miércoles, 30 de agosto de 2023

UN BAILE EN LA CANTINA DE MISS LILIAN




George Downs se levantó de la silla y caminó por el pasillo en dirección al corredor. Desde allí observa el andén del puerto. Varios chavalos juegan sus trompos frente a la escuelita de doña Carmelita. En el muelle de los guardacostas, varios guardias, colgados y sentados en una tarima de madera, pintan el costado izquierdo del G7.

Aparta la vista porque el resplandor del sol en el techo de la aduana le incomoda y camina hacia el puente semi colgante de madera que une la cantina de Miss Lilian con el andén. Se detiene en el centro y dirige la mirada hacia la izquierda, en dirección a la venta de Toño Real y doña Estercita. Varios transeúntes se cruzan en su ir y venir, unos van hacia el lado de la cantina de Miss Pet, buscando al sector de la iglesia católica, y otros hacia las oficinas de la aduana. George da pasos hasta el andén, escudriñando un poco más allá de la venta de Toño Real. Es la segunda vez que deja la mesa que ha ocupado.

La gente que circula por el andén lo observa con cierto grado de interrogación. Va vestido de pantalón vaquero color azul, camisa manga corta de botones, abiertos en la parte superior, mostrando un poco el pecho y calza zapatos mocasines color café. El cabello rizado lo lleva bastante corto, sus ojos son de color café oscuro y sobre sus labios gruesos sobresale un bigote fino. Es un hombre de edad treintañera, de altura mediana y robusto. Les brinda una sonrisa, una muestra de que es capaz de establecer lazos amistosos rápidamente.

Regresa al salón de la cantina y ocupa su lugar. A su izquierda, tres mesas están ocupadas por otros clientes que beben cervezas y ron.

—No te preocupes —dice Shirley—. No tarda, Jessica aseguró que vendría antes de las cuatro de la tarde y siempre cumple lo que dice.

—Eso espero —dice George —. Llevo varios días pensando en este encuentro.

George apura un trago de cerveza y lo saborea con el aroma de flores caribeñas que Shirley deja en el ambiente. Escucha la música de la roconola que ameniza el salón con canciones seleccionadas por los clientes a cambio de una moneda de veinticinco centavos. Son piezas musicales de moda, boleros, salsa y cumbias que alegran el ambiente.

Suspira tras el trago y recuerda el día que la conoció en la ciudad de Bluefields. Los ojos verdes de Jessica lo impactaron y, al voltearse para verla, su figura alta y delgada con cintura en forma de A, moviéndose como las olas en un vaivén ondulante, provocaron que la siguiera en la distancia. En todos los mares navegados, puertos y ciudades visitadas como marino mercante, jamás vio a una mujer tan espectacular.

Cautivado por su elegancia, sigue sus pasos hasta un punto donde bajan de la acera para cruzar la calle y visitar la tienda de William Woo. Con una maniobra galante y veloz, George se adelanta, baja a la calle y, colocándose frente a ellas, extiende su mano. Es Shirley la que corresponde. Ansioso espera tomar la mano de Jessica y, al hacerlo, la ternura de aquella mujer que lo mira sorprendida, lo cautiva.

—Señoritas, mi nombre es George Downs —. Aun sostiene a Jessica y ella no hace ningún intento por desprenderse de su robusta mano.

—Gracias, caballero, usted es muy amable —dice Shirley. George continúa sosteniendo a Jessica, pero Shirley la toma del brazo y ella, con delicadez, retira la mano.

—No las había visto en la ciudad —dice George.

—Vivimos en el puerto de El Bluff, pero somos de Corn Island —responde Shirley.

 —Oh, de verás. Corn Island es la isla que más me gusta —responde con su mirada concentrada de Jessica.

—Somos primas —dice Jessica. Su voz entró por los oídos de George como una canción celestial provocando la liberación de las neuronas del amor en su cerebro.

—Lo siento mucho, pero estamos un poco apresuradas —dice Shirley —. Debemos hacer compras de los encargos de nuestras tías y tomar una panga para cruzar la bahía. Quizás puedas visitarnos —concluye, apretándose contra el cuerpo de Jessica.

—Serás bienvenido —dice Jessica. Ambas giraron para cruzar la calle de asfalto y, al ritmo de sus pasos, George nota que ella vuelve su mirada para ratificar que lo hiciera.

—Avísanos —dice Shirley —. Vivimos en casa de nuestras tías, Miss Pet y Miss Lilian. Allí estaremos.

George sale de si mismo y observa que Shirley atiende amenamente a otros clientes que están en mesas ubicadas a su costado derecho. A su izquierda está el amplió pasillo que se prolonga desde la entrada principal hasta el acceso al bar. Una escalinata baja al tambo de la casa desde el pie de la puerta. La brisa del mar proveniente de la playa de El Tortuguero irrumpe por la puerta y la ventana posterior, brindando frescura al salón y a la habitación que Miss Lilian y Mr. Herrera, su marido, comparten.

Los hombres de la mesa adyacente a la ventana ríen a carcajadas y Shirley les regala sonrisas y coquetea al atenderlos. Un hombre flaco, alto y de pelo cortado al ras del cráneo, que junto a otros dos clientes ocupan una mesa cercana a la puerta principal, insiste en bailar con ella, y lo acepta. Es parte de su trabajo, ameniza con su belleza exótica el ambiente de la cantina. Desde que lo hace, el negocio progresa con clientes que buscan amenidad en el puerto.

George se abre camino entre el hombre flaco y Shirley porque danzan en el espacio del pasillo. Camina hacia el corredor y nota que tres chavalos ocupan una de las bancas; observan entusiasmados los movimientos de Shirley. Los transeúntes también se han detenido para observarla. Con sus movimientos y pasos, hace temblar el piso de madera de la casa unida por el puente semi colgante al andén. George sonríe y vuelve la mirada hacia su izquierda, quizás divisa a Jessica. Mira su reloj de pulsera y han transcurrido cinco minutos después de las cuatro de la tarde.

Dos horas antes, abordó una panga en el muelle de la punta de Old Bank. Su panguero, Yarey, lo espera en ella. Comenzó a trabajar como marino mercante a la edad de 18 años, ahorrando lo suficiente para invertir en bienes raíces en la próspera ciudad. Lleva una vida holgada, le gustan las aventuras, pero ahora piensa constantemente es Jessica, la mujer que lo ha sorprendido y entrado estrepitosamente en sus sueños desde el día que la vio en las calles de la ciudad.

De regreso a la mesa escucha a Shirley.

—¡Querida! ¡Estás preciosa!

George levanta la mirada y Jessica se revela en el umbral de la puerta del salón. Lleva puesto un vestido floreado que muestra la línea de sus pechos, está ajustado a su cintura y termina por arriba de sus rodillas. Calza zapatos de tacón. Se levanta de la mesa y la espera con ansias, al ritmo de los latidos acelerados de su corazón. Shirley ha dejado de bailar con el hombre flaco, la recibe con un abrazo y roce de mejillas, y la guía hacia George.

—¡Estás bellísima! —dice George —. Está sorprendido, maravillado ante tanta belleza que no sabe cómo responder por segundos hasta que toma su mano atrayéndola hacia él y besa su mejilla. Inhala su aroma profundamente y sus ojos brillan.

—¡Oh, muchas gracias! —responde Jessica emocionada. Se ve maravillosa, el vestido que lleva puesto expone sus piernas morenas color canela, largas, torneadas y tonificadas.  

Los hombres que ocupan las mesas están expectantes. Jessica los ha dejado en silencio, con vasos y cervezas en sus manos. Las risas y carcajadas abandonaron el salón y la música suena para ellos como si se hubiese pausado, lenta y distante, con el sonido en segundo plano.

Los chavalos sentados en las bancas del corredor se han girado para ver a las hermosas mujeres y muestran sus pequeñas cabezas en el rectángulo iluminado de la ventana.

George le brinda una silla de la mesa que ocupa y Jessica lo acompaña. Shirley los atiende y le sirve ron con coca cola, su bebida preferida, mientras que a George otra cerveza. Se aleja hacia la barra, pero los clientes la demandan, quieren verla bailar y accede a sus deseos.

—Ven Jessica, ven, acompañe a bailar —dice Shirley acercándose a la mesa y tomándola de la mano. —Tú también George, ven con nosotras, bailemos.

Shirley y Jessica se apoderan del salón y George las acompaña.

La morena de ojos verdes, figura alta y delgada, con vestido floreado y piernas largas, camina hacia el centro del salón con un movimiento decidido. George sigue maravillado porque, a pesar de notar un brillo travieso en sus ojos, se siente algo nervioso.

Ella es Jessica, dijo Shirley, saludando en dirección a la hermosa mujer con asombro y respeto a partes iguales.

Con su postura erguida y seria, parecía que estaba ahí para enseñar a caminar elegantemente con libros en la cabeza. La mirada en sus ojos decía claramente que estaba dispuesta a bailar como si de una vedette de cabaré se tratara.

—¿Estás listo? Será mejor que estés listo —dijo Shirley. Observaba a George que admiraba maravillado a Jessica. Los clientes de las diferentes mesas estaban en silencio, admirando a las hermosas mujeres.

La exuberancia de ambas acaparaba la atención, al igual que la asombrosa apariencia y poderosa autoridad en el cuerpo largo y delgado de Jessica que sugería que podía convertirse en instructora de baile en cualquier momento.

En la roconola sonaba la música estridente y comenzó a balancear sus caderas al ritmo de ella.

—¡Vas a aprender a bailar salsa! —gritó Jessica dirigiéndose a George, levantando un brazo delgado. George estaba en otro mundo, un mundo de ensueños y me movía lentamente. Esto no se le escapó a Jessica. Lo agarró del brazo. —Yo conduciré —añadió, como si tuviera alguna duda.

—Uno, dos, uno-dos-tres —dijo, mostrando el ritmo de la música con las rodillas.

A pesar de su naturaleza torpe, bajo su mano sorprendentemente firme, el cuerpo de George mostró una inteligencia cinética que no sabía que tenía. En cuestión de minutos, hasta los más corpulentos y flacos de entre los clientes se acercaban a Shirley, quién acompañaba el ritmo de Jessica, balanceándose, sin vergüenza, al ritmo de la salsa vivificante.

—¡Oh, lo tienes ahora! —ella gritó. Y por un momento, George sintió como si lo tuviera, si eso significaba controlar su cuerpo de una manera completamente nueva.

Las hermosas mujeres transformaron el salón en un espacio festivo, lleno de alegría por sus movimientos sensuales al ritmo de salsa. Los clientes de las mesas lo disfrutan, se levantan con pasos entusiastas a seleccionar canciones bailables en la roconola para que la fiesta continuara.

Luego de bailar varias piezas con Jessica e intercambiando con Shirley otras, George regresa a su mesa a tomar varios tragos de cerveza debido a que se siente un poco agotado, con el corazón acelerado por los movimientos de su cuerpo al ritmo de salsa. Desde allí observa a Jessica.  

Desde el andén, los transeúntes se han apiñado para ver bailar a las mujeres, varias parejas están expectantes y otras cruzan el puente semi colgante para unirse al baile, al igual que otros hombres que han llegado del lado del muelle de la aduana, subiendo las veinticinco gradas que culminan frente a la casa de don Octavio Gómez y doña Juana Angulo. Tapalwás, al escuchar la música y ver desde allí el aglomeramiento de gente frente a la cantina, camina en dirección a ella para saciar su curiosidad. Victoriano, Masayita y el africano, con sus semblantes etílicos, lo esperan sentados en las gradas de acceso a la casa de don Octavio.

Ahora la cantina se ha convertido en una gran pista de baile y los clientes han tenido que apartar las mesas, pegarlas a la pared del salón y contiguo a las ventanas. George se siente eufórico, la mujer que lo ha hipnotizado es la reina del salón, sus movimientos sensuales llaman la atención de los clientes, los recién incorporados y de los aglomerados en la entrada al puente. George se levanta y regresa a bailar con Jessica. La toma de la cintura y una fuerza de atracción poderosa lo domina a tal grado que la suelta para verla bailar a un par de metros de distancia. Es la mujer más bella que he visto, se dice George.

—¡Me encanta bailar contigo, George! —dice Jessica moviendo sus piernas y cintura con la mirada fija en él.

—¡Y a mí contigo, mi amor!

De repente, un hombre borracho, el flaco que estaba sentado en la mesa adyacente a la ventana, se acerca a Jessica y la agarra bruscamente del brazo.

—¡Vamos, nena, baila conmigo! —dice el flaco con voz pastosa.

Jessica se siente incómoda y trata de soltarse, pero el hombre aprieta su agarre.

—¡Suéltame! No quiero bailar contigo —grita Jessica con voz firme.

George se interpone.

—¡Oye, suéltala!

El flaco, enojado, empuja a George con violencia. George no duda en responder y se enfrenta al flaco, mientras otros hombres en el bar se dan cuenta de la situación y se acercan para ver qué está sucediendo.

HOMBRE 1 (gritando)

—¡Vamos, flaco, déjalo en paz!

HOMBRE 2 (apoyando al flaco)

—¡Déjenlos en paz! Esto no es asunto de ustedes.

La situación se intensifica rápidamente, con algunos hombres tomando partido por George y otros por el flaco. Pronto, la confrontación se convierte en una pelea caótica, con golpes y empujones por todas partes.

George lucha valientemente para proteger a Jessica, pero se ve abrumado por la cantidad de hombres que lo rodean. Jessica, asustada, trata de mantenerse cerca de él y protegerse, pero algunos hombres intentan agredirla también.

En medio del caos, Shirley corre en busca de Mr. Herrera, el marido de Miss Lilian, quien se encuentra en la habitación e interviene con un bate en sus manos, tratando de calmar la situación. George toma el bate y comienza a apartar a los agresores, muchos de ellos huyen después de recibir varios golpes en las piernas y brazos.

George y Jessica, exhaustos y con rasguños, se miran el uno al otro con alivio. Se abrazan, agradecidos de que la pesadilla haya terminado. Algunos clientes del bar los miran con una actitud agresora. Mr. Herrera, protegiendo a Shirley, le dice a George que esos hombres que ha golpeado son vengativos y que lo mejor que puede hacer es dejar la cantina.

—Son guardias vestidos de civil —dice Shirley. Regresarán porque han ido en busca de otros. Debes irte, George.

—Son ellos los que han comenzado la pelea —contesta George. Ha tomado de la mano a Jessica y ella se aferra a su cintura.

—Cariño, salgamos de aquí, iré donde consideres que estaremos seguros —dice Jessica acariciándole el rostro enrojecido.

George se muestra indeciso por unos segundos, pero reacciona tomando con fuerzas la mano de Jessica y camina hacia la puerta de acceso. Ve el gentío en el andén. Cruzan el puente semi colgante y, al salir al andén, la gente le abre paso. Comienzan a correr en dirección a la casa de doña Juana Angulo, al pasar, ve en el corredor a los hombres que están tomando ron, vuelve la mirada hacia el sector del cuartel y observa a varios guardias de uniforme que inician la subida de las veinticinco gradas. Le dice a Jessica que se quite los zapatos de tacón. Por unos segundos se detienen, ella se los quita y corren de prisa, pasan la casa de doña Luisa Sandino que los observa desde el corredor, cruzan el andén de acceso a la entrada a la aduana, las gradas que llevan al parque de la loma y siguen corriendo en dirección a la bajada del muelle de las pangas. Han llegado al parquecito ubicado frente a la casa de los Allen y desde allí George regresa la mirada.

Los persiguen cinco guardias con fusiles en mano que acompañan al hombre flaco que comenzó los disturbios en la cantina de Miss Lilian.

¡Yarey! ¡Yarey! —grita George en dirección al muelle de las pangas. Jessica, a su lado, está agotada y se detienen por unos instantes al bajar las primeras gradas y acceder al área de descanso.

—¡De prisa! ¡De prisa! ¡Enciende el motor!

Yarey se encontraba conversando con otros pangueros en ese sector del muelle y como un delfín entre las aguas entró velozmente en la panga y de un jalón de la correa encendió el motor fuera de borda.

George sostiene a Jessica mientras aborda la panga. Suelta las amarras mientras Yarey la empuja alejándola del muelle. Acelera el motor y maniobra para adentrarse en la corriente que busca su salida al mar. George se ha sentado al lado de Jessica. Vuelven la mirada y ven a los guardias con el flaco en el borde del muelle.

—¡Oh, cariño! Eres valiente —susurra en el oído de George.

—Cariño, conmigo siempre estarás segura.

Jessica descansa en los brazos de George y lo besa con dulzura. George la abraza y, lleno de seguridad, la besa con pasión.

—Mi amor, te amo Jessica, te amo —.

El sol cae entre la isla de Miss Lillian y su compañera, la isla chiquita. Más allá, las olas revientan en la línea de playa de la isla de el Venado. El cielo se cubre de color miel y chocolate, irradiando las olas que la panga corta a su paso en dirección a Bluefields.

A lo lejos, más allá de Half Way Cay, unas lucecitas comienzan a parpadear al irrumpir la noche en el refugio que George tiene preparado para su amada.

 

Julio y agosto, 2023.

Foto propia: Llegando a Bluefields.


6 comentarios:

  1. Muy precioso el relato,el escritor tiene una forma amena de hacer que el lector sienta el deseo de seguir leyendo. Me encantó y me gustaría poder leer más relatos del mismo autor.

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    1. Gracias por si comentario. Aquí mismo en el blog vaya al archivo y encontraras otros relatos.

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  2. El arte de escribir es eso un arte .pero el de llevar al q lee hasta la cantina y sentir q va uno corriendo al lado de Jessica y Mr Downs ..es admirable!!

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    1. Muchas gracias por el comentario, ya que me motivan a seguir escribiendo. Saludos.

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  3. Siempre leo los escritos de Mr Hill.

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