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martes, 27 de agosto de 2024

CERDOS BLANCOS Y HERMOSOS

 


Los primeros rayos de la luna aparecieron a través de la ventana. Abrí la cortina para que se mostrara y, entre la leve neblina, se veía radiante, con esas nubecitas oscuras que coqueteaban con ella al anteponerse en su movimiento hacia el oeste. Una brisa húmeda inundó la habitación, y me asomé para admirarla. Estaba fabulosa, era una luna de esas que inspiran a los enamorados, a poetas melancólicos, admirada por pescadores, mujeres enamoradas. campesinos y habitantes de las ciudades que salen a espacios abiertos, a la playa, a miradores en las colinas y valles.

Desde siempre, la luna llena había tenido un efecto peculiar en mí, como si despertara recuerdos enterrados de tiempos lejanos. Ese magnetismo me atraía, especialmente en esta casa de madera, aislada en el campo, donde buscaba refugio de una vida que se me escapaba entre las manos.

Desde la ventana, emergiendo entre la niebla, vi que dos cerdos blancos y bien cebados, de la raza Landrace, provenientes de la plazuela, entraban debajo del tambo de la casa. Era una casa construida sobre gruesos pilares, con una escalera de acceso en su parte frontal. Miraba desde la primera ventana del costado norte.

La brisa que acompañaba la neblina repentinamente se tornó un poco fría, así que busqué mi chaqueta para arroparme. Luego volví a asomarme por la ventana y vi que otros tres cerdos, similares a los anteriores, corrían apresurados buscando refugio debajo de la casa. Ahora eran cinco cerdos blancos, y decidí salir al corredor para observarlos.

Escuché el gruñido de los cerdos, ¡oinc, oinc!, provenientes del bosque, más allá de la plazuela, que se mostraba iluminada y húmeda. Seguidamente, entraron más cerdos blancos, apresurados y jadeantes, gruñendo con intensidad, pero ahora no podía contarlos porque era una piara de cerdos blancos que entraban por cada uno de los costados de la casa.

Era extraño. Había algo en esos cerdos que no cuadraba, como si no fueran simplemente animales, sino algo más... algo que mi mente no alcanzaba a comprender, pero que mis instintos reconocían como peligro.

Bajé el primer escalón de la escalera, al pie de la subida, y noté que no salían de la protección que les daba la sombra de la casa. Allí estaban esos cerdos blancos, cebados, hermosos y ahora agitados, gruñendo con intensidad. Era una piara de más de treinta cerdos que circulaba en contra del sentido de las manecillas del reloj, de este a oeste, girando debajo de la casa, destruyendo el suelo compactado con sus pezuñas, tirando y destrozando albardas, calderos, pichingas y cinchos, hasta convertir su incursión en una tormenta descontrolada, escandalosa, que se fortalecía a medida que los rayos de la luna aumentaban su luminosidad.

Algo provocó que se me erizaran las vellosidades de los brazos. Luego escuché un zumbido intenso y mis manos comenzaron a temblar. Sentí un profundo temor y corrí de prisa para subir las escaleras y refugiarme en lo alto del corredor, con los cerdos girando velozmente debajo de la casa.

Me asaltó una sensación extraña, un recuerdo difuso de otra noche, hace años, cuando era adolescente y algo similar había ocurrido. Nunca supe qué fue, aunque a muchos les conté y pregunté, y desde entonces, no volví a dormí tranquilo en noches de luna llena.

Desde la profundidad del bosque, más allá de la plazuela, y desde la ventana donde ahora volvía a observar con temor, escuché un disparo que estremeció mis oídos, luego dos más, y minutos después noté que los cerdos volvían a calmarse. Dejaron de dar círculos y, poco a poco, se echaron en grupos fuera del corredor, en la plazuela, alrededor de la casa.

Esa noche de luna llena tuve un sueño ligero; despertaba dando saltos y me asomaba por la ventana con temor, pero los cerdos se calmaron. Eran cerdos blancos y hermosos, echados en círculos, uno encima del otro, durmiendo profundamente. Pero en mis sueños, las imágenes eran distintas. Veía a esos cerdos transformarse, su piel blanca convirtiéndose en sombras que se alzaban y se retorcían bajo la luz de la luna, como si algo maligno estuviera atrapado en sus cuerpos.

Desperté tarde y bajé al tambo de la casa. Había una gran fosa entre los seis pilares de la casa y todos los instrumentos de trabajo y enseres domésticos estaban destruidos. Los cerdos habían desaparecido. A las siete de la mañana llegó uno de los vecinos que colinda con mi propiedad. “¿Disparó usted?”, pregunté. “Sí,” respondió, “un hermoso tigrillo atrapó a una ternera. Lo vi alejarse con el claro de la luna y desaparecer en el bosque.”

Pero algo en su mirada me hizo sospechar que no me estaba contando toda la verdad. Como si él también supiera que aquella noche había sido diferente, que algo más había acechado en la oscuridad, algo que ambos preferíamos no nombrar. Y mientras veía la luz del día disipar los últimos vestigios de la neblina, comprendí que la calma que sentía era solo temporal, una tregua antes de que la luna llena volviera a alzarse y trajera consigo nuevos horrores.

 

22 de agosto de 2024
Foto: Internet.

lunes, 25 de diciembre de 2023

UN SUEÑO DE NAVIDAD


José, un niño campesino, vivía con sus padres en una pequeña finca. Su vida era sencilla y tranquila, dedicada al cuidado de los animales y las plantas. Nunca había salido de su comarca ni había visto las luces y los adornos de la ciudad. Lo único que sabía de la Navidad era lo que le contaban sus padres y lo que escuchaba en la radio.

Un día, su madre le dio una noticia que lo llenó de emoción: sus tíos los habían invitado a pasar la Nochebuena en La Fonseca, una colonia cercana donde había una capilla católica con un árbol de Navidad. No podía creerlo, iba a ver por primera vez un árbol de Navidad, ese símbolo mágico que tanto le fascinaba. Le preguntó a su madre cómo era el árbol, y ella le dijo que era grande y verde, con muchas luces de colores, bolas brillantes y una estrella en la punta. Se imaginó el árbol como un gigante luminoso que destellaba la noche con su resplandor.

Esperó con ansias el día en que vería el árbol de Navidad. Contaba los días en el calendario y cada noche soñaba con el árbol. Le pedía a su padre que le contara historias sobre La Fonseca, y él le decía que era un lugar muy bonito, con gente amable y trabajadora, que celebraba la Navidad con mucha alegría y fe, después de terminada la guerra que asoló todas las comunidades de Nueva Guinea. Le dijo que sus tíos los recibirían con mucho cariño, y que les prepararían una cena deliciosa, con gallinas rellenas, nacatamales y pasteles. José se relamía los labios al pensar en la comida, pero lo que más le interesaba era el árbol.

Por fin llegó el día esperado. José se levantó temprano, se vistió con su mejor ropa, y ayudó a sus padres a empacar las cosas. Los tres montaron a caballo y emprendieron el viaje a La Fonseca. El camino era largo y lodoso, pero José no se aburría. Miraba con curiosidad el paisaje, los árboles, los pájaros, las quebradas, los cerros y a las personas que se encontraban en la travesía. Le parecía que todo era nuevo y diferente. Les preguntaba a sus padres sobre todo lo que veía, y ellos le respondían con paciencia y amor.

Después de seis horas de viaje, llegaron a La Fonseca. Se sorprendió al ver la colonia, que era más grande y bonita de lo que se había imaginado. Había muchas casas de concreto, todas pintadas en colores atractivos, con techos de zinc, rodeadas de jardines y árboles frutales. También había una escuela pintada en azul y blanco, una cancha de fútbol, un campo de béisbol, varias tiendas y una iglesia.

Vio a muchos niños jugando y corriendo, y sintió ganas de unirse a ellos. Pero lo que más le llamó la atención fue la capilla católica, que estaba al final de la calle principal. Era una construcción blanca y sencilla, con una cruz en la fachada y un campanario. José se fijó en que había una ventana grande en el frente, y a través de ella se veía algo que le hizo latir el corazón: el árbol de Navidad.

Sus tíos los estaban esperando en la puerta de su casa, que quedaba cerca de la capilla. Los saludaron con abrazos y besos, y los invitaron a pasar. Se sintió acogido por la familia de sus padres, que lo trataron con mucho afecto. Le presentaron a sus primos, que eran de su edad, y le ofrecieron juguetes y dulces. Se divirtió con ellos, pero no podía dejar de mirar hacia la capilla, donde el árbol de Navidad lo esperaba.

Cuando se hizo de noche, sus tíos los llevaron a la capilla, donde se celebraba la misa de gallo. Entró con emoción, y se quedó maravillado al ver el árbol de Navidad. Era tal como se lo había imaginado, pero más hermoso y majestuoso. Estaba lleno de luces que parpadeaban en armonía, de bolas que reflejaban los colores del arco iris, y de una estrella que brillaba con intensidad. Se acercó al árbol, lo tocó con delicadeza. Sintió su textura suave y fresca, y su aroma agradable y dulce. Se quedó hipnotizado por el árbol, y se olvidó de todo lo demás.

Sus padres lo observaban con una sonrisa, y se sintieron felices de verlo feliz. Le tomaron una foto junto al árbol, y se la guardaron como un recuerdo. Luego, lo llevaron a sentarse con ellos, y escucharon la misa con devoción. José también prestó atención a las palabras del sacerdote, que hablaba del nacimiento de Jesús, el niño Dios que había venido al mundo para traer la paz y el amor. José pensó que ese era el verdadero sentido de la Navidad, y le dio gracias a Dios por haberle dado la oportunidad de ver el árbol de Navidad y de compartir con su familia.

Después de la misa, regresaron a la casa de sus tíos, donde los esperaba la cena. Comieron con gusto y brindaron por la Navidad. Se sintió satisfecho y contento, y se acostó en una hamaca con sus primos. Antes de dormirse, miró por la ventana y vio el árbol de Navidad, que seguía iluminando la noche con su resplandor. Cerró los ojos y se durmió con una sonrisa. Había cumplido su sueño de Navidad

José se convirtió en diácono. Su formación espiritual, humana, pastoral e intelectual se desarrolló con los sacerdotes de la parroquia de Nueva Guinea y en el seminario de Bluefields. Cuarenta años después de haber cumplido su sueño, es el encargado de una capilla en una comunidad del Caribe Sur y de arreglar con devoción el árbol que tanta ilusión sigue dándole. Cada año, recuerda con nostalgia y gratitud aquella noche en que vio por primera vez el árbol de Navidad y cómo ese momento cambió su vida. José siente que Dios lo llamó a servir a su pueblo, y que el árbol de Navidad es un signo de su presencia y su amor.

Comparte su fe y su alegría con los demás y le cuenta su historia a los niños que se acercan a ver el árbol. Es feliz y espera con esperanza el día en que la luz del árbol permanezca para siempre en los corazones de los hombres y mujeres, logrando la paz y el amor que tanto anhelan.

 

20 de diciembre 2023.

Nueva Guinea, RACCS.

Foto: Internet

miércoles, 30 de agosto de 2023

UN BAILE EN LA CANTINA DE MISS LILIAN




George Downs se levantó de la silla y caminó por el pasillo en dirección al corredor. Desde allí observa el andén del puerto. Varios chavalos juegan sus trompos frente a la escuelita de doña Carmelita. En el muelle de los guardacostas, varios guardias, colgados y sentados en una tarima de madera, pintan el costado izquierdo del G7.

Aparta la vista porque el resplandor del sol en el techo de la aduana le incomoda y camina hacia el puente semi colgante de madera que une la cantina de Miss Lilian con el andén. Se detiene en el centro y dirige la mirada hacia la izquierda, en dirección a la venta de Toño Real y doña Estercita. Varios transeúntes se cruzan en su ir y venir, unos van hacia el lado de la cantina de Miss Pet, buscando al sector de la iglesia católica, y otros hacia las oficinas de la aduana. George da pasos hasta el andén, escudriñando un poco más allá de la venta de Toño Real. Es la segunda vez que deja la mesa que ha ocupado.

La gente que circula por el andén lo observa con cierto grado de interrogación. Va vestido de pantalón vaquero color azul, camisa manga corta de botones, abiertos en la parte superior, mostrando un poco el pecho y calza zapatos mocasines color café. El cabello rizado lo lleva bastante corto, sus ojos son de color café oscuro y sobre sus labios gruesos sobresale un bigote fino. Es un hombre de edad treintañera, de altura mediana y robusto. Les brinda una sonrisa, una muestra de que es capaz de establecer lazos amistosos rápidamente.

Regresa al salón de la cantina y ocupa su lugar. A su izquierda, tres mesas están ocupadas por otros clientes que beben cervezas y ron.

—No te preocupes —dice Shirley—. No tarda, Jessica aseguró que vendría antes de las cuatro de la tarde y siempre cumple lo que dice.

—Eso espero —dice George —. Llevo varios días pensando en este encuentro.

George apura un trago de cerveza y lo saborea con el aroma de flores caribeñas que Shirley deja en el ambiente. Escucha la música de la roconola que ameniza el salón con canciones seleccionadas por los clientes a cambio de una moneda de veinticinco centavos. Son piezas musicales de moda, boleros, salsa y cumbias que alegran el ambiente.

Suspira tras el trago y recuerda el día que la conoció en la ciudad de Bluefields. Los ojos verdes de Jessica lo impactaron y, al voltearse para verla, su figura alta y delgada con cintura en forma de A, moviéndose como las olas en un vaivén ondulante, provocaron que la siguiera en la distancia. En todos los mares navegados, puertos y ciudades visitadas como marino mercante, jamás vio a una mujer tan espectacular.

Cautivado por su elegancia, sigue sus pasos hasta un punto donde bajan de la acera para cruzar la calle y visitar la tienda de William Woo. Con una maniobra galante y veloz, George se adelanta, baja a la calle y, colocándose frente a ellas, extiende su mano. Es Shirley la que corresponde. Ansioso espera tomar la mano de Jessica y, al hacerlo, la ternura de aquella mujer que lo mira sorprendida, lo cautiva.

—Señoritas, mi nombre es George Downs —. Aun sostiene a Jessica y ella no hace ningún intento por desprenderse de su robusta mano.

—Gracias, caballero, usted es muy amable —dice Shirley. George continúa sosteniendo a Jessica, pero Shirley la toma del brazo y ella, con delicadez, retira la mano.

—No las había visto en la ciudad —dice George.

—Vivimos en el puerto de El Bluff, pero somos de Corn Island —responde Shirley.

 —Oh, de verás. Corn Island es la isla que más me gusta —responde con su mirada concentrada de Jessica.

—Somos primas —dice Jessica. Su voz entró por los oídos de George como una canción celestial provocando la liberación de las neuronas del amor en su cerebro.

—Lo siento mucho, pero estamos un poco apresuradas —dice Shirley —. Debemos hacer compras de los encargos de nuestras tías y tomar una panga para cruzar la bahía. Quizás puedas visitarnos —concluye, apretándose contra el cuerpo de Jessica.

—Serás bienvenido —dice Jessica. Ambas giraron para cruzar la calle de asfalto y, al ritmo de sus pasos, George nota que ella vuelve su mirada para ratificar que lo hiciera.

—Avísanos —dice Shirley —. Vivimos en casa de nuestras tías, Miss Pet y Miss Lilian. Allí estaremos.

George sale de si mismo y observa que Shirley atiende amenamente a otros clientes que están en mesas ubicadas a su costado derecho. A su izquierda está el amplió pasillo que se prolonga desde la entrada principal hasta el acceso al bar. Una escalinata baja al tambo de la casa desde el pie de la puerta. La brisa del mar proveniente de la playa de El Tortuguero irrumpe por la puerta y la ventana posterior, brindando frescura al salón y a la habitación que Miss Lilian y Mr. Herrera, su marido, comparten.

Los hombres de la mesa adyacente a la ventana ríen a carcajadas y Shirley les regala sonrisas y coquetea al atenderlos. Un hombre flaco, alto y de pelo cortado al ras del cráneo, que junto a otros dos clientes ocupan una mesa cercana a la puerta principal, insiste en bailar con ella, y lo acepta. Es parte de su trabajo, ameniza con su belleza exótica el ambiente de la cantina. Desde que lo hace, el negocio progresa con clientes que buscan amenidad en el puerto.

George se abre camino entre el hombre flaco y Shirley porque danzan en el espacio del pasillo. Camina hacia el corredor y nota que tres chavalos ocupan una de las bancas; observan entusiasmados los movimientos de Shirley. Los transeúntes también se han detenido para observarla. Con sus movimientos y pasos, hace temblar el piso de madera de la casa unida por el puente semi colgante al andén. George sonríe y vuelve la mirada hacia su izquierda, quizás divisa a Jessica. Mira su reloj de pulsera y han transcurrido cinco minutos después de las cuatro de la tarde.

Dos horas antes, abordó una panga en el muelle de la punta de Old Bank. Su panguero, Yarey, lo espera en ella. Comenzó a trabajar como marino mercante a la edad de 18 años, ahorrando lo suficiente para invertir en bienes raíces en la próspera ciudad. Lleva una vida holgada, le gustan las aventuras, pero ahora piensa constantemente es Jessica, la mujer que lo ha sorprendido y entrado estrepitosamente en sus sueños desde el día que la vio en las calles de la ciudad.

De regreso a la mesa escucha a Shirley.

—¡Querida! ¡Estás preciosa!

George levanta la mirada y Jessica se revela en el umbral de la puerta del salón. Lleva puesto un vestido floreado que muestra la línea de sus pechos, está ajustado a su cintura y termina por arriba de sus rodillas. Calza zapatos de tacón. Se levanta de la mesa y la espera con ansias, al ritmo de los latidos acelerados de su corazón. Shirley ha dejado de bailar con el hombre flaco, la recibe con un abrazo y roce de mejillas, y la guía hacia George.

—¡Estás bellísima! —dice George —. Está sorprendido, maravillado ante tanta belleza que no sabe cómo responder por segundos hasta que toma su mano atrayéndola hacia él y besa su mejilla. Inhala su aroma profundamente y sus ojos brillan.

—¡Oh, muchas gracias! —responde Jessica emocionada. Se ve maravillosa, el vestido que lleva puesto expone sus piernas morenas color canela, largas, torneadas y tonificadas.  

Los hombres que ocupan las mesas están expectantes. Jessica los ha dejado en silencio, con vasos y cervezas en sus manos. Las risas y carcajadas abandonaron el salón y la música suena para ellos como si se hubiese pausado, lenta y distante, con el sonido en segundo plano.

Los chavalos sentados en las bancas del corredor se han girado para ver a las hermosas mujeres y muestran sus pequeñas cabezas en el rectángulo iluminado de la ventana.

George le brinda una silla de la mesa que ocupa y Jessica lo acompaña. Shirley los atiende y le sirve ron con coca cola, su bebida preferida, mientras que a George otra cerveza. Se aleja hacia la barra, pero los clientes la demandan, quieren verla bailar y accede a sus deseos.

—Ven Jessica, ven, acompañe a bailar —dice Shirley acercándose a la mesa y tomándola de la mano. —Tú también George, ven con nosotras, bailemos.

Shirley y Jessica se apoderan del salón y George las acompaña.

La morena de ojos verdes, figura alta y delgada, con vestido floreado y piernas largas, camina hacia el centro del salón con un movimiento decidido. George sigue maravillado porque, a pesar de notar un brillo travieso en sus ojos, se siente algo nervioso.

Ella es Jessica, dijo Shirley, saludando en dirección a la hermosa mujer con asombro y respeto a partes iguales.

Con su postura erguida y seria, parecía que estaba ahí para enseñar a caminar elegantemente con libros en la cabeza. La mirada en sus ojos decía claramente que estaba dispuesta a bailar como si de una vedette de cabaré se tratara.

—¿Estás listo? Será mejor que estés listo —dijo Shirley. Observaba a George que admiraba maravillado a Jessica. Los clientes de las diferentes mesas estaban en silencio, admirando a las hermosas mujeres.

La exuberancia de ambas acaparaba la atención, al igual que la asombrosa apariencia y poderosa autoridad en el cuerpo largo y delgado de Jessica que sugería que podía convertirse en instructora de baile en cualquier momento.

En la roconola sonaba la música estridente y comenzó a balancear sus caderas al ritmo de ella.

—¡Vas a aprender a bailar salsa! —gritó Jessica dirigiéndose a George, levantando un brazo delgado. George estaba en otro mundo, un mundo de ensueños y me movía lentamente. Esto no se le escapó a Jessica. Lo agarró del brazo. —Yo conduciré —añadió, como si tuviera alguna duda.

—Uno, dos, uno-dos-tres —dijo, mostrando el ritmo de la música con las rodillas.

A pesar de su naturaleza torpe, bajo su mano sorprendentemente firme, el cuerpo de George mostró una inteligencia cinética que no sabía que tenía. En cuestión de minutos, hasta los más corpulentos y flacos de entre los clientes se acercaban a Shirley, quién acompañaba el ritmo de Jessica, balanceándose, sin vergüenza, al ritmo de la salsa vivificante.

—¡Oh, lo tienes ahora! —ella gritó. Y por un momento, George sintió como si lo tuviera, si eso significaba controlar su cuerpo de una manera completamente nueva.

Las hermosas mujeres transformaron el salón en un espacio festivo, lleno de alegría por sus movimientos sensuales al ritmo de salsa. Los clientes de las mesas lo disfrutan, se levantan con pasos entusiastas a seleccionar canciones bailables en la roconola para que la fiesta continuara.

Luego de bailar varias piezas con Jessica e intercambiando con Shirley otras, George regresa a su mesa a tomar varios tragos de cerveza debido a que se siente un poco agotado, con el corazón acelerado por los movimientos de su cuerpo al ritmo de salsa. Desde allí observa a Jessica.  

Desde el andén, los transeúntes se han apiñado para ver bailar a las mujeres, varias parejas están expectantes y otras cruzan el puente semi colgante para unirse al baile, al igual que otros hombres que han llegado del lado del muelle de la aduana, subiendo las veinticinco gradas que culminan frente a la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo. Tapalwás, al escuchar la música y ver desde allí el aglomeramiento de gente frente a la cantina, camina en dirección a ella para saciar su curiosidad. Victoriano, Masayita y el africano, con sus semblantes etílicos, lo esperan sentados en las gradas de acceso a la casa de don Octavio.

Ahora la cantina se ha convertido en una gran pista de baile y los clientes han tenido que apartar las mesas, pegarlas a la pared del salón y contiguo a las ventanas. George se siente eufórico, la mujer que lo ha hipnotizado es la reina del salón, sus movimientos sensuales llaman la atención de los clientes, los recién incorporados y de los aglomerados en la entrada al puente. George se levanta y regresa a bailar con Jessica. La toma de la cintura y una fuerza de atracción poderosa lo domina a tal grado que la suelta para verla bailar a un par de metros de distancia. Es la mujer más bella que he visto, se dice George.

—¡Me encanta bailar contigo, George! —dice Jessica moviendo sus piernas y cintura con la mirada fija en él.

—¡Y a mí contigo, mi amor!

De repente, un hombre borracho, el flaco que estaba sentado en la mesa adyacente a la ventana, se acerca a Jessica y la agarra bruscamente del brazo.

—¡Vamos, nena, baila conmigo! —dice el flaco con voz pastosa.

Jessica se siente incómoda y trata de soltarse, pero el hombre aprieta su agarre.

—¡Suéltame! No quiero bailar contigo —grita Jessica con voz firme.

George se interpone.

—¡Oye, suéltala!

El flaco, enojado, empuja a George con violencia. George no duda en responder y se enfrenta al flaco, mientras otros hombres en el bar se dan cuenta de la situación y se acercan para ver qué está sucediendo.

HOMBRE 1 (gritando)

—¡Vamos, flaco, déjalo en paz!

HOMBRE 2 (apoyando al flaco)

—¡Déjenlos en paz! Esto no es asunto de ustedes.

La situación se intensifica rápidamente, con algunos hombres tomando partido por George y otros por el flaco. Pronto, la confrontación se convierte en una pelea caótica, con golpes y empujones por todas partes.

George lucha valientemente para proteger a Jessica, pero se ve abrumado por la cantidad de hombres que lo rodean. Jessica, asustada, trata de mantenerse cerca de él y protegerse, pero algunos hombres intentan agredirla también.

En medio del caos, Shirley corre en busca de Mr. Herrera, el marido de Miss Lilian, quien se encuentra en la habitación e interviene con un bate en sus manos, tratando de calmar la situación. George toma el bate y comienza a apartar a los agresores, muchos de ellos huyen después de recibir varios golpes en las piernas y brazos.

George y Jessica, exhaustos y con rasguños, se miran el uno al otro con alivio. Se abrazan, agradecidos de que la pesadilla haya terminado. Algunos clientes del bar los miran con una actitud agresora. Mr. Herrera, protegiendo a Shirley, le dice a George que esos hombres que ha golpeado son vengativos y que lo mejor que puede hacer es dejar la cantina.

—Son guardias vestidos de civil —dice Shirley. Regresarán porque han ido en busca de otros. Debes irte, George.

—Son ellos los que han comenzado la pelea —contesta George. Ha tomado de la mano a Jessica y ella se aferra a su cintura.

—Cariño, salgamos de aquí, iré donde consideres que estaremos seguros —dice Jessica acariciándole el rostro enrojecido.

George se muestra indeciso por unos segundos, pero reacciona tomando con fuerzas la mano de Jessica y camina hacia la puerta de acceso. Ve el gentío en el andén. Cruzan el puente semi colgante y, al salir al andén, la gente le abre paso. Comienzan a correr en dirección a la casa de doña Juana Angulo, al pasar, ve en el corredor a los hombres que están tomando ron, vuelve la mirada hacia el sector del cuartel y observa a varios guardias de uniforme que inician la subida de las veinticinco gradas. Le dice a Jessica que se quite los zapatos de tacón. Por unos segundos se detienen, ella se los quita y corren de prisa, pasan la casa de doña Luisa Sandino que los observa desde el corredor, cruzan el andén de acceso a la entrada a la aduana, las gradas que llevan al parque de la loma y siguen corriendo en dirección a la bajada del muelle de las pangas. Han llegado al parquecito ubicado frente a la casa de los Allen y desde allí George regresa la mirada.

Los persiguen cinco guardias con fusiles en mano que acompañan al hombre flaco que comenzó los disturbios en la cantina de Miss Lilian.

¡Yarey! ¡Yarey! —grita George en dirección al muelle de las pangas. Jessica, a su lado, está agotada y se detienen por unos instantes al bajar las primeras gradas y acceder al área de descanso.

—¡De prisa! ¡De prisa! ¡Enciende el motor!

Yarey se encontraba conversando con otros pangueros en ese sector del muelle y como un delfín entre las aguas entró velozmente en la panga y de un jalón de la correa encendió el motor fuera de borda.

George sostiene a Jessica mientras aborda la panga. Suelta las amarras mientras Yarey la empuja alejándola del muelle. Acelera el motor y maniobra para adentrarse en la corriente que busca su salida al mar. George se ha sentado al lado de Jessica. Vuelven la mirada y ven a los guardias con el flaco en el borde del muelle.

—¡Oh, cariño! Eres valiente —susurra en el oído de George.

—Cariño, conmigo siempre estarás segura.

Jessica descansa en los brazos de George y lo besa con dulzura. George la abraza y, lleno de seguridad, la besa con pasión.

—Mi amor, te amo Jessica, te amo —.

El sol cae entre la isla de Miss Lillian y su compañera, la isla chiquita. Más allá, las olas revientan en la línea de playa de la isla de el Venado. El cielo se cubre de color miel y chocolate, irradiando las olas que la panga corta a su paso en dirección a Bluefields.

A lo lejos, más allá de Half Way Cay, unas lucecitas comienzan a parpadear al irrumpir la noche en el refugio que George tiene preparado para su amada.

 

Julio y agosto, 2023.

Foto propia: Llegando a Bluefields.


lunes, 26 de diciembre de 2022

PERSONAJES DEL AÑO 2022


Es este quizás el ultimo escrito del año 2022 y forma parte de los más de treinta que he logrado, pero antes de que cambiemos el calendario, quiero señalar algunas características y anécdotas de los personajes que aparecen en ellos.

Este año, Tapalwás es uno de los personajes relevantes de mis escritos, don Abraham Rodríguez, que en paz descanse, iluminado por la eternidad del creador. A Tapalwás lo escuchaba siendo un niño. Sus palabras, como murmullos llegaban a mis oídos, aún en la inocencia de los 8 años, atento a esa corriente de palabras que empleaba para contar sus guayolas, a sus poses de narrador empedernido —todo lo narrado era una festín que se notaba en el brillo de sus ojos, dramatizando los acontecimientos, imponiendo emoción e intriga— que cautivaba a sus oyentes en cualquier lugar o escenario donde la ocasión lo llevaba, bien en el muelle de la aduana, en los corredores del plantel de la Booth, en la esquina de la iglesia católica y, en su preferido, la casa de doña Juana Angulo, desde la cual observaba desde el corredor a los viajeros que bajaban y subían las 25 gradas del cuartel de la guardia y, además, tenía a su disposición los barriles de guaro lija que distribuía, como agente fiscal, don Octavio Gómez, y saboreaba con agrado en compañía de Victoriano, Masayita o el Africano.

En múltiples ocasiones visitaba su vivienda por la amistad con sus hijos, principalmente con Germán, llamado con cariño el Osito (QEPD), y sus hijas, ya mayores, eran hermosas y amorosas. En su hogar, el Tapalwás guayolero se transformaba en un señor serio y discreto bajo la mirada atenta de doña Panchita, su esposa. Allí miraba el balde donde tiraba sus escupitajos de tabaco y abajo, en la orilla de la bahía frente a la playa de El Tortuguero, atracado al pie del barranco, su bote de canalete.

Allí está Tapalwás, en Volando sobre Piedras, en Un buen Cazador y en El mejor reloj del mundo. Así como protagoniza esos escritos lo vi, escuché y admiré. Te brindo la oportunidad nuevamente para que lo conozcas, que lo escuches, que lo acompañes en ese puerto de El Bluff que hace muchos, pero muchísimos años, dejó de brillar y vive en mis recuerdos.

No pueden faltar los Neoguineanos. La gente que vive y trabaja en este vasto territorio de Nueva Guinea. Gente polifacética, gente aguerrida, emprendedora y capaz de mover y cambiar las condiciones socio-económicas cuando se lo proponen a su gusto y antojo. Y lo digo porque lo he vivido, he transitado por estas condiciones desde el año 1986, primera vez que la visité, donde el aguacero, el lodazal y la neblina me embelesaron después de vivir en el trópico seco de Juigalpa por muchísimos años. Fue como volver a mi Costa Caribe, a Bluefields, a El Bluff, donde llovía todo el año y vivía empapado caminando por el andén, en las travesías en botes pos pos hacía Bluefields todas las mañanas, en las calles de Bluefields en el trayecto a clases y a la salida, cobijándome bajo el alero de los corredores de las casas de sus principales calles.

La Nueva Guinea de esos años, del inicio de la década de los años 90, inauguraba una nueva etapa en su desarrollo con personajes que venían de una guerra entre familias, pero ansiosos de dejar atrás los estragos causados por las balas, las bombas y las bayonetas para reconstruir su tierra prodigiosa, necesitada de su respeto porque sufrió del despale indiscriminado, de caminos para llegar al último de sus rincones con proyectos que transformaran esa realidad que los excluía y marginaba de las bondades de la paz. Personajes que hoy pintan canas, que viven en sus parcelas cultivando la tierra que genera una riqueza tan diversa en distintas épocas del año —granos básicos, raíces y tubérculos, musáceas, cacao, café, piña, leche, queso, carne, frutales de diversos tipos—, y que aún hoy, dos décadas después de inaugurar el siglo XXI, padecen los mismos males de siempre: pobreza, marginación y exclusión, como si estuvieran malditos en su propia tierra, siendo expoliados por los mismos de siempre: los comerciantes, acopiadores, prestamistas y banqueros. Es tanto el grado de desencanto vivido que sus hijos, los herederos de "la luz en la selva" y el futuro soñado, han tenido que emigrar en busca de mejores perspectivas y ellos, sus padres y abuelos, miran hacia la montaña que repoblaron con nostalgia en sus ojos y preguntándose: ¿Para qué tanta lucha?

Felipe Álvarez, llamado con cariño Felipito, el cajero de la aduana de El Bluff, estuvo a lo largo del año en mis pensamientos hasta que lo vi jalando agua, con aquella calma y parsimonia que lo caracterizaba, en el pozo de la casa de mi abuelo Felipe, en la casa de su propiedad ubicada frente al inmenso árbol de Laurel de la India y en su casa de habitación construida por el legendario ingeniero de la aduana don Juan Lacayo y cedida para su familia. Felipito, un hombre respetuoso, honrado al tal extremo de negarle el acceso a la caja fuerte a los guerrilleros sandinistas triunfantes en 1979 que lo amenazaron de muerte con tal de llevarse el botín.

Un hombre íntegro, amable y servicial que dedicó su vida al servicio público como cajero sin hacerle falta, nunca en su vida, diez centavos al arquear la caja. Felipito, el papá de Rafael, Dora Luz, José Manuel y Javier, llamado con cariño El Tanquecito, otro de mis grandes personajes de la época en que el puerto fue un lugar soñado. Tanquecito, le dije hace unos días que me visitó junto con mi otro primo Edwin Cadenas, sos mi héroe, sí, siempre lo fuiste. ¿Por qué?, preguntó. Porque los Reyes Magos te trajeron una bicicleta —a todos los chavalos de El Bluff de esa época los regalos se los traía Santa, pero los Reyes solamente al Tanquecito—, y mientras los otros, Kalilita, Juan Brenes, los Acosta, Benavidez y varios más, hacían competencias de bicicleta en el tramo de carretera entre el muelle de la Texaco y el comedor de la Chinitas, un día me la prestaste y comencé a andar volando al viento por el andén, lleno de dicha y felicidad hasta que después me compraron una bicicleta qué llamábamos “vaca” que tenía llantas gruesas y frenos traseros. Siempre fuiste y seguirás siendo mi héroe, volví a decirle y nos abrazamos.

El mujer mío, como dice un amigo que forma parte de los hombres afortunados, es y seguirá siendo, a pesar de todos los desacuerdos y peleas de parejas de toda la vida, una de mis personajes a la mano. Y poco a poco he logrado ir construyendo ese mundo juigalpino y chontaleño en que vivió, entre las sombras de sus recuerdos en una habitación gigante que durante el día desaparecían las tijeras de lona, al lado de sus abuelos y tíos(as). A pesar de tantos años, 45 años después,  sigue siendo la misma de siempre, terca y una leona de cuando sus hijos se trata.

Y Emiljamary, mi hija, que regresó a ser feliz nuevamente cuando se vino a vivir a mi casa, de quién respiro todos los días la dulzura de su corazón y de los dulces que prepara, llamados dulces para el corazón convertida en una creadora de felicidad; colmó mi casa, su casa, con su alegría y su risa, y me llena de dicha con los abrazos que me brinda cuando corro a su lado por las mañanas apenas despierta. Mi niña, mi corazón.

Inolvidable mi madre de frijoles, doña Juana Angulo. Octogenaria hoy, luchadora de toda la vida. La mamá de Kalilita, uno de los personajes de mis escritos, con el que crecí siendo amigos, peleándonos, volviendo a darnos la mano y ahora en esta etapa de la vida nos recordamos de esos tiempos que he ido plasmando desde hace muchos años. Doña Juana Angulo, su casa, su sala, su cocina, el mostrador donde don Octavio administraba el guaro lija y ella sus panes, sus pupusas que horneaba y viajaban por todo el mar Caribe y que mi papá las pedía en vos alta: ¡quiero una pupusa! Luego se reía a carcajadas y las degustaba, quién no si eran una delicia, sentado en la inmensa sala donde nunca fue permitido que ninguna persona que se echara su cachimbazo escupiera en el piso de madera pulido, sino que eran invitados a salir al corredor. Sus recuerdos, sus nostalgias, están allí para siempre, imborrable el rifle calibre 22 que dominaba con tanta destreza que ningún amigo de lo ajeno se atrevía a entrar en su patio para robarse sus sugar mango.

En los olores y sabores de semana santa regreso a la casa de la abuela Manuela. Al patio, alrededor de una mesa de madera donde muelen el maíz para después elaborar las cosas de horno, rosquillas, hojaldras; las risas; los gritos; el fogón en el suelo donde ponían a hervir los nacatamales especiales que la tía Magdalena les daba ese toque tan genuino que por ello los llamaban los nacatamales especiales de la tía Magda; ni el almíbar que preparaba la abuela Manuela con productos todos recolectados del patio; los pescados secos que el tío Gustavo arponeaba en el muelle de la Texaco y que desde el lunes pasaban secándose al sol en el tendedero de ropa para que estuvieran listos ese viernes y preparar el delicioso arroz con pescado que la abuela Manuela hacía con esmero al estilo hondureño, su tierra de origen.

La alegría giraba alrededor de la mesa engalanada para la ocasión: manteles, platos, cubiertos, vasos, todo esmeradamente colocados con precisión, como se hacía todos los viernes santos. Todos sus sentidos activados percibían el aroma del maíz transformado, el hervor del perol de nacatamales, el arroz con pescado bañado con una salsa espesa secreta de la abuela, el dulce del almíbar. Todos ocupaban su lugar definido en la gran mesa redonda de madera inhalando el aroma de tierra mojada bajo sus pies después de ser regada con baldadas de agua para bajar la temperatura a la sombra del árbol de mango, y ahora todos se han ido.

¿De dónde obtuvieron tanta riqueza? ¿Cómo?, le pregunto al Tanquecito luego de mostrarle la foto que hoy uso como portada de este escrito. Se queda pensativo y me dice de la madera, sí, de la extracción de madera en el llamado hoy Caribe Norte cuando existían grandes empresas madereras que exportaban hacia el norte y otros lugares dándole contratos a pequeños empresarios. Felipe, mi abuelo materno, originario de Granada, se trasladó a vivir a Waspán y allí desarrollo sus habilidades en el negocio de la madera, dándole frutos suficientes para crear y desarrollar la familia con mi abuela Manuela y de la que hoy sobrevivimos varios primos.

A los estibadores de ganado fue como si los hubiese soñado. Hombres fuertes, altos, de brazos fornidos, espaldas anchas y manos callosas. Black creoles de los barrios negros de Bluefields que viajaban a El Bluff en lanchones, una cuadrilla de hombres seleccionados para una labor riesgosa, agotadora y violenta: desembarcar de lanchones y embarcar toros, novillos y vacas en barcos mercantes que navegaban por el caribe. Allí están observándolos desde el techo de la aduana Kalilita, Mario Tachita, Zamba Larga, Pilón y, desde el balcón del segundo piso de la aduana, el coronel Alejandro Peters que sale y entra para vivir los momentos más emocionantes de la labor de los estibadores de ganado.

A el hombre del bastón lo encontré en mis caminatas mañaneras por el parque central de Nueva Guinea recogiendo botellas. Nunca lo había mirado, pero en cada vuelta que daba me fui fijando en los detalles: el tipo de bastón, su forma de caminar, su rostro, su piel maltratada por los años y el rincón de una casa cercana donde dormía para levantarse a las cuatro de la mañana a recoger botellas de plástico o de vidrio para luego venderlas en los centros de acopio. Un hombre golpeado por la vida pero que sigue luchando a diario para sobrevivir en este mundo hostil como miles de seres humanos golpeados por la injusticia, la marginación y la explotación.

El hombre que vi una madrugada caminando en baby doll por las calles cercanas al mercado municipal de Nueva Guinea es sin duda uno de los personajes más sofisticados de este año. No lo conocí en su momento ni por muchos años, hasta que un día sin querer me di cuenta de su identidad que mantengo bajo las llaves de los secretos. Siempre que nos vemos nos saludamos, sin el saber que yo sé, ahora que su cabello y su bigote se han puesto canosos.

Y, por último, mi personaje más querido, mi padre White Bush Hill Bush, el capitán. El hombre que nunca me abandonó, el que siempre estuvo a mi lado en los momentos más difíciles, el que nunca intentó sustituir mis esfuerzos con su capacidad de amarme, sino que dejó que me valiera por mi mismo, después de darme todas las oportunidades para que adquiriera las herramientas que me llevaron a recorrer el camino. El hombre de mar, el navegante, el capitán, el marino, un hombre alegre, encantador, amigo de mis amigos, y que para estas épocas del año, lo añoro como el niño que llora ante la ausencia de un ser amado.

 

Domingo, 25 de diciembre de 2022.

Foto propia: Familia Álvarez. 

lunes, 30 de diciembre de 2019

UN MOTETE DE ROPA SUCIA



El hombre se mecía placenteramente en el swing que colgaba en el corredor. Tomaba su taza de café bien cargado como todos los días después de retirarse y disfrutar de sus años pasivos. Una brisa placentera le daba en el rostro y los árboles de mango lo protegían del sol que se colaba entre el techo y el alero del corredor de la casa de madera pintada de verde y amarillo.

Miraba de frente hacia las gradas de la escalera que daba acceso al corredor, hacia la grama recién podada y, más allá de la puerta del cerco, a la gente que circulaba por la calle. Desde allí, el hombre gritó mi nombre  y con sus manos hizo señas para que me aproximara.

Lo vi tal como he dicho y entré a su propiedad; un rótulo adherido en la pared de la casa prevenía con cierto sentido de humor a los que se atrevían a traspasarla: “Tenga cuidado, el perro muerde pero el dueño mata”. Abajo, en el piso del tambo, una mujer corpulenta lavaba ropa y se escuchaba su esfuerzo materializado en las costillas de la batea que apoyaba con su abdomen en una enorme tina. El hombre me ofreció una mecedora y me acomodé placenteramente a escucharlo.

He estado pensando, dijo y se quedó callado por unos segundos, en el esfuerzo que esa mujer hace para lavar la ropa, agregó señalando con sus dedos hacia abajo. Alrededor de 1850, las labores de lavandería se menospreciaban hasta tal punto que en las casas grandes se castigaba a los criados con lavar la ropa. Era un trabajo agotador. En muchas casas se lavaba a la semana entre seiscientas a setecientas prendas, toallas y sábanas.

En esa época no había detergente y la ropa tenía que dejarse en remojo en agua jabonosa durante horas, después aporrearse y fregarse con energía, hervirse durante una hora o más, aclararse repetidamente, escurrirse a mano o con la ayuda de un rodillo y sacarse a tender sobre un cerco de palo o varas entretejidas o extenderse sobre la grama para secarla. Y uno de los delitos más comunes en el campo era el robo de la ropa puesta a secar, por lo que siempre tenía que haber alguien vigilando la ropa hasta que se secaba.

El día que se lavaba la ropa tocaba levantarse a las tres de la mañana. En muchas casas que tenían una única criada, se hacía necesario contratar a una lavandera externa para ese día. En otras casas mandaban la ropa a lavarse afuera pero con miedo de que la ropa regresara infestada con alguna terrible enfermedad y tenían mucha incertidumbre debido a que no sabían con la ropa de quién la lavaban.

Ahora, continuó contando, son pocos los que dan a lavar la ropa como nosotros porque en casi todas las casas tienen una lavadora y una secadora de ropa. Pero conozco a una mujer de un amigo que vive por aquí cerca que acumula y acumula grandes cantidades de ropa en toda la casa. Lo descubrí una tarde que fui a visitarlo sin anunciarme y me llevé una de las mayores sorpresas de mi vida.

Desde que puse mis pies en la escalera de unos veinte peldaños inhalé un aroma entre húmedo y rancio, y a medida que subía, una picazón cada vez más intensa afectaba mis fosas nasales a tal grado que estornudé varias veces con el mayor disimulo posible. Al culminar, vi a ambos lados del corredor ropa regada a mi izquierda y a mi derecha: calcetines, pantalones cortos y camisas. Allí, frente a la puerta principal, dudé en continuar avanzando, pero un rumor que provenía desde adentro me motivó a seguir.

Di varios golpes en la puerta pero no tuve respuesta, así que la empujé y noté que la cerradura no estaba puesta. Abrí y entré a la sala en silencio. Sobre el sofá, los sillones y la mesita de sala había ropa tirada: sábanas y toallas, manteles, mosquiteros, calzones, calzoncillos y otras prendas. Avancé en silencio. Los murmullos se intensificaban, eran palabras de las que no identificaba claramente su significado, pero entre las paredes, el piso y el cielo raso de madera machihembrada, me sentí atraído con una fuerza indescriptible de curiosidad sin importarme ahora el agridulce aroma contenido dentro de la casa.

Avance hacia un pasillo y entre pasos seguí viendo ropa tirada sin distinguir las prendas porque desde una habitación cercana una fuerza de atracción poderosa me mantenía atrapado. Escuché voces intensas en discrepancia, enredadas, y vi sombras en movimiento que se proyectaban desde adentro a través de la puerta. Volví a llamar a mi amigo pero nadie respondía así que me asomé a la habitación.

En el centro, bajo una lámpara encendida, mi amigo estaba acostado desnudo, boca arriba sobre un inmenso motete de ropa sucia, y la mujer, montada sobre él, lo cabalgaba, agarraba las distintas piezas que encontraba a su alrededor a manotazos, y sin detenerse, cada vez con movimientos más intensos y ondulantes de cadera, le restregaba el pecho y la cara con la ropa sucia mientras él la tomaba de la cintura, suspirando como si se le cortara la respiración, balbuceando palabras ensalivadas, ¡enlódame!, ¡lléname!, ¡embadúrname!, ¡chorréame!, ¡babéame!, mientras ella a su vez decía con voz sublime ¡mi sugar daddy!, ¡chancho!, ¡chanchito!, ¡sapo!, ¡sapito!, ¡malito!, ¡asquerosito!, elevándose, sin detenerse un segundo en su afán de restregarle la ropa a manotazos, en un enredo e intensidad de voces peleadas, entusiasmadas cada una a su antojo y ritmo hasta que rendidos y con sus corazones palpitantes se estiraron abrazados y sudorosos entre la ropa sucia.

Tan impresionado estaba que así los dejé. Volví por los mismos pasos en que entré a la casa en silencio, pero no vi ropa sucia regada ni en el pasillo, ni en la sala ni en el corredor y, a medida que bajaba cada una de las gradas de la casa de madera, el ambiente antes húmedo y rancio desapareció con la luz del atardecer.

Varios días después me visitaron. Fue un día de fin de año. Aquí, en este mismo lugar donde estamos, me encontraba sentado. Cuando subieron las gradas los vi bien vestidos, inhale el aroma de los perfumes festivos que llevaban impregnados en sus ropas y cuerpos y me reí en mis adentros de la fuerza poderosa de las apariencias y el poder que connota con ellas la ropa.

Ya terminó, agregó el hombre señalando hacia abajo y vi salir a la mujer corpulenta y sonriente desde el tambo de la casa hacia el patio, en dirección a la puerta del cerco.

Luego me despedí del hombre acordando que lo seguiría visitando. Salí de su propiedad sin dejar de volver a ver el letrero pegado en la pared de la casa y pensé en la primera impresión que debe causar en un desconocido así como en ciertos aspectos de la ropa que pasan desapercibidos: trabajo, dinero, apariencia y diversos usos que le damos, además de vestirnos.

Llegué a mi casa. Recogí en una esquina toda la ropa sucia que iba encontrando en las canastas y formé mi motete para tenerlo listo antes de que finalice el año.


30/12/2019

martes, 14 de noviembre de 2017

HECHO EN LOS ESTADOS UNIDOS


Jugaban alegremente tres hermanos, muy pequeños para entender muchas cosas. Siete años tenía uno y seis los otros dos que eran gemelos. Corría el año 1982 o 1983, no recuerdo bien, y todo lo que les interesaba era divertirse con aquellos carritos de cajitas de fósforos, hules y botones que su papá les había hecho, mientras corrían y competían por ver cuál era el más bonito. Eran la sensación. Sin nintendos, ni PlayStation, ni patines, robots, ni esas cosas que veían sólo en su tele de fabricación cubana que duraba 10 minutos en encender y otros tantos para terminar de apagarse a las nueve y media de la noche, pues a las diez se iba la luz. Lo único que lograba apaciguar la vida de estos niños era ir a la casa de su abuela, en donde por las tardes estudiaban y luego se sentaban en el corredor a escuchar cuentos. A veces oían el sonido de los rafagazos de fusiles AK47 cuando un avión cruzaba los cielos de esa tierra caribeña. Luego regresaban a su casa e iban platicando sobre la conversación con la abuela que tenía la manía de hablar sola.

Los tres hermanos aún recuerdan, después de 30 años, las cenas con un pico, frijoles cocidos y un vaso de fresquitop que les dejaba el estómago revuelto, pero lleno. Alguna fiesta se celebraba de vez en cuando en su casa, con el radio marca National a un volumen bajo y la música de la radio local. Cuando pasaban algún comunicado o alguna propaganda del gobierno revolucionario que ni entendían, los invitados aprovechaban el momento para echarse un pijazo de ron Tropical y picar unos chalines secos en jugo de limón.

En las fiestas eran las únicas ocasiones en que su mamá se ponía aquel vestido floreado que le quedaba tan bello y que con esfuerzos uno que otro amigo dejó pasar en la aduana, pues sus hermanas se lo habían mandado de los Estados Unidos, pero en la radio decían que el tal Estados Unidos era malo y no permitía pasar las cosas. Por eso esperaban que hubiese alguna pachanga para que su mamá se pusiera ese vestido único y admirarla en todo su esplendor. Su madre era chela, alta, ojos verdes y buen bailar.

Los hermanos se fueron dando cuenta que algo no estaba bien: en las cenas, si había pico, faltaban frijoles; si habían frijoles, no tenían fresquitop; y si aparecía éste, no había ni picos ni frijoles. Tampoco entendían por qué muchas veces, cuando ellos comían, su mamá y su papá se iban a la sala o se hacían los ocupados. La ropa ya no tenía color y los pantalones les quedaban brincacharcos; ¿los zapatos?, sólo tenían unos mocasines chinos agujereados de tanto uso. Pero lo que más pena les daba era ir sin calzoncillos, pues de los que tenían sólo el elástico quedaba. No entendían por qué al preguntar por esas prendas interiores el papá se enojaba y los ojos verdes de la mamá se ponían tristes. Mientras tanto, seguía la tronadera de los fusiles porque a algún avión de los Estados Unidos se le ocurría pasar por encima de aquella ciudad del Caribe.

Cierto día llegó un vecino a la casa y se pusieron de acuerdo con él para hacer una reunión el fin de semana, ya que se había “bateado” 10 libras de frijoles del expendio en donde trabajaba, los vendió y tenía reales para comprar tres media de ron Tropical y dos libras de chacalines secos. Eso alegró sobremanera a los niños, porque vislumbraron que el sábado su mamá se ponía aquel vestido floreado. Morado con celeste, de los Estados Unidos.

Ese día tan esperado, la madre salió hacia la casa de la costurera. El papá, como siempre, buscó alguna chamba en el palacio municipal y los niños jugaron con sus carritos de cajas de fósforos y las colillas de cigarrillos Alas regadas por todo el piso.

Al medio día llegó la mamá, sonriente y con un bulto envuelto en papel periódico Barricada, y los llamó al cuarto. Al desenvolver el bulto aparecieron unos calzoncillos bien hechos, tres para cada uno. ¡A la mierda andar cañambucos, ahora los huevitos tenían su casa! Después de ir donde la abuela. Estudiar, escuchar cuentos, hacer figuras con las nubes y tratar de descifrar lo que ella hablaba consigo misma, volvieron a casa para ver que tocaba, si pico o frijoles o fresquitop.

La radio sonaba con su volumen bajo. Se escuchaba una canción de Willie Nelson.
“To all the girls Iʼve love before,
Who travelled in and out my door,
Iʼm glad they come along
I dedicated this song
To all the girls Iʼve loved before”.

Al primer comunicado nocturno de la radio salió la mamá ¡sin su vestido floreado! Los tres hermanos se extrañaron de aquel suceso e instintivamente el más grande corrió al cuarto, seguido por los gemelos. Revisaron sus calzoncillos, y descubrieron que eran ni más ni menos el vestido floreado de su mamá hecho pedazos para vestirles.

Kevin Berry
Jugando con fuego.

lunes, 5 de junio de 2017

TURTLE PUNCH

Desde hace muchos años no probaba la carne de tortuga. Es uno de mis platillos favoritos, consumirla es parte de la cultura caribeña y prepararla es un arte culinario ancestral que se recrea en las comunidades misquitas y creole. En El Rama la preparan, desde chavalo la comí en la casa de mis padres, quizás de una manera refinada, con un toque oriental tendiendo un poco a lo dulce por la influencia de mis ancestros chinos, pero la que acabo de degustar en el comedor de Miss Stella tiene un gusto peculiar, un sabor característico de la comida creole, fuerte, bien condimentada y jugosa por la leche de coco.

Llegué por la mañana a Tasbapounie para hacer negocios mediante el acopio de pescados. Desde hace meses lo he estado pensando y decidí abrir una marisquería en Managua que se complemente con el restaurante que tengo cerca de la carretera a Masaya. Viajé por tierra desde El Rama a Laguna de Perlas y luego tomé una panga para cruzar la laguna. Por recomendación de Rosario Alegría, mi prima, hice contacto con Miss Stella para alojarme en su hospedaje. Es un lugar familiar, su vivienda está ubicada al lado de las cuatro cabañas que ha construido para facilitar alojamiento a los visitantes que llegan a Tasbapounie. Desde mi cabaña se aprecia la playa con sus cocoteros, las pangas de los pescadores y los cayos pintados de amarillo al atardecer. Miss Stella maneja el negocio con Newton, su marido, y fue a través de ellos que logré hacer el contacto para reunirme con el Comunnity Board con el fin de solicitar el permiso de pesca y acopio. Pensaba en la exquisitez de la comida y en dicha reunión que sostendré mañana cuando escuché tocar la puerta.

—Good… good evening Tíaa —dijo una voz en inglés creole.

Me di cuenta que era Ray Green, el chambero que había cargado mis maletas desde el muelle. Miss Stella, fina y amable, lo invitó a pasar. Ray Green tenía un aspecto distinto, estaba bien vestido, sin la ropa que imagino siempre usaba para hacer su trabajo de chambero.

—Siéntate Ray, aquí con nosotros, al lado de Hannibal —dijo Newton en inglés señalando la silla que estaba a mi lado.
—Quieres probar la tortuga que he preparado —dijo Miss Stella en español.
—Gracias… gracias pero ya comí donde mamá —respondió Ray Green sin tomar el lugar que le ofrecían—. Vengo… vengo para contarle cuentos al jefecito —agregó dirigiéndome la mirada.
—Qué bien, perfecto. Él sabe muchas historias de la comunidad, pero sus cuentos no son gratis —dijo Newton.

Miss Stella y Newton cruzaron miradas y sonrieron entre ellos. Pensé que sería oportuno salir a caminar con Ray Green por la comunidad para hacer la digestión. Mi reloj marcaba las siete.

—Quisiera caminar y conocer un poco de Tasbapounie —dije.
—Yo… yo te llevo jefecito —expresó Ray Green.
—Perfecto Mr. Hannibal —dijo Miss Stella —. Lleva a Mr. Hannibal al bar de Mr. George, así caminan por el centro de la comunidad —agregó, dirigiéndose a Ray.

Salimos y cruzamos el andén. Al llegar al segundo, el del centro de la comunidad, caminamos en dirección hacia el norte. El cielo estrellado se infiltraba entre las copas de los árboles de fruta de pan, almendros y cocoteros. Las familias compartían sentadas en los corredores de las casas de madera y Ray Green les daba saludos que respondían con gentileza. La música ya no era estridente como en la mañana y me llamó la atención que las familias vieran televisión en una comunidad tan distante.

—¿Cómo les llega la señal de televisión? —pregunté.
—Todos… todos tienen antena para satélite —respondió Ray Green.

Luego de recorrer el andén por unos quince minutos, Ray Green giró nuevamente hacia la derecha, en dirección a la playa. Caminamos sobre la grama, sentí las rachas de viento proveniente del mar y el revoloteo de las palmeras en lo alto.

—Aquí… aquí es el bar de Mr. George —dijo señalando la casa.

Cruzamos una pared de madera y me gustó el ambiente alumbrado tenuemente por bombillos rojos y azules, así como la música country en inglés que sonaba por los parlantes con el volumen tolerable para escuchar los cuentos de Ray Green. Un bordillo de bambú cerraba el lado derecho y el fondo del espacio. A la izquierda estaba el bar y una lámpara blanca que colgada del techo de palma lo iluminaba. Una joven mujer creole salió de la barra a nuestro encuentro.

—Hola Ray, pasen adelante —dijo.
—Gracias… gracias Judith —dijo Ray. —Él es Hannibal… es mi amigo, anda conociendo —agregó.

Judith me observó de arriba abajo con sus grandes ojos intensos, con cierta desconfianza, pero me tendió la mano y al estrecharla mostró su hermosa sonrisa de labios carnosos.

—Pueden ocupar la mesa que deseen, pasen, pasen adelante —dijo Judith.
—¿Dónde... dónde quiere sentarse? —preguntó Ray.
—La que elijas —respondí al ver sólo dos mesas ocupadas.

Judith caminó nuevamente hacia la barra. Noté que quebraba su cuerpo, movía con erotismo las caderas, volvió su mirada hacía mí y, tras fijar su mirada en la mía, intensificó el parpadeo de sus grandes ojos negros.

—Jefecito… jefecito, usted le gusta a Judith —expresó Ray Green al notarlo.
—Es sexi, bastante sexy —respondí y entramos al salón.

Nos acomodamos en una mesa del fondo, pegada al lado del bordillo de bambú. Las sillas estaban construidas con madera rolliza de mangle y la mesa con madera de caoba. Noté que al pie de la barra estaba un pizarrón con el menú escrito con tiza: pollo frito, pescado frito, camarones empanizados, cervezas, ron y gaseosas. En la parte inferior, en letras grandes, estaba escrito: TURTLE PUNCH entre paréntesis.

La brisa proveniente de la playa hacía placentero el lugar y los otros clientes conversaban amenos, siempre en inglés creole, casi gritando. Al nuestro lado derecho, en el patio, observé varios cocoteros enanos cargados de frutas.

—Si desean algo más, me avisan —dijo Judith al servir los vasos, el ron, la gaseosa y una pana con hielo.
—¿Podrías conseguirme agua de coco? —le pregunté a Judith.
—Lo que usted quiera —respondió con su gran sonrisa—. Ray los puede cortar —agregó dirigiéndose a él.
—Claro… claro que sí, soy experto en cortar cocos —dijo Ray Green.

Ray Green cortó los cocos y Judith le dio un machete para que los pelara, luego sirvió el agua en un pichel y regresó a la barra con el mismo erotismo al andar. Le serví un trago doble a Ray Green, se empinó el vaso sin arrugar la cara y yo me lo serví mezclado con hielo y agua de coco.

—Ahora… ahora sí jefecito, ahora poder contarle cuentos.

Ray Green estaba ansioso de que escuchara sus cuentos, pero me llamaba la atención el pizarrón de la barra, porque el ponche de tortuga era parte del menú que ofertaban.

—Ray, ¿sabes cómo se prepara el turtle punch?
—Claro… claro jefecito, mi mamá saber hacerlo.
—Cuéntame cómo se prepara.

Cruzó sus piernas en la silla de mangle rollizo, pidió que le sirviera otro trago de ron para aclarar su garganta y se lo tomó. Adquirió una pose narrativa y empezó a hablar:

—Mamá… mamá lo hace desde que soy niño para papá. Ella… ella consigue una aleta de tortuga y la pone en el fuego para quemar las escamas. El fuego… el fuego deber estar bien encendido, ardiendo para quemar bien. Después… después raspar las escamas con un cuchillo y lavar sólo con agua para limpiarla. Cortar… cortar en trozos pequeños y cocer en agua para que aleta suavizarse. Cuando… cuando enfría quitaba el pellejo del aleta… Umm… umm, jefecito necesito otro trago.
—Doble, un doble para Ray —dije y se lo serví.
—¡Aah… aah! Cuando… cuando hacer turtle punch mamá siempre cantar, siempre estar alegre. Ella… ella poner en licuadora con leche y licuar bien. Después… después poner el cosa licuado a hervir con canela, nuez moscada, pimienta y guaro… guaro suficiente. Papá… papá escuchar licuadora y acercarse a la cocina. Mamá… mamá decirle que no estar listo, que ella va a llamarle. Papá… papá regresar al corredor. Cuando… cuando el turtle punch estar listo ella llamar a papá y servirlo en un pana caliente. Papá…papá tomarlo como sopa.
—¿Y le gusta a tu papá?
—¡Buay! Papá… papá comenzar a sudar después de beberlo y caminar dando vueltas. Mamá… mamá llamarme y decirme: ¡Ray… Ray!, ¡ve a jugar con tus amigos! Cuando… cuando regresar a la casa, papá estar acostado en hamaca y mirarme con un gran sonrisa.
—Jajaja, vos si sabes contar cuentos —dije y serví tragos para los dos.

Judith se acercó a la mesa después de servirles cervezas a los clientes que estaban cerca de nosotros y la llamé.

—¿Desea algo más?
—Quiero probar el turtle punch —dije y Ray soltó una carcajada.
—¡Oh no, no! —dijo Judith y caminó velozmente, sin su cadencia erótica, hacia el pizarrón de la barra. Con un trapo borró las letras del ponche de tortuga y regresó a nosotros.

Los hombres que conversaban en la mesa de al lado dejaron de hacerlo, estaban atentos a nuestra conversación después que Judith corrió a borrar el menú.

—¿Por qué lo has borrado? —pregunté.
—No vendemos más, no más turtle punch —respondió con el semblante serio, sin mover las pestañas.
—Pero, ¿por qué? —insistí.
—El MINSA lo ha prohibido, no podemos venderlo porque los hombres se vuelven locos, persiguen a las mujeres por la comunidad, no respetan.
—Cierto… cierto jefecito —dijo Ray.
—La mamá de Ray lo prepara para su papá —dije.
—Solamente se puede consumir en casa, pero en los bares está prohibido —dijo Judith.
—¿Vos lo has probado? —pregunté a Ray.
—Claro… claro que sí, jefecito. Todos… todos los hombres de Tasbapounie comer turtle punch. Todas… todas mujeres hacerlo para sus maridos. ¿Verdad amigos?
—Claro que sí, turtle punch es maravilloso —dijo uno de los hombres.
—Cállate, no digas nada, porque vos sos de los que persigues mujeres —dijo Judith, dirigiéndose al otro hombre.

El hombre no respondió, pero desde la mesa mostraba una monumental sonrisa creole en su rostro.

—¿Cuáles son las maravillas que provoca el turtle punch? —pregunté.
—Me voy, no quiero escuchar eso —dijo Judith y se retiró hacia la barra.
—Cuerpo… cuerpo calentarse. Planta… planta del pie desesperarse, querer moverse… moverse mucho, tener que caminar, no poder estar quieto. Boca… boca secarse, ojos… ojos ponerse grande, brillantes. Corazón… corazón querer explotar, ser un bombo —dijo Ray.
—El cuerpo se calienta. Necesita tener una mujer para calmarse, si no tiene mujer debe buscar una, por eso la MINSA prohibirlo. Turtle punch ponernos muy amorosos —dijo el hombre.
—No lo creo —dije.
—Jefecito… jefecito, turtle punch es la viagra natural de nosotros —dijo Ray.

Antes de despedirnos le di propina a Judith por atendernos amablemente. “Mr. Hannibal, si usted quiere turtle punch yo puedo preparárselo en mi casa”, dijo con un tono sensual cuando me disponía a salía del bar de George.

—Judith… Judith querer enloquecer a jefecito —dijo Ray y no dejó de reírse en el trayecto de regreso al hospedaje de Miss Stella.

Acostado en la cabaña pensé en mi restaurante. Vi claramente un rótulo atractivo que anunciaba el turtle punch, a hombres y mujeres haciendo fila, ordenándolo al mediodía para llenarse de energía y eliminar el estrés de la calurosa Managua. Pensando en el acopio de pescados y en la reunión del Comunnity Board me quedé dormido con el sonido de las olas del mar reventado en los troncos de los cocoteros.