Hay calles que uno
mira todos los días y no les encuentra nada especial. Calles pequeñas,
apretadas entre casas, con una acera angosta y mordida por los años, por las
paredes salidas, por la costumbre de hacer cada uno lo suyo hasta donde alcanza
el frente de su casa.
Esta es una de esas calles.
No está en la calle central de Nueva Guinea, aunque está en pleno centro. Queda entre dos parques: el parque de la Chevita y el parque central. Es corta, casi escondida, una de esas calles que muchos cruzan sin detenerse a mirarla. Pero tiene algo que pocas personas notan.
A un lado conserva una acera pequeña, como si apenas le hubieran dejado un hilo de paso a la gente. Al otro lado, la calle carga las heridas recientes de los trabajos del alcantarillado sanitario. Una zanja mal tapada la atraviesa y, cuando llueve, aquello se vuelve un infierno de lodo. No es una calle para caminar tranquilo. Es una calle para esquivar charcos, brincar zanjas, cuidar los zapatos y, sobre todo, tener paciencia.
Casi al llegar a la esquina del Súper Express, a unas quince varas, siempre hay gente. No importa si llueve. No importa si hace sol. No importa si la mañana viene fría o si el calor cae temprano sobre los techos. La gente está allí.
Algunos llegan antes de las cinco de la mañana. Vienen de las colonias, de comunidades lejanas, de caminos donde todavía la madrugada tiene olor a monte húmedo y a leña apagada. Llegan buscando su cédula, ese pequeño documento que para muchos significa identidad, trámite, derecho, viaje, gestión, existencia ante las oficinas.
Varias veces, durante mis caminatas mañaneras por el parque central, me han detenido personas con cara de andar perdidas.
—¿Dónde queda donde dan la cédula? —preguntan.
Yo también tardé en
entenderlo. Hasta que descubrí que ese lugar era precisamente aquel sitio
tumultuoso, cerca de la esquina, donde la gente se agrupa sin techo, sin
bancas, sin un corredor que la proteja, sin una sombra generosa donde esperar
con dignidad.
Allí están, a ambos lados de la calle, mirando hacia la oficina como quien espera que se abra una puerta importante. Algunos llevan papeles doblados dentro de una bolsa plástica. Otros cargan niños, mochilas, sombrillas, preocupaciones. Hay mujeres mayores, campesinos, jóvenes, señores que vienen desde lejos, gente sencilla que no pide privilegios. Solo espera.
Pero esperar allí no es fácil.
Cuando llueve, el lodo sube como castigo. Cuando pasan vehículos grandes, de esos que cruzan la calle con prisa y prepotencia, el agua sucia salpica a quienes están parados en la orilla. Y la gente aguanta. Se limpia como puede. Se aparta. Vuelve a acomodarse. Sigue esperando.
Esa calle, que hace años tuvo alegría con la disco Los Cocos, ahora parece destinada al martirio de quienes buscan su documento de identidad. Antes quizá tuvo música, muchachos, risas, noches encendidas. Hoy tiene filas, lodo, impaciencia y rostros cansados desde la madrugada.
Y uno se pregunta, sin ánimo de ofender a nadie, pero con la obligación de decir las cosas como son:
¿Hasta cuándo esa oficina seguirá atendiendo en un lugar donde la gente debe esperar bajo la lluvia, bajo el sol y al borde del lodazal?
Una cédula no es un favor. Es un derecho. Y quien llega desde lejos a buscarla merece un sitio digno. Un techo. Una banca. Un orden humano. Una acera decente. Un espacio donde la espera no parezca castigo.
Porque esa pequeña calle de Nueva Guinea no solo muestra una oficina pública. Muestra también cómo tratamos a la gente cuando más necesita ser atendida.
Y eso, aunque muchos pasen sin verlo, también habla de nosotros.
Nueva Guinea, RACCS.
