viernes, 4 de marzo de 2022

UN BUEN CAZADOR

 


La península de El Bluff siempre ha sido un refugio de vida silvestre. Desde la zona de Kukra Hill y Laguna de Perlas, muchas especies huían de los incendios provocados en las plantaciones de banano y caña de azúcar, atravesaban la franja costera pasando por Falso Bluff y las lagunas de agua dulce hasta adentrarse en la loma del faro y el bosque ubicado en el extremo sureste, cercano a la pista de aterrizaje.

— Por eso me convertí en cazador, por la abundancia — dijo don Abraham Rodríguez, llamado Tapalwas con mucho cariño por los Blofeños.

Se encontraba frente a la escuelita de doña Carmelita, propiamente en la esquina de Miss Lilian. Era la hora del recreo y varios estudiantes lo rodeaban para escuchar sus anécdotas de otros tiempos. Entre ellos figuraban el Macho Silvio, Charol y Taigá, los que se habían separado de los chavalos menores que jugaban y corrían en el patio de la escuela.

—¿Qué cazaba y dónde? —preguntó Taigá.

—Mejor pregúntame que no cazaba. Porque te voy a decir que me recorría toda la costa, hasta llegar a Falso Bluff. Pasaba por la primera y la segunda laguna, me cruzaba en cayuco a Caimán Rock y me regresaba. Cuando no me iba bien, subía a la loma del faro, aunque al coronel Brenes no le gustara porque el mandador me corría, y luego me iba a la montañita de al lado de La Colonia. En otras ocasiones buscaba mis presas en los grandes árboles de esa época —dijo Tapalwas.

—¿Dónde le iba mejor? —insistió el Macho Silvio.

Tapalwás adoptó pose de inspiración y su mirada brilló más que las aguas de la bahía bajo el sol a las dos de la tarde. Guardó silencio por varios minutos mientras recorría con la mirada el corre corre de los chavalos en el patio de la escuelita y la algarabía que se formaba con ellos en la tienda de Toño Real y doña Estercita.

—Nunca fui a la escuela —dijo Tapalwas —. En mis tiempos de chavalo a uno le enseñaban las letras y los números en las casas, la mamá o los hermanos mayores que ya habían aprendido lo hacían. Con eso se tenía suficiente para defenderse en la vida, una vida que era más pausada, sin muchos problemas, sin muchos sinvergüenzas y léperos de los que cuidarse como ahora.

“Pero volviendo al caso, agregó, aprendí a cazar al lado del río Punta Gorda, en las tierras de la familia de mi mujer, los McRea. Esas enseñanzas me sirvieron para aprovechar la abundante caza en El Bluff. No me van a creer, pero de todo había en esta puntita. Es que los animales no son tontos, allá los sacaban corriendo con las quemazones y aquí se refugiaban porque nadie los andaba jodiendo, no como en estos tiempos que con costo se agarra una guardatinaja. Y hablando de guardatinaja, una vez me fui a la segunda laguna porque días antes vi el rastro de varias en la orilla”.

» Las lagunas era uno de los mejores sitios de caza, porque los animales descansaban y tomaban agua, se relajaban pues y yo aprovechaba. Un día me alisté, limpié bien mi rifle calibre 22 de cinco tiros, la Panchita me preparó una comidita, le di filo a mis cuchillitos y me fui muy temprano. Cuando llegue a la playa el sol salía en el horizonte y, luego de una hora de caminata, llegue al sitio. Recogí varios cocos secos, los abrí y puse el cebo al pie de un gran árbol de Mangle, a la orilla de la laguna. Me subía al Mangle y allí me estuve por un buen rato, esperando que aparecieran.

—Se va a acabar el recreo y usted no termina de contarnos —dijo Charol.

—No te preocupes —dijo el Macho Silvio. Doña Carmelita tiene visitas.

—Este chavalo es impaciente —respondió Tapalwas y siguió con su relato.

» Para ser un buen cazador hay que llenarse de paciencia. Y así me estuve por un gran rato. Vi que la marea estaba bajando porque Caimán Rock se miraba más grande y las gaviotas, pelicanos y tijeretas se posaban en las piedras cubiertas de algas. De pronto se aparecieron tres guardatinajas, hermosas, con el brillo característico de su pelaje y sus manchas blancas. Se acercaban al pie del Mangle donde tenía el cebo de coco, pero bien nerviosas como que se imaginaban que las estaba esperando. Dejé que comieran un poco de coco. Sus patas estaban dentro de la laguna como si se refrescaran después de una larga caminata entre el mangle, los cocoteros, icacos y uvas de mar. Apunté a una con el 22, respiré profundamente y veo en la punta de mira a un gran cuajipal que sale como volando del agua y la atrapa de un tapazo, le da dos mordiscos y se pierde con ella en el agua oscura de la laguna. Las otros dos desaparecieron en un segundo y me quedé oliendo la punta del rifle.

—Usted es un mal cazador —dijo Taigá. Le ganó el cuajipal —agregó.

—Pero debe tener otras historias —dijo el Macho Silvio.

—Tengo muchas, un buen cazador siempre cuenta sus historias, eso lo satisface, además del acto propio cazar, la excitación que se siente cuando vas tras la presa es algo único —dijo Tapalwas.

 » Una tarde me fui a buscar un venadito que andaba rondando el bosque ubicado entre la pista y las casas de la Colonia. Le seguí las huellas desde la punta de la pista y llegué hasta el bosque. Andaba preparado como siempre. Puse un cebo de banano maduro y me subí a un árbol de Guaba. Allí me estuve un rato pensando en mis tiempos de juventud, de las cosas que nos suceden y las que nos perdemos por no decidirnos. De pronto el venado se acerca a los bananos y comienza a comer. Le puse la mira fija entre los cuernos de tres puntas. Se agachó y comió. El venado es un animal super arisco y de pronto levantó la cabeza. Creo que sintió mi olor, pero apreté el gatillo y dobló sus patas delanteras. Allí quedó, entre los bananos. Cuando me bajé del árbol, en la mera frente tenía el orifico y sangraba detrás de la oreja derecha por donde salió el tiro.

—Ahora sí le creo que es un buen cazador —dijo Taigá.

—Las visitas ya se van —dijo Charol.

—¿Qué hizo con el venado? —preguntó el Macho Silvio.

—Cuente, cuente, que ya nos van a llamar —dijo Charol.

» Le hice un corte para desangrarlo. Lo levanté de las patas traseras y esperé un rato para echármelo a tuto. Tenía que subir la ladera de la loma y calculé que pesaba unas ochenta libras y en efecto, eso era lo que más o menos pesaba cuando lo levanté. Comencé a subir la ladera con el venado, el saco y el rifle a tuto. Avancé cuesta arriba unas veinte varas cuando sentí el triple de peso sobre mis espaldas. Ya me estoy poniendo viejo, me dije, traté de hacer más fuerza para culminar la ladera, pero daba pequeños pasos, casi no avanzaba. Así, poco a poco, llegué hasta la cúspide y decidí detenerme.

—Doña Carmelita nos llama, apúrese —dijo Taigá.

» Pues aventé al venado hacia un lado y cuando cae veo a un tigre que se lo estaba comiendo y me voy de rodada. Imagínense, venía cargando al venado y al tigre que se lo comía. Del susto salgo corriendo, pero me acuerdo del rifle, lo busco y ya no veo ni al tigre ni al venado. El tigre bandido se me robo el venado. Lo busqué por todos lados, dispuesto a cazarlo y recuperarlo, pero fue imposible ubicarlo. El tigre se escapó, pero dicen que una noche el coronel Brenes lo cazó en el tambo de la casa de los Bermúdez.

—Te imaginas que vas cargando un venado y encima va un tigre comiéndoselo —dijo el Macho Silvio.

—Vámonos, vámonos, doña Carmelita ya tocó la campanita —dijo Taigá.

—Ni guardatinaja, ni venado, ni tigre, nada puede cazar, solo puede contar sus guayolas, sus mentiras —gritó Charol y corrieron hacia el acceso de la escuelita.

—¡Los voy a acusar con doña Carmelita, son unos mal educados! ¡También voy a ir a quejarme a sus casas! —gritó Tapalwas mientras ellos subían las gradas de la escuelita de doña Carmelita.

 

jueves, 3 de marzo de 2022

De la Serie: Las Guayolas de Tapalwas.