martes, 9 de marzo de 2021

LA NIÑA Y LA NUTRIA


Ella observa desde el mirador, al pie del acantilado, ubicado detrás de su casa. Está de pie, calza tenis blancos, el ruedo del pantalón jeans que lleva puesto está deshilachado y una camiseta corta muestra su dorso de niña. Su cabello, negro y largo, festeja el viento, sus manos descansan en los pasamanos y el barandal de madera resguarda su cuerpo.

Mira a la nutria que juega entre las olas. Sale del agua, sube a las piedras, espera que exploten y la salpiquen para volver a zambullirse. Así juguetea, sale y entra al mar con el vaivén del oleaje. Ella lo festeja y le tira una pelota de hule.

Brinca, aplaude, ríe y grita su nombre ¡Ronso!, ¡Ronso!, y el perro de agua la cautiva con chirridos y chillidos, ¡yuuyiii!, ¡yiiii, yiiyuu!, cuando golpea la pelota con su trompa haciéndola volar encima del oleaje. Los pelicanos, las tijeretas y gaviotas vuelan sobre Ronso, dejando su vuelo inicial detrás de los barcos camaroneros que entran al puerto después de faenar una noche del año 1970, descienden al nivel del agua, hacen reconocimiento del perro de agua con curiosidad y vuelven a incorporarse a la estela de aves marinas que siguen los barcos rumbo al muelle de la Booth.

Ronso se sumerge y luego emerge ejecutando un grácil movimiento de patas y cola. De arriba hacia abajo, desplazándose en el agua a gran velocidad. Ella lo mira con sus ojos brillantes, con una sonrisa real, de felicidad, pero dentro de sí, ansía nadar en las profundidades del mar, correr hasta el infinito y volar más alto que las tijeretas y mucho más allá de la isla del Venado.

Desea, a su temprana edad, salir al encuentro de lo que sus padres y hermanos llamaban futuro, el destino que debe forjarse de cara al porvenir, el que mira a su alrededor, en cada uno de los rostros de los visitantes a la casa de su padre, en los trabajadores y empleados en la empresa camaronera, en la construcción progresiva del bienestar de la gente con empleo digno, en el auge de la pesca, en la mejora de la infraestructura y el crecimiento comercial. La gente y el puerto, unidos, concatenados, en completa sinergia, ambos floreciendo.

Ronso sigue desplazándose y se pierde de su vista, va en dirección al muelle de la Colonia. Ella corre hacia la puerta de la cocina de su casa, su pelo flamea en sus hombros, corre con fuerza y velocidad porque está acostumbrada a caminar en la pista de aterrizaje, en la playa de El Tortuguero y en la ensenada al pie de su casa, a cabalgar, a pasear en bicicleta, en motocicleta, en jeep, en tractor y a nadar en las aguas dulces de las lagunas, en las aguas cristalinas de Corn Island. Entra a la casa de madera con arquitectura y diseño hecho en los Estados Unidos. Ronso cruza por el desfiladero y continúa nadando hacia el muelle.

Sale de prisa por la puerta del porche forrado de malla metálica y pintado de blanco. Va vestida con su traje de baño de dos piezas, color rosado con ribetes blancos. Baja apresurada las primeras quince gradas de la escalera de acceso a la casa, se detiene en el área de descanso. Busca a Ronso con la mirada, pero la galera del muelle no le permite verlo. Escudriña entre el oleaje, mira más allá, a lo lejos, en dirección a la isla de Miss Lilian, y nota que cuatro barcos camaroneros están amarrados en fila al casco hundido del Jamaica. Vuele la mirada hacia la galera y lo observa nadar debajo del muelle. Corre por el tramo de descanso y baja de prisa los últimos seis escalones gritando, ¡Ronso!, ¡Ronso!, hasta llegar al muelle.

Ronso emerge y se sumerge dando chillidos como invitándola a que entre en el agua. Ella corre por el muelle en dirección a la galera, llega al extremo y, de un salto de nadadora, se sumerge en las aguas de la bahía. Nadan juntos. Ronso festeja con sus chillidos y coletazos en círculos alrededor de ella.

Desde la primer grada de la casa se oye una voz que llama. ¡Morgan!, ¡Morgan!, ¿dónde estás, Morgan? Morgan nada hacia la orilla y le hace señas a la mujer que grita. Parece que es su madre, tiene el cabello negro, lleva puesto un traje de dos piezas floreado y calza zapatillas de lona. La mujer contesta con las manos, satisfecha al verla salir a la costa con Ronso detrás de ella, haciendo sus piruetas como muestras de cariño.

Desde la Colonia hasta el muelle de los barcos camaroneros hay un trecho de costa que es el hábitat más frecuentado por Ronso, donde se alimenta de conchas, caracoles, almejas, cangrejos y sardinas. Allí se encuentran, la niña y su nutria, y, al asegurarse que está bien, la mujer entra a la casa.

Morgan está de pie, ha enrollado su cabello en una moña y las manos descansan en su cintura, con el sol a su espalda. La nutria, que ha salido del agua, está frente a ella. Las olas revientan en sus pies y mira fijamente a su perro de agua, a su Ronso, como si sostuvieran una conversación profunda. Al fondo, en la línea de playa, se observan troncos que van y vienen al ritmo de la marea. Morgan a sus trece años está feliz con su nutria.


Han transcurrido más de cuarenta años y Morgan regresa a El Bluff. Va a entregarle al puerto las cenizas de su padre, Roberto Bartlett, llamado con cariño “El Diablo”, frente a la que fue su casa, en el antiguo muelle de la playa donde jugaba y en el Tortuguero. Se encuentra con cimientos, con chatarra y pobreza, abandono y miseria.

Sube las gradas de concreto que daban acceso a la casa que ahora ya no existe, vuelve la mirada y, sobre las aguas, ve los pilares de concreto ennegrecidos que sostenían la galera del muelle. Recuerda a su nutria y el día que desapareció en las aguas de la bahía. Más allá de la playa, en dirección al muelle de la Booth, observa barcos hundidos, edificios derruidos.

Al bajar los primeros quince peldaños hace una pausa en el área de descanso, ya no tiene la energía de sus años felices. Dejará las cenizas de su padre por ser su deseo y una promesa que le hizo antes de fallecer. Lagrimas corren por sus mejillas y el viento las expande en su rostro.

Desciende pensativa los últimos seis escalones, camina en la arena, toma de su bolso una urna metálica y, mojándose los pies, tira sobre las aguas las cenizas de su padre.

 

8 de marzo de 2021.

Foto: Morgan Bartlett y su nutria. 1970.