Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2026

LA CALLE DE LA CÉDULA

 


Hay calles que uno mira todos los días y no les encuentra nada especial. Calles pequeñas, apretadas entre casas, con una acera angosta y mordida por los años, por las paredes salidas, por la costumbre de hacer cada uno lo suyo hasta donde alcanza el frente de su casa.

Esta es una de esas calles.

No está en la calle central de Nueva Guinea, aunque está en pleno centro. Queda entre dos parques: el parque de la Chevita y el parque central. Es corta, casi escondida, una de esas calles que muchos cruzan sin detenerse a mirarla. Pero tiene algo que pocas personas notan.

A un lado conserva una acera pequeña, como si apenas le hubieran dejado un hilo de paso a la gente. Al otro lado, la calle carga las heridas recientes de los trabajos del alcantarillado sanitario. Una zanja mal tapada la atraviesa y, cuando llueve, aquello se vuelve un infierno de lodo. No es una calle para caminar tranquilo. Es una calle para esquivar charcos, brincar zanjas, cuidar los zapatos y, sobre todo, tener paciencia.

Casi al llegar a la esquina del Súper Express, a unas quince varas, siempre hay gente. No importa si llueve. No importa si hace sol. No importa si la mañana viene fría o si el calor cae temprano sobre los techos. La gente está allí.

Algunos llegan antes de las cinco de la mañana. Vienen de las colonias, de comunidades lejanas, de caminos donde todavía la madrugada tiene olor a monte húmedo y a leña apagada. Llegan buscando su cédula, ese pequeño documento que para muchos significa identidad, trámite, derecho, viaje, gestión, existencia ante las oficinas.

Varias veces, durante mis caminatas mañaneras por el parque central, me han detenido personas con cara de andar perdidas.

—¿Dónde queda donde dan la cédula? —preguntan.

Yo también tardé en entenderlo. Hasta que descubrí que ese lugar era precisamente aquel sitio tumultuoso, cerca de la esquina, donde la gente se agrupa sin techo, sin bancas, sin un corredor que la proteja, sin una sombra generosa donde esperar con dignidad.

Allí están, a ambos lados de la calle, mirando hacia la oficina como quien espera que se abra una puerta importante. Algunos llevan papeles doblados dentro de una bolsa plástica. Otros cargan niños, mochilas, sombrillas, preocupaciones. Hay mujeres mayores, campesinos, jóvenes, señores que vienen desde lejos, gente sencilla que no pide privilegios. Solo espera.

Pero esperar allí no es fácil.

Cuando llueve, el lodo sube como castigo. Cuando pasan vehículos grandes, de esos que cruzan la calle con prisa y prepotencia, el agua sucia salpica a quienes están parados en la orilla. Y la gente aguanta. Se limpia como puede. Se aparta. Vuelve a acomodarse. Sigue esperando.

Esa calle, que hace años tuvo alegría con la disco Los Cocos, ahora parece destinada al martirio de quienes buscan su documento de identidad. Antes quizá tuvo música, muchachos, risas, noches encendidas. Hoy tiene filas, lodo, impaciencia y rostros cansados desde la madrugada.

Y uno se pregunta, sin ánimo de ofender a nadie, pero con la obligación de decir las cosas como son:

¿Hasta cuándo esa oficina seguirá atendiendo en un lugar donde la gente debe esperar bajo la lluvia, bajo el sol y al borde del lodazal?

Una cédula no es un favor. Es un derecho. Y quien llega desde lejos a buscarla merece un sitio digno. Un techo. Una banca. Un orden humano. Una acera decente. Un espacio donde la espera no parezca castigo.

Porque esa pequeña calle de Nueva Guinea no solo muestra una oficina pública. Muestra también cómo tratamos a la gente cuando más necesita ser atendida.

Y eso, aunque muchos pasen sin verlo, también habla de nosotros.


10 de Junio de 2026.
Nueva Guinea, RACCS.

viernes, 19 de julio de 2024

HAIKU II

 



Las calles de Nueva Guinea

amanecieron mojadas y brillantes por la lluvia.

El sol saldrá a secarlas.



19 de julio de 2024.

Foto propia.


miércoles, 22 de enero de 2020

CAMBIO DE RUTA: CALLES Y VIEJOS



Al ver hacia el Este pensé que llovería pero cuando el sol se asomó entre nubes grises comencé a caminar. Salí a la bocacalle del complejo judicial y vi a doña Damaris sonreírme al palmear la masa de las tortillas que vende al lado de su puesto de venta de verduras; últimamente vende Apio en bolsas para que lo cultives en tu patio.

Más adelante me fijé en una de las casas más viejas de Nueva Guinea y me di cuenta que ahora está deshabitada, en ruinas, y por ello es muy probable que un día de estos se derrumba con un viento fuerte del noreste ya que está ubicada frente a la antigua pista, en uno de los puntos más elevados de la ciudad.

No vi a Alan Forbes sólo a doña Rita y nos saludamos. A Alan siempre, casi siempre lo veo frente a su casa, barriendo o recogiendo la basura de la acera y cuneta, ahora casi no lo veo fumar, dice que está dejando el vicio pero doña Rita me hace señas de que no, que siempre se escapa al balcón del segundo piso a ver el movimiento que hay en la pista (cruce de personas, chavalos jugando béisbol y fútbol, animales pastoreando entre ellos los bueyes de Payin y los caballos de Huete, camiones y buses parqueados, entre otras cosas) y a fumarse su cigarrito.

Al pasar por donde era el Bombazo doblé hacia el lado del hospital, en dirección al río El Zapote. Al bajar la pendiente vi al Dr. Cuevas sentado en el corredor de su casa. Casi no podía verlo porque frente a él había un cerro de tierra que dificulta el paso de los transeúntes hacia su clínica. Nos saludamos y le hice señas preguntando sobre el cerro de tierra. “Tengo meses de estar así”, dijo. Nadie resuelve este problema, lo he planteado en la alcaldía y nada, agregó y seguí en mi caminata pensando en que prácticamente lo tienen trancado. Los grandes tumultos de tierra que fueron extraídos al romper la calle para mejorar el sistema de agua potable se acumulan hasta llegar al hospital. La calle, una de las más importantes de la ciudad, por el acceso al hospital, la entrada y salida de vehículos hacia las colonias y en busca de la carretera a Bluefields, se encuentra abandonada.

Casi frente al hospital un bus que hace la ruta entre Nueva Guinea y Bluefields se encontraba parqueado porque otros vehículos que circulaban hacia el norte, hacia el sector del mercado, no cedían el paso. El sonido de los pitos mantenía en alerta a una mujer que montaba un caballo y jalaba a otro que también llevaba carga hacia el sector del mercado. Hasta que el bus logró pasar la mujer siguió cabalgando con la tensión dibujada en su rostro.

Los cerros de tierra desaparecieron y seguí en mi caminata. Al llegar a las cantinas del Zapote gire hacia el corral de piedra y subí hacia el PALI. “¿Por qué del hospital hacia arriba hay cerros de tierra acumulados en la calle y del hospital hacía abajo no? ¿Habrán terminado de meter los tubos en ese trecho?”, pensaba y me encontré subiendo la pendiente con el corazón acelerado. Esa es una de las pendientes más elevadas que hay en las calles de Nueva Guinea. Cerca de su casa me encontré a Donald Ríos. Estaba esperando las tortillas para el desayuno. “Ya no voy a la finca, ahora descanso”, dijo y seguí subiendo hasta salir a la calle del PALI.  Luego doble a la izquierda y coroné la pendiente al llegar a la casa de mi amigo Julio Amador, el hombre cuyo fantasma tiene compañía.

Ahora, por dónde agarro, pensé y seguí caminando en la cuadra del extremo este de la antigua pista de aterrizaje, en dirección a la Policía. Allí me encontré con Alejandro Albuquerque. “Me ganaste, dijo el pelón, esta lluvia no me deja salir”. Yo tenía cinco días y hasta hoy vi el sol, no es ganga salir a caminar y mojarse, peligroso una gripe mal pegada, menos en estos tiempos, le dije. “Sí, más ahora que estas poniéndote viejo”, respondió. Lo evito le dije y seguí mi camino.

Las mujeres del mercadito campesino comenzaban a arreglar sus puestos de venta y las que hacen güirilas ya las tenían en el fuego. Cruce la rotonda de Sandino, la vulcanizadora y la Fifi preparaba un gran caldero en el fuego. ¿De qué vas a hacer la sopa?, pregunté. “De cola con médula, seso y todas la verduras que te imagines”, dijo alegre y recordé la buenas sopas que prepara, sopas de pura vida como dicen los tiquillos.

Y es que el tema de la vejez siguió en el camino. Un chavalo que trabaja en el INSS estaba pendiente de la fila que hacían los señores de la tercera edad en Banpro. “Haciendo ejercicio”, dijo al verme. Sí, para durar muchos años más y seguir firmándole el acta de fe de vida”, le dije. Al cruzar la calle vi de espalda a un señor que caminaba apoyándose en un bastón y un chavalo lo tomaba del brazo. Al alcanzarlo vi que era don Wilfredo Murillo, un viejo carpintero de Nueva Guinea. Me detuve a conversar con él.

Don Wil, me alegra verlo. ¿Cómo está?

“Así como me ve, con este bastón”, dijo con la mirada fija en mí.

¿Y la carpintería? Tenía que preguntarle sobre la carpintería porque recuerdo que hizo todas las puertas de mi casa de Cedro Real y mochetas de Coyote que aún, con el paso de los años, siguen como recién hechas, sin perder su brillo y fineza.

“Eso se acabó hace años. La madera está carísima, los materiales por los cielos y la gente no quiere pagar lo que vale un buen trabajo”, dijo.

Se perdió la tradición, su hijo no siguió sus pasos en la carpintería, dije.

“Este chavalo es mi nieto, es mi heredero, este va a heredarme todo, hasta lo sandinista”, dijo Don Wilfredo.

Le di cinco vueltas al parque y regresé por la calle central. Valió la pena el cambio de ruta porque me encontré con amigos que tenía mucho tiempo de no ver y con la calle del hospital destrozada, la calle que más prioridad debería de tener en su reparación y mantenimiento, pensé al llegar a casa.

22/01/2020

miércoles, 19 de marzo de 2014

SON LOS CAMINOS, ¡ENTIENDAN!

El auditorio de la alcaldía municipal de Nueva Guinea, en el segundo piso del edificio ubicado al lado de la oficina del alcalde, fue el sitio escogido para realizar una reunión con los líderes de las colonias y comarcas con el fin de revisar las diez prioridades del municipio; seis meses antes habían sido capacitados para levantar en su comunidad el diagnóstico con la metodología empleada por el Sistema de Información Local de Viviendas y Asentamientos Humanos (SILVAH), en coordinación con el FISE e INIFOM.

Se escuchaban con lujo de detalles las pláticas eufóricas de los que se encontraban frente a la mesa presidida por el alcalde y los concejales. El acento cantadito que tiene al hablar el campesino asentado en las montañas del sureste de Nicaragua inundaba los lados y el fondo del auditorio, mezclado con el rechinar de botas de hule en el piso de concreto y el espacio se impregnaba de los colores festivos de las gorras que usaban. Los rostros cansados mostraban sonrisas y con las manos ásperas dedicadas a trabajar la tierra empuñaban sutilmente mis manos al saludarme, igual que las del combatiente que por unos segundos se desprende del fusil al quedarse dormido en su puesto de posta.

Transcurría el año 1993, miles de familias habían regresado a asentarse nuevamente en el municipio después de finalizado el conflicto armado de la década de 1980. El gobierno local, presidido por el alcalde José Orlando Baquedano, priorizaba, igual que el gobierno central, la labor de pacificación para desmovilizar a los grupos de rearmados “recontras”, “recompas” y “revueltos”. Se apoyaba incondicionalmente un programa de desarme, entregando comida y dinero a cambio de fusiles de guerra; los pocos ingresos que la municipalidad recaudaba como impuestos en esos años se utilizaban para tales prioridades.

Luego de cantar las notas del himno nacional, el alcalde presentó el listado de las diez prioridades del municipio, comenzando en orden descendente. En primer lugar figuraba el mal estado de los caminos; en segundo lugar la falta de financiamiento para la producción; en tercer lugar la salud; en cuarto lugar la falta de escuelas, la carencia de agua potable, así hasta llegar a la décima prioridad. Nadie quedó sorprendido, el diagnóstico realizado por los líderes de cada una de las 30 colonias y 183 comarcas del municipio reflejaba la realidad y el verdadero sentir de sus habitantes.

Los caminos estaban abandonados, intransitables en su mayoría hasta por camiones IFA; la banca nacional había desaparecido, solamente funcionaban diez puestos de salud en colonias cercanas; la infraestructura escolar estaba en ruinas; la mayoría de las comunidades y el propio casco urbano no tenían acceso a agua potable, y muchas colonias y comarcas había sido azotadas por el cólera. La presencia de las instituciones del Estado en el territorio, débil y fragmentada, sin cohesión y visión de conjunto, era un factor limitante para impulsar el desarrollo local.

Sin contar con los recursos necesarios para resolver el problema ni con un módulo de construcción de caminos, el alcalde se comprometió con todos los presentes a gestionar a nivel nacional y con organismos de cooperación externa los fondos necesarios para impulsar proyectos dirigidos a resolver las prioridades. Los líderes participantes aplaudieron sus palabras, se despidieron sonrientes, llenos de ánimo regresaron hacia sus colonias y comarcas con el compromiso de  dar a conocer a los pobladores el resultado de la reunión.

Unos meses después, reunido el alcalde con funcionarios de un proyecto de cooperación externa para el desarrollo rural que se impulsaba en el municipio, escuchaba sus planes de actuación; vi su semblante agotado, escuché su voz firme al hablar: “son los caminos la prioridad, ¡entiendan la necesidad de la gente!”, les dijo.

Hoy, veintiún años después de aquella priorización de necesidades del municipio, los caminos, la red vial de Nueva Guinea, se encuentra en total abandono, sin un plan de mantenimiento que surja de las prioridades según el grado de deterioro; en el casco urbano no existe, ni planificada ni construida, una sola calle para el pueblo. La gestión de recursos frente a la cooperación externa para ayudar a resolver el problema es inexistente, los recursos disponibles de la municipalidad, fondos propios y transferencias, se dirigen a abrir caminos en sitios que no son prioritarios y el presupuesto del MTI para Nueva Guinea es insignificante. ¡Entiendan de una vez, los caminos siguen siendo la prioridad!

martes, 22 de noviembre de 2011

EN NUEVA GUINEA NO EXISTEN CALLES PARA EL PUEBLO

Las calles del casco urbano de Nueva Guinea, el municipio más poblado y con mayor auge económico de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), son literalmente desastrosas; más del ochenta por ciento de ellas se encuentran en mal estado, son recubiertas con material selecto pero se deterioran con facilidad por las altas precipitaciones y el transito de rastras, camiones IFA y ganaderos, y la mayoría de ellas no cuentan con cunetas ni andenes.

El mantenimiento y reparación de las calles es ocasional, por allá, como dicen. Pero según cálculos del gobierno municipal, se destinan cincuenta mil córdobas anuales por cada calle no pavimentada en su mantenimiento. Los vehículos livianos, taxis y particulares también sufren las consecuencias porque se deterioran con facilidad, provocando altos costos en su mantenimiento.

El drenaje pluvial es ineficiente. Al llover, casi diez meses en el año, las calles se inundan, el agua corre a su gusto y antojo; cruza las calles, se desparrama hacia las zonas bajas, sigue su curso en cauces naturales hasta desembocar en el río El Zapote y varias quebradas que son tributarias del Río Plata. La población se detiene, deja de circular observando la correntada de agua con nostalgia, pero al estancarse en grandes charcos, las nubes de zancudos proliferan enloqueciéndola y en el periodo seco el polvo invade hasta su alma.

Las calles adoquinadas o cubiertas con concreto rígido forman un rectángulo entre la calle central, el mercado municipal, la rotonda de los “cuatro evangelios” y la salida hacia Managua, propiamente donde un rótulo da la bienvenida a Nueva Guinea. Las calles de las zonas cinco, seis, parte de la ciudadela y la que termina en la alcaldía fueron adoquinadas con el apoyo de la cooperación Española. La calle central, desde el Instituto Nacional Rubén Darío hasta el monumento, fue financiada por el FISE a inicios de la década de 1990. En los últimos años otras calles han sido construidas con concreto rígido, como la de los “cuatro evangelios”, uniéndose con el adoquinado de la zona cinco. Desde el monumento hacia el “hospital” se encuentra adoquinado por ser parte del proyecto de adoquinamiento hasta Naciones Unidas que unirá a Nueva Guinea con Bluefields.

El viernes 18 de noviembre, Nueva Guinea estrenó dos calles pavimentadas que le faltaban al parque central. La obra tuvo un costo total de U$ 114,293 dólares. El Programa de Desarrollo Municipal financiado por USAID aportó el 81 por ciento y la municipalidad la diferencia. Fue ejecutada por el organismo CHF y cuenta con rampas de acceso al parque para personas con capacidades diferentes. “Esta inversión es una respuesta de la municipalidad a la demanda que parte de la población expresó en espacios de consulta que realizó la Alcaldía a finales de 2009”, dice una nota de prensa de USAID y CHF.

A cuarenta kilómetros de Nueva Guinea, en dirección a La Curva, buscando la carretera hacia El Rama, se encuentra el municipio de El Coral; un municipio pequeño, predominantemente ganadero y de reciente formación. Todas sus calles se encuentran adoquinadas, lo que cambia como por arte de magia su atractivo. El alcalde de dicho municipio dejó a un lado las diferencias políticas y logró que el gobierno central apoyara la localidad con el programa “calles para el pueblo”, igual que sucede en otros municipios donde el gobierno local no es dominado por el partido de gobierno.

En Nueva Guinea no existen “calles para el pueblo”, pareciera que no son para humanos por la intolerancia política, la falta de visión, trabajo armónico e intereses partidarios en el quehacer institucional. De los caminos rurales, los que unen la ciudad con las colonias y comunidades, mejor ni mencionarlos porque la situación es deplorable. Nueva Guinea se merece mejores calles. ¿Hasta cuándo este pueblo cristiano, solidario y trabajador podrá tenerlas?

Ronald Hill A.
La Colina
Nueva Guinea, RAAS
Domingo, 20 de noviembre de 2011

lunes, 28 de febrero de 2011

VUELTA DE PERRO


Esa tarde Harry se encuentra exhausto, los problemas de faldas lo abruman. Sale de su casa luego de llamar por teléfono a Henry. Se acomoda la chaqueta azul, sube el ruedo de sus jeans para dejar sus botas de tubo descubiertas, de una patada enciende la moto Honda 200. Sale a toda prisa sin destino definido, recorre la calle central y gira hacia el rótulo deteriorado que da la bienvenida a Nueva Guinea. Por instinto y sin darse cuenta, el pide vía derecho destella; al notarlo sigue el recorrido indicado. Llegando al monumento de los cuatro evangelios siente la vibración del teléfono, parquea la moto y contesta. Henry regresa la llamada.

    Entonces, ¿dónde estás?
    En los cuatro evangelios, ¿y vos?
    Voy saliendo del trabajo. ¿Dónde nos vemos?
    Vamos donde la Mencha a tomarnos una bichas.
    Ese lugar ya aburre. Vamos mejor al rancho de Simón, es más tranquilo.

Acelera la moto y al llegar a la esquina del mercado recorre el zigzag de la ele acostada, sale a la calle principal, sigue de frente y dobla velozmente hasta llegar a la feria permanente girando hacia el norte en la esquina de la alcaldía. Se da cuenta que ha regresado al frente de su casa y piensa “he dado vueltas como perro”. Al pasar nuevamente por el rótulo observa a Henry que se dirige en su moto hacia la Uraccan y acelera.

Llegan juntos al rancho de Simón. Una pareja llena el ambiente. Con discreción se acomodan en una mesa, piden dos toñas y se sorprenden por lo risueño que está Julio, el mesero. La música romántica está a bajo volumen. Luego de dos tragos de cerveza, Henry enciende un Kent suave. Conversan amenos, siguen los pasos de la mujer que se levanta de la mesa y se dirige al baño.

    ¡Vistes!, ¡qué hermosura! —dice Henry admirado.
    ¡No jodas, está buenísima! —responde Harry vaciando la botella de cerveza de un trago.
    ¿Quién es? No la había visto. ¿La conoces?
    No, pero está como paco —dice Harry y le hace señas a Julio para que les sirva dos cervezas.
    ¿Quién es ese palo de hembra? —pregunta Harry a Julio.
    Ja, ja, ja, ja —ríe a carcajadas Julio y agrega — ¿No la vistes? Espérate que salga del baño.

Henry y Harry cruzan miradas y toman intrigados un largo trago de cerveza. Esperan ansiosos a que salga del baño mientras el hombre que la acompaña se levanta de la mesa y se dirige hacia ella. La expectativa de ambos crece y en los parlantes suena la canción “te solté la rienda” interpretada por Mana.

    Vistes, es majón. Se metió al baño con la hembra —dice Harry.
    Sí, sí y ya tardaron. Parece que estaban chateando —agrega Henry.
    Que aventado el maje. Yo también lo haría, mira que no hay nadie. Voy a tener que venir acompañado —dice Harry.

En el preciso instante en que Harry se empina la cerveza para tomar otro trago observa al hombre que sale del baño y, unos pasos atrás, a la mujer. Al verla se sorprende, el trago de cerveza lo ahoga, se levanta desesperado, Henry golpea con fuerza su espalda hasta que logra respirar y se sienta en la mesa.

    ¡Esta María me va a matar! —dice Harry con ardor en la garganta.
    ¡No jodas! ¡Mira lo que te estás perdiendo! ¿Cómo pudiste dejarla? ¡Se te fueron arriba! —agrega Henry.
    Por andar de vago con vos, dando vueltas de perro.

Nueva Guinea, RAAS
Viernes, 25 de febrero de 2011