Mi madre, Ofelia,
era refugio y sacrificio,
una luz despierta antes del amanecer
cuidando mis sueños.
Mi padre pescaba lejos
y era ella quien sostenía la casa,
quien nos despertaba temprano
para cruzar la bahía de Bluefields
camino a la escuela.
No importaban las tormentas,
el viento
ni el mar embravecido.
Ella siempre estaba allí.
Mirándonos partir desde el muelle
y corriendo a abrazarnos al regreso
como si nos arrancara nuevamente
de las manos del mar.
Se fue demasiado joven.
Todavía tenía negro el cabello.
Despues comprendí
que el Caribe está lleno de mujeres
parecidas a ella.
Madres de frijoles,
cuidando hijos ajenos,
vigilantes ante peligros
como centinelas de la noche.
Madres negras de voz profunda,
cantando himnos moravos
mientras hornean pan de coco
y esperan pescadores frente a la bahía.
Mujeres que sostienen la vida
sin hacer ruido.
Y más allá del mar,
las madres campesinas del trópico húmedo.
Mujeres de manos ásperas,
pies llenos de lodo,
que siembran maíz y esperanza,
aunque el hambre camine cerca.
Y después apareciste vos,
madre de mis hijos,
con tu manera silenciosa
de sostener los días difíciles
sin dejar caer el amor.
Mi atlética mujer.
Entonces entendí algo:
todas las madres se parecen un poco.
La que espera frente al mar.
La madre de frijoles.
La que siembra bajo el sol.
La que abraza a sus hijos mientras duermen.
Todas llevan el mismo cansancio hermoso
debajo de los ojos.
Y todas terminan pareciéndose a la tierra:
fértiles,
fuertes
y eternas.
29 de Mayo de 2026.
Foto: Ofelia Álvarez.
