miércoles, 9 de septiembre de 2026

UN NICA EN LAS MONTAÑAS DE BAMBAMARCA


En el aeropuerto de Lima, la gente corría como un río desbordado y mi nombre no aparecía en ninguno de los carteles. Hombres y mujeres avanzaban de prisa, buscaban sus maletas, hacían fila para el chequeo migratorio o intentaban encontrar una salida. Yo caminaba entre aquella corriente humana, en una ciudad donde no conocía a nadie. Revisé los carteles una y otra vez. Ninguno tenía mi nombre. Comencé a sentirme desconcertado y, sobre todo, con frío. Mucho frío.

De pronto vi a una mujer pequeña que se empinaba para sobresalir entre la multitud. En sus manos estaba escrito mi nombre. Era limeña, de cabello negro y liso Vestía jeans, chaqueta negra y llevaba una bufanda alrededor del cuello. Avancé con mi maleta hacia ella. Sonrió, nos estrechamos las manos y me pidió que la siguiera.

Salimos al parqueo. El aire estaba helado. Saqué un suéter de la mochila y me lo puse antes de subir a una camioneta tipo van.

—Bienvenido a Lima —dijo el conductor cuando la mujer le mencionó mi nombre.

Durante el trayecto conversaron sobre los atentados y las explosiones que habían estremecido Lima en aquellos años. Yo escuchaba en silencio mientras miraba por la ventana una ciudad desconocida.

Aquel viaje ocurrió en 1995. Había llegado a Lima para participar en un intercambio de experiencias con representantes de distintos proyectos de desarrollo. El propósito era conocer cómo trabajaban en otras regiones, qué problemas enfrentaban y qué soluciones habían encontrado junto a las comunidades.

Me alojaron en un hotel de tres estrellas junto. Compartí una habitación doble con un salvadoreño. Éramos los únicos centroamericanos del grupo. El hotel estaba ubicado en una zona residencial. Por las noches salíamos varios compañeros a caminar por el centro de Lima. Había edificios altos, parques llenos de plantas florecidas y calles donde el tránsito parecía no detenerse. Cenamos en una zona ocupada casi por completo por restaurantes.

Mi compañero de habitación, el salvadoreño, se levantaba varias veces durante la noche para revisar su maleta y una pequeña mochila. Pensé que comprobaba si todavía tenía su dinero. Me sorprendía su desconfianza, aunque nunca le pregunté nada.

Cuando terminó el encuentro, emprendí el viaje hacia Cajamarca. Salimos con el jefe del proyecto temprano en la mañana. El recorrido duró todo el día y parte de la noche. A medida que avanzábamos, el clima y la vegetación cambiaban por completo. Los edificios fueron desapareciendo y comenzaron a levantarse frente a nosotros las montañas.

La carretera se volvió estrecha y sinuosa. Subía por las laderas, bordeaba hondonadas y se perdía detrás de los cerros. En algunos puntos, el conductor tenía que pegar la camioneta 4x4 a un lado para dejar pasar a otro vehículo que venía en sentido contrario. Bastaba mirar por la ventana para sentir el vacío más allá del camino. Durante buena parte del trayecto no vi el sol. Una capa de nubes cubría las cumbres y, en algunos sitios, la neblina descendía hasta la carretera. Los cerros aparecían y desaparecían detrás de aquella blancura. 

El viento movía los pastos y se colaba por cualquier rendija del vehículo. En algunas laderas crecían eucaliptos altos y delgados. Cerca de las quebradas aparecían alisos y arbustos resistentes al viento. Entre ellos se extendían pequeños cultivos, potreros húmedos y parcelas cercadas con piedra, madera o alambre. 

Las casas estaban dispersas. Desde la carretera se veían techos de teja y de zinc, paredes de tierra y pequeños corrales. A veces aparecía una vaca pastando en un terreno inclinado. También vi ovejas y, en uno de los trayectos, un rebaño de animales que entonces identifiqué como vicuñas. Eran ligeros, de cuello erguido, y se movían juntos entre los pastos. 

Yo venía de una tierra de calor, lluvias fuertes, llanuras y árboles frondosos. Allí el paisaje parecía vivir en vertical. Los caminos subían, los cultivos se aferraban a las laderas y las casas se levantaban donde parecía imposible construirlas.

En un punto del recorrido nos detuvimos frente a una mina a cielo abierto. Desde donde estábamos se podía ver aquel enorme orificio que descendía hasta perderse en la profundidad. Los caminos interiores parecían delgadas líneas trazadas sobre la tierra. Nadie dijo mucho. Después continuamos el viaje.

Llegamos a Cajamarca entrada la noche. Al día siguiente salimos hacia Bambamarca. El frío continuaba y la humedad se sentía en la ropa y en las manos. A medida que avanzábamos, el olor de la tierra mojada se mezclaba con el humo de leña que salía de las casas dispersas entre los cerros. 

No volvimos a detenernos hasta llegar a la casa de uno de los responsables del proyecto. Allí me presentaron al equipo de trabajo. Me explicaron que apoyaban a las comunidades en la atención de necesidades básicas, principalmente en educación, salud y actividades económicas. Uno de los proyectos que más me impresionó fue el sistema de riego construido en las zonas altas.

En las cumbres de los cerros levantaban pequeños embalses para almacenar agua. Eran lagunas hechas por la mano del ser humano en lugares casi desprovistos de árboles, donde solo crecían pastos bajos y plantas resistentes al frío. Desde allí construían canales que descendían por gravedad hasta las parcelas. El agua recorría las laderas y abastecía los cultivos de papas, maíz, trigo y legumbres. Desde lejos, los sembradíos parecían retazos de distintos tonos verdes y marrones cosidos sobre la montaña. 

Pude conversar con varios de ellos. Eran campesinos de pocas palabras. Respondían con un sí, un no o una frase breve. A veces bajaban la mirada antes de contestar. Otras veces permanecían en silencio, con las manos escondidas bajo el poncho. Vivían en casas pequeñas, dispersas entre los cerros. Muchas tenían corrales, gallinas y animales amarrados cerca de las puertas. Los hombres llevaban sombreros de paja de palma y ponchos de colores intensos. Las mujeres caminaban con faldas amplias, sombreros y mantas que les cubrían la espalda.

Masticaban una bola verde que mantenían a un lado de la boca. Eran hojas de coca. En uno de los recorridos entré a una pequeña venta para comprar algo de beber. Allí vi numerosos sacos abiertos llenos de hojas de coca.

También me llamó la atención el comportamiento de los miembros del equipo. Cuando yo me acercaba, ciertas conversaciones se interrumpían. Callaban o cambiaban de tema. Después alguien hacía una pregunta sobre el camino, el clima o la actividad del día, y los demás continuaban como si nada.

Una mañana, después del desayuno, me llevaron al mercado de Bambamarca. El día estaba nublado y un frío ligero corría por las calles. Poco a poco comenzaron a aparecer los campesinos: unos a pie, otros montados a caballo y en vehículos cargados de sacos, canastos y animales. A ambos lados de una calle, hombres y mujeres acomodaban sus productos. Las mujeres estaban sentadas en bancos colocados sobre las aceras. Usaban faldas de colores, suéteres gruesos y sombreros. Los hombres llevaban ponchos y sombreros de paja.

En la calle vendían granos, frutas, papas, gallinas, sacos de maíz, quesos frescos, hierbas y verduras recién arrancadas de la tierra. Había papas de diferentes tamaños y colores. Las mujeres también ofrecían rollos de hilo, tejidos y prendas de vestir elaboradas en las comunidades. Sobre los bancos y las mantas acomodaban suéteres, gorros, bufandas y otras piezas tejidas con paciencia. Los compradores tocaban los productos, preguntaban los precios y discutían con los vendedores. En un lugar cercano, los cerdos y el ganado permanecían encerrados en corrales, entre chillidos, mugidos y voces de compradores. El cacareo de las gallinas se mezclaba con los pregones. Olía a tierra húmeda, queso, frutas maduras, animales y ropa mojada por la neblina. A ratos, una ráfaga de viento levantaba pequeños papeles y obligaba a las mujeres a sujetarse el sombrero.

El español que hablaban tenía un ritmo particular. Algunas palabras me resultaban familiares y otras parecían adquirir un sonido distinto en boca de los campesinos. Hablaban con frases breves, sin rodeos. Aquella calle reunía, durante unas horas, los productos de las montañas y a los compradores de la ciudad.

Antes de regresar a Lima, me llevaron a una comunidad situada en la parte alta de las montañas, a más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Recorrimos una parte del camino en vehículo. Llegamos hasta un punto donde varios pobladores de la comunidad nos esperaban con caballos. Habían bajado con los animales para ayudarnos a completar el recorrido hasta el poblado.

Montamos y comenzamos a subir. La comunidad se encontraba más allá de una sucesión de montañas que parecían no terminar. Los caballos avanzaban por senderos angostos marcados sobre la tierra húmeda. A un lado se levantaban paredones cubiertos de hierba. Al otro se abrían quebradas y laderas que descendían hasta pequeños valles. El silencio de la montaña era interrumpido por el golpe de los cascos, el resoplido de los caballos y algún pájaro oculto entre los arbustos. A lo lejos se escuchaban perros y mugidos que parecían venir de otra montaña.

En varios momentos vimos águilas andinas girando sobre las laderas. Planeaban en círculos, sostenidas por el viento. Más adelante, uno de los acompañantes levantó el brazo y señaló hacia las cumbres.

—Mire, parece un cóndor.

Muy arriba, entre dos montañas, una figura oscura avanzaba con las alas extendidas. Apenas las movía. Parecía dejarse llevar por las corrientes de aire. Todos levantamos la mirada y lo seguimos hasta que desapareció detrás de una cumbre cubierta por la neblina.

El aire se volvía más frío y delgado a medida que ascendíamos. Respiraba con rapidez. Sentía las manos heladas y el cuerpo tenso sobre la montura. Sin embargo, no quería dejar de mirar aquel paisaje: montañas detrás de montañas, cultivos pequeños, caminos que serpenteaban y casas aisladas bajo un cielo gris.

Después de casi dos horas llegamos a un pequeño poblado levantado en una ladera. La comunidad entera nos esperaba. Había hombres, mujeres, niños y ancianos. Algunos permanecían junto a la escuela. Otros conversaban cerca de la cancha de usos múltiples. Aquel día se inaugurarían la escuela y la cancha. También se entregarían recursos para apoyar las actividades económicas de los agricultores.

Los pobladores que nos habían acompañado se hicieron cargo de los caballos. Eran animales de la comunidad y permanecerían allí con sus dueños. Cuando terminaron los actos formales, alguien lanzó una pelota sobre la cancha. Los comunitarios comenzaron a jugar fútbol.

—¡Que juegue el nica! —gritaron. 

Les dije que en Nicaragua jugábamos más béisbol que fútbol, pero continuaron insistiendo.

—¡Que juegue el nica!

Entré a la cancha. Corrí detrás de la pelota durante unos quince minutos y terminé completamente agotado. El pecho me subía y bajaba con rapidez. Sentía que el aire no alcanzaba. Los demás reían y seguían jugando como si nada.

Después nos reunimos frente a una casona con un salón amplio. De la cocina salían humo y olor a leña. Los líderes y lideresas de las comunidades formaron un círculo junto con los responsables del proyecto. El jefe habló de los avances, los problemas y los planes para el año siguiente. Explicó cómo habían trabajado en conjunto para mejorar la producción, la salud y la educación.

Yo observaba los rostros de la gente. Eran rostros quemados por el sol y el frío. Las mejillas y las narices tenían un color rojizo. Las mujeres conversaban en voz baja y sonreían entre ellas. Los hombres escuchaban con los sombreros puestos y las manos escondidas bajo los ponchos. Detrás de ellos se levantaban las montañas. La neblina rozaba las cumbres y el viento doblaba los pastos.

De pronto, uno de los líderes pidió que hablara el nica.

—Que diga unas palabras a la comunidad.

El jefe del proyecto estuvo de acuerdo. Todos volvieron la mirada hacia mí.

Les conté que venía de Nicaragua, un país pequeño situado en Centroamérica. Les hablé de sus lagos y volcanes, de Rubén Darío y de una gente trabajadora que, cuando se une, es capaz de realizar grandes cosas. También les conté que era un país pluricultural y multilingüe. Les hablé del vaho, del nacatamal y del rondón. Después les conté algo sobre Nueva Guinea, sus productores, sus comunidades y el trabajo que realizábamos con ellos. Las palabras comenzaron a salir como un río. Mientras hablaba, veía sus rostros atentos. Algunas mujeres se reían en voz baja. Cuando terminé, todos aplaudieron. 

Me dijeron que habían oído hablar de Nicaragua, pero que nunca habían escuchado hablar a un nicaragüense. Les causaba gracia nuestro acento, el uso del vos, el “mirá” y la forma en que repetíamos la palabra “cosa”. 

—Es gracioso cómo hablan —dijo alguien.

—Y bonito —agregó una mujer. 

El jefe de la comunidad anunció que ya era tarde y que debíamos pasar a comer. Una mujer me indicó el lugar que debía ocupar en una mesa grande y alargada. Varias mujeres entraban y salían de una cocina amplia, donde ardían fogones de leña. El humo se pegaba a las paredes y salía por la puerta. Olía a caldo, papas cocidas, queso fresco y carne frita. Sobre la mesa habían colocado grandes recipientes con legumbres, caldos, queso fresco y papas de distintos tamaños.

De pronto pusieron frente a mí un platón que parecía contener una montaña de cuyes. Nunca los había visto cocinados. Estaban abiertos por la mitad, sin piel ni vísceras, con el cuerpo extendido como una mariposa. Habían sido fritos y estaban colocados unos encima de otros, como una ristra de tortillas recién salidas del comal. Les vi los dientes, las patitas y las uñas recogidas. Tuve la impresión de que algunos sonreían desde el platón. Levanté la mirada. Los líderes de la comunidad me observaban. Nadie había comenzado a comer. Esperaban que yo tomara uno de los cuyes y lo probara.

—Coma, no le tenga miedo —me dijo el líder de la comunidad. 

—Nunca he comido esto —contesté.

—Cómalo, nica. Le va a gustar —dijo la mujer que había llevado el platón.

El jefe del proyecto también me animó.

—Pártalo. Arranque una pierna y pruébela.

La mujer se acercó, separó una de las piernas bien fritas y la colocó en mi plato. La levanté con la mano. Todos seguían mirándome. Me la llevé a la boca y mordí un pedazo. La carne estaba crujiente y tenía un sabor intenso.

—Está delicioso —dije.

Todos aplaudieron, rieron y comenzaron a comer.

Después del almuerzo emprendimos el regreso hasta el lugar donde habíamos dejado los vehículos. Los caballos se quedaron en la comunidad con sus dueños, de modo que tuvimos que bajar a pie. La tarde comenzaba a caer y la neblina descendía de nuevo sobre las montañas. Caminábamos con cuidado por los senderos húmedos. En algunos lugares, las piedras estaban resbalosas y debíamos apoyarnos unos en otros para no caer.

Habíamos tomado un poco de pisco y veníamos contentos, riéndonos a carcajadas mientras descendíamos. A un lado del camino crecían alisos y arbustos golpeados por el viento. Más abajo, el humo de las casas dispersas subía lentamente por las laderas. Nuestras voces rebotaban en los cerros y se perdían en la neblina.

En Bambamarca me despedí del equipo del proyecto. Después regresé a Lima. En el hotel, la gente seguía hablando de la violencia y de los atentados que todavía mantenían al país en tensión. Las conversaciones bajaban de volumen cuando alguien se acercaba. Algunos miraban hacia la puerta antes de continuar.

Dos días después estaba de regreso en Nueva Guinea. Había dejado atrás las montañas y el frío, pero todavía escuchaba las risas de aquella comunidad después de mi primer bocado, cuando por fin todos comenzaron a comer.

Con el tiempo comprendí que, aunque cambien el paisaje, el clima y las costumbres, las comunidades rurales suelen enfrentar problemas parecidos. En Bambamarca, como en muchos lugares de Nicaragua, había necesidades sin atender, escasos servicios y una presencia débil de instituciones. También encontré lo mismo que había visto tantas veces en mi país: campesinos organizados, mujeres sosteniendo la economía familiar y comunidades que buscaban resolver juntas lo que durante años nadie había resuelto por ellas.

 

22 de julio de 2026

Foto: Mi Llaucán en Facebook.

  

sábado, 29 de agosto de 2026

FOTO DEL DÍA 4: UN INSTANTE AZUL EN EL JARDÍN

 


Esa mañana del mes de noviembre salí con mi cámara en busca de algo en el jardín de mi casa: una abeja, una flor de la mañana, un pájaro, una mariposa, en fin, algo que fotografiar. 

La mañana estaba fresca. Todavía quedaba humedad sobre las hojas y una luz suave entraba entre las plantas del jardín. Era una de esas horas en que todo parece comenzar despacio: los pájaros andan de rama en rama, una abeja zumba entre las flores y uno siente que debe quedarse quieto unos minutos para descubrir algo. 

Caminé por el corredor izquierdo, miré hacia el porche y desde allí la vi. Estaba posada sobre una rama de mussaenda blanca, inmóvil, con la cabeza levantada y el cuerpo alargado siguiendo la forma de la rama. 

Me acerqué con la cámara.

Era una pequeña lagartija de la especie Anolis unilobatus, presente en Nicaragua. Por su aspecto y tamaño, probablemente era un macho. Su color pardo la hacía confundirse con la corteza y había que observarla con atención para descubrirla.

Entonces abrió aquella vistosa papada que estos anolis utilizan como señal durante el cortejo y también para marcar territorio. Aparecieron el amarillo, el naranja y una intensa mancha azul que contrastaba con el verde del jardín. La lagartija que unos segundos antes casi pasaba inadvertida se convirtió de pronto en el centro de la escena.

Me detuve. Si hacía ruido es posible que saliera disparada entre las hojas y yo me quedara sin la foto. Avancé un poco más, despacio. Levanté la cámara procurando no asustarla. Ella seguía allí, con la cabeza levantada y la papada abierta. En ese momento solo pensaba en enfocar bien y disparar antes de que desapareciera. 

Por unos segundos ninguno de los dos se movió. Enfoqué. Disparé. Miré la fotografía en la pantalla de la cámara y sentí que había logrado algo fuera de lo común.

Corrí a transferirla a la computadora, con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrir algo inesperado. Cuando apareció en la pantalla grande quedé maravillado: allí estaba la lagartija en toda su majestuosidad, con aquellos colores encendidos y ese porte que yo apenas había alcanzado a percibir mientras la tenía enfrente. 

Un minuto después regresé al jardín para buscarla. Ya se había ido. Entonces pensé que estas pequeñas lagartijas llevan muchísimo tiempo conviviendo con nosotros. Los reptiles han ocupado un lugar en antiguas creencias de los pueblos de Nicaragua y Centroamérica, asociados a veces con fuerzas de la naturaleza y ciertos misterios. Tal vez por eso, cuando uno de ellos aparece así, de pronto, entre las ramas, despierta algo más que simple curiosidad.

Pero aquella mañana el misterio estaba en otra cosa: en haber estado allí justamente en ese momento, con la cámara en las manos.

A veces uno piensa que para encontrar algo extraordinario tiene que caminar lejos, meterse al monte o hacer algún viaje. No siempre es así. A veces basta salir al corredor y mirar con atención lo que tenemos cerca. 

La lagartija ya no estaba. Me quedó la fotografía: aquel pequeño animal sobre una rama de mussaenda blanca, la cabeza levantada y un relámpago azul desplegado bajo la garganta.

 

13 de agosto de 2026.


miércoles, 19 de agosto de 2026

EL MANGOSTÍN EN NUEVA GUINEA

Encontré a Sandra Calero Borge sentada en una mecedora de madera, en el pequeño negocio que funciona en su casa, sobre la calle del bulevar, en una esquina casi frente al estadio donde juegan béisbol y softbol chavalos, mujeres y viejos. Afuera pasaban camiones, carros y motocicletas; por momentos el ruido de los motores se metía en la conversación. A su alrededor se amontonaban baldes, maceteras, utensilios para el hogar y, muy cerca de la mecedora, una estructura con cactus y plantas suculentas que también vende. Después de tantos años vinculada a productores, fincas y cultivos, Sandra sigue rodeada de plantas.

Yo había llegado para preguntarle por una muy distinta.

—Entonces, Sandrita, contame la historia del mangostín en la finca de Auxilio Mundial.

Sandra comenzó por buscar una fecha en la memoria.

Según recuerda, hacia 1997 Auxilio Mundial compró un primer lote de aproximadamente quince manzanas para establecer una finca en Nueva Guinea. La propiedad estaba junto al río El Zapote; siguiendo el recorrido del río hacia el este, quedaba a unos 450 metros al sur, hasta el empalme de El Verdún. La intención era introducir nuevos cultivos tropicales y diversificar la producción.

Por los contactos que tenía entonces el organismo, llegó una donación de semillas procedentes de Australia. En el largo recorrido hasta Nueva Guinea muchas perdieron sus rótulos, de manera que algunas germinaron y crecieron sin que el personal llegara nunca a saber exactamente qué plantas eran. Entre las que sí lograron identificar venía el mangostín. Sandra calcula que recibieron entre cuarenta y cincuenta semillas y que finalmente se estableció una pequeña plantación de unas cuarenta plantas. 

El mangostín no llegó solo. Entre aquellas semillas aparecieron también la pitanga, una pequeña fruta roja y algo ácida; la biribá, de la familia de las anonas; el abiú, parecido a un caimito amarillo, y diferentes variedades de yaca. Algunas de esas especies lograron quedarse en Nueva Guinea. Sandra asegura que todavía hay productores que conservan biribá. Otras plantas crecieron, dieron frutos y pasaron años en la finca sin que nadie lograra determinar con certeza qué eran. 

Aquella finca comenzó a convertirse en una especie de muestrario de frutas tropicales poco conocidas. Con los años, Sandra calcula que allí llegaron a existir alrededor de setenta especies de cultivos. Era un lugar diferente, bien cuidado y diversificado, atravesado por el río El Zapote, que desemboca en La Sardina.

Cuando las primeras plantas de mangostín comenzaron a producir, fueron los propios trabajadores quienes probaron la fruta. Y les gustó.

Sandra recuerda especialmente a Kevin Sanderson, entonces director ejecutivo de Auxilio Mundial, un norteamericano al que describe como un hombre visionario. 

—Él soñaba que Nueva Guinea iba a ser un municipio muy próspero con todos los frutales exóticos, con frutales no tradicionales, frutales de trópico húmedo. 

Aquel entusiasmo llevó a ampliar el cultivo. Se establecieron alrededor de tres manzanas adicionales de mangostín y esta vez las semillas llegaron de una plantación existente en Kukra Hill, municipio de la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur, donde este frutal logró establecerse y todavía se produce. 

Sandra recuerda haber observado diferencias entre aquellos árboles y los procedentes de las semillas australianas: los de Kukra Hill daban, según su memoria, una fruta algo más pequeña; los australianos producían mangostines de mayor tamaño y de un color ligeramente más claro. En ambos casos, dice, la pulpa era dulce y de excelente sabor.

El mangostán, mangostino o mangostín, Garcinia mangostana, es una fruta que llama la atención desde que uno la tiene en las manos. Al madurar, la cáscara toma un color entre rojizo y morado oscuro. Es gruesa y, al abrirla, aparece una pulpa blanca dividida en gajos. 

Sandra recuerda perfectamente el sabor. 

—Es un agridulce que no molesta. Es delicioso. Para mí es una fruta deliciosa. Y agrega algo que escuchaban decir entonces:

 —Dicen que se conoce como el manjar de los dioses.

Por la calle pasa un vehículo y durante unos segundos el ruido cubre parte de nuestra conversación. Sandra espera y continúa.

Cuando la plantación grande comenzó a producir apareció un problema que nadie había previsto: había demasiado mangostín. Para entonces, Auxilio Mundial, que había impulsado la introducción y el establecimiento de aquellos cultivos, había concluido esa etapa de su trabajo. Pueblos en Acción Comunitaria, PAC, dio continuidad al manejo de las plantaciones y las cosechas. Sandra Calero Borge era la responsable de Organización y Capacitación de PAC.

Los trabajadores consumían parte de la fruta y otra se repartía entre el personal, pero la producción seguía aumentando. Sandra recuerda una conversación con Mario Pérez Lejarza, director ejecutivo del PAC.

—¿Qué vamos a hacer con tanto mangostín?

Había que buscar consumidores. Pero antes de venderlo había que conseguir algo más difícil: que la gente supiera qué era aquella fruta morada que casi nadie había visto. Sandra comenzó entonces un proceso de degustación. Las oficinas de Auxilio Mundial y, posteriormente, las de PAC quedaban frente al actual supermercado Palí, en la esquina oeste. Allí colocaban mesas y llevaban sacos de mangostines. Ella acomodaba las frutas mientras veía pasar a la gente por la acera. Algunos reducían el paso. Otros se detenían a mirar.

—¿Qué es eso? 

La pregunta se repetía.

—Venga, pase adelante, pruébelo —les decía Sandra. 

Partían el mangostín, mostraban la pulpa blanca y ofrecían los gajos a quienes aceptaban probarlos. El propósito inicial no era hacer negocio. Era dar a conocer la fruta. Si alguien quería comprar después de probarla, se la vendían a tres córdobas la unidad. Sandra sitúa aquellas primeras jornadas aproximadamente entre 2006 y 2007. 

La gente respondió bien. El sabor hacía buena parte del trabajo. Al año siguiente ya no era necesario explicar demasiado. Muchos de los que habían probado la fruta durante la cosecha anterior regresaban a comprarla. El mangostín comenzaba a dejar de ser una rareza para algunos pobladores de Nueva Guinea.

Le enseño a Sandra una fotografía que tomé en aquellos años. Está detrás de una mesa de madera, frente a las oficinas de PAC. Los mangostines ocupan casi toda la superficie. Algunos están completamente morados; otros conservan tonos rojizos y las coronas verdes resaltan sobre la cáscara oscura. Sandra sostiene dos frutas en las manos. Aquella era una de las jornadas en que vendía y daba a degustar mangostines a quienes caminaban por la acera frente al Palí. La fotografía conserva algo que las cifras no pueden contar: la abundancia de la cosecha y la curiosidad que despertaba aquella fruta.

Sandra Calero mostrando el mangostín.

La experiencia también salió de Nueva Guinea. Cada año participaban en la Expo APEN y llevaban mangostines al estand. Los colocaban en canastos, los ofrecían para degustación y también vendían algunos. Los visitantes habituales terminaron por reconocer el producto. Sandra recuerda incluso a una dirigente de APEN que, apenas llegaba, pedía que le apartaran sus mangostines. Pero la comercialización no pasó mucho más allá. Con otros productos tuvieron mayor éxito. El rambután, por ejemplo, consiguió entrar a supermercados. El mangostín quedó principalmente en el mercado local y en aquellas ferias donde lo daban a conocer. 

—Hasta ahí llegamos —resume Sandra. 

En medio de la conversación alguien se detiene frente al negocio. Pregunta dónde quedan las oficinas de Migración. La historia del mangostín queda suspendida por unos instantes. Entre Sandra y yo tratamos de explicarle el camino: que siga por allí, que doble, que busque unas edificaciones que se alcanzan a ver más adelante. El hombre escucha, agradece y se va. Poco después otra motocicleta cruza por la calle.

Volvemos a la finca. Hablar de aquella plantación lleva inevitablemente a hablar de una época de Nueva Guinea.

Auxilio Mundial había llegado al municipio en 1992, en los primeros años posteriores a la guerra. Sandra recuerda que uno de sus propósitos era apoyar la reinserción de familias campesinas y recuperar unidades productivas que habían quedado abandonadas o afectadas por el conflicto. Hubo programas de alimento por trabajo y después proyectos de producción, crédito y diversificación de las fincas.

Sandra menciona también a PRODES, PASOC, la Cooperación Italiana PRA-DC y Ayuda en Acción, organismos y proyectos que trabajaron durante aquellos años en agricultura, agua potable y saneamiento ambiental, educación y organización comunitaria. Recuerda viajes de varias horas a caballo para visitar comunidades alejadas y encontrarse allá, en medio del campo, con sistemas de agua potable manejados por las propias familias.

También fueron años de preocupación por el medio ambiente. Existía una Comisión Municipal del Medio Ambiente. Se realizaban actividades durante el Día del Árbol, los niños llevaban plantas y se promovía la protección de especies como la ceiba. En el río El Zapote, precisamente en el sector de la finca, se hicieron gestiones para impedir que los vehículos, principalmente camiones, bajaran a lavar directamente en el cauce y contaminaran el agua.

—Esa fue una etapa maravillosa —dice Sandra. No lo dice como quien recita una frase aprendida. Lo dice como alguien que estuvo allí.

Aquellas primeras quince manzanas habían aumentado con los años hasta formar una finca que Sandra calcula en unas 119 manzanas. El río El Zapote la dividía en dos. Allí estaban el mangostín, el borojó, el pulasán, la yaca o jackfruit —la fruta más grande del mundo—, la pitanga, la biribá, el abiú y decenas de especies más. Había cultivos conocidos y otros que parecían haber llegado desde lugares lejanos para probar suerte en las tierras húmedas de Nueva Guinea.

—Bien diversificada —le digo. 

—Bien diversificada. Bien cuidada, bien cuidada.

Repite las últimas palabras. Tal vez porque allí está una parte importante de lo que quiere decir. Pero los proyectos no duran para siempre. Con el paso de los años la organización comenzó a enfrentar dificultades económicas, principalmente por el Movimiento No Pago. Quedó menos personal, disminuyeron las actividades y llegó un momento en que mantener una finca de aquella extensión y diversidad resultaba demasiado costoso. Para 2014 Sandra terminó su trabajo en la organización, después de aproximadamente dieciocho años.

La finca permaneció varios años en venta hasta que finalmente pasó a manos privadas. El uso de la propiedad cambió. Se introdujo ganado y hubo quema y despale en algunas áreas. Buena parte de la diversidad agrícola que había caracterizado la finca dejó de recibir el manejo y los cuidados de los años del proyecto. Sin embargo, la plantación de mangostín no desapareció.

Julio Villachica, vecino colindante con el área donde se establecieron los viveros y, a cierta distancia de allí, la plantación de mangostín, asegura que los árboles todavía permanecen, aunque en condiciones de semiabandono. Ya no reciben el manejo que tuvieron durante los años de Auxilio Mundial y PAC. En época de cosecha, algunas personas entran incluso por las noches a cortar los frutos.

El mangostín sigue produciendo, pero una plantación en esas condiciones difícilmente puede mantener durante mucho tiempo los mismos rendimientos. Estos árboles necesitan limpieza del área, poda sanitaria, nutrición adecuada del suelo, buen manejo del agua y vigilancia de plagas y enfermedades. Sin esos cuidados es previsible que disminuya la producción, algunos árboles pierdan vigor y la plantación se deteriore con los años. Sin embargo, mientras los árboles permanezcan vivos, todavía existe la posibilidad de recuperar el cultivo si vuelve a recibir el manejo que necesita.

El cambio de uso de la finca significó también la pérdida de buena parte de aquella experiencia de diversificación: unas setenta especies de plantas, frutales exóticos, árboles que habían tardado años en crecer, materiales traídos desde Australia, ensayos, cosechas y años de trabajo. Allí, los trabajadores aprendieron a reconocer frutas que nunca habían visto y los productores descubrieron otras posibilidades para las tierras de Nueva Guinea.

Vuelvo a mostrarle la fotografía.

—¿Qué es lo que más te trae a la memoria cuando te ves allí con todos esos mangostines?

Sandra mira la imagen. Habla primero de los años. Dieciocho. Después aparece el pesar. Le duele pensar en el deterioro de un material vegetal que considera tan valioso. Pero reconoce también que ya no existía dinero suficiente para mantener una propiedad de aquella extensión y que manejar la finca resultaba costoso.

Seguimos conversando un poco más. A nuestro alrededor continúa la vida del pequeño negocio. Los baldes y recipientes plásticos ocupan los estantes. Las maceteras esperan comprador. Sobre la estructura metálica junto a Sandra permanecen los pequeños cactus y las suculentas. Afuera siguen pasando carros y motocicletas por el bulevar. Miro nuevamente las plantas. Sandra ya no trabaja en aquella finca y la finca tampoco es la que ella conoció. Sin embargo, las plantas continúan cerca de ella. 

Pienso entonces en aquellas cuarenta o cincuenta semillas que llegaron desde Australia con un cargamento de especies tropicales; en algunas que perdieron hasta el nombre durante el camino; en los primeros árboles de mangostín creciendo en las tierras húmedas de Nueva Guinea; en las semillas que después llegaron desde Kukra Hill; en una mesa frente al Palí cubierta de frutas moradas y en los transeúntes que se detenían por curiosidad.

—¿Qué es eso? 

Y Sandra abría un mangostín. 

La pulpa blanca aparecía bajo la gruesa cáscara morada.

—Venga, pruébelo.

Han pasado los años. La finca cambió, desaparecieron muchos de aquellos cultivos y los árboles de mangostín quedaron sin los cuidados de antes. Pero todavía están allí. Cuando llega el tiempo de cosecha, los frutos vuelven a madurar. 

El mangostín todavía resiste en Nueva Guinea.

 

10, 11  y 12 de agosto de 2026.

Fotografías propias.

viernes, 14 de agosto de 2026

TODAVÍA ESCUCHO LAS GAVIOTAS

 



Por momentos, todavía,

buscando una ola,

capto el canto de las gaviotas

que vuelan sobre mí,

una melodía en el aire.

 

Cantan por la alegría de hacerlo,

por el puro instinto del viento.

 

El sargazo inunda la orilla

de la playa de El Bluff.

 

De cierta manera, todavía,

después de más de vida y media,

conozco muchas palabras,

incluso algunas que nunca aprendí.

 

Tal vez estén entre ellas

las que entiende la bandada.

 

El tiempo cambió mi rostro,

dejó sus huellas,

pero no apagó del todo

al hombre que todavía mira,

escucha

y se sorprende.

 

Elevo la mirada.

 

Vuelan a baja altura,

altivas, alegres,

y les respondo

como quien todavía

tiene algo que decir.



14 de agosto de 2026

69 años.


domingo, 9 de agosto de 2026

LA FOTO DEL DÍA 3: UNA RAJA DE LEÑA



A las seis de la mañana, el camino todavía estaba húmedo. La ciudad quedaba atrás y, al doblar hacia el oeste por la escuela de la zona 6, sentí que entraba en otra Nueva Guinea: más lenta, más verde, más antigua. Giré a la izquierda y seguí rumbo a la finca de Hidalgo, vecino de mi casa, en busca de un galón de leche.

En el trayecto me detuve a mirar una ceiba majestuosa, una de las últimas sobrevivientes en los alrededores de la ciudad. Allí estaba, enorme y serena, como si todavía cuidara una memoria que el crecimiento urbano va dejando atrás. 

Seguí por un sendero y salí a una plazuela. Allí el aire ya olía distinto. No era el olor de la ciudad, sino esa mezcla viva de finca: tierra húmeda, estiércol de vaca, zacate recién pisoteado, madera partida y caña recién triturada, con una dulzura espesa que se quedaba pegada en la respiración.

A lo lejos mugían las vacas. Bajo la galera, el silencio tenía sonido de trabajo. Allí trituraban caña para hacer atados de dulce y, a un lado, en una casa sencilla, almacenaban la leña. Me llamó la atención y tomé la foto. 

La imagen parece sencilla: horcones rústicos, techo de zinc, rajas de leña bien apiladas, troncos gruesos esperando el hacha, astillas regadas en el suelo, una carreta detenida al fondo y el verde de la caña cerrando el paisaje. 

Pero esa foto también tenía olor. Olía a madera seca, a humo antiguo, a sudor de campo, a leche recién ordeñada y a caña molida. En el campo, una imagen nunca es muda. Cada raja de leña tiene su historia: el árbol cortado, los hachazos, las astillas, el aroma, el sudor, el acarreo, el fogón y la comida de la familia.

Alfredo apareció desde la finca al verme tomando fotos. Usaba sombrero, pero debajo del ala se le veían las canas. En el cinto llevaba su machete y, en los pies, unas botas de hule marcadas por el lodo, el estiércol de las vacas y la rutina diaria de andar entre corrales, potreros y galeras.

No habló con rodeos. Su voz fuerte salió directa, como la de un hombre que no necesita adornar la vida porque la conoce por dentro: la leche, la caña, la leña, los animales, el precio de cada cosa y el trabajo que cuesta conseguirla.

Hablamos de la leña, de la leche y de los precios.

—La raja de leña subió dos córdobas —me dijo—. Antes valía cinco, ahora siete. Eso sí, una buena raja. 

Después agregó, casi como quien resume el país desde un patio de finca:

—Todo ha subido, amigo. El aceite, el fertilizante, las medicinas para el ganado, la provisión, todo, todo.

Si todavía cerca de cuatro de cada diez nicaragüenses cocinan con leña, y muchas familias consumen entre cuatro y seis rajas grandes al día, entonces la frase de Alfredo deja de ser una queja cualquiera. Dos córdobas más por raja se vuelven una cuenta diaria, una presión sobre el bolsillo y una forma silenciosa de medir cómo sube la vida.

Ese día también le compré leche. El litro estaba a veinticinco córdobas. Uno sale buscando un galón de leche y regresa con algo más: una foto, una conversación y una pequeña certeza sobre la vida.

En estos caminos, la economía no aparece en gráficos ni discursos. Aparece en una raja de leña, en el precio de la leche, en el aceite que ya no alcanza, en el fertilizante, en las medicinas para el ganado y en la provisión que cada día cuesta más. 

Miré otra vez la leña bajo el techo: bien acomodada, seca, esperando el fuego. Pensé que esa foto no hablaba solo del campo. Hablaba de una manera de vivir que resiste, aunque todo suba, aunque la ciudad se acerque, aunque las ceibas vayan quedando solas. 

Volví con la leche en la mano, pero también con esa frase de Alfredo sonando en la cabeza: “Todo ha subido, amigo”.

Y pensé que, a veces, un país entero cabe en una raja de leña.

 

16 de junio de 2026.


jueves, 6 de agosto de 2026

SUEÑOS DEL CARIBE SUPERA EL MILLÓN DE VISITAS

 


Hoy quiero compartir una alegría con quienes, desde hace tantos años, se asoman a estas páginas: Sueños del Caribe ha superado el millón de visitas.

Desde su creación, el blog ha recibido 1,001,508 visitas. En el último mes llegaron 33,171 lectores, y en lo que va de este mes ya se registran 8,443 visitas. Son números que me alegran, pero detrás de cada uno de ellos imagino a una persona que se detuvo unos minutos para leer una crónica, un cuento, un poema o una historia nacida de la vida cotidiana.

Las visitas llegan desde muchos lugares. Nos leen desde Estados Unidos, Nicaragua, Brasil, Alemania, Reino Unido, México y otros países que aparecen cada día en las estadísticas del blog. Algunos lectores están cerca del Caribe; otros viven a miles de kilómetros. Sin embargo, todos se encuentran aquí, en este espacio de palabras, recuerdos, personajes, caminos, pueblos y mares.

Mi agradecimiento sincero a esa comunidad de lectores. A quienes llegan por primera vez, a quienes regresan, a quienes comparten los escritos y a quienes dejan un comentario. Su presencia ha mantenido vivo este blog durante todos estos años.

Después de 16 años de actividad, Sueños del Caribe comienza una nueva etapa. El compromiso es seguir escribiendo crónicas, relatos de personajes, poesía narrativa, cuentos y sucesos de la vida cotidiana. Seguir contando las historias de nuestra gente, de nuestros territorios y de esas pequeñas cosas que muchas veces pasan inadvertidas, pero que también forman parte de la memoria.

Gracias por acompañarme en este largo viaje. Sueños del Caribe sigue adelante. Seguimos con ustedes.

 

6 de agosto de 2026.


miércoles, 5 de agosto de 2026

NUEVA GUINEA, SEÑORA Y MUJER DE LA MONTAÑA

 



Nueva Guinea, has llegado a señora de 61 años desde tu fundación y a mujer hermosa de la montaña en tus 45 años de haber sido elevada a la categoría de municipio.

Te vemos vestida con traje de gala, entre caminos que antes fueron trochas, potreros abiertos bajo la lluvia y barrios que crecieron al empuje de tu gente. Llevás en el rostro la memoria de tus fundadores y en las manos el trabajo de quienes llegaron después.

Tu tierra, tus aguas y tus especiales condiciones agroecológicas te ayudaron a crecer. Pero fueron tus hombres y mujeres, con su esfuerzo diario, quienes te levantaron y te dieron forma.

Hoy te mostrás altiva, luchadora y solidaria. Seguís avanzando frente a los retos que el futuro te depara, albergando nuevas generaciones y nuevos sueños. Sos todavía aquella promesa nacida en medio de la montaña: la luz en la selva que soñaron tus fundadores.

Hoy celebramos tus 45 años como municipio. Que suenen las voces de tu gente, que se abran tus calles a la alegría y que la mujer hermosa de la montaña luzca, orgullosa, su traje de gala. ¡Feliz aniversario, Nueva Guinea!

5 de Agosto de 2026.


lunes, 3 de agosto de 2026

UTILA EN LA SANGRE

 


En memoria de Henry Bush Hill Bush

Utila ( 6/04/1934 - 12/11/2023)


Desde que el barco giró a estribor, pasando junto al faro para entrar en la bahía, supe que volvía a mi segunda casa. No fue una idea pensada con calma. Fue una certeza que me subió desde el pecho apenas vi otra vez las casas pintadas de colores llamativos frente al agua. Vi los muelles, los techos bajos y ese azul del mar que no se parece a ningún otro azul.

Abril ardía hondo. Utila sudaba sal por las paredes, por las calles y por los cuerpos. Yo venía a compartir tres semanas con los míos. Eran unas vacaciones merecidas después de tantos años de trabajo. Traía una maleta preparada para eso: camisetas, shorts, sandalias; en fin, ropa para estar en la isla. También traía una contentura sencilla, casi de muchacho, como quien regresa a un lugar que nunca terminó de irse de su vida.

Al bajar del barco, tío Henry me estaba esperando. Verlo en el muelle hizo que la llegada no fuera solo una entrada a la isla. Fue una entrada directa a la familia. El olor del diésel, del pescado fresco y de la madera mojada me recibió como una vieja contraseña. Las caponeras esperaban pasajeros. Un hombre descargaba sacos, las tablas crujían bajo los pasos y todo parecía decirme, sin palabras, que había vuelto.

Me alojé en la casa de tío Henry y tía Zula. Eso me permitió compartir con ellos sin prisa. Nos sentamos a conversar y a recordar a los abuelos, a mi papá y a mi madre. En esas pláticas volvieron las anécdotas familiares. Volvieron sobre todo las del abuelo Ernest y la abuela Hazel. Pero los relatos de tío Henry sobre su vida de marino y capitán de barcos camaroneros tenían un momento especial.

Esos relatos se abrían en el corredor de la casa. Él se mecía lentamente en su swing y dejaba que los recuerdos fueran saliendo con calma. Parecía que cada historia venía empujada por la misma brisa del mar. Una tarde, él estaba sentado en su swing del corredor y yo en una silla, frente a él. Se escuchaba el vuelo rápido de los colibríes que llegaban al bebedero con agua de azúcar que tía Zula les mantenía preparado. A un lado veía los árboles del patio; de frente, la casa de Albert y Neil; y a mi derecha, el camino que llevaba al portón y a la calle que va hacia Cola de Mico.

—Tío Henry —le pregunté—, ¿qué es lo que más extraña ahora, ya retirado de la vida de marino?

Tío Henry se meció despacio. Se acomodó en el swing. Sonrió apenas y respondió:

—Mirá cómo es la vida. Extraño el mar. Mucho, muchísimo. Esa calma que te da estar allí, en esa vida azul. Pero fue en el mar, pescando, que perdí mi ojo. Desde entonces ya no es lo mismo para mí salir a pescar.

Lo dijo sin resentimiento. Aun así, un dolor antiguo le cruzó el rostro. En ese momento entendí mejor que el mar, para los hombres de isla, no solo da sustento y recuerdos. También deja marcas. Allí, entre el movimiento pausado del columpio, el vuelo de los colibríes y el sonido de la isla alrededor, sus historias cobraban otra vida. En un lugar como Utila, el mar no solo se mira: también se cuenta.

Caminé por Utila sin prisa, como quien vuelve a recorrer una parte de su propia vida. Fui a visitar la tumba de mis padres y abuelos. Después decidí limpiar y pintar la tumba de mis padres. Fue uno de los objetivos que asumí estando allí. No lo sentí como una obligación pesada. Lo sentí como un acto de amor, respeto y regreso.

Bajo el calor de la isla, limpié la superficie, quité el polvo y repasé los bordes. Fui devolviéndole claridad a aquel sitio querido. Cada gesto tenía algo de conversación silenciosa. La pintura no solo cubría una tumba. También tocaba una parte honda de mi vida. Frente a esos nombres sentí que la sangre también tiene puerto, raíces de sal y una manera secreta de volver.

Saludé a mis primos y parientes, casi la mitad de la isla. En lugares así la familia no termina en una casa. Se extiende por las calles, los corredores, los patios y los saludos que aparecen de pronto en cualquier esquina. Por la calle central, la vida iba y venía con una calma festiva. Pasaban motos, carritos de golf cargados de familias, niños corriendo entre voces, turistas en un frenético ir y venir, risas y saludos. A los lados, las casas de madera, la ropa tendida, los perros queridos y las mujeres que barrían la tarde completaban esa paciencia antigua de las islas.

En el aire andaba el olor del bando, esa comida isleña parecida al rondón de Bluefields, pero con nombre propio en Utila. También andaba aquel inglés característico, isleño y cantadito. No solo se habla: también se canta cuando pasa por la boca. Aunque la isla vive mucho del turismo, de sus negocios abiertos, de los rótulos llamativos y de la llegada constante de visitantes, Utila no ha dejado de ser una isla de pescadores. El mar no es solo paisaje. También es trabajo, buceo en sus arrecifes, comida, espera, riesgo y madrugada.

El mar sostiene la mesa, marca los días y enseña a la gente a mirar lejos. Un domingo por la mañana, al pasar frente a sus iglesias, escuché cantos de fe en inglés. Eran voces levantadas con ese acento isleño, suave y cantadito. Por un momento, la oración parecía venir mecida por el mar. Allí estaba otra Utila. No solo playa, música, bares y turistas, sino fe, comunidad, familia y gratitud.

Visité sus lagunas, Pumpkin Hill, Chepa’s Beach, sus cayos y arrecifes. Cada lugar tenía una luz distinta. Cada lugar tenía una manera propia de quedarse en la mirada. Pero uno de los momentos que más me maravilló fue la visita a los Cayitos, donde fui a bucear con snorkel. Allí el mar se abrió claro, turquesa, transparente. Parecía guardar una luz propia debajo del agua.

Bajo esa claridad apareció un mundo silencioso y vivo. Peces de colores, tortugas, langostas y caracoles se movían entre los arrecifes. Formas pequeñas cruzaban frente a mis ojos con una belleza tranquila. La vida marina se desplazaba sin ruido, ajena a nuestras prisas. Uno solo podía quedarse allí, con la cara dentro del agua, mirando aquel mundo moverse. Era otra forma de entender la isla.

En esos días sentí que la isla conservaba su propio gozo. Estaban allí las lanchas, los botes de pesca y los cayucos, como les llaman en Utila a esas embarcaciones con motores de muchos caballos de fuerza. Esos cayucos cruzan velozmente el mar entre la isla y los Cayitos. En ciertas épocas del año compiten sobre el agua, levantando espuma, ruido y emoción entre los isleños. También estaban la música country saliendo de algún bar, las risas de la familia y esa manera sencilla de saludar al que vuelve. Yo caminaba feliz, ligero por dentro, como si Utila me hubiera quitado un peso viejo de los hombros.

En Utila el tiempo no corre igual. Se sienta en los corredores, se mece en los cayucos y se queda mirando el agua. Espera que uno aprenda a vivir despacio. Por eso anduve sus calles sin buscar nada. Solo me dejé encontrar por el viento, por la sal, por la voz de los míos y por el rumor alegre de una isla que todavía sabía pronunciar mi nombre.

También hubo tardes de disfrute en familia. Con Albert y Ollie, su esposa, compartí una de las comidas favoritas de los utileños: cangrejos hervidos. En una gran olla, casi medio barril, el agua con sal empezaba a hervir sobre el fuego ardiente. Primero entraban los guineos por unos minutos. Luego llegaban los cangrejos, rojos y humeantes. El vapor subía con ese olor fuerte y marino que abre el apetito antes de sentarse a la mesa.

Aparte se alistaba una pana con limón, cebolla, chile y pimienta. Cada quien tomaba su cangrejo, lo quebraba poco a poco con una piedra o un pequeño mazo y metía los pedazos en aquella mezcla viva, ácida y picante. Los guineos acompañaban esta comida tan apetecida en la isla. Fue una tarde agradable, sencilla y familiar. Allí la comida no era solo comida. Era conversación, risa, costumbre y una manera de estar juntos alrededor de lo que el mar ofrece.

Durante mi estancia también tuve el gusto de visitar el local de mi amigo Robie y su esposa Julie, el RJ’s Bar and Grill. Allí fui recibido como un rey. Al llegar, Robie me indicó que me sentara en una gran silla con respaldo, amplia y cómoda. Luego le pidió a la persona que la ocupaba que me la cediera. Yo no entendía qué estaba pasando. Entre risas, Robie me explicó que aquella era la silla preferida de mi papá.

Aquel detalle me tocó hondo. La visita dejó de ser solo una cena entre amigos. La silla había abierto otra puerta hacia mi padre. Disfruté mucho su compañía y pude ver de cerca sus habilidades como chef especialista en asados. A su lado fui saboreando trozos de carne y mariscos que salían de la parrilla. Estaban preparados con ese talento que convierte una comida en una experiencia.

Fue una noche agradable, llena de sabores y recuerdos. Volvimos a hablar de nuestros juegos de chavalos frente a su casa. También recordamos aquellas aventuras infantiles en el puente sobre la laguna. Entre risas y nostalgia, por un momento pareció que el tiempo había dado una vuelta completa. Nos había llevado otra vez a aquellos días sencillos de la niñez.

La mañana en que me fui, me despedí de tía Zula en el corredor. La abracé y ella me devolvió un beso de madre. Unas lágrimas rodaron en silencio. Tío Henry tomó mi maleta para bajarla del corredor y salir conmigo hacia la calle. Luego me acompañó al muelle. El lugar ya estaba despierto.

Un hombre soltaba una cuerda, otro acomodaba unos sacos y el barco esperaba sobre el azul de la bahía. Nos despedimos con un abrazo. En ese instante sentí la presencia de mi padre, como si algo suyo hubiera llegado también hasta aquel muelle. Después, tío Henry dio la vuelta y se marchó. Subí al barco y miré hacia atrás sin tristeza. Esta vez no me iba vacío.

Utila permanecía allí, con sus casas, sus muelles, sus cayos, sus iglesias, sus cayucos, sus pescadores, sus aguas turquesas, su vida marina, su música, su sol ardiente y su dicha metida en mi pecho. También permanecían la casa de tío Henry y tía Zula, las conversaciones familiares, la tumba limpia de mis padres, el recuerdo vivo de mis abuelos, las tardes compartidas con Albert y Ollie, y los momentos con amigos que también forman parte de mi historia. El motor abrió el agua. La isla se fue quedando atrás, pero algo suyo viajaba conmigo.

Entonces entendí que uno puede partir muchas veces de un lugar amado, pero no siempre se va del todo. Hay islas que no se quedan solamente en el mapa. Se quedan en la voz, en los olores, en la familia, en los amigos y en los muertos queridos. Se quedan también en esa parte del corazón que ningún barco logra llevarse por completo. Utila, mi segunda casa, vive en mi sangre. 

9 de julio de 2026..

Foto: Utila Dive Shop. Hostal y Café.

domingo, 26 de julio de 2026

FOTO DEL DÍA 2: INTERCAMBIO EN EL MUELLE AL AMANECER



Frente a la fachada del Mercado Municipal, una bandada de palomas levantó vuelo desde el techo de una casa semiabandonada de dos pisos. El batir de sus alas se mezcló con las primeras voces del mercado y me hizo mirar hacia el portón de acceso al pasillo.

Aquella mañana me levanté temprano para hacer mi caminata habitual. En vez de dirigirme al parque Reyes, como acostumbro cuando estoy en la ciudad, decidí recorrer los muelles de Bluefields. Una ligera claridad anunciaba la salida del sol.

Crucé el portón y entré al mercado. Algunos negocios ya estaban abiertos y por los pasillos caminaban vendedores, compradores y cargadores que parecían conocer de memoria cada rincón. Las conversaciones se mezclaban con el movimiento de sacos, baldes y cajas.

Avancé por uno de los corredores hasta que el mercado comenzó a abrirse hacia el agua. La claridad entraba desde el muelle y dejaba atrás la semioscuridad de los puestos. A las voces se sumaban el golpe suave del agua contra las embarcaciones y el ruido de la mercadería al cambiar de manos.

En el muelle estaban atracados varios cayucos cargados de plátanos, bananos, frutas, tubérculos y otros productos de la tierra. Los traían campesinos procedentes de comunidades del río Escondido, Kukra River y Punta Gorda. Habían navegado durante horas para llegar a Bluefields antes de que la ciudad despertara por completo.

Los cayucos de madera se mecían suavemente junto al muelle. Eran largos y angostos, con sus motores fuera de borda sujetos en la popa. El olor a madera húmeda, combustible y plátano verde se mezclaba con el aire de la bahía.

Estas embarcaciones son el enlace diario entre el campo y la ciudad. Por ríos, caños y lagunas transportan personas, cosechas, carne de crianza y de monte, encargos y noticias. También mantienen comunicadas a las comunidades donde las carreteras no siempre llegan.

Desde el muelle se abría una vista amplia sobre la bahía. Al fondo se observaba Half Way Cay y, más allá, la larga línea de manglar que separa las aguas de la bahía del mar y se prolonga hasta llegar a El Bluff. Sobre ese paisaje, el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y extendía su claridad sobre el agua.

Los hombres permanecían dentro de las embarcaciones, inclinados sobre la carga. Consumidores y comerciantes observaban los racimos y preguntaban por los precios. Un gran montón de plátanos verdes ocupaba parte del muelle, junto a canastos, sacos, baldes y bidones. 

Alrededor de la mercadería se cruzaban distintas voces y maneras de hablar. Los campesinos negociaban con compradores de distintos grupos étnicos de Bluefields. Entre saludos, preguntas, bromas y regateos, varias manos iban pasando los productos de los cayucos al muelle.

Nadie hablaba allí de interculturalidad. No hacía falta. Estaba presente en los acentos, en las palabras compartidas, en el precio acordado y en las manos distintas que levantaban un mismo racimo de plátanos.

En aquel pequeño espacio no solo se compraban y vendían productos campesinos. También se intercambiaban costumbres, experiencias y maneras de comprender la vida caribeña. El río, la bahía y el mercado reúnen cada mañana a pueblos con historias diferentes, pero vinculados por el comercio y la convivencia cotidiana.

El sol siguió elevándose y dejó una claridad dorada sobre el agua. Por un instante, los campesinos, los compradores, los cayucos y los productos quedaron reunidos dentro de una misma escena. Me detuve a un lado del muelle, levanté la cámara y disparé.

Clic.

La fotografía guardó algo más que una venta al amanecer. Guardó el intercambio cotidiano entre los pueblos que llegan desde el campo por los ríos y la bahía, y los pobladores de los barrios que, juntos, construyen Bluefields cada día.


13 de julio de 2026.

Bluefields, RACCS.

 


miércoles, 22 de julio de 2026

CREACIÓN LITERARIA EN LA COSTA CARIBE DE NICARAGUA



La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua constituye un campo cultural en proceso de afirmación, atravesado por la oralidad, la diversidad lingüística, la memoria comunitaria y tensiones históricas. A diferencia de otros procesos literarios del país, la creación literaria caribeña no surge inicialmente desde el libro impreso ni desde instituciones literarias consolidadas, sino desde la palabra hablada, los relatos comunitarios, los cantos, los mitos, las experiencias territoriales y las múltiples lenguas que conviven en la región.

Analizaremos este proceso considerando sus raíces, sus formas de desarrollo, sus principales aportes, sus avances reales y los desafíos que aún enfrenta para consolidarse como sistema literario regional.

Base cultural de la creación literaria caribeña:

Su base fundamental es la oralidad. Antes de la aparición de textos escritos, revistas, antologías o autores reconocidos, ya existía una práctica narrativa sostenida por las comunidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas de la región. Esta oralidad incluía mitos, relatos de origen, leyendas, cantos, proverbios, memorias familiares, historias de navegación, relatos comunitarios y formas de expresión ritual o ceremonial.

En este sentido, la creación literaria caribeña no debe entenderse como una simple imitación de modelos literarios nacionales o extranjeros, sino como una transformación de la palabra oral en escritura. Su originalidad radica precisamente en esa tensión: pasar de la voz al texto sin perder el ritmo, la memoria y la identidad del territorio.

La oralidad funciona como archivo cultural. En ausencia de documentos escritos sistemáticos, la memoria de las comunidades conservó conocimientos, formas de vida, valores, conflictos y visiones del mundo. Por ello, la creación literaria contemporánea de la Costa Caribe conserva una relación profunda con la narración oral, el habla cotidiana, el testimonio y la musicalidad.

Lengua, identidad y territorio:

Uno de los rasgos más relevantes es su carácter multilingüe e intercultural. En la región conviven el español, el creole, el miskitu, el mayangna, el rama y otras expresiones lingüísticas vinculadas a la vida comunitaria. Esta diversidad incide directamente en la creación literaria.

La lengua no es solo un instrumento de comunicación. En la escritura caribeña, la lengua es identidad, memoria y posición cultural. Escribir desde el Caribe implica muchas veces enfrentarse al problema de qué lengua usar, qué ritmo conservar, qué palabras mantener y qué elementos traducir o no traducir.

Durante mucho tiempo, los sistemas educativos y culturales privilegiaron modelos externos, especialmente el español académico o el inglés estándar. Esto produjo una distancia entre la literatura enseñada en las aulas y las formas propias de expresión de las comunidades. Como consecuencia, muchas voces locales fueron consideradas informales, populares o poco literarias.

Sin embargo, la creación literaria caribeña ha comenzado a reivindicar esas formas de habla como fuente estética. El territorio también cumple un papel central: el mar, la bahía, los ríos, los muelles, las comunidades rurales, las casas de madera, la lluvia, los caminos y la vida cotidiana aparecen como escenarios vivos de la creación literaria.

Desarrollo de la creación literaria:

El desarrollo de la literatura en la Costa Caribe puede entenderse como un proceso gradual que va desde la oralidad ancestral hasta la producción escrita contemporánea. En una primera etapa predominó la palabra oral como forma principal de transmisión cultural. Posteriormente surgieron intentos de escritura en español, creole, miskitu y otras lenguas de la región.

Dentro de ese tránsito hacia la escritura aparecen voces poéticas importantes como Sidney Francis, cuya poesía en creole evidencia la búsqueda de una expresión propia desde la lengua y la identidad cultural costeña. Su poema Looking Fa a Poem, citado por Víctor Obando Sancho, expresa una escritura marcada por el habla creole, la denuncia social, la libertad y la defensa de la vida, la naturaleza y la comunidad.

También debe destacarse el papel de Víctor Obando Sancho, no solo como poeta, sino como estudioso, promotor y organizador de la literatura de la Costa Caribe. Su reflexión sobre la literatura regional permite comprender los problemas de reconocimiento, organización y desarrollo que ha enfrentado la creación literaria costeña. Obando Sancho señala la importancia de la tradición oral, la débil presencia de políticas culturales sostenidas y la necesidad de fortalecer procesos de publicación, organización y formación literaria.

En este mismo proceso sobresalen autores como Avelino Cox, vinculado a la recuperación de la cosmovisión de los pueblos indígenas de la región; Allan Boudier, con aportes poéticos desde la sensibilidad regional; Rolando Sotelo, asociado a la poesía escrita desde Bluefields; y José Antonio Mairena, con trabajos relacionados con la tradición sumu-mayangna. Estos autores aparecen entre las obras publicadas por URACCAN y otros organismos durante los años noventa, junto con la Antología poética de la Costa Caribe de Nicaragua, lo que evidencia un esfuerzo colectivo por registrar, afirmar y proyectar la memoria cultural de la región.

A nivel narrativo, uno de los referentes centrales sigue siendo Lizandro Chávez Alfaro, nacido en Bluefields, cuya obra permitió insertar elementos del Caribe en la narrativa nicaragüense moderna. Obando Sancho destaca su reconocimiento nacional e internacional desde la publicación de Los monos de San Telmo, Premio Casa de las Américas en 1963, pero también advierte que la región necesita conocerlo y apropiárselo más profundamente.

En la poesía de afirmación identitaria, autores como Carlos Rigby, David McField y June Beer contribuyeron a fortalecer una estética afrocaribeña y nicaribeña, marcada por la oralidad, el ritmo, la identidad negra, el creole y la memoria cultural. Estas voces rompieron con modelos literarios tradicionales y ampliaron la idea de lo que puede considerarse literatura nicaragüense.

Más recientemente, escritoras como Yolanda Rossman Tejada y Andira Watson han ampliado el campo desde perspectivas de género, etnicidad, territorio e identidad. La escritura de mujeres indígenas y afrodescendientes ha permitido cuestionar no solo el centralismo cultural nacional, sino también las exclusiones internas dentro del propio campo literario.

En conjunto, estos autores y autoras muestran que la creación literaria en la Costa Caribe no es un fenómeno aislado. Es un proceso plural, construido desde la oralidad, las lenguas, la memoria, la poesía, la narrativa, la investigación cultural y la afirmación identitaria.

Espacios de promoción y formación:

La producción literaria ha sido impulsada por revistas, universidades, talleres, encuentros literarios, festivales, colectivos culturales y proyectos editoriales. Instituciones como URACCAN, BICU, CIDCA y la revista Wani han desempeñado un papel importante en la documentación, publicación y reflexión sobre la cultura caribeña.

Estos espacios han permitido visibilizar autores, promover nuevas voces, abrir oportunidades de formación y crear una conciencia más clara sobre la necesidad de escribir desde la identidad regional. Sin embargo, todavía existe una diferencia importante entre actividad cultural y consolidación literaria.

La existencia de talleres, recitales o festivales no garantiza por sí sola el desarrollo de un sistema literario. Para que la creación literaria se fortalezca, los procesos deben terminar en textos trabajados, publicaciones, crítica, circulación y continuidad. De lo contrario, el riesgo es que la creación se quede en el momento de la presentación pública, sin convertirse en obra sostenida.

Aportes de la creación literaria caribeña:

Aporta al país una visión distinta de la literatura nacional. Su principal contribución es ampliar el mapa cultural de Nicaragua. Frente a una tradición literaria históricamente dominada por el Pacífico y el centro del país, la Costa Caribe introduce otras lenguas, otros ritmos, otros territorios y otras memorias.

Entre sus aportes más importantes pueden señalarse los siguientes:

Primero, la incorporación de la oralidad como forma estética. La literatura caribeña no solo cuenta historias; conserva la cadencia de la voz, la musicalidad y la memoria colectiva.

Segundo, la afirmación de identidades indígenas, afrodescendientes, creoles y mestizas. La escritura se convierte en un acto de presencia cultural.

Tercero, la recuperación del territorio como espacio literario. La bahía, el mar, los ríos, las comunidades y los paisajes del Caribe no funcionan solo como fondos descriptivos, sino como elementos vivos de la narración.

Cuarto, la apertura hacia una literatura intercultural. La Costa Caribe obliga a pensar la literatura nicaragüense no como una sola tradición homogénea, sino como un conjunto diverso de voces.

Quinto, la participación creciente de mujeres y jóvenes, quienes amplían las temáticas y cuestionan las formas tradicionales de representación.

Avances reales:

En la actualidad se observan avances importantes. Hay mayor conciencia identitaria, mayor presencia de escritores emergentes, más espacios de lectura, más interés por las literaturas regionales y una creciente utilización de plataformas digitales.

También se ha fortalecido la idea de que la creación literaria caribeña no debe depender exclusivamente del reconocimiento externo. Cada vez resulta más claro que la región necesita construir sus propios espacios de formación, publicación, crítica y circulación.

Otro avance importante es la recuperación del valor de la oralidad. Lo que antes podía considerarse únicamente folclor hoy empieza a reconocerse como base legítima de creación literaria.

Desafíos principales:

A pesar de los avances, la creación literaria en la Costa Caribe enfrenta desafíos estructurales. El primero es la falta de publicación sostenida. Muchos escritores producen textos, pero pocos logran convertirlos en libros, antologías o publicaciones de circulación amplia.

El segundo desafío es la débil crítica literaria. Sin crítica no hay crecimiento estético, ni debate, ni construcción de canon. La crítica no debe entenderse como ataque, sino como acompañamiento riguroso para mejorar la calidad de las obras.

El tercer desafío es la circulación. Las obras caribeñas suelen quedar en espacios locales o institucionales, con poca presencia en bibliotecas, librerías, ferias, universidades y plataformas nacionales.

El cuarto desafío es la fragmentación. Existen autores, talleres, colectivos e instituciones, pero muchas veces trabajan de manera aislada. La consolidación de un sistema literario requiere articulación.

El quinto desafío es la sostenibilidad. Muchos procesos dependen de proyectos temporales, apoyos externos o esfuerzos personales. Cuando esos recursos desaparecen, los procesos se debilitan.

Perspectiva de consolidación:

La creación literaria en la Costa Caribe necesita avanzar hacia una etapa de consolidación. Esto implica articular cinco dimensiones fundamentales: formación, publicación, crítica, circulación y organización.

La formación debe incluir escritura creativa, lectura crítica, edición, memoria cultural, oralidad, identidad, género, territorio y lenguas. La publicación debe considerar libros físicos, revistas digitales, antologías, colecciones temáticas y producción bilingüe. La crítica debe desarrollarse desde la academia, los medios culturales, los talleres y las comunidades. La circulación debe fortalecer bibliotecas, ferias, plataformas digitales, recitales, escuelas y universidades. La organización debe reunir a escritores, colectivos, instituciones culturales, universidades, editoriales y comunidades.

Solo mediante esa articulación la creación literaria podrá dejar de ser una suma de esfuerzos aislados para convertirse en un sistema literario regional.

Conclusión:

La creación literaria en la Costa Caribe de Nicaragua no parte de cero. Tiene raíces profundas en la oralidad, en la memoria colectiva y en la diversidad cultural de sus pueblos. Ha producido autores, obras, antologías, revistas y movimientos de afirmación identitaria.

Sin embargo, su principal desafío no es la falta de creatividad, sino la falta de estructura. La literatura caribeña existe, tiene voz y tiene fuerza. Lo que necesita es consolidar las condiciones que permitan formar escritores, publicar obras, ejercer crítica, circular textos y organizar el campo literario.

Dicho de manera directa: la creación literaria caribeña no necesita demostrar que existe. Necesita construir el sistema que la sostenga, la valore y la proyecte.

 

Ronald Hill A.

Este documento es un resumen de la ponencia del mismo nombre realizada en el XI Festival de Poesía Mayo Ya 2026 el 22 de Mayo en la Universidad URACCAN de Bluefields, RACCS.