez más atrapado.

El campo se abría en verdes amplios. Árboles en flor. El canto de los pájaros. A lo lejos, los monos congos rompían el silencio con su voz grave.

—Qué maravilla —dijo Nicolás, casi para sí.

Aurora volteó apenas, sin dejar de avanzar.

En la finca los recibió José, el mandador. Les señaló con la barbilla hacia los potreros.

—Allá está el ganado.

Siguieron cabalgando. El terreno subía poco a poco hasta una colina. Desde arriba se abría la llanura: el ganado disperso, pastando con calma, el viento moviendo el pasto como si respirara.

Aurora detuvo el caballo. Nicolás llegó a su lado. Por un momento no dijeron nada. Los caballos se acercaron, casi tocándose. Nicolás extendió la mano, tomó la de Aurora y la atrajo hacia él. El beso no fue tímido.

—Me encantás —le dijo, con la voz más firme de lo que él mismo esperaba.

Por la tarde, Aurora lo llevó a su casa. La madre lo observó con detenimiento, el padre asintió sin decir mucho y Lucas lo miró con una sonrisa distinta, como si ahora entendiera algo más.

—Así que vos sos el del bus —dijo.

—¿Ella te contó? —preguntó Nicolás.

—No mucho. Pero se le nota —respondió Lucas.

Se sentaron. La casa olía a comida recién hecha, a vida de todos los días. Mientras comían, Lucas habló sin presión.

—Con la gente habla, sí… pero en esas cosas no se mete —dijo—. No es de andarse fijando en cualquiera.

Aurora lo miró de lado.

—Ya, Lucas… —dijo, bajando la voz—. Tampoco así.

Lucas sonrió.

—Bueno, pues… ahora sí.

Nicolás no dijo nada. Pero entendió. El silencio que siguió ya no era incómodo.

Vinieron los días de Semana Santa. Procesiones lentas, velas encendidas, cantos que parecían salir de la tierra. Nicolás caminaba junto a Aurora, a veces sin hablar, a veces rozando su mano. Se fue metiendo en todo como si siempre hubiera estado ahí.

Un día fueron solos a la cascada de Talolinga. El agua caía constante, golpeando la poza que nacía al pie del salto como un tambor antiguo escondido en el monte. El aire se llenaba de frescura y un rocío fino mojaba la piel. La luz atravesaba las copas y encendía destellos en el agua, mientras el olor a tierra húmeda, a musgo y a bosque vivo se levantaba desde la sombra. El murmullo se mezclaba con cantos de pájaros invisibles y el vibrar de los insectos; la corriente se arremolinaba, oscura y profunda, como guardando algo que no se decía.

Todo invitaba a acercarse.

Aurora bajó despacio. La brisa movía su cabello rizado y el sol tocaba su piel. Entró primero. El agua fría la sorprendió y se estremeció. Avanzó lenta, sintiendo cómo las piedras se movían bajo sus pies y la corriente le subía por las piernas. Cuando el agua la cubrió más, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se dejó envolver. Su cabello danzaba en la corriente.

Nicolás la observó desde la orilla. Se pasó la mano por el cabello y miró la cascada, la poza, el movimiento constante donde nada estaba quieto. Luego entró. El agua lo golpeó, fría. Dio un paso, luego otro, sin encontrar equilibrio fijo. Se acercó. Aurora no se apartó. Lo miró. Y en esa mirada no había duda. Nicolás dejó de pensar. La tomó de la cintura y el beso fue distinto, más hondo. La cascada siguió cayendo sobre la poza y el mundo quedó afuera. Se abrazaron, dejándose llevar por el agua, sin prisa. Las garzas levantaron vuelo y los pájaros rompieron el silencio.

Y la poza guardó lo que ocurrió en ella. Y en ese lugar, donde todo cae y todo fluye, Nicolás entendió que ya no había vuelta atrás.

Los días pasaron rápido. Demasiado. La mochila volvió a estar lista.

El bus llegó levantando polvo. Aurora estaba frente a él, callada.

—¿Te vas? —preguntó.

—Sí.

Nicolás miró alrededor: la casa, el camino, Lucas apoyado en la pared observando en silencio. Sintió el impulso de llevarse la mano al cabello. No lo hizo. El motor rugió. Nicolás subió al bus, se acomodó junto a la ventana y la miró.

—Voy a volver —dijo con firmeza.

Aurora lo sostuvo con la mirada. El viento movió sus rizos, libres, como siempre.

El bus arrancó. Desde su asiento, Nicolás vio cómo Lucas se acercaba a Aurora y se quedaba a su lado, sin decir nada. No apartó la vista hasta que todo se volvió polvo. Luego se recostó, con las manos quietas. Ya no necesitaba acomodarse el cabello.

No sabía cuándo ni cómo. Pero sabía algo: ya tenía un lugar al que volver.

 


Semana Santa 2026.
Foto: El Salto de Talolinga.

martes, 27 de agosto de 2024

CERDOS BLANCOS Y HERMOSOS

 


Los primeros rayos de la luna aparecieron a través de la ventana. Abrí la cortina para que se mostrara y, entre la leve neblina, se veía radiante, con esas nubecitas oscuras que coqueteaban con ella al anteponerse en su movimiento hacia el oeste. Una brisa húmeda inundó la habitación, y me asomé para admirarla. Estaba fabulosa, era una luna de esas que inspiran a los enamorados, a poetas melancólicos, admirada por pescadores, mujeres enamoradas. campesinos y habitantes de las ciudades que salen a espacios abiertos, a la playa, a miradores en las colinas y valles.

Desde siempre, la luna llena había tenido un efecto peculiar en mí, como si despertara recuerdos enterrados de tiempos lejanos. Ese magnetismo me atraía, especialmente en esta casa de madera, aislada en el campo, donde buscaba refugio de una vida que se me escapaba entre las manos.

Desde la ventana, emergiendo entre la niebla, vi que dos cerdos blancos y bien cebados, de la raza Landrace, provenientes de la plazuela, entraban debajo del tambo de la casa. Era una casa construida sobre gruesos pilares, con una escalera de acceso en su parte frontal. Miraba desde la primera ventana del costado norte.

La brisa que acompañaba la neblina repentinamente se tornó un poco fría, así que busqué mi chaqueta para arroparme. Luego volví a asomarme por la ventana y vi que otros tres cerdos, similares a los anteriores, corrían apresurados buscando refugio debajo de la casa. Ahora eran cinco cerdos blancos, y decidí salir al corredor para observarlos.

Escuché el gruñido de los cerdos, ¡oinc, oinc!, provenientes del bosque, más allá de la plazuela, que se mostraba iluminada y húmeda. Seguidamente, entraron más cerdos blancos, apresurados y jadeantes, gruñendo con intensidad, pero ahora no podía contarlos porque era una piara de cerdos blancos que entraban por cada uno de los costados de la casa.

Era extraño. Había algo en esos cerdos que no cuadraba, como si no fueran simplemente animales, sino algo más... algo que mi mente no alcanzaba a comprender, pero que mis instintos reconocían como peligro.

Bajé el primer escalón de la escalera, al pie de la subida, y noté que no salían de la protección que les daba la sombra de la casa. Allí estaban esos cerdos blancos, cebados, hermosos y ahora agitados, gruñendo con intensidad. Era una piara de más de treinta cerdos que circulaba en contra del sentido de las manecillas del reloj, de este a oeste, girando debajo de la casa, destruyendo el suelo compactado con sus pezuñas, tirando y destrozando albardas, calderos, pichingas y cinchos, hasta convertir su incursión en una tormenta descontrolada, escandalosa, que se fortalecía a medida que los rayos de la luna aumentaban su luminosidad.

Algo provocó que se me erizaran las vellosidades de los brazos. Luego escuché un zumbido intenso y mis manos comenzaron a temblar. Sentí un profundo temor y corrí de prisa para subir las escaleras y refugiarme en lo alto del corredor, con los cerdos girando velozmente debajo de la casa.

Me asaltó una sensación extraña, un recuerdo difuso de otra noche, hace años, cuando era adolescente y algo similar había ocurrido. Nunca supe qué fue, aunque a muchos les conté y pregunté, y desde entonces, no volví a dormí tranquilo en noches de luna llena.

Desde la profundidad del bosque, más allá de la plazuela, y desde la ventana donde ahora volvía a observar con temor, escuché un disparo que estremeció mis oídos, luego dos más, y minutos después noté que los cerdos volvían a calmarse. Dejaron de dar círculos y, poco a poco, se echaron en grupos fuera del corredor, en la plazuela, alrededor de la casa.

Esa noche de luna llena tuve un sueño ligero; despertaba dando saltos y me asomaba por la ventana con temor, pero los cerdos se calmaron. Eran cerdos blancos y hermosos, echados en círculos, uno encima del otro, durmiendo profundamente. Pero en mis sueños, las imágenes eran distintas. Veía a esos cerdos transformarse, su piel blanca convirtiéndose en sombras que se alzaban y se retorcían bajo la luz de la luna, como si algo maligno estuviera atrapado en sus cuerpos.

Desperté tarde y bajé al tambo de la casa. Había una gran fosa entre los seis pilares de la casa y todos los instrumentos de trabajo y enseres domésticos estaban destruidos. Los cerdos habían desaparecido. A las siete de la mañana llegó uno de los vecinos que colinda con mi propiedad. “¿Disparó usted?”, pregunté. “Sí,” respondió, “un hermoso tigrillo atrapó a una ternera. Lo vi alejarse con el claro de la luna y desaparecer en el bosque.”

Pero algo en su mirada me hizo sospechar que no me estaba contando toda la verdad. Como si él también supiera que aquella noche había sido diferente, que algo más había acechado en la oscuridad, algo que ambos preferíamos no nombrar. Y mientras veía la luz del día disipar los últimos vestigios de la neblina, comprendí que la calma que sentía era solo temporal, una tregua antes de que la luna llena volviera a alzarse y trajera consigo nuevos horrores.

 

22 de agosto de 2024
Foto: Internet.

martes, 12 de diciembre de 2017

EN ESTA ÉPOCA ESTOY MEJOR


Juan Pérez me llamó por teléfono. Desde que lo escuché me di cuenta que volvía con sus mentiras. “No te preocupes, es cierto que la cosecha de naranjas estuvo malísima, pero los palitos que tengo están llenos. El domingo voy a cortar para llevarte un saco lleno y hagas tu fresquito mañanero”, dijo.

Al primero que se lo dije fue a Ronald Tadashi, mi nieto. Llamé a Juan Pérez el domingo y me salió diciendo que no estaba en Nueva Guinea, que andaba haciendo unos mandaditos y que no me preocupara; nunca dice dónde se encuentra, aún vive en aquella época cuando conspiraba permanentemente.

A Ronald Tadashi no se le olvidó. Hoy pasó toda la tarde siguiéndome y recordándome las naranjas. “Abuelo, y las naranjas”, decía insistentemente. “Juan Pérez es mentiroso”, le dije. “Pero abuelo, yo quiero naranjas”, seguía diciendo detrás de mí.

“Hombre, te voy a quitar esas ganas”, le dije y llamé a Ronald Jr. “Ronald, vamos a buscar naranjas donde don Pedro Figueroa para que se le quiten las ganas”, le dije y salimos hacia la finca de don Pedro en el jeep Suzuki Samurai.

Al pasar por el banco de material me di cuenta que tenía varios meses de no transitar por ese camino. Hoy se ha convertido en un plantel de maquinaria pesada y se encuentra sobreexplotado, sus laderas se han ensanchado en tres costados, y si no pasara por allí el camino, estoy seguro que el pequeño riachuelo que se cruza al doblar hacia la izquierda en dirección a la finca de don Pedro ya lo hubieran sepultado.

Bajamos despacio para cruzar el río El Zapote. “Papá, papito, por qué no cruzamos por el puente”, dijo Ronald Tadashi. “Quiero cruzar por el puente”, insistía. “Vas a cruzarlo caminando cuando regresemos”, le dijo Ronald. El agua del río se encuentra limpia en esta época del año porque las lluvias han bajado de intensidad y te dan ganas de darte un chapuzón aunque esté helada.

Frente al rancho de palma saludamos a uno de los hijos de don Pedro y nos indicó que se encontraba al lado del corral. Al llegar don Pedro tomaba agua de un galón de plástico. “Que sorpresa”, dijo al verme. Nos saludamos y le presenté a Ronald Tadashi. “El retoño, el segundo retoño”, dijo al darle la mano a Ronald Jr.

“Estoy viendo varios cambios”, le dije. “Venga, sígame que le voy a enseñar la casa que estoy construyendo”, dijo. Es una casa de dos pisos. Entramos por el espacio que será la cocina, pasamos al comedor y, al asomarme por las ventanas, pude observar la majestuosidad de la cordillera de Yolaina porque está construida al borde de una ladera. Todo el verdor del trópico húmedo se aprecia en sus distintas tonalidades. “Desde aquí ve salir el sol”, le dije. “Aquí es la sala, esta será mi oficina y en este lugar, al otro lado de la sala, vamos a tener un área para empacar canela, clavo de olor, café y otros productos. Aquí vamos a tener una habitación y allá arriba vamos a tener más cuartos porque ya me voy a trasladar a vivir a la finca”, dijo. “La sala es grande porque en ella voy a realizar reuniones con otros productores”, agregó y salimos nuevamente por la cocina. “Aquí, en este lado voy a construir un horno al estilo antiguo y también poder ahumar carne y cuajadas”, dijo mostrando el sitio.

Ronald Tadashi volvió con las naranjas. “Y las naranjas”, dijo. “Vamos a ir a buscarlas”, le dijo don Pedro y mostró la ampliación que le está haciendo a la galera donde ordeña las vacas lecheras que posee.

Nos dirigimos en el Suzuki Samurai hacia el área donde posee café robusta combinado con naranjas. Continuamos conversando y estimó que ha cosechado 2000 quintales de café. Noté que los caminos de acceso a los diferentes cultivos se encuentran en buen estado. Al llegar al sitio Ronald Tadashi se impresionó de ver tantas naranjas maduras caídas, picadas por pájaros y comenzó a recogerlas. “Por aquí”, dijo don Pedro y nos adentramos entre los surcos en busca de un árbol con suficientes naranjas para cortarlas. “Tenés que subirte”, le dijo a Ronald Jr. “Es bajito, con las manos las corto”, dijo y comenzó a bajar ramas para cortarlas. En menos de 15 minutos se habían cortado más de 50 naranjas. Ronald Tadashi dijo que quería subirse al árbol y don Pedro lo subió. Terminamos de cortar las naranjas y regresamos al Jeep.

“Don Pedro, le voy a hacer una entrevista, un video, para que explique porqué se encuentra mejor que antes”, le dije.


Luego regresamos juntos a Nueva Guinea. Ronald Tadashi volvió con sus ganas de pasar caminando por el puente pero ya entraba la noche. “Vamos a regresar mañana y nos vamos a bañar en el río”, le dije.

viernes, 22 de abril de 2011

COSAS HELADAS

Eran las cuatro de la tarde. Semana Santa casera, estiraditos en la cama con mi mujer viendo los clásicos de semana santa por la tele. De pronto escuchamos el ruido del portón. Tres montados, una familia campesina de visita. Con confianza lo abrieron y salimos a recibirlos mientras amarraban los caballos en el poste de luz.

Está cerrado, dijo Emilce. Era Julia con su marido y su hija de unos ocho años que viven en Guinea Vieja. Venimos de visita dijeron y entraron al restaurante. Vamos de regreso a la finca y queremos tomarnos unas cervecitas heladas, dijo Sebastian. Deben de estar calientes, pensé. Pruébelas, no están muy heladas. Están buenas, tráiganos dos y un fresco.

Hablamos de muchas cosas, de la cosecha de frijoles, del precio de la leche, de las cuajadas y de su finca. No nos hace falta nada, al menos nos aseguramos la comida dijo Julia. Tengo una manzana de yuca y voy a sembrar maíz, este año se me ha metido sembrar arroz de secano, viera usted como les da a mis vecinos, primera vez que voy a sembrarlo, dijo Sebastian y pidió otras dos frías.

Así como están las cosas, es una bendición, agradézcale a Dios, dijo Emilce. Si verdad, dijo Julia, todo está carísimo. Deben de pasar tranquilos en la finca, respondió mi mujer. Como hacen con el agua, le pregunté a Sebastian. Tenemos un pozo, respondió Julia. Y hay luz eléctrica, preguntó mi mujer. Desde hace un año tenemos, compramos un panel solar en 17,500 pesos que nos da para cuatro bujías y la grabadora comentó Julia. Debe escuchar las noticias por radio Manantial, dije. Estoy al día, respondió Sebastian y pidió otras dos pero Julia dijo ya no, es suficiente y se hace tarde.

Lo único que me hace falta es tomar cosas heladas, dijo Sebastian viendo a Julia. Usted sabe, hielito, un fresquito heladito, una gaseosa, eso es lo único pero tendría que poner otro panel y comprar un conversor para que levante una refrigeradora. Y para los tragos también, respondí. Si claro, dijo y agregó, déme dos en latas para aguantar las ganas hasta la próxima semana. Al despedirnos, Emilce le regaló a Julia tres bolsas de hielo para el fresquito de Sebastian mientras él sonreía.


Jueves, 21 de abril de 2011