Esa mañana del mes
de noviembre salí con mi cámara en busca de algo en el jardín de mi casa: una
abeja, una flor de la mañana, un pájaro, una mariposa, en fin, algo que
fotografiar.
La mañana estaba fresca. Todavía quedaba humedad sobre las hojas y una luz suave entraba entre las plantas del jardín. Era una de esas horas en que todo parece comenzar despacio: los pájaros andan de rama en rama, una abeja zumba entre las flores y uno siente que debe quedarse quieto unos minutos para descubrir algo.
Caminé por el corredor izquierdo, miré hacia el porche y desde allí la vi. Estaba posada sobre una rama de mussaenda blanca, inmóvil, con la cabeza levantada y el cuerpo alargado siguiendo la forma de la rama.
Me acerqué con la cámara.
Era una pequeña
lagartija de la especie Anolis unilobatus, presente en Nicaragua. Por su
aspecto y tamaño, probablemente era un macho. Su color pardo la hacía
confundirse con la corteza y había que observarla con atención para
descubrirla.
Entonces abrió aquella vistosa papada que estos anolis utilizan como señal durante el cortejo y también para marcar territorio. Aparecieron el amarillo, el naranja y una intensa mancha azul que contrastaba con el verde del jardín. La lagartija que unos segundos antes casi pasaba inadvertida se convirtió de pronto en el centro de la escena.
Me detuve. Si hacía ruido es posible que saliera disparada entre las hojas y yo me quedara sin la foto. Avancé un poco más, despacio. Levanté la cámara procurando no asustarla. Ella seguía allí, con la cabeza levantada y la papada abierta. En ese momento solo pensaba en enfocar bien y disparar antes de que desapareciera.
Por unos segundos ninguno de los dos se movió. Enfoqué. Disparé. Miré la fotografía en la pantalla de la cámara y sentí que había logrado algo fuera de lo común.
Corrí a transferirla a la computadora, con el entusiasmo de alguien que acaba de descubrir algo inesperado. Cuando apareció en la pantalla grande quedé maravillado: allí estaba la lagartija en toda su majestuosidad, con aquellos colores encendidos y ese porte que yo apenas había alcanzado a percibir mientras la tenía enfrente.
Un minuto después regresé al jardín para buscarla. Ya se había ido. Entonces pensé que estas pequeñas lagartijas llevan muchísimo tiempo conviviendo con nosotros. Los reptiles han ocupado un lugar en antiguas creencias de los pueblos de Nicaragua y Centroamérica, asociados a veces con fuerzas de la naturaleza y ciertos misterios. Tal vez por eso, cuando uno de ellos aparece así, de pronto, entre las ramas, despierta algo más que simple curiosidad.
Pero aquella mañana el misterio estaba en otra cosa: en haber estado allí justamente en ese momento, con la cámara en las manos.
A veces uno piensa que para encontrar algo extraordinario tiene que caminar lejos, meterse al monte o hacer algún viaje. No siempre es así. A veces basta salir al corredor y mirar con atención lo que tenemos cerca.
La lagartija ya no
estaba. Me quedó la fotografía: aquel pequeño animal sobre una rama de
mussaenda blanca, la cabeza levantada y un relámpago azul desplegado bajo la
garganta.
13 de agosto de
2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario